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Jonathan Lethem | del:inglés

Futuro Vegano

Traducción : Victoria Cotino

Paul Espeseth, quien había dejado de tomar el antidepresivo Celexa, se preparó para el cataclismo que vendría en SeaWorld. Solo le faltaba saber qué tipo de cataclismo sería.

Espeseth se había opuesto al viaje. Para intentar convencer a su esposa, citó un revelador informe del cable sobre este parque marino, informe que ni él ni ella habían visto. Pero su mujer le hizo una toma de judo a sus argumentos:

–Las niñas tienen derecho a ver a los animales que aman antes de que se terminen de extinguir.

Así que aquí estaba. El primer paso, al parecer, incluía flamencos. Después de empujar a sus hijas gemelas de cuatro años a través de los molinetes y los negocios de suvenires en los que vendían la versión en peluche de las especies que habías ido a ver en carne y hueso, Espeseth y su familia bordearon el perímetro del parque y se encontraron con las aves. Las cabezas de los flamencos, rojinegras e interrogativas, flotaban sobre sus tallos rosados atiborrados de plumas, y por sobre las cabezas de la multitud que esperaba para verlos.

–Chloe, Deirdre: esperen su turno –dijo su mujer.

Viendo que nadie respetaba ningún turno, Espeseth tomó a sus hijas de las manos y se metió entre la muchedumbre en busca de un hueco que les permitiera ver. Su mujer se quedó cuidando el cochecito doble lleno de cachivaches. Una vez cerca, Espeseth se dio cuenta de que las aves estaban atrapadas en una isla: un montículo de tierra con el pasto bien cuidado, cercado por un alambrado bajo, con carteles que decían: “Se ruega no alimentar a los animales”.

–¿Ven? –preguntó a sus hijas en voz baja, como si estuvieran en un safari y la masa de aves exóticas fuera una bandada que podría salir volando. Pero a los flamencos les habían recortado una pluma indispensable para volar, el equivalente de un luchador cortándole el talón de Aquiles a su rival. Las aves no tenían escapatoria del ruidoso aluvión de padres que acercaba a sus hijos para sacarles una foto con el teléfono.

–Tengo miedo –dijo Deirdre.

–Ellos también tienen miedo –le respondió.

Y yo también. Los flamencos fueron lo primero para lo que no estaba preparado; nada hubiera podido prepararlo. Luego de ver cientos de videos de orcas en YouTube y de recortar fotos de orcas en las revistas y de acostar a sus hijas en camas plagadas de peluches de orcas, Paul Espeseth había endurecido su alma en anticipación a las orcas; a la tristeza que emanaba de sus cuerpos, a su drama solitario, a la posibilidad de que, a vista de todo el mundo y con música de fondo, le arrancaran el brazo o el cuello a los entrenadores en traje de neoprene. Pero los dueños del parque la habían hecho bien: le habían hecho bajar la guardia con los flamencos, como una ronda de quemaduras de cigarrillo en las costillas antes del submarino seco.

Las niñas tomaron coraje y avanzaron entre la gente, pero cuando desaceleraron el paso fueron reemplazadas por otros niños, igual de empobrecidos y no menos entusiastas, que llegaron hasta las aves, en lo que debió de ser para ellas una avalancha de psicosis aguda. Comparado con los demás flamencos, estos vendrían a ser astronautas que viajan años luz y vuelven con historias increíbles. Solo que nunca volverían. Para eso ¿por qué no meterlos en batisferas y presentárselos a las orcas? ¿O qué tal esconderles ácido lisérgico en la comida?

–Vamos –dijo, y agarró a sus hijas. Las pequeñas manos de las niñas habían empezado a transpirar, o tal vez eran las suyas las que transpiraban sobre las de ellas–. Nos falta ver bastante.

–¡Or-cas! ¡Or-cas! –chillaron las gemelas al unísono. Habían venido para eso.

–El espectáculo empieza a las once –les dijo–. Todavía falta. Podemos ver otras cosas en el camino: los tiburones, por ejemplo.

Le bastó con un vistazo al mapa para entender el porqué de la distribución física del parque: a excepción de caer en paracaídas, no había forma de llegar al Estadio de Shamú sin pasar por las demás atracciones. Enfiló para el lado de los tiburones y las tortugas gigantes, aunque más no fuera para zafar de la Bahía de Juegos de Plaza Sésamo y de la montaña rusa Mantarraya. Espeseth era un hombre de principios, y un parque llamado “mundo marino” debía restringirse a lo que su nombre indicaba: fauna de las profundidades de los mares y los océanos; no aves, ni tampoco Elmo, la princesa Leia o el capitán de Cap’n Crunch. A medida que seguían el recorrido del parque, Espeseth sentía que perdía control sobre el devenir de su familia. Sintió que lo obligaban a actuar en una obra que consistía en derrochar energía, alegría y dinero; un vaciamiento tanto de su bolsillo como de su alma. Estaba indefenso como una pelota de pinball que rebota sin cesar en la maquinita. Ni siquiera un pinball simple y agradable, como en los arcades de Minneapolis a los que solía ir en los años setenta, sino uno noventoso, histérico e histriónico, con miles de paletas luminosas abofeteándole el cerebro.

Rezó por un milagro como el de Legoland, pero parecía demasiado pedir. Dos meses antes, había ido con su familia al parque de Legoland, en Florida. Legoland no había estado tan mal: tenía variedad, cierta sustancia y algo de filo. Algunas zonas del parque eran muy malas, empezando por un simulacro de ciudad bautizado “Ciudad de la Diversión”. Pero otras estaban bien, más que bien, como los restaurantes de Castle Hill.

Allí, mientras las gemelas se sacaban una foto con la Reina y jugaban con justas en caballitos Lego montados en un riel, se había podido escapar a Castle Ice Cream para tomarse un café doble. Fue una pequeña victoria. Refugiado en un rincón sombrío del patio del castillo, brindó en silencio por sus hijas, mientras veía a una y después a la otra pasar en el caballito. En un punto Legoland tenía la culpa de todo: había aceptado ir al mundo marino justamente porque Legoland no había sido tan terrible; pero SeaWorld, incluso con Celexa (ahora lo sabía), era otra historia.

Irving Renker, su psiquiatra, le había advertido sobre los efectos de privar a su cerebro de Celexa. Hacía solo dos días que Espeseth había dejado la medicación, bajo supervisión de Renker, si es que había alguna.

–Prepárate –dijo Renker–. Puede que empieces a ver vagos y rateros.

–¿Cómo? ¿Voy a tener alucinaciones?

–No –dijo Renker–. No vas a tener alucinaciones. Digo “ver” en el sentido de “advertir”. Puede que de ahora en más notes que hay más vagos y rateros. Personas raras, pervertidos. Incluso gente amputada.

Irving Renker era un judío de Nueva York que había abandonado su arquetipo como una langosta su caparazón: se movía con libertad, abierto y dispuesto, pero llevaba la marca del caparazón impresa en la piel. A Renker le gustaba hacer actividad física; era común encontrarlo surcando en bicicleta las barrancas de Santa Bárbara, con casco y anteojos de sol, suéter sport, pantalón azul y mocasines.

Espeseth nunca lo había visto de civil, y menos cerca de la playa. Sospechaba que era la mujer de Renker la que hacía las compras de la casa. El consultorio era un anexo de la casa familiar, construida sobre la ladera de una colina y apoyada sobre pilotes por el desnivel del terreno. Las persianas estaban siempre bajas, lo cual atraía a los curiosos. ¿Qué había detrás? ¿La guarida secreta de un intelectual judío, con estantes llenos de libros, máscaras fetiches a lo Sigmund y fétidas alfombras persas? Quién sabe. El consultorio en sí era insípido: acuarelas de arte abstracto, sillones beige, un reloj de bronce.

Además de las frases “no te compliques” y “no lo pienses tanto”, Renker usaba términos como “la gente negra”, “el oriental”, “gitanear” y “los vagos”. En una sesión, Espeseth habló de la vez que su papá los llevó a él y a sus hermanos a pescar y los sentó a los tres en el asiento de adelante de la camioneta, a lo que Renker acotó:

–Sí, sí, “mejicanearla” se llama eso.

Espeseth nunca confrontaba ni corregía a su psiquiatra. En lugar de eso, repetía lo que le decía pero usando términos políticamente correctos. Por ejemplo, a la advertencia sobre dejar el Celexa respondió:

–¿O sea que la medicación me impedía ver a las personas en situación de calle? ¿O me hacía más propenso a ser asaltado?   

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–Es todo cuestión de adónde va la atención –dijo Renker–. Puede que empieces a reparar en personas que son una basura en vez de en quienes están a su alrededor. No es que vayas a vivir paranoico, pero también puede que proyectes el basurismo a la gente común.

Si se lo ponía a pensar, el hecho de que su psiquiatra creyera en la existencia de “gente común” le parecería preocupante; por eso trató de no pensar en eso. Fue lo que Renker dijo después lo que no se pudo sacar de la cabeza:

–Hubo pacientes que al dejar el Celexa sintieron una especie de vaho de putrefacción, de inmoralidad, de peligro emanando de los resquicios de la cotidianeidad, algo que solamente ellos percibían. Un colega lo definió como “síndrome de la carne agusanada”. Es bueno saberlo de antemano, para que no te tome por sorpresa.

¿Síndrome de la carne agusanada?

Nadie –ni su psiquiatra, ni su mujer; menos que menos sus hijas–, ninguna conciencia humana, aparte de la que residía en el interior de su cráneo, sabía que Paul Espeseth se había rebautizado “Futuro Vegano”. Su nombre secreto era un síntoma, si es que se lo podía llamar síntoma, que se había apoderado de él meses antes de dejar el Celexa. ¿O era un efecto colateral? Esperaba que se le fuera cuando dejara la medicación. No tuvo suerte. Futuro Vegano lo lamentaba pero no tanto. Su nuevo nombre era una cruz, sí, pero se aferraba a él porque de alguna manera le auguraba una existencia superior, una que no estaba al alcance de la mano.

¿Cómo había empezado su búsqueda? Espeseth, cuando ese era su único nombre, había sacado de la biblioteca pública de Santa Bárbara un conocido ensayo sobre cómo los seres humanos llevaron al planeta a un estado insostenible. De allí pasó a leer un par de famosos artículos de denuncia sobre el trato inhumano a animales en granjas y mataderos. Y luego a un libro llamado Cuidado con el reino animal, que relataba brutales actos de venganza contra la raza humana. Fue en ese momento cuando Espeseth sintió que se convertía en Futuro Vegano. Algo crecía dentro suyo, un nuevo conocimiento que solo la inercia y la vergüenza y el conformismo podían detener. Para bien o para mal, Futuro Vegano era especialista en estas tácticas dilatorias.

Lo más difícil iba a ser contárselo a Chloe y Deirdre. Futuro Vegano admiraba la capacidad de sus hijas de vivir sin contradicciones el amar a los animales y disfrutar de la carne. Le parecía un nivel de madurez difícil de alcanzar, algo así como la habilidad de F. Scott Fitzgerald para pensar dos conceptos opuestos al mismo tiempo. Los primeros rituales de aprendizaje de sus hijas parecían tener que ver con esta asimilación de paradojas.

Que, por ejemplo, mamá y papá se pelean pero se aman. Que los seres humanos son maravillosos y que no hay que ser tímidos, pero que debemos estar alerta contra cualquier extraño demasiado interesado en ayudarnos porque podría ser un impostor. Que más de una hora de televisión o de iPad sea considerado un exceso venenoso, pero que los padres puedan prenderse a la pantalla a cada momento. Futuro Vegano pasaba religiosamente tres horas frente al televisor viendo perder al equipo de fútbol americano por el que simpatizaba: los Vikings, talismán de sus raíces ancestrales. A diferencia de los Redskins o los Chiefs, nunca los acusaron de racistas por el nombre o el logo. A nadie le daban lástima las personas blancas. Quizás eso explicara su fascinación por los judíos, quienes parecían poder estar en la misa y en la procesión. Si Irving Renker lo escuchara, se reiría con sorna. No divagues.

Civilizar niños era básicamente inyectarles disonancia cognitiva. La habilidad de las gemelas para abrazar y a su vez devorar mamíferos sin remordimientos era su pasaporte de entrada al club de los humanos. Si Futuro Vegano les confesaba que para él comer carne estaba mal –incluso aunque se siguiera desviviendo por el olor a bife ahumado y la grasa salada de la panceta–, se rebajaría, ante los ojos de sus hijas, al nivel de un absolutismo moral infantil. ¿O sería, más bien, ante sí mismo? Hacía seis meses que había declarado su veganismo a “futuro”. Futuro Vegano imaginaba que algún día alguien –los guardianes de las puertas del Paraíso, por ejemplo, que tendrían seguramente cabezas de lechón o de ternera– le pediría explicaciones por esa demora, algo equiparable a cuando los Aliados se enteraron de los campos de exterminio pero sopesaron su indignación moral con consideraciones táctico-militares. No había cambiado en lo más mínimo su dieta o sus hábitos. No había ni repartido volantes ni pegado calcomanías en el auto. Nada había cambiado, excepto que se había adjudicado un nombre secreto.

Rojo de vergüenza, guio a su familia hacia el área de los tiburones. Caminaban cansados, detrás de otras familias y sus cochecitos. Una cinta deslizadora los llevaba por debajo del estanque –otra vez la arquitectura puesta al servicio de la coerción–, que estaba iluminado desde abajo. Esto permitía ver los níveos lomos de los tiburones y daba a sus dentaduras un aire tétrico. Cayó en la cuenta de que la disposición del parque era de índole alimentaria: te tragaba, te digería y te cagaba.

–Tengo miedo –dijo Deirdre.

–Yo no –dijo Chloe.

Futuro Vegano no se creía digno de hablar por los tiburones. Se limitó a señalar hacia adelante, donde se empezaba a ver la luz de la salida, a la cual los acercaba la cinta deslizadora.

–¿Pa? –dijo Chloe.

–¿Qué?

–¿De verdad los delfines y las orcas son mascotas que se volvieron al mar?

–No, mascotas no –dijo Futuro Vegano–. Animales salvajes. Como los chanchos.

Lo estremeció la creciente confusión; para las gemelas los chanchos eran animales de granja. Justo esa mañana había estado leyendo a escondidas un blog que llevaba por título “El llamado de lo salvaje. Clases de dominados: mascota, domesticado, salvaje, silvestre…”.

La esposa de Futuro Vegano lo miró. Él trató de esquivar la mirada, pero igual sintió los ojos de ella encima.

–A tu papá no le gustan las mascotas –dijo su mujer.

–¡Ya falta poco para el show! –respondió buscando desesperadamente cambiar de tema, y se arrastraron por la garganta del estanque de los tiburones, hasta que volvieron a ver la luz del día.

Todo SeaWorld se retorció.

El síndrome de la carne agusanada, esa idea contraproducente que Renker le había metido en la cabeza, era en sí mismo un gusano que se retorcía en los sesos de Futuro Vegano.

Los Espeseth habían tenido una mascota: un Jack Russell terrier de dos años, macho, castrado. Se llamaba Maurice y lo habían encontrado en un refugio. El perro era un desquiciado mental al que su esposa adoraba y que él… la verdad es que él también lo adoraba, aunque era como vivir con un enigma que no podía descifrar. Maurice corría a una velocidad imposible, saltaba disparado como fuegos artificiales contrabandeados, reclamaba todo lo que se le pasaba por delante e invadía los espacios más privados de los Espeseth. Lo que sucedió fue que –y es por esta razón por la que cada vez que sus hijas decían la palabra “mascota” Futuro Vegano se sentía en falta, y es por ello también por lo que se le paralizaba el corazón cuando su mujer lo miraba fijo–, al ver la reacción del perro ante el embarazo de su esposa, Futuro Vegano echó a Maurice de sus vidas. El perro se mostraba demasiado interesado en el embarazo, demasiado pendiente de la mujer de Futuro Vegano; se acurrucaba junto al vientre de ella, como si él mismo estuviera incubando a las gemelas. A Futuro Vegano lo sacó de quicio que el perro se metiera en el lecho matrimonial. A los seis meses del embarazo, lo devolvió al refugio, y aunque era casi imperdonable –o tal vez imperdonable a secas–, después de que nacieron las niñas nadie volvió a mencionar a Maurice.

Las niñas no podían saber que Maurice las había cuidado cuando estaban en la panza de su madre, a menos que ella se lo contara. De allí que tuvieran que saciar su apetencia a los mamíferos con personajes de Pixar. El viaje de ida se lo pasaron hipnotizadas con las pantallas del auto, lo cual las salvó de la monotonía de la autopista I-5 y de los suburbios: una salida igual que la otra, las barreras acústicas, el pasto seco al costado de la ruta. Llegando a San Diego, Futuro Vegano vio una señal de tránsito que en vez de la figura de un alce o un ciervo tenía la de una familia mejicana cruzando ilegalmente la frontera de la autopista y sus cinco carriles. Se alegró de no tener que explicar a sus hijas lo que significaba.

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Cuando era chico no tenía pantallas con las que entretenerse en los viajes en auto, y se la pasaba mirando por la ventanilla de la camioneta familiar de sus padres: kilómetros y kilómetros del Parque Nacional de Chippewa, la península superior de Michigan y el sur de Ontario y Manitoba. A los diez años, durante su etapa ecologista, inventó un juego para no aburrirse que, al igual que su nuevo nombre, solo él conocía. Consistía en imaginarse que el auto de sus padres tenía adosado un gran cuchillo invisible, como si fuese el ala de un avión, que se extendía o replegaba según las órdenes que él le daba. Los Espeseth simulaban ser una familia convencional, la única protestante en todo el barrio conocido como San Judío, pero en realidad eran enviados de otro planeta que habían venido a defender a la Tierra de la destrucción del hombre. Sólo él podía controlar la cuchilla, que salía escupida para talar los postes de luz y las señales de tránsito y se replegaba para dejar con vida a cuanto árbol fuera posible. Las casas y los demás autos los rebanaba sin piedad. Una vez que la cuchilla tocaba los objetos, tardaban cinco minutos en caer. Esta demora explicaba por qué Espeseth nunca veía la espectacular destrucción de la que había sido artífice, y también por qué las autoridades humanas no podían atrapar a esa fuerza misteriosa que arrasaba con todo a su alrededor. Por esta vía, el planeta recuperaría su flora y fauna.

Últimamente a Futuro Vegano se le venía a la mente la imagen de la cuchilla invisible. Se le aparecía, por ejemplo, cuando se cruzaba con aberraciones arquitectónicas o cuando veía autopistas plagadas de carteles. Pero con SeaWorld el juego no funcionaba. Si se pusiera a tirar cuchillazos en este laberinto de contradicciones, lo único que lograría sería llevar a la muerte a los animales atrapados allí. Lograría liberar a las tortugas marinas y a los tiburones y a las marsopas de sus cárceles de acrílico, sí, pero solo para arrastrarlas al asfalto caliente, donde morirían por asfixia.

Cuando llegaron al Estadio Shamú, contra las predicciones de Renker, Futuro Vegano no vio ningún vago o ratero; vio, en cambio, soldados en su día de descanso. Habían ido a ver a las orcas con sus familias –hijos a los que apenas conocían, estoicas esposas abandonadas–. Se dio cuenta de que eran soldados por el pelo rapado y los tatuajes en los brazos, y por las venas que se les marcaban en el cuello cuando movían la cabeza. A juzgar por la rectitud y el aplomo que transmitían, parecía que alguien hubiera tomado cuerpos de civiles y los hubiera vertido en un único molde, uno que no dejaba lugar para el error. Los rasgos étnicos, que en ellos apenas se vislumbraban, eran palpables en sus esposas e hijos: mayoritariamente negros, mejicanos y orientales, para ponerlo en términos renkerianos. ¿Incluso algunos gitanos? ¿Cómo saberlo? Simplifica, simplifica.

Quizás fueran los soldados quienes desatarían la hecatombe que pedía a gritos el sistema nervioso de Futuro Vegano. Se imaginó helicópteros, vallas policiales, brigadas especiales tratando de contener a familiares desconsolados. El anfiteatro era un templo maya a la espera de un sacrificio acuático. Allí, atrapado con otras cinco mil almas, Futuro Vegano se sintió por un instante sumido en el fondo de su crisis. Si el camino por los túneles y las curvas de SeaWorld era una especie de deglución, entonces había llegado a las cavidades del estómago.

Luego de una presentación insípida y pretenciosa –con música e imagen y andróginos cuerpos recubiertos de lycra haciendo piruetas–, una vez que entraron las orcas y empezaron los saltos, SeaWorld quedó aplastado por la arrolladora presencia de aquellos animales. Sin otro propósito que el de entretener a un estadio lleno de niños, las orcas amarraban dos mundos, cielo y agua. Los niños respondían también con saltos, que hacían temblar los asientos, y emitían sonidos ininteligibles, casi como si hablaran un dialecto propio. Había niños –más grandes y más valientes que las hijas de Futuro Vegano– que bajaban hasta el borde de la piscina y se abalanzaban sobre el acrílico protector para que las orcas los mojaran y ellos agitaran los brazos. Las ballenas asesinas, con sus parches de maquillaje blanco sobre los ojos, eran los payasos letales de la gloria de Dios. Futuro Vegano nunca vio algo más insolente que esos vigorosos cuerpos de felpa. Como pandas rediseñados por Albert Ser. Usted siempre citando el Holocausto, le dijo Renker una vez. ¿Por qué no nos deja eso a nosotros?

Las niñas miraban azoradas, tomadas de la mano, su incorruptible apetito por las orcas completamente desbordado.

–Deirdre tiene miedo –dijo Chloe.

–No es cierto –dijo Deirdre.

Hablaba como en un estado de ensoñación, sin dejar de mirar el estanque. Futuro Vegano deseaba poder arrancarse un pedazo de alma rota y contener en él a sus hijas, en una suerte de compartimento protector. Pero sabía que no podía contenerlas, como no podía contener a SeaWorld, ni al mundo. Todos ellos estaban abiertos al cielo, a los rayos que lograran inmiscuirse por la resquebrajada atmósfera. Las gemelas estaban abiertas al cielo y a que las orcas jugaran con sus indefensos corazones. En cualquier caso, Futuro Vegano no tenía ningún compartimento protector en el alma; era una fantasía, como la cuchilla retráctil del auto de sus papás.

¿Qué pensarían de las orcas una vez que crecieran y se enteraran de cómo eran las cosas en realidad? El mundo, con una nueva desgracia a cada minuto, a la espera de la atención de las gemelas. Algún día ellas mismas descubrirían todas las páginas de internet y los documentales. Puede que repares en tus hijas, debería haberle advertido Renker.

Sí, somos todos blancos, pero somos blancos en la era post-racial.

Entretanto, del otro lado de las gemelas, un misterio: la esposa de Futuro Vegano.

En otro tiempo supieron ser uno. Después, como si se hubiera chocado con ella y le hubiera desprendido dos pedazos, aparecieron las gemelas. En el último año se había vuelto opaca, como si quisiera ahorrarle el disgusto. La carcasa humana de su esposa recubría algo que, en una sesión con Renker, Futuro Vegano había descrito como “la nebulosa de lo desconocido”. Ella lo había metido en el baile de dejar la Celexa, y lo había acompañado luego, pero ahora ¿qué? ¿Había llegado la hora de la demorada sentencia?

Cuando salieron del Estadio Shamú, Futuro Vegano sintió que podía soportar la desaprobación de su esposa, del mismo modo que podía soportar SeaWorld, y que SeaWorld podía soportarse a sí mismo. Ni los veteranos de guerra, ni las orcas ni él habían enloquecido y empezado a disparar o masticar gente. Si el show de las orcas era el clímax, la prueba máxima, ¿entonces no era hora de irse? Ansiaba volver al motel y el mínimo consuelo que le traería: una cama para él y su esposa y otra para sus hijas, los sándwiches del servicio a la habitación, más Disney por pay-per-view.

–Bueno –dijo, dando un aplauso–. ¿Volvemos al auto?

–Las entradas son para todo el día –contestó su mujer–. Y la mamá de Rebecca dijo que no podemos dejar de ver el show de mascotas.

–Yo tengo hambre –dijo él.

–¡Show de mascotas! ¡Show de mascotas! –gritaron las gemelas.

–Aquí hay lugares para comer –dijo su esposa con sequedad–. Y ya estamos aquí y pagamos por todo el día. Las niñas esperaron meses para venir.

Esta vez Futuro Vegano no alcanzó a desviar la mirada y se vio envuelto en la Nebulosa de lo Desconocido.

La siguiente función del show de mascotas empezaba a la una. Dejaron el carrito en un lugar con sombra, y Futuro Vegano fue en busca de algo que pudieran ingerir. Encontró una pizzería, pero la espera era eterna, y no podía ni pensar en meterse en ese lúgubre lugar a comprar algo para llevar. Afuera, sin embargo, encontró un carrito de comida en el que un hombre asaba patas de pavo. Las patas se veían sospechosamente primitivas –ni que estuvieran en el restaurante Medieval Times– pero el olorcito de la carne dorándose le hacía agua la boca.

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Lamentó haberlas comprado incluso antes de que le dieran el vuelto. Las “patas” eran en realidad carne procesada, las sobras del chancho que el frigorífico tiraba a la basura. ¿Por qué directamente no vender pezuñas de caballo u ojos de vaca al escabeche?, pensó. De todos modos se las llevó a su familia, y mientras caminaba se sintió Pedro Picapiedra. Ante la mirada incrédula de su mujer, arrancó pedacitos de la gigantesca y fibrosa pata y se los fue dando de comer a sus hijas, como una madre a sus polluelos. La crujiente y grasienta piel se salió entera y, una vez que la carne quedó desnuda, se veía tan asquerosa que le resultó incomible. Las niñas bajaron la comida con jugo de naranja. Las servilletas de papel, bañadas en grasa, les quedaron pegoteadas a las manos y a la cara.

Como todavía faltaban quince minutos para la función, se desviaron hacia el estanque de las rayas murciélago. Al igual que con los flamencos, Futuro Vegano tuvo que empujar a la gente para que las gemelas pudieran llegar hasta los animales. Les hizo meter las manos en el estanque poco profundo, y sintieron la textura lisa y gomosa de las rayas escapándose entre los tres. Las niñas suspiraron asombradas; tal vez así era la piel de las orcas. Quizás era esa la verdadera conexión, al fin. Para esto habían venido. Otra vez, por un momento, Futuro Vegano vio desaparecer todas las barreras: ya no importaban los ojos de pavo, la música ambiental pasó a ser algo movilizador, como si viniera de las esferas invisibles.

Vaya uno a saber por qué en aquel estanque lleno de rayas expresivas vivía también un esturión con cara de haber recibido una trompada. Un cartel advertía no tocarlo. Futuro Vegano, sumido en una especie de trance, intentó tocarlo. El ceño fruncido del pez parecía estar pidiéndole ayuda. El esturión respondió con un tarascón. Futuro Vegano pegó un salto del susto, rodeado de niños propios y ajenos plenos de alegría. El esturión se alejó, como un gusano en la carne del estanque de las rayas.         

–¿Vieron eso? –dijo a sus hijas, y a todo aquel que quisiese escuchar.

–¿Qué? –dijo Chloe.

–¡El esturión! ¡Por poco no me ladra!

–Ay, pa… –dijo Chloe cariñosamente.

El show de mascotas era en un anfiteatro separado, más chico: unas gradas enfrente de un escenario que tenía escaleras, ventanas, una pista de obstáculos y esculturas gigantes de una zapatilla rojo chillón y un cartón de leche. A diferencia del show de Shamú, había muchos asientos vacíos, y Futuro Vegano y su familia encontraron lugar en la tercera fila. Al poco tiempo empezó el show. A modo de presentación, varios perros y gatos entraron al escenario AstroTurf pasando por distintas puertas-trampa. Después aparecieron un chancho, un avestruz y una fila de patitos. Todos al ritmo de “Who Let the Dogs Out?”. Los perros pasaron por un subibaja del que salieron disparadas mini-hamburguesas de plástico hacia una parrilla de juguete; los gatos treparon por una soga. Las gemelas miraban fascinadas. Uno de los perros tiró de una palanca y se desplegó un cartel con el nombre del show en letra infantil: ¡Las mascotas mandan!

–¿No te parece un claro ejemplo de “la técnica de la gran mentira” de la que hablaba Hitler? –dijo Futuro Vegano.

–¿Qué cosa?

–“Las mascotas mandan”. No lo hacen. Precisamente… no mandan. Odio este lugar.

–Shhh.

–Somos cómplices de una pesadilla aceptada por todos.

–Nunca nadie se quejó del show de mascotas.

Sí, porque estaban muy ocupados sacándose esa aberración moral y estética de la cabeza, querría haber dicho. “Tras tal conocimiento, ¿qué perdón?. En cambio dijo:

–El esturión ese casi me come un dedo.

–Tarde, me parece.

–¿Tarde para qué? ¿Para que el esturión me coma el dedo?

–No, para que tú y el pez salgan en la televisión; hace tiempo que a este lugar se le acabaron sus quince minutos de fama.

El presentador salió al escenario disfrazado de jugador de béisbol y empezó a explicar con un micrófono manos libres de qué se trataba el show de mascotas. Un actor frustrado, pensó Futuro Vegano: el destino quiso que alguien de Recursos Humanos de SeaWorld se topara con su CV, y allí estaba teniendo que recitar el mismo espantoso discurso cinco veces al día. Presentó las “Olimpíadas de mascotas”, en las que competirían perros adiestrados. Cuando los perros-actores salían al escenario, el presentador anunciaba sus nombres y los niños del público aplaudían y chillaban ante cada grotesca bufonada.

–Nuestros perros fueron todos rescatados de refugios –empezó a decir–. Los adiestramos durante tres años para que puedan estar en “¡Las mascotas mandan!”, y ustedes tienen mucha suerte, porque hoy estamos presentando a un amiguito muy querido: Bingo. Y como es la primera vez que se sube a un escenario, cuando diga su nombre, quiero que le muestren todo su cariño y le den la bienvenida que se merece.

Bingo era un Jack Russel terrier. Parecía estar listo para el estrellato: dio dos vueltas en el aire y después abrió con la boca la perilla de un inmenso hidrante de incendios rojo furioso, lo cual hizo disparar un chorro de agua que salpicó a un inocente chanchito y bañó a los espectadores de las primeras filas, quienes gritaron de alegría. Parado en dos patas y sonriendo, el debutante recibió de la mano del presentador su modesta recompensa. Acto seguido, voló desde el escenario, atravesó las primeras dos filas del público y aterrizó en el regazo de Futuro Vegano. Una vez allí empezó a lamerle y mordisquearle la barbilla y la boca frenéticamente: una serie de lengüetazos intercalados con pequeños y filosos mordiscos.

–¡Bingo! –gritó desde el escenario el presentador.

Aunque el chanchito que había sido mojado daba vueltas sin saber qué hacer, la música jocosa seguía chorreando de los parlantes, lo cual hacía hilarante la escena. El perro ya había pasado a las fosas nasales de Futuro Vegano, que no entendía si esto era parte del espectáculo o qué. Las gemelas estaban encantadas y se arrimaron a acariciar al perro. Su esposa hizo lo mismo, y Futuro Vegano sintió por primera vez en mucho tiempo el brazo de su mujer rozándole la panza. La gente de alrededor se hizo apenas a un lado.     

Era la antigua mascota de la familia. El perro que habían rescatado y abandonado, que había sido rescatado por segunda vez y adiestrado, ahora les era devuelto. Futuro Vegano comprendió que Bingo era Maurice. Al igual que él, el perro tenía dos nombres. Había reconocido a Futuro Vegano al instante y había saltado del escenario para pedirles perdón por haberlos abandonado: a él, a su mujer y a las gemelas, que ahora estaban fuera y no dentro del vientre de su madre, donde el perro las había visto por última vez. Había vuelto para honrar a quien había sido el macho alfa del clan. Gracias a su olfato canino Maurice se dio cuenta de que Futuro Vegano había dejado la medicación. A menos que eso fuera un delirio –era un delirio–. El avestruz se había escapado de atrás del telón y había marchado hasta el borde del escenario, claramente fuera de libreto. El show de mascotas se había desmadrado. Un avestruz no era una mascota.

Las ofensas de Futuro Vegano ya tenían vida propia. Pero el perro, a su manera irreflexiva, lo liberaría de culpa y cargo, sobre todo si era recibido con manos embadurnadas de grasa de pavo. Las ofensas de Futuro Vegano gritaban al horizonte infinito. Futuro Vegano escuchó la voz de Irving Renker que le decía “Deja de globalizar”, mientras la frenética lengua del perro le trepidaba la unión entre los dedos.

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