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leyendo ahora: Getsemaní | Ralf Rothmann
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Ralf Rothmann | del:alemán

Getsemaní

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Karsten Kredel

Este relato es una maravilla. Realmente no puedo más que decir que es inquietante, muy bonito, de una claridad perfecta y al mismo tiempo tan enigmático como la vida misma, o al menos tal como se nos aparece en los mejores libros con los que nos topamos. El propio Ralf Rothman lo expresó así una vez: la literatura ocurre cuando lo no dicho igual queda presente en lo dicho, cuando resuena de un modo que, pese a toda perceptibilidad, se nos antoja onírico, quitándonos la sensación de divorcio interno. Por eso la situación de estar leyendo resulta a menudo tan beatífica, puesto que llevamos a cabo sin gran esfuerzo lo imposible, unimos el así llamado sujeto con el así llamado objeto: estamos del todo concentrados, completamente allí... y al mismo tiempo en un lugar completamente distinto.

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… y la encontró durmiendo de la tristeza. Las primeras palabras por la mañana, la oración subrayada con el señalador, regalo de Marie, y el sol sale detrás de los castaños del paseo Fontane, donde aún no se ve ninguna persona, ningún perro, solo una urraca, saltando por el camino de grava, adelante de su larga sombra. El reloj en el zapato junto a la cama, el pequeño despertador del Perú, se ha detenido; por la luz, debía sonar dentro de una hora.

Cornejas, enormes bandadas en formaciones cambiantes, vuelan sobre la casa hacia el parque, cada mañana hacia el Hasenheide. Las habitaciones luminosas, el agua casi caliente, y la pasta dentífrica, sin mentol, se cae tras un breve movimiento de la boca junto con el cepillo, un momento en el que uno cierra los ojos, respira profundo y empieza de nuevo el día que ayer creyó haber superado.

Y la encontró durmiendo. Un sorbo de té en la mesa de la cocina, la radio, dos minutos de noticias, más calor aún se espera en este verano record; los tilos de la calle Blücher se ven polvorientos, el césped artificial del campo de deportes se ondula, y lo que exhala en el ardor del día quién quiere saberlo. Nunca tiene encima un animal, ningún pájaro, ninguna de las ratas que corretean por los arbustos.

Limpiarse los zapatos, empacar la pequeña mochila, la billetera, las llaves. Pese a las pocas horas de sueño, ningún aturdimiento, ningún movimiento superfluo, todo, incluido abotonarse la camisa azul, aun planchada por Marie, impregnado de una seriedad que hasta ahora él no se conocía. Cierra la puerta, camina por el pasillo y abre el piso de ella, dos piezas con vista al patio interno. El de ella es más pequeño que el de él, más ordenado, completamente a la sombra de un abedul, y Raul entra al dormitorio y toma el ícono de la pared, santa Ana, apenas más grande que una tarjeta de crédito. También está planchado el pañuelo blanco en el que lo envuelve.

Hasta la piscina pública Prinzenbad son ocho minutos; casi no hay tránsito a esta hora, pocas bicicletas contra el muro, la caja está cerrada. Alrededor de una docena de hombres y mujeres esperan delante de la reja, la gorda pareja de jubilados bien adelante. Muñidos de heladeras portátiles, periódicos y de una pequeña radio, se quedan siempre hasta que cierra la piscina a las ocho de la noche en la terraza de la cafetería, comen y beben sin parar, resuelven un crucigrama tras otro y jamás, ni siquiera cuando el calor es intenso, se meten en el agua. Las otras son personas atléticas que hojean sus agendas, casi todos los días las mismas, nadan sus largos desde las siete hasta poco antes de las ocho y enseguida se marchan a toda prisa con sus bicicletas y motocicletas con más de veinte cambios y candados electrónicos.

Cuando la reja se desliza hacia un costado, todos sacan su pase mensual; algunos hombres empiezan a desabotonarse la camisa mientras avanzaban hacia las cabinas, y también Raul se adelanta a arrojar su mochila en el armarito abierto, número cincuenta y tres, como siempre. Traje de baño, antiparras, la pulsera con las llaves, y tras una rápida ducha, fría, la primera decepción. La piscina deportiva está cerrada, trabajos de limpieza. Los otros siguen de largo refunfuñando hacia la segunda piscina, bajo las acacias, climatizada y tumultuosamente llena durante el día, un griterío que se escucha desde lejos. El agua allí tiene mala fama; pelos, chicles, follaje pudriéndose y tiritas autoadhesivas con manchas de un rojo turbio se balancean sobre la superficie. Los nadadores la llaman el guiso.

Se detiene. El empleado del delantal gris que arrastra el aparato cromado adosado a una bomba aspiradora por el suelo de la piscina deportiva contrae brevemente las cejas, pero no levanta la vista. Avanza línea por línea de azulejos, solo le falta limpiar tres, y Raul se sienta en el borde de la terraza para tomar sol, hace ejercicios de respiración y observa la superficie brillosa, la imagen de los álamos sobre el tembloroso azul.

Empezar, aplacar el día y todas las posibilidades de destrucción que contiene con un salto en ese espejo es ahora lo único correcto. Detrás de eso se encuentra el final del miedo: una puerta de cristal, un largo pasillo, gorjeos en el parque lleno de mujeres en flamantes saltos de cama, mujeres jóvenes que dan pasos pequeños y tímidos en sus medias contra la trombosis y sosteniéndose el abdomen. Es suficiente. Detrás yacen las últimas lágrimas, un breve dolor, después del cual todo mejora, créanos, por qué no ha venido antes. Pero Marie, con una gruesa aguja en el brazo, extrayéndose sangre para ella misma, por peligro de infección, Marie ríe su risa clara, casi doce años más joven que ella, y le muestra el regalo de la vecina, que había sido dada de alta el día anterior, vaciamiento total de la pieza, y que había regresado otra vez por el parque de la clínica y le había traído el trébol, de cuatro hojas, descubierto junto al portón de entrada.

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Defensas, anticuerpos, dos mil metros cada día. ¿Y quién es usted? Un acompañante que siempre está, en cada revisación, cada estudio de ultrasonido, el que le limpia de la panza el gel de contacto y hasta le mide la presión sanguínea. Los médicos se vuelven cuidadosos y menos informales, las enfermeras sonríen un poco más y el anestesista se sienta de nuevo al oír la palabra parálisis espinal. ¿Es usted un colega?

Nubes blancas delante de la ventana, un par de mariposas, y él apoya la lapicera sobre la cama y señala las líneas de puntos. Pero Marie ya no quiere saber lo que firma, Marie está cansada, cucharea en su sopa, traga la pastilla, observa las rosas. Hasta mañana, corazón. ¿Vienes temprano? Las enfermeras en su cabina de cristal lo saludan con la mano, él les devuelve el saludo con los formularios, toma el ascensor y los mete en el buzón de la administración, también ese en el que la paciente declara su conformidad para que seccionen su cuerpo en caso de muerte. Y que él no le mostró.

El hombre del delantal saca el aparato cromado de la piscina, da un paso al costado y empieza a limpiar la próxima fila de azulejos. Casi nunca una enfermedad, jamás en la vida una operación, y Raul con todo ese saber inútil, la materia prima de su miedo, ha visto morir a personas en intervenciones mucho más simples: una anomalía minúscula, debilidad de los tejidos, el tubo roza la carótida, de pronto hay sangre, en grandes oleadas, y ninguno de los muchos médicos lo trae de vuelta, al atlético bachiller al que solo le habían quitado el apéndice, y por cuya garganta abierta escapa ahora un último largo sonido casi furioso…

¿Quién se lo dice al jefe? Y cuántas habitaciones de convalecientes había visitado que eran como esta, luminosa, amigable, las “Amapolas” de Emil Noldes, cuántas cofias para pelo le había alcanzado a los pacientes: Hola, ya es hora, ¿tiene que pasar antes por el baño? Y entonces Marie necesita mucho tiempo, desesperadamente mucho, le da la impresión a él; la enfermera de la unidad mira su reloj, la alumna bosteza y mira ensoñadoramente a través de la ventana, follaje resplandeciente, y él toma la hoja médica y lee los valores de la presión, que hace tiempo sabe de memoria. Al fin ella sale, cierra la puerta detrás de sí y se observa la mano, los pinchazos en el dorso. Abre la puerta una vez más, palpa dentro del cuarto y apaga la luz. ¿Te mostré ya el afeitado? Muy punk. Y la alumna ríe y la ayuda a ir hasta la cama.

Raul le quita la cofia a la enfermera, otra cosa que hace por sí solo, mete los rizos rojos bajo el dobladillo de goma y suelta, con una patadita, la traba de las ruedas.

Te ves elegante. Pero Marie siente que él preferiría largarse a llorar, por supuesto que siente eso y le acaricia el brazo. Va a salir bien, créeme, ayer me miraron otra vez con el espéculo, hasta el profesor estaba presente. Todo de perlas. ¿Vas a estar cuando me despierte? ¿Estás ahí?       

El traqueteo de las ruedas en el umbral del ascensor, y otro saludo al salir del pozo de acero y guiñar los ojos sin ningún miedo, según parece, el efecto de la pastilla. Luego la puerta se cierra de prisa y él inclina, como ella, la cabeza hacia un lado, una última mirada. Adiós.

Los dientes apretados, los puños cerrados, entra a la sala de espera, tira sin querer un par de revistas de la mesa y se tropieza con el felpudo del balcón. En el edificio de enfrente un dibujo infantil, pájaros sin pico, sobre el techo un helicóptero, y él arranca un manojo de flores del cantero, geranios, y las arroja por sobre la baranda.

Las devuelve el viento, un soplo débil. Estoy aquí. Sin comer o beber, un designio que él no puede justificar y que sin embargo, siente él, es el correcto. No comer nada, no beber nada, no apoyarse en nada, ni en una silla ni en el marco de la puerta o la baranda del balcón, mientras la estén operando. Dos horas, tres. Y después otras dos horas más, en las que ella se queda en la unidad de recuperación post-anestésica, y la amable enfermera, una polaca, coloca una bandeja junto al televisor frío, pan y té. Raul agradece y no toca nada.

Esperar. Y una y otra vez el susto cuando se abren las puertas del ascensor y alguna paciente recién operada entra a la unidad, despierta o durmiendo en las almohadas profundas y a menudo solo reconocible a la segunda mirada; las sombras de las plantas sobre la pared de vidrio ahumado que separa la sala del corredor le hacen creer que ve a Marie, y por un momento cierra los ojos, cuando la mujer le pregunta: ¿Y tú? ¿Cuánto tiempo vas a estar sentado aquí?

Más de veinte años. Se había dormido en el bar cerca de la clínica universitaria en el que se había emborrachado luego de decidir que colgaría el estetoscopio para siempre. Ya no más sufrimientos y muerte y las mentiras de la esperanza, no más esta carrera de ratas en delantales blancos, no más médicos que caminan sobre cadáveres para ser directores… Quería descansar, investigar tal vez, quería vivir, viajar, y otro trago más de esta camarera. El local estaba tan oscuro que uno no encontraba el cambio, pero el pelo de ella ardía en todos los espejos. Le trajo un café.

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Eres tú entonces, susurró ella, cuando se besaron por primera vez, apenas un día más tarde, en horas de la mañana detrás del bar, y ya por entonces su cara, la boca, el arco de las cejas y las líneas de la frente le parecieron como una escritura, una santa repentinamente fulgurante en la que estaban escritas las palabras que lo salvarían para siempre.

Veinte años. Un abrir y cerrar de ojos. Levanta la valla, la banda rojiblanca, se sienta sobre la plataforma de largada, y el empleado lo amenaza amablemente con el dedo, mientras limpia el último andarivel. Y luego es de tarde, cuando la puerta se abre deslizándose y la cama es empujada hacia afuera del ascensor; cuando de pronto el corazón le empieza a latir en la garganta y tras dos o tres pasos está parado en la cabecera de la cama y la enfermera le susurra sonriendo ¡despacio! Marie, que está despierta y lo mira, asombrada, haciendo un esfuerzo por orientarse, la cara entera un mudo ¿Eh, qué pasó? Marie está tan pálida como nunca, los labios prácticamente no se distinguen de la piel, y su mano, que él le toma y que no contesta a la presión, claro que no, la mano con la cánula en el dorso está fría.

Ayuda a las enfermeras a instalar la cama en la sala, cuelga las infusiones del perchero, fija el tubo de drenaje al camisón y con una aguja clava en el borde del colchón la bolsa, llena a medias. Luego saca las botellas con la solución de glucosa y de sal común, doce de cada una, y ajusta el contador de gotas. Las enfermeras agradecen y lo dejan solo con Marie.

Duerme. En la carpeta con la hoja médica y los diagnósticos ningún informe de operación, y él le toma el pulso, que está acelerado, pero la presión es normal. Con cuidado levanta la manta, el abdomen está marrón por la solución desinfectante, el corte apenas cubierto con gasas, justo por encima del límite del vello púbico afeitado, va de una cresta iliaca a la otra, y Marie, sin abrir los ojos, pregunta despacio: ¿Cómo se ve?

Maravilloso, dice él asustado, por supuesto que dice eso, no necesitas ningún traje baño nuevo. Hicieron un corte horizontal y solo cosieron las capas inferiores de piel; la de arriba está pegada. Ninguna puntada. La cicatriz será prácticamente invisible.

Ella se aclara la garganta, traga; aún no tiene permitido beber. Los labios están ásperos. ¿Sabes – susurra – lo que me dijeron antes de estudiarme con el espéculo? ¿Lo que descubrieron?

Él calla, espera, pero ella ya se ha vuelto a quedar dormida; el analgésico, del que aún quedan dos ampollas sobre la mesa. El líquido de lavado rojo claro gotea por la manguera conectada a un agujero junto a la costura, hidrógeno y sangre, solo un poco, el efecto tinta. Los valores en todo caso están bien, aun cuando él no pueda leer la hora de la última toma, el sello está borroneado; se sienta en la silla junto a la cama y le agarra la mano.

Las primeras rosas dejan colgar sus cabezas, y pese a que la ventana está abierta reina el silencio; casi no hay gente en el parque, solo el golpeteo bajito de la vajilla y de los cubiertos desde la clínica para niños de enfrente, y un gato cruza lento por el pasto, a través de los tupidos tréboles.

Raul observa a la durmiente, su frente clara, las pecas bajo la línea rojiza y dorada en que empieza la cabellera. La nariz está ligeramente torcida en la parte superior, un accidente de bicicleta en la infancia, la curva de los labios siempre le pareció florentina, y piensa en el tiempo que también se inscribió en ese rostro, que si bien es algo más joven que el de él, es mucho más experimentado en amor. En un amor cuya imperturbable seguridad y naturalidad siempre lo ha desconcertado y con frecuencia avergonzado; que aceptaba casi todo, cualquier renuncia, cualquiera de los humores de él, de sus injusticias y brutalidades; un amor que era siempre más sabio que ellos dos y que superaba incluso las pruebas más difíciles. Cuando él, tras una separación de casi ocho meses, en los que ni se hablaron ni se escribieron, la llamó cabizbajo y no del todo sobrio – estaba en el bar de un hotel en Swansea, Gales, y la empresa farmacéutica para la que debía dirigir el montaje de la feria lo había echado – lo único que ella dijo fue: ¡Ya era tiempo! Mucho más no hubiera aguantado.

Y ahora el dolor, tragar en seco, los rasgos alrededor de la boca se ahondan, y él abre serruchando la ampolla, inyecta el remedio en la manguera de infusión. En algún lugar detrás del edificio se pone el sol, las ventanas de enfrente reflejan la luz, un destello se posa sobre los pómulos de Marie, el hueco de la garganta, y aquí y allí reluce un poco de pelusa, una fina espiral junto a la oreja. Tranquila la respiración, casi sin sonido, y tras una larga mirada en su rostro, que ella como siempre no deja de sentir, pues los párpados se crispan, Raul le besa la frente, que ya no está tan fría, cuelga una nueva infusión del perchero y cierra despacio la puerta.

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En la cabina de vidrio no hay nadie, y él entra en la oficina de atrás y pregunta por el informe de la operación a la enfermera que hojea papeles mientras fuma. La enfermera asiente, pero no levanta la vista. Usted no es ni el marido ni un pariente, ¿verdad? Entonces lamentablemente no es mucho lo que le puedo decir. Hasta ahora, todo en orden. Una intervención que transcurrió de manera muy normal. Salvo tal vez… Mete la carpeta en el estante, y él avanza un paso hacia ella. ¡Salvo qué!

El cigarrillo huele a mentol. Bueno, las pelirrojas de piel muy clara sangran mucho durante las operaciones, por eso la extracción antes. Pero con su amiga fue distinto. Ahí casi no había nada que taponar, si le voy a ser sincera. Debe tener que ver con la fase de la luna… Y el resto que se lo cuente ella misma, agrega con una sonrisa seca, y solo ahora Raul ve el cartel en el delantal de la mujer, a la que se dirigió como si fuera una enfermera, pero que en realidad es médica de la unidad, turno noche.

Vuelve a Kreuzberg con el bus, a la calle Bergmann, donde come algo en Milagro y toma dos vasos de vino tinto. Aunque es el tramo más bonito, en el breve camino de regreso a su casa no pasea a lo largo de los cementerios. Se acuesta sobre la cama de Marie y mira televisión. Pero luego siente sueño, le duelen todas las extremidades, y camina por el pasillo hacia su piso, se cepilla los dientes, apaga la luz. Ha refrescado, las viejas maderas del suelo crujen. El canto dorado del libro reluce opaco. ¿No puedes quedarte despierto conmigo una hora?

Y poco antes de medianoche suena entonces el teléfono, es una señora la que llama, aturdido por el sueño la confunde con Marie. Tira la lámpara de noche, se enreda con el cable. ¿Marie? Luego reconoce la voz de la enfermera polaca: pensé que mejor lo llamaba rapidito. Una revisación. No hay motivos para preocuparse, ni siquiera es urgente, pero es una revisación. A las nueve, como primera paciente. ¿Qué puedo decirle a ella? ¿Estará usted presente?

Mira el reloj sobre la casita donde está la caja y se sube a la plataforma de largada. Si nada crol solo mil metros y después se toma un taxi, lo puede lograr. El hombre del delantal tira de la manguera envuelta en alambre, la enrolla alrededor del motor, y él se pone las antiparras. La superficie del agua está completamente lisa e intacta y parece casi convexa en su quietud, de modo que Raul, ya inclinado para el salto, por un momento no sabe si el cielo con las bandadas de pájaros que surgen de pronto otra vez está arriba o abajo de él. Y no bien ve la máquina aspiradora, el relámpago del motor cromado, se lanza de la plataforma y se sumerge en el final de su larga sombra en el agua, que no está ni fría ni caliente, ni clara ni turbia, que no es en absoluto agua en ese momento, sino alguna cosa resplandeciente, así como el grito del otro lado no es más que el silencio en el interior del corazón, espacio infinitamente distante en el que resuena una voz suave.

El repentino reconocimiento de una mujer especial. La clara formulación de las propias oscuridades y la desconcertante armonía en cosas con las que uno había creído que iba a tener que estar a solas toda su vida. La fuerza y el calor en la cercanía de una persona siempre optimista y dispuesta para la felicidad, y la bella tristeza en la base de su sonrisa…

Cuando Raul llega a eso de las ocho y media a la unidad, la puerta de la habitación de Marie está abierta. La cama está vacía, un hombre en overol limpia la ventana y lo saluda con la cabeza. Hay cintitas autoadhesivas pegadas al borde del colchón y en el baño están tirados un par de guantes de goma y la bolsa plástica con el líquido de lavado. En el jabón, un único pelo rojo, sobre la mesa de noche la hoja médica y aquel formulario, que él no le mostró al hacérselo firmar, un signo de pregunta detrás de la línea de puntos, y por un momento – el hombre mueve la ventana, unos transeúntes se reflejan en el vidrio – él cree reconocer las silueta de ella sobre la almohada hundida, el hálito de un contorno.


*Este cuento fue publicado en: Ralf Rothmann, Rehe am Meer. Erzählungen. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 2006.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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