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Andrej Blatnik | del:esloveno

Grietas | Tierra firme

Traducción : Marjeta Drobnič y Matías Escalera Cordero

Introducción de Želimir Periš

Andrej Blatnik es un escritor extraordinario. Además, es profesor de escritura creativa, y la labor que él desempeña cruza los límites del aula, puesto que sus relatos son, en sí mismos, la mejor lección de escritura, o de lo que la escritura debería ser. Blatnik es también un reconocido escritor esloveno, que ha sido traducido a numerosos idiomas. Es especialmente famoso por sus relatos breves, los cuales son considerados, en muchos sentidos, clásicos contemporáneos. "Su libro Comprendes, ¿no?" es una colección de cuentos violentos y filosos, crueles y entrañables, que abordan lo esencial de las relaciones, los sentimientos y la intimidad. Los dos cuentos que publicamos aquí, “Grietas” y “Tierra firme”, constituyen un excelente ejemplo de la maestría con la que Blatnik logra condensar una vida entera en un único momento crucial. El sentido de la vida en estos cuentos es reducido a interrogantes universales del tipo “¿Y si hubiera…?” o “¿Y ahora qué?”. Estos cuentos, que a veces son siniestros y otras veces son sutiles, pero que describen siempre momentos cruciales de la vida, son literatura en su mejor expresión.

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Grietas

Traducción de Marjeta Drobnič y Matías Escalera Cordero

Hay muchas historias. Ésta es una de ellas. Tienes mujer, tienes hijos, tienes trabajo, tienes coche, tienes un chalet en las afueras. Todo apunta a que morirás feliz, tus hijos llorarán en el entierro y los vecinos lamentarán tu ausencia. Entonces, una noche, mientras se evaporan lentamente las últimas partículas de luz, y vuelves a casa no más rápido que de costumbre, oyes un golpe: has atropellado algo. No has visto nada, sólo has sentido el golpe seco contra el coche. Paras, sales y miras a ver qué ha pasado. Debajo de tu coche yace un niño, de siete u ocho años, como uno de los que te esperan en casa, podría ser tuyo. No se mueve. De debajo de su cabeza sale un charco de sangre.

Gritas, te inclinas, palpas sus venas, no sientes nada. Miras alrededor, no hay nadie, la calle está vacía. Pasas por aquí cada día, pero no conoces a nadie, un grupo de viviendas, grises y arrugadas. Nadie mira, todas las luces están apagadas.

 ¿Ahora qué? ¿Qué haces cuando te ocurre algo así? Si el niño gimiera, sería fácil, ¿sabes? Lo meterías en el coche y te lo llevarías a un hospital. O llamarías a una ambulancia. Pero ves que no hay nada que salvar. Cuando te tranquilizas un poco, te das cuenta de que las farolas no están encendidas. Ves que no hay coches en la calle. Miras alrededor a ver si viene alguien, a ver si hay alguien observando, escondido detrás de los contenedores. No hay nadie por ninguna parte.

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Te gustaría llamar, pero, ¿a quién? Además, la batería de tu teléfono se agota de repente, y te das cuenta de que nadie respondería aunque el móvil funcionase. Vuelves a mirar al niño. Te parece que lleva horas en el suelo, que su rostro ha palidecido, que la sangre debajo de su cabeza se ha secado. Vuelves a mirar alrededor y te parece que las casas a lo largo de la calle se desconchan, que el asfalto se resquebraja, que en el cielo nocturno aparecen grietas enormes, y que por allí asoma el vacío, para escurrirse adentro.

Sigues apretando la llave del coche en la mano, la miras, miras tu coche, y sabes que jamás volverá a moverse. Dejas caer la llave, se hunde con lentitud en la oscuridad, a tus pies, y no te sorprende no oír el golpe del metal contra el asfalto. Se han apagado todos los ruidos. Los perros han dejado de ladrar, los televisores han dejado de zumbar, los teléfonos de sonar. Vuelves a inclinarte hacia el niño. Es cada vez más menudo y dócil, miras tus manos y aguardas a que aparezcan las grietas. Piensas: tenía mujer, tenía hijos, todo hacía prever que moriría feliz. Ahora ocurrirá otra cosa. Muchas historias no terminan con un final feliz. Ésta es una de ellas.

Tierra firme

Traducción de Marjeta Drobnič

Pasó en los tiempos cuando yo tenía pelo todavía, ahora esos tiempos son lejanos, pero antes los tenía presentes, tan cerquita, antes, cada noche, todo lo tenía muy presente, muy cerquita, pero ahora no voy a hablar de eso, no vamos a hablar de eso ahorita. Quiero hablar de lo que aquella noche ocurrió, de cómo la vi a ella entre todas las mujeres, de cómo dije: ¡qué bella!, y la risa les dio a mis compañeros, y me dijeron, estás loco, ¿bella?, ¿ella? Pero yo, allá ellos, los dejé hablar y me acerqué diciendo que si querría bailar, y ella rio y dijo: ¿te deja tu mamá? Pero yo no me tomé a mal lo que podía sonar fatal, en absoluto me sentaba mal, sino parecióme dulce y cordial. Y después le sugerí que se tomase algo comingo y ella rio otra vez, diciendo, que vale, que bien, y, después, sí que todo estuvo bien, me olvidé de mis amigos y me puse a cien. Y después me contó que el corte en el vientre se lo había hecho un capitán porque ella había salido de su lecho con mucho afán, demasiado afán para él. Y dijo sin vacilar que, después, había dejado el mar, aunque en ella tenían mucho interés, pero que el mar era un azar, que volvería otro capitán. Y que siempre llegaba el desenredo y había que olvidarse del miedo, hacer frente al duro vaivén, pero que ahora estaba aquí, y estaba bien. Y me contaba más y más, cosas que yo creía engañosas o que no ocurrían de hecho, pero a ella sí, aún le ocurrían cuando no estaba al acecho. Y, después, me vi obligado, obligado a decir que ahora me tenía que ir, que, al alba, debería estar en mi cama, si no, para el próximo baile me montaban un drama, y rio de nuevo diciendo que lo sabía, que sabía que me vería obligado a irme y que me iría. Y que había estado bien. Y sólo pude preguntarle en la puerta: ¿irás a bailar otra vez? Y, ahora, siempre cuando paso por allí, donde ya, desde hace tiempo, no se baila más, donde ya todos quedaron atrás, donde llevan años construyendo el hotel más grande que se haya visto jamás, y siempre hay otro dueño que lo hace sin empeño, aún ahora, siempre cuando paso por allí, recuerdo cómo se puso cuando me dijo: no, mañana tengo que volver. ¿Cómo se puso, me estás preguntando? Triste. Y sabía, ya entonces, que todo había sido como había sido para que lo recordase cada vez que por allí pasase y también en otras muchas ocasiones, en las noches, cuando no se duerme, para que recordase cómo había sido, entonces y allí, en remotos tiempos, cuando yo tenía pelo todavía.


*El cuento “Grietas” fue publicado en la colección: Comprendes, ¿no?

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