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Sarah Khan | del:alemán

Güija con la Stasi

Traducción : Ariel Magnus

Imagen: Angela Deane

Ella es una señora de barrio, uno se la encuentra en el supermercado, en la cola del correo. Como el lunes, cuando trae al niño, como el martes, cuando nada sus largos en la piscina pública, como el miércoles, cuando busca al niño, como el jueves, cuando hace las compras, y como el viernes, cuando llega con el paquete de la torta desde la panadería. Como tiradas por una cuerda se cruzan las vecinas del barrio con sus vecinas del barrio, y así podría haber seguido hasta el fin de los tiempos, hasta que sucede otra cosa y durante la inauguración de Cindy Sherman en la Galería Sprüth Magers de Berlín la pintora Uta Päffgen dice: ¿Fantasmas son lo que buscas? Pregúntale a Anne, esa mujer puede convocar fantasmas, tiene una conexión increíble con su método. Y así es como arreglamos una cita con la desconocida Anne, ella abre y nos encontramos nada menos que con dicha vecina de barrio. Esos largos pelos rojo oscuro, la mirada brutalmente divertida, el gran corazón en el pecho amplio y el aroma de la mesa del café ascendiendo a sus espaldas. Esta historia es un regalo de la escritora Anne Hahn, la bruja del vino tinto del barrio berlinés de Mitte, la castellana de Goseck, la médium de Magdeburg. Gracias.

Una mujer dotada de poderes sobrenaturales percibe sus facultades ya de joven y juega con ellas. Un día llega al punto en que la invade un miedo infernal y decide abandonar esa tontería para siempre. Y sin embargo vuelve a convocar a los espíritus una y otra vez, porque no puede dejar de hacerlo. Anne nació en 1966 en Magdeburg. Cuando tenía veintiún años y estaba mortalmente aburrida de todo, decidió huir del país. No sabía que los días de la República Democrática Alemana estaban contados, porque casi nunca consultaba a los espíritus acerca de su propio futuro. Era algo demasiado delicado. Tampoco era ella la única de su círculo de amigos que le daba vueltas a la idea de escaparse. Otros habían pedido permisos de viaje y temían recibir malas noticias. Además de que siempre había que contar con los espías. Imagínate que el espíritu dice en una sesión de güija ante todos los presentes que Anne H. ejecutará la semana siguiente un intento de escape exitoso. Por eso es que no podía arriesgarse a echar una mirada a su propio futuro. Anne y sus amigos estaban fascinados por las sofisticadas y maravillosas historias de los espíritus. Una vez hubo un espíritu que había conocido a Bertolt Brecht, y en otra ocasión se les apareció un niño que siempre estaba sentado sobre la rodilla derecha del santo Dios. Todo eso era entretenido y divertido. Mientras que la realidad y el futuro cercano para los jóvenes ciudadanos de la RDA no era ninguna de las dos cosas, ni entretenida ni divertida. De ahí viene que Anne no les preguntara a los espíritus por su propio porvenir, de lo contrario tal vez se hubiera ahorrado la fuga, la detención y la cárcel de la RDA.

Por aquel entonces, Anne no tenía ningún trabajo en Magdeburg, pero tenía amigos. Los amigos tenían vino tinto y el vino tinto tenía una vela y la vela tenía una copa. Formaban un círculo, daban vuelta la copa y la ponían en el medio de una mesa. Luego colocaban muchos papelitos alrededor de la copa: las palabras “sí” y “no” y todas las letras del alfabeto y los números del uno al cien, ordenados de diez en diez. Cada cual apoyaba suavemente un dedo sobre la copa, luego empezaban. Y qué genial cómo hormigueaba, se movía y vibraba, no bien Anne llamaba a los espíritus. Ahí la copa se ponía a bailar.

Una vez tuvieron a alguien de inmediato adentro de la copa, que decía: SOS, SOS, SOS.

—¿Quién necesita un SOS?

Reciben un número, otro número más, una y otra vez los mismos números. Alguien busca un atlas, comprueba los números en los grados de longitud y latitud. Era un punto en el Atlántico sur. La pandilla de güijeros bebedores de vino tinto de la fase final de la RDA en Magdeburg oyó al otro día en las noticias que ante las costas de las islas Malvinas un barco había sido hundido y toda la tripulación murió ahogada.

Una vez convocaron a un espíritu y no pasó nada. Luego golpearon a la puerta. Uno se puso de pie y abrió, no se veía a nadie y sin embargo alguien entró. Todos estaban sentados en círculo con las piernas cruzadas sobre unas tablas finísimas, viejas y torcidas, y notaron cómo las tablas se elevaban y hundían bajo los pasos del huésped invisible salvo de peso, escuchando crujir las maderas. El huésped rodeó varias veces a los magdeburguenses, infundiéndoles un miedo infernal, y luego volvió a irse. Todos sabían que era Anne la que tenía esa fuerza capaz de provocar a un espíritu tan descarado. Sin Anne no funcionaba nunca, y con Anne era siempre maravilloso y terrible. Pero después de esta experiencia, Anne juró dar por terminado el asunto. La visita de un espíritu en su propia casa era algo demasiado fuerte, y no había que volver a convocar a ningún espíritu en absoluto, porque uno nunca sabía quién era el que venía y qué era lo que traía consigo. Al fin había entendido que, si bien podía convocarlos, no los podía controlar. Así que era una cosa acabada, basta para siempre de invocar espíritus. Pero luego ocurrió esa historia con la señora rara, que al igual que Anne vendía ropa en el mercado de pulgas y que se le vino encima. Fue tal la exagerada amabilidad, tamaña la artificialidad y tan extraordinariamente sospechosa la manera en que invitó a Anne y a su pandilla a su casa que Anne no pudo negarse, además de que quería a toda costa mostrar su fortaleza, así que reunió a sus amigos y con una botella de vino se le apareció a la rara en su casa. La señora rara quiso alegrarse por la inesperada visita, pero le interrumpieron su verborrea para decirle que limpiara la mesa porque la necesitaban ya mismo. La copa dada vuelta se colocó en el centro, con el alfabeto y los números alrededor, habían traído todo. Cada cual apoyó suavemente un dedo sobre el vidrio. La rara no quiso participar, le agarró un terrible cagazo frente a lo sobrenatural, pero le dijeron que no fuera tan aburrida. Anne convocó a los espíritus. Y enseguida tuvo a uno en la copa. Primero cada uno le fue haciendo por turno preguntas sobre cuestiones intrascendentes.

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—Gran espíritu, ¿quieres hablar con nosotros?

—Sí.

—¿Eres un espíritu bueno?

—Sí.

—¿Es un lugar bonito ahí donde estás?

—Frío.

—¿Cómo te llamas?

—Ludwig Brenndecker.

—¿Desde cuándo estás muerto?

—1952.

—¿Cuántos años tenías cuando falleciste?

—57.

—¿Cuál era tu profesión?

—Tullido.

No bien la rara empieza a reírse por lo bajo, Anne pasa a hablar de lo que realmente le interesa.

—¿Hay aquí en esta pieza alguien que trabaje para la Stasi?

—Sí.

—¿La pieza está vigilada por micrófonos?

—Sí.

—¿Puedes mostrarme dónde?

—Sí.

—Si voy al rincón donde está el micrófono, di sí.

Anne se pone de pie y camina por la habitación. Cuando se para en la esquina que tiene una vitrina, el espíritu vuelve a comunicarse:

—Sí.

Sobre la vitrina hay una radio. Anne toma la radio y la sacude.

—¿Aquí dentro?

—Sí.

Anne vuelve a sentarse a la mesa. La rara está pálida.

—¡Fuera de mi casa! —grita—. ¡Ya mismo!

Pero ellos no se van, siguen.

—¿Sabes el número de teléfono de la gente que nos está escuchando en este momento?

—Sí.

—¿Puedes dármelo?

El número que les da el espíritu tiene cinco cifras y empieza con un tres. Los números que empezaban con tres eran los de la policía secreta en Magdeburg. ¡Qué triunfo para Anne! Tenía capacidades para las cuales la RDA no estaba preparada. ¡Qué jolgorio! Por esto es que creyó, aunque la muerte seguía rondando sus pensamientos, que lograría fugarse con éxito. Le esperaba otra vida, una sin rejas. Solo era cuestión de marcharse.

Antes de la fuga, Anne realizó dos viajes. Uno de ellos la llevó a Praga, a la tumba de Franz Kafka, y el otro al castillo de Goseck en Thuringia. Aquí quería pasar un último rato con sus amigos. La idea era salir de excursión, beber, reír. Hacía años ya que se estaba despidiendo, un proceso tortuosamente lento y opresivo, sin poder comunicarlo de manera abierta. La despedida en Goseck debía ser diferente, brindar fuerzas. Ahora el castillo de Goseck ha sido restaurado, se le agregaron instalaciones sanitarias acordes a un monumento histórico, se organiza una primavera de tango, se hacen excavaciones arqueológicas y conciertos. Pero en aquel entonces, en los años ochenta de la RDA, el castillo estaba medio derruido y abandonado a la corrosión del tiempo. La mayor parte del castillo estaba cerrada y llena de polvo, yacía allí como en un sueño de bella durmiente. En un ala lateral había un pequeño albergue juvenil, donde se alojaron Anne y sus amigos. Del equipamiento de este albergue Anne guarda un recuerdo desconsolador. Moqueta, muebles de madera liviana y superficies de plástico lavable que no transmitían ninguna sensación de castillo. Una vez, el grupo dio una vuelta en secreto por la parte clausurada. La mayoría de las habitaciones estaba cerrada, pero con una ganzúa y algo de maña pudieron abrir las puertas. Anne armó un juego con eso. Antes de abrir una puerta, describía la pieza que estaba detrás. Parada delante de la puerta cerrada, hacía la lista: a la izquierda el hogar, el hierro está sobre la repisa y la empuñadura se encuentra gastada, la ventana es verde, en el medio hay una columna. O bien: un cuarto oscuro y largo, al fondo a la derecha una ventana diminuta, una mesa grande en el medio, un candelabro de velas fundido en hierro colgando encima a muy baja altura. Y cada vez, las descripciones de Anne quedaban confirmadas. Como si conociera a la perfección estas piezas muertas con sus cortinas deshilachadas y los sucios herrajes de sus puertas, con los muebles medio podridos y los empapelados borroneados. Una vez encontraron durante sus expediciones una botella de vino tinto sin etiqueta en una montaña de escombros. La botella estaba cubierta por una gruesa capa de polvo y tanto el vidrio como el corcho eran de una hechura tan especial que parecían provenir de una época remota. Era una botella que podía tener tal vez sesenta, tal vez cien años. Los amigos abrieron la botella, pero ninguno se animó a probar el vino. Al final lo terminó probando Anne. El vino le gustó tanto que se bebió la botella entera. Luego se acostó en la cama del albergue juvenil. Esa noche soñó que caminaba por el castillo de Goseck. Debía llegar, según la orden que le habían dado, a la capilla del castillo. En camino hacia ese lugar podía atravesar paredes. Meter partes del cuerpo a través de gruesos muros, la cabeza, un brazo, una pierna. Eso le resultaba divertido. De pronto, dejó de avanzar. El sueño había llegado a su fin. Al día siguiente, Anne se enteró de que la noche anterior había muerto en el castillo de Goseck una mujer vieja que tenía allí derecho de habitación vitalicio. La vieja chiflada, según se contaba, era una mujer noble, una condesa, cuya familia había habitado en este castillo largo tiempo. Pero esta historia solo llegó a su fin medio año más tarde, en mayo de 1989. Anne estaba en una celda en la cárcel de Hohenschönhausen, luego de fracasar en su intento de fuga. En esta celda, de repente, el sueño continuó. Anne volvió a estar parada en el mismo sitio del castillo, camino a la capilla, del cual no había podido pasar. Ahora ve también el paisaje, además de un perro de San Bernardo y a sí misma en un vestido blanco con un niño pequeño a su lado, de unos cinco años. De pronto sabe que esa mujer y este niño han sido asesinados por el propio marido de la mujer. El hombre había pasado años en las Cruzadas y ella no se había mantenido casta. El niño es asesinado debido a la infamia que representa y se lo sepulta ante el altar, mientras que a la mujer la emparedan viva. Pero, ¿qué tiene que ver esto con la vieja condesa?, pregunta ella en el sueño, y hasta recibe una respuesta: “La vieja señora del castillo de Goseck era la última de su sangre y solo pudo morir cuando tú llegaste”. Esa mujer era entonces yo misma, pensó Anne cuando volvió a despertar en su celda de Hohenschönhausen. Esa era mi vida anterior. Es algo que hoy ya no tiene nada que ver conmigo.

Cuando salió de prisión y la RDA dejó de ser un país cerrado, Anne viajó al Mediterráneo y se trajo de allí una piedra. Con ella viajó por segunda vez en su vida a la tumba de Franz Kafka, en Praga. Colocó la piedra sobre la tumba y se disculpó ampliamente ante él por haber sustraído de allí una pequeña piedra el año anterior. Le explicó por qué lo había hecho. Había querido llevarse la piedra, que estaba bien arriba sobre la tumba, con el fin de que le trajera suerte, tanto para su fuga del país como para todos los peligros que le esperaban. Le dijo que había querido poseer una parte de él, a quien tanto admiraba, pero que no había tenido en cuenta que había sido otra persona la que le había ofrendado esa piedra. Desde entonces que solo había tenido mala suerte, todo un año de castigo y desdicha. Y si la RDA no se hubiera derrumbado, aún seguiría pudriéndose en la cárcel. Por eso, le dijo, es que ahora le traía de nuevo la piedra. No era la misma piedra que aquella vez, a la que había terminado perdiendo en los revuelos de ese año, pero era una bonita piedra del Mediterráneo, y ella esperaba que él fuera tan amable de tomarla, aceptarle las disculpas y perdonarla.

Anne se mudó a Berlín, estudió Historia del Arte, trabajó de clasificadora de cartas y por un tiempo fue algo así como la presidenta honoraria de la barra del bar Kommandantur. Una vez volvió a oír hablar del castillo de Goseck. Dos años después del sueño, es decir en 1991, conoció a un joven que venía de Weißenfels, una localidad vecina de Goseck. Los amigos de Anne le hablaron sobre los eventos terroríficos en el castillo y sobre el sueño de Anne, en el que se le habían aparecido una mujer y un niño, la noche en que murió la vieja condesa. Y que desde entonces Anne sostenía con toda firmeza que había un niño enterrado delante del altar de la capilla del castillo de Goseck. El joven palideció y contó que en la capilla del castillo se había encontrado una placa de mármol blanco, debajo de la cual estaba el esqueleto de un niño.

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—Ese era mi niño —dijo Anne—, durante la época de las Cruzadas. Ese niño era el que iba conmigo.

En Berlín, esto de la güija y de ver espíritus se acabó casi por completo, lo cual es por supuesto curioso, si consideramos que Berlín está lleno de fantasmas, y estos no tienen ningún motivo para evitar a Anne. De cuando en cuando se le paraba un espíritu a un costado, pero ella a veces ni lo notaba. Una vez confundió a un fantasma con su compañero de piso vestido con ropa oscura. Entró despacio y miró sobre el hombre de ella y leyó con interés el texto que estaba escribiendo sentada a su escritorio. Ella conversó con él. Una conversación muy unilateral, ya que él no contestaba. Cuando ella se dio vuelta, no había nadie. Como si el hombre nunca hubiera estado allí.

A fines de los años noventa, Anne vivió por unos años en un piso derruido de la calle Invaliden 104, en diagonal al Museo de Historia Natural. Más tarde, el dueño del edificio le dio mucho dinero para que se fuera y él pudiera sanear la casa. Era parte de un complejo de edificios en forma de herradura, edificado en el Gründerzeit, muy próximo al hospital de la Charité y de diversas instituciones militares. La novela breve Stine, de Theodor Fontane, ocurre durante aquella época —alrededor de 1890— precisamente en este tramo de la calle Invaliden, que tiene un total de tres kilómetros de largo. No es casualidad que Fontane eligiera justo la Invalidenstraße para su Stine. En esta calle, con sus edificios e instituciones de lo más diversos, fue donde esa época llamada Gründerzeit se vio reflejada con mayor esmero; la calle Invaliden era sangre, sudor, mugre y velocidad: tres estaciones de ferrocarriles de larga distancia (la estación de Lehrter, la de Stettiner y la Hamburger), fábricas de maquinarias de construcción, explanadas para maniobras militares, cuarteles, la Casa de los Inválidos, más allá de eso una cárcel y el hospital Charité; a lo que se añadían algunos edificios de viviendas y un par de cementerios. Fontane describe la difícil vida social de las hermanas Ernestine Rehbein y Pauline Pittelkow en la Invalidenstraße 98e, entre relaciones amorosas y promesas de matrimonio, entre la esperanza de subir en la escala social y conseguir al mismo tiempo la felicidad en el amor. La apocada sociedad de aquel entonces, organizada según los oficios de cada cual, hace que todos los sueños queden frustrados y que solo triunfe la muerte.

Stine miró a su hermana.

—Sí, tú me miras, chica. Estás imaginando milagros si crees que me tranquilizas al decir: “No es un amorío”. Ay, mi querida Stine, con eso no me tranquilizas ná; lo opuesto, por el contrario. Amorío, amorío. Por Dio’, el amorío no es ni por lejos lo peor. Hoy está y mañana ya no, y él va hacía allí y ella hacía allá, y al tercer día vuelven a cantar los dos juntos: “Vete tú, mi parte yo ya la tengo”. Ay, Stine, ¡amorío! Créeme que de eso no se muere naides, ni siquiera cuando termina mal. No, no, Stine, un amorío no es gran cosa, un amorío en realidad no es ná. Pero, cuando se mete aquí —y señaló el corazón—, entonces se vuelve algo, entonces se vuelve asqueroso.

En aquella casa con el número 104, Anne volvió a empezar con la güija. Era tarde en la noche y estaban de a cinco y todo había sido planeado de antemano. Un amigo trajo una botella bien grande de vino, con las gotas más inusuales y delicadas que Anne hubiera bebido jamás; más tarde escribió un cuento corto sobre él, sobre el vino. La sesión empezó como siempre: “Gran espíritu, te invocamos”. En la copa apareció una mujer joven que con tan solo veintitrés años había muerto de tuberculosis. A las preguntas “¿Dónde estás?” y “¿De dónde vienes?”, respondió diciendo “Estoy en el patio” y “Estoy enterrada en el patio”. Anne había escuchado entre los vecinos el rumor de que detrás del complejo de edificios en herradura había estado alguna vez el cementerio de pobres del Charité, donde se enterraba sin demasiadas ceremonias los pacientes muertos, víctimas de pestes y hepatitis C. En esos rumores y conversaciones se hablaba sobre todo de las ratas que provenían del viejo campus del hospital universitario y que insistían en conquistar los sótanos y en revolver los contenedores de basura. Tras esos atracos, se replegaban a través de sus túneles otra vez hacia el parque del hospital. ¿De ahí era entonces que había venido el espíritu? A la pregunta “¿Qué tienes?”, el espíritu de la joven respondió “Odio” y “Furia”. Con las preguntas siguientes apareció la palabra “Oficier”, escrita así, con una f y una c, en lugar de Offizier (oficial de ejército). Con el correr de la sesión, la historia se fue componiendo: el espíritu de la copa era la criada de un “Oficier”, que en algún momento había vivido junto a su mujer en el piso que ahora ocupaba Anne. La muchacha habitaba la diminuta despensa que daba al patio. Pero era también la amante del oficial, y estaba realmente enamorada. Sin embargo, cuando ella enfermó de tuberculosis, al hombre le importó poco y nada. La muchacha fue enterrada en el cementerio para pobres del Charité, no lejos del edificio. El hombre siguió imperturbable con su vida, solo a ella le habían quitado todo lo bello. De ahí la furia. Luego de oír esto, los amigos decidieron hacer algo. La joven mujer les daba por supuesto una pena tremenda, una del grupo incluso lloró de la emoción. Pero Anne quería ante todo que esa furia desenfrenada se alejara de su casa. Descorchó otra botella del extraordinario vino tinto y le dio una charla a la joven. Le habló sobre la breve vida que le había sido concedida a la pobre y sobre las experiencias, peores imposibles, que había hecho con el hombre insensible. Con un minuto de silencio honraron su amargo destino y le desearon a su corazón herido que encontrase la paz eterna. La copa se aquietó. Sí, también este es un conmovedor destino femenino de la Calle de los Inválidos, y si bien no es de Fontane, pertenece al reino de los espíritus. Claro que la reportera de fantasmas no puede dejar la cosa ahí y se dedica a mirar viejos planos de la ciudad, de fines del siglo XIX. Y hete aquí que en ellos encuentra el viejo cementerio del Charité, que pasaba precisamente por detrás de la casa 104. Se extendía a lo largo de la calle Hessische hasta la lavandería del hospital. Casi no queda información sobre este pequeño camposanto, ni siquiera sabe nada al respecto la señora Beer, la empleada del Charité especializada en ese tipo de preguntas y que ofrece visitas históricas por el predio.

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—Tendría que bucear muy profundo —dijo—. Tendría que bucear muy profundo.

El cementerio existía desde 1726. Hoy se yergue en su lugar el nuevo vidriado comedor para estudiantes ala norte y el Instituto de Desarrollo Rural. No es imposible creer que los rústicos muros y los canteros de hiedra silvestre con sus oscuros zarcillos de cien metros sean restos del cementerio. Pero en el lugar mismo, nada parece recordar las tumbas para pobres y enfermos, solo lo siguen haciendo viejos mapas, los espíritus de las criadas y los rumores que corren entre los habitantes invadidos por las ratas. Y en lo que se refiere al “oficier”: en la casa con el número 104 vivía efectivamente un militar, según se deduce de las guías de direcciones de Berlín, en especial del “Índice de todas las casas de Berlín con la indicación de sus dueños e inquilinos”. A partir de 1893 vivió allí un tal Müller, que en todas las guías de direcciones de los años siguientes está inscripto alternativamente como sargento mayor y como teniente, y desde 1904 como “teniente (r)”; después de lo cual no vuelve a aparecer. En el ejército del Imperio Alemán, los “sargentos tenientes” eran considerados oficiales u oficiales subalternos y tenían derecho a las correspondientes insignias de rango y a ser llamados en esos términos. Si este sargento Müller era el dicho amante bribón, y si era guapo y si la historia con la criada tuberculosa es cierta, nada de eso pueden revelarnos las guías de direcciones de Berlín. Se trata de un episodio que ha de permanecer en la esfera de lo tenebroso.

Antes de dar por zanjado este asunto, una última reflexión general acerca del talento especial que acompaña a la vida de Anne: durante su juventud en la RDA, fueron muchos más los espíritus que se le manifestaron. Ella les aportaba fuerza e interés a sus historias. Este interés fue disminuyendo a medida que pasaron los años. Porque también con el vino tinto y con las propias fuerzas llega en algún momento la hora de economizar. Sobre todo cuando hay que ocuparse de un niño, amar a un hombre y llevar adelante una vida laboral. El camino de la sabiduría, cuando pasa por el vino, es demasiado arduo. Anne no fue en Berlín el médium que supo ser en Magdeburg. Ahora ya no era el terror de la Stasi, la que vencía a los micrófonos que vigilaban tiempo y espacio. Pero lo que pasó en Berlín: se dio cuenta de que los espíritus y los fantasmas son abastecidos por mucha gente. Anne se topa constantemente con personas que pueden hablar de sus encuentros con espíritus. Como su vecino, el pintor. Ella lo visitó, y fue como si hubiera alguien más en la vivienda, tal vez eran solo ruidos. Miró en derredor.

—¿Ay, ahora también escuchaste algo? —dijo el pintor—. Tengo una subinquilina, pero quién sabe, tal vez sea solo un sueño.

—¡Cuéntalo! —le pidió Anne.

El pintor se mostró escéptico.

—Fue tan solo un sueño.

Pero luego contó:

—Estaba tirado en el sofá y me dormí. Apareció una mujer, llevaba un vestido cubierto por un delantal, largas trenzas. Nos miramos asombrados. Sentí un malestar, no sabía qué hubiera podido decirle. Entonces pensé de repente: ¡pero si estoy durmiendo! Cerré los ojos y volví a despertarme.

Le mostró a Anne un cuadro que había dibujado inmediatamente después de despertar. La mujer llevaba puestas botas de cordones con tacos, parecía pequeña y seria y sobrepasada de trabajo. Una mujer como las de hacía cien años. Su subinquilina.


*This story is taken from: Die Gespenster von Berlin – Wahre Geschichten by Sarah Khan. © Suhrkamp Verlag Berlin 2013.

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