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Peter Stamm | del:alemán

Hijos de Dios

Traducción : José Ánibal Campos

Introducción de Jackie Thomae

Y si fuera cierto, se pregunta el hombre en este relato, del que no se puede dejar ni una frase afuera, sino que hay que leerlo línea por línea, para que tampoco se nos pase por alto nada de lo que sucede entre ellas. Y así empieza esta historia: un hombre creyente que vive en las montañas es trasladado a una región plana y sin fe. Fish out of water, se llama a este tipo de escenario en el lenguaje de las películas. Los comunistas han hecho aquí un trabajo perfecto, dice el hombre, que es cura, cuando predica en su iglesia casi vacía. Pero entonces aparece una joven embarazada, que afirma algo increíble. Increíble, si uno es ateo. ¿Pero qué es lo que uno cree, cuando cree? ¿Y en qué? ¿En la metáfora, en la interpretación o efectivamente en el milagro tal como está escrito? Peter Stamm, el suizo, ubica su historia en una provincia del Este de Alemania. En ella habla sobre el campo, sobre ser foráneo, sobre las riñas y sobre el amor. Y crea esos espacios mágicos que los lectores necesitamos para poder estar solos ante la pregunta de si también nosotros creemos en los milagros.

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Michael jamás había oído hablar de aquella mujer. Fue el ama de llaves la que le habló de ella: esa tal Mandy afirmaba que no había ningún padre. Ella vivía en W., el pueblo vecino. El ama de llaves rió; Michael soltó un suspiro. Como si no bastara ya con que casi nadie acudiera a la iglesia los domingos, ni con que los viejos lo echaran cuando él los visitaba en la residencia de ancianos, o con que los niños se comportaran con atrevimiento en la instrucción religiosa. Aquello era el comunismo, dijo, sus efectos seguían haciéndose sentir. «Bah», dijo el ama de llaves, eso era así desde siempre. ¿No conocía él el gran campo de remolacha que había junto a la carretera que iba hasta W.? Allí, en medio, había una isla. Un par de árboles en medio del campo, que el campesino dueño de esos terrenos había dejado en pie. «Desde siempre», dijo el ama. Y era allí donde ese campesino se encontraba con una mujer. «¿Qué mujer?—preguntó Michael—. ¿Qué campesino?». «El de allí—dijo el ama de llaves—, y también lo hicieron su padre y su abuelo. Todos. Las cosas son así desde siempre: a fin de cuentas, sólo somos seres humanos, ellos y yo. Cada cual tiene sus necesidades».

Michael suspiró. Desde la primavera, era el guía espiritual de aquella comunidad, pero no por ello había conseguido acercarse a la gente: era oriundo de las montañas, y allí todo era distinto, las personas, el paisaje y el cielo, que aquí era tan infinitamente anchuroso y lejano.

«Ella dice que jamás lo ha hecho con un hombre—dijo el ama de llaves—. Será que el niño se lo ha hecho el bienamado Dios. Esa Mandy—dijo—, es la hija de Gregor, que trabaja para las empresas de autobuses. Es el conductor bajito y gordo. Le pegó una paliza: la chica estaba toda amoratada. Y ahora todo el pueblo se pregunta quién puede ser el padre. Muchos de los hombres que podrían serlo no viven aquí. Tal vez fuera Marco, el mesonero. O algún vagabundo. A fin de cuentas, no tiene nada de guapa. Pero uno coge lo que le dan. Esa Mandy—continuó el ama de llaves—, no es tampoco muy brillante que digamos: a lo mejor ni siquiera se enteró. Mientras recogía cerezas sobre la escalerilla».

«Sí, sí», dijo Michael.

Mandy llegó a la parroquia a la hora en que Michael estaba comiendo. El ama de llaves la hizo entrar, y el párroco le pidió que se sentara y le contara. Pero la joven se quedó allí sentada, con la mirada baja y en silencio. Olía a jabón. Mientras comía, Michael miró a Mandy repetidas veces de manera furtiva. No era guapa, pero tampoco era fea. Tal vez engordaría en un futuro. Ahora ya se veía algo llenita.

«Está en la flor de la vida», pensó Michael, al tiempo que le miraba de reojo la barriga y los grandes senos, que se dibujaban bajo el jersey de color chillón. No sabía si aquello se debía al embarazo o a la comida. Entonces la joven lo miró y volvió a bajar la vista rápidamente, al tiempo que Michael apartaba a un lado el plato medio vacío y se levantaba. «Vayamos al jardín», dijo.

Estaban en el último tercio del año. El follaje de los árboles ya se había coloreado. Por la mañana habían tenido niebla, pero ahora el sol se imponía. Michael y Mandy caminaron lado a lado por el jardín. «Reverendo», dijo ella, pero él la atajó de inmediato: «No, no. Llámeme Michael, yo la llamaré Mandy». Entonces, ¿ella no sabía quién era el padre? «No hubo ningún padre—dijo Mandy—, yo nunca he…». La joven se interrumpió. Michael suspiró. Tendría unos dieciséis, unos dieciocho años, no más, pensó Michael. «Hija mía querida—dijo él—, eso es un pecado, pero Dios te perdonará. Porque esto dice el Señor, Dios de Israel: “Todo odre puede llenarse de vino”».

Mandy arrancó una hoja del viejo tilo a cuya sombra se habían detenido, y Michael le preguntó si ella sabía cómo cohabitaba el hombre con la mujer. «Lo sé por Juan», dijo Mandy, al tiempo que se ruborizaba y bajaba la vista al suelo. Tal vez hubiera sucedido mientras dormía, pensó Michael, cosas así se habían oído. Lo habían aprendido en la escuela, dijo Mandy en voz baja; y entonces, muy rápidamente, añadió: «Erección, coito y método Knaus-Ogino».

«Sí, sí—dijo Michael—. La escuela». Eso era lo que habían logrado los comunistas, quienes seguían ocupando puestos en los consejos escolares.

—Se lo juro por la sagrada Virgen—dijo Mandy—, yo nunca he…

—Sí, sí—dijo Michael, y a continuación, con vehemencia, añadió—: ¿De dónde crees tú que ha salido ese niño?

¿Crees que viene del bienamado Dios?

—Sí—respondió Mandy.

Entonces Michael la mandó de vuelta a casa.

El domingo, Michael vio a Mandy entre las pocas personas que habían acudido a la misa. Si no recordaba mal, nunca antes había estado allí. Llevaba puesto un sencillo vestido de color verde oscuro, con el cual se le podía ver claramente el embarazo. «No tiene vergüenza», dijo el ama de llaves. Mandy no tenía la menor idea de nada. Michael se dio cuenta de cómo la joven miraba a su alrededor. Y también vio que no cantaba cuando los demás lo hacían. Y cuando se acercó al estrado para recibir la hostia, tuvo que decirle que abriera la boca.

Michael habló de la constancia en el sufrimiento. La señora Schmidt, que siempre estaba allí, leyó el pasaje bíblico en voz baja pero firme.

—«Cuidado con no escuchar al que os habla; pues algunos, por no escuchar al que promulgaba oráculos en la tierra, no escaparon al castigo. No olvidéis la hospitalidad, ya que, gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles».

Michael había cerrado los ojos durante la lectura, y sintió como si viera a aquel ángel entre los presentes, un ángel que tenía el rostro de Mandy y cuya barriga se abombaba bajo la túnica blanca como lo hacía la barriga de la joven bajo su vestido. De repente reinó el silencio en la iglesia. Michael abrió los ojos y vio que todos lo miraban expectantes. Entonces dijo:

—De suerte que podemos decir con confianza: «El Señor es mi auxilio; no temeré».

Tras la misa, Michael se apresuró hasta la entrada para despedir a las ancianas. Cuando hubo cerrado la puerta tras la última de sus fieles, vio que Mandy estaba arrodillada delante del altar. Él se dirigió hacia donde estaba la joven y le puso una mano en la cabeza. La chica lo miró, y él vio que tenía las mejillas cubiertas de lágrimas.

—Ven—le dijo, al tiempo que la conducía fuera de la iglesia y atravesaba con ella la calle en dirección al cementerio—. Mira a toda esa gente—le dijo Michael—. Todos fueron pecadores; pero Dios los acogió en su seno, y Él también perdonará tus pecados.

—Yo estoy llena de pecados—dijo Mandy—, pero no me he acostado con ningún hombre.

—Sí, sí—dijo Michael acariciando el hombro de Mandy. Pero cuando su mano entró en contacto con Mandy, sintió como si su corazón y todo su cuerpo se llenaran de una alegría que él no había sentido en toda su vida, y entonces retrocedió unos pasos como si un fuego le hubiese quemado la mano. «¿Y si fuera cierto?», pensó el cura.

«Y si fuera cierto», pensó Michael esa tarde, mientras caminaba por la carretera comarcal en dirección al pueblo vecino. El sol brillaba, y el cielo se veía vasto y despejado. Michael estaba algo soñoliento a causa de la comida, pero su corazón seguía colmado de aquel contento que había emanado del cuerpo de Mandy hacia él. ¿Y si fuera cierto? Los domingos por la tarde, el párroco solía dar caminatas hasta algún que otro pueblo de la zona, caminaba con pasos rápidos a través de las carreteras, lo mismo si llovía o brillaba el sol. Pero ese día tenía un objetivo concreto. Había telefoneado al médico de W., que se llamaba Klaus, y le había pedido tener una conversación con él. No, no podía decirle de qué se trataba, le dijo Michael.

El tal doctor Klaus era un hombre oriundo del lugar, era hijo y nieto de labradores. Conocía a todo el mundo, y se decía que, si era necesario, atendía también a los animales. Desde que su mujer había muerto, vivía solo en W., en una casa enorme. A Michael le dijo que si no le daba la lata con su Dios, era bienvenido y podía pasar. Él era ateo, le dijo el doctor, pero no, ni siquiera era ateo. Sencillamente, no creía en nada, ni siquiera en la existencia de un Dios: era un hombre de ciencias, no un hombre de fe. «Un comunista», pensó Michael, al tiempo que decía «Sí, sí», y reprimía un bostezo.

El doctor puso una botella de aguardiente encima de la mesa; y, el párroco, por su parte, sabiendo que tenía algo que preguntarle al médico, se bebió el aguardiente. Lo bebió de un trago, y luego se tomó el otro vaso que el doctor le había servido. «Se trata de Mandy—dijo Michael—, de si ella…; de su…—El sacerdote sudaba—. La chica dice que el niño no es el resultado de la unión con un hombre, que ella nunca…; que no…; que ningún hombre la ha…; Dios mío, ya sabe usted a lo que me refiero». El doctor bebió su aguardiente y le preguntó a Michael si creía que el bueno de Dios tenía las manos metidas en ese asunto o si se trataba del tal Juan. Michael lo miró fijamente, con los ojos vacíos de la desesperación. Bebió el otro vaso de aguardiente que el doctor le había servido y se levantó. «El himen—dijo el cura en voz tan baja que apenas se le escuchó—. El himen». «Eso sí que sería un milagro—dijo el doctor—, y tenía que venir a suceder aquí, precisamente». El médico soltó una carcajada. Michael se disculpó. «Yo soy un hombre de ciencias—repitió el médico—, y usted es un hombre de fe. No deberíamos mezclar las cosas. Yo sé lo que sé, crea usted lo que le venga en gana».

Durante el camino de regreso a casa, Michael sudó aún más. Sintió mareos. «Es la tensión», pensó. Entonces se sentó en la hierba, al borde del gran campo de remolachas. Ya habían sacado las remolachas, que yacían apiladas en grandes montones a lo largo de la carretera. El campo era enorme, y al fondo de todo se veía una franja de bosque. Y en medio de esa vastedad, estaba aquella pequeña isla de la que le había hablado el ama de llaves: en medio del campo crecían algunos árboles desde la oscuridad de la tierra. Michael se puso de pie y dio un paso adentrándose en el campo de cultivo. Luego dio otro. Caminó en dirección a la isla. La tierra húmeda se pegaba a sus zapatos en grandes terrones, mientras él tropezaba y se tambaleaba. Le resultaba difícil avanzar. Ánimo—pensó—, iremos a dar en alguna isla». Y continuó andando.

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En una ocasión, oyó un coche que pasaba por la carretera, pero no se dio la vuelta. Caminaba a través del campo, paso a paso, y por fin los árboles estuvieron más cerca, y de repente él estaba allí, y vio que aquello era realmente como una isla: los surcos del campo se habían dividido, se habían abierto como si la isla hubiese irrumpido desde el fondo de la tierra, abriéndola como un telón. Pero la isla se elevaba quizá medio metro desde el subsuelo. Al borde crecía un poco de hierba, y detrás había unos matorrales. Michael arrancó una rama de uno de los matojos y, con su ayuda, se despegó los terrones de los zapatos. Luego caminó alrededor de la estrecha franja de hierba que rodeaba la isla. En uno de sus puntos había un claro entre los arbustos, y Michael entró a través de él y llegó a una pequeña abertura situada en medio de los árboles. La alta hierba estaba aplastada, y al borde del prado había un par de botellas de cerveza vacías.

Michael miró hacia lo alto: entre las copas de los árboles podía verse el cielo, que parecía más bajo desde aquí que si se lo miraba desde el ancho campo de cultivo. Reinaba un silencio absoluto. El aire era cálido, aunque el sol estaba muy al oeste. Michael se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la hierba. Y luego, sin que pudiera comprender muy bien lo que hacía, se desabrochó los botones de la camisa, se la quitó, y a continuación se quitó también la camiseta, los zapatos, los pantalones, los calzoncillos y, finalmente, los calcetines. Luego se quitó el reloj y lo arrojó sobre el montón de ropa, y lo mismo hizo con las gafas y el anillo que le había regalado su madre para protegerlo. Entonces se vio allí, tal como Dios lo había creado: desnudo, a la espera de una señal.

Michael miró al cielo, al que se sentía unido como nunca antes. Alzó los brazos y sintió aquel mareo que había sentido anteriormente, y cayó hacia delante, de rodillas, desnudo y con los brazos en alto. Empezó a cantar bajito y con voz ronca, pero eso no le bastó. Y entonces empezó a gritar, a gritar tan fuerte como podía, porque sabía que allí sólo podría escucharlo Dios, sabía que Dios lo estaba escuchando y que lo veía desde lo alto.

Y cuando caminó otra vez por el campo y se dirigió a su casa, pensó en Mandy, y la vio tan cercana, como si estuviera dentro de él. Entonces pensó: «Sin saberlo, he hospedado a un ángel».

De regreso en la parroquia, Michael sacó del viejo armario una botella de aguardiente que un campesino le había traído y regalado a raíz de la muerte de su mujer. Se sirvió un primer chupito; luego un segundo. A continuación se tumbó y sólo despertó cuando el ama de llaves lo llamó para la cena. Le dolía la cabeza.

¿Y si fuera cierto?, dijo cuando el ama de llaves le trajo la cena. ¿Y si fuera cierto qué?, preguntó el ama. Lo de Mandy. Si en realidad había concebido a ese niño. ¿De quién? ¿Acaso esa tierra no era también un páramo?, preguntó Michael. ¿Quién nos dice que Él no ha dirigido sus ojos hacia aquí, y que esa criatura, precisamente esa Mandy, ha encontrado la gracia a ojos del Señor? El ama de llaves sacudió, incrédula, la cabeza. El padre era un conductor de autobús, dijo la mujer. ¿Y acaso José no era carpintero?, preguntó Michael. Pero de eso hacía mucho tiempo, replicó ella. ¿No creía ella acaso que Dios todavía vivía y que Jesús regresaría? Por supuesto. Pero no iba a venir aquí. ¿Quién era Mandy? Nadie. Era camarera en un restaurante en W., una ayudante.

—Para Dios no hay nada imposible—dijo Michael—, y os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros.

El ama de llaves se puso de morros y desapareció en la cocina. Michael jamás había conseguido animarla a que comiera con él, la mujer siempre decía que no le apetecía, que luego se comentarían cosas en el pueblo. ¿Se comentarían cosas sobre qué? «No somos más que seres humanos—había dicho ella—, todos tenemos nuestras necesidades».

Después de la cena, Michael volvió a salir de la casa. Bajó por la carretera y los perros de las granjas empezaron a ladrar como locos, al punto de que Michael llegó a pensar: «Mejor confiar en Dios que en vuestros perros». Pero ésos eran los comunistas: su deber había sido enseñarles a comportarse, pero no lo había conseguido. Ya no venían a la iglesia más fieles que en primavera, y todos los días podían escucharse historias acerca de abusos sexuales y de bacanales, bastaba con que uno quisiera oírlas.

Michael fue hasta la residencia de ancianos y preguntó por la señora Schmidt, la que leía el texto de la Biblia todos los domingos. «Vamos a ver si está despierta todavía», dijo, de mala gana, la enfermera, la tal Ulla, que, a continuación, desapareció. «Una comunista—pensó Michael—, de eso no cabe duda». Él, a los comunistas, los descubría enseguida, y también sabía lo que pensaban al verlo. No obstante, cuando alguno moría, lo mandaban a buscar. «Para que ese hombre pueda tener decente sepultura», le había dicho en una ocasión la propia Ulla, cuando tuvo que enterrar a un señor que no había pertenecido a ninguna iglesia a lo largo de su vida.

La señora Schmidt estaba despierta todavía. Estaba sentada en su poltrona, mirando el programa ¿Quién quiere ser millonario? Michael le estrechó la mano. «Buenas noches, señora Schmidt». A continuación, acercó una silla y se sentó al lado de la anciana. Ella había hecho una estupenda labor leyendo los textos, y él quería darle las gracias por ello. La señora Schmidt asintió con todo el torso. Michael sacó del bolsillo su pequeña Biblia encuadernada en piel. «Hoy quisiera leerle yo en voz alta un pasaje», le dijo. Y mientras el moderador preguntaba en la televisión qué ciudad había sido sepultada por un volcán en el año 79 después del nacimiento de Cristo, si Troya, Sodoma, Pompeya o Babilonia, Michael empezó a leer en voz alta, y fue haciéndolo en voz cada vez más sonora:

—«Sabed ante todo que en los últimos días aparecerán charlatanes dominados por sus propias pasiones, que, burlándose de todo, preguntarán: “¿En qué ha venido a quedar la promesa de que Cristo volverá? Nuestros padres han muerto y nada ha cambiado, todo sigue igual desde que el mundo es mundo”. Queridos hermanos, no debéis olvidar una cosa: que un día es ante Dios como mil años, y mil años, como un día».

Y a continuación, leyó:

—«El día del Señor vendrá como un ladrón: los cielos se desintegrarán entonces con gran estrépito, los elementos del mundo quedarán hechos cenizas, y la tierra con todo cuanto hay en ella desaparecerá».

Durante todo el tiempo que Michael estuvo leyendo, la anciana no supo hacer otra cosa que asentir: su torso se mecía hacia atrás y hacia delante, como si todo su cuerpo fuera un sonoro «¡Sí!». Luego, por fin, la señora Schmidt se decidió a hablar y dijo:

—No es Sodoma, tampoco es Babilonia. ¿Será Troya?

—El día, quizá, está más cerca de lo que creemos—dijo Michael.

—Pero nadie lo sabrá. Yo no lo sé—dijo la señora Schmidt.

—Vendrá como un ladrón—dijo Michael, poniéndose de pie.

—Troya—dijo la señora Schmidt.

Michael le estrechó la mano. La anciana no dijo nada más y ni siquiera lo siguió con la vista cuando el párroco salió de la habitación.

—Pompeya—dijo el moderador.

—Pompeya—dijo la señora Schmidt.

«Nadie lo sabrá», pensó Michael mientras caminaba hacia su casa. Los perros de los comunistas ladraban, y en una ocasión el párroco llegó a recoger una piedra del suelo y la lanzó contra uno de los portones de madera. Entonces el perro que estaba detrás empezó a ladrar con mayor fuerza, y Michael aceleró el paso para que nadie lo viera. En esa ocasión, sin embargo, no fue de regreso a la casa parroquial, sino que salió del pueblo.

Se tardaba una media hora en llegar a W. En una ocasión le salió al paso un coche. El párroco vio la luz de los faros con bastante antelación y se ocultó detrás de uno de los árboles de la avenida, hasta que el vehículo hubo pasado. La isla era ahora una mancha oscura en medio del campo gris, y parecía estar más próxima que durante el día. Las estrellas brillaban. La temperatura había bajado.

En W. no había ni un alma en la calle. Había luces encendidas en las casas y una farola, situada allí donde una de las carreteras se cruzaba con la otra. Michael sabía dónde vivía Mandy. Se detuvo ante la verja del jardín y miró hacia la casa de una sola planta. Vio en la cocina sombras que se movían. Era como si alguien estuviera fregando la vajilla. Michael sintió cierto calor en el corazón. Se apoyó contra la puerta del jardín. Entonces sintió muy de cerca el ruido de una respiración y, de repente, sonó un ladrido intenso en forma de aullido. El párroco dio un paso atrás y salió corriendo de allí. Aún no se había alejado cien metros de la casa de Mandy, cuando la puerta se abrió, un haz de luz cortó la oscuridad y se oyó la voz de un hombre: «¡Calla la boca!».

Uno de aquellos días, Michael fue hasta el restaurante de W., ya que su ama de llaves le había dicho que Mandy trabajaba allí. Y así era.

El salón era un recinto de techos altos. Las paredes estaban amarillentas por el humo del tabaco; los cristales de las ventanas estaban empañados y los muebles eran anticuados, ninguna pieza hacía juego con las otras. Allí no había nadie más aparte de Mandy, que estaba detrás del mostrador, como si aquél fuera su sitio habitual, con las manos apoyadas sobre la barra de servir la cerveza. La chica sonrió y bajó la mirada, y Michael sintió como si su rostro iluminara aquel recinto sombrío. El párroco tomó asiento en una mesa cercana a la entrada. Mandy se acercó a él. Michael pidió té, y la chica desapareció. «Si no viniera nadie», pensó el sacerdote. A continuación, Mandy trajo el té. Michael removió el azúcar que había añadido a la infusión. Mandy estaba todavía de pie junto a la mesa. «Un ángel a mi lado», pensó Michael. Bebió un rápido sorbo y se quemó la boca al hacerlo. Y entonces el párroco habló, pero sin mirar a Mandy. La joven tampoco lo miraba a él.

Pero aquel día y aquella hora nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Como en los tiempos de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio comían, bebían y se casaban ellos y ellas, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los barrió a todos, así sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

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Fue entonces cuando Michael miró a Mandy y vio que la joven estaba llorando.

—No temas—le dijo, y entonces se levantó y puso una mano sobre la cabeza de la chica; luego vaciló, y al cabo de un rato puso la otra mano sobre la barriga.

—¿Se llamará Jesús?—preguntó Mandy en voz baja.

Michael estaba perplejo. Jamás se había imaginado una cosa así.

—El viento sopla donde quiere—dijo—; oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y adónde va.

Entonces el párroco le regaló a Mandy la breve guía para chicas jóvenes y mujeres encintas que la Iglesia ponía a su disposición, y a través de la cual él mismo sabía todo lo que sabía. A continuación, le dijo a Mandy que debía venir a las clases de instrucción y a la misa, que eso era lo más importante, tenía muchas cosas que recuperar.

Transcurrieron los meses. El otoño cedió paso al invierno, y las primeras nieves cayeron, cubriéndolo todo: los pueblos, el bosque y los campos. El invierno se extendió por la región, y el olor ácido de la madera quemada descendía hasta las calles.

Michael hacía largas caminatas por la región. Iba de pueblo en pueblo, y caminó otra vez a través del campo de remolachas, que ahora estaba helado, hasta la isla. Y una vez más se vio allí y alzó los brazos. Pero los árboles habían perdido las hojas, y el cielo estaba muy distante. Michael esperaba alguna señal. Pero no llegó ninguna: no había en el firmamento ninguna estrella que no hubiera estado allí antes; no había en el campo ningún ángel que le hablara, ningún rey, ningún pastor, ningún rebaño. Entonces se sintió avergonzado y pensó que él no era el elegido. La señal le llegará a ella, a Mandy, a ella se le aparecerá el ángel.

Todos los miércoles, Mandy acudía a la instrucción, para lo cual viajaba desde W. en su motocicleta; también venía todos los domingos a la iglesia. Su barriga crecía, pero su rostro se hacía cada vez más pequeño y pálido. Cuando acababa la misa, se quedaba en la iglesia hasta que todos se hubieran marchado; luego se sentaba junto a Michael en uno de los bancos y ambos charlaban en voz baja. El niño, decía la joven, debía venir al mundo en febrero. En Navidad, pensó Michael, en Pascua. Pero las Navidades llegarían pronto, y Pascua no sería hasta finales de marzo. Ya se vería.

En eso el ama de llaves asomó la cabeza a través de la puerta y preguntó si el señor párroco pensaba, por casualidad, comer el miércoles. Lo mucho que ella se esforzaba y como si nada, ningún elogio, nada, y al final él terminaba dejando la mitad de la comida. Michael le dijo que Mandy se quedaría a comer, que había suficiente comida para dos. Incluso para tres, dijo el párroco, y ambos sonrieron tímidamente.

—No, si ahora mismo podríamos abrir un mesón—dijo el ama de llaves al poner el segundo cubierto. Estampó con rabia la olla en la mesa, y desapareció sin decir palabra ni desearles buen provecho.

Mandy le contó al párroco que su padre la atormentaba con preguntas acerca de quién era el padre del bebé, y se ponía furioso cuando ella le respondía que había sido el amado Dios en persona. No, él no le pegaba. Sólo le daba alguna que otra bofetada. Y a su madre también, dijo la joven. Quería marcharse de casa. Mandy y Michael comieron en silencio. El párroco no comió mucho, pero Mandy se sirvió dos veces.

—¿Te  gusta?—preguntó el sacerdote.

Ella asintió y se ruborizó. Entonces el párroco le dijo que podía venir a vivir a la casa parroquial, que había sitio suficiente. Mandy lo miró con temor.

—Eso no puede ser—dijo el ama de llaves. Michael guardó silencio—. Antes me marcho.

Michael seguía sin decir nada. Cruzó los brazos. Pensó en Belén. «Esta vez no», pensó. Y aquella idea lo hizo más fuerte.

—Yo me marcho—repitió el ama de llaves, a lo que Michael asintió lentamente.

«Tanto mejor», pensó. Michael ya sospechaba que esa ama de llaves había sido comunista o cualquier otra cosa. Siempre decía que no era más que un ser humano; además, se llamaba Karola, un nombre pagano. Él ya había oído las historias acerca de ella y de su antecesor, que había estado casado: y se comentaba que lo hacían en la sacristía, para colmo. No iba a permitir que esa mujer le hiciera ninguna recriminación. Eso, en primer lugar. Además, tampoco cocinaba bien.

El ama de llaves desapareció en la cocina, y luego desapareció también de la casa, porque aquello no era justo ni decente. Entonces Mandy se vino a vivir a la parroquia: se convirtió en la nueva ama de llaves, así lo hablaron y lo acordaron con sus padres. Hasta le pagaban. Pero Mandy ya estaba en el quinto mes de embarazo, y su barriga había crecido tanto que la joven resoplaba como una vaca cuando subía las escaleras, al punto de que Michael tuvo miedo de que pudiera pasarle algo al niño el día en que tuvo que sacar las pesadas alfombras fuera de la casa.

Un día que Michael regresaba de una de sus caminatas, vio a Mandy sacudiendo las alfombras delante de la casa parroquial. Entonces reprendió a la joven y le dijo que debería cuidarse un poco más, y el propio párroco se encargó de meter las alfombras en la casa, aun cuando apenas estaba en condiciones de hacerlo. Porque su cuerpo no era muy fuerte. «En Navidad tiene que estar todo limpio», dijo Mandy. Eso alegró a Michael, le pareció que se trataba de una buena señal. Por lo demás, no había encontrado demasiada fe en la joven, aun cuando ella juraba por la Virgen y estaba firmemente convencida de que su hijo sería un Niño Jesús, como ella misma solía decir. También dijo que ella era protestante. Pero la verdad es que no lo era demasiado. A Michael le habían entrado sus dudas. Se avergonzaba de ellas, pero esas dudas estaban ahí, y envenenaban su amor y su fe.

A partir de ese momento, Michael empezó a hacer él mismo todas las labores domésticas. Mandy, sin embargo, cocinaba para él, y ambos comían juntos en el oscuro comedor, sin hablar mucho. Por las noches, Michael trabajaba hasta muy tarde. Leía la Biblia, y cuando escuchaba que Mandy había salido del cuarto de baño, esperaba cinco minutos, pues en ese momento no podía trabajar por la alegría que sentía. Entonces tocaba a la puerta de la habitación de Mandy, y la joven le gritaba: «Entre, entre». Y allí estaba ella, tumbada en la cama, con la manta subida hasta el cuello. Él se sentaba a su lado, le colocaba la mano en la frente o sobre la manta, en el sitio donde estaba la barriga.

En una ocasión Michael le preguntó a Mandy acerca de sus sueños: a fin de cuentas, estaba esperando una señal. Pero Mandy no solía soñar, según le dijo la propia chica. Por lo tanto, le preguntó si era cierto eso de que jamás había tenido ningún novio ni algo parecido, si nunca había encontrado sangre en la ropa de cama. «No durante el período», dijo el párroco, que al instante se sintió muy extraño al verse hablándole de ese modo a la joven. «Si ésta es la nueva madre de Dios—pensaba—, ¿cuál es, entonces, mi papel?». Mandy no tenía respuesta para eso. Lloró y preguntó al párroco si no le creía. Él colocó la mano sobre la manta, y sus ojos se humedecieron. «Mirad qué gran amor nos ha dado al hacer que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos de verdad—dijo Michael—. Si el mundo no nos conoce, es porque no lo ha conocido a Él».

—¿Quién es Él?—preguntó Mandy.

En una ocasión ella retiró el cubrecama y él la vio allí, tumbada ante él, vistiendo sólo su camisón transparente. La mano de Michael estaba otra vez sobre la manta, y él la había alzado, y ahora flotaba en el aire, sobre la barriga de Mandy.

—Se mueve—dijo Mandy, al tiempo que tomaba la mano del párroco con las suyas y la colocaba sobre su barriga; la apretaba hacia abajo con tal fuerza, que Michael no podía alzarla, y su mano permaneció allí, larga y pesada como un pecado.

Pasó la Navidad. En Nochebuena, Mandy había ido hasta la casa de sus padres, pero al día siguiente ya estaba de regreso. No había mucha gente en la iglesia. En el pueblo se decían cosas sobre ella y sobre Michael, se enviaron cartas al obispo, y otras cartas regresaron. Se había producido una llamada telefónica, y un hombre de confianza del obispo había viajado hasta el pueblo un domingo, y había comido y hablado con Michael. Ese día, Mandy comió en la cocina. Estaba muy nerviosa, pero cuando el visitante se marchó, Michael le dijo que todo estaba bien: según Michael, el obispo sabía que en ese sitio había muy mala sangre, y que algunos comunistas todavía luchaban contra la Iglesia, sembrando la discordia.

A medida que pasaba el tiempo, el niño crecía, y la barriga de Mandy, por lo tanto, se hacía también cada vez más voluminosa, aun cuando Michael, desde hacía bastante tiempo, pensara que ya no podría crecer más. Era como si la barriga ya no perteneciera a aquel cuerpo. Y por eso Michael seguía poniendo su mano sobre aquel niño en gestación y se sentía dichoso.

El susto llegó cuando Michael, una tarde, salió de nuevo a una de sus habituales caminatas y se dio cuenta de que había dejado el libro en casa. Se dio la vuelta y regresó a la parroquia media hora después. Entró sigiloso, y sigiloso subió las escaleras. Mandy solía dormir a menudo durante el día, y si ahora estaba durmiendo, él no quería despertarla. Pero cuando entró en su habitación, Mandy estaba allí, desnuda: estaba de pie delante del gran espejo empotrado en la puerta del armario ropero. Y por eso la joven pudo verse de costado en el espejo y también vio que estaba delante de Michael, que podía verlo todo. Mandy, sin embargo, lo había oído llegar, y se volvió hacia él, y ambos se miraron tal cual eran.

—¿Qué estás buscando en mi habitación?—preguntó Michael, al tiempo que confiaba en que Mandy se cubriera con las manos, cosa que la chica no hizo. Sus manos colgaban a ambos lados de su cuerpo, como las hojas de un árbol. Apenas se movían. Ella dijo que en su habitación no tenía espejo, y que había querido contemplar cómo le había crecido la barriga. Michael se acercó a Mandy para no tener que mirarla, y entonces las manos del párroco tocaron las de la joven, y Michael ya no pensó en nada más, porque estaba con Mandy y ella estaba con él. Y entonces la mano de Michael se posó sobre ella como si se tratase de una recién nacida: y salió el animal de aquella herida.

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A continuación, Michael se quedó dormido, y cuando despertó, pensó: «Dios mío, qué he hecho». Mientras yacía en el lecho, encogido, cubría con la mano su pecado, que era grande. La sangre de Mandy era su testimonio y su prueba, y sólo le asombraba que los elementos del mundo no quedaran hechos cenizas, o que el cielo no se desplomara y se abriera sobre él para fulminarlo y castigarlo con un rayo o con cualquier otro medio. Sin embargo, nada sucedió.

El cielo también se abrió un día en que Michael caminaba por la alameda flanqueada de árboles, a lo largo de la carretera que iba hasta W. Quería ir hasta la isla situada en medio del campo, y caminaba con paso rápido, tropezando con los surcos helados. Mandy dormía cuando él salió de la casa, esa Mandy que él había acogido.

Michael llegó y se sentó en la nieve. Sencillamente, ya no podía sostenerse en pie a causa del cansancio, la tristeza y la sensación de estar perdido. Se quedaría en aquel lugar, no se marcharía de allí jamás. Lo encontrarían ellos, el campesino y aquella mujer, cuando cometieran allí sus pecados primaverales.

Oscurecía y hacía frío. Era de noche. Y Michael seguía sentado allí, en la isla, sobre la nieve. La humedad atravesó su abrigo, y él titiritaba de frío a medida que su cuerpo se enfriaba. «No nos permitas amar con palabras—pensó—, ni con la lengua, sino con los hechos». Así lo había guiado Dios hasta Mandy, y había guiado a Mandy hasta él: para que se amasen. Porque ella no era ninguna niña, tendría unos dieciocho o diecinueve años. ¿Acaso no se decía que ningún hombre lo sabría? ¿No se decía que el día llegaría como un ladrón? Por lo tanto, Michael pensó: «No puedo saberlo. Y si ha sido voluntad de Dios que ella conciba a Su Hijo, entonces también ha sido voluntad Suya que lo concibiera de él, porque, ¿acaso no era él una obra y una criatura de Dios?».

A través de los árboles, Michael sólo veía un par de estrellas aisladas. Pero cuando se alejó de aquella parte cubierta y se adentró en el campo, vio todas las estrellas que alguien puede ver en una noche fría, y, por primera vez desde que estaba allí, no tuvo miedo de ese cielo. Se sintió feliz de que el cielo estuviera tan distante, y de que él mismo fuera tan pequeño en aquel campo infinito. Le alegró que Dios tuviera que mirar dos veces para verlo.

Pronto estuvo de regreso en el pueblo. Los perros ladraban, y Michael lanzó piedras contra los portones de entrada de las granjas y ladró él mismo, imitando a los canes, sus estúpidos ladridos y aullidos, y el párroco se rió a carcajadas cuando los perros se pusieron fuera de sí a causa de la rabia y del brío con que ladraban: el propio Michael estaba totalmente fuera de sí.

En la parroquia la luz estaba encendida, y cuando Michael entró, sintió el olor de la comida que Mandy había preparado. Y mientras él se quitaba los zapatos mojados y el pesado abrigo, ella apareció en la puerta de la cocina y lo miró con temor. Había bajado la temperatura, le dijo Michael, y ella le dijo que la cena estaba lista. Entonces Michael se acercó a Mandy y la besó en la boca. ¡Cómo sonreía él! Durante la cena, sin embargo, ambos estuvieron sopesando un nombre para el niño, y luego pensaron en un segundo. A modo de buenas noches, se tomaron de la mano y cada uno se fue a su habitación.

Dado que en enero hizo cada vez más frío y la vieja casa parroquial apenas podía caldearse, Mandy, una noche, se trasladó de la habitación de invitados a la del dueño de la casa. Llevaba su manta delante y se acostó junto a Michael, que se apartó a un lado sin decir una palabra. Y esa noche, y la siguiente, ambos yacieron en la misma cama, aprendiendo a conocerse cada vez mejor y a amarse: y Michael lo vio todo, y Mandy no se avergonzó.

Pero ¿era aquello un pecado? Quién quería saberlo. ¿Acaso Mandy no había dado fe, con su sangre, de que aquel niño que crecía en su vientre era un hijo de Dios, un hijo de la pureza? ¿Podía existir lo puro en lo impuro?

Y cuando Michael ya no creía que su palabra llegara a los hombres y a los comunistas de aquel pueblo, el milagro que se había obrado les llegó, y nadie pudo decir cómo esas mismas gentes llegaron hasta su puerta y llamaron, llegaron sin decir grandes palabras, portando en sus manos lo que tenían. La vecina trajo un pastel. Ella misma lo había horneado, dijo, y era tan fácil hacer uno como hacer dos. También preguntó si Mandy se las arreglaba bien.

Otro día vino Marco, el mesonero, y preguntó cuánto tiempo faltaba. Michael le pidió que pasara y llamó a Mandy y le preparó un té en la cocina. Entonces los tres se sentaron, en silencio, sin saber qué decir. Marco había traído una botella de coñac y la puso delante de él, sobre la mesa. Sabía, dijo, que eso no era lo correcto para un niño pequeño, pero tal vez si un día le daba tos… Entonces quiso que le explicasen, y cuando Michael lo hizo, Marco miró a Mandy, incrédulo, y miró también su barriga. Preguntó si era seguro, y Michael le dijo que ningún hombre lo sabía, ninguno podría saberlo. Porque es muy poco probable, dijo Marco. Entonces tomó de nuevo el coñac entre sus manos y contempló la botella. Parecía dudar, pero luego colocó otra vez la botella encima de la mesa y dijo que era tres estrellas, lo mejor que podía conseguirse en aquel sitio. No era el que se les servía a los clientes. Entonces Marco se cohibió un poco y se levantó, y luego se rascó la cabeza. «En el verano paseaste conmigo en la motocicleta», dijo, riendo. Vaya cosa. Se habían bañado en el lago, toda la pandilla lo hizo, fue cerca de F. Quién lo habría imaginado.

Cuando Marco se marchó, apareció en el jardín la señora Schmidt, que traía lo que había tejido para el niño. Con ella había venido, desde la residencia de ancianos, la enfermera Ulla, a la que Michael había considerado una comunista. Ella también traía algo, un juguete, y quiso que Mandy la tocara.

Y así fueron viniendo uno tras otro. La mesa del salón estaba cubierta de regalos, y en el armario había unas diez botellas de aguardiente, o tal vez más. Los niños trajeron dibujos de Mandy y del niño, y a veces también aparecía en ellos Michael, y también un asno y un buey.

Pronto vino también gente desde W. y de otros pueblos de la región, gente que quería ver a la futura madre para pedirle consejo sobre sus nimios asuntos. Y Mandy ofreció su consejo y su consuelo, y en ocasiones bastaba sólo con que posara su mano sobre el brazo o la cabeza de una de esas personas, sin decir nada. Y fue así como ella se fue volviendo silenciosa y seria, al extremo de que el propio Michael empezó a verla de una manera nueva y distinta. Y todos hicieron lo que había que hacer. En el pueblo, sin embargo, se olvidaron en esos días de algunas disputas, y hasta los perros parecían ahora menos salvajes cuando Michael caminaba por las carreteras, y en algunas casas habían colgado de nuevo, en puertas y ventanas, las guirnaldas y las coronas de la Fiesta de Cristo. Y es que había tal alegría en todo el pueblo, que parecía que se avecinaran las Navidades. Todos lo sabían, pero nadie lo dijo.

Una vez vino incluso el doctor Klaus para comprobar que las cosas iban bien. Pero cuando llamó a la puerta, Michael no le abrió. Estaba arriba, en la planta superior, sentado junto a Mandy. Y se quedaron tan quietos como niños, mirando por la ventana, hasta que vieron que el médico se marchaba.

Al día siguiente, Michael fue hasta W. para ver al médico. Éste le sirvió aguardiente y le preguntó cómo iban las cosas con la tal Mandy. Michael no bebió el aguardiente. Solamente dijo que todo estaba bien, que no necesitaban ningún médico. ¿Y aquellas historias? «El que es de la tierra es terreno y habla como terreno», dijo Michael. «Da igual como sea. Ese niño nacerá en la tierra y no en el cielo. Y si necesitáis ayuda, llamadme, y yo iré». Entonces se dieron la mano y no dijeron nada más. Pero Michael regresó al pueblo y a la residencia de ancianos, a ver a la enfermera Ulla, porque ella había dado a luz a cuatro hijos y sabía cómo era. Y Ulla le prometió que prestaría su ayuda cuando llegara la hora.

Y cuando llegó febrero, llegó la hora. Y el niño nació. Michael estuvo junto a Mandy y también estuvo la enfermera Ulla, a la que Michael había mandado llamar. Y cuando se divulgó la noticia, la gente del pueblo se reunió en la calle y esperó tranquilamente a que sucediera. Ya estaba oscuro cuando sucedió; el niño nació y la enfermera Ulla salió a la ventana y lo alzó delante de todos, para que los de fuera pudieran verlo. Pero era una niña.

Michael estaba sentado junto al lecho de Mandy, sostenía su mano y contemplaba a la niña. «No es hermosa», dijo Mandy, pero lo había dicho en tono de pregunta. Y entonces la hermana Ulla le preguntó a la madre adónde pensaba ir ahora con el niño, si ya no podía ser el ama de llaves del párroco a cambio de dinero. Entonces Michael dijo: «La esposa pertenece al esposo», y besó a Mandy de tal modo que la hermana Ulla pudiera verlo. Y ella se lo contó más tarde a todos: que la promesa había sido dada.

Y puesto que el niño ya no podría llamarse Jesús, le dieron por nombre Sandra. Y si la gente en el pueblo creía que ese niño había nacido para ellos, entonces era igualmente bueno que fuera una niña. Y todos se mostraron satisfechos y contentos.

El domingo siguiente la iglesia se llenó como hacía tiem- po no se llenaba. En el primer banco de todos estaba sentada Mandy con la niña. Sonó el órgano, y cuando hubieron acabado de tocarlo, Michael subió al púlpito y habló así:

—No sabemos ni podemos saber si es éste el niño que el mundo ha esperado tanto tiempo. Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como el ladrón en la noche. Hermanos, vosotros no vivís en la oscuridad para que ese día pueda sorprenderos, como el ladrón. Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, se emborrachan de noche. Por el contrario, nosotros, hijos del día, seamos sobrios. —Y luego dijo—: Lo que nace de la carne, es carne. Y lo que nace del espíritu, es espíritu. Pero nosotros, queridos míos, somos desde ahora hijos de Dios.


*Este cuento fue publicado en: Wir fliegen de Peter Stamm. © S. Fischer Verlag Frankfurt am Main 2008. 

*Traducción © José Aníbal Campos, 2010.

*Edición en español © Quadernos Crema, 2010, S.A. (Acantilado, Barcelona, España).

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