search
leyendo ahora: La araña en el frasco | Théodora Armstorng
search

Théodora Armstorng | del:inglés

La araña en el frasco

Traducción : Andrés Kusminsky

Imagen via buzzly

Introducción de Sarah Maclachlan

La primera colección de cuentos de Théodora Armstrong, "Cielos claros, sin viento, 100% de visibilidad", nos emocionó, deslumbró y deleitó a todos en la Editorial "House of Anansi" cuando leímos por primera vez el manuscrito. Todos los relatos del libro conducen al lector hacia el corazón de los dramas domésticos, grandes y pequeños, a partir de una prosa cuyo estilo es exacto y vívido. Ninguna historia muestra con mayor agudeza las habilidades de la autora que "La araña en el frasco." Asumiendo la perspectiva de Henry, el hijo del medio en una familia con tres muchachos, Armstrong "pinta" el mundo emocional de un joven que demanda la atención y la aprobación de su hermano mayor y de los amigos de éste. A medida que la trama te va absorbiendo, te pones en el lugar de Henry y en cierta forma llegas a conocer con exactitud qué se siente ser Henry. Contienes la respiración cuando él se pone a sí mismo –y todos los que le rodean– en situaciones peligrosas por su desesperado anhelo de aceptación y aprobación. Como ha señalado el novelista Steven Galloway (autor de "El violonchelista de Sarajevo") sobre la obra de Armstrong: "Los relatos en esta colección son un fenómeno raro; ellos pueden llevar al lector hacia lugares que son tan familiares que uno se olvida que jamás los ha visitado. La escritura es crujiente, tensa y evocativa, y cada cuento ofrece un placer de diversa índole." Nosotros realmente sentimos que Armstrong es un talento que debe ser tenido en cuenta, y esperamos impacientemente lo que ella hará en el futuro.

Leer más

Luego de juntar las botellas de cerveza en las barracas del aserradero, los hermanos caminaron hacia el bosque que había detrás de su casa para comer moras silvestres hasta que sus panzas reventaran y las puntas de los dedos se les tiñeran de púrpura.

–Mírame. –Ben se arrodilló, formó un arma con la mano y apuntó a un gorrión apoyado en una rama–. ¡Pum!

El pájaro levantó vuelo entre los árboles. Cuando los muchachos estaban en el bosque, Ben pasaba un largo rato hablando sobre armas de aire comprimido.

–No los asustes –dijo Henry. La mamá de ellos tenía tres jaulas en la cocina –una con pinzones, una con pericos y otra con un loro gris– y a Henry le agradaba pasar un dedo por la reja para acariciarles los vientres o sentir las punzadas de los picos. Cada mañana, a Henry le parecía, trataban de escapar. Con la primera luz los podía oír aletear, chillar y golpearse contra las jaulas metálicas. Al mediodía se aquietaban, y a la tarde dormían. Siempre había barullo en la cocina a la mañana, con los pájaros y la máquina de café y los hermanos.

–No es de verdad –dijo Ben. Se puso enfrente de Henry y apuntó el arma hacia su ojo morado–. ¡Pum!

Henry se estremeció y miró para otro lado.

–Bombachudo –dijo Ben. Así les decía su padre a los hombres que no respetaba. Siempre que Henry escuchaba la palabra recordaba la ropa interior de su madre, de color caramelo y que terminaba más arriba del ombligo. Ben recogió dos ramitas y las hizo girar entre los dedos como si fuesen nunchakus, mientras daba golpes circulares con sus piernas. Apuntó una ramita al ojo inflamado de Henry.

–¿Todavía te duele?

Era la primera vez que Ben aludía al asunto.

–No –mintió Henry.

El área que rodeaba el ojo era de un púrpura oscuro, y por la mañana, cuando Henry se había acercado al espejo y empujado el párpado hacia arriba, había descubierto en su córnea una telaraña de sangre. Aquel día Ben había permanecido del otro lado del cerco de la escuela, mirando a través del alambre tejido a los muchachos que gritaban maricón y perseguían a Henry por el campo, en dirección a los árboles. Henry pensaba que en el bosque habría muchos lugares donde esconderse. Una parte de él creía que si conseguía pasar la línea de los árboles, podría desaparecer o subir hasta las ramas altas de los perennes como una criatura alada.

Psst, you might also like:
Una borrachera inesperada | La cajera

–Es por acá –dijo Ben cuando llegaron a una bifurcación del camino. Buscaban una cueva que habían descubierto el día anterior, más allá de un claro y un arroyo. A Henry no le permitían cruzar el agua porque no era un gran nadador, pero Ben sabía cómo llevarlo a que hiciera cosas, como meterse seis maníes en la nariz. Henry los había resoplado casi todos, pero debió ir a la guardia de la clínica por los dos últimos.

Esta vez llevaban fósforos, robados de la guantera del auto de su madre. La cueva había estado oscura como boca de lobo y Henry se había rajado su remera favorita mientras se arrastraba para salir luego de que un grito de Ben le aturdiera los tímpanos. Ben solo se estaba mofando, pero en la oscuridad absoluta de la cueva Henry se había imaginado la piel áspera de un oso frotándose con su mejilla.

Ahora se podía ver el arroyo, serpenteando entre árboles cubiertos de musgo, y Ben corrió hacia allí, vadeó, alcanzó la otra orilla y salió empapado. Se quitó la remera y, antes de ponérsela de nuevo, la escurrió y alisó las arrugas de la tela sobre el pecho. “Necesitamos una antorcha”, gritó desde el otro lado, mientras juntaba puñados de pasto seco y ramitas del suelo. Henry estudió la longitud del arroyo buscando un lugar de cruce seguro. El agua era profunda por tramos, arremolinándose un poco en torno a las rocas. Henry cruzó por una línea de grandes piedras, pisando con mucho cuidado las resbalosas rocas verdes. Procuraba no pensar en la idea de caer al agua y que su cuerpo fuese arrastrado hasta el océano. Cada verano, el primer día que pasaban en el lago, su padre le tomaba el tiempo en su reloj pulsera mientras Ben nadaba a lo largo de la orilla. El padre comparaba el resultado con el del año anterior y anotaba los números en una libretita que cabía en el bolsillo de su camisa. Henry se quedaba en la orilla y miraba, apoyado en la pierna de su padre, dejando que el cuerpo se le relajase, los brazos colgando como si estuviera enfermo o muy cansado. Cuando Ben volvía a la orilla, su padre sacaba un trozo de lápiz para anotar y le daba palmadas en la espalda, mientras Henry se secaba las gotas que caían sobre él.

Psst, you might also like:
El secreto

Cuando Henry llegó a la entrada de la cueva, Ben se adentraba a gatas, la antorcha apagada debajo del brazo. Henry se apresuró a seguirlo y chocó con la cola de Ben sin querer. “Déjame espacio, ¿quieres?”, dijo Ben, tirando unas patadas. Una de ellas dio a Henry en la nariz y le provocó un estornudo y un espasmo de dolor en el ojo.

El túnel que llevaba a la cueva era estrecho y, mientras se arrastraban, sus cuerpos bloqueaban la luz de afuera por completo.

–¿Qué pasa si hay osos? –dijo Henry, imaginando que un pelaje tocaba su piel.

–El agujero es muy chico, tonto. –Ben amortiguaba la voz.

La roca húmeda abrazaba a los hermanos, que se deslizaban ciegos por el pasaje, hasta que de repente desaparecieron las paredes. El aire se volvió lozano, fresco y amplio. Henry tanteó en el espacio oscuro y no sintió nada. Se sentaron en el vacío por un rato, en silencio, cerca uno del otro, sus rodillas juntas. Henry procuró aquietar su respiración para que pareciera normal; la cueva exageraba hasta el más mínimo sonido. Ben encendió un fósforo, el resplandor delicado titilando, apenas alumbrando el pequeño círculo entre ambos. Lo llevó hacia la antorcha y la llama se agitó antes de extinguirse. Encendió un segundo fósforo y la antorcha prendió, resplandeciendo y llenando el espacio con un humo que olía como la paja cuando arde.

–¡Mierda! –La cara de Ben se desfiguraba a la luz extraña del fuego mientras movía la antorcha–. Esto es genial.

La cueva era un círculo casi perfecto con paredes de roca pulida y un suelo polvoriento e irregular.

Psst, you might also like:
Las últimas palabras de Benito Picone

–Genial –dijo Henry, pero el nudo en el pecho no se iba mientras miraba las nítidas sombras moverse en la cara de Ben.

A pocos metros de los hermanos, algo se desprendió del techo y cayó cerca de sus pies. Se acercaron y examinaron el bulto negro, antes de levantar la mirada y encontrar una negra alfombra que se estremecía sobre ellos. Antes de que Henry comprendiera lo que había visto, Ben tiró la antorcha y corrió fuera de la cueva. En la oscuridad ahora completa, la impresión golpeó a Henry como un rodillazo en el estómago: el techo de la cueva estaba lleno de grandes arañas negras. Henry se precipitó hacia el túnel, pero no había luz adelante. Por un segundo, se preguntó si no se había confundido, si no estaba internándose más y más en la cueva. Sus brazos temblaban mientras se agarraba a la oscuridad procurando orientarse. Se chocó con algo suave, tanteó y sintió la trama rígida, el jean de la campera de Ben, sus hombros huesudos. Henry empujó la espalda de su hermano, pero Ben había clavado los talones, bloqueando la salida con el cuerpo. La garganta de Henry se angostó y produjo un gemido ahogado, un ruido como de animal. “Benny, déjame salir”. Todo el cuerpo de Henry temblaba y las lágrimas corrían por sus mejillas. “Por favor”. Sus gritos se volvieron aullidos frenéticos, haciendo eco en la cueva como si no fuesen ya suyos. Se revolvía como una de las aves enjauladas al alba. Y entonces, de repente, todo cedió: la luz se derramó sobre el cuerpo de Henry y él salió de la boca del túnel, revolcándose en el suelo, sacudiendo los brazos y manoteándose el cuerpo.

–Sácamelas –gritó Henry–. Sácalas.

–No tienes nada –dijo Ben, doblado, riendo tan fuerte que lloraba. Se secó las lágrimas de las mejillas y las manos sucias dejaron en su cara marcas de barro de guerrero. Aunque sabía que estaba a salvo, Henry no podía parar de gritar, sus ojos salvajes y amplios hacia el bosque circundante. Ben lo tomó de los hombros y lo sacudió.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty

Send this to a friend

Hi, this may be interesting you: La araña en el frasco! This is the link: http://www.shortstoryproject.com/es/la-arana-en-el-frasco/