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leyendo ahora: La clase de gimnasia | Rainer Maria Rilke
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Rainer Maria Rilke | del:alemán

La clase de gimnasia

Traducción : Isabel Hernández

Introducción de Gadi Goldberg

Rilke es conocido principalmente como poeta. Su obra narrativa más famosa es la novela “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge” (1910), que claramente puede ser definida como prosa poética. Pocos saben que Rilke ha escrito también no pocos cuentos, mayormente durante su adolescencia. Rilke escribió “La clase de gimnasia” en su diario personal, la noche del 5 de noviembre de 1899, cuando sintió repentinamente “una gran urgencia de escribir la novela militar” que había planeado, según él mismo lo dejó señalado en las oraciones que anteceden al cuento en su diario. En dicha novela Rilke planeaba reelaborar sus experiencias de la Escuela Militar en la que de joven había estudiado. El plan, finalmente, no fue llevado a cabo porque Rilke no se sentía capaz de realizarlo. El cuento, por lo que concierne a su contenido, es muy sencillo, y se centra en un único episodio: una escena en la vida de los alumnos de la Escuela Militar. Tan precisa es la focalización del cuento en torno a este episodio, que las primeras oraciones podrían leerese como acotaciones escénicas de una obra teatral. No obstante, el conficto configurado en este relato no es para nada sencillo. Rilke consigue mostrar, en pocas páginas, uno de los conflictos más angustiantes y problemáticos del mundo moderno: la disolución del individuo dentro del colectivo. Aqui Rilke emplea, para intensificar la escena, al colectivo cuyo régimen de autoridad y estricta disciplina desgastan en mayor medida la humanidad del individuo. Y cuando por única vez el individuo intenta transgredir los limites de la disciplina militar, su final habrá de ser fatídico: es como si Rilke quisiera decirnos que sólo la muerte nos puede liberar de la pérdida de la identidad individual, tal como ocurre en el militarismo. El hecho de que tras la muerte de Gruber los suboficiales-instructores continúen ejerciendo una recia disciplina y no cambien ni un ápice de la severidad con la que conducen la clase, sólo incrementa la sensación de desgaste del invididuo en la trituradora militarista. El final del cuento muestra hasta qué punto la Escuela Militar ha aniquilado a sus alumnos: incluso tras la muerte de uno de sus compañeros, ellos no son capaces de reaccionar sino de manera cómica, no pudiendo captar cuánto ha desmejorado su situación en tanto seres humanos insertos en la maquinaria militar.

 

 

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En la Escuela Militar de Sankt Severin. Gimnasio. Con sus claras blusas de cutí, el curso está ordenado en dos filas bajo las grandes lámparas de gas. El profesor de gimnasia, un joven oficial de rostro moreno y endurecido, y ojos fríos e irónicos, ha ordenado ejercicios libres y está distribuyendo las secciones.

– ¡Primera sección, barra fija; segunda sección, paralelas; tercera sección, potro; cuarta sección, escalar! ¡En marcha!

Y los muchachos se dispersan rápidamente con sus ligeras zapatillas, protegidas con colofonia. Algunos se demoran en medio de la sala, dubitativos y enfadados a un tiempo. Son la cuarta sección, los malos gimnastas, a los que no les procura ninguna alegría el movimiento en los aparatos y que ya están hartos de las veinte flexiones, además de un poco confusos y exhaustos.

Sólo uno, uno que, por lo general, es siempre el último en tales ocasiones, Karl Gruber, está ya en las barras de escalar, colocadas en un rincón de la sala algo en penumbra, junto al hueco donde cuelgan las chaquetas de los uniformes que se han quitado. Ha agarrado la primera barra y tira de ella con una fuerza extraordinaria, de manera que oscila libremente en el lugar señalado para el ejercicio. Gruber no la suelta, da un salto y llega bastante arriba, las piernas entrelazadas en el extremo superior que, por lo general, nunca ha sido capaz de rozar, sujeto a la barra. Así a la sección y observa, eso parece, con especial deleite el asombrado enojo del pequeño suboficial polaco que le grita que baje. Pero en esta ocasión Gruber es incluso desobediente, y Jastersky, el suboficial rubio, acaba por gritarle:

– O baja usted o sube hasta arriba; de lo contrario, se lo digo al teniente coronel.

Entonces Gruber empieza a escalar, primero con fuerza, atropellado, levantando poco las piernas y mirando arriba con cierto miedo, despreciando el inconmensurable pedazo de barra que aún tiene por delante. Luego ralentiza sus movimientos, y, como si disfrutara de cada avance como de algo extrañamente grato, enfila hacia lo alto, como alguien acostumbrado a escalar. No repara en el nerviosismo del enojado suboficial, escala y escala, con la vista siempre hacia arriba, como si hubiera descubierto una salida en el techo de la sala y pretendiera alcanzarla. Toda la sección lo sigue con la mirada. Y también algunos de las otras secciones dirigen desde otros lugares su atención al escalador, que antes, jadeando, con el rostro todo rojo y ojos en blanco, apenas alcanzaba el primer tercio de la barra.

– ¡Bravo, Gruber! –grita alguien de la primera sección.

Entonces muchos vuelven la mirada y, durante un rato, la sala permanece en silencio; pero, justo en el momento en que todos están pendientes de la figura de Gruber, éste hace un movimiento arriba, en lo alto, debajo del techo, como si quisiera sacudirlo, y, como evidentemente no lo logra, deja todas esas miradas pegadas al desnudo gancho de hierro y se desliza a toda velocidad por la barra lisa, de manera que todos siguen aún mirando arriba cuando él, mareado y acalorado, lleva ya un rato abajo, mirándose las palmas abrasadas de las manos. Entonces uno de los compañeros que están más cerca le pregunta qué es lo que le ha sucedido hoy:

– ¿Acaso quieres que te pasen a la primera sección?

Gruber sonríe y parece querer responder algo, pero se lo piensa y rápidamente baja la vista. Y luego, mientras el barullo y el jaleo continúan, se retira hasta el rincón sin hacer ruido, se sienta y, temeroso, mira a su alrededor, respira el doble de rápido, vuelve a reír y se dispone a decir algo, pero ya nadie está pendiente de él. Sólo Jerome, que también es de la cuarta sección, ve que está mirándose otra vez las manos, muy inclinado sobre ellas, igual que alguien que quiere leer una carta con escasa luz. Y, pasado un rato, Jerome se acerca a él y pregunta:

– ¿Te has hecho daño?

Gruber se asusta:

– ¿Qué? –dice con su voz de siempre, chapoteando en saliva.

– ¡Déjame ver!

Jerome le coge una mano y la vuelve hacia la luz.

Está un poco excoriada en la palma.

– ¿Sabes? Tengo algo para esto –dice Jerome, al que siempre le mandan de casa tafetán inglés–, ven luego a verme.

Pero parece como si Gruber no hubiera escuchado; está mirando la sala, como si estuviera viendo algo indeterminado, tal vez no en la sala, tal vez fuera, detrás de las ventanas, aunque está oscuro, es tarde y es otoño.

En ese momento el suboficial grita, a su modo imperioso:

– Gruber.

Gruber no se mueve, sólo los pies, estirados, se remueven un poco, rígidos y torpes, por encima del parquet.

–¡Gruber! –grita el suboficial, y la voz le golpea.

El suboficial espera un rato y dice rápidamente y con voz ronca, sin mirar a quien acaba de llamar:

– Preséntese usted después de la clase, ya le…

Y la clase sigue.

– Gruber –dice Jerome inclinándose hacia su camarada, que se hunde aún más en el rincón–, te tocaba otra vez a ti, escalar, en la cuerda; ve, inténtalo, si no Jastersky te va a montar algún número, ¿sabes?

Gruber asiente. Pero, en lugar de levantarse, cierra los ojos de repente y se desliza bajo las palabras de Jerome como bajo una ola, se desliza hacia el fondo, despacio y en silencio, hacia el fondo de su asiento, y Jerome no sabe lo que sucede hasta que oye cómo la cabeza de Gruber restalla con fuerza contra la madera del respaldo y luego cae hacia delante.

– ¡Gruber! –grita con voz ronca.

Al principio nadie se da cuenta. Y Jerome sigue en pie con los brazos caídos gritando:

– ¡Gruber, Gruber!

No se le ocurre incorporarlo. Entonces alguien le golpea y le dice:

– Quita.

Otro lo aparta de un empujón y Jerome ve cómo levantan el cuerpo inerte.

Se lo llevan a algún sitio, probablemente a la habitación de al lado. El teniente coronel llega corriendo. Da órdenes muy breves con voz dura y muy alta. Sus órdenes cortan incisivamente el zumbido de los numerosos chicos que parlotean. Silencio. Sólo se percibe algún que otro movimiento, un balanceo en el aparato, un salto suave, una risa tardía de alguno que no sabe de qué se trata. Después, preguntas rápidas:

– ¿Qué? ¿Qué? ¿Quién? ¿Gruber? ¿Dónde?

Y más y más preguntas. Luego alguien dice en alto:

– Inconsciente.

Y el suboficial Jastersky, con el rostro encendido, echa a correr detrás del teniente coronel, gritando con malévola voz, temblando de rabia:

– Un cuentista, señor teniente coronel. Un cuentista.

El teniente coronel no le hace caso. Está mirando al frente, se muerde el bigote, con lo que la dura mandíbula sobresale aún más enérgica y puntiaguda. De vez en cuando, da una breve indicación. Los cuatro alumnos que llevan a Gruber y el teniente coronel desaparecen en la habitación. Poco después, los cuatro alumnos regresan. Un bedel cruza la sala. Los otros los miran boquiabiertos y acosan a preguntas a los cuatro:

– ¿Cómo está? ¿Qué le pasa? ¿Ha vuelto ya en sí?

Ninguno de ellos sabe nada en realidad. Y entonces el teniente coronel dice que continúe la clase y le cede el mando al sargento Goldstein. Así que vuelven a hacer gimnasia, en las paralelas, en la barra fija, y los pequeños gorditos de la tercera sección suben penosamente con las piernas bien abiertas al alto potro. Sin embargo, todos los movimientos son diferentes a los de antes, como si sobre todos los muchachos se hubiera posado algo que estuviera al acecho. Los balanceos en la barra fija se interrumpen de repente, y en las paralelas sólo se hacen un montón de ejercicios rutinarios. Las voces son menos confusas, y su susurro es más delicado, como si todos dijeran únicamente una sola palabra:

– Sssí, sssí, sssí…

Entretanto, el pequeño y espabilado Krix está escuchando tras la puerta de la habitación. El suboficial de la segunda sección lo echa de allí levantando la mano para darle un golpe en el trasero. Krix retrocede de un salto, como un gato, con los ojos astutos y brillantes. Ya sabe bastante. Y, pasado un rato, cuando nadie le observa, se lo cuenta a Pawlowich:

– Ha venido el médico del regimiento.

Bueno, ya conocen a Pawlowich; con toda su cara, como si alguien le hubiera dado una orden, atraviesa la sala de sección a sección y dice bien alto:

– El médico del regimiento está dentro.

Y parece que también los suboficiales se interesan por la noticia. Cada vez con mayor frecuencia vuelven la vista hacia la puerta, los ejercicios se hacen cada vez más lentos, y un pequeño de ojos negros está en cuclillas en lo alto del potro, mirando fijamente, boquiabierto, a la habitación. Parece haber algo paralizante en el ambiente. Los más fuertes de la primera sección continúan esforzándose aún un poco, luchan, hacen círculos con las piernas, y Pombert, el atlético tirolés, dobla el brazo y se observa los músculos, que destacan tensos y poderosos a través del cutí. Sí, el pequeño y ágil Baum hace incluso varios círculos con el brazo y, de repente, ese brusco movimiento es el único en toda la sala, un gran círculo centelleante que adquiere un carácter inquietante en medio de la calma general. Y, de golpe, el muchachito se queda parado, se arrodilla con desgana y pone cara de no importarle nada. Pero también sus pequeños ojos apáticos se pegan a la puerta de la habitación.

Ahora se oye la canción de las llamas de gas y el movimiento del reloj de pared. Y entonces suena la campana que da la hora. Su tono es hoy extraño y singular; además, se para de un modo totalmente inesperado, se interrumpe en medio de sus palabras. Pero el suboficial Goldstein conoce sus obligaciones. Grita:

– ¡A sus puestos!

Nadie le escucha. Nadie puede recordar qué sentido tenían esas palabras… antes. ¿Cuándo?

– ¡A sus puestos! –grazna el sargento, y al instante gritan ya con él los demás suboficiales:

– ¡A sus puestos!

– Y también alguno de los alumnos dice como para sus adentros, como en sueños:

– ¡A sus puestos! ¡A sus puestos!

Pero en el fondo todos saben que siguen a la espera de algo. Y en ese momento se abre la puerta de la habitación; durante un rato, nada; luego sale el teniente coronel Wehl, con los ojos bien abiertos, airados, y el paso firme, que marca como en un desfile. Y dice con voz ronca:

– ¡A sus puestos!

A una velocidad indescriptible están ya todos formados.

Ninguno se mueve. Como si estuvieran en presencia de un mariscal. Y de pronto una orden:

– ¡Atención!

Una pausa, y luego, con voz seca y dura:

– Vuestro camarada Gruber acaba de fallecer. Un ataque al corazón. ¡En marcha!

Pausa.

Y, pasado un rato, la voz del alumno de servicio, encogida y suave:

‒ ¡Izquierda! ¡Marchen, compañía, marchen!

Sin dar un paso, muy despacio, la compañía se vuelve hacia la puerta. Jerome es el último. Nadie mira a ningún lado. El aire del pasillo llega frío y húmedo hasta los muchachos. A uno le parece que huele a fenol. Pombert hace un chiste perverso aludiendo al hedor. Nadie se ríe. De repente, Jerome nota que lo cogen por el brazo, como si lo embistieran. Krix se ha colgado de él. Le brillan los ojos y sus dientes refulgen, como si fuera a morder algo.

– Yo lo he visto –susurra jadeante, apretando el brazo de Jerome, con una sonrisa en su interior, meneándolo de un lado para otro. Apenas puede continuar–: Está completamente desnudo, y estaba muy flaco y estirado. Y le han puesto un sello en la planta de los pies…

Y luego reprime una risa, sardónica y picajosa; reprime una risa y le muerde la manga a Jerome.


*Este cuento fue publicado en: Los últimos y otros relatos, Alba Editorial, 2010.

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