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leyendo ahora: La coleccionista | Karla Suárez
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La coleccionista

Karla Suárez | del: español

Él era un famoso cantante de salsa. Ella coleccionaba cosas y hacía algún tatuaje. Él estaba casado con una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante francés.

Se conocieron por casualidad. Ella intentaba convencer al empleado de una cafetería de que cinco centavos no determinaban nada en el precio de una cajetilla de cigarros. El empleado, por su parte, respondía con su amplia sonrisa y una rotunda negativa. Los cinco centavos llegaron de una mano que se extendía sobre el hombro de Ella. Ella miró atrás, sonrió reconociendo el rostro y dijo « gracias » mientras guardaba apresurada la caja de Marlboro. Él sonrió y la invitó a una cerveza. Ella prefirió caminar y caminaron.

—La salsa no me gusta, pero te conozco, todo el mundo te conoce.

Todo el mundo lo conocía porque era un famoso de sonrisa agradable y ojos interesantes. Ella no era famosa, su pasatiempo preferido era coleccionar. Coleccionaba copas robadas de distintos bares, corchos de botellas abiertas en fechas memorables, arena de las playas, lápices raros, velas traídas de iglesias del mundo entero y algunas construidas por Ella, coloreadas con medicinas y que usaban como moldes cascarones de huevos, tubos de desodorante, cualquier cosa. Cualquier cosa coleccionaba y hacía tatuajes, a veces, cuando le parecía.

—Tengo un amante francés, viene todos los meses y bebemos vino, me regala libros y velas, es escritor.

Él quiso saber su nombre, por si lo conocía, quién sabe, pero Ella se negó.

—Nunca reveles la identidad de tus amantes, además…, es casado, como tú.

Los famosos no tienen vida privada. Todo el mundo sabía de su esposa japonesa y suspiró pensando que la libertad es no tener rostro. Andar por la calle sin que nadie te mire y admire el nuevo carro que acaba de regalarte tu mujer, unos años mayor que tú, esa mujer que ya no te interesa y pasa casi todo el año de viaje, como tú, pero en latitudes distintas.

—Ton, ton —dijo Ella golpeando su corazón—. Te has quedado tan callado, ton, ton, corazoncito triste, yo pensé que todos los salseros eran bien divertidos.

Él quiso ser divertido y la invitó a un concierto, pero Ella detestaba los conciertos de salsa y la farándula de ropas de boutique, y bajarse de un carro que casi nadie tiene y sentir desde la mesa como todos la observan.

—Dime una cosa, ¿qué prefieres, la noche o la mañana?

—Soy músico, animal nocturno.

—¿El invierno o el verano?

—Verano tenemos todo el año, yo prefiero el invierno y basta de preguntas que de periodistas estoy harto.

—Una más, sólo una, ¿los gatos o los perros?

Él sonrió.

—En casa de mi madre tengo dos gatos: Ochún y Changó. Ella sonrió mordiéndose los labios.

—OK, no iré a tus conciertos, pero podemos vernos, a solas…

Y se siguieron viendo. Ella esperaba su llamada después de los conciertos y se iban a la playa, lejos de la ciudad. Él le traía copas y escribía la fecha en los corchos de las botellas que bebían juntos. Luego, y durante y antes y después hacían el amor. Él cantaba baladas a su oído mientras Ella besaba pedacito a pedacito los poros de su cuerpo.

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El primer mes que vino el francés, Ella previno la ausencia de una semana.

—¿Lo amas? —preguntó Él y Ella sonrió sin decir nada—. Si no lo amas ¿por qué no lo dejas y te quedas conmigo?

—Ton, ton, corazoncito egoísta, mi escritor viene para verme, cuando regrese la japonesa también tú tendrás vacaciones.

Él quiso decir algo, pero se mordió la lengua. Al otro día le escribió una canción y estuvo esperando toda una semana. Los meses entonces se construyeron a pedazos, una semana para el francés, algunos días para la esposa japonesa, tiempo de giras, el resto quedaba para estar juntos.

Cierta vez coincidieron en una Marina lejos de la ciudad. Ella bebía un agua tónica con mucho hielo, junto a la piscina. El escritor francés leía tomando el sol a su lado. Él se bajó del carro y caminó con su esposa del brazo. La empresaria japonesa reconoció al escritor y se detuvo. Él reparó en Ella. Su esposa acercó la boca para decirle al oído quién era el canoso de la revista. Él asintió callado, no lo conocía. La pareja siguió andando y al pasar junto a los otros, la japonesa hizo un gesto de saludo al escritor que acababa de alzar la cabeza. Él bajó la vista. Ella bebió su agua tónica. El escritor sonrió molesto por ser reconocido.

De aquel encuentro nunca hablaron. Él prefirió callar. Ella besó los poros de su cuerpo y le hizo el amor en español.

—Ton, ton —dijo Él golpeando el corazón—. Yo te quiero, ¿sabes?

Ella le regaló una vela con forma de caracol.

Una noche llegó muy feliz. Traía un libro que su escritor acababa de dedicarle. Se vendía en toda Europa y en la primera página estaba su nombre. El libro era de Ella y para Ella.

—Lo hace para agradarte —dijo Él—. Yo, de muy buena gana te dedicaría un disco, pero mi mujer querría saber quién eres tú y como dijiste, «nunca reveles la identidad de tus amantes…».

Ella rió complacida, besó el libro y luego besó la boca de su cantante de salsa. Su amante que empezó a telefonearla cuando andaba de giras y le hablaba del frío y de las noches y las botellas que compraba para beber con Ella. Al regresar traía periódicos y revistas donde salía su foto, las críticas de prensa, la promoción de los discos y los lápices raros que se había empeñado en encontrar para la colección de Ella. En uno de esos regresos, la encontró un poco extraña, preocupada.

—No es nada —dijo Ella—. Necesito colores, debo hacer un tatuaje, pero no tengo colores, es muy importante, ¿sabes?

Él la ayudó a conseguirlos e hizo que desapareciera su tristeza. Estaba feliz. Tatuar era algo que hacía sólo en ocasiones especiales, algún día, si él quería podría hacer algo en su cuerpo. Ella no tenía ninguno, pero los hacía muy bien, le gustaba.

Una semana después regresó la japonesa y Él dejó de verla. Su esposa permaneció más de un mes en casa y Él sólo consiguió llamadas telefónicas y una corta visita a golpe de malabares. El matrimonio se convirtió en un hastío donde apenas se alcanzaba la armonía cuando hablaban de próximas giras y contratos. La japonesa lo notó demasiado distante y Él culpó al calor. Percibió que en sus nuevas canciones predominaban las baladas y Él aludió «un bache creativo». Descubrió unas velas extrañas encima del armario y Él se justificó con la crisis energética. En el aeropuerto lo abrazó, Él besó su frente deseándole buen viaje y dos segundos después de verla desaparecer tras el cristal, montó en el carro y fue a buscarla a Ella.

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Pero Ella no estaba. La noche siguiente se encontraron, y estuvieron felices de tocar sus cuerpos. Ella no sabía que la japonesa había partido y contó que no estaba en casa porque conoció a un cineasta español, un tipo interesante con el que conversó largas horas. Él quería permanecer juntos el mayor tiempo posible y preguntó cuándo venía el francés.

—Ya no vendrá más, se acabó —dijo Ella—. Está loco, la última semana dijo que su mujer lo sabía todo, él mismo se lo contó porque quería abandonar a su familia y llevarme a París para vivir juntos, pero yo no quiero, no lo amo, entonces, se acabó.

Él suspiró con cierto alivio nada disimulado y la abrazó muy fuerte.

—Ton, ton, corazoncito loco, ahora te quedarás conmigo.

Ella sonrió y mojó con su lengua la punta de la nariz de Él. Dijo que quería beber un agua tónica y hacer el amor en las sábanas de la japonesa, y fue la primera vez que se amaron en aquel cuarto. Él no quiso que se fuera al otro día, quiso que esperara en casa a que terminara el concierto de la noche. Y así hizo Ella, lo esperó desnuda y con incienso encendido en todos los rincones. Él regresó muy tarde y vertió ron en el cuerpo que lamió hasta emborracharse. En la mañana, aún desnudos y cansados, le escribió otra canción y no quiso que se fuera. Ella no se fue. Desde su casa vio el concierto por televisión donde estrenaba la música hecha a la mujer más maravillosa nunca antes conocida. Ella estuvo feliz y Él regresó amándola.

Luego vino una corta gira a Japón donde su esposa lo recibió con un posible contrato de seis meses por Europa para promover el disco que recién comenzaba a grabar. Él se entusiasmó, pero no quería a la empresaria japonesa, la quería a Ella. Ella, que lo recibió con una botella de vino español y muchas ganas de su cuerpo, no quiso quedarse esta vez en casa. Él comenzaba a grabar y permanecía casi todo el día en el estudio. Acordaron verse cuando el trabajo diera espacio. Él dejaba todas sus energías en cada canción. Pensando en Ella haría bailar al mundo entero, haría estremecer a la vieja Europa.

El día que terminó la grabación fue a buscarla con flores. Compró una caja de ron, dos de agua tónica y propuso grandes celebraciones. Se encerraron en el cuarto. Él puso la contestadora telefónica y bajó el timbre del teléfono. Ella quemó incienso y se quitó la ropa. Cuando la primera botella estaba casi terminada, Él dijo que tenía una sorpresa.

—Me tienes loco, estoy loco —dijo—. Cambiaste mi vida, me viraste al revés y no es justo ocultar lo que siento… el disco está dedicado a ti, ya están imprimiendo, tu nombre va a salir en la carátula de un disco que se venderá en todo el mundo —sonrió y dio golpecitos en el corazón de Ella—. Ton, ton, estoy enamorado, corazoncito loco…

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Ella abrazó su cuello lamiéndole las orejas. Se estremeció porque las manos de Él volvían a recorrer su espalda y la envolvían toda. Besó sus labios.

—Soy feliz —dijo apartándose un poco—. Quiero darte algo muy importante, quiero pedirte una cosa que nos mantendrá unidos para siempre, quiero estar en ti para siempre… Déjame hacerte un tatuaje.

Él sintió una emoción extraña y se mordió los labios. Bebió de la botella, casi a punto de estallar de la alegría y aceptó. El dibujo era en la nuca, un extraño dibujo, pequeño, particular. Cuando terminó, estaba borracho y exhausto por la posición de la cabeza y las tantas horas sin dormir. Ella acarició su rostro, y se levantó a beber agua tónica, mientras lo veía adormecerse.

La gira de seis meses por Europa quedó confirmada para el mes siguiente. El disco estaba a punto de salir. La japonesa vino a ultimar detalles y partió con la promesa de una larga conversación cuando terminara el ajetreo, a causa del raro comportamiento de su esposo en los últimos tiempos.

—Este disco será un éxito, lo sé —dijo Él tendido sobre la arena mirando el atardecer.

—Cambiará tu vida, te lo auguro —dijo Ella, tendida junto a Él.

—Cambiar… —dijo Él y giró su cuerpo para mirarla—. Ton, ton, corazoncito mío… Estaba pensando, ¿qué tal si vienes conmigo?, seguimos juntos, al diablo mi matrimonio, yo te quiero a ti.

Ella se incorporó y estiró la espalda. Sonrió.

—Se acabó, yo no te amo.

Él cerró los ojos y volvió a abrirlos. Algo dijo, pero Ella lo interrumpió agregando que además tenía otro amante, no diría su nombre, era un cineasta español, sólo eso. Tampoco le parecía una buena acción eso de abandonar a la empresaria japonesa en medio de una gira tan importante. Él se frotó la cara, no quiso creer.

—Pero, ¿y entonces? Todo esto… Lo nuestro…

Ella le acarició el rostro y se levantó sacudiéndose la arena. Dijo que no se preocupara por acompañarla, no era tarde, y su amante español vendría a recogerla muy cerca de allí. Él se levantó para decir algo pero terminó tragando en seco.

—Ton, ton, corazoncito tonto —dijo Ella golpeándole el corazón—. ¿Alguna vez dije que te amaba? —besó su mejilla húmeda de sudor y dio unos pasos—. ¿Sabes?, es que… Yo colecciono personas, me gusta, es en verdad mi pasatiempo preferido… Tú que andas por el mundo podrás reconocer mi marca, hay muchos por ahí con ese dibujo en la nuca… —sonrió— Y todos son famosos…

Él era un famoso cantante de salsa y la gira por Europa fue todo un éxito. Ella coleccionaba personas y les tatuaba su marca. Él estaba divorciado de una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante.


*Este cuento fue publicado en: Carroza para actores, Norma Editorial, 2001. 

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