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La Gran Ilusión en el aserradero, carpintería y taller de cepillado de madera Klingenreiter, importación y exportación

Saša Stanišić | del: alemán

Traducción : Ana Guelbenzu

Introducción de Theresia Enzensberger

Ferdinand Klingenreiter tiene 77 años y por primera vez se sube a un escenario con su show de magia, ante los familiares y los habitantes del pueblo que se han reunido para verlo. Mientras que ruega y espera, con éxito y repercusión moderados, a que se llene la sala comunitaria, se despliega en el trasfondo la historia de la empresa familiar de Klingenreiter. Stanišić necesita apenas quince páginas de libro para presentar una galería de personajes propias de un Heimito von Doderer. Gracias a la densidad de la prosa de Stanišić, esto nunca da la impresión de ser superficial o chato. El mundo de los Klingenreiter, que es muy alemán y precisamente por eso muy exótico, se vuelve patente sobre todo en la relación de Ferdinand con su sobrino nieto Felix. Estos dos marginales de la familia coinciden en su deseo de desaparecer como por arte de magia. Por muy triste que suene, esta historia también tiene su gracia, como la mayor parte de las cosas que escribe Stanišić.

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Cuando Ferdinand Klingenreiter rogó silencio al público, compuesto por queridos amigos, familia y niños, para su Gran Ilusión, algunos se rieron y la mayoría siguió hablando. Las niñas de Stadelmann interrumpieron su cacería entre gritos de júbilo y se volvieron hacia el escenario. La más pequeña, Michaela, o Martina, o uno de esos nombres reservados para los chicos a los que se les añadía una a, gritó en un tono estridente y vivaracho al otro lado de la sala:

—Mamá, ¿dónde está el abuelito?

Klingenreiter le hizo una seña con la mano, estaba muy dulce con las trenzas y el tradicional dirdnl, y salió corriendo asustada hacia Stadelmann y se agarró a su brazo.

—Pero si es Freddie, cariño —aclaró la madre—, Freddie… el Fenomenal. Ahora mismo va a hacer magia.

Freddie el Fantástico habría sido lo correcto, pero a Klingenreiter no le importó, de hecho era su primera actuación, ¿cómo iba a haberse fijado alguien ya en su nombre artístico?

En general la sala estaba un poco más tranquila que antes, se oía el borboteo de la cafetera.

Klingenreiter miró hacia la mesa donde estaba sentado Felix. Más bien yacía ahí, pues el chico estaba hundido en la silla, con las manos en los bolsillos, la cabeza en la capucha y un ojo bajo el flequillo. Todo lo que Felix podía hacer desaparecer de su cuerpo, lo hacía desaparecer. El otro ojo miraba el refresco de cola o los palitos salados que había en vasos de plástico sobre el mantel de plástico. No cruzó la mirada con la de su tío abuelo.

El chico tenía la cabeza en otra parte. O simplemente preferiría no estar ahí.

A Ferdinand Klingenreiter no le importó. A lo largo de su vida, en su cabeza también rara vez los pensamientos hallaban el placer donde él los necesitaba, ¿y qué? Se habían ido a recoger cerezas y sueños, en vez de resolver las tareas de la escuela. No se fijaban en fórmulas ni versos, y le costaba mucho atender a cómo se manejaban correctamente las máquinas. O sí, algunos versos sí, los que escribía su Käthe.

En cambio, los trucos de magia los aprendía con la facilidad que sólo se puede aplicar a las cosas inútiles.

Estaba con la cabeza en otra parte, y el cuerpo en cierto modo también. Klingenreiter siempre supo comportarse con tal discreción que todo el mundo olvidaba su presencia. Felix tal vez envidiaría esa capacidad. Esa magia. Pero no sólo implicaba ventajas. Los padres de Klingenreiter se peleaban con mucha vehemencia estando él presente, como si no estuviera. A menudo los gritos continuaban después de que él pidiera intervenir. Eran los únicos momentos en que Klingenreiter deseaba tener a su hermano cerca. Cuando estaba Franz, nadie en el matrimonio daba tirones.

Klingenreiter tardó, tal vez hasta la muerte de Franzen el año pasado, en caer en que tal vez no tuviera talento para pasar desapercibido. A sus padres, a Franz, a la gente en general le daba igual si estaba presente o no. A lo mejor lo de dar igual a la gente también era una virtud.

Quizás a Käthe no. No, a Käthe seguro que no, a Käthe no le daba igual, en su presencia siempre gorjeaba con alegría, y, por supuesto, ahora podría decirse que, con él o sin él, Käthe habría gorjeado igual, pero no es verdad, Käthe también hacía alguna pregunta de vez en cuando a su marido y, aunque tal vez sólo lo hiciera para cerciorarse de que él la escuchaba, al hacerle una pregunta reconocía su presencia.

La puerta se abrió de golpe y entraron en la sala a paso ligero Thomas y la familia, es decir, todos salvo Felix. Lisa, los gemelos y el pequeño Max con un pequeño barril con unos puñitos en la boca, junto al gran barril que era su padre.

Algunos giraron la cabeza, otros se levantaron para saludar a Thomas, como debía ser: entraba el jefe. Klingenreiten saludó con la cabeza a su sobrino, que hizo un gesto de disculpa hacia el escenario y se sentó al lado de Felix en la mesa, a lo que el chico no hizo caso mientras daba un sorbo a la cola.

Thomas llevaba bien el aserradero, es decir, estaba informado y era inflexible. Incluso en ese momento, domingo al mediodía, sacó un montón de papeles del bolsillo, seguro que para el trabajo. Klingenreiter iba a continuar cuando su sobrino hizo un gesto circular de interrogación por encima del montón de papeles a la sala, como si quisiera decirle algo a Klingenreiter, y éste se encogió de hombros como si le diera permiso.

Acto seguido Thomas hizo correr el montón de papeles, «que cada uno coja sólo uno», y casi todo el mundo cogió una hoja o un folleto, o lo que fuera, pues ahí casi sólo había trabajadores con sus familias. Ahora se oía un susurro en todas las mesas, todos lo estaban leyendo. Al fondo del todo, en la salida, había un hombre sentado solo, era el viejo Stangl, que rechazó el papel.

Klintenreiter esperó, ¿qué iba a hacer? Al lado tenía su caja. Dos relámpagos amarillos y un signo de interrogación en rojo. De roble.

Stangl también había sido motivo de discusión para sus padres. Ese nombre, pronunciado a todo volumen, era uno de los primeros recuerdos de Klingenreiter. Le hacía remontarse a años atrás, hasta cuando su padre en algún momento lo echó.

A su madre le gustaba Stangl, era un hecho. Incluso se tuteaban, pero el aserradero era demasiado pequeño para ir a más. De haber ocurrido algo entre ellos, los extractores se habrían enterado y se lo habrían contado a una cuña de separación.

Stangl debía de estar más cerca de los cien años que de los noventa. Había acudido expresamente desde el valle. En autobús. Klingenreiter en seguida lo buscó para saludarlo. En las relaciones personales, para que todo vaya bien basta con buscar a alguien para saludarlo. Pero Stangl no tenía ningún amigo ahí.

Thomas se sirvió un café. Klingenreiter tuvo la tentación de hacer un gesto de desaprobación al verlo, ¿pero qué impresión daría un mago negando con la cabeza?

Vio el pasillo, la nuca y la eterna ambición. Thomas era como Franz. La única gran discusión entre su padre y Franz fue por demasiada ambición.

Fue cuando Franz regresó con ideas de estudiar la carrera. Franz quería renovar, invertir, «desparasitar» el negocio. Carretillas elevadoras, trenes en bloque, instalaciones mecánicas de clasificación.

Su padre no quiso saber nada. No porque no estuviera de acuerdo, sino porque no le gustó que Franz empezara las frases con «yo en tu lugar haría». No le gustaba la presión. Las ideas bonitas y buenas están bien, pero su padre quería darle una lección en la ciencia de las ideas, a saber: había que dotarlas de un buen envoltorio.

Al final modernizaron el taller, también lo racionalizaron un poco, pero sólo cuando su padre vio que era el momento y que la fruta estaba madura.

Las únicas ideas que tenía Klingenreiter afectaban a la cantina y al programa durante las fiestas de Navidad. A Ferdinand Klingenreiter le encantaba el aserradero, además de la conversación, y no le importaba llevar toda una vida como empleado de su propio hermano, por mucho que hablara la gente.

Sólo se había pronunciado sobre un tema, el de los barriles de madera. Klingenreiter estaba en contra de abandonar la producción de barriles, como había propuesto Franz, sobre todo por motivos nostálgicos. ¡Con toda la cerveza que se había almacenado en los barriles de los Klingenreiter! ¡Y la que se podría almacenar en el futuro! Se opuso con insistencia a Franz y su padre, como si se tratara de algo importante.

En su familia los motivos nostálgicos nunca se habían considerado de peso. La nostalgia es la cómplice de los chiflados, no de los ganadores. La producción de barriles se detuvo en el momento justo. El descenso del valor productivo durante los años siguientes resultó ser enorme, por todas partes había sólo aluminio y plástico y otros trastos sin alma, y cada vez más gente bebía cerveza de botella y latas, horrible.

Käthe, y lo que Käthe le decía:

—Ay, alma de cántaro.

—¿Dónde estás otra vez, Freddie? Quédate conmigo.

—Mi Freddie.

Eso lo recordaba muy bien. De muchas cosas que le había dicho su Käthe. A veces sus pensamientos tenían la voz de Käthe, le tiraban de las orejas, le rebatía las decisiones, pues era lamentable decidiendo. A veces también hablaban claro, por desgracia con demasiada poca frecuencia.

Le temblaban las manos. Las cerró en un puño. Ferdinand Klingenreiter nunca había tenido mucho que decir, y ahora estaba trémulo sobre el escenario, mientras la gente esperaba a que dijera algo. Al mismo tiempo sabía y notaba que de todos modos les daba igual lo que tuviera que decir, lo importante era que se tomara su medicina y no se fuera de nuevo a pasear por la carretera en plena noche.

Tal vez Felix, tal vez a Felix no le daba igual.

Su caja aguardaba impávida a su lado. Los dos relámpagos parecían ojos. Quizás a la gente no le diera igual la magia.

Klingenreiter se aclaró la garganta para, incluso en ese momento mientras se hallaba sobre un escenario, recuperar los pensamientos que huían, y los bafles lo acompañaron con un tono agudo. Entonces atrajo su atención.

—Señoras y señores, queridos amigos, queridos niños —Klingenreiter esbozó una sonrisa más amplia. Estaba a punto de decir lo que llevaba toda una vida queriendo decir delante de un público, y todo lo que superaba las cuarenta personas podía considerarse sin duda público, más el coro de la iglesia detrás del escenario. «Dos antes del inicio del programa oficial, para un número de magia no está mal, carcamal», pensó Klingenreiter.

Buscó de nuevo la mirada de su sobrino nieto, y esta vez vislumbró una caída de las pupilas azules, pero Felix bajó la cabeza. Klingenreiter no se lo tomó mal, sabía que el chico estaba ahí, que prestaba atención, pero no quería que lo vieran prestando atención.

—Lo que están a punto de ver cambiará para siempre su visión de la magia. Pero para que lo vean necesito un voluntario —Klingenreiter abrió los brazos en un gesto de invitación, la camisa emitía destellos, y la cafetera un pitido. Nadie se inmutó.

La gran ilusionista Halima dijo algo muy distinto en el momento álgido de su espectáculo, una impertinencia, pero Klingenreiter no se atrevió: «La magia no es lo que hago. La magia es lo que vosotros no veis que hago». Halima, con su melena negra y los brazos largos que agitaba arriba y abajo mientras saltaba, bailaba, volaba sobre el escenario.

Halima tenía música dramática de fondo para sus trucos e ilusiones, Klingenreiter la cafetera. El coro de la iglesia podría haberse ofrecido, habían ensayado antes de su número para la velada, a Klingenreiter le habría encantado primero What if God was One of Us, luego una canción muy triste, Wir sind nur Gäste auf Erden, y una salida muy alegre con Always Look on the Bright Side of Life, todo muy aceptable, Fichtner apenas habría tenido que intervenir.

Sin embargo, Klingenreiter no había podido acordar con Fichtner ninguna canción para acompañar la magia. Le habría encantado que el coro simplemente tarareara, en concreto The Final Countdown, como primera opción, o esa que todo el mundo conoce, Carmina Burana, como segunda elección. Sin embargo, el director del coro no quiso saber nada de tararear.

—Por supuesto que no, tío, Freddie —Felix también tenía su opinión al respecto.

La excusa oficial de Fichtner era que el escenario era demasiado pequeño para el coro y Klingenreiter y su caja, que aún esperaba su entrada con los brazos extendidos de Klingenreiter.

Klingenreiter reservó dos entradas VIP para el espectáculo de magia de Halima, para él y Felix en segunda fila. Fue exactamente un mes antes, poco después de que Felix cumpliera catorce años, la entrada era un regalo de Klingenreiter al chico, su primer gran espectáculo de magia. Para alguien que adoraba la magia desde que tenía uso de razón, que había leído Harry Potter a los sesenta y cinco años y nunca salía de casa sin una baraja de cartas, realmente ya era hora.

Klingenreiter esperaba con mucha ilusión la visita a la capital con Felix. Había buscado un restaurante turco para la cena, la idea surgía porque en su pueblo no había ningún turco. Al chico no pareció importarle, preguntó si podía pedir una cola.

—Pero no hace falta que pidas permiso —Klingenreiter se echó a reír.

Felix dijo «Vale» y pidió una cerveza.

Klingenreiter hizo un gesto exagerado de sorpresa, y Felix sonrió, aburrido.

Catorce años ya eran unos cuantos, pensó Klingenreiter, que pidió una rubia y dos vasos y le sirvió un poco a Felix, que no la tocó, se bebió su refresco y Klingenreiter bebió sólo la mitad por el medicamento.

—¿Qué te gusta hacer? —No se le ocurría nada que no fuera algo en el ordenador.

—¿Por qué yo? —preguntó Felix.

Klingenreiter no le entendió.

—¿Por qué no has traído a los gemelos? También fue su cumpleaños. ¿O a Max? Tiene cuatro años, seguro que le gustan estas cosas.

Klingenreiter sonrió y odió haber sonreído. Siempre esbozaba una media sonrisa cuando se encontraba en apuros. De la pared de baldosas colgaba un tapiz, la barra era de cristal y metal. Klingenreiter buscó madera y no la encontró. El chico parecía relajado, como los vencedores. Como si se alegrara de que no lograran mantener una conversación sencilla.

Con Thomas y la familia había cuarenta y ocho personas en la sala. Ya estaban todos en silencio, pero aún no habían encontrado un voluntario para Klingenreiter.

Klingenreiter agitó los brazos con fuerza en su pretendido abrazo. Tal vez la gente estuviera callada porque su propio silencio era demasiado imponente. Porque es incómodo que haya alguien sobre un escenario sin decir nada. O tal vez se había vuelto a confundir y el silencio era de perplejidad.

Felix lamió la sal de un palito salado.

De la pared de enfrente colgaba la eterna pancarta: «El Verbo se hizo carne».

Junto a él yacía su caja. Los relámpagos eran como reproches, y el signo de interrogación como una sonrisa maliciosa.

La caja la había ideado él. Casi cincuenta años trabajando en un aserradero, y a los setenta y siete hace su primera elaboración propia, desde el diseño hasta la fabricación.

Bueno, Holger Schwarzmann le prestó sus manos no trémulas para el corte fino y Theo Schwarzmann la fuerza del músculo para el sistema de conexión. El corte, en cambio, lo hizo él. Cuando llegó a las mallas y los detalles, a lo esencial de cada utensilio mágico, tuvo que convencer varias veces a Schwarzmann hijo, pues lo desconcertaba del todo que el viejo Klingenreiter le llevara la contraria, y eso que Klingenreiter se había reprimido porque entendía que de alguien que llevaba toda la vida fabricando cajas para transportar patatas no se podía esperar que de golpe lograra crear una caja para una Gran Ilusión, una caja para el arte.

Las superficies de corte debían estar limpias, inmaculadas, y Schwarzmann pasaba con un serrucho de calar, directamente de la mano al corte libre. ¡Pero cada milímetro era importante! Así que Klingenreiter le dio la pequeña sierra japonesa que le había regalado a Franz hace años. Dondequiera que estuviera, fuera el cielo o el infierno, ya no necesitaba sierras.

La sierra se llamaba Hon Dozuki Deluxe. Mango de mimbre. Un utensilio fantástico, bello; de nuestras sierras no puede decirse que sean bonitas.

Sí, entonces pasó por ahí Felix, en realidad fue lo mejor que el chico preguntara qué llevaba en la caja.

—Es para un truco de magia —contestó Klingenreiter.

—¿Cómo?

—Estoy practicando las desapariciones.

—¿Es un truco?

—Depende de si eres el que desaparece o el que observa.

Felix escupió.

—Yo pintaría la caja.

—Lo tenía pensado.

—No, me refiero a que yo podría pintarla. Si puedo.

Por supuesto que podía. Klingenreiter apenas podía disimular su alegría, y Käthe se preguntó en sus pensamientos por qué había que disimular la alegría.

Esa misma tarde se encontraron en la sala de producción. Klingenreiter había comprado pinturas, pinceles, una lámpara. También música y un tentempié, aunque el chico no lo quería, prefería tranquilidad y un refresco de cola.

Estuvieron cuatro horas en la sala por lo demás vacía. Después de cuatro horas uno ya no huele la madera, ni los productos contra el moho.

Aquella tarde sería la respuesta de Klingenreiter a la pregunta de Felix de por qué lo había llevado precisamente a él. El tío abuelo y el sobrino pintaron una caja para un truco de magia, en la sala de producción de 900 m2 del aserradero familiar, rodeados de tableros, marcos, vigas y máquinas de madera, rodeados de los difuntos Klingenreitern convertidos en espíritus de astillas y serrín que escupían con ambición, como era propio en la familia.

—¿Freddie? ¿Puedo un momento…? —Era Thomas. Le hizo una señal con los papeles y se dirigió hacia el escenario sin esperar respuesta. Para entonces Klingenreiter ya se sentía bastante a gusto ahí arriba. También sentía los brazos más ligeros a medida que Thomas se acercaba. Por la manera de agarrar los papeles en la mano y la energía con la que se dirigía al escenario, seguro que quería hacer un anuncio.

¿Ahora? Klingenreiter sintió calor en el rostro, pero le salió un tono amable:

—Damas y caballeros, ¡tenemos nuestro voluntario! ¡Por favor, un aplauso para Thomas Klingenreiter!

Thomas no entendió que el aplauso era para él. En seguida estiró los brazos hacia delante, como si apartara algo pesado, y retrocedió.

—¿Eres un cobarde? —Klingenreiter no sabía si lo había dicho o lo había pensado. Le daba igual. Miró a Felix, que se había incorporado y se había apartado el pelo de la frente.

Durante hora y media, Halima, la primera dama de la magia, lo dio todo en el escenario. Durante cuarenta y cinco minutos Felix no dio muestras de qué le parecía. Estaba hundido en su asiento, con las manos en los bolsillos. Justo antes de la pausa el chico se hizo visible, por así decirlo, y se sentó como si tuviera columna vertebral.

Los artistas invitados de Halima, una pareja ucraniana, bailaron un número loco de cambios de trajes, el único requisito era tener una cabina telefónica. Al principio el hombre entró en la cabina con unos calzoncillos de Micky Mouse, y al cabo de un instante salió con traje. Así continuaron, bailando y cambiándose de ropa durante minutos.

Quickchange —susurró Klingenreiter—. Necesitas sobre todo un buen sastre.

Felix no pareció oírle, y se inclinó hacia delante.

El número terminó con grandes aplausos, el chico también aplaudió, y Klingenreiter aplaudió al chico.

En la pausa estuvieron en el foyer con un brezel y un refresco de cola, y Klingenreiter observó cómo Felix miraba a dos chicas de su edad.

—Dibujo cosas —dijo Felix, con la mirada aún fija en las chicas.

—¿Perdona?

—Querías saber qué me gusta hacer.

—¡Sí! Sí, eso quería saber. Eso está bien, me parece bien —dijo Klingenreiter, y se sintió estúpido.

—Me da igual lo que te parezca. No tiene que gustarle a nadie. A mí me gusta.

En el segundo acto bajaron la luz, desaparecieron los tonos cálidos y sonaron campanas. Halima salió al escenario vestida de negro. La sala estaba completamente a oscuras. El ambiente estaba impregnado del olor a iglesia los domingos.

Halima bailó sobre cuerdas negras, las hizo desaparecer, bailó en el aire despacio, como si estuviera afligida. Se metió en una jaula y salió como un hombre y un ratón, que subieron a una cama que ardió en llamas, y cuando las llamas se extinguieron salió Halima entre el humo. Se metió una espada en el esófago, caminó sobre puntas de dardos y recitó un poema entero de Edgar Allan Poe.

Como todo el que se toma algo en serio, quedó agotada, tenía el maquillaje corrido. El público aplaudió poco y aún así estaba atrapado en su hechizo. Halima no quería sorprender, quería la ilusión perfecta, tenía el semblante frío, casi crispado.

Klingenreiter lo entendió todo. Por qué ese giro, por qué cada posición. Cada construcción y cada final tenían una explicación mecánica, visual o artesanal. Sin embargo, él no disfrutaba con la explicación, sino con lo inexplicable: Halima no cometió ningún error, no tuvo ningún punto débil para que cada una de sus explicaciones al final no fuera más que una suposición.

Halima citó a los grandes magos, cuyas ilusiones y leyendas habían acompañado a Klingenreiter durante toda su vida. Podía huir con ellos cuando el despacho, la madera y la familia eran ya demasiado.

Halima citó a Houdini y atravesó una pared, mientras cantaba a dos voces en un idioma extranjero.

Citó a Hofzinser y transformó el escenario en un salón donde se servía té a los espectadores y caminaban cuervos entre ellos como sirvientes con librea. La maga como anfitriona: ahora susurraba una palabra, acariciaba una sien, ahora un juego de cartas en la mano, ahora un pañuelo, luego una paloma negra. Cuando el escenario volvió a pertenecerle sólo a ella, en los carritos de té, en la alfombra, había relojes, joyas, monederos, teléfonos. El público estalló de júbilo.

Antes de su última y mayor ilusión, un número de liberación, Halima buscó un ayudante. Miró hacia Klingenreiter, señaló detrás de él, negó con la cabeza y entonces se encontraron sus miradas, él señaló a Felix pero lo vio, y se sintió halagado de que lo hubiera escogido entre cientos de personas.

Ya estaba arriba, se inclinó ante la maga. Estallaron los aplausos, amainaron, las ayudantes de Halima lo rodearon como mariposas negras y sonó un clarinete.

El anciano pensó que sería bonita una muerte así.

Halima explicó a Klingenreiter qué esperaba de él, él no la escuchó pero sabía qué tenía que hacer, le interesaban los dedos de Halima, siempre en movimiento, ¿qué señal hacía y a quién? ¿A él?

En medio del escenario un complejo aparato enseñaba los dientes con cuchillas y llamas, con una cuerda colgada encima. Las mariposas entregaron a Klingenreiter una camisa de fuerza para que comprobara que funcionaba y él ayudó a Halima a ponérsela, a apretar las correas con todas sus fuerzas.

Tocó las mangas y en seguida descubrió el cordón con el que se soltaba el forro para tener más espacio. Él también lo sabía: la cuerda en llamas de la que Halima estaba a punto de colgarse tenía el interior de hierro, así que el fuego no la iba a abrasar, un técnico la separaría con un mando a distancia en cuanto Halima se hubiera liberado, no corría peligro.

¿Y si Klingenreiter se volviera y le explicara el truco a Felix? Klingenreiter se volvió, con la camisa de fuerza en las manos, Felix tenía el rostro hacia el parquet y Thomas dijo:

—Tengo que dar un aviso para los chicos del turno de mañana.

Por desgracia, lo de llamarle cobarde sólo se lo había imaginado. Entonces vio que Felix se acercaba a él. «Ahora me quitará el micrófono», pensó, «va a decir que yo soy el cobarde porque no me atrevo a hacer nada contra la insolencia de su padre, ni contra esa vida, contra ser durante toda la vida un payaso en el mejor de los casos».

Ferdinand Klingenreiter tenía el poder con la camisa de fuerza en las manos. La sala estaba a oscuras y a la espera.

—Es auténtica, pueden creerme —Una sonrisa de satisfacción—. Lo sé por propia experiencia —Se oyeron algunas risas. Devolvió la camisa a las mariposas, Halima le envió un beso con la mano, sus dedos le dieron las gracias y Klingenreiter se retiró. En la salida del escenario le esperaba Felix para ayudarle a bajar.

—Ya lo hago yo —Felix se colocó junto a su tío abuelo.

Klingenreiter tragó saliva.

—Damas y caballeros, ¡otro Klingenreiter! —Hizo un guiño a la sala—. Pero este es más valiente.

La gente aplaudió, Thomas regresó a su sitio, Felix susurró un nombre de chica en el micrófono y al cabo de unos segundos cuatro cantantes del coro salieron revoloteando de detrás del telón, de la edad de Felix, se colocaron en el borde del escenario y cuando él les hizo una señal empezaron a tararear un fragmento de Carmina Burana.

Freddie el Fantástico abrió su caja y enseñó al público que estaba vacía. Le pidió a su sobrino nieto que se metiera dentro. Tapó la caja con un pañuelo negro y levantó los brazos por encima de la cabeza como un director de orquesta, como un gran ilusionista.


*Copyright © 2016, Luchterhand Literaturverlag, München.

*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

 *Imagen: Liu Bolin.

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