search
leyendo ahora: La miel silvestre | Horacio Quiroga
search

Horacio Quiroga | del:español

La miel silvestre

Introducción de Ruth Fine

“La miel silvestre” es uno de los relatos que integran la colección "Cuentos de amor de locura y de muerte" del autor uruguayo, Horacio Quiroga (1878-1937), volumen publicado inicialmente en Buenos Aires, en 1917.
Horacio Quiroga, cuya vida estuvo signada por una sucesión de muertes trágicas que concluirán con el propio suicidio, puede ser estimado como el padre del cuento latinoamericano contemporáneo, precursor de los grandes cuentistas latinoamericanos del siglo XX, como Borges, Cortázar y Monterroso. Si bien Quiroga se inicia como autor del modernismo, lo abandonará rápidamente, prefiriendo lo misterioso e irracional, la profundización en los estados psicológicos frente a lo decadente o lo realista. Se convierte así en un representante paradigmático del llamado regionalismo americano, corriente que desestima el color local y el costumbrismo, como también los excesos del modernismo, para integrar al individuo en el paisaje americano sin caer en el sentimentalismo ni en el didactismo. Quiroga le otorga a la relación entre el hombre y la naturaleza sus exactos términos americanos, captando la ciega fuerza de la naturaleza y la desesperada derrota del hombre en ese medio sobrecogedor. No obstante, ello no implica una ausencia de compasión y aun ternura hacia ese hombre, abrumado por las fuerzas naturales superiores y únicamente capaz de efímeras victorias.
Además del manejo magistral de la condensación narrativa, despojada de retóricas y en muchos casos ciñéndose a la perspectiva de los personajes, sus relatos se destacan por el cuidadoso manejo del tiempo interior, como en el caso del desenlace de “La miel silvestre”. Quiroga no embellece a sus personajes ni a la muerte. Contrariamente, vehiculiza un pudor expresivo, sin exceso de adjetivación ni sentimentalismo, que lo lleva a sugerir el horror en vez de decirlo. Concibe así a la muerte desnuda de tabúes, mitos, y creencias. La muerte es, en Quiroga, una alegoría de lo incierto de la vida, la lucha perpetua del hombre contra el destino.
Como muchos de sus cuentos, “La miel silvestre” narra una muerte accidental y trágica, que sorprende al protagonista –en este caso un hombre de la ciudad, ignorante en su soberbia de los secretos peligros de la selva misionera. Como en toda su narrativa, también en este relato el lejano territorio de la selva misionera o del monte chaqueño constituyen una amenaza de muerte para el protagonista, incapaz de decodificarlos.

Asimismo, en “La miel silvestre”, como en otros de sus cuentos, el despliegue de humorismo pasa, casi sin transición, a la soledad ante la muerte y al horror. Y es allí donde emerge la gran ironía de muchos de sus relatos, inscripta también en éste, a partir de la cual en lo aparentemente familiar e inocente, incluso en lo banal –como en la gula–, acecha lo imprevisto, para recordarnos así con maestría narrativa nuestra pobre fragilidad, nuestra condición de seres-para-la-muerte.

 

Leer más

Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus peligros como encanto.

Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes les buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores –iniciados también en Julio Verne– sabían aun andar en dos pies y recordaban el habla.

Acaso, sin embargo, la aventura de los dos robinsones fuera más formal, a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a tal extremo arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus strom-boot.

Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No que su temperamento fuera ese, pues antes bien era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara uniformemente rosada, en razón de gran bienestar. En consecuencia, lo suficientemente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso, cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos strom-boot.

Apenas salido de Corrientes, había calzado sus botas fuertes, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.

De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo este que contener el desenfado de su ahijado.

–¿A dónde vas ahora? –le había preguntado sorprendido.

–Al monte; quiero recorrerlo un poco –repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro.

–¡Pero infeliz! no vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres… O mejor, deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón.

Benincasa renunció. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.

Psst, you might also like:
La canción que cantábamos todos los días

Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.

Llegaron estas a la segunda noche –aunque de un carácter singular.

Dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.

–¡Eh, dormilón! levántate que te van a comer vivo.

Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.

–¿Qué hay, qué hay? –preguntó, echándose al suelo.

–Nada…, cuidado con los pies; la corrección.

Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen, y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en el lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.

No resisten sin embargo a la creolina o droga similar, y como en el obraje abundaba aquella, antes de una hora quedó libre de la corrección.

Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de la mordedura.

–Pican muy fuerte, realmente –dijo sorprendido, levantando la cabeza a su padrino.

Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.

Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal expediente le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas, todo en uno.

Psst, you might also like:
Los trenes que van a Madrás

El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión –exacta por lo demás– de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical, no hay más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía, cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela, y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo.

–Esto es miel –se dijo el contador público con íntima gula–. Deben de ser bolitas de cera, llenas de miel…

Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después de un momento de desencanto, pensó en el fuego: levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarificó en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!

En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!

Benincasa, una vez bien seguro de que solo cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.

Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que prolongara la suspensión y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.

Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.

Psst, you might also like:
Muerte del canguro

–Qué curioso mareo… –pensó el contador– y lo peor es…

Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. ¡Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.

–¡Es muy raro, muy raro, muy raro! –se repitió estúpidamente Benincasa, sin escrudiñar sin embargo el motivo de esa rareza–. Como si tuviera hormigas…, la corrección –concluyó.

Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.

–¡Debe de ser la miel!… ¡Es venenosa!… ¡Estoy envenenado!

Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había podido ni aún moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.

–¡Voy a morir ahora!… ¡De aquí a un rato voy a morir!… ¡Ya no puedo mover la mano!…

En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.

–¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!…

Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia, la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo…

Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo el calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían.

Su padrino halló por fin dos días después, sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.

No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición –tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir Benincasa.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty

Send this to a friend

Hi, this may be interesting you: La miel silvestre! This is the link: http://www.shortstoryproject.com/es/la-miel-silvestre/