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leyendo ahora: La mujer de Georges | Véronique Bizot
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Véronique Bizot | del:francés

La mujer de Georges

Traducción : Martín Schifino

Introducción de Myriam Anderson

Como un ave rapaz que asedia a su presa, el relato “La esposa de George” persigue un misterio, una ausencia, poniendo así en escena una pespectiva perturbadora sobre un acontecimiento trágico: el crimen perfecto. Es un caso de no-asistencia a una persona que se halla en situación de peligro –el deber de asistencia, según la definición legal (por cierto, una de las infracciones a la ley más comunes)–, y uno no necesita mucho más que esto para comprender que se trata de una situación existencial que emerge de un relato policial burlesco. El relato contiene, al mismo tiempo, un leve componente de sátira social –como ocurre frecuentemente en los textos de Véronique Bizot–, suscitando así la impresión de una escritura que está ocultando la discusión sobre un tema diferente. La intención es hacer trampa, engañar (¿a la banalidad?, ¿al lector?, ¿a ella misma?): distraer, o desviar la atención. En Bizot, todo surge de esa distracción; sin embargo, al observar con mayor detenimiento, descubriremos que esta distracción es esencial. Desde la mirada inquisidora, neutral, de un vecino paralizado en su silla de ruedas, observamos la imagen de un hombre que limpia obsesivamente su piscina, la misma piscina en la que su esposa halló la muerte. Bizot, con su tendencia a escribir oraciones que parecen deslizarse sobre una cuerda floja, mantiene un delicado balance en su escritura: sigilosidad a punto de sucumbir, aceleraciones y gestos interrumpidos. El humor de Bizot puede hallarse incluso en la puntuación, en los giros y quiebres de las frases, que oscilan entre una danza y una batalla, emergiendo así una escritura semejante a un combate de boxeo. Un universo que ofrece una convergencia peculiar en la que la oscuridad es luz, a veces impiadosa y otras veces reconfortante. Un “chaser” de transparencia (en francés, no existe una palabra que designe a ese trago o sorbo de bebida alcohólica que ayuda a digerir el trago anterior, pero “chaser” es la palabra necesaria). Pues bien, ¡salud!.

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Desde mi terraza puedo ver a Georges al borde de la piscina, unos treinta metros colina abajo. Nos separa un montecito, que cubre una cuesta de tierra roja y agrietada, bordeado a ambos lados por muros de piedra seca. Georges está en bañador y sandalias y lleva puestas unas gafas de sol de los años setenta, sobre las cuales sé, porque las compramos juntos, que le tapan la parte superior de las mejillas, como dos grandes gotas de agua a puntos de soltarse, y que no le quedan bien. La piscina tiene la forma de una alubia y recuerda la de esas gafas. Si bien todas las mañanas sale a analizar el pH del agua y pasa un buen rato un bichero por la superficie para sacar la suciedad, Georges no se mete en el agua nunca, ni lo hace de hecho nadie, a excepción de las avispas. Las avispas lo ponen nervioso: para librarse de ellas lo ha intentado casi todo en materia de trampas, pero se siguen amontonando en el borde de la piscina. A veces lo veo aplastar una con el pie e ir a limpiarse la suela en la hierba rala del jardín. Ya nunca alza la vista en dirección a mi terraza, de manera que puedo observarlo todo lo que me dé la gana mientras se ocupa de la piscina; todas las mañanas el mismo ritual. A menudo me adormezco bajo la sombrilla, hasta que Louis me trae el almuerzo con el correo y dos periódicos. Después hago algunas llamadas telefónicas rápidas e impersonales. A esa hora, Georges ya ha abandonado la piscina para, imagino, entrar en la casa, de la que solo veo una punta del techo. De ese lado del panorama, unos árboles bastante altos me tapan la vista que podría tener de la terraza de Georges, unas cuantas baldosas feas y rústicas cubiertas por un toldo de rayas naranja con bordes grisáceos, bajo el que lo imagino sentado e inmóvil como yo. A lo mejor se ha puesto una camisa y servido una copa de algo: ignoro si ha renunciado por completo al alcohol. Nuestras respectivas casas son las más bajas y modestas de la propiedad, edificadas en los años cincuenta, la una y la otra bastante feas, aunque la de Georges es especialmente fea: todos sus intentos por mejorarla solo han empeorado las cosas, y no es raro que algún visitante desorientado se acerque a llamar a su puerta, convencido de que están llamando a la puerta de un guardián.

Bajo el sol de mediodía, la piscina de Georges es una mancha centellante que no volverá a ponerse azul hasta bien entrada la tarde. También centellea el enorme cartel rojo del supermercado Champion, que ahora cuenta entre sus clientes con los residentes más influyentes de la colina, los mismos que en un principio se movilizaron vigorosamente para que lo echaran abajo. Según tengo entendido, la carne de Champion, en especial la ternera de Champion, es notable, y el carnicero del Champion sabe de una mirada con quién está tratando. Por aquí, siempre que hay una cena se sirve ternera de Champion, cocida en todo tipo de salsas y con fama de ser tan tierna que ya casi nadie se ofusca por el cartel, que, iluminado día y noche, se ve desde todas las terrazas, incluida la de los Klausen, la más alta de todas, donde, vencida por la insistencia de Susi Klausen, que no ha dejado de llamarme desde junio, acabé por cenar anoche. Ayer al caer la noche, después de resistir durante más de un mes a sus peticiones, me infligí la casa de los Klausen, el champán de los Klausen y la conversación de los Klausen; y, mientras Louis me llevaba hasta allí, pensé en lo que me esperaba: Rolf Klausen vestido de yachtsman, apoyado en la barandilla de su balcón como en el antepecho de un buque, Susi Klausen saliendo como un bólido para despedir a Louis con un gesto, tomar el manillar de mi silla de ruedas y, con la destreza de la enfermera que fue antes de echarle mano a Rolf Klausen, hacerla girar en dirección del rectángulo de césped dedicado a los aperitivos. Allí, bajo la luz de los spots diminutos, habría una mezcla de especies botánicas, esculturas e invitados que daban fe de cómo emplea Susi Klausen los millones de Rolf Klausen, quien, invariablemente amable, haría alarde de una bonhomía forzada, mientras esperara el momento de poder ir a acostarse. Y ayer me encontré estrechando la mano de Rolf Klausen, como si estrechase la mano del buen hombre alborozado que parecía, sin ignorar en absoluto que estrechaba la mano de un canalla. Al estrechar la mano de Rolf Kaufman primero y de los invitados después, no dejaba de oír la voz de Georges, una voz que echo de menos, afirmando que en esta colina son todos una pandilla de canallas especuladores. En cada una de las casas de la colina, decía Georges cuando éramos amigos, hay un criminal especulador que ha vivido en toda legalidad su existencia de criminal, enteramente dedicada a la especulación. Y el dinero que eso les ha reportado está en las fundaciones de arte y las galerías de arte y los museos de todo mundo que lo reciclan; allí donde hay arte, decía Georges, hay un canalla que se compra mediante el arte una conciencia artística, aun cuando no entienda nada de arte o cuando el arte le dé fastidio, pues desde luego ha comprendido y evaluado el beneficio en materia de respetabilidad que puede reportarle del arte. Cuando los Klausen se instalaron en la colina, Georges era crítico de arte, y fue en calidad de crítico de arte que lo invitaron a cenar los Klausen, una sola vez, después de lo cual los Klausen no quisieron saber nada de Georges: bien porque ejerció sus facultades críticas ante las pinturas con que los Klausen cubrieron las paredes de su casa nueva, bien porque pasó alegremente delante de ellas sin decir palabra, o bien porque le levantó la falta a Susi Klausen en el momento en el que ella le pasaba un plato con bocaditos, lo cierto es que de un modo u otro Georges se las arregló para que no volvieran a invitarlo.  

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Y mientras Susi Klausen, después de orientar el respaldo de mi silla hacia un estanque que proyectaba su humedad sobre mis riñones, contaba el robo del que habían sido víctimas esa misma tarde —un pequeño bronce del renacimiento que estaba en el salón cuando ella había bajado de la primera planta a las cinco y media en punto para ir a la cocina, pero había desaparecido cuando salió unos diez minutos más tarde— pensé que yo no había tenido la suerte de terminar con las invitaciones de los Klausen. Habría sido muy fácil, decía Susi Klausen, descolgar también tal o cual cuadro de las paredes del salón, porque obviamente el sistema de alarma al que estaba conectado cada uno de ellos no se activaba durante el día. Pero, desdeñando los cuadros, solo se habían llevado el pequeño bronce del renacimiento, así como un mechero de mesa que estaba a su lado, por lo que la policía se inclinaba a pensar que se trataba de un robo de aficionados, el primero de la temporada, según ellos. En ese momento, cuando cada uno de los invitados, fingiendo interesarse en el robo de los Klausen, sin duda empezaba a inquietarse por su propia casa y las puertas y ventanas que acaso habían olvidado de cerrar con llave, Susi Klausen declaró, espero que todos hayan sido precavidos, pero, vamos a ver, dijo con calma Rolf Klausen, a fin de cuentas, aquí tenemos buena vigilancia, pues para muestra un botón, replicó Susi Klausen de manera cortante. No me lo van a creer, agregó, pero lo que más extraño es el mechero, lo utilizábamos desde hace años, un mechero de mesa que funciona más de veinticuatro horas seguidas, todos sabemos que no tiene precio. La mujer que estaba sentada a mi lado se volvió hacia mí, me miró con la cabeza ligeramente ladeada y una vez más debí aceptar la extraña atracción que ejerce en estas personas la silla en la que me desplazo desde hace menos de un año, cuando salí eyectada del coche de Georges. La mujer había apoyado la mano en la rueda de la silla y la acariciaba lentamente con el dedo índice, etc. Su marido, o al menos quien al cabo juzgué su marido, era sumamente viejo. Debía se ser el famoso filósofo ginebrino cuya presencia me había mencionado Susi Klausen. La mujer, unos treinta años más joven, tenía el cabello esponjoso, un poco pelirrojo, un vestido escotado y flojo, y hablaba aprisa, con la alegría falsa de los melancólicos: habían alquilado por el verano una de las casas de la colina, probablemente la única de todas que no tenía piscina, declaró la mujer con una sonrisa, y yo no la saqué de su error, si bien yo nunca he tenido piscina, siempre me las he arreglado con la piscina de George, pero ¿qué esperamos para pasar a la mesa?   

Observé a los invitados silenciosos de los Klausen —éramos catorce— que formaban un pequeño racimo confuso en la noche, iluminado aquí y allá por los spots de jardín, entre los que destacaban Rolf y Susi Klausen, así como el filósofo viejo y su mujer demasiado joven, dos parejas a las que podía imaginarme en la intimidad a la hora en que tocara a su fin aquella cena, la ceremonia muda de acostarse en el silencio de las habitaciones, los somníferos que se tragaban, la amargura de Susi Klausen al ponerse tapones en los oídos, la solicitud impotentes del filósofo viejo, las lámparas apagadas sin que se hiciera el menor intento de acercamiento, una vez que habían pasado de la desafección al rechazo, del desencanto al odio. Mi vecina, aunque seguía inclinada hacia mí, se había callado, no me había preguntado nada sobre la silla de ruedas, sin duda informada por Susi Klausen sobre el accidente espantoso, sin ignorar tampoco la manea en la que, hace un año, Georges, completamente borracho, había acabado empotrando el coche contra el guardarraíl de la carretera que da al mar, y cómo había salido totalmente ileso, mientras que yo, proyectada a través del parabrisas, había iniciado un vuelo libre sobre aquel mismo guardarraíl. Es Susi Klausen quien, al mencionar el accidente, emplea el término de vuelo libre, una acrobacia que yo no recuerdo haber realizado, ningún testigo ha confirmado y, por el modo en que ella la describe, me causa en cada ocasión el efecto medio burlesco de un plano cinematográfico que se rebobina y se vuelve a pasar eternamente en cámara rápida. Supe después que no me dieron muchas esperanzas de vida al recogerme al otro lado del guardarraíl, tirada entre dos vides, pero las cosas son lo que son y aquí sigo, comportándome como una inválida razonable, dotada de un equipo excelente y armada del fatalismo necesario. Sin embargo, Georges no es otra cosa que mi asesino a ojos de Susi Klausen, a quien le reconozco que vino a verme a diario al hospital, recuperando de inmediato sus reflejos de enfermera, hasta el punto de que se encargó ella misma del tema delicado de anunciarme con qué partes del cuerpo podía seguir contando. Pero, por más que Susi Klausen sin duda me resultó de mucho valor en el marco del hospital, en el marco actual Susi Klausen me resulta insoportable, por un lado una excelente exenfermera, por el otro una compañía absurda a la que me he esforzado, desde que regresé a casa, de tener lejos. Mi ingratitud ante Susi Klausen es inigualable en la descortesía que demuestro al mandarla a paseo cada vez que me llama por teléfono, es decir, al menos dos veces por semana, cuando no le encargo a Louis que se libre de ella. Louis me lo proporcionó Susi Klausen cuando salí del hospital; el día en que regresé a casa me esperaba en la puerta Louis, un tipo alto y flaco con pinta sombría, impasible, a quien desde entonces nada le ha hecho perder el aplomo. A ojos de Susi Klausen, Georges no es solo mi asesino, sino además el de su mujer. La mujer de Georges murió el verano pasado, en la piscina de Georges, algunas semanas después de mi regreso del hospital, sin que haya podido establecerse si se había metido para bañarse o para ahogarse. Nadie de aquí la conocía muy bien —era italiana, la boda había tenido lugar seis meses antes en Italia—, pero Susi Klausen, como da a entender claramente, tiene motivos de sobra para pensar que Georges, de un modo u otro, es responsable de la muerte de su mujer, de quien se ha averiguado que nunca se bañaba en la piscina, siempre en el mar. Excelente nadadora, precisa Susi Klausen. Casada, para su desdicha, con ese ser destructor, que solo ha podido, afirma, llevarla hasta el límite, destruirla como destruye todo. Yo la dejo hablar, por más que sepa lo mucho que se querían y lo inconsolable que está ahora Georges, mientras hace todas las mañanas los mismos gestos ridículos en torno a la piscina. A Georges le retiraron el permiso de conducir (Georges está impedido de conducir de por vida como yo estoy impedida de caminar de por vida), de manera que le resulta muy difícil ir a visitar la tumba de su mujer, sepultada en la cripta italiana de su familia. Por un tiempo pensé que Georges iría a instalarse allá, cerca de la tumba de su mujer, pero no, se ha quedado aquí, cerca de la piscina en la que la encontró y de la que la sacó él mismo, y de la que se ocupa día a día bajo mi mirada, con una diligencia espantosa, sin poder ignorar, por más que nunca levante la vista, que lo observo desde mi terraza. Ese hombre no es otra cosa que un criminal, repite Susi Klausen y, por el movimiento del brazo con el que acompaña sus palabras, no se me escapa que estas engloban no solo la silla de ruedas y la piscina en la que apareció su mujer, sino también los cuadros y las esculturas con que ella ha llenado su casa, la famosa colección Klausen, a la que sin duda Georges, la única vez que lo invitaron, solo le echó un vistazo distraído, si no pasó delante sin verla. El crimen más grande de Georges fue no haber admirado y por lo tanto validado, según las expectativas de Susi Klausen, la supuestamente audaz colección Klausen, un revoltijo de bagatelas, por cuanto se limitó a comentarme más tarde el propio Georges. Solo una tela muy pequeña, colgada al pie de la escalera en un rincón, despertó vagamente su interés, una obra que Susi Klausen, precisamente, le dijo haber comprado en un rapto de inconsciencia y en la que le suplicó que no se fijara. Por lo demás, es evidente, a decir de Georges, que todos los vendedores de arte del planeta se aprovecharon de los Klausen, incapaces de albergar el menor sentimiento artístico. Que echen en falta cultura artística a Georges poco le importa, pero semejante falta de sensibilidad, no. Compraron lo más insignificante que se hace hoy en día, lo más vulgar y lo más caro, me dijo Georges de los Klausen. Los artistas me dan pena, dijo, por mediocres que sean, cuando están obligados a frecuentar a estos individuos, los Klausen que conocemos y todos los demás Klausen, incapaces de comportarse delante de un artista sino de manera insultante, porque al ver sus obras no piensan ni siente nada que no esté dictado por la vanidad o la falta de sensibilidad. Muchas personas, y no solo idiotas, viene todos los veranos para admirar la colección Klausen y las últimas adquisiciones de los Klausen, pero lo que en realidad les fascina son los millones de los Klausen, en cuya otra casa, a la que se retiran a comienzos del otoño para pasar, según Susi Klausen, el invierno como ermitaños, bien se sabe que no hay una sola obra de arte similar a las que exponen aquí. El invierno, los Klausen lo pasan en una casa antigua de varios siglos, en medio de los valores seguros de lo antiguo; lo pasan, como le ha oído Georges decir a Susi Klausen, rodeados de sus apacibles antigüedades.

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¿Y qué es de su amigo Georges?, me preguntó en voz alta Rolf Klausen, después de cruzar el césped con una botella en la mano y acercárseme, un poco demasiado, hasta que tuve a la altura de mis ojos los botones de su chaqueta, relucientes como dos ojos exorbitados. Me pareció que vacilaba un poco. Un tipo bastante divertido, si no recuerdo mal, me dijo. Vi a Susi Klausen dirigirse derecha a mí con su vestido multicolor, para apartar a su marido con un gesto brusco y, haciendo tintinear las pulseras, volver a agarrar los puños de la silla, después de lo cual los invitados se levantaron y fuimos la terraza donde estaba preparada la mesa para la cena, con las sillas ligeramente más espaciadas en el sitio que se me había asignado, entre la mujer del filósofo viejo y la hermana de Susi Klausen, Laure, según se presentó sin más, desplegando una servilleta con su manos delgadas. Hasta ese momento no me había fijado en ella, y enseguida me pregunté cómo podía ser la hermana de Susi Klausen, al tiempo que notaba que la esposa del filósofo viejo sentada a mi derecha —luego venía Rolf Klausen— llevaba un perfume sumamente empalagoso que, cada vez que movía el tenedor o agarraba su copa, se difundía hacia mí, quitándome las ganas de comer. La hermana de Susi Klausen tampoco parecía tener mucho apetito, y cuando se lo hice notar sonrió y me dijo que en efecto no, quizá porque había preparado ella misma esa parte de la comida, de manera que hice el esfuerzo por tragarme todo lo que había en mi plato. El cabello de Laure era sumamente lacio y sedoso y le caía sobre la cara de una manera enternecedora sin que ella le prestara atención, contrariamente a la mujer del filósofo viejo que no dejaba de sacudir y zarandear el suyo y a la que le volví decididamente la espalda para orientarme hacia Laure, con un movimiento resuelto que al parecer la desconcertó un poco. Enfrente de ella, desplomado en una silla, el filósofo viejo, con los ojos saltones y una barba corta apelmazada que le comía las mejillas, observaba un punto del mantel con una mirada carente de expresión, como dormitando. Nos trajeron otros platos y Laure me preguntó cortésmente si vivía allí todo el año. Le respondí en el mismo tono que sí y agregué que me había instalado allí hacía tiempo, mucho antes de que se construyeran todas las demás casas. Un lugar aterrador, tronó el filósofo viejo bruscamente, recién salido de su ensimismamiento. Y tenedor en mano golpeó la mesa. Alguien se rio un instante y luego las conservaciones se reanudaron. No sabía que Susi tenía una hermana, le dije a Laure. Nos vemos poco, dijo, vivo en el extranjero, en Bombay, de momento en Bombay. En Bombay, dije. Sí, dijo. Lejos, pensé. ¿Conoce la India?, me preguntó Laure. No, dije, imaginándome de pronto recorriendo las calles de Bombay, llenas de tullidos, siempre he sido bastante sedentaria. Sonreí. Ha tenido usted un año difícil, me dijo Laure. Me voy acostumbrando, dije, lo que era casi cierto. Con los meses, había llegado a pensar que, en el fondo, el accidente no me había cambiado demasiado la vida; nunca había vivido realmente a lo grande, le dije a Laure, me encantaba la soledad, cierto silencio a mi alrededor y, cuando me hartaba de estar sola, tenía a Georges, le dije, me bastaba con hacer unos pocos metros y estaba en casa de Georges, no sé por qué le cuento a usted todo esto. Echarlo todo abajo, berreó súbitamente el filósofo viejo clavándole los ojos redondos a Laure. ¿Georges?, retomó Laure. El que iba al volante. Laure agachó la cabeza lentamente y pensé que a lo mejor creía que había muerto, como lo había creído yo al despertar en el hospital, hasta que Georges entró en la habitación, con su mujer, y se quedaron los dos al lado de mi cama tomados de la mano. Durante semanas, le habría podido decir a Laure, vi a Georges y a su mujer entrar en mi habitación y quedarse tomados de la mano al lado de la cama, y, cuando pude acercarme a la ventana, pude ver el brazo de Georges sobre los hombros de su mujer, mientras iban juntos al coche aparcado en el estacionamiento del hospital. Una vez, habría podido decirle a Laure, la mujer de Georges vino de visita sola. Yo no estaba en un buen día y me dio miedo de que viniera para hablarme del accidente, lo que habría sido completamente inútil, pero ella solo había venido, me dijo, para sentarse un momento conmigo, porque como era obvio siempre pensaban en mí y, añadió con una gran naturalidad, había tenido necesidad de venir, había venido por ella. Le dije admitamos, después, un poco más tarde, que me gustaba mucho su sonrisa, y pensé que, si en el futuro había otros momentos como aquel, a lo mejor la cosa funcionaba, al final. Y hubo algunos, si bien nunca idénticos a aquel, porque la mujer de Georges se ahogó, una mañana en que yo estaba en mi terraza y Louis en alguna parte a mis espaldas, ocupado en podar unos macetas, y me hubiera bastado con llamarlo cuando la vi de pronto, justo después de que me hiciera gesto con la mano, vacilar al borde de la piscina que estaba regando, sin duda para ahuyentar a las avispas y, como sorprendida, soltar la manguera y caerse lentamente al agua, con las gafas de sol puestas. Sin moverme de mi silla, me quedé mirando a la mujer de Georges hundirse, con el único ruido de fondo de las tijeras de Louis, y cuando el ruido se interrumpió y Louis soltó las tijeras y echó a correr, alertado por los alaridos de Georges, yo ya no podía ver nada por haber mirado la superficie centellante de la piscina. Recuerdo el cuerpo tendido en el borde, le habría podido decir también a Laure, la cara estupefacta que Georges, de rodillas, levantó para mirarme, el silencio extraordinario de ese momento. Usted se había dormido, me dijo Louis más tarde, con un tono que no admitía ninguna otra versión. Y ahora que servían el postre en la mesa de los Klausen, pensé en que Louis pronto iría a buscarme, que me llevaría de vuelta a casa y me ayudaría a acostarme, luego me oí preguntarle a Laure, cuya respuesta no escuché, cuánto tiempo tenía previsto quedarse.

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