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La mujer del capataz

Selva Almada | del: español

Introducción de María Fernanda Ampuero

La pasión es un hongo. Empieza a alojarse en los pulmones, en los ojos, en el pulso. Las palabras infestación, dominio, servidumbre, enfermedad, no aparecen hasta que la plaga se ha extendido demasiado para eliminarla con el irrisorio ejercicio de la voluntad humana. Selva Almada escribe un cuento sobre desear a la mujer del otro, ese pecado viejo e intolerablemente actual: quiero lo que no es mío. Y más: quiero lo que es tuyo. Y, en medio, una mujer que no es propiedad de nadie –aunque así se la piense– de la que ninguno sabe sus pensamientos ni sus deseos. Entonces, ¿quién es la mujer del capataz? ¿Qué piensa ella de esos hombres que la desean y de cómo ven al género femenino? Un cuento con ramificaciones infinitas sobre la hipermasculinización y el lugar que ocupan las mujeres en ese universo. Y, además, un cuento que no puedes dejar de leer hasta el final. 

 

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Sentados uno a cada lado de la cama matrimonial, Jana Rietter y yo velamos al herido. La luz amarilla de la lámpara a querosén le da un aspecto fantasmal a la habitación. Pese a los grandes ventanales de la casa abiertos de par en par, el calor sigue siendo insoportable en la medianoche. Siento la camisa empapada de sudor en la espalda y el pecho.

De a ratos, Rietter se mueve, dice cosas ininteligibles con voz pastosa y gutural, como si las palabras salieran del fondo de un pozo. Entonces ella se inclina un poco sobre él y le pone un paño recién humedecido en la frente. Eso lo calma.

La penumbra me permite mirarla sin quedar en evidencia.

Jana tiene cara de pájaro: ojos pequeños, redondos, un poco separados entre sí, brillantes; boca chica y labios finos; cuello largo. De haber sido un pájaro no hubiera sido uno demasiado bello, el color de su pelo es de un amarillo apagado y tiene la voz un poco ronca. En cambio, como mujer es bonita. Con una belleza un tanto excéntrica, es cierto: hay que acostumbrarse a verla para encontrarla linda. Seguramente porque es muy distinta a las mujeres de por acá.

La primera vez que la vi me resultó indiferente y recuerdo que me alegré de que fuera así: pensé que era mejor para ella, para el marido y para todos. Una mujer apetitosa en un ambiente puramente masculino a la larga sólo trae disgustos.

De tanto en tanto ella me mira y sonríe. Supongo que es su manera de agradecerme que permanezca a su lado. O al de su esposo.

Debajo de las vendas sucias de sangre y permanganato, a la altura del muslo, la pierna de Rietter es un amasijo de carne y tejidos rotos. Debe dolerle mucho. Si no se hubiese tomado una botella entera de whisky, estaría en un solo grito. Sin embargo, no nos ha permitido llamar al médico. No hay que armar tanto alboroto, dijo.

El alemán Rietter llegó con su esposa hace poco menos de un año para ocupar el puesto de capataz de la maderera. El anterior tuvo un accidente con una de las máquinas. Llevo la contabilidad y manejo a los obreros. Soy la mano derecha de Rietter como lo fui del otro. Fui quien los recibió y los ayudó a acomodarse en la casa que la empresa destina a los capataces. La única casa, pues el resto de los empleados vivimos en unas barracas precarias hechas con madera.

Rietter simpatizó de inmediato conmigo. No se lleva bien con los obreros, los desprecia, y está agradecido de tenerme como mediador.

Usted me evita tener que entenderme con ellos, me ha dicho más de una vez: ¿Se da cuenta de que esa gente siempre mira de reojo? No me gusta. No me gusta. Parece que mientras uno les habla, tramaran algo en contra de uno.

Pese a la simpatía que siente por mí, su actitud deja bien claro que no soy como él: de serlo, uno de los dos estaría de más aquí. Aunque, a sus ojos, y creo que esto es lo que más aprecia, yo no soy como ellos.

Quizá como muestra de agradecimiento o porque soy la única persona con la que tiene trato aquí, a poco de su llegada me invitó a cenar a su casa y desde entonces no he dejado de comer una sola noche con ellos .

Durante esas veladas hablamos de trabajo, de política y de otras cosas. El capataz es un gran conversador y siempre encuentra tema. Las referencias que hace a su pasado son vagas y nunca da precisiones acerca de los motivos que lo trajeron a trabajar aquí. Sin embargo, de sus comentarios se desprende que toda su vida transcurrió en grandes ciudades. Quizá manejó una fábrica en algún momento.

A Jana Rietter le llevó un par de meses acostumbrarse a mi presencia en su mesa. Es una mujer sumamente tímida. Aunque desde el principio me trató con amabilidad, alguna vez pensé que le molestaba tenerme de comensal todos los días, que lo veía como una intromisión y hasta un abuso de su hospitalidad. Se lo comenté al alemán y él hizo un gesto con la mano como espantando mis temores. Claro que no, dijo, usted le agrada, pero le cuesta hacerse a las caras nuevas: verá que terminan siendo buenos amigos.

Si bien no sucedió exactamente así, ella, de a poco, fue incorporándose a nuestras charlas.

Luego de la cena, nos sentábamos los tres en el porche a tomar una botella más de vino. A veces permanecíamos largo rato en silencio escuchando los sonidos del monte, oscuro, compacto, recortado contra el cielo plagado de estrellas. Alguna noche, de reojo, advertía la mano de Rietter acariciando la pantorrilla desnuda de su esposa; entonces me daba cuenta de que había llegado la hora de retirarme.

Solo, en la oscuridad de mi barraca, fumaba un último cigarrillo y me dormía pensando en el momento de intimidad que sobrevendría con mi partida y de cuyo prolegómeno acababa de ser testigo. El fragmento de piel lechosa de Jana descolgándose de los bajos de su vestido se repetía en mi cabeza hasta que me ganaba el sueño.

En medio del sopor en que se encuentra, Rietter da un manotazo en el aire y trata de arrancarse las vendas. Le sostengo con fuerza el brazo derecho unos instantes hasta que retorna a su inmovilidad. Jana me mira, alarmada, y le sonrío para tranquilizarla.

Miro la hora. Es apenas la una de la mañana. En una noche común y corriente, Rietter y yo estaríamos entrando a El Descanso, el prostíbulo distante unos seis kilómetros.

Cierta vez, haría dos o tres meses que nos conocíamos, me preguntó si yo frecuentaba el lugar. Le dije que sí. Por un momento temí que un hombre dichosamente casado como él pudiese reprobarlo, pero después de todo soy un hombre solo y no le debo explicaciones a nadie. En cambio, se le iluminó la cara: me gustaría acompañarlo, dijo. Claro, respondí, una noche de estas… ¿Y por qué no esta noche?, interrumpió.

En ese momento, su mujer ponía orden en la cocina y no pude evitar mirar en esa dirección. Ah, por Jana no se preocupe, dijo.

Por alguna razón me sentí verdaderamente fastidiado. Hoy no puedo, le dije. Está bien, dijo, lo dejamos para mañana. ¿Usted sabe manejar?  Respondí que sí. Perfecto, dijo.

Ahora creo que mi enojo de esa noche tenía que ver con que había empezado a interesarme por Jana. En el fondo habré pensado que Rietter le estaba jugando muy sucio, que si yo tuviera una esposa como ella jamás se me ocurriría traicionarla con una puta. Tal vez, esa misma noche, empecé a mirar a la mujer del capataz con otros ojos.

Al otro día, como si estuviese franqueándonos la salida, Jana, apenas terminamos de cenar, se excusó diciendo que estaba muy cansada y se retiró al dormitorio luego de levantar la mesa.

Entonces Rietter y yo nos pusimos en marcha. Mientras conducía el auto por el camino desparejo, pensé que el alemán estaba de suerte esa noche: la temprana partida de Jana nos había ahorrado la excusa que yo mismo había estado inventando toda la tarde como si fuera quien estaba en falta. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que la de esa noche no había sido una simple casualidad. Un par de veces a la semana se repetía la situación: Jana pretextando fatiga y nosotros libres para irnos a El Descanso.

Por supuesto, nunca me atreví a preguntarle cómo manejaba el asunto con su esposa. Al principio me sentía muy incómodo frente a ella, como si estuviese robándole al marido para dejarlo en los brazos de otras mujeres. Pero nada parecía haber cambiado entre ellos. Ni en Jana con respecto a mí: era la misma amable anfitriona de siempre.

No sólo a Rietter lo volvían loco las putas sino que ellas estaban fascinadas con él. Más de una vez el patrón del boliche tenía que intervenir y obligarlas a ir con otros clientes. Por ellas, podían estar toda la noche revoloteando a la vuelta del alemán, disputándose el honor de revolcarse con él en los cuartitos. Esto causaba bastante malestar entre el resto de los hombres y a menudo derivaba en episodios de violencia contra las mujeres. Nadie se hubiera animado a meterse con Rietter.

Jana sale sigilosamente de la habitación. Paso despacio la palma de mi mano por las sábanas. Sobre esta misma cama, Rietter la tiene cada vez que se le antoja. Acostado tal como está, montada en sus caderas, desnuda y sudorosa, con los pechos zangoloteándole por los vaivenes del coito.

En la oscuridad, el cuerpo blanco de Jana debe resplandecer como el de esos pequeños invertebrados que habitan lo profundo de los mares.

Durante los últimos meses llevé a diario a Rietter al prostíbulo. Hasta le presté plata. Pensaba que si se saciaba con las mujeres, después no querría tocar a su esposa. Al mismo tiempo esperaba que ella se hartara de sus escapadas. Quizá que me confiara su desconsuelo. No se me ocurrió pensar algo por demás lógico: si yo acompañaba a Rietter cada noche, a los ojos de Jana no debía ser mejor que él.

Contra mis expectativas, el matrimonio Rietter parecía marchar mejor que nunca. Aunque eran muy reservados y poco demostrativos, era evidente que no estaban montando una escena para mí, el único espectador de su vida doméstica: realmente se llevaban bien.

Esto me llenaba de rabia contra ella. Solo en mi barraca, sin poder dormir, a veces le daba la razón al capataz: me decía que Jana no debía servir para nada y que por eso él se pasaba las noches enteras en el prostíbulo. Otras, que si a Rietter le gustaban tanto las putas, no sería extraño que su mujer, en el pasado, hubiese sido una. Entonces, los celos me enloquecían: ya no me preocupaba Rietter sino la larga fila de hombres que habían obtenido fácilmente aquello que me estaba vedado. Para arrancármela de la cabeza, buscaba a otras mujeres; pero sea lo que fuera que les hiciera siempre se lo estaba haciendo a ella.

Tras estos arrebatos de furia, volvía a verla, sirviéndonos la cena o armando prolijamente un cigarrillo en la penumbra del porche y me sentía avergonzado y tenía que contenerme para no arrojarme a sus pies y pedirle perdón.

El alemán no es ningún caído del catre y hace un tiempo que me di cuenta de que conoce los sentimientos que tengo por su mujer. A veces, me da la impresión de que hasta los alienta. Quizá todo comenzó con las sesiones de fotos.

Rietter es aficionado a la fotografía. Una vez me propuso hacerme un retrato. Dijo que tenía un rostro muy fotogénico. Luego, la sumó a Jana a esas composiciones (él las llama así: composiciones). Nos hace posar juntos, forzándonos a estar muy cerca durante largos minutos, rozándonos los cuerpos. Por lo general repetimos la escena varias veces. Reprende a Jana por no poner suficiente entusiasmo y hay que hacer todo de nuevo. Nos ha tomado decenas de fotografías, aunque nunca vi ni una sola. Yo sentado y ella de pie con sus manos descansando en mis hombros. Los dos enlazados por la cintura. Sobre el mantelito a cuadros, mi cabeza sobre su regazo, actuando un día de picnic. Pegados uno al otro, apoyados en la baranda del porche. Como si en sus manos fuésemos chicos jugando a ser esposos.

Parece que a ella no le gusta que le tomen fotos. Cada vez, la siento tensa cuando nos tocamos frente al ojo de Rietter espiándonos tras el lente de la cámara. Sin embargo, él me confió una noche que tenía una serie muy bien lograda de desnudos de su mujer. En aquel momento tuve miedo de que ofreciera enseñármelos, pero no lo hizo.

Me sobresalta la mano de Jana en mi hombro. Venga, dice. Salimos a la noche cálida. En la mesita del porche hay platos con queso, pan y escabeche de nutria. También vasos y una botella de vino.

Siéntese. Coma algo, dice: con todo esto no ha probado bocado. Es verdad. Hasta entonces no me había dado cuenta de que estaba muerto de hambre.

Ella también come un poco de queso y pan dando mordiscos pequeños. Como un pájaro.

Alrededor del farol encendido revolotean las polillas. Giran enloquecidamente, ciegas por la claridad; de a ratos alguna logra meterse por encima del tubo de vidrio y se pulveriza en la llama. Las otras parecen no advertir la inmolación de su compañera. Como tontas, se golpean contra el tubo, intentan atravesar el cerco de vidrio hasta caer en el centro mismo de la luz. Arden con un chasquido imperceptible.

Esta tarde, Rietter y yo habíamos salido de caza. Tuvimos que adentrarnos mucho en el monte, una hora larga de a pie, hasta encontrar el rastro de un chancho de monte. Entonces yo había propuesto que nos separásemos. Una medida imprudente de mi parte pues sabía que Rietter era un cazador inexperto y nunca se había topado con uno de estos animales. Pero no pensé que podía ocurrir un accidente. Es cierto que los días previos había fantaseado con la idea de que algo definitivo pudiera llegar a pasarle, pero la idea de ir de cacería fue suya. La caza no es un deporte que me atraiga, aunque en mi adolescencia lo practiqué mucho obligado por mi padre. La noche antes, Rietter había dicho: Hace un año que vivo en el monte y no hemos ido de caza ni una sola vez.

Mañana mismo va a acompañarme. Me dijeron que monte adentro hay muchos chanchos salvajes. Le dije que sí, que en efecto abundaban los jabalíes, pero que yo no era un buen compañero para esos menesteres. Como cada vez que se le metía algo en la cabeza, el alemán no aceptaba un no por respuesta. Al otro día, me esperaba con las escopetas listas. Fuimos, pues.

Lo cierto es que no debí dejarlo solo. Recuerdo haberme alejado más de lo necesario del lugar.

Aunque por lo visto no lo suficiente. Escuché con claridad los gritos de Rietter y el disparo de su arma. Luego, un silencio espeso. Los ruidos del monte se habían callado de golpe. Empecé a abrirme paso por entre las ramas bajas. Con prisa, pero sin urgencia. Como si diera por sentado que estaba llegando tarde. Me acuerdo que pensé: ya está.

Cuando llegué al lugar, Rietter yacía en el suelo en un charco de sangre. El animal, también ensangrentado, apenas se movía a un metro de distancia. Me clavó un único ojo vidrioso. Rietter estaba inmóvil y con los ojos cerrados. Me incliné sobre él y los abrió de repente. ¿Dónde mierda se había metido?, dijo. Después se incorporó a medias apoyándose en los codos y miró al chancho. ¿Lo maté?, dijo: ¡Lo maté! y soltó una carcajada. Entonces, el alivio y el remordimiento desaparecieron en un santiamén y una rabia profunda y caliente empezó a subirme por el pecho. Vamos, hombre, no se quede ahí parado: no ve que tengo la pierna rota, me dijo. Lo arrastré hasta un claro y fui en busca de ayuda.

Hasta ahora, no había tenido tiempo de revivir lo sucedido. ¿Qué habría ocurrido si Rietter no hubiese alcanzado a disparar? Lo más probable es que el chancho lo hubiera matado. ¿Cómo hubiese reaccionado su esposa? Cuando llegamos con él malherido, Jana apenas había dado muestras de alarma. Por un instante pensé que ella también esperaba un desenlace esa tarde. En realidad ese pensamiento obedecía a mi deseo más que a otra cosa. Evidentemente Jana era una mujer operativa y en vez de atolondrarse y ponerse a llorar como cualquier otra en su lugar, se había aplicado a darle los primeros auxilios a su marido.

Mientras lo curábamos, el capataz me miró fijamente por dos larguísimos minutos. Tuve miedo de que sospechase alguna mala intención de mi parte. Sin embargo se echó a reír y dijo: ¿Se pensó que estaba muerto? Usted no me conoce: se necesita más de una bestia de esas para sacarme del medio, ¿verdad, Jana? Me ruboricé, aunque era sólo un comentario. Enseguida dijo: Ah, Jana, debemos agradecer que nuestro amigo estuviera cerca: de no ser por él me habría desangrado en ese monte. Ella sonrió.

¿Tiene fuego? Su voz me trae otra vez a su lado. Deben ser alrededor de las cuatro de la madrugada. Por encima del monte, el cielo tiene ese color incierto de la hora previa al amanecer.

Sin darme cuenta nos hemos terminado la botella de vino, entregado cada uno a sus propios pensamientos. Los suyos no los conocería nunca. Jana Rietter es una mujer inasible.

Por la mañana voy a buscar al doctor Malthus, le digo.

No me agrada Malthus, dice.

Es un buen doctor, digo.

Mi marido también lo aprecia, dice. Y al cabo de un momento: Está bien, tráigalo.

Cuando termina su cigarrillo, se pone de pie y entra en la casa. La alcanzo en el medio de la sala y la tomo en mis brazos. No hay sorpresa en sus ojos; sólo algo parecido a la curiosidad. La beso y la boca de Jana Rietter se abre bajo la mía naturalmente. Es húmeda, caliente y dulce. Su lengua tiene un regusto a vino y a tabaco. Aquel beso dura apenas un instante, pero me parece el más largo que haya tenido en la vida.

Luego me separa con firmeza. Váyase, ordena. Antes de irme, echo un último vistazo por la puerta abierta del dormitorio. En la mitad de la cama, Rietter parece por fin haber conciliado el sueño.


*Este cuento fue publicado en El desapego es una manera de querernos, Literatura Random House, 2015. 

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