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Mijaíl Zoshchenko | del:ruso

La pobreza | La chancla

Traducción : Amelia Serraller Calvo

Introducción de Peter Blackstock

Me topé por primera vez con los cuentos del escritor satírico soviético Mikhail Zoshchenko (1894-1958) cuando viví durante un año en Rusia, en 2006. Había decidido estudiar el idioma en la Universidad, y por las noches tenía sueños de tipo nerd en los que me encontraba –y hablaba en su idioma original– con Dostoievsky, Tolstoy, etc., pero nada me preparó para esa realidad de pasarme nueve meses helados en un pueblo ruso de provincias donde el invierno no parece acabar nunca (un día de enero el mercurio descendió hasta los -40˚C). Pero una de las ventajas de haber permanecido en un sitio en el que no había otros angloparlantes, fue que incluso por aburrimiento terminé tratando de comenzar a leer literatura en su lengua original – y uno de los primeros cuentos que leí, y que sentí que “capté”, fue “La pobreza”, de Zoshchenko. “La pobreza” (1925) trata sobre el proceso de electrificación de la URSS, desde la perspectiva de una familia. Ya Lenin había declarado: “Comunismo es poder soviético más la electrificación de todo el país”; el humor satírico del cuento es sorprendentemente directo e incluso puede parecer anti-soviético a un lector contemporáneo. “La chancla” (1926) fue escrito con un estilo más ligero y está más motivado por el temple humorístico, pero sigue siendo un texto subversivo. A pesar de lo que podría captarse como una tendencia de oposición al régimen, Zoshchenko fue un escritor sumamente popular en la Unión Soviética de los años 20 y 30: sus libros se vendían en enormes cantidades y, en 1939, fue condecorado con la Orden de la Bandera Roja del Trabajo. La simpleza de su prosa fue deliberada; él deseaba que sus relatos fueran fácilmente comprendidos por el público proletario (así como por ingleses congelados tratando de leer cuentos en ruso…). La forma de sus cuentos deriva de la “anekdot” rusa –un chiste narrativo– y la influencia de Gogol se percibe claramente. Zoshchenko formó parte de un grupo literario, “Los Hermanos Serapion”, entre cuyos miembros se hallaba el gran satírico Evgeny Zamyatin, cuya novela distópica “Nosotros” constituyó un antecedente de “Brave New World” de Huxley. A pesar de su firme creencia en que el arte debía estar separado de la política, y de su burla sutil a ciertos caprichos del sistema soviético, Zoshchenko no fue un contra-revolucionario. Sin embargo, en 1946, la atmósfera cambió: Stalin denunció a Zoshchenko y fue expulsado de la Unión de Escritores, junto a Anna Akhmatova. Su reputación no pudo jamás restablecerse, y murió en la pobreza. La luz con la que supo iluminar pequeños detalles de la vida soviética, a veces con gran belleza, generalmente con frustración, resultó ser una luz que iluminaba con demasiada fuerza.

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La pobreza

Hoy día, hermanos, ¿cuál es la palabra de moda, eh?

Hoy en día, la palabra en uso de moda es, por supuesto, electrificación.

Este asunto, no lo discuto, es de gran importancia: iluminar la Rusia soviética con electricidad. Pero también tiene su lado oscuro. Yo no digo, camaradas, que sea caro. No hay que pagar tanto: nada más que dinero. No hablo de eso.

Veamos a qué me refiero:

Yo, camaradas, vivía en una casona enorme. Toda la casa se alumbraba con queroseno. Algunos tenían candilejas, otros una pequeña lámpara y, quien no tenía nada, usaba las velas de los popes. ¡Era la pobreza más absoluta!

Y de repente nos instalaron la electricidad.

El primero en instalarlo fue el intendente. Y bien, instalaba y no paraba de instalar. Era un hombre callado, que no exteriorizaba sus opiniones. No obstante, deambulaba de una forma extraña, mientras se sonaba la nariz con aire pensativo.

Pero seguía sin exteriorizar sus opiniones.  

Y fue entonces cuando llegó nuestra querida casera Elizaveta Ignatiéevna Projorova y sugirió que también nosotros electrificásemos nuestra casa.

—Todos lo hacen —dijo ella—. Hasta el intendente —dijo.

¡Qué íbamos a hacer! Así que también nosotros nos pusimos con la instalación.

Instalamos y la electrificamos: ¡cielo santo! El moho y la mugre nos rodearon.

Antes esta era la rutina: sales por la mañana al trabajo, vuelves al final de la tarde, te tomas un té y a dormir. Y con el queroseno no se veía nada en especial. Pero ahora encendemos, miramos y en el suelo está el zapato roído de alguien , aquí la tapicería arrancada y con los jirones a la vista, allá un chinche trota mientras escapa de la luz, acá hay algo parecido a un trapo, por aquí un escupitajo y una colilla, allí corretea una pulga…

¡Cielo santo! Que corra la voz de alarma. Da pena ver un espectáculo así.

Como por ejemplo el sofá que estaba en nuestra habitación. Yo pensaba que era un buen sofá. Más que eso, que ese sofá era la leche. Solía sentarme en él por las tardes Y ahora le das a la luz: ¡cielo santo! ¡Qué pena! ¡Pena de sofá! Todo sobresale, todo cuelga, todo el relleno saliéndose… No me puedo sentar en un sofá semejante: el alma protesta.

Puff, pienso, no vivo en la opulencia. Ver todo esto da asco. Se te cae el alma a los pies hasta para trabajar.

Veo a la dueña Elizaveta Ignatiévna que anda cabizbaja, farfullando en la cocina de su casa mientras limpia.

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—¿Por qué alborotas —le pregunto—, casera?

Y ella solo sacude la mano.

—Yo —me dice— querido mío, jamás pensé que vivía en medio de una pobreza semejante.

Le eché un vistazo a los cachivaches de la casera y, a decir verdad, no abultaban mucho; moho, mugre y diferentes tipos de trapos. Y todo ello, inundado ahora por la luminosa luz, saltaba a la vista.

Así que me dispuse a volver a casa como con desgana.

Llegué, encendí la luz, admiré la lámpara nueva durante unos minutos y luego me fui a la piltra.

Después me lo pensé bien, recibí mi sueldo, compré yeso, lo disolví y me puse manos a la obra. Arranqué el empapelado, exterminé a los chinches, barrí las telarañas, limpié el sofá, pinté, acabé con todo: mi alma cantaba de júbilo.

Pero aunque el resultado fue bueno, me dieron gato por liebre. Hermanitos, en vano tiré por la borda dinero: la casera cortó los cables.

—Me duele —dijo ella—  el aspecto mísero que cobra todo con la luz. ¿Cómo —dijo ella— voy a burlar a los chinches en medio de una pobreza semejante?

Yo ya le había suplicado y aducido mis razones, pero no había manera.

—Múdate —me dijo— de este piso. Yo no quiero —me dijo— vivir con luz eléctrica. No tengo dinero para reformar las reformas.  

¿Acaso, camaradas, es fácil mudarse cuando me acabo de gastar una fortuna en hacer reformas? Pues no me quedó otro remedio.

Ay, hermanos, la luz eléctrica es buena, pero también con luz las pasas canutas.

La chancla

Está claro que es fácil perder una chancla en el tranvía.

Especialmente si tienes detrás a un rufián cualquiera, pisándote los talones, y te empuja de costado: así es como usted se queda sin chancla.

Se puede perder una chancla por cualquier tontería.

A mí me la quitaron en un santiamén. Podría decirse que no tuve tiempo ni de protestar.

Entré en el tranvía con las dos chanclas en su sitio. Pero salí del tranvía, miré, y una chancla estaba allí, en mi pie, y la otra no. La bota… seguía allí. El calcetín, al parecer, estaba también allí. Y los calzoncillos, en su sitio. Pero ni rastro de la chancla.

Y ya se sabe que no se alcanza a un tranvía por mucho que corras.

Así pues, me quité la chancla que me quedaba, la envolví en el periódico y me fui de esta guisa.

Después del trabajo, pensé, me pondré a investigar. ¡Las cosas no desaparecen así como así! De alguna parte saltará la liebre.            

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Así que después del trabajo me fui en su búsqueda. Lo primero era pedirle consejo a un conocido mío, conductor de tranvía.

Y he aquí exactamente lo que me dijo para alentarme:

—Da gracias, te digo, por haberlo perdido en el tranvía. De otro recinto público no respondo. En cambio, perder algo en el tranvía es mano de santo. Porque nosotros tenemos una cámara para los objetos perdidos. Ven y recógela. Es mano de santo.

—Pues entonces— digo yo— gracias. Me acabas de quitar un peso de encima. Sobre todo porque la chancla era nuevecita: figúrate que es solo la tercera temporada que la llevo.

Al día siguiente voy a la cámara.

—Hermanos, ¿puedo recuperar mi chancla? Me la quitaron en el tranvía.

—Es posible —me dicen—. ¿Qué tipo de chancla?

—Es una chancla normal. En cuanto al número de pie, es un 12.

—Nosotros —me dicen—, tendremos unas doce mil del número 12. Danos más características.

—Las características son las habituales. A saber: el talón está desgastado, por supuesto. Y adentro se ha ido royendo la franela hasta no dejar rastro.

—Nosotros —me dicen—, puede que tengamos más de mil chanclas así. ¿No tiene ningún rasgo distintivo?

—Sí que tiene rasgos distintivos, les digo. Parece como si la punta se hubiese desprendido, a duras penas se sostiene. Y ya casi no le queda tacón: se ha desgastado. En cambio, el lateral todavía mantiene el tipo.

—Siéntese aquí —me dicen—. Ahora lo miramos.

 De pronto me traen mi chancla. Yo me alegré desmesuradamente, por no decir directamente que me enternecí. He aquí, pensé, cómo funciona el famoso “aparato”. Y qué personas tan idealistas, cuántas molestias se han tomado por una chancla. Así que les digo:

—Amigos, les estoy eternamente agradecidos. Vamos, dénmela. Ahora mismo me la pongo. Muchas gracias.

—Imposible —me dicen—, estimado camarada: no se la podemos dar. Nosotros —me dicen—, no sabemos si fue usted quien la perdió.

—Pero sí se lo estoy diciendo: la perdí yo. Palabra de honor.

 Por su parte, ellos me contestan.

—Le creemos y empatizamos plenamente con usted. Es muy posible que fuese usted quien perdió la chancla en cuestión. Pero no se la podemos entregar. Trae un parte certificado de que perdiste realmente esa chancla. Que la dirección de asuntos internos verifique el suceso, y entonces, sin más trámites superfluos, nosotros te entregaremos aquello que legalmente extraviaste.

Yo respondo:

—Hermanos —digo—, venerables camaradas, si en casa no saben nada de este asunto. Puede que no me expidan el documento.

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 Y ellos contestan:

—Lo harán —dicen—, está entre sus atribuciones darlo. Si no, ¿para qué se han instalado en su casa?

Yo contemplé una vez más la chancla y me fui.

Al día siguiente me dirigí al delegado de nuestra casa, y le dije:

—Deme los documentos. Si no, perderé mi chancla.

—Ah, es cierto —me responde—, ¿la has perdido? ¿O es que estás forzando la situación? Quizás quieras pescar un excedente del consumo masivo.

— Santo Dios —respondo—, la perdí.

Y él me dice:

—Pero yo no puedo fiarme solo de su palabra, faltaría más. Y es que si tú me hubieses proporcionado el certificado de que habías perdido una chancla en las cocheras del tranvía, entonces yo te entregaría el documento. Pero así sin más no puedo.

Yo le digo:

—Pues para eso me han enviado a usted.

Él me dice:

—Entonces escribe una solicitud.

Yo digo:

—¿Y qué tengo que escribir?

Él contesta:

—Escribe: la fecha en la que la chancla se extravió. Y así sucesivamente. Te daré, según parece, un atestado pendiente de resolución. 

Escribí la solicitud. Al día siguiente recibí un auténtico acuse de recibo.

Fui con el atestado al comité. Y allí, imagínense, sin más trámites ni formulismos, me entregaron mi chancla.

Solo cuando me calcé la chancla, sentí que me embargaba la emoción. Al fin, pienso, ¡un sitio en el que la gente trabaja! En cualquier otra parte, ¿habrían puesto un afán semejante, durante tanto tiempo, solo por mi chancla? Más bien se lo habrían quitado de encima, y asunto resuelto. Y he aquí en cambio, sin que transcurra una semana, me la devuelven.

Una cosa digna de lástima, en el transcurso de esa semana, con todo el trasiego, perdí la primera chancla. La llevé todo el rato, debajo del brazo, en una bolsa, y no recuerdo en qué sitio la dejé. Lo importante es que no ocurrió en el tranvía. ¿Es una causa perdida por no haber sucedido en el tranvía? Porque entonces, ¿dónde buscarla?

Y por eso tengo otra chancla. La he colocado en la cómoda.

La segunda vez se hace aburrida, le echas un vistazo a la chancla, y de alguna forma el ánimo se vuelve más ligero, libre de rencores.

He aquí, pienso, cómo funciona la famosa cancillería.

Conservo esa chancla de recuerdo. Para que nuestros descendientes se puedan mirar a la cara.

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