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leyendo ahora: Las partes por donde sale tu pis | Emily Brout
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Emily Brout | del:inglés

Las partes por donde sale tu pis

Traducción : Virginia Higa

Introducción de Etgar Keret

La pregunta "¿Por qué carajo escribo?" me viene a la cabeza, aproximadamente, cada vez que me siento frente a una página vacía. ¿De dónde proviene ese extraño impulso de inventar personajes y acontecimientos que nunca han ocurrido, y querer compartir con otras personas esos eventos imaginarios?
Estoy seguro de que esta pregunta tiene muchas respuestas, tantas como el número de escritores que hay en el mundo. Sin embargo, la respuesta que ofrece Emily Brout en su relato es una de las más intensas y emocionantes que he leído. La comparación entre el impulso de escribir y el deseo de una niña pequeña de mostrar a un niño de su edad "el lugar de donde sale el pis", es una comparación precisa, dolorosamente precisa: nosotros escribimos porque queremos que nos observen, pero no de cualquier manera, sino que nos observen desde adentro. Este deseo es peligroso; es difícil de defender, y la exposición que él conlleva puede acarrear un castigo; y sin embargo, como la niña del cuento, Emily continúa escribiendo. Y eso me hace muy feliz, y espero que también haga felices a todos los que leerán su relato.

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Ella se sentó en una silla, el pelo corto revelaba su cuello fino. Quise llorar y no supe exactamente por qué, no es cierto, sí lo supe. Me provocó ese pensamiento invasivo que tengo siempre cuando miro a alguien con quien me quiero acostar pero no logro juntar el valor para hablarle.

Me imaginé quebrándole el cuello; pero en realidad no quería quebrarle el cuello, no quería. No soy así. Una persona no es los pensamientos que tiene. Si yo fuera mis pensamientos sería un superhéroe pedófilo, asesino, incestuoso, delincuente, drogadicto, ladrón de chupetines y fumador de crack. No, quebrarle el cuello no quería decir que yo quisiera quebrarle el cuello; quería decir que estaba luchando con algo dentro de mí, tal vez negando algo, algo que goteaba desde mi inconsciente hacia mi imaginación en forma transmutada. ¿No es lamentable que el inconsciente solo hable con acertijos? No le quiebras el cuello a alguien por quien no sientes nada. No debo haber sido demasiado sutil porque después de pasar al baño, en lugar de volver a sentarse en su mesa, ella se sentó en la mía.

Me tomó la mano y me miró a los ojos

–¿Cómo estás? –dijo, en un tono demasiado preocupado.

–Bien –dije.

Siguió mirándome. Alzó una de sus cejas delgadas.

–No, en serio, ¿cómo estás?

Esta especie de interrogatorio agresivo me dejó atónita. No sabía qué decir. De modo que no dije nada.

–Eres tímida, ¿eh? –dijeron las Mujeres.

–Lo siento –dije.

–No lo hagas –dijeron las Mujeres.

–¿Disculparme?

–No. Ser tímida.

Bueno, pensé, solo haz una pregunta. Una pregunta alimenta cualquier tipo de conversación. Pero, ¿qué clase de pregunta? No puedes robarte la suya. Nadie quiere conversar con un espejo.

Se me escapó un “¿Quién eres?”.

MIERDA, qué clase de pregunta es esa.

–Soy el producto de una unión incestuosa. Cuando nací tenía labio leporino. Durante muchos años lo usé de excusa para no salir con hombres que me invitaban a una cita. Me decía a mí misma que me negaba porque tenía miedo de que cuando supieran lo que yo era, no me querrían, pero esa no es la verdadera razón por la cual me negaba. La negación es un mecanismo de defensa muy poderoso. Decía que no porque no me interesaba salir con alguien a quien no tuviera que convencer de gustar de mí, y cuando me invitaban a salir yo los percibía como algo poco valioso, los convertía en menciones de honor.

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Había algo muy intenso en ella. No era su confianza o su uso económico de las palabras, sino que entendía que para conectarse verdaderamente con otro ser hay que correr un riesgo, revelar algo acerca de uno mismo que preferiríamos no revelar, y no digo que lo primero que salga de tu boca tenga que ser acerca de la vez que eras una niña y tu madre te pescó en el armario con tu amigo Matthew, y cómo te llevó al baño, te arrancó la ropa y te sujetó las manos con cinta a los lados del inodoro para que no pudieras moverte. Cómo te separó las piernas y te limpió el alma con quitaesmalte. No digo que tengas que contarle que fue el dolor más grande que sentiste en tu vida y cómo desde ese día siempre has estado enojada con la naturaleza, porque fue la naturaleza la que diseñó de ese modo a las mujeres, con una herida siempre abierta de la que cualquier idiota puede aprovecharse simplemente llenándola. Solo digo que tienes que comenzar el proceso, es decir, mover un poquito la tapa para que algo pueda empezar a incubar, cuanto mayor es el riesgo, mayor es el premio. Esto no es algo que yo pueda hacer, y créanme, lo he intentado.

No sé qué cara puse luego de que ella dijera eso, pero no debe haber sido muy buena, porque se rio de mí y dijo:

–Pareces una suricata adorable.

–Gracias –dije.

Ella rozó su pierna contra la mía debajo de la mesa. Sentí sus dedos desnudos contra mi pierna. Debía de haberse quitado los zapatos debajo de la mesa. Esta mujer es astuta, pienso. Su tacto me confunde el cuerpo. A mi cuerpo le gusta pero siente repulsión; una especie de repulsión agradable. El tipo de repulsión que se siente al ver reventar un grano. Da satisfacción aunque te revuelve el estómago, y por algún motivo quieres seguir mirando. Nunca estuve tan excitada e incómoda a la vez. Es una gran paradoja, ¿y cómo se comporta uno cuando se tienen sentimientos tan encontrados? ¿A qué aspecto responden? Miré debajo de la mesa con la esperanza de que su pierna siguiera subiendo por mi pierna. Pensé en lo que podría hacer y en cuáles serían las posibles ramificaciones. Si yo también la tocara, ¿sentiría un hormigueo o se me revolvería el estómago? ¿Había manera de aislar una de las dos emociones? ¿Mi cuerpo se había revuelto porque ella dio el primer paso? ¿Yo respondía a su control o respondía a ella como ofrenda? Todo este rumiar me impidió cualquier otro acto inmediato, me quité lentamente uno de los zapatos y acerqué los dedos a ella. No miré hacia abajo por lo que no sabía dónde estaban sus pies. Debo haber fallado por unos centímetros. Retiré el pie para intentarlo de nuevo, pero en ese momento ella volvió a ponerse los zapatos, se inclinó y se los ató en silencio. Cuando terminó se levantó con un aire ligeramente ofendido. Quise decirle que quería tocarla con el pie. Quise decirle que había despertado algo en mi interior, pero no lo hice. Quise compartir algo más de mí, como había hecho ella, pero no lo hice.

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Llegué a casa y escribí en mi diario:

Conversaciones que quería tener pero no tuve

Ella se sentó en una silla, el pelo corto y rubio revelaba su cuello fino. Quise llorar y no supe exactamente por qué, no es cierto, sí lo supe. Me provocó ese pensamiento invasivo que tengo siempre cuando miro a alguien con quien me quiero acostar pero no logro juntar el valor para hablarle. Me imaginé partiéndole el cuello. Me acerqué a ella y me senté en su mesa.

La chica me sonrió alzando una de sus cejas delgadas.

–Hola, ¿cómo estás? –dijo.

–Bien –dije.

–No, en serio, ¿cómo estás? –dijo la mujer.

–Cuando era niña tenía un amigo llamado Matthew. Un día, mientras jugábamos, me dijo que quería ver por dónde hacía pis, así que tomé una linterna, la metí en el armario y cerré la puerta. Encendí la linterna y cuando lo hice, él me bajó la falda. Me puse la linterna entre las piernas. Él se sentó en el piso y miró hacia arriba. Me preguntó si podía hacer pis para que él pudiera ver por dónde salía, así que lo hice. Él tomó el vaso en el que habíamos estado bebiendo jugo Kool-Aid. Cuando el líquido bajó por mi pierna, él seguía sin convencerse de “por qué parte de mis partes salía” así que usó uno de sus dedos como tratando de encontrar un chorro en un jacuzzi. Mi madre abrió la puerta. Cuando nos vio y comprendió enteramente este momento íntimo, me miró furiosa y me tomó del brazo. Me llevó hasta nuestro baño, forcejeó con el botiquín y sacó el quitaesmalte. Lo colocó sobre la mesada y sacó una cinta, que usó para sujetarme al inodoro. Vertió el quitaesmalte entre mis piernas. Lo vertió despacio, moviendo el frasco hacia arriba y hacia abajo para que durara más. Aunque solo tuvo que hacerlo unas pocas veces porque el quitaesmalte arde por mucho tiempo. La tercera vez que estaba a punto de verterlo yo quería que lo hiciera, porque esperar el dolor era peor que el dolor en sí.

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 –Vaya  –diría la chica.

–Sé que seguramente te estés preguntando por qué te cuento esto. Cuando te vi ahí sentada no pude evitar pensar en querer que mi madre me vertiera el quitaesmaltes, así de intensas eran mis ganas de hablarte.

La chica acercó su cara a la mía, me tomó el mentón con la mano y dijo:

–¿Puedes mostrarme las partes por donde sale tu pis?


*Corrección: Vera Giaconi

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