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leyendo ahora: Las últimas palabras de Benito Picone | Anthony Marra
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Anthony Marra | del:inglés

Las últimas palabras de Benito Picone

Traducción : Martín Schifino

Introducción de Editorial

Tres personas descarriadas se encuentran una a otra contra toda probabilidad. El mundo ha dejado a los tres en la intemperie y a la deriva; sin embargo, en la circunstancia más insólita, el encuentro que se da entre ellos suscita una hermosa amistad. Dos exiliados solitarios con nombres de tiranos y una mujer alcohólica –a quienes, según sugiere el narrador, seguramente hubiésemos llamado bichos raros– unen sus respectivos destinos. El humor delicado, la escritura fina y el tono seguro del narrador, nos sitúan ante una de las obras más optimistas y deliciosas, a pesar de que el trasfondo de la trama es sumamente mórbido. "Las últimas palabras de Benito Picone" es un maravilloso relato urbano, una leyenda contemporánea sin una pizca de ironía, la cual nos recuerda el poder de la literatura de –simplemente– provocar una sonrisa y enternecer el corazón.

 

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Todo comenzó en 1975 durante una lluvia de granizo, cuando Benito Picone cruzó al trote Market Street con el ataché aferrado sobre la cabeza, lo que lo protegía del cielo que se venía abajo y, sin querer, le impedía ver el Buick que se acercaba. Sus rodillas se plegaron sobre el capó, su hombro estampó una telaraña contra el parabrisas y sus brazos giraron como molinetes mientras los 135 kilos de Benito Picone salían despedidos por encima del techo. Manoteó el aire. Su ataché se abrió con un estallido caricaturesco de papeles. Las piedras de granizo, grandes y blancas como dados, convertían la calle Market en una mesa de juego de kilómetro y medio. El tejido de su impermeable, chaqueta, chaleco y pantalones flameó con el ruido de cien camareros que extienden manteles, y en medio de los fuegos artificiales que brotaban en el cielo negro de su conciencia, no pensó ni un momento en el vergonzoso peso de su cuerpo. Ingrávido por primera vez en la vida, rotó trazando un horrible arco de belleza y aterrizó en la oscuridad.

Cuando Benito despertó, en la radio pasaban “Mis cosas favoritas”, de la película La novicia rebelde —“Dulces, paletas y un pie de manzana, niños tocando violines y flautas, aves que vuelan en grupo sin fin”—, y cayó en la cuenta de que el infierno personal en donde había recalado su alma se parecía muchísimo a Austria. Pero no estaba muerto, no todavía. Una bata de hospital había reemplazado el traje de diseño en espiga que seguía usando los días de semana, pese a que dos meses atrás había perdido el dinero que su oficina apostaba a la lotería, los estribos y el empleo, en ese orden. El brazalete brillante que llevaba en la muñeca decía St. Francis Memorial. El alivio inundó los canales azules de su sistema circulatorio. Tenía tiempo. Aún podía decir sus últimas palabras.

A lo largo de los años, Benito había pensado mucho en su muerte. Se consideraba un filósofo; otros lo consideraban un imbécil. Al cumplir treinta años adoptó la costumbre de anotar noche a noche sus últimas palabras en un cuaderno, por si expiraba en sueños: el final es un ballet sin música ni baile; el final es alivio. Benito tenía bastante, incluso mucho, que decir sobre el amor y la tristeza y el orgullo y la traición y el perdón y la belleza. Por desgracia a nadie le interesaba en lo más mínimo oírlo. Y eso hacía de sus últimas palabras una última oportunidad para convertir sus fracasos en ejercicios constructivos de sabiduría, en un último intento para salvarse de su ser. ¿Quién se negaría a oír el comunicado final de un hombre que caía al abismo? ¿Quién no pararía la oreja para escuchar la réplica de un alma al signo de pregunta que puntúa toda vida? Las personas que nunca habían pensado en él se inclinarían para oír lo que tenía que decir mientras cruzaba al otro lado. Consciente de ello, consciente de que un buen final puede redimir una mala historia, Benito se había afanado en meter todo el autoconocimiento de sus treinta y nueve años en una única y concisa oración llena de sabiduría, que demostrase de una vez por todas, ante todos sus detractores, que Benito Picone no había vivido en vano.

“El final es una noche de llovizna y no puedo llevar paraguas”, le dijo en italiano a las planchas reticuladas del techo. No serían las últimas palabras más profundas del mundo, pero sin duda eran bastante mejores que las de otros grandes hombres (Conrad Hilton: “Dejen la cortina de la ducha dentro de la bañera”).

—Eso no se parece al español que yo aprendí.

La oración salió del tortuoso laberinto de un acento de la Costa Este. Provenía de la cama de al lado, donde una mujer con pinta de pájaro, recostada sobre media docena de almohadas chatas como panqueques, lo observaba con la cabeza inclinada interrogativamente. Tenía la palidez encandilada de una criatura de las cavernas a la que hubieran sacado a rastras a la luz del día. Si Benito no hubiese pronunciado sus últimas palabras, tal vez le habría explicado que el italiano y el español no eran el mismo idioma, pero uno podía pasarse la vida corrigiendo los errores de los norteamericanos. A él solo le quedaban momentos.

Unos tubos traslúcidos le extraían sangre de un brazo y le inyectaban un fluido gris en el otro. Desolada epifanía: en el final, no era más que una estación de tránsito para líquidos perturbadoramente opacos. Bajo la bata, unos continentes magullados emergían de su torso. Tenía la pierna izquierda entablillada, y un grueso lazo de gomaespuma lo estrangulaba sin convicción. Sus órganos abdominales estaban tan blandos como abono. ¿Qué había pasado? No recordaba sino un sueño de gansos en vuelo. Luego un Buick plateado, granizo, su alma aspirada por el cielo.

Entró una enfermera. Benito giró la cabeza todo lo que se lo permitía la fornida llave de gomaespuma.

—Tiene suerte de estar vivo —dijo la enfermera, en un tono que daba a entender que ella no.

—Pero me estoy muriendo —aclaró Benito.

No se había propuesto morir aquel día, pero ahora que llegaba la muerte, la recibía como a un tío largo tiempo desaparecido al que quisiera y temiera por igual. No tenía a nadie de este lado de quien despedirse, nadie que escribiera su necrológica, nadie que asistiera a su funeral salvo un casero pusilánime que seguramente metería la mano en su ataúd para buscar cambio en sus bolsillos. Ya en el umbral del más allá, volvió la vista y la vida que dejaba atrás le pareció muy similar a su apartamento, un desesperante cubo sin ventanas, solamente notable por el hedor de la caja de arena que hacía las veces de cenicero desde que su gato lo había abandonado. Unas extrañamente redactadas palabras de emergencia sonaron como una alarma en su interior: diríjase lo más rápido posible a la salida.

—Por favor, consiga papel y lápiz —suplicó Benito—. Tiene que anotar mis últimas palabras.

La enfermera no se movió. Tenía una actitud inexpresiva, insensibilizada con el tiempo por las tonterías de pacientes como Benito. El cansancio de un doble turno le pintarrajeaba de violeta las bolsas de los ojos.

—¡Se me escapa la vitalidad! —insistió Benito—. Veo una luz blanca y brillante. Tendría que avanzar hacia ella, ¿no?

La enfermera pulsó una llave en la pared y la luz del techo se apagó.

—¿Mejor? —preguntó.

La verdad que no.

—A lo mejor la luz que está al final del túnel es una bombilla de 60 vatios —dijo la enfermera—, pero no es la que tiene sobre la cabeza.

—Pero me estoy muriendo —dijo, más en tono de deseo que de lamento.

—Lo peor que usted tiene es una pierna rota, y eso solo suele ser fatal para los equinos —dijo ella.

—Pero me atropelló un coche —protestó él—. Fue un choque serio. No debería estar vivo en una sala de hospital. No debería estar vivo.

La enfermera, que no necesitaba que la convencieran, encendió la luz al salir. La mujer que se hallaba en la cama de al lado subió el volumen de la radio. Cantaba Sonny Bono. Dulce muerte, ven pronto.

A la mañana siguiente, para su desilusión, Benito despertó. La mujer de la cama de al lado lo observaba.

—¿Me estaba mirando dormir? —preguntó Benito.

—La tele está rota —dijo ella. Agregó que se llamaba Marie.

Pasaron los dos días siguientes conversando tranquilos. Marie había quedado huérfana a los once años, había enviudado a los diecinueve y a los treinta ya era una alcohólica y adicta. No tenía hijos ni quería tenerlos. Después de pasar la infancia en Maryland y la adolescencia en Nueva Jersey, aún se maravillaba cuando veía las palmeras al borde del Embarcadero. La habían recogido en la calle la noche anterior con envenenamiento alcohólico, y los médicos estaban aprovechando para monitorear una dolencia cardíaca. Su honestidad desconcertó a Benito, que intuía que la salud mental dependía de la facultad de negar selectivamente la realidad. En un momento, Marie le preguntó qué sensación había tenido cuando el parabrisas lo había catapultado a volar por el aire.

Benito intentó acordarse del dolor, el shock, el prístino pánico de entonces, pero lo único que recordó fue una sobrecogedora ingravidez.

—Como al nadar, quizá.

—¿Nadar?

—La sensación que se debe tener al nadar, imagino. Nunca aprendí.

—A ver —dijo ella—. Creciste en una isla y ¿nunca aprendiste a nadar?

Benito ya le había contado que de niño había emigrado desde Lipari, una isla volcánica desierta situada a tres horas de Sicilia por ferry.

—Mi madre era una calabresa de las de antes —dijo—. Para ella, la superstición era la única lógica que explicaba un mundo irracional, y aprender a nadar atraería una muerte por ahogamiento del mismo modo que ir al médico atraía la enfermedad. Su filosofía era que debías rendirse a las Parcas, sin prepararse para ningún desastre ni desgracia, y que si les ofrecías humildad e impotencia, cuidarían de ti.

—Y aun así te atropelló un coche —comentó Marie.

—En Estados Unidos, a las Parcas les causa mejor impresión la responsabilidad individual.

—¿Tu madre está en San Francisco?

—Está muerta —dijo él. Benito había estado presente en el momento de su partida. Su última palabra había sido el nombre de su hijo—. Un resfriado se transformó en una neumonía. No fue a ver un médico.

—Por más que usen profiláctico igual te la están metiendo.

Era cierto, pero Benito no estaba seguro con respecto a qué. Acomodó su pierna enyesada, pero no podía sacarse de la cabeza el recuerdo del aire, la ingravidez. Siempre había querido aprender a nadar. Un par de veces se había apuntado para tomar clases en el Presido Y; en una ocasión incluso había llegado hasta a los vestuarios. Pero cuando se calzó el traje de baño y se miró de frente al espejo, volvió a ponerse la camisa de inmediato.

—¿Tú sabes nadar? —preguntó Benito.

—Siempre ando flotando en algún líquido —dijo ella.

Al tercer día, Benito concedió que su pierna rota solo lo mataría si lo persiguiera un gran depredador. La enfermera informó a los dos pacientes que pronto les darían el alta. Ninguno tenía seguro médico, y ambos tenían que presentarse en la oficina de facturación antes de marcharse.

Cuando se fue la enfermera, Marie se sacó la sonda de la mano. Se quitó la bata sin siquiera volverse. Era de líneas andróginamente puras, soldadas en ángulos nudosos, un Giacometti con mejor piel. Todo el cuerpo le colgaba de las clavículas. La sorpresa de Benito (¿cuándo había visto a una mujer desnuda por última vez?) fermentó en una excitación (¡que cuándo había visto una mujer desnuda por última vez!) que se diluyó de inmediato al darse cuenta de que, tan insignificante era él como criatura sexual, que a Marie ni siquiera se le había ocurrido correr la cortina que los separaba antes de desvestirse. Marie se puso unos vaqueros y una camiseta demasiado grande que los lavados irresponsables habían dejado traslúcida como una gasa. No daba muestras de que fuese a quitarse ninguna prenda pronto.

—A mover el esqueleto —dijo Marie.

Benito no estaba acostumbrado a desobedecer figuras de autoridad en uniforme, aunque fuese un uniforme de enfermera. Menos acostumbrado aún estaba a que lo invitaran a mover el esqueleto. Salió tras ella.

—Rápido —dijo Marie, teniéndole la puerta de emergencia.

Una pierna rota era una excusa razonable para cojear, pero una infancia imbuida en catecismo católico y escolaridad fascista lo habían condicionado a someterse a lo que tocara. Las escaleras descendían cuatro pisos. Benito agarró la barandilla, se alzó la pierna rota con una mano y bajó a los saltitos sobre el pie sano. Dos piernas apenas bastaban para sostener a Benito en sus mejores momentos, y no estaba en su mejor momento desde 1954. Su única pierna sana era, como su padre solía decir de Benito mismo, “un poquitín menos que apropiada”. Marie le permitió pasar el brazo sobre su espalda. Era como una profanación que ella colocara su adorable cuello en torno a su axila sin lavar.

Al llegar abajo, Marie cortó los brazaletes del hospital con unas tijeras birladas de la enfermería. Benito utilizó cada uno de los cincuenta kilos de Marie como muleta al cruzar el vestíbulo. El guardia de seguridad, absorto en los chistes de su periódico, no levantó la vista cuando pasaron.

—¿Vamos? —preguntó Marie, abriendo la puerta que daba al estacionamiento salpicado de charcos grisáceos. Pararon debajo de un árbol. Las hojas temblaban al viento, soltándoles gotitas encima.

—Si te quedas debajo de un árbol cuando llueve te mantienes seco. Si te quedas debajo de un árbol cuando deja de llover te mantienes mojado —dijo Benito.

—Eso es una gansada total.

Marie revisó sus bolsillos en busca de dinero para el autobús.

—¿Tienes cambio? —preguntó.

—¿Adónde vamos? —preguntó él. Estuvo a punto de decir vas en vez de vamos. Habían compartido una habitación de hospital, pero dudaba de que estuvieran listos para compartir la intimidad de un pronombre personal.

—¿Tienes cambio? —preguntó ella de nuevo, sin hacerle caso.

Los bolsillos de Benito estaban vacíos, a excepción de las llaves de su apartamento y una masa endurecida de pañuelos descartables, pero aun así los palpó. Al no tener dinero para el autobús tomaron un taxi, con la esperanza de que el solitario vecino de Marie les prestara la tarifa. Cuando el taxi dobló en Pine, en la cabeza de Benito resonaba la última palabra de Marie: cambio, cambio, cambio.

Cuatro golpes bruscos despertaron a Josef Lavrov de su siesta. Marie, casi seguro. Era la única visita que tenía. No le gustaban las visitas. El vínculo causal que relacionaba esos dos hechos era tan prominente en su horizonte como el puente del Golden Gate.

—Vengo acompañada —anunció Marie mientras él descorría la cadena de seguridad. El pobre hombre que se hallaba a su lado estaba a unos pocos escalones de un paro cardíaco. Llevaba la pierna enyesada, y su muslo voluminoso sobresalía por encima del yeso como un soufflé.

Marie los presentó antes de pedirle prestados unos dólares para pagar el taxi.

—La pierna —dijo Benito—. Necesito sentarme.

El gordo clavó la vista en una de las posesiones más preciadas de Josef, una silla de comedor estilo rococó del Segundo Imperio. Josef la había descubierto en el escaparate de una tienda de segunda mano de Haight Street, tres meses después de que se cursase su petición de asilo político. Su color oscuro indicaba la deforestación del Tercer Mundo; el asiento estaba hecho de plumas de ganso recubiertas de terciopelo imperial violeta; el diseño era una obra de caligrafía. Josef había apretado la nariz contra el vidrio de la tienda, sin poder creer que una silla creada para la realeza se vendiera allí, en esa calle, para que la comprara cualquiera. Nada plasmaba mejor cuánto se había alejado del mobiliario anodino de su tierra natal. Había vivido para esa silla durante su primer año en los Estados Unidos, ahorrando un dólar de cada cuatro que ganaba por hora metiendo papelitos dentro de galletas de la fortuna recién horneadas. Peinazo superior, oreja, ojiva, listón labrado, larguero, trébol de cuatro hojas, rodilla, pata cabriola, pie de garra y bola: aprendió las palabras inglesas para denominar cada parte de aquella silla antes de adquirir el vocabulario de la mitad de los vegetales que se hallaban en una verdulería. En el primer aniversario de su defección de la Unión Soviética, Josef fue a la tienda de segunda mano y compró la silla con billetes de uno y cinco dólares.

En esa atesorada silla descendía ahora el amplio trasero de Benito. Josef cerró los ojos en el momento del impacto. La silla apenas crujió, demostrando ser una obra maestra tal como el vendedor había dicho.

—Qué cosa antigua y encantadora es esta silla —dijo Benito, con un acento ligeramente cantarín que Josef no supo identificar.

—Benito. ¿Y eso qué es? ¿Español?

—¿Por qué todo el mundo me toma por español? Italiano. De Italia.

—Ah, sí —dijo Josef, chaqueando los dedos—. Claro, claro. Como la pizza y los papas. Benito como Mussolini.

Benito puso cara de que lo habían pescado soltando gases en un ascensor lleno de gente. Josef parecía encantado.

—Es broma, es broma —dijo Josef—. Pero diga la verdad, su padre puso nombre del dictador, ¿no? Quiere que usted sea líder, hombre fuerte, yaytsa grandes como naranjas. Diga la verdad, tengo razón, ¿no?

—Nací en 1935 —dijo Benito en voz baja—. Por entonces Benito era un nombre muy popular.

Josef juntó las manos, apenas capaz de contenerse.

—OK, OK. Le pusieron nombre de Mussolini. En Italia a lo mejor está muy bien. Pero no tanto en Estados Unidos. ¿Por qué no se pone de nombre Benjamin o Benny?

—Lo he pensado —dijo Benito—. Pero uno tiene el nombre que tiene. Cuando los norteamericanos visitaban Italia en los años ’30, tenían que cambiarse de nombre. Benny Goodman se convirtió en Benito Buonuomo. Louis Armstrong se convirtió en Luigi Braccioforte. Hacer lo mismo al revés no me sonaba mucho mejor.

—Yo me llamo Josef porque mi padre tenía mucho respeto por Josef Stalin —confesó Josef. No era una de esas cosas que admitía francamente, pero sintió una afinidad instantánea con aquel desconocido que comprendía el peso de tener un tocayo tiránico.

Benito se inclinó hacia delante, alerta:

—Bueno, como sabrá, Stalin mató a mucha más gente que Mussolini.

—Lado equivocado de la historia, lado correcto de la Segunda Guerra Mundial —repuso Josef—. Stalin no era bueno, eso lo sé, pero Mussolini se hacía el compinche de Hitler.

—Aun así, creo que casi todo el mundo coincidiría en que Mussolini era menos espantoso que Stalin.

—Stalin destruyó el fascismo y salvó la civilización. Mussolini y Hitler jugaban en el mismo equipo. Nada que ver.

—Siempre he querido conocer a un Adolf —dijo Benito, estirando los brazos por sobre la cabeza—. Imagínese cargar con ese nombre. Menudo conflicto tendría con su madre.

—Un Adolf sería muy impresionante —dijo Josef—. Nunca he visto uno en estado salvaje. América no es hábitat natural de Adolfs.

Sopesaron los méritos y deméritos de sus tocayos durante varios minutos. Josef miró disimuladamente el reloj.

—Parece que Marie se perdió al volver —dijo Benito.

Josef sospechaba que Marie se había quedado con el cambio del taxi, si es que le había pagado, y había ido a depositarlo en la licorería de la esquina. Pero no tenía intención de criticar a su vecina delante de un hombre al que le habían puesto el nombre de Mussolini.

—¿Y cómo es que vino a Estados Unidos? —preguntó Benito.

—Desierté —dijo Josef. Benito frunció el ceño y miró el borde gastado de su zapato. Tal vez nunca había conocido a un desertor. Josef trató de tranquilizarlo—. No se sienta intimidado. No tiene tanto encanto ni es tan peligroso como parece.

—No —dijo Benito—. Ya lo creo.

Josef continuó:

—¿Oyó hablar de Vyborg? ¿No? Famoso por sus raíces primarias. No hace falta saber más sobre Vyborg. Salvo que está en la frontera con Finlandia. Bueno, en Vyrborg yo era chofer de autobús. Todos los días manejo autobús. Soy muy buen conductor, se sabe. Así que un día director de trasporte dice: “Josef, mañana están llegando unos lacayos del Ministerio de Metalurgia Ferrosa. Tienes que llevarlos pasear”. Yo no quiero. No me gusta nada llevar lacayos de paseo en autobús. Pero digo que sí. Esa noche, tengo más miedo que un pájaro en maleta. ¿Y si la reunión sale mal y echan culpa al conductor? No duermo nada. Por la mañana, tomo una copa de brandy para espabilarme. Inútil. Me quedo dormido y despierto en medio de choque tremendo. Vikingos grandotes y rubios por todas partes. Tres barricadas rotas en la carretera. Desastre.

—Un momento. ¿Entró en Finlandia en autobús? —preguntó Benito.

—Primero en Finlandia, luego en edificio de aduana. Muy vergonzoso. Así que tengo dos opciones. Confesar que me quedé dormido mientras llevaba lacayos importantes. Perder el trabajo. Quizá acabar en la cárcel. Enorme vergüenza internacional. O: decir que estoy desertando. El Yogi Berra aconseja que cuando encuentres una bifurcación en el camino, tómala. Así que la tomo. Y aquí me tiene.

Benito parecía genuinamente admirado.

—Mi madre y yo solamente tomamos un barco hacia Nueva York.

La verdad sea dicha, Josef había calculado mal el valor que tendría para la inteligencia militar un conductor de autobuses municipal, así como el estilo de vida que le esperaba en Occidente. Había imaginado que Estados Unidos rebosaba de mansiones y coches deportivos y riquezas fabulosas. Y así era, por supuesto, con la salvedad de que no le pertenecían a él ni a nadie que él conociera. Su única pertenencia de valor era una silla vieja en la que el gordo se sentía cada vez más a gusto.

A los pocos minutos, Marie regresó con una bolsa de papel marrón en la mano. El corazón de Josef se contrajo. Era una tarde hermosa, las nubes se estaban despejando, no era el momento de matarse con bebida. Pero cuando ella abrió la bolsa lo único que sacó fue un paquete blanco de la pastelería atado con un cordel de colores.

—A los dos nos pusieron nombres de dictadores muertos —le dijo Benito, con un dejo de asombro en la voz.

—Es importante encontrar a tus semejantes —contestó Marie, mientras repartía servilletas.

Los tres se reunieron de nuevo a comer pasteles al otro miércoles. Y luego el miércoles siguiente y el miércoles siguiente a ese. Con el tiempo, sus miércoles por la tarde se convirtieron en una pequeña elevación hacia la que la semana ascendía y desde la que caía en declive. En 1977, Josef localizó a la mujer que había comprado las otras cinco sillas en la tienda de segunda mano de Haight Street. La mujer se las había regalado a su esposo por su cumpleaños. Desde que las sillas habían entrado en su casa, el marido había perdido el empleo, la pensión y la salud, casi todo salvo por una cabellera tan tupida y hermosa que ni el diablo podía arrancársela. Josef le compró dos sillas. Ella le ofreció las otras tres gratis, pero Josef sabía que no debía tentar al destino aceptando tres sillas que no le hacían falta. Estaban sentados en esas sillas la semana en que Benito anunció que había encontrado trabajo y la semana en que anunció que lo habían despedido. Estaban sentados cuando Josef les anunció que tenía cáncer de piel, y se sentaron en la sala de espera cuando le extirparon un granizo oscuro de tejido maligno. En el otoño de 1978, Marie sintió que tocaba fondo al empeñar el reloj de plata de su padre, cuya esfera contenía la única imagen de su madre que ella había visto. “Te crees un precioso copo de nieve”, dijo Josef, con una gravedad en la voz que no casaba con su segundo idioma. “Pero en realidad no eres más que un poco de agua”. A Marie le llevó todo 1979, 1980 y 1981 acumular un mes de sobriedad. Compró un árbol de navidad de un metro ochenta y lo decoró con todas las fichas de premio que le dieron en Alcohólicos Anónimos. El 13 de diciembre de 1982, al celebrar su primer año sobria, Benito y Josef le regalaron el reloj de bolsillo que habían recuperado en la casa de empeños. Marie lo abrió. La fotografía borrosa de su madre le devolvió la mirada, pero no fue amor materno lo que Marie sintió en aquella habitación. “Nunca imaginé que me lo mereciera”, dijo, incapaz de mirarlos a los ojos. “Es solo un reloj”, dijo Benito. Ella miró a los dos hombres sentados al borde de unas sillas aptas para aristócratas franceses decapitados. Uno olía a moho y aún cojeaba por causa del accidente. El otro consideraba al artículo indefinido como el mayor reto intelectual de su vida. “No me refiero al reloj”, dijo Marie. Juntos fueron al cine, a cafeterías abiertas toda la noche y, una vez, con la cálida brisa de mayo de 1988, a Reno, donde jugaron a las tragaperras de un centavo y bebieron cola gratis de una fuente en vasitos de plástico. En 1990 Marie le enseñó a nadar a Benito, con cincuenta y cinco años, mientras Josef se burlaba desde las gradas. El cáncer que le habían extirpado del brazo a Josef reapareció en 1999, y para cuando se lo descubrieron ya había colonizado huesos, sangre y cerebro. Murió en el pabellón oncológico de St. Francis dos meses después. Benito y Marie acababan de llegar cuando partió. Su última palabra fue “hola”. Por ochocientos dólares adicionales, el enterrador lo sepultó erguido y sin ataúd, entronizado en su silla favorita. Benito pasaba las mañanas deambulando por barrios que parecían hacerse más jóvenes, más ricos y más blancos con cada año. La juventud, creía, era un trastorno que solía curarse con el tiempo; en cuanto a las otras dos cuestiones, aceptaba sugerencias. El año, la década, el siglo y el milenio cayeron con el golpe de una manecilla. Tenía sesenta y cinco años y nunca había usado un computador. Cumplió los sesenta y seis, sesenta y siete, sesenta y nueve, setenta y aún seguía sin usar un computador. ¿No se suponía que la vida era una progresión, un incremento en cierta dirección? ¿No había una medida más allá de los años para justificar su tiempo en la tierra? No lo sabía, y ese no saberlo calaba tan hondo en él como las huellas de una certeza perdida hacía mucho tiempo.

Una mañana de abril de 2015, Benito y Marie fueron al Muelle 39 y se quedaron mirando los leones marinos que se zambullían en el agua, con las abovedas cabeza relucientes al sol. “¿Qué hora es?”, preguntó Marie. Benito le echó una ojeada a su reloj, pero no pudo hablar. Unas rocas invisibles le apretaban las costillas. Levantó una mano, el suelo desapareció y el cielo azul lo ocupó todo. De pronto estaba tumbado de espaldas. Marie se arrodillaba a su lado. Le aporreaba el pecho. Benito no podía respirar. Tenía que hablar. Tenía que decir sus últimas palabras. Había esperado toda una vida para aprovechar aquella oportunidad. Cuando intentó hablar, descubrió que los labios de ella le sellaban los propios. Le estaba soplando aire en los pulmones. Intentaba respirar por él. Era una sensación tan extraña e inesperada que se olvidó de las palabras que hubiera podido decir. Casi lo trajo de vuelta. “No te vayas, no te vayas, no te vayas”, imploraba ella. En sus muchos años, nunca había imaginado que sus últimas palabras las diría otra persona. No había imaginado que moriría tan querido. Aquel día de abril, por lo demás hermoso, los turistas japoneses tomaron fotos de la mujer canosa que abrazaba a un muerto.


*Corrección de Martín Felipe Castagnet

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