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Varlam Shalámov  | del:ruso

Leche condensada

Traducción : Amelia Serraller Calvo

Del hambre, nuestra envidia era impotente y obtusa, como cada uno de nuestros sentidos. No teníamos fuerzas para los sentimientos, ni para hacer el trabajo algo más llevadero, tampoco para caminar, pedir o preguntar… Solo envidiábamos a los conocidos con los que aparecimos en este mundo. En concreto, a quienes les tocó en suerte un puesto en la oficina, el hospital o las cuadras, donde se libraban de las largas horas de trabajos forzados. De ese trabajo físico que tanto ensalzan los frontones de todos los campos como signo de nobleza y heroísmo. En una palabra: solo envidiábamos a Shestakov.

Solamente algo externo podía sacarnos de la apatía, apartándonos de una muerte que se aproximaba lenta y gradualmente. Una fuerza exterior, nunca interior. En nuestro fuero interno todo eran cenizas y vacío; todo nos daba igual, y no hacíamos planes para más allá del día siguiente. 

Por ejemplo, en ese momento todo lo que yo quería era escaparme al barracón y echarme en la litera. Y sin embargo, seguía de pie junto a la puerta de la tienda de provisiones. En aquella tienda solo podían comprar los condenados por causas comunes, así como los ladrones-reincidentes, que se contaban entre los “amigos del pueblo”.

En cambio, a nosotros no se nos había perdido nada allí, pero no había forma de apartar los ojos de las barras de pan color chocolate; el olor dulce y penetrante del pan recién hecho nos cosquilleaba la nariz: con semejante olor, nos bailaba hasta la cabeza. Yo estaba de pie, mirando el pan, sin saber cuándo reuniría las fuerzas para escaparme al barracón. Y en ese mismo momento me llamó Shestakov.

A Shestakov le conocía de Tierra Grande, de la prisión Butyrka, donde compartimos celda. No es que allí nos hiciésemos amigos: solo éramos conocidos. En la mina, Shestakov no trabajaba en la galería. Como era ingeniero geólogo, lo escogieron para trabajar en las expediciones geológicas, en lo que acabó resultando la oficina. A duras penas saludaba el afortunado a sus conocidos moscovitas. Aunque nosotros no nos enfadábamos: vaya usted a saber qué le habían encomendado. Además, cada uno va a lo suyo, etc.

–Venga, fuma –dijo Shestakov y me alargó un trozo de periódico, le echó majorka y encendió una cerilla, ¡una cerilla de verdad!

Encendí el pitillo.

–Tengo que hablar contigo –dijo Shestakov.

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–¿Conmigo?

–Sí.

Nos alejamos tras los barracones, y nos sentamos en el linde de la vieja mina. Mis piernas en seguida se entumecieron, mientras que Shestakov se balanceaba despreocupadamente con sus nuevas botas reglamentarias, que olían ligeramente a aceite de bacalao. Llevaba los bajos de los pantalones metidos, dejando al descubierto unos calcetines con estampado de ajedrez. Yo contemplaba las piernas de Shestakov con genuina admiración, e incluso cierto orgullo: por lo menos había un hombre en nuestra celda que no llevaba harapos en las piernas.

La tierra bajo nuestros pies temblaba con explosiones sordas: así preparaban el terreno para el turno de noche. Los guijarros caían a nuestros pies, brillando como pájaros grises e imperceptibles.

–Seguimos haciendo un rodeo –dijo Shestakov.

–No tengas miedo, que no muerden. Los calcetines seguirán enteros.

–Yo no pienso en los calcetines –dijo Shestiakov y señaló con el dedo índice hacia el horizonte. ¿Cómo lo ves?

–Seguro que la palmamos –dije. Aunque, la verdad, me apetecía menos pensarlo.

–No qué va: yo no estoy dispuesto a morir.

–¿Y bien?

–Tengo un mapa –dijo con indolencia Shestakov–. Yo llevaré a los obreros, te recojo a ti y me dirijo a Fuentes Negras. Está a quince kilómetros de aquí. Me haré con un salvoconducto. Y huiremos en dirección al mar. ¿Conforme?

Él soltó todo aquello con un tonillo indiferente, como de chanza.    

– Pero, ¿y el mar? ¿Lo atravesamos a nado?

–Da igual. Por algo se empieza. No puedo vivir así. “Es mejor morir de pie que vivir de rodillas” –pronunció  solemne Shestakov. –¿Quién fue que lo dijo?

Y tanto, era una frase familiar. Pero no había fuerzas para recordar quién y cuándo había pronunciado esas palabras. Teníamos los libros totalmente olvidados. No creíamos en los libros. Yo me arremangué los pantalones, y le enseñé mis úlceras rojizas, fruto del escorbuto.       .

–Te curarás en el bosque –dijo Shestakov–, a base de bayas, vitaminas. Yo guío, que conozco el camino. Tengo un mapa…

Cerré los ojos y me puse a reflexionar. Desde aquel lugar al mar había tres caminos. En total, un mínimo de quinientos kilómetros. No solo yo, es que tampoco Shestakov llegaría. ¿Y si me llevaba como comida? No, por supuesto. Pero, ¿entonces por qué mentía? Si todo eso lo sabía tan bien como yo. Y de repente, tuve miedo  de Shestakov, el único de nosotros que se había colocado como especialista. ¿Quién le colocó y a qué precio? Si es que todo en esta vida se paga. Con la sangre ajena, con la vida ajena.

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–De acuerdo –dije yo, abriendo los ojos– . Solo que necesito un suplemento alimenticio.

–¡Excelente, excelente!  Tendrás tu suplemento, por supuesto. Te traeré…, conservas. Nosotros tenemos acceso…

Hay muchas conservas en el mundo: cárnicas, de pescado, de frutas o verduras… Pero la más maravillosa de todas es láctea: la leche condensada. No tenía ningún sentido poner agua a hervir para bebérsela, no; estaba claro que había que tomársela a cucharadas. O bien untada en pan, o tragándosela poquito a poco de la lata. Así, uno se la comía lentamente, viendo cómo aquella masa clara y casi líquida amarilleaba, mientras la lata se embadurnaba con estrellitas de azúcar.

–Mañana –dije sin aliento, de pura felicidad– que sean de leche…

–Trato hecho: hay trato. De leche –y Shestakov se fue.

Volví al barracón, me tumbé y cerré los ojos. No era fácil pensar. Era una especie de proceso físico, y por primera vez la materialidad de nuestra psique comparecía ante mí, rotunda y palpable. Dolía pensar, pero había que hacerlo. Él nos recluta para huir y estamos perdidos: eso estaba más claro que el agua. Él pagará su puestazo en la oficina con nuestra sangre.. con mi sangre. A nosotros o nos matarán allí mismo, en Fuentes Negras, o nos traerán de regreso vivos y nos juzgarán, para añadirnos quince años más. Pero si es que él no puede ignorar que no hay salida. Pero la leche, ¡ay!, la leche condensada..

Me dormí, y en mi sueño famélico veía el bote de leche condensada de Shestakov: una lata prodigiosa con una etiqueta azul cielo. El bote era gigantesco, azul como el cielo nocturno. Como la lata estaba perforada en mil sitios, la leche rezumaba y goteaba como el amplio surtidor de la Vía Láctea. Y yo tocaba sin esfuerzo el cielo con las manos y me tomaba ávidamente la leche, tan dulce, estrellada y espesa.   

No recuerdo lo que hice aquel día ni cómo trabajé. Esperé y esperé, hasta que el sol se recostó en el oeste y los caballos relincharon, pues ellos adivinan mucho mejor que las personas cuándo la jornada laborable llega a su fin.

Al primer y estridente toque, me fui al barracón donde vivía Shestakov. Él me esperaba en el zaguán. Dos latas de leche le sobresalían por los bolsillos de su chaquetón.

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Nos sentamos en la mesa del barracón, grande y bien limpia, y Shestakov sacó del bolsillo dos latas de leche condensada.

Agujereé la lata con la punta de un hacha. Un espeso chorro blanco goteó sobre la tapa y cayó sobre mi mano.

–Deberías hacer un segundo agujero por el aire–dijo Shestakov.

–Así está bien –dije, lamiendo mis dedos dulzones y sucios.

–Usemos la cuchara –dijo Shestakov, volviéndose hacia los trabajadores que nos rodeaban. Diez cucharas relucientes a fuerza de los lamidos se desplegaron sobre la mesa. Todos estaban de pie, observándome mientras comía. No era por falta de delicadeza ni por el deseo oculto de probarla: ninguno tenía la más mínima esperanza de que la compartiese. No había precedentes: su interés por la comida ajena era totalmente altruista. Además, yo ya sabía que era imposible no mirar la comida que desaparece por la boca de otra persona. Así que me senté para estar cómodo y me comí ambas latas sin pan, aclarándolas de cuando en cuando con agua fría. Luego, los espectadores se dispersaron: había terminado la representación. Shestakov me miraba con empatía.

–¿Sabes qué? –dije, lamiendo la cucharilla con avidez–.  Me lo he pensado mejor. Iros sin mí.

Shestakov lo comprendió y se fue sin decir palabra.

Fue, sin duda, una mísera venganza, débil como todos mis sentimientos. ¿Pero qué más podía hacer yo? ¿Avisar al resto? Si ni siquiera los conocía. Pero había que advertirlos: a Shestakov le dio tiempo de convencer a cinco. Huyeron durante una semana, a dos les mataron cerca de Fuentes Negras, y a los tres restantes les juzgaron al mes siguiente. El caso del propio Shestakov se consideró aparte “por razones productivas”. Rápidamente, se lo llevaron a otra parte. Medio año después me lo encontré en otra mina. No recibió una condena adicional por intentar escapar: las autoridades eran honradas con él, aunque podría haber sido muy diferente.

Él trabajaba en las prospecciones, estaba afeitado y bien alimentado, y sus calcetines ajedrezados seguían enteritos. No me saludó, pero fue por capricho. Dos latas de leche condensada no son nada del otro mundo, al fin y al cabo…

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