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Los bellos ladrones

Martin Kluger | del: alemán

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Richard Kämmerlings

Martin Kluger escribe sobre la vida y sobre la muerte. Escribe sobre dos personas, Pesach y Baruch, que en algún momento vivían felizmente juntos, en otra época, bajo otro sol, y que desde entonces vuelven a perderse y a reencontrarse una y otra vez en un tour rasante a través de la historia del mundo, como ocurre ahora en la zona Duty Free del aeropuerto Leonardo da Vinci. Sus dos “bellos ladrones” roban, roban, engañan y asesinan en el París de fin de siglo, en la Londres de la guerra relámpago, en Weimar y en Roma. Pero también se encuentran en un “otro lugar”, en un sitio donde solo queda la asfixia. “Los bellos ladrones” son un renacimiento del mito de Ahasverus, el inquieto judío sempiternamente errante. Con el trasfondo del exterminio, la vieja leyenda antisemita se transforma en un terco monumento de la esperanza y del eterno retorno: “Los bellos ladrones” son una refinada parejita de maleantes y una inmortal pareja de amantes en la zona de tránsito entre el aquí y el entonces, entre el policial negro y el cuento de hadas. La narración, que siempre está constituida ella misma por robos y engaños, puede superar a la muerte, al menos durante una breve hora de gloria.

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Later in the night he saw, strangely, the picture of himself as he had been before she came.  

He thought: ‘She has the power to wake the dead.’  – Tanja Blixen, Tempests

Aeropuerto, hoy, noche

En el Este cada día es distinto, dicen los libros antiguos. Está hecho de islas, cada isla es distinta, en cada una vive una bruja, y yo conocí a una de ella.

Se hacía llamar Gabriela Sloane, somos viejos ladrones y nos habíamos encontrado en un parque de Roma mientras se llevaban a cabo las indagaciones de un robo grandioso, sin saber enseguida que tampoco el otro tenía otra intención, ni dominaba otra cosa, que robar. Yo ya me había manifestado criminalmente una vez en su isla del Este, sin sospechar que ella había nacido allí en el año 5502 (bajo el nombre de Pesach Slabosky) y que había pasado allí su infancia de bruja. Mientras que ella estaba metida en su sótano como una zarigüeya, engrasando su Desert Eagle y mordisqueando un pancito mohoso y reseco, yo cenaba y me emborrachaba en el penthouse con Frobart, nuestra víctima. Ella venía desde abajo, cavando túneles, pasando a la fuerza por caños, pernoctando en sótanos, mientras que yo empezaba a trabajar directamente arriba, con cascadas de palabras cultas, halagos, una fingida nobleza de carácter. Desde siempre que he querido dominar el mundo, derramándome sobre él como agua de baño perfumada. Ella, en cambio, lo único que quería era robar y asesinar con toda tranquilidad y practicar sus sangrientas venganzas; hasta hoy no he descubierto para qué, nuestros modos de proceder eran muy diferentes. Pero a veces, en nuestras horas de gloria, ambos éramos jóvenes juntos y estábamos enamorados de la eternidad, porque nos separaban una y otra vez.

Gabriela Sloane, aquí estaba ahora con su conjunto verde en la sala de embarque del Leonardo da Vinci, no se le notaban los sótanos cuando emergía de ellos, ahora andaba quizá llegando a los treinta años, engañosamente joven, engañosamente pequeña, tensa como un resorte, el pelo y los ojos de un negro luminoso, y si yo guardaba aún alguna duda de si esta ladrona y asesina de una hora de gloria estaba capacitada y era mi amante, la mujer odiada, perdida y vuelta a encontrar, sus ojos desvergonzados no dejaban ni que surgiera esa duda. Cada una de sus miradas llegaba profundo; incluso el que a su lado succionaba ávidamente un periódico, y al que ella examinó con desconfianza, perdió de inmediato el dominio sobre su desconsolado interior y percibió los pensamientos asesinos de ella como una tinta negra que se expande en el agua. ¿Veía ella en él un peligro, un perseguidor? Nadie me puede haber seguido, seguirme a mí es completamente imposible, leí en su triste sonrisa del Este, que es tan antigua como los libros. Dos cadáveres, Frobart y señora, la Piazza Bologna en estado de agitación policial, con su furia pistolera me había puesto también a mí en gran peligro, apenas si lograron salvarme mi traje de noche y la nube de severa Eau de Toilette en la que estaba envuelto. Un killer no se pone un Terre d’Hermes cuando sale a hacer su trabajo, dedujeron los uniformados tras largas deliberaciones.

La seguí hasta el Duty Free Shop, oscurecido por sentimientos antiguos y poderosos como telones negros. Al fin quedamos enfrentados entre Baci di Dama Nocciola y Romantica Seifen. Pero ella se apartó para oler los jabones.

– Hola, Pesach.

­– ¿Lo conozco?

Entendí. Era más divertido si volvíamos a no creerlo, a no querer comprenderlo, si recelábamos el uno del otro y negábamos la alegría. Es que no solo somos ladrones, sino que por supuesto también somos mentirosos y soñadores, que se aceptan mutuamente como tales (pero nunca, hasta donde recuerdan mis sentimientos, estuvimos casados, como es práctica común entre mentirosos).

– Nos vimos en el parque que está delante de la casa de Frobart – dije – disfrazados de transeúntes. Tú tenías un visor nocturno, yo no.

Ahora ya no olía los jabones, sino sus negros mechones de pelo, toda inocente y absorta, como si el aquí y ahora en el Duty Free de un aeropuerto de noche excediera su imaginación. Desde siempre que ha sabido cómo transformar su así llamada “conciencia” en narcótico de un momento para el otro (sufría con frecuencia de pesadillas).

– ¿Dónde se consigue uno así?

– ¿Qué cosa?

– Visores nocturnos. Ya sabes que de tecnología no entiendo nada.

Se río con su risa perlas blancas y lengua roja.

– ¿Como los míos? Usted no está bien de la testa, señor pisaverde.

Qué encantadora la elección de vocabulario ligeramente anticuado, el hálito de los siglos que rodeaba a la bruja. Que ya quería irse a buen paso. Encontré su dedo meñique, del cual la retuve con mi propio dedo meñique.

– Te extrañé.

Ella observó nuestros dedos, se tomó tiempo para eso. ¿Iba a acordarse, al fin? Sin alzar la vista dijo despacio:

– Si no me suelta de inmediato, lo mataré aquí mismo junto a los jabones, pero nadie lo notará y tampoco para la humanidad será una pérdida.

Se lo creí a pie juntillas. Y dije:

– Pues bien, Gabriela. Hablemos de negocios.

– ¿De dónde sabe mi nombre?

– Porque te he robado el pasaporte.

Con satisfacción la miré revolver su cartera amarilla y sacar tironeando documentos de identificación cuya existencia jamás pudo comprender.

– Tres veces – sonreí – Pero siempre lo devolví.

Se quedó meditando frente a su pasaporte, como si la propia falsificación, la propia leyenda le resultaran ajenas, incomprensibles, un acertijo.

– ¿Quién es usted?

Je suis le poinçonneur des Lilas. Je fais des trous, des petits trous, encore des petits trous…

Y agregué:

– Y tengo la piedra preciosa de Frobart.

Desde el rabillo del ojo ella observaba todos los movimientos de unos niños llamativamente horribles, viajeritos frecuentes y malcriados, que irrumpieron en la sala apuntándose los unos a los otros con pistolas de agua. ¿Perseguidores? ¿O verdaderos niños? ¿Cómo haría para defenderse aquí de unos perseguidores en superioridad numérica? ¿Tenía un plan? ¿Algún arma invisible? ¿Cómplices que yo no hubiera visto hasta el momento? ¿Tenía un amante? La conocía lo suficiente como para saber que estaba tramando alguna cosa. Ahora además empezó a perforarme el zapato de charol con su taco.

– ¿Así que eso es lo que cree usted? Su piedra es falsa. La cambié por otra mía.

– ¿Reconoces entonces que nos conocemos? Fue hace mucho, es estremecedor, Pesach, debo pellizcarme.

Clavó su taco aun más profundamente.

– Y tú estás más bella que nunca. Por lo demás, he vuelto a cambiar tu piedra, la tuya es la falsa.

– Pero yo volví a cambiarla otra vez.

– ¿Crees que soy un amateur? Yo por supuesto que también.

– Pero yo otra vez más.

– ¿Cómo? ¿La mía no es auténtica?

– O quizá la mía. Usted me vuelve completamente meshigue.

– Gabriela, mírame, dime la verdad, ¿eres ?

Sacudió en silencio sus rizos negros. Hizo desaparecer un par de jabones en su ropa, el poder de la costumbre. Uno cayó al suelo. Ambos nos quedamos mirándolo fijo, como si hubiéramos perdido algo de valor incalculable.

De pronto Rosh Hashana

Mi nombre es Simone Frobart. He cenado con Pablo, en la Rue Gabrielle, ha hecho un bosquejo de mí, pero no me ha pintado. Tengo planeado un periodo azul, ha dicho, y tú de alguna manera no me pareces lo suficientemente azul. O sea que no es posible que haya robado el cuadro, pues no había ningún cuadro de mí, ¿entiende? Además, era el seis de octubre. ¿Usted no entiende? Se lo diré así: usted, Monsieur, anhela el nuevo siglo, mientras que nosotros no, pues ningún siglo ha sostenido jamás lo que había prometido. David y yo tenemos un hijo pequeño, un hijo bastardo, cuando sea grande quiere ser guarda de tren y hacerles agujeritos a los pasajes, más allá de eso no quiero pensar, más conversaciones sobre el futuro no quiero entablar, solo traen desgracia, siempre siento miedo, un miedo muy antiguo. A David nunca lo va a atrapar usted, hace tiempo que ya está en Biarritz o en algún otro sitio. Nosotros mismos ideamos y armamos los buscapiés, queríamos hacer un pequeño espectáculo de fuegos artificiales, solo para nosotros, es que de pronto era Rosh Hashana, la festividad. ¿No la conoce? ¿No viene a cuento? Lamento que hayamos volado por los aires el urinario público, en serio. No, no me río; sí, soy consciente de la seriedad de mi situación. David dijo: nosotros miramos el cielo nocturno, la oscuridad, pero las estrellas vencerán. Dice ese tipo de cosas. Lo admito, yo le enseñé a robar; por cierto, en una hija de alta alcurnia como yo no se llama robo, sino cleptomanía, un trastorno mental aceptado en mis círculos, es probable que de origen libidinoso. David se hacía muy el tonto al robar, y además siempre sentía compasión por las víctimas. No es cierto, por lo demás, que la compasión no sea amor, a menudo es el amor mismo. ¿No le parece gracioso que yo esté sentada aquí y que justo el que logró salvarse sea David, que es ciego? ¿Dice usted que solo se hace el ciego? Hm, ¡y tiene pruebas! Pero usted tiene pruebas para todo. Entonces David es más inteligente de lo que yo creía, pues en cuatro años no me di cuenta de nada. Iba tanteando la calle y la vida de manera tan tonta y encantadora que no quedaba más opción que amarlo, después él se enamoró de mi amor, cosas que pasan. Por lo demás, no le creo a usted ni una palabra, Monsieur, usted quiere separarnos, es algo que ya ha intentado mi padre, que es un traidor y que últimamente se persigna todas las tardes en Sacré-Coeur. David no me envió ningún billet doux, nunca tiene dinero. Nos escondimos un año entero en el sótano de mi padre, allí nuestro hijo vio la luz del mundo, fueron tiempos salvajemente románticos. Con gusto admito que fuimos vendiendo por migajas el mobiliario de mi padre, una a una de sus horribles piezas, él creía que era obra de fantasmas. Entonces, a modo de venganza, se volvió católico. Non, je ne regrette rien.

Una hora antes de su temprana muerte (la mató a golpes su padre), Simone le escribió una carta a David, con la letra vertical y oblicua, ilegible y hermosa, que había aprendido a los cuatro años, bajo un sol grande y muy querido, en otra vida, durante el exilio babilónico.

Queridísimo, me han liberado. El cuadro de Pablo está en un escondite seguro, ni siquiera a ti te revelaré dónde. Padre me ha desheredado, pero algún día venderemos el cuadro, y entonces nuestro pequeño Claude no tendrá que ser guarda de tren. Hoy, el resto del mundo celebra bailando alrededor de los faroles de gas, en el Bois de Vincennes hay fuegos de artificio, falsas estrellas de fuego que olisquean el cielo, no son nuestras estrellas, pero igual brillan. Todos gritan ¡que viva el siglo veinte!, y arrojan sus sombreros al aire. Aun cuando no estés ciego, te extraño. Nous allons changer le monde. Contéstame.

Entretanto en el Leonardo da Vinci

Gabriela Sloane y yo seguimos mirando fijo el jabón caído. El tiempo oscila un instante, como si se hubiera movido en círculos hasta sufrir un desmayo. ¿Cuándo había empezado todo esto? Yo no lo sabía. Ella tampoco lo sabía, o lo ocultaba. Nos golpeamos las cabezas al agacharnos al mismo tiempo para recoger el jabón. En el café de la sala de embarque, donde está todo prohibido menos respirar (quien nunca haya visto a las dos de la mañana el café de una sala de embarque en la que todo está prohibido no conoce los cansancios contra los cuales se mueve el planeta), nos tratamos con amabilidad. Breaking news en las pantallas, la mansión de Frobart, Frobart y su mujer como cadáveres, cada uno de ellos tiene adentro un cargador entero del Desert Eagle de Gabriela, se los llevan envueltos en lonas. Gente que opina, Frobart no era ningún desconocido, vieja familia, banco del Vaticano (una novedad para mí), de chico le había dado la mano al Duce. Bravo, digo yo, no vamos a salir de este lugar jamás en la vida. ¿Por qué nuestro avión está atrasado? Ya te han descubierto, enseguida estarán aquí. ¿Nuestro vuelo?, dice ella con esa mirada desvergonzada, con esa mirada de ¿volamos juntos? Le doy un beso. Tiene gusto a ruibarbo. ¿Creerá que voy a volver a perderla de vista ni una sola vez más? Me da un beso ensimismado que me pasa por el costado, un beso al aire.

En el Este, ruibarbo

El arte, el crimen, también el robo, se basan en (y son impensables sin) una atención y un somnolencia medio deliberadas, medio no deliberadas, una suerte de desmayada sensación temporal. Cada artista sabe cuán angosto es el borde entre la obra informe que aún dormita en la penumbra y el momento en que ya es demasiado tarde como para mejorar nada. La mayoría de los artistas y de los criminales oscilan entre estos dos estadios, pese a todas las buenas intenciones, y eso porque son demasiado haraganes, demasiado indiferentes, demasiados autocomplacientes, demasiado desatentos, demasiado vanidosos. Claro que este es un problema moral, pues todo arte y todo crimen son, en cierto modo, una lucha por la honradez, y hasta diría que por la inocencia…

Así habló Pauline, la modesta señorita de… (no se podía pronunciar su nombre, en rigor sus clases de estética no estaban permitidas, eran solo horas de tejido junto a la estufa).

Pero un beso puede cambiar el mundo, objeté con descaro.

No queremos saber lo que hacemos, respondió ella, hasta que es demasiado tarde como para cambiar alguna cosa. El espíritu humano, prosiguió, es un saco de harapos. El cuerpo, los objetos del mundo exterior, los recuerdos calientes, las fantasías cálidas, la culpa, el miedo, la vacilación, la duda, las mentiras, las pequeñas alegrías, los grandes dolores y mil cosas que casi no se pueden expresar con palabras coexisten en nosotros, coexistente también en usted, señor Frobart.

Nos hallábamos en una isla del Este llamada Weimar, donde la gente competía sin pausa por ver quién componía más poemas. La isla no era grande, estaba ubicada en un mar helado que todo el tiempo roía la isla, de modo que al final acabaría por lavarla, por disolverla, y tal vez solo quedara de ella un cristal de hielo. Me sentía incómodo en mi papel de haragán. ¿No estaba llamado a cosas superiores? ¿No llevaba en mí a un Nathan Frobart completamente distinto? A veces me arrodillaba y rezaba y pensaba: ha llegado el momento.

Luego besé a Pauline de… bajo las lilas. Ella tenía gusto a ruibarbo, que cocinaba en secreto y engullía en grandes cantidades por las noches en el sótano del castillo. Me enteré de que también ella se sentía ajena en Weimar y en su cuerpo y en el mundo. Ya habíamos estado aquí en una ocasión, creíamos, ya nos habíamos besado alguna vez bajo las lilas, en otra era. En aquel entonces éramos distintos (creíamos), intercambiábamos miradas desde ojos negros con forma almendrada, olíamos a cardamomo y mirra, a naranjas. Éramos como más azules, dijo Pauline. Como más viejos, dije yo. ¿Tenemos permitido hablar así, Nathan?, susurró ella, así hablan las brujas. No, así hablan los que aman, respondí.

Un beso cambia el mundo. De golpe el saco de harapos se ordena, todo lo interior se organiza, no hay ningún miedo, ningún temor, adentro solo hay sitio para ti.

Nos hicimos poetas, pero no escribíamos nosotros mismos. Nos servíamos de los otros, les quitábamos los manuscritos de debajo de las almohadas, les robábamos sus borradores y sus manojos de papeles. Tomábamos luego tijeras y recortábamos el conjunto en lonjas como si fuera carne curada, volvíamos a componerlo de nuevo y lo hacíamos imprimir bajo un nom de plume que he olvidado. Siempre llevábamos con nosotros una moneda para el barquero, yo en el monedero que me colgaba del cuello, ella en sus enaguas. Nuestra ansia, nuestro presentimiento de que con nosotros ocurriría algo grande, algo que conmovería al mundo, el reconocimiento universal probablemente, el sentido para el rumbo que tomarían nuestras vidas, se revelaron como correctos. Pero el camino era más largo de lo que habíamos imaginado.

En otra parte

Ahí no podíamos robar, porque estábamos muertos (asfixiados).

Retrato

Hoy es domingo. Nuestra casa no es más que escombros y ceniza, thank you, Mr. Wernher von Braun. En la Muswell Hill Broadway lloran los huérfanos. El padre está muerto, la madre no habló una palabra en siete días, hablaba con su corazón hasta que este se detuvo. Pensábamos que estaríamos a resguardo en Londres, las mujeres en colores rosados como mazapán tenían un efecto tranquilizador sobre nuestros nervios, los hombres de cuero suave y claro y levemente fruncido sonreían divertidos a veces, levantando una ceja, todo tranquilizador, también la vieja lengua del bardo, que tal vez conoce lo fuerte y estridente, pero no el ladrido. El rey Lear nunca va a ladrar, por más de que en Berlín vociferen todo lo que quieran. La tienda de mi padre, el viejo y querido Frobat’s Bookshop, puro escombros. Hurgando entre los tristes restos encuentro un viejo libro sobre la patria, las islas encantadas y las brujas maravillosas que habitan en ellas. Eran una posibilidad, estas brujas, pero mi patria no quería esta posibilidad. El retrato de una bruja sin edad, pequeña y de pelo negro azabache, con ojos que han visto muchas cosas y conocen secretos, me lleva a otra época, de cuando las islas aún estaban emplazadas bajo el sol cálido y a veces emergían del mar y paseaban por la tierra hasta establecerse en otra parte. Una mujer joven como yo, muerta hacía siglos, su nombre era Pesach.

El vuelo 0913 está listo para embarcar

De nuevo en el maldito Duty Free, escenario de los sentimientos reprimidos. Gabriela recordó que necesitaba urgentemente esto y lo otro, por ejemplo Toblerone. Pequeña competencia por ver quién podía hacer desaparecer como por hechizo más Toblerones bajo las cámaras giratorias.

– Cada vez somos mejores – dije.

– ¿Ah, sí? Escúcheme, en la caja se separan nuestros caminos. Y usted paga.

Tomó un cuadrito en miniatura, Roma bajo la lluvia, y me lo aplastó en la mano.

– Esto.

Me puse el cuadro a la altura de la cara.

– Estuviste a punto de besarme…

– …

– Es tarde, Gabriela Sloane. Usted está en peligro.

– ¿No fue siempre tarde?

– No en aquel entonces, en Babilonia – dije.

– …

– Podríamos ir a Londres y jubilarnos. Tengo un piso en Muswell Hill. O a París, ahí soy propietario de un pequeño hotel en la Rue…

– En ese parque – me interrumpió – delante de la casa de Frobart, cuando te sentaste descaradamente al lado mío sobre el banco, ¿te percataste de las palomas?

– ¿Palomas?

– ¿Te das cuenta? Todo el tiempo estás durmiendo, andas sonámbulo a través de nuestra vida, estoy podrida, tengo que liberarme de ti, me haces daño.

– ¿Palomas?

– Sí, palomas. Se paraban en semicírculo alrededor de nosotros, eran palomas bastante viejas que nos clavaban sus ojos duros. Y el cielo estaba tan azul y frío, ¿tampoco te diste cuenta? Él no nos ha perdonado. Y con esto anuncio el final irrevocable.

Ahora al fin me tocó, sus dedos (que también asesinaban) trazaron un pequeño círculo sobre mi mano, y dejó descansar su negra cabellera sobre mi hombro. Parecía como si buscara mi perdón. Por ser joven y bonita e incorrupta y por tener un futuro, mientras que yo era viejo y feo y un pecador y no tenía ninguno.

Lufthansa Flight 0913 now boarding… – la voz incorpórea.

Ay, Berlín, pensamos al unísono. Una ciudad que el destino nos había ahorrado misericordiosamente, alrededor de la cual nos había estado llevando en grandes círculos. ¿Qué buscaba ella en Berlín? A Diamond as big as the Adlon?

– ¿Eso fue Dios? – dije.

– ¿Como el mío?

– La voz.

– No lo aprendes nunca. Nosotros. Somos nosotros – se levantó – Por favor, no me sigas. Vuela a alguna otra parte, vuela a París, donde alguna vez fuimos felices, vive en nuestros recuerdos, necesito una interrupción, una pausa, de al menos un siglo, déjame simplemente sola.

– Sola… – seguí cavilando yo.

Y ella ya se había ido corriendo. Había olvidado lo rápido que podía correr, parecía como si hubiera pasado un pequeño relámpago por la sala de embarque. El resto del mundo hizo lugar, se apartó saltando, qué orgulloso estaba yo de ella. ¿Tenía razón en que necesitábamos una pausa? Primero debía convencerla de suspender los asesinatos, era algo que no estaba en nuestra naturaleza, el robo como una forma del arte era nuestra naturaleza, las palabras y las miradas eran nuestra naturaleza.

Durante el vuelo conversamos sobre visores nocturnos. Son estupendos, dijo ella, si por ejemplo trabajas en una casa con muchos sótanos, ves todo verde, es fantástico, como un sueño. La amaba cuando hablaba de cosas de la profesión, y ella lo sabía, éramos maestros de la distancia, entendíamos y honrábamos la distancia entre las estrellas en sus alojamientos nocturnos en el cielo. Tomó mi rostro en sus manos. Esta su beso no me pasó por el costado. Un beso puede cambiar el mundo, no hay momentos atemporales, aislados, encapsulados, inadvertidos, en los que podemos actuar a voluntad, para luego seguir con nuestras vidas como si no hubiera pasado nada. Hay besos de consecuencias graves. A veces hay que robarlos. Las almas que deambulan intranquilas lo saben. Y los ladrones ni hablar.

Al empezar el aterrizaje en la ciudad de Berlín, el avión empezó a bambolearse, luego a temblar peligrosamente, luego a barrenar, y todo se fue al diablo.

– Esto no puede ser cierto, Pesach, nos caemos. En medio de Europa.

– En efecto – dijo ella.

Me sacó la lengua y extrajo su moneda para el barquero de la cartera amarilla.

– Mejor que tengas tu moneda lista – dijo.

– ¿Has metido mano en esto?

– Tal vez.

– Pesach, Pesach…

– Tengo que decirte algo: también hay una bomba.

– Vamos a destruir medio Berlín.

– Puede ser.

– ¿Es realmente necesario?

Nous allons changer le monde. ¿Tienes miedo?

– Bien que te gustaría.

– Nunca hemos muerto juntos – dijo.

Yo quería decir: sí, oh sí. Pero guardé silencio. Siempre guardo silencio. No soy el único, pienso, y el otro también lo piensa, y así es como todos guardamos silencio.

– ¿Sabes por casualidad qué ha sido de nuestro pequeño Claude? – preguntó.

– Lo que siempre quiso ser, le poinçonneur des Lilas.

Je fais des trous

Des petits trous

Suspiré. Habría sido tan bello. Ella tomó mi mano.

– Baruch, por aquel entonces en Babilonia, el sol sobre nuestras cabezas, qué nuevos que éramos.

Después el avión cayó en picada con ciento veintinueve almas a bordo y explotó en lo profundo de la ciudad y extinguió muchas historias, pero solo de manera fugaz.

¿Tenemos solo una vida? Presumiblemente. ¿Podemos tejer alguna realidad cualquiera a partir de nuestros sueños y de nuestras nostalgias como en su tiempo hacían las parcas, una alfombra encantada y eterna que nos lleve volando por los aires y por los tiempos? Concluido, desaprendido. Y sin embargo, en nuestras horas de gloria somos dioses. Amamos en otra forma, bajo otro aspecto, a las personas que ya amábamos desde siempre, nada se pierde, solo cantamos una canción.

Éramos dioses. Ahora estoy solo en este sótano, sin luz, sin estrellas, sin visor nocturno, solo el pasado, que es un país extranjero. Pesach, ¿estás ahí aún? ¿O ya estás aquí? Contéstame.

Para Hanna


 

*Copyright © Martin Kluger, 2015.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

*Imagen: Adam Martinakis

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