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Lutan quieta

María Martoccia | del: español

Introducción de Luis Chitarroni

Es una exageración — porque en sentido lato solo representa un mero acto de honestidad y cortesía — presentar los textos, relatos o novelas de María Martoccia, que tan bien se arreglan solos. “Lutan quieta” implica, si no se quiere redundar, iniciar de pronto una imprudente ficción paralela. Porque se puede concluir, una vez terminado el relato, que Lutan tiene una existencia propia, que respira y reposa con la misma irresponsabilidad — la misma intimidad, el mismo riesgo, la misma economía — que cualquier mortal de este mundo, conducta que la condena a participar para siempre de la mejor literatura.

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Lutan me hizo pasar a una habitación luminosa, de paredes claras y techo alto. No se sorprendió porque después de tres años yo tocara el timbre de su casa en un país en donde las dos éramos extranjeras. Apenas frunció el entrecejo y murmuró algo entre dientes, como si le molestara tanta impuntualidad. Tampoco se mostró interesada por conocer los motivos de mi viaje desde Bangkok ni me ofreció un té, pero yo sabía que para Lutan la llegada de alguien no interrumpe nada y solo la pone de malhumor un rato. Después, sin excusas, se sentó frente al televisor y continuó mirando un programa. Me intrigó saber cuánto entendería. Ella habla hokien, uno de los cinco idiomas chinos, y no estudia otro. En realidad, cree que los idiomas son acentos diferentes que se contagian con el tiempo. Eso me había dicho su marido cuando le pregunté por qué Lutan no se inscribía en un curso de inglés. “Dice que el acento de Brighton vendrá con los años. Hay que esperar”.

Y, que yo supiera, habían estado en Malasia un año y medio; poco tiempo para que se contagie un acento.

La habitación era amplia y con el piso de baldosas blancas y negras. Por todos lados había cajas de mudanza y, en una esquina, sobre una alfombra que decía “Hotel Chang”, se amontonaban docenas de zapatos embarrados. Para atenuar la luz, sin muy buen resultado —la luz de Penang se filtra como si tuviera alguna otra cualidad además de la luminosidad misma—, habían puesto ropa y toallas en las ventanas: camisas, manteles y el saco de un traje. Las puertas estaban abiertas, la principal sujeta con una gran piedra, y el único adorno, una pantalla de papel rojo, se balanceaba de un cable finito. Venía tormenta del noreste. Un temporal que en el camino había deshecho casas de palmera y ahogado a miles de cebúes mansos, pero que ahora, exhausto, convertido en suaves ráfagas que movían las copas de los árboles, solo iba a librarnos del calor. La luz de un relámpago cruzó el cielo como si alguien estuviera sacando fotos desde arriba. Un tropel de nubes negras pasó por la ventana que tenía colgado el saco; pronto flotó un olor diferente, mezcla de tierra mojada y sótano, que en nada se parecía al olor pegajoso y podrido del calor. A pocos kilómetros, los animales de la selva gritaban con el miedo ciego de las criaturas que no recuerdan que las lluvias terminan. Lutan, sentada en posición de loto, las manos sobre los pies diminutos, tan bien cincelados que resultaban manos más que pies, espiaba hacia la puerta del fondo, segura de que el viento traería algo. Y no se equivocó. Un racimo de hojas y flores podridas del tamaño de una pelota de tenis entró haciendo círculos y, al final, se enredó en las patas de una silla. Con inusual diligencia Lutan fue hasta una de las cajas de mudanza, sacó un Buda de material oscuro y cara de mono, tres bowls metálicos y una botellita y en un rincón armó un altar. Repartió gotas de la botellita en los bowls, puso algunas de las flores podridas delante del Buda y deshizo la pila de zapatos para arrodillarse sobre la alfombra que decía “Hotel Chang”. La plegaria duró unos segundos. Pero no es necesario más; si Dios recuerda, y si lo hace sólo puede hacerlo eternamente, poco importa la duración del rezo; y si no, estamos perdidos, porque su olvido debería ser también eterno.

Cuando terminó la plegaria, con idéntica rapidez, Lutan trajo té y unos bollitos de arroz agridulces y se quedó a mi lado, en silencio, cortando todas las fotos de la familia real británica que encontraba en un almanaque. No sé si a la ceremonia de los bollitos antecede siempre un rezo o si ahora sí me estaba dando la bienvenida sin decírmelo. No parecía tener mucha importancia conocer el orden ni las razones. Me desperecé y tomé el té que tenía perfume a jazmín. En el televisor seguían hablando un idioma que ninguna de las dos entendía, afuera una cortina de lluvia se transformaba en vapor al tocar el piso. Poco a poco desapareció ese malestar —producto de un recibimiento tan inusual— y comencé a sentir sueño, que es lo mismo que sentir confianza.

Debían de estar cumpliéndose las palabras de Malcolm, dichas dos años atrás, cuando los profesores del Politécnico de Brighton comentaban el carácter de Lutan. “La mujer de Steve —decían— está quieta horas… No hace nada… Steve la encuentra después del trabajo en la misma posición en que la dejó a la mañana… El pobre tiene que salir corriendo a comprar comida…A ella no le interesa nada… La invitamos a una reunión y…”

Malcolm la defendía con vehemencia. Decía que el problema radicaba en saber por qué nos enfurecía que Lutan no hiciera nada y además, agregaba, con esa autoridad y ese misterio que le conferían haber vivido en Indonesia veinte años, “un día verán que Lutan hace cosas”.

John, el más feroz oponente de Malcolm, respondía que era un cliché creernos que los orientales hacen algo mientras están sentados mirando la pared. Contradecía a Malcolm y, así, comenzaban largas discusiones en la sala de profesores, ante los ojos de muchos estudiantes que consultaban sus problemas de tesis. Hubo un tiempo, incluso, en el cual estas discusiones se convirtieron en uno de los entretenimientos del lugar y, luego, se comentaban en los pasillos ya como parte de la vida académica. Malcolm esgrimía que el cliché era creernos que nosotros, los occidentales, hacíamos algo. “Tenemos una memoria obsesiva —repetía—. Hacemos para recordar. En Asia son mucho más prácticos. Saben que hay olvido.” “Rubbish!“, gritaba John.

Hasta la secretaria, una rubia fea, intervino una vez. Ella “quiso colaborar” con Steve y había invitado a Lutan a la pileta de la universidad. Por supuesto, Lutan rehusó. “Nada le gusta”, concluyó entonces la secretaria, como si la natación fuera el parámetro de interés absoluto. Malcolm, cuando se enteró de este incidente, se puso furioso. Pareció que iba a pegarle a la secretaria o romper el cristal de una estantería. Gritaba que era ridículo que pretendiéramos que Lutan practicara deportes y comprara la comida en los grandes supermercados. La rubia sollozaba: “Pero tiene que adaptarse…”. Malcolm dio un portazo y sus palabras llegaron hasta las habitaciones del fondo, en donde funcionaba el Departamento de Lingüística: “Adaptarse, ¿qué es eso? Es antinatural moverse del lugar en donde uno nació”.

La secretaria, cuando ya Malcolm había desaparecido, continuó: “Esa mujer le está haciendo la vida miserable a Steve”.

Una de las profesoras de francés, una pelirroja anoréxica, trató de calmarla. “No se puede volver de Oriente sin pagar un precio”. No sé si se refería a Malcolm o a Steve.

Malcolm era un profesor cincuentón, de sacos manchados y pelo largo. Había vuelto de Indonesia, en donde vivió veinte años, sin jamás explicar por qué. Tenía modales bruscos y continuos ataques de impertinencia. Me rodeaba los negocios de Sydney Street para comprar libros sobre cualquier tema oriental y contradecía el contenido a gritos. Pasaba horas redibujando costas de islas lejanas y en arranques de furia rompía esas páginas de libros caros que había conseguido en las tiendas de Sydney Street “porque dicen cualquier cosa”. Comía en lugares sucios que de manera sistemática clausuraban al poco tiempo y admiraba a las chicas de rasgos asiáticos en el tren. Casi todos los demás profesores, y la secretaria, lo rechazaban sin disimulo. Se había ganado mala fama, más que por sus modales, por una cualidad que los ingleses no toleran: era esa clase de hombre que admira un solo tipo femenino. Creo que la sociedad británica los considera físicamente peligrosos; quizás piensan que hay corta distancia entre el crimen de sangre y el encasillamiento de mujeres. Además, sin dudas, Malcolm le tuvo celos a Steve, el profesor de Brixton que logró volver de Indonesia con una esposa delicada a quien la cultura inglesa provocaba un único interés: Lutan le hacía copiar a su madre los modelos de Lady Di. Pero tampoco pensemos que solo esta rabia había hecho hablar a Malcolm.

Yo, ahora en Penang, en medio de una tormenta, veía que sus palabras tenían cierta lógica. Éramos nosotros quienes nos poníamos incómodos con la inmovilidad de Lutan, que con su obsesión por la moda de la realeza, los altares que construía para un Buda cómico y las horas que pasaba delante de programas de televisión incomprensibles, estaba tan ocupada como cualquier mortal.

La lluvia acrecentaba y disminuía su fuerza sin que pudiéramos adivinar cuándo iba a hacerlo. Lutan, a mi derecha, seguía recortando los vestidos de Lady Di y la princesa Margarita. Modelos para mujeres altas que su madre en Indonesia debía convertir en miniaturas.

—Lutan, ¿no te parece una casualidad increíble que después de dos años sin tener noticias de ustedes me haya enterado de que vivían en Penang porque me perdí en el barrio chino de Bangkok? —pregunté.

Lutan dejó la tijera en el aire y una capelina rosa a medio cortar.

—Una casualidad —repetí, por si la frase le había resultado demasiado larga.

—No —respondió Lutan—. Entraste al British Council y preguntaste por nosotros.

—Sí, sí, pero entré porque tenía calor, ni pensaba que…

Lutan frunció la frente de cejas invisibles:

—Cuando viajamos es tan difícil saber qué es casualidad y qué no.

Here we are. Entonces, ella se quedaba quieta para ser dueña de los actos. ¿Existe la casualidad para el inmóvil? ¿La había ofendido diciendo que me resultaba increíble volver a verlos? El viento ya se había ido a llevar nubes negras a otra parte. Sonó el teléfono. Antes de atender miré el aparato como si fuese algo que no debía estar allí. Era Steve. Me dijo que tenía mucho trabajo, que me pusiera cómoda y lo esperara. No preguntó por Lutan y me quedé pensando para qué diablos había llamado si no sabía que yo estaría en su casa. Volví al sofá. Lutan guardaba los recortes del almanaque en un sobre. Entrecerré los ojos y no desperté hasta que Steve volvió a llamar. Mientras tanto, soñé algo que ya me había pasado, el modo en que me había perdido en la ciudad de Bangkok y cómo había dado con el paradero de Steve y Lutan. Cuando terminó el sueño decidí que esta iba a ser la versión que contaría, la definitiva. Aunque reconozco que está ligeramente alterada. Yo me perdí en el barrio chino de Bangkok, es cierto, y también pregunté por ellos en el British Council, pero en el sueño aparecieron otras cosas. De todas formas utilizo esa versión porque no soporto que los sueños se conviertan en algo inútil, en algo que uno no puede hacer circular como excusa.

El sueño empezaba con una de esas características que le avisan a uno que se encuentra en un sueño: el día era espléndido pero yo sabía que para los demás hacía un calor insoportable. Siempre son esas diferencias, esos secretos sobre la realidad que sufrimos, o que sufren los demás, la señal que nos indica que soñamos. Yo tomaba la lancha para cruzar al Templo del Amanecer. El río estaba picado. Los camalotes remontaban las crestas de las olas y, después, se hundían enredados con toda la basura. Era mi última visita en la ciudad de Bangkok. Ya había subido a docenas de lanchas para conocer el Buda inclinado, el palacio del Buda de esmeralda, el Buda de oro y los jardines del Buda falso en donde viven tortugas y los monjes de once años se pasean serios. El Templo del Amanecer apareció en la margen derecha del río más grande, como aparecen los edificios en los sueños. Además, tenía la forma y consistencia de algo orgánico que podía crecer infinitamente. A medida que nos acercábamos se veían las filigranas del techo recortadas en un cielo de exquisito color rosa. Cuando la lancha se arrimó al muelle salté a tierra y atravesé corriendo un puente. Quise evitar a una pareja que me había sonreído con la intención de hablar. Frente a la entrada del templo se amontonaban quioscos de frutas y artículos de marcas famosas falsificados. Subí unos escalones hasta llegar a una cúpula. La piedra de los muros estaba cubierta con tallas de diosas malhumoradas y un hongo color gris. En la terraza escuché unas voces inglesas que decían: “Esto debe de haber sido maravilloso en el siglo diecinueve”. De pronto supe que me encontraba en la terraza de la segunda cúpula, aunque no recordaba haberme movido. “No quiero entrar al templo —pensaba— porque todos los templos son iguales: una habitación grande, budas de todos los tamaños, floreros vacíos, un reloj de pie, colmillos de elefantes y algún que otro australiano durmiendo detrás de una columna para ahorrarse los tres dólares de un hotel barato.” Me reí de esto último. Después, miraba las paredes del templo. Tenían algo perecedero, como si fueran a ser destruidas en cualquier momento por un ataque de ira divina. Abajo me encontré con la pareja que filmaba los detalles de una columna. La película les resultaría un fiasco, vaticiné. En los quioscos de la entrada, una norteamericana regateaba el precio de una camisa Chanel.

—Es falsa —decía.

—Pero usted va a hacerla pasar por auténtica —parecía responder la paciente vendedora. Cosas de los sueños; uno entiende lo que piensan los demás.

De pronto me encontré a la sombra de un árbol muy grande de raíces al descubierto. Cerca, un grupo de japoneses se sacaba fotos con una boa dormida. La dueña del animal cobraba un dólar por foto y, en fila, con cara de aviadores suicidas, los japoneses sufrían. En el fondo había una pareja que se besaba hasta hacerse sangrar los labios y yo me decía: “Claro, esto es una costumbre de ellos”. Mientras todo esto pasaba, un hombre moreno se sentó a mi lado. Tenía puesto un traje tipo safari color caqui y se apantallaba con un abanico negro. Hablamos.

—¿Le gusta el templo? —me preguntó.

—Me encanta. ¿A usted no?

—¿Está bien, es como todos aquí… —Tenía un anillo enorme, también negro, y el acento cansado de los indios cuando hablan inglés.

—Los templos budistas no me convienen —decía. Sacó una tarjeta del bolsillo y me la entregó.

Yo, en lugar de una tarjeta, recibía el abanico. Pero es normal que en los sueños haya economía de objetos. Miraba, entonces, el abanico, que resultaba ser una tarjeta de presentación, y sabía el nombre: Rajiv Okra…

—Soy el director de una empresa que comercializa las ofrendas de los templos, y en los templos de Tailandia hay flores y frutas…

—¿Y qué esperaba?

—En Tirumalai, donde tenemos la oficina central… ¿Conoce Tirumalai?

—No. ¿Dónde está?

—Sur de la India. ¿Es usted italiana?

—No.

—¿Española? ¿Francesa?

—No. Argentina.

—¿Tienen presidente en su país?

—Sí.

—¿Y restaurantes con la comida de Tirumalai?

—No, es una lástima. —El viento empezó a cambiar el paisaje. No me pidan que explique cómo, pero el paisaje cambió. En mi sueño ya no hubo más japoneses ni un árbol grande—. Entonces, me dice que su empresa comercializa las ofrendas de los templos. ¿Cómo es eso? No entiendo.

—Miles de feligreses viajan de Madrás y otras partes a Tirumalai y ofrecen sus cabelleras al dios Visnú. Casi quinientos peluqueros trabajan en el templo afeitando cabezas. Demoran cuarenta segundos en cortarle el pelo a una mujer que lo tiene por la cintura. Mi empresa compra el pelo. Toneladas.

—¿Y qué hace su empresa con el pelo?

—Lo vendemos para hacer pelucas. —Apenas dijo esto aparecieron pelucas por todos lados.

Me despedí de este caballero y tomé la primera lancha que pasó. En las orillas del río había casitas de madera destartaladas y gente bañándose. Un barco grande con pescadores de turbantes sedosos que cosían las redes al sol cruzó frente a nuestra lancha. En el agua, sobre las manchas de aceite que despedían los motores, flotaban cabezas de pescados muertos y cáscaras de fruta. Un grupo de monjes nos hizo señas desde un bote. Nos arrimamos y subieron. Llevaban las cejas afeitadas y túnicas de color azafrán. Uno bajó a sentarse, el resto se quedó en la cubierta. El material liviano de las túnicas se agitaba con el viento y les envolvía las piernas magras. Después de unos sauces, la lancha viró y llegamos a un embarcadero. Los monjes desaparecieron entre los árboles. Se los veía muy animados, tomados del brazo y charlando. Estaba desorientada. Seguí unas calles que me parecieron más europeas que asiáticas y enseguida estuve en el centro de un barrio chino. Había un movimiento enloquecedor pero sabía que no era posible retroceder. A cada lado de la calle se abrían las puertas de infinidad de oficinas con sus carteles en mandarín y los paneles de madera oscura, índice de prosperidad. En las oficinas se mezclaban el comercio y los trajines de la vida doméstica; cada tanto aparecía una vieja o lloraba un niño. En las veredas había jovencitas que freían trozos de carne irreconocible, bollitos de gelatina transparente y pájaros enteros. Changadores con cargas monstruosas se caían en el medio de la calle y demoraban el tráfico, pero nadie hacía nada. Las cloacas estaban llenas de basura. Las sombras de las ratas corrían y cientos de rostros con la boca muy abierta me gritaban: ¿Laringe de chancho?, nidos de… ¿lombrices? Yo, entonces, caía desmayada frente a la puerta de un gran edificio, sin que mi desmayo significara que no seguía caminando. De inmediato supe que el edificio era el British Council y esto me alivió. Entré. La secretaria era la secretaria rubia del Politécnico de Brighton y yo preguntaba por Lutan y Steve.

—Te llama Steve, te llama Steve. —Lutan me sacudió con suavidad.

—Está oscuro. ¿Qué hora es? ¿Cuánto dormí? —Me incorporé y vi que Lutan tenía un nene en brazos.

—Steve quiere hablarte. —Señaló el teléfono como si fuera algo que ella jamás se atrevería a tocar.

—Gracias —dije, sin dejar de mirar al nene.

Steve quería decirme que iba a demorar más de lo previsto:

—Hay una reunión de profesores y no puedo salir. El director está por aquí, así que después te explico…

—No te preocupes —le dije—. Te esperamos a cenar.

—Sería un milagro que hubiera algo de comer. No creo que haya nada en la heladera. Ya sabemos que Lutan nació con sirvientes a su alrededor. Aunque podríamos decirle a Shi que venga y nos cocine algo. Lutan tiene su teléfono. ¿Anda Lutan por ahí?

—Sí, está aquí a mi lado. Tiene un bebé —dije, pensando que también para él sería una novedad.

—No puedo creerlo. ¿George está despierto todavía? —No me habían dicho nada…

—Sí —me contestó Steve—. Nació el año pasado en Jakarta. ¡Por Dios! Que lo ponga a dormir antes de que yo llegue. No quiero estar con un nene después de un día como el de hoy.

Corté.

Lutan le estaba poniendo una pulsera en el tobillo a George.

—Si quiere estar despierto tiene que llevar esto —me explicó.

—¿Qué es?

Hizo sonar unos cascabeles delante de mis ojos.

—Un regalo de la abuela. Oro. Así escucho por dónde anda y no tengo que levantarme. Malo, George es malo —repetía Lutan con su inconfundible acento oriental.

George era muy blanco, de ojos rasgados, y continuamente señalaba cosas.

—Cuando habla no lo entiendo —decía Lutan con orgullo.

Salimos al jardín. La tormenta había estropeado la mayoría de las flores, que despedían un aroma intenso, casi empalagoso. En una magnolia había loros. George, al pie del árbol, quería atraparlos.

—George es muy travieso —dijo Lutan—. Siempre busca las cosas altas.

—Dice Steve que deberíamos hablarle a Shi…

—Ya la llamé —dijo Lutan con picardía—. No cocina muy bien pero puede hacernos algo.

—¿Tampoco te gusta la comida de aquí? —pregunté.

—Todo tiene el mismo gusto. No saben comer con picantes —afirmó con el mismo desprecio y las mismas palabras con que había calificado la comida inglesa años atrás.

Oscureció, la luz enceguecedora se volvió azul oscuro. En el jardín seguían viéndose las flores blancas, los troncos de los árboles y, a unos metros, la calle de tierra por donde cada tanto pasaba una bicicleta. George se había sentado bajo la magnolia, quizás esperando que bajasen los loros. Nos sentamos nosotras también, pero en los escalones de la entrada.

Un hombre gritó algo desde el portón. Lutan lo ahuyentó con un gesto, como se quita uno de encima las moscas.

—¿Qué quería? —pregunté.

—No sé —dijo—. Debe ser un vendedor ambulante. Venden cosas feas.

Al rato apareció una mujer de rasgos afilados, descalza, con dos canastos y una gallina muerta colgada del hombro. George de inmediato corrió hacia ella y empezó a hablar.

—Es Shi —dijo Lutan—. George la adora. Le encanta la comida de aquí —concluyó, como si George tuviera la opción de que le gustara otra cosa.

Shi levantó a George en brazos y se dirigió a la casa. Parecía imposible que pudiera caminar con todo.

Steve llegó tarde. O no. Es difícil saber cuánto estuvimos sentadas en los escalones, mientras nos preparaban la cena y escuchábamos el ruido de los grillos, las cigarras y algún que otro mono revolviendo en la basura de las casas vecinas.

—Fue un día terrible —dijo Steve—. Estamos organizando los cursos para el examen del Cambridge First Certificate. Tenemos un director nuevo, pero nos faltan profesores. —Steve había engordado desde la última vez que lo había visto.

Cuando entramos me sorprendió cómo Shi se las había ingeniado para ordenar la habitación, cocinar y, obviamente, acostar a George.

Las cajas de mudanza y la ropa colgando habían desaparecido. Los zapatos estaban ordenados por pares. En el centro de la habitación había dispuesto varios almohadones y una mesa baja. Cada plato tenía una flor al costado y había candelabros con velas de distintos colores, casi todas a punto de apagarse.

Comimos un curry de pollo con salsa de coco. Lutan separaba los trozos de carne y repetía con los dientes apretados: “No tiene gusto a nada”.

Conté el sueño como la más estricta verdad, estaba interesada en saber el tono con el que la secretaria me había informado que ellos vivían en Penang.

—En Bangkok nos detestan —dijo—. Somos la otra sucursal de Asia que puede hacerles sombra. Aunque, no sé… El nuevo director, Louis… —Miró a Lutan como para que ella confirmara alguna de sus palabras.

Lutan estaba chupando sin disimulo unos ajíes que después escupía en el mismo plato.

—¿Louis? —repitió.

—Ese hombre gordo que conociste la semana pasada cuando fuimos a la embajada porque celebraban el cumpleaños del embajador. Me dijiste que hablaba chino muy bien.

—Sí. Él tiene la casa que nos corresponde a nosotros. La casa en la colina. Con un jardinero y una cocinera permanente —respondió Lutan.

Steve se volvió a mí:

—Lutan está convencida de que esa casa debería ser nuestra. Ya le expliqué mil veces que es la casa del director del British Council, pero no lo entiende.

—Y además, él no habla chino tan bien —concluyó Lutan, como si las casas lujosas de Penang correspondieran a los que hablaban chino bien.

—Bueno —siguió Steve—, lo que quería decirte es que Louis no es exactamente el director que esperábamos.

—¿Por qué?

—Trabajó en Colombia y fue un desastre. En solo dos años logró arruinarlos por completo. Para competir necesitamos a alguien que sepa hacer negocios con los chinos de Cantón, con los más astutos.

Lutan fruncía la nariz con desprecio cada vez que escuchaba mencionar a los chinos de Cantón.

Las velas se consumieron y quedamos iluminados solo por la luz que entraba de afuera. Steve y yo seguimos hablando de Inglaterra, recordando viejos tiempos en el Politécnico y el precio de todas las cervezas que él extrañaba.

No sé en qué momento Lutan desapareció, porque cuando Steve y yo nos despedimos para ir cada uno a su cuarto, ella ya no estaba entre los almohadones.

Al día siguiente salí temprano con Steve. El cielo se preparaba para otra tormenta. Camino al British, Steve me mostró el cementerio inglés, donde la mayoría había muerto de malaria o de alguna otra fiebre tropical y las raíces de las plantas destrozaban las lápidas y las cruces hasta dejarlas sin nombres ni fechas.

Lutan había quedado sentada frente al televisor. En la misma posición del día anterior, con sus diminutos pies entre las manos. La saludé pero no me respondió. Mientras hacía un café en la cocina, pensé que había estado siempre ahí, sentada en el sillón frente al televisor, y que todo lo demás, incluso mis recuerdos de Brighton, había sido un espejismo o parte del sueño. Pero eran solo las maneras de una persona que sabe permanecer quieta y desorienta.

Steve me dejó en el centro de Penang.

Quedamos en volver a encontrarnos a la noche y salir a cenar los tres juntos. Había un restaurante cerca del puente que a Lutan le encantaba. “George se puede quedar con Shi”, gritó Steve a manera de despedida, como si el chico la noche anterior nos hubiera molestado.

Caminé por la costanera y vi los edificios de la época colonial enrarecidos por el descuido. Crucé un parque de diversiones y llegué al inevitable barrio chino. Un aire sombrío reemplazaba la mundanidad malaya. Los rostros de muchos hombres tenían la expresión de alguien que está por tomar una medida drástica, o por lo menos lo que nosotros, los occidentales, creemos que es drástico. Sentí hambre. Decidí comer algo que fuera fácil de identificar o absolutamente imposible de reconocer. Opté por la segunda posibilidad porque la primera me hubiera condenado a una dieta de bananas. En una tienda llena de bicicletas una mujer de cara ancha freía unos triángulos en una sartén enorme. Le pregunté:

—¿Usted los vende?

—No.

—¿Puedo comprarle uno?

—Claro.


*Publicado en Caravana, “La Bestia Equilátera”, 2009

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