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leyendo ahora: Madame Rose Hanie | Gibran Kahlil Gibran
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Gibran Kahlil Gibran | del:inglés

Madame Rose Hanie

Traducción : Ariel Dilon

Introducción de Reuven Miran

¿Qué no se ha escrito ya acerca del amor? Desde que hay escritura, y desde el nacimiento del relato, se han vertido incontables palabras sobre este sentimiento misterioso, sobre esta sensación que eleva el alma y el cuerpo y que confiere plenitud al hombre y la mujer que se hallan unidos por el amor. También es un cuento de amor el presente relato, “Madame Rose Hanie”, aunque éste se centra en la dimensión trágica del amor. En efecto, este sentimiento excelso y fortalecedor puede conducir –en determinadas circunstancias culturales y sociales– a un estado de humillación, a una sensación de impotencia, a una trampa existencial. El autor nos narra la historia de un hombre y una mujer tal como la ha escuchado, separadamente, por boca de cada uno de ellos. Con un lenguaje sencillo pero asombrosamente poético, él construye, a partir de estos dos relatos, esta compleja historia humana en la que ambos protagonistas son víctimas de una coerción social y cultural que les causa enorme sufrimiento. Rose Hanie, una muchacha de apenas dieciocho años, se ha casado con Rashid Bey Namaan, un hombre generoso y de buen corazón de cuarenta años, hijo de una familia acomodada y pudiente, que se enamora de ella, la toma por esposa y le da todo lo bueno que tiene para ofrecer. El corazón de Rashid, hombre conservador, estaba lleno de buenas intenciones, y Rose hace todo lo que puede para retribuirle amor, pero su esfuerzo es estéril. “Porque el Amor desciende sobre nuestras almas por voluntad de Dios, y no por el reclamo o la súplica del individuo”, cuenta ella. Mientras que Rashid, su esposo, se pregunta en la amargura de su desesperación: “Si lo que te toca en la vida es un hermoso pájaro al que amas con amor sincero, lo alimentas con las semillas de tu yo interior, y haces de tu corazón su jaula y de tu alma su nido. Pero cuando lo estás admirando con cariño y lo miras con los ojos del amor, él escapa de tus manos y vuela muy alto; luego desciende y entra en otra jaula, y jamás regresa a ti. ¿Qué puedes hacer entonces?”. El alma de Rose, prisionera en la jaula de oro que su marido construyó para ella, se siente atraída hacia otro hombre, mientras que él, su esposo, está condenado a vivir miserablemente sin obtener una respuesta a su pregunta. En este original relato, Kahlil Gibran logra transmitirnos, por un lado, la sensación de asfixia de una vida que ha sido impuesta a la mujer por la sociedad y la cultura en las que ella vive, y por otro lado, la terrible frustración del hombre que la ama honestamente y que creyó –por ser él mismo prisionero de normas sociales– que conseguiría el amor de ella. Y así, por esas mismas normas, viven dos creaturas humanas una vida miserable: el hombre, que se siente traicionado por una mujer ingrata, y la mujer, cuyo amor a otro hombre le deparará la excomunión social. La trama transcurre en el Líbano cristiano, cautivo en sus propias normas y sujetado por las ataduras de la religión y el conservadurismo de principios del siglo 20. ¿Pero acaso nosotros, aquí y ahora, en otro país y cien años más tarde, nos hemos liberado de esas normas?

 

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Primera parte

Miserable es el hombre que ama a una mujer y la toma por esposa, que derrama a los pies de ella el sudor de su piel y la sangre de su cuerpo y la vida de su corazón, y que pone en las manos de ella el fruto de sus afanes y el beneficio de su diligencia; pues, cuando poco a poco despierta, descubre que ese corazón que se ha empecinado en comprar fue dado gratuita y sinceramente a otro hombre, para el gozo de los secretos más ocultos y del más profundo amor. Miserable es la mujer que, al dejar atrás las distracciones e inquietudes de la juventud, se encuentra en la casa de un hombre que derrama sobre ella su oro reluciente y sus preciosos regalos, y le concede todos los honores y la gracia de pródigos pasatiempos, pero es incapaz de satisfacer el alma de ella con ese vino celestial que, desde los ojos de un hombre, Dios vierte en el corazón de una mujer.

Yo conocía a Rashid Bey Namaan desde mi juventud; era libanés, nacido y criado en la ciudad de Beirut. Como miembro de una antigua y rica familia que preservaba la tradición y la gloria de sus ancestros, Rashid era aficionado a narrar incidentes que tenían que ver, particularmente, con la nobleza de sus antepasados. En su rutina de vida, seguía las creencias y costumbres que, por ese entonces, prevalecían en Oriente Medio.

Rashid Bey Namaan era generoso y de buen corazón, pero, como muchos sirios, solamente dedicaba su atención a las cosas superficiales en lugar de a la realidad. Nunca escuchaba los dictados de su corazón, sino que se mantenía ocupado obedeciendo las voces de su entorno. Se entretenía con objetos relucientes, que cegaban sus ojos y su corazón a los secretos de la vida; su alma estaba consagrada a una autosatisfacción temporaria, apartada de la comprensión de las leyes de la naturaleza. Era uno de esos hombres que se apresuran a confesar su amor o rechazo por la gente, y que luego, cuando es demasiado tarde para la retirada, deploran su impulsividad. Y entonces les sobrevienen la vergüenza y el ridículo, en lugar del perdón y el beneplácito.

Estas son las características que impulsaron a Rashid Bey Namaan a casarse con Rose Hanie, mucho antes de que el alma de la mujer abrazara el alma del hombre en el verdadero amor que hace de la unión de ambos un paraíso.

Tras algunos años de ausencia, regresé a la ciudad de Beirut. Cuando fui a visitar a Rashid Bey Namaan, lo encontré pálido y demacrado. Uno podía ver en su rostro el espectro de un amargo desengaño; los tristes ojos delataban su corazón roto y la melancolía de su alma. Mi curiosidad quiso indagar la causa de esa miserable aflicción; en todo caso, no vacilé en pedirle explicaciones y le dije:

–¿Qué se ha hecho de ti, Rashid? ¿Dónde fueron a parar la sonrisa radiante y el alegre semblante que te acompañaron desde la niñez? ¿Acaso la muerte se llevó de tu lado a algún querido amigo? ¿O las noches negras te hurtaron el oro que supiste amasar en los blancos días? En el nombre de la amistad, dime qué es lo que causa semejante tristeza en tu corazón y un tal desfallecimiento en tu cuerpo.

Me miró con añoranza, como si mis palabras hubiesen revivido para él recónditas imágenes de los hermosos días del pasado. Con voz angustiada y vacilante, respondió:

–Cuando una persona pierde a un amigo, se consuela con los muchos otros amigos que lo rodean, y si pierde su oro, medita durante un momento y ahuyenta de su espíritu la mala fortuna, especialmente cuando se encuentra saludable y aún cargado de ambición. Pero cuando un hombre pierde el sosiego de su corazón, ¿dónde puede encontrar consuelo, y con qué puede reemplazarlo? ¿Qué mente puede domarlo? Cuando la muerte golpea cerca de ti, has de sufrir. Pero cuando el día y la noche pasan, sentirás el delicado contacto de los dedos suaves de la vida; entonces sonreirás y te regocijarás.

”La Fatalidad llega de repente, trayendo preocupación; ella te mira con ojos horribles y aferra tu garganta con dedos afilados, y te arroja al suelo y te sujeta contra él bajo su pie impasible; entonces se echa a reír y se marcha, pero luego lamenta sus acciones y te pide, por medio de la buena fortuna, que la perdones. Te tiende su mano de seda y te eleva a lo más alto, y te canta la Canción de la Esperanza y hace que te descuides. Crea en ti una nueva piel que te envuelve en confianza y ambición. Si lo que te toca en la vida es un hermoso pájaro al que amas con amor sincero, lo alimentas con las semillas de tu yo interior, y haces de tu corazón su jaula y de tu alma su nido. Pero cuando lo estás admirando con cariño y lo miras con los ojos del amor, él escapa de tus manos y vuela muy alto; luego desciende y entra en otra jaula, y jamás regresa a ti. ¿Qué puedes hacer entonces? ¿Dónde puedes encontrar paciencia y conmiseración? ¿Cómo puedes revivir tus esperanzas y tus sueños? ¿Qué poder puede aplacar tu corazón turbulento?

Habiendo proferido estas palabras con voz ahogada y espíritu sufriente, Rashid Bey Namaan se agitó como un junco entre el viento del norte y el viento del sur. Extendió sus manos como para aferrar alguna cosa con los dedos curvados y destruirla. Su rostro arrugado estaba lívido, durante unos instantes abrió los ojos muy grandes, y creyó ver a un demonio que se aparecía desde la inexistencia, para llevárselo consigo; luego fijó sus ojos en los míos, y su apariencia cambió de repente; su ira se convirtió en punzante sufrimiento y aflicción, y prorrumpió en un grito:

–Es la mujer a quien rescaté de las letales garras de la pobreza; le abrí mis arcones y la convertí en la envidia de todas las mujeres por los hermosos atuendos y las gemas preciosas y los magníficos carruajes tirados por caballos briosos; la mujer amada de mi corazón y a cuyos pies derramé mi cariño; la mujer de quien fui leal amigo, compañero sincero y fiel esposo; la mujer que me traicionó y me abandonó por otro hombre, para compartir con él la indigencia y el pan malo, amasado con vergüenza y preparado con desgracia. La mujer a la que amaba; la hermosa ave que yo alimenté, y para quien hice de mi corazón una jaula y de mi alma un nido, escapó de mí y entró en otra jaula; ese ángel de pureza que residía en el palacio de mi afecto y de mi amor, ahora se me aparece como un horrible demonio, que ha descendido a la oscuridad para sufrir por su pecado y hacerme sufrir en la tierra por causa de su crimen.

Escondió su cara entre las manos como si quisiese protegerse de sí mismo, y se mantuvo por un momento en silencio. Luego suspiró y dijo:

–Esto es todo lo que puedo decirte; por favor, no preguntes más. No des a mi calamidad una estridente voz, déjala ser más bien muda desdicha; tal vez ha de crecer en el silencio y me anestesie para que por fin pueda descansar en paz.

Me levanté con lágrimas en los ojos y piedad en el corazón, y silenciosamente le dije adiós; mis palabras no tenían poder para consolar su corazón herido, y mi conocimiento carecía de una antorcha que pudiera iluminar su alma sombría.

Segunda parte

Pocos días después, en una choza humilde, rodeada de flores y de árboles, conocí a Madame Rose Hanie. Ella sabía algo de mí por Rashid Bey Namaan, el hombre cuyo corazón había destrozado, sobre el que había estampado su sello para luego dejarlo a merced de la Vida, que lo pisoteaba con sus cascos terribles. Cuando vi sus hermosos ojos claros y oí su voz sincera, me dije: “¿Acaso puede ser esta la sórdida mujer? ¿Puede este rostro claro esconder un alma horrible y un corazón criminal? ¿Es esta la esposa infiel? ¿Es esta la mujer de quien yo he hablado mal y a quien imaginé como una serpiente disfrazada en la apariencia de un hermoso pájaro?”. Luego murmuré otra vez para mí: “¿Es este el hermoso rostro que volvió miserable a Rashid Bey Namaan? ¿No hemos oído acaso que la belleza obvia es la causa de muchas aflicciones ocultas y de profundos sufrimientos? La hermosísima luna que inspira a los poetas, ¿no es la misma luna que enfurece el silencio del mar con un rugido terrible?”.

Cuando nos sentamos, Madame Rose Hanie pareció haber oído y leído mis pensamientos y habló como si no quisiera prolongar mis dudas. Inclinó su bello rostro sobre sus manos y, con una voz más dulce que la de la lira, dijo:

–Nunca antes lo he visto, pero he oído los ecos de sus pensamientos y de sus sueños por boca de la gente; ellos me convencieron de que es un hombre compasivo, que comprende a la mujer oprimida… la mujer, de cuyo corazón ha descubierto los secretos y de quien conoce los sentimientos. Permítame revelarle todo lo que hay en mi corazón, para que pueda saber que Rose Hanie nunca ha sido una mujer infiel.

”Apenas tenía dieciocho años cuando el destino me condujo a Rashid Bey Namaan, quien entonces tenía cuarenta. Se enamoró de mí, según dice la gente, y me tomó por esposa, y me llevó a su espléndido hogar, poniendo vestidos y gemas preciosas a mi disposición. Me exhibía como una rareza extraña en las casas de sus amigos y de su familia; sonreía triunfal cuando veía que sus contemporáneos me miraban con sorpresa y admiración; alzaba el mentón con gran orgullo cuando oía a las mujeres hablar de mí con alabanzas y cariño. Pero nunca pudo oír las murmuraciones: “¿Esta es la esposa de Rashid Bey Namaan, o su hija adoptiva?”. Y algún otro que comentaba: “Si se hubiese casado cuando tenía edad para hacerlo, su primogénito sería mayor que Rose Hanie”.

”Todo esto sucedió antes de que mi vida hubiese despertado del profundo desmayo de la juventud, y antes de que Dios inflamase mi corazón con la antorcha del amor, y antes de que creciesen las semillas de mis sentimientos. Sí, todo esto ocurrió durante ese tiempo en que yo creía que la verdadera felicidad provenía de los hermosos vestidos y las mansiones espléndidas. Cuando desperté del sopor de la niñez, sentí que las llamas del fuego sagrado ardían en mi corazón y un ansia espiritual que carcomía mi alma, haciéndola sufrir. Cuando abrí los ojos, descubrí que mis alas se movían a derecha e izquierda, procurando ascender en el espacioso firmamento del amor, pero temblaban y caían bajo las ráfagas de la ley que, como grilletes, había encadenado mi cuerpo a un hombre antes de que yo conociera siquiera el verdadero significado de esa ley. Sentí todas estas cosas, y supe que la felicidad de una mujer no proviene de la gloria y el honor de un hombre, ni de su generosidad y su afecto, sino del amor que une los corazones y los sentimientos de los dos, convirtiéndolos en un único miembro del cuerpo de la vida y en una única palabra en los labios de Dios. Cuando la Verdad me fue revelada, me encontré aprisionada por la ley en la mansión de Rashid Bey Namaan, como un ladrón que roba su pan y se esconde en los oscuros y amigables rincones de la noche. Supe que cada hora transcurrida con él era una mentira terrible, escrita sobre mi frente con letras de fuego ante el cielo y la tierra. Yo no podía darle mi amor y mi cariño como recompensa por su generosidad y su sinceridad. En vano traté de amarlo, pero el amor es un poder que da forma a nuestros corazones, sin que nuestros corazones puedan disponer de ese poder. Recé y recé ante Dios en el silencio de la noche, le pedí que crease, en lo hondo de mi corazón, un apego espiritual capaz de acercarme al hombre que había sido elegido como mi compañero para toda la vida.

”Mis plegarias no fueron atendidas, porque el Amor desciende sobre nuestras almas por voluntad de Dios, y no por el reclamo o la súplica del individuo. Así permanecí por dos años en la casa de ese hombre, envidiando la libertad de los pájaros del campo, mientras que mis amigas envidiaban mis dolorosas cadenas de oro. Era como una mujer a la que se ha separado de su único hijo; como un corazón doliente, que existe sin afecto; como una víctima inocente de la severidad de la ley humana. Poco me faltó para morir de sed espiritual y de ansia.

”Un oscuro día, cuando tenía la vista perdida en aquel cielo cargado, vi derramarse una agradable luz de los ojos de un hombre que marchaba tristemente por la senda de la vida; cerré los ojos a esa luz y me dije: “Oh, mi alma, la oscuridad de la tumba es lo que te ha tocado en suerte, no codicies la luz”. Entonces oí una hermosa melodía del cielo, que revivió con su pureza mi corazón herido, pero cerré los ojos y dije: “Oh, mi alma, el grito del abismo es lo que te ha tocado en suerte, no codicies las celestiales canciones”. Cerré los ojos otra vez para no ver, y tapé mis oídos para no oír, pero mis ojos cerrados continuaron viendo aquella amable luz, y mis oídos no dejaban de oír aquel sonido divino. Por primera vez tuve miedo y me sentí como el mendigo que ha encontrado una joya preciosa cerca del palacio del Emir y que no pudo recogerla por causa del temor, ni dejarla por causa de la pobreza. Grité: era el grito de un alma sedienta que ve un arroyo rodeado de bestias salvajes, y que cae de rodillas, esperando y mirando temeroso.

Entonces apartó sus ojos de mí, como si recordara un pasado que le avergonzaba exponer, pero continuó:

–Esa gente que se remonta a la eternidad antes de probar la dulzura de la vida real es incapaz de entender el significado del sufrimiento de una mujer. Especialmente, cuando ella consagra su alma al hombre a quien ama por voluntad de Dios, y su cuerpo a otro hombre, a quien acaricia por la fuerza de la ley terrenal. Es una tragedia escrita con la sangre de la mujer y con lágrimas que el hombre ve como ridículas porque no las puede comprender; sin embargo, si las comprendiera, su risa se convertiría en desprecio y blasfemia, que actuarían como fuego en el corazón de la mujer. Es un drama representado, en las noches negras, sobre el escenario del alma de la mujer, cuyo cuerpo está atado a un hombre a quien ha conocido como su esposo antes de que pudiera percibir el significado que el matrimonio tiene para Dios. Mientras tanto, su alma merodea alrededor del hombre a quien adora por decreto del amor y la belleza más puros y verdaderos. Es una terrible agonía que empezó con la existencia de la debilidad en la mujer y la existencia de la fuerza en el hombre. Y no terminará, a menos que los días de esclavitud y superioridad del fuerte sobre el débil sean abolidos. Es una horrible guerra entre la corrupta ley de los hombres y los sentimientos sagrados y el santo propósito del corazón. Tal es el campo de batalla en el que yo me hallaba ayer, pero reuní los restos de mis fuerzas, y desencadené los hierros de la cobardía, y solté mis alas del corsé de la debilidad, y me alcé en el cielo espacioso del amor y la libertad.

”Ahora soy una con el hombre a quien amo; él y yo saltamos como una única chispa de la mano de Dios antes del comienzo del mundo. No existe poder bajo el sol que pueda quitarme mi felicidad, porque ella emana del abrazo de dos espíritus, devorados por el entendimiento, irradiados por el Amor y protegidos por el cielo.

Me miró como si quisiese penetrar con sus ojos en mi corazón, para descubrir la impresión que sus palabras me habían causado, y para oír el eco de su voz en mi interior; pero yo permanecí en silencio y ella continuó. Llenaban su voz una memoria amarga y el dulzor de la sinceridad y la libertad, cuando dijo:

–Así que la gente le dirá que Rose Hanie es una mujer herética e infiel, que siguió sus propios deseos al dejar al hombre que hacía de ella su gran regocijo y la elegancia de su casa. Le dirán que es una adúltera y una prostituta, que destruyó con sus manos indecentes la guirnalda de un sagrado matrimonio para reemplazarlo por una unión mancillada, tejida con las espinas del infierno. Ella se quitó el ropaje de la virtud y se echó encima el manto del pecado y la desgracia. Le dirán más que eso, porque los fantasmas de sus padres todavía viven en sus cuerpos. Son como las cavernas abandonadas en las montañas, que devuelven el eco de voces que nadie entiende. No entienden la ley de Dios, ni comprenden la intención real de la verdadera religión, ni distinguen entre el pecador y el inocente. Solo miran la superficie de las cosas, sin conocer sus secretos. Lanzan sus veredictos con ignorancia, y juzgan a ciegas, poniendo en pie de igualdad al inocente y al criminal, al bueno y al malo. Infortunio para aquellos que persiguen y que juzgan a la gente…

”A los ojos de Dios yo era una infiel y una adúltera únicamente mientras estaba en la casa de Rashid Bey Namaan, porque él me hizo su esposa de acuerdo con las costumbres y tradiciones, y a fuerza de apresuramiento, antes de que el cielo pudiese hacerlo mío conforme a la ley espiritual del Amor y el Cariño. Era una pecadora a los ojos de Dios y de mí misma cuando comía de su pan y le ofrecía mi cuerpo en recompensa por su generosidad. Ahora soy pura y limpia, porque la ley del Amor me ha liberado y me ha vuelto honorable y fiel. Dejé de vender mi cuerpo a cambio de refugio y mis días por vestidos. Sí, yo era una adúltera y una criminal cuando la gente me veía como la más honorable y fiel de las esposas; hoy soy pura y noble en espíritu, pero en su opinión estoy corrompida, porque juzgan al alma por el resultado del cuerpo y miden el espíritu con el rasero de lo material.

Miró a través de la ventana y apuntó con su mano derecha hacia la ciudad, como si hubiese visto el fantasma de la corrupción y la sombra de la vergüenza entre los magníficos edificios. Dijo con desprecio:

–Vea esas mansiones majestuosas y esos sublimes palacios donde habita la hipocresía; en esos edificios, entre sus hermosos muros decorados, la Traición vive al lado de la Putrefacción; bajo el cielo raso pintado con hojas de oro fundido, la Falsedad vive al lado de la Pretensión. Observe esas preciosas moradas que representan la felicidad, la gloria y la dominación; no son más que cavernas de miseria y desdicha. Son tumbas enlucidas en las que la Traición de la mujer débil se esconde detrás de los ojos delineados con kohl y los labios color carmín; en sus rincones se agazapa el egoísmo, y a través de su oro y de su plata, la animalidad del hombre gobierna soberana.

”Si esos altos e inexpugnables edificios perfumaran sus puertas con odio, engaño y corrupción, ya se habrían rajado y derrumbado. El pobre aldeano mira esas residencias con ojos bañados en lágrimas, pero cuando descubra que los corazones de los ocupantes están vacíos de ese puro amor que existe en el corazón de su mujer y que llena su dominio, sonreirá y regresará a sus campos bien contento.

Entonces sujetó mi mano y me condujo junto a la ventana y dijo:

–Venga, le mostraré los secretos develados de esa gente cuya senda me he negado a seguir. Mire el palacio con las gigantescas columnas. Allí vive un hombre rico que heredó todo el oro de su padre. Después de llevar una vida de obscenidad y putrefacción, se casó con una mujer de la que no sabía nada, excepto que su padre era uno de los dignatarios del Sultán. Tan pronto como terminó el viaje de bodas, quedó descontento y comenzó a relacionarse con mujeres que venden sus cuerpos por monedas de plata. Su mujer permanecía sola en ese palacio, igual que una botella vacía abandonada por un borracho. Lloraba y sufría por primera vez; luego se dio cuenta de que sus lágrimas eran más preciosas que su degenerado marido. Ahora la mantienen ocupada el amor y la devoción de un hombre joven, sobre quien derrama sus horas jubilosas y en cuyo corazón vierte sincero amor y cariño.

”Ahora déjeme llevarlo a esa preciosa casa rodeada de hermosos jardines. Es el hogar de un hombre que proviene de una noble familia que gobernó el país por muchas generaciones, pero cuyos valores, salud y prestigio han declinado debido a su indulgencia hacia el loco despilfarro y la pereza. Algunos años atrás, este hombre se casó con una mujer fea pero rica. Una vez que se hubo apoderado de su fortuna, la ignoró completamente y comenzó a consagrarse a una atractiva muchacha. Hoy su mujer se dedica a cepillarse el cabello, pintar sus labios y perfumar su cuerpo. Viste los vestidos más costosos y anhela que algún joven le sonría y venga a visitarla, pero todo es en vano, pues la única sonrisa que logrará obtener es la de su fea cara en el espejo.

”Observe esa gran mansión, rodeada de estatuas de mármol; es la morada de una mujer hermosa que posee un extraño carácter. Cuando su primer esposo murió, ella heredó todo su dinero y sus bienes; luego seleccionó un hombre de pocas luces y de cuerpo débil y se convirtió en su esposa para protegerse de las malas lenguas, y para usarlo como escudo para sus abominaciones. Ahora ella es como una abeja entre sus admiradores, que liban las más dulces y deliciosas flores.

”Esa hermosa casa junto a la suya fue construida por el más grande arquitecto de esta provincia; pertenece a un hombre avaro y respetable que consagra todo su tiempo a amasar su oro y a descorazonar a los pobres. Tiene una esposa de una belleza sobrenatural, en cuerpo y en espíritu, pero ella es como las demás, la víctima de un matrimonio precoz. Su padre cometió un crimen al entregarla a un hombre antes de que ella alcanzara la edad de la comprensión, colgándole al cuello el pesado yugo de un matrimonio corrupto. Ahora está delgada y pálida, y no logra encontrar una salida para sus sentimientos prisioneros. Se hunde lentamente, anhelando que la muerte la rescate de la apretada malla de la esclavitud y la libere de un hombre que se pasa la vida juntando su oro y maldiciendo la hora en que desposó a una mujer infértil, que no puede darle un hijo para que lleve su nombre y herede su dinero.

”En aquella casa rodeada de un huerto vive un poeta idealista; se casó con una mujer ignorante, que ridiculiza sus obras porque no puede entenderlas, y se ríe de su comportamiento porque ella no puede adecuarse a su sublime forma de vivir. Ese poeta huyó de la desesperación a través de su amor por una mujer casada, que aprecia su inteligencia y que lo inspira, al encender en su corazón la llama de los sentimientos, revelándole los versos más bellos y eternos a través de sus encantos y su belleza.

Durante algunos instantes reinó el silencio. Madame Hanie se sentó en un sofá junto a la ventana, como si su alma se hallase fatigada de deambular por esos barrios. Luego siguió hablando, lentamente:

–Esas son las moradas en las que me he negado a vivir; esas son las tumbas en las que yo también estuve espiritualmente sepultada. Esa gente de la que yo me liberé son aquellos a quienes el cuerpo atrae y el espíritu ahuyenta, y que no saben nada del Amor y la Belleza. El único intermediario entre ellos y Dios es la compasión de Dios por la ignorancia de Su ley. No puedo juzgar, porque fui una de ellos, pero los compadezco con todo mi corazón. No los odio, pero odio el modo en que se rinden a la debilidad y la falsedad. He dicho todas estas cosas para mostrarle la realidad de esa gente de la cual, contra su voluntad, yo pude escapar. Traté de explicarle la vida de personas que hablan pestes de mí, porque he perdido su amistad y al fin he ganado la mía propia. Salí de sus oscuras mazmorras y dirigí mis ojos hacia la luz, donde la sinceridad, la verdad y la justicia prevalecen. Ahora me han exiliado de su sociedad y eso me complace, porque la humanidad solo exilia a aquel cuyo espíritu noble se rebela contra el despotismo y la opresión. Aquel que no prefiere el exilio a la esclavitud no es libre de acuerdo con ninguna medida de la libertad, la verdad o el deber.

”Ayer yo era como una bandeja que contenía toda clase de apetitosos manjares, y Rashid Bey Namaan jamás se me acercaba a menos que sintiera necesidad de esa comida; pero las almas de los dos se mantenían lejos de nosotros, como dos humildes y dignos sirvientes. Traté de reconciliarme con lo que la gente llama infortunio, pero mi espíritu se negó a pasarse toda la vida hincándose de rodillas conmigo ante un horrible ídolo, erigido por las épocas oscuras y llamado LEY. Conservé mis cadenas hasta que oí el llamado del Amor y vi a mi espíritu preparado para embarcar. Entonces las rompí y salí de la casa de Rashid Bey Namaan, como un pájaro liberado de su jaula de hierro, dejando atrás todas las gemas, los vestidos y los sirvientes. Vine a vivir con mi amado, porque sabía que lo que hacía era honesto. El cielo no quiere que yo solloce y sufra. Muchas veces, por la noche, recé para que llegara el amanecer, y cuando el amanecer llegó, recé para que el día terminase. Dios no quiere que yo lleve una vida miserable, porque Él colocó en lo hondo de mi corazón un deseo de felicidad; Su gloria descansa en la felicidad de mi corazón.

”Esta es mi historia y esta es mi queja ante el cielo y la tierra; esto es lo que canto y repito, mientras la gente se tapa los oídos por temor a oírme y dejarse llevar hacia la rebelión, que derrumbaría los cimientos de su temblorosa sociedad.

”Este es el arduo camino que tuve que abrirme hasta alcanzar la cima de la montaña de mi felicidad. Ahora, si la muerte viene a buscarme, estaré más que dispuesta a ofrecerme ante el Supremo Trono del Cielo, sin miedo ni vergüenza. Estoy lista para el día del juicio y mi corazón es blanco como la nieve. He obedecido la voluntad de Dios en todo lo que he hecho, y he seguido el llamado de mi corazón mientras oía la angélica voz del cielo. Este es mi drama, que la gente de Beirut llama “Una maldición en los labios de la vida” y “una enfermedad en el cuerpo de la sociedad”. Pero un día el amor despertará sus corazones como los rayos del sol, que hacen nacer las flores incluso de la tierra contaminada. Un día los caminantes se detendrán ante mi tumba y saludarán a la tierra que envuelve mi cuerpo y dirán: “Aquí yace Rose Hanie, que se liberó de la esclavitud de las pútridas leyes humanas, para obedecer la ley del puro amor de Dios. Ella volvió su rostro hacia el sol, para no ver la sombra de su cuerpo entre los cráneos y las espinas”.

Se abrió la puerta y entró un hombre. Sus ojos brillaban con mágicos destellos y en sus labios apareció una sonrisa sincera. Madame Hanie se levantó, tomó del brazo a aquel joven y me lo presentó, luego le dijo mi nombre con palabras halagadoras. Supe que él era aquel por quien ella había renegado del mundo entero y violado todas las leyes y costumbres terrenales.

Y nos sentamos, en un silencio atento. Cada uno de nosotros estaba absorto en profundos pensamientos. Un valioso minuto de silencio y respeto había pasado cuando volví a mirar a la pareja, sentados codo a codo. Vi algo que nunca había visto antes, e instantáneamente me di cuenta del significado de la historia de Madame Hanie. Comprendí el secreto de su protesta contra la sociedad, que persigue a aquellos que se rebelan contra las leyes y costumbres restrictivas, antes de averiguar la causa de la rebelión. Vi ante mí a un espíritu celestial, compuesto de dos personas unidas y hermosas, entre las cuales se hallaba el dios del Amor extendiendo sus alas sobre ellos para protegerlos de las malas lenguas. Encontré un entendimiento perfecto que emanaba de dos rostros sonrientes, iluminados por la sinceridad y rodeados por la virtud. Por primera vez en mi vida, encontré al fantasma de la felicidad parado entre un hombre y una mujer, maldecido por la religión y combatido por la ley. Me puse de pie y me despedí de ellos, y dejé esa humilde choza que el Cariño había levantado como un altar del Amor y el mutuo Entendimiento. Caminé ante los edificios que Madame Hanie me había señalado. Cuando alcancé el final de esos barrios me acordé de Rashid Bey Namaan, medité en su miserable situación y me dije: “Está afligido; ¿querrá alguna vez el cielo escucharlo si se lamenta por Madame Hanie? ¿Acaso esa mujer ha hecho mal en dejarlo y en seguir la libertad de su corazón? ¿O fue él quien cometió un crimen al sojuzgar su corazón por el amor? ¿Cuál de los dos es el oprimido y cuál de los dos el opresor? ¿Quién es el criminal y quién el inocente?”.

Luego, tras unos momentos de profunda reflexión, volví a hablar conmigo mismo. “Muchas veces el engaño ha tentado a la mujer a dejar a su esposo y seguir a la riqueza, porque su amor por los ricos y hermosos atuendos la ciega y la conduce a la vergüenza. ¿Fue Madame Hanie deshonesta cuando dejó el palacio de su opulento marido por la cabaña de un hombre pobre? Muchas veces la ignorancia mata el honor de una mujer y revive su pasión; llega a cansarse y deja a su esposo, acicateada por sus deseos, y sigue a un hombre a quien se rebaja. ¿Era Madame Hanie una mujer ignorante que seguía sus deseos físicos cuando declaró públicamente su independencia y se unió a su joven amado? Podría haber satisfecho sus deseos en secreto, sin dejar la casa del marido, pues muchos hombres estaban dispuestos a ser esclavos de su belleza y mártires de su amor. Madame Hanie había sido una mujer desdichada. Ella solo buscó la felicidad, la encontró y la abrazó. Esta es la verdad misma que la sociedad desprecia”. Entonces susurré a través del éter y me interrogué a mí mismo: “¿Le está permitido a una mujer pagar su felicidad con la desdicha de su marido?”. Y mi alma agregó: “¿Es lícito que un hombre esclavice los sentimientos de su mujer, cuando advierte que él nunca los poseerá?”.

Seguí mi camino. La voz de Madame Hanie continuaba sonando en mis oídos cuando alcancé los límites de la ciudad. Ya el sol desaparecía y el silencio reinaba sobre los campos y las praderas, mientras los pájaros comenzaban a cantar sus plegarias. Permanecí allí, reflexionando, y luego suspiré y me dije: “Ante el trono de la Libertad, los árboles se regocijan con la brisa traviesa y disfrutan de los rayos del sol y los fulgores de la luna. En los oídos de la Libertad estos pájaros susurran y alrededor de la Libertad aletean hacia la música de los arroyos. A lo ancho de todo el firmamento de la Libertad estas flores respiran su fragancia, y ante los ojos de la Libertad, sonríen cuando llega el día.

”Todo vive sobre la Tierra de acuerdo con la ley de la naturaleza, y de esa ley surgen la gloria y la alegría de la vida en libertad; pero al hombre se le niega esta fortuna, pues él ha establecido, para el alma que Dios le ha dado, una ley limitada y terrenal de su propia invención. Ha creado para sí mismo estrictas reglas. El hombre ha construido una estrecha y dolorosa prisión en la que recluye sus sentimientos y deseos. Ha cavado una profunda fosa en la que entierra su corazón y su propósito. Si un individuo, a través de los dictados de su alma, declara su retirada de la sociedad y viola la ley, sus semejantes dirán que es un rebelde digno del exilio, o una criatura infame que merece la ejecución. ¿Seguirá siendo el hombre esclavo de su auto-confinamiento hasta el final del mundo? ¿O el paso del tiempo lo liberará y lo hará vivir en el Espíritu y para el Espíritu? ¿Insistirá el hombre en mirar hacia la tierra que está debajo y atrás? ¿O volverá sus ojos hacia el sol, para no ver la sombra de su cuerpo entre los cráneos y las espinas?”.

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