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Mamá contra La Tierra

Laia Jufresa | del: español

Introducción de Sophie Hughes

Es casi seguro que Laia Jufresa no se considera a sí misma una partidaria de “lo real maravilloso” (la rama de la literatura acuñada por el escritor cubano Alejo Carpentier, cuyo principio fundamental es que lo maravilloso o extraordinario pueden ser encontrados en la realidad cotidiana sin que el escritor tenga que introducir elementos sobrenaturales o mágicos). Sin embargo, “Mamá contra La Tierra” –un cuento peculiar y perturbador con sus innegables componentes surrealistas– ciertamente comparte un rasgo esencial de ‘lo real maravilloso’: el hecho de extraer elementos maravillosos, sorprendentes, e incluso impactantes, de personajes reconocibles y realistas, pero sin caer nunca en el realismo mágico. Jufresa presenta un escenario más o menos habitual, una relación madre-e-hija con la que el lector puede vincularse empáticamente, y el retrato floreciente de quien alguna vez fue una muchacha adolescente común y corriente,  y a través de su aplicada sensibilidad y sus grandes poderes de observación, ella muestra los elementos extraordinarios y maravillosos (que son tan siniestros como encantadores) a sus vidas. Estamos invitados a maravillarnos ante ellos.

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El zorro mordió a Mamá tres meses después de que ella vendió nuestro departamento, compró esta tierra y nos mudó a ambas aquí sin preguntarme. La Tierra tenía una casa rudimentaria, una letrina detrás, y un pozo en el extremo norte del terreno. Un alambre de púas delimitaba la frontera de nuestro Nuevo Mundo. Mamá planeaba reconstruir la casa en cuanto llegamos pero durante aquellos primeros meses, quizá porque entonces el interior no era tan distinto del exterior, o quizá por puro romanticismo, dormíamos con frecuencia en la tierra de nadie que era nuestro traspatio. A Mamá le dio por estudiar las estrellas y en esas noches cargábamos mantas y almohadas hasta un claro en el bosque, donde ella escrutaba el cielo tratando de hacerlo rimar con los mapas de sus libros. Pronunciaba y repetía los nombres de las constelaciones en voz baja, como en un rezo. Hydra, Fornax, Carina: se hacían personajes en las historias que me contaba a mí misma hasta quedarme dormida. Más tarde, el frío de la madrugada nos empujaba de vuelta a la casa. Mamá me cargaba hasta la cama, a veces riendo de gozo.

En medio de lo que resultó nuestra última noche al aire libre, Mamá se puso a gritar. Yo también me desperté gritando, el miedo apoderándose de mi cerebro antes que la conciencia. Yo no vi a la bestia. Mamá siempre ha asegurado que ella sí, que la vio y que era un zorro, a pesar de que nunca se ha visto un zorro en la región.

De una sacudida, Mamá liberó una funda de su almohada y con ella se envolvió la mano. Dijo “alcohol” y yo corrí a la casa, lo encontré y corrí de vuelta al claro. La luna, esa noche, estaba de nuestro lado.

Mamá me arrebató la botella y la abrió con los dientes. Aunque había sangre, aunque su miedo y dolor eran casi contagiosos, fue verla abrir la botella con los dientes y escupir la tapa y vaciarse toscamente el líquido en la herida y todo alrededor, lo que me infundió un terror agudo, el terror a esa nueva versión de ella. Pero cuando el alcohol atravesó la tela de la funda y le tocó la piel abierta, Mamá cayó de rodillas. Y a mí eso, tenerla de vuelta entre los frágiles, me alivió.

Encontré y nos puse los cuatro zapatos como si no tuviera siete años, como si lo hubiera hecho antes. Luego Mamá se levantó y se echó a caminar hacia la brecha que llevaba a la escalera de lodo que nos conectaba con la carretera. La seguí. Luego me enojé y paré. Me estaba dejando rezagada y eso no tenía sentido para la niña consentida que yo era. Es una pesadilla, le dije. ¡Detente para que se vaya, deja de caminar! Lloré fuerte porque hasta entonces mi llanto siempre había resultado infalible, pero Mamá ni siquiera se volvió. Quédate en ese escalón hasta que regrese, me dijo y siguió marchando torpemente, sosteniéndose cerca del pecho el brazo izquierdo, envuelto. Durante largos minutos me quedé en el escalón, apretando los ojos, concentrada en despertar. Luego sentí pánico y corrí por las escaleras resbalosas hasta alcanzar la carretera. La luz pálida de un farol me infundió una esperanza pequeña, pero Mamá bajo su aura no era ningún alivio. Estaba en el piso, empapada en sudor. Los ruiditos que hacía eran espantosos, aunque más bajos que antes. Intentó sonreírme pero el esfuerzo le hizo temblar la cara.

Me hice cargo. Cuando finalmente pasó un auto le sacudí los brazos y se detuvo. No puedo recordar al chofer, sólo las luces de su coche, y ese sentimiento de estar teniendo mi primera interacción adulta y a la vez estarla registrando como tal, a pesar de que todo lo demás era tan intenso, tan urgente. Abracé a Mamá todo el camino y tomé entre mis manos su falso vendaje, porque me daba vergüenza dejar el asiento trasero de nuestro salvador manchado de sangre.

El paisaje por aquí ha cambiado mucho desde entonces. La carretera está iluminada y bordeada por casas casi hasta la entrada del pueblo. Pero hay una curva en particular donde cada vez me viene el recuerdo –ni siquiera un recuerdo, en realidad, sino una sensación, un punto incómodo en la nuca- de esa noche y ese instante en que por primera vez me dije: se va a morir.

Mamá no se murió. El hombre nos condujo a la clínica del pueblo y gente que he olvidado se encargó de nosotras. Pero sí perdió buena parte de su mano izquierda. Y en sustitución, a la par de la cicatriz le creció una determinación enferma. Entró en guerra. Yo la veía sabiéndome incapaz de elegir bando. Mamá sostenía su guerra personal contra La Tierra y yo serví en ambos frentes por muchos años. Uno a uno, sus sueños de una vida natural se fueron viciando. Trabajaba en el campo, bajo el sol, hasta exhaustarse. Cosía por la noche con una lámpara de aceite y no paraba hasta terminar, sin importar lo mala costurera que era, o cuántas veces la aguja le atravesaba los restos de dedos izquierdos, con los que sostenía los trapos. Tenía el gordo y el índice y la mitad del medio y un año después de que el zorro le mordió los otros, Mamá se había entrenado para hacer todo con esos tres. Era ella contra La Tierra; y La Tierra tenía las de ganar. Hubo inundaciones y sequías; virus, heladas, hormigas. Pero se hizo fuerte. Pasaron los años y se hizo tan fuerte que creímos que había ganado. Compramos una cabra y un gallo y seis gallinas. Mamá hacía pan y queso y me enseñaba a leer y escribir. Nuestros productos se vendían cada día mejor en el mercado y conseguimos electricidad, agua corriente, una ganancia sólida. Pero incluso durante esos periodos de calma después de que empecé a caminar cada día hasta la escuela, y a volver por la tarde a una madre pacífica, que escribía poesía y hacía mermelada además de todo lo demás, la maldición seguía actuando en sutiles, diabólicas maneras.

Nuestros limones eran hermosos por fuera pero estaban secos por dentro sin importar qué les hiciéramos; se aferraban a su jugo, lo absorbían, lo enviaban sabe Dios a dónde con tal de no compartírnoslo. El limón siempre ha sido su fruta favorita, por lo que Mamá nunca renunció a ese asunto incluso después de que otras frutas probaron ser perfectas para nuestra tierra. Un limón al día, solía repetir en mis primeras lecciones de higiene rural, te mantiene el pelo brilloso, los dientes blancos. Pero teníamos que pagarlos y eso la enfurecía.

En mi último año de primaria, compramos un par de conejos para que se reprodujeran como locos. Pero sólo tuvieron dos crías y una murió. Mientras Mamá se reía de la ironía, con una de esas risas que la conducía directamente a las lágrimas, yo sostuve al conejo muerto en la mano y pensé de nuevo en la maldición. Creía que había terminado, que estábamos a salvo, que La Tierra nos había perdonado. Pero no. El zorro, los limones y, más tarde, el gallo, eran todos parte de un juego que La Tierra jugaba con nosotros. Enterré el conejito y juré nunca olvidar de nuevo el juego.

Un invierno a Mamá le entraron ganas de bailar. Había bailado desde la infancia hasta que nos llevó a La Tierra, y yo también había bailado de muy pequeña, antes de dejar la ciudad. De pronto bailar se volvió un tema central, como si una vez cubiertas las necesidades básicas se nos despertara la inclinación artística, como enseñan que es lógico en la escuela, al exponer los inicios de la vida sedentaria. Para entonces ya teníamos electricidad y una camioneta y una casa cómoda, pero nuestra vida seguía siendo sumamente rural. Mamá no es del tipo que se queda con las ganas, así que con la primavera anunció que construiríamos un estudio de danza. La idea me emocionó. He de haber tenido 11 o 12 años, ya me había convertido en el animal que hoy soy, pero algunas veces, los domingos en especial, un nudo de nostalgia me ataba el pecho y algo a la vez fuera y dentro de mí lo apretaba con fuerza, estrujándome. Entonces extrañaba una vida que apenas recordaba, la vida en potencia, la que habíamos dejado ir y las cosas con las que habíamos pagado el precio de esa elección. Estaba la mano de Mamá, claro, y un tiempo en el que usaba vestidos y daba clases en la universidad. Pero también el zoológico, los helados y sí, las clases de ballet, por qué no. Seguro que los niños de mi edad que vivían en las ciudades no enloquecían de tristeza los domingos porque tenían cines y hermanos y caminos pavimentados donde rodar sus bicicletas.

El prospecto de un espacio vacío, dedicado enteramente al baile, se volvió sagrado. Yo lo dibujaba. Mamá calculaba los costos. Contratamos a dos hombres que excavaron los cimientos y luego se pusieron a construir. Trabajaban cada mañana y poco a poco se levantó el estudio. El herrero del pueblo nos forjó dos largas barras. Cada sábado, después de vender nuestros productos, comprábamos tabiques, varillas, cemento. Mamá me dejaba viajar en la batea de la camioneta, entre los materiales. Luego cubrimos el piso con duela. Las barras se instalaron en dos paredes enfrentadas y por lo demás enteramente cubiertas con espejos. Una tercera pared se pintó de azul y tenía una puerta de madera. La cuarta pared faltaba. Con la duela se nos había acabado el dinero y Mamá no quería cerrar el estudio con tabique, porque lo que deseaba era vidrio. Quería bailar con vista. Los trabajadores dejaron de venir y nosotras empezamos a bailar. Sabíamos que había que poner las ventanas antes de que empezaran las lluvias, pero esto no iba a detenernos. Después de todo, éramos las naturales, las mujeres de aire libre.

En un mercado de pulgas compramos un tocadiscos y con una modesta ceremonia privada lo colocamos en una esquina del estudio. Nuestra danza se convirtió en un ritual. Mamá elegía un disco de su pequeña colección en la casa y luego andábamos juntas al estudio. Nos acostumbramos a entrar a través del hueco de la pared faltante, creo que nunca usamos la puerta. Mamá ponía el disco y bailábamos sin parar hasta que la pequeña aguja terminaba su travesía en el lago de vinilo. Una armonía especial llenaba esas horas.

Una noche a mis trece años, Mamá y yo volvimos de comer en la granja de unos amigos. Llegamos contentas, con una canasta de pan casero y limones. (Nuestros amigos siempre nos compartían de sus limones porque sabían que los nuestros estaban malditos). Mientras yo estacionaba la camioneta, que llevaba un año manejando, Mamá me preguntó Would you care for some dancing?, con su acento británico, que sólo usaba para esta pregunta y la de: Fancy some tea, my dear?

Why, darling, I would love some! había aprendido yo a contestar, mucho antes de aprender inglés.

Guardé las cosas de la canasta. Mamá eligió un disco. Nos cambiamos de ropa. Estaba anocheciendo y los mosquitos nos atacaron durante el medio kilómetro que separa la casa del estudio. Bailando los espantamos, aseguró Mamá. Pero luego alguna de las dos encendió la luz y allí terminó la hermosa vida que con tanto esfuerzo nos habíamos construido.

Nuestro gallo, nuestro guapo gallo mayor, yacía muerto, o muriendo, sobre la duela. Los ojos cerrados. Las espuelas desgarradas. Una carne rosa, brillante, se le dejaba ver a través de las heridas peladas de las patas. La sangre en el espejo se había puesto café. La madera estaba manchada, también, y había un olor fuerte. El gallo se había salido del gallinero, metido al estudio y descubierto su imagen en el espejo. Creyendo que era otro gallo, debía haberla atacado. Una y otra, y otra vez. La explicación nos cubrió como un manto: el imbécil se había batido a muerte contra su reflejo. Mamá se puso tan blanca que me hizo pensar en el pálido del que hablan en los libros, el pálido verdoso de los enfermos literarios. Se había congelado, también, así que yo caminé hasta el animal y tuve que ser la que declarara: está frío. Y, porque podía ver que la escena estaba haciendo girar unos engranes muy profundos en el cerebro de Mamá, sumé: No podemos hacer nada, estas cosas pasan. Pero ninguna nos lo creímos y los engranes hicieron su reacomodo fatal.

Mamá resolvió ir a buscar los vidrios. Empacó una maleta, avisó en la ciudad que necesitaría hospedaje y se marchó. Desde entonces no la he visto. Me escribe, desde luego, pero nunca volvió, nunca visita. Yo ya ni siquiera estoy enojada. Me he acostumbrado, creo además que hace mucho que La Tierra quería que Mamá se fuera. La Tierra la había llamado, cuando yo tenía siete años, pero La Tierra era a mí a quien quería, ella era un mal necesario. De todos modos le da culpa y me miente, dice que está ahorrando lo que le pagan por los cursos que da. Dice que “las cosas se dieron” en cuanto llegó a la ciudad, y lo dice como si no hubiera estado pidiendo por ellas, como si no fuéramos los pordioseros, la costra urbana. Dice que yo debería de visitarla a ella y yo a veces creo que debería. Pero luego es tiempo de cosecha y no puedo abandonar mi tierra y así los años sin vernos se apilan. En las cartas yo le miento también, le digo que manejo cada día a la preparatoria y que este año sí la terminaré. Pero obviamente hace mucho que no voy a la escuela. No puedo desatender el maíz, los duraznos, las gallinas porque en los días de mercado más vale que esté bueno mi producto. Que esté fresco. Que rechinen los quesos, que crujan las galletas. Hay mucha competencia y esta casa todo el tiempo necesita reparaciones. Al estudio además, todavía le falta una pared por lo que toma mucho trabajo mantenerlo libre de inundaciones y animales. Vale la pena el trabajo, por supuesto, un lugar tan increíblemente hermoso. Lo cuido bien y no queda nada de esa escena inmunda en que el idiota gallo lo convirtió por una noche. A veces me gustaría que Mamá pudiera verlo. What a lovely sight, diría en british, y tendría la boca llena de verdad.

En las esquinas de ambos espejos, unas peculiares manchas blancuzcas ahora enmarcan su perpetuo, mutuo reflejo. Por las barras se enredan plantas y es hermoso el contraste del verde con el óxido. También el azul desvencijado de la pared impar. El tocadiscos aún funciona. Nunca bailo pero a veces pongo música y el estudio es todavía, incluso más que antes, un lugar sagrado. En el centro de todo tengo un pequeño altar a La Tierra, que es mi alma mater. Y porque a diferencia de las universidades o las iglesias, La Tierra no perdona a los que le fallan, cuido el altar con diligencia. Le cambio las flores cada tercer día y le prendo a diario velas. Y una vez a la semana, antes de que el aire mortífero de los domingos me de en el pecho y me robe el alma, antes de esa hora fatal en la que fácilmente olvido quién soy y para qué estoy aquí, me encargo de la jarra del altar. Cada sábado le vacío un litro de formol. Esto parece despilfarrador pero de todos modos lo hago porque sé que para que la maldición se considere alimentada, es vital mantener frescos mis dedos en su jarra.


*© Laia Jufresa, 2014

 

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