search
leyendo ahora: Mi Estambul | Emine Sevgi Özdamar
search

Emine Sevgi Özdamar | del:alemán

Mi Estambul

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Constanze Neumann

Esta historia empieza en un barco, que elevándose como un mito desde la noche lleva al lector hasta Estambul. Muy alejada parece esta ciudad con sus callejas inundadas de la luz de la luna, con sus gatos locos y errabundos, tan ajena como un cuento de hadas oriental, aunque al mismo tiempo Özdamar describe con amor tormentoso su niñez y las raíces que la unen a este sitio.

Hace ya muchos años que Emine Özdamar vive en Berlín, pero en su corazón lleva la Estambul de su infancia, la ciudad que se encuentra dividida no solo por el mar, sino también por la religión y la cultura. Como una sonámbula se mueve entre los mundos, cuya descripción vierte en un lenguaje que es bien propio, y mediante el cual logra poner en palabras lo que otros solo miran con asombro. Para Emine Özdamar, el lenguaje no tiene fronteras, es un fluido que nos acerca lo ajeno. Y al final, tras un viaje embriagador a través de un Estambul que oscila entre el ayer y el hoy, el lector vuelve con el barco hacia el puerto seguro, siempre alumbrado por la luna omnipresente.

Leer más

Una vez me visitó en Berlín un filósofo turco de Estambul. Se quedó solo un par de días. Le echó una mirada a la calle y dijo en voz baja: “Creo que aquí no podría vivir”.

No los vuelos de verano, pero los de invierno traían desde Europa hacia Estambul a muchas personas que lloraban, porque en Turquía se les había muerto el padre o la madre. Yo me tomé hace tres años un vuelo de invierno. De pronto, una mujer de adelante se paró frente a su asiento, se tiró al suelo del avión y empezó a gritar. Toda la gente se puso de pie.

—¿Qué está pasando?

Dos hijos de esta mujer habían muerto en un accidente de autos en Estambul y ella debía ir al entierro. Las azafatas volvieron a sentarla en su sitio, le tomaban la mano. La mujer gritaba:

—Abran la puerta. Tírenme hacia afuera. Quiero buscarlos en el cielo.

Miraba todo el tiempo por la ventana, como si en el cielo pudiera ver a sus muertos.

—Abran la puerta.

Luego miró a los pasajeros que tenía detrás, como si todos tuvieran que caminar con ella hacia el cielo, para buscar a sus muertos. Quería que el avión se moviera como un auto, hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia atrás y hacia adelante, a fin de buscar a los muertos. Pero el avión volaba en línea recta, como si tiraran de él con un palo a través del cielo…

Cuando aún vivía en Estambul, hace veinticinco años, una noche de verano estaba sentada en un barco que me transportaba desde el lado europeo hacia el lado asiático. Los vendedores de té le servían té a la gente, en sus bolsillos tintineaban las monedas. La luna estaba tan grande que parecía como si solo viviera en el cielo de Estambul, solo amara Estambul y se puliera cada día solo para esta ciudad. Mirara donde ella mirara, todas las puertas se abrirían al instante para dejarla crecer en el interior de las viviendas. Tocara donde uno tocara, siempre tocaba también a la luna. Cada cual tenía un poquito de luna en sus manos. Ahora la luna alumbraba dos caras que estaban a mi lado sobre el barco. Un chico y una chica. Él dijo:

—O sea que le diste tus llaves también a Mustafa. Me voy. Hasta la vista.

Saltó desde la cubierta del barco al mar y emergió en la luz de la luna. El barco se encontraba exactamente en el medio entre Asia y Europa. La chica se quedó sentada en su lugar bajo el brillo de la luna, sin decir nada. Todas las otras personas corrieron hacia la baranda, el barco se inclinó por la cantidad de gente, también los vasos de té se deslizaron con sus platitos en dirección a la baranda. Un vendedor de té exclamó:

—¡El dinero del té, el dinero del té!

Yo le pregunté a la muchacha:

—¿Sabe nadar bien?

Ella asintió.

La tripulación del barco le arrojó al muchacho dos salvavidas, pero él no quería ningún salvavidas. El barco giró y navegó detrás del joven, un bote de rescate lo sacó del mar. La luna estuvo atenta a todo lo que pasaba, y cuando el joven, con la ropa mojada y los pelos mojados, tuvo que ir a presentarse ante el capitán, la luna lo iluminó con un círculo de luz, como a un payaso en el circo. El barco volvió a poner proa hacia el lado asiático, los vendedores de té encontraron a sus clientes y recolectaron las monedas. La luna brillaba sobre los vasos de té vacíos cuando de pronto el barco volvió a girar en dirección al lado europeo, porque se había olvidado de los salvavidas en el mar. Y la luna seguía todo el tiempo ahí, sobre Europa y sobre Asia.

En el aeropuerto de Estambul esperaba la gente, un largo corredor de personas, algunas lloraban.

¿Cuántas puertas había ahora en Estambul? Doce millones de personas, ¿cuántas puertas abrían? ¿Y puede el brillo de la luna crecer hacia el interior de las viviendas por debajo de todas esas puertas? ¿Es capaz de lograr eso la luna?

Cuando era niña, vivían en Estambul cuatrocientas mil personas.

Nuestra vecina, Madame Atina (“Athena”), una griega de Estambul, estiraba por aquel entonces sus mejillas envejecidas hasta detrás de sus orejas para allí pegárselas con una cinta adhesiva. Yo debía ayudarla en esa tarea. Ella me decía:

Psst, you might also like:
Orejas de oso

—Soy una bizantina, como la iglesia Hagia Sophia, que fue construida en la época del emperador bizantino Constantino el Grande, en el 326 después de Cristo, como una basílica con muros de piedra y techo de madera. En la Hagia Sophia los bizantinos creían estar más cerca de Dios que en ningún otro lado, y yo también creo estar en Constantinopla más cerca de la luna que en cualquier otro sitio del mundo.

Con la cinta adhesiva pegada detrás de las orejas, Madame Atina iba a la verdulería. Yo iba con ella, y como con sus mejillas estiradas hacia atrás se veía joven, yo caminaba rápido. Ella quería caminar tan rápido como yo y por eso a veces se caía en la calle. El dueño de la verdulería era un musulmán y le hacía chistes a Madame Atina:

—Madame, ha venido un ángel musulmán, metió sus dedos en el agujero de una estatua y giró la iglesia Hagia Sophia en dirección a la Meca.

Yo amaba la Hagia Sophia, su suelo era desparejo y en los muros se veían frescos de Cristo sin la cruz. Desde el minarete un almuecín cantaba el ezan, y por las noches la Luna brillaba sobre el rostro de Cristo y sobre el rostro del almuecín.

Una vez, Madame Atina viajó conmigo en el barco rumbo al lado asiático. Yo tenía siete años. Mi madre me dijo:

—Mira, los griegos de Estambul son la sal y el azúcar de la ciudad.

Y Madame Atina me mostró su Constantinopla personal.

—Mira esa pequeña torre en el mar. El emperador bizantino al que le habían vaticinado que a su hija la mordería y la mataría una víbora hizo construir delante de Üsküdar esa Torre de Leandro (Torre de la Doncella) y escondió allí a su hija. Una vez, la niña quiso higos y le trajeron un canasto con higos de la ciudad. Una víbora que se había escondido en el canasto la picó y la muchacha murió.

Madame Atina tomó mi cara entre sus manos y dijo:

—Niña, con esos bellos ojos vas a quemarles los corazones a muchos hombres.

El sol alumbraba sus uñas pintadas de rojo, detrás de las que yo veía la Torre de la Doncella en el mar.

Luego Madame Atina cruzó conmigo el puente del Cuerno de Oro. Al caminar por aquel entonces sobre el puente de baja altura que se movía con las olas, yo no sabía aún que Leonardo da Vinci —los otomanos lo llamaban Lecardo— le había escrito una vez, el 3 de julio de 1503, una carta al sultán. El sultán quería que él construyera un puente en el Cuerno de Oro, y en esa carta dirigida al sultán Leonardo le hacía sus propuestas. Otra propuesta llegó en 1504, por parte de Miguel Ángel. Pero Miguel Ángel tenía una pregunta: “Si yo he de construir ese puente, ¿me exigirá el sultán que adopte la fe musulmana?”. El abad franciscano que discutía con Miguel Ángel la propuesta del sultán le dijo: “No, hijo, conozco Estambul tan bien como Roma. No sé en cuál de las dos ciudades viven más pecadores. El sultán otomano jamás te exigirá algo así”. Miguel Ángel igual no pudo al final construir el puente, porque el papa amenazó al artista con excomulgarlo. Durante siglos los otomanos no construyeron ningún puente entre los dos lados europeos de Estambul, porque de un lado vivían musulmanes y del otro judíos, griegos y armenios. Solo los barcos de pescadores llevaban a la gente de un lado al otro. El sultán Mahmut II (1808-1836) quiso al fin unir a los musulmanes y no musulmanes de Estambul e hizo construir el famoso puente. Una vez que estuvo terminado, los pescadores golpearon el puente con palos, porque les había quitado el trabajo. El puente se transformó en un escenario: judíos, turcos, griegos, árabes, albaneses, armenios, europeos, persas, circacianos, mujeres, hombres, caballos, burros, vacas, gallinas, camellos, todos cruzaban por este puente. En algún momento aparecieron dos locos, una mujer y un hombre, ambos estaban desnudos. El hombre se paró en un extremo del puente, la mujer en el otro. Ella gritó:

—A partir de aquí, Estambul es mía.

Él gritó:

—A partir de aquí, Constantinopla es mía.

En el aeropuerto me tomé un taxi. Desde que Estambul se convirtió en una ciudad de doce millones de habitantes, los taxistas dejaron de encontrar las direcciones y se ponían nerviosos.

Psst, you might also like:
De oficio

—Señora mía, si no sabes a dónde quieres ir, ¿por qué te has subido a mi auto?

Quería ir a lo de una amiga, ya no tenía padre ni madre a los que visitar primero.

Hacía algunos años había llegado una vez a Estambul con un vuelo de invierno para enterrar a mis padres, que habían muerto en el curso de tres días. Primero se fue mi madre. Mi padre se sentó en su sillón, con el sillón de enfrente vacío. Buscó una dentadura, que aún tenía pegado queso de cabra, y dijo:

—Aquí tienen, la dentadura de su madre.

Dos días más tarde también murió él, y en el patio de la mezquita colocaron su ataúd sobre una alta piedra funeraria. En las otras piedras había otros dos ataúdes, y la administración de la mezquita había confundido los ataúdes. No sabían qué muerto correspondía a qué familia. Por eso es que en el cementerio los sepultureros abrieron los féretros para sacar a los cadáveres, que estaban envueltos en telas, y de cada familia un hombre —las mujeres no podían acercarse a la tumba— debía mirar qué muerto le pertenecía. Mi hermano miró la cara de los tres muertos y dijo:

—Este es nuestro padre.

Con el taxi pasé ahora por delante del cementerio donde estaban enterrados mis padres. Ya no sabía en qué tumba estaba mi padre. Solo sabía que desde su tumba se podía ver el mar. Desde que Estambul se convirtió en una ciudad de doce millones de habitantes, la administración del cementerio exigía de los deudos que compraran la tumba, de lo contrario enterrarían nuevos muertos sobre los muertos. Mi hermano me llamó en aquel momento a Alemania:

—¿Qué debemos hacer? ¿Comprar la tumba o dejar que se pierda entro otros muertos?

—¿Tú qué piensas?

—Podemos hacer que lo pongan junto a otros muertos, eso estaría más propio de él.

Como en Estambul no se hacen visitas al cementerio, nos daba lo mismo dónde estuvieran puestos los muertos. Los cementerios están vacíos, son los únicos lugares tranquilos de la ciudad. De joven iba de vez en cuando a los cementerios junto a un poeta. Él anotaba lo que estaba escrito en las lápidas. Me decía:

—Estas son las últimas frases de las personas. Ahí no hay mentiras.

Quería usar estas frases en sus poemas.

Aunque en Estambul no hay gente que visite los cementerios, cada uno de los cementerios tiene sus locos. Dan vueltas alrededor de las lápidas, seguidos por los gatos, porque a estos gatos ellos les dan pan y queso. En el cementerio de mis padres vivieron durante años dos locos. Uno siempre le daba al otro una moneda de una lira. Un día, en vez de darle una lira, le dio tres liras. El otro se enojó y dijo:

—Por qué me das tres liras, si yo solo quiero una lira.

—Hijo mío, ¿no oíste hablar de la inflación? Ahora tres liras son una lira.

El otro empezó a llorar, su amigo le pasó un pañuelo.

El taxista no encontraba la dirección de mi amiga y sudaba. Yo le pasé un pañuelo de papel y le dije:

—Lléveme al centro de la ciudad.

Treinta años atrás había en Estambul un productor de cine que solo filmaba historias tristes, y como estaba seguro de que todos los espectadores iban a llorar, había mandado a fabricar pañuelos de fino algodón. Él mismo se paraba delante del cine y les repartía los pañuelos a los espectadores. Se reía mientras lo hacía. Por esta época había en Estambul un famoso loco del cine, que veneraba especialmente a un actor de cine turco en particular. Como a este actor lo mataban en uno de sus papeles, el loco vino una noche con una pistola al cine e intentó matar al asesino antes de que este disparara, pegándole seis tiros a la pantalla. Estambul ama a los locos. La ciudad les da el pecho y los amamanta. Ya se ha dejado gobernar por muchos sultanes locos. Cuando llega un loco, Estambul le hace un lugar.

Me bajé del taxi justo delante del cine en el que loco le había disparado a la pantalla. Antes de que me fuera a Berlín, hace veintidós años, estuve muchas veces parada delante de este cine, esperando a mis amigos.

Psst, you might also like:
El boxeador polaco

Ahora estoy de nuevo parada aquí y miro los rostros de las personas que caminan a mi alrededor. Me daba la impresión como si pasaran, superpuestas, películas de países muy distintos de todo el mundo. Humphrey Bogart habla con una mujer árabe, le pregunta la hora. Una prostituta rusa habla con un hombre que se mueve como Woody Allen.

En las caras de las personas busco a mis amigos de aquel entonces, pero los busco en las caras jóvenes de hoy, como si mis amigos no hubieran envejecido en veintidós años, como si me hubieran estado esperando con sus caras de aquella época. Como si en el momento en que me fui a Europa, Estambul se hubiera quedado rígida como una fotografía, esperándome a mí: con todos sus baños, iglesias, mezquitas, palacios de sultanes, fuentes, torres, muros bizantinos, bazares, casas de madera, callecitas empinadas, puentes, higueras, casas de pobres, gatos callejeros, perros callejeros, piojos, mulas, viento, mar, siete colinas, barcos, locos, vivos, prostitutas, poetas, changadores. Como si Estambul me hubiera estado esperando con sus millones de zapatos, que aguardan en las casas a que llegue la mañana, con sus millones de peines, tirados delante de los espejos con manchas de jabón de afeitar.

Aquí estoy, ahora se van a abrir todas las ventanas. Las mujeres van a gritarles a sus amigas de ventana a ventana. Las plantas de albahaca en las macetas van a soltar su aroma. Los niños de los pobres se van a arrojar con sus largos pantalones de algodón en el mar de Mármara. Todos los barcos entre Asia y Europa van a tocar la bocina. Sobre los techos los gatos van pedir amor a los gritos. Las siete colinas de Estambul van a despertarse. Las gitanas cosecharán allí las flores para más tarde venderlas en el centro de la ciudad. Los chicos se treparán a las higueras. Los pájaros picotearán los higos.

—Madre, la mermelada de higo, ¿se hace de las higueras macho o de las higueras hembra?

—De las macho. Fíjate que sus higos son pequeños y duros.

En los jardines de tulipanes del palacio del sultán las tortugas andarán dando vueltas con velas encendidas sobre sus caparazones, el viento hará que los tulipanes inclinen sus cabezas hacia el mar, también las llamas de las velas sobre las tortugas ondearán en la misma dirección. El viento empujará hoy los barcos haciendo que avancen más rápido, los pasajeros llegarán antes a sus casas. Cuando los hombres estén en su casa, se encenderán las luces en las siete colinas. Los padres se lavarán las manos. Ruido de agua.

—Hija mía, ¿me pasarías una toalla?

—Sí, padre.

Enfrente del cine había un par de tiendas, algunos de los dueños de las tiendas me reconocieron y me saludaron, todos tenían el pelo canoso y las cejas canosas.

Junto al cine estaba parado un hombre pobre, tal vez un campesino, que intentaba fotografiar con una cámara polaroid a la gente que pasaba caminando.

—Recuerdo fotográfico de Estambul. Recuerdo fotográfico de Estambul.

Me hice fotografiar por él, la foto salió movida.

—Sáqueme una más.

—No me queda más rollo.

Una mendiga me sacó la foto de las manos y le dijo al fotógrafo:

—Pero si tú eres el artista, ¿por qué no fotografiaste a la dama delante del McDonald’s?

Miró la foto con mayor atención y exclamó:

—Oh, qué bello es mi tesoro, qué bello.

Pensé que se refería a mí, pero en la foto, sobre el muro que estaba detrás de mí, había sentado un gato. Yo estaba movida, pero al gato estaba nítido.

Después llamé al filósofo turco que no quería vivir en Berlín.

—¿Dónde estás?

—En Estambul.

Crucé a su casa en el lado asiático de Estambul con el barco. Junto al barco viajaba un bote de pescadores, que transportaba dos caballos. La luna brillaba sobre los hocicos de los caballos, que estaban muy tranquilos. Sumergí mis manos en el mar, para tomar un poco de brillo de luna, y la luna se vio de pronto como en mi infancia, como si siguiera viviendo solo aquí en el cielo de Estambul, como si solo amara a Estambul y se puliera cada día solo para esta ciudad.


*Este cuento fue publicado en: Der Hof im Spiegel by Emine Sevgi Özdamar. © Kiepenheuer & Witsch GmbH & Co. KG, Cologne/Germany.

arrow2right arrow2right cuentos que van juntos :

si disfrutaste de este cuento, aquí tienes unos cuentos más que harían excelente pareja.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty

Send this to a friend

Hi, this may be interesting you: Mi Estambul! This is the link: http://www.shortstoryproject.com/es/mi-estambul/