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Isaak Bábel | del:ruso

Mi primer ganso

Traducción : Josef María Guell

Introducción de Paul Walker

A pesar de ser un lector devoto desde muy temprana edad, he tenido, durante mucho tiempo, sólo un interés pasajero por las formas breves de la literatura. Pensaba que en ellas había algo insatisfactorio. Leer un cuento autónomo, incluso uno magistral, se me asemejaba a encontrar a una mujer hermosa en el último día de las vacaciones, una hora antes de tomar el vuelo a casa. Mi actitud, sin embargo, cambió cuando descubrí la colección “Caballería roja”, de Isaak Babel, un genial escritor ruso que fue fusilado a los 45 años, víctima de las purgas de Stalin. Cuando terminé de leer el primer relato, “El cruce del río Zbrucz”, ya me sentía atrapado y horrorizado en igual medida; el texto tenía todo: estilo, forma perfecta, atmósfera, corazón, etc. Sin embargo, el cuento que he escogido para este proyecto no es aquél, sino “Mi primer ganso”. No describiré aquí la trama, ya que podrán descubrirla al leer el texto. No obstante, me he sentido, y aún me siento, totalmente deslumbrado por el alcance y la intensidad de las emociones; el derrotero que el narrador recorre en tan pocas páginas; las imágenes brillantes; y el hecho de que Babel logra transmitir algo de la brutalidad de la guerra sin una sola víctima humana.

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Savitski, el jefe de la Sexta División, se levantó al verme; quedé sorprendido ante la belleza de su gigantesco cuerpo. Se levantó, y con la púrpura de sus pantalones de montar, con su gorra carmesí ladeada, con las condecoraciones que le colgaban del pecho, cortó la isba por la mitad como corta un estandarte el cielo. Olía a perfume y a fresco y empalagoso jabón. Sus largas piernas parecían muchachas embutidas hasta los hombros en relucientes botas de montar.

Me sonrió, golpeó la mesa con la fusta y echó mano a la orden que acababa de dictar el jefe del estado mayor. Era una disposición dirigida a Iván Chesnokov para que avanzara en dirección Chugunov-Dobrivodka con el regimiento que tenía a su mando, y para que, al entrar en contacto con el enemigo, lo aniquilara…

… El cual aniquilamiento —empezó a escribir el jefe de la división embadurnando toda la hoja— confío a la responsabilidad del nombrado Chesnokov, responsabilidad sometida a las más extremas medidas que le aplicaría en el acto, circunstancia que vos, camarada Chesnokov, no podéis poner en duda, pues no es el primer mes que trabajáis conmigo aquí en el frente…

El jefe de la Sexta División firmó y rubricó la orden, la arrojó al ordenanza y volvió hacia mí sus ojos grises en los que burbujeaba cierto regocijo.

Le entregué el documento que acreditaba mi destino al estado mayor de la división.

—¡Cúmplase la orden! —dijo el jefe de la división—. Cúmplase la orden e inscríbasele en la lista de todos los placeres excepción hecha de los de abajo. ¿Sabes leer y escribir?

—Sí, sé leer y escribir —respondí envidiando aquella juventud férrea y florida—. Estudio jurisprudencia en la universidad de Petersburgo…

—Eres un niño bonito —exclamó riéndose—, con tus gafitas en la nariz. ¡Qué desmedrado! os envían sin encomendarse a Dios ni al diablo, y aquí os degüellan con lentes y todo. ¿Te quedas, pues, con nosotros?

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—Me quedo —respondí, y me fui a la aldea con el furriel en busca de alojamiento.

El furriel llevaba a la espalda mi baulito. La calle del pueblo se extendía ante nosotros, redondeada y amarilla como una calabaza, mientras el moribundo sol exhalaba hacia el cielo su rosado hálito.

Nos acercamos a una casa de adornadas vigas. El furriel se detuvo, y de pronto, sonriendo con aire culpable, dijo:

—Tenemos aquí un buen hueso con lo de las gafas, y no hay forma de arreglarlo. A un hombre de todas prendas le sacan aquí de quicio. Pero deshonre usted a una dama, a la dama más pura, y verá cómo le aprecian los soldados…

Titubeó un poco con mi baúl sobre los hombros, se aproximó hasta casi tocarme, luego retrocedió desalentado y se dirigió rápidamente a la primera casa. Había unos cosacos sentados sobre el heno afeitándose unos a otros.

—Bueno, soldados —dijo el furriel dejando mi baúl en el suelo—. De acuerdo con las órdenes del camarada Savitski, tenéis la obligación de admitir a este hombre en vuestro alojamiento, sin hacer tonterías, pues se trata de alguien que ha pasado lo suyo en su oficio de estudiar…

El furriel se puso colorado y partió sin volver la cabeza. Apliqué la mano a la visera de la gorra y saludé a los cosacos. Un joven de lacios cabellos, con el hermoso rostro de los naturales de Riazán, se acercó a mi baúl y lo arrojó por la puerta hacia fuera. Luego volvió hacia mí sus posaderas y con gran habilidad empezó a emitir unos oprobiosos ruidos.

—Cañón número dos cero —le gritó el cosaco de mayor edad echándose a reír—, fuego rápido…

El joven agotó su poco complicado arte y se marchó. Entonces, arrastrándome por el suelo, empecé a recoger los manuscritos y las agujereadas prendas que se habían salido del baúl. Lo reuní todo y me lo llevé al otro extremo del patio. Junto a la casa, colocado sobre unos ladrillos, había un caldero en el que se cocía carne de cerdo. La vasija humeaba como humea en la lejanía la casa paterna en medio del pueblo, y enmarañaba mi hambre con una soledad sin parangón. Cubrí de heno mi destrozado baúl convirtiéndolo en almohada y me tendí en el suelo para leer en Pravda el discurso de Lenin al Segundo Congreso del Komintern. El sol caía sobre mí por entre las dentadas cimas de las colinas, los cosacos pisaban mis piernas al pasar y el joven se burlaba de mí incansablemente. Mis líneas predilectas venían por un camino de abrojos y no podían llegar hasta mí. Entonces dejé a un lado el periódico y me acerqué a la patrona, que estaba secando hilazas en el porche.

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—Patrona —dije—, necesito comer…

La vieja levantó hasta mí sus ojos ciegos, de difuminado blanco, y volvió a bajarlos de nuevo.

—Camarada —repuso después de un silencio—, estas cosas me dan ganas de ahorcarme.

—A Dios Nuestro Señor voy a colgar, madre —murmuré entonces con disgusto, y empujé a la vieja poniéndole el puño en el pecho—. Cómo voy a meteros en la cabeza…

Y al volverme vi un sable abandonado en el suelo no lejos de allí. Un ganso de aire severo vagaba por el patio y se limpiaba imperturbablemente las plumas. Lo alcancé y lo aplasté contra el suelo. La cabeza del ganso crujió bajo mi bota; crujió y empezó a sangrar. El blanco cuello quedó extendido sobre el estiércol y las alas se juntaron por encima del ave muerta.

—¡Ahorcaré a Dios Nuestro Señor, madre! —exclamé atacando al ganso con el sable—. Cuécemelo, patrona.

La vieja, echando destellos por sus ojos cegatos y por sus lentes, recogió el ganso, lo envolvió en el delantal y se lo llevó a la cocina.

—Camarada —dijo después de una pausa—, siento deseos de ahorcarme. —Y cerró tras sí la puerta.

En el patio, los cosacos se habían sentado alrededor de su caldero. Estaban inmóviles, tiesos como viejos magos, sin mirar al ganso.

—Este chico nos conviene —dijo uno de ellos refiriéndose a mí. Guiñó y sacó una cucharada de sopa de coles.

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Los cosacos empezaron a cenar con la reservada elegancia de los mujiks que se respetan mutuamente. Yo limpié el sable con arena, salí al portal y volví a entrar consumido de impaciencia. La luna pendía sobre el patio como un arete barato.

—Hermano —me dijo de pronto Surovkov, el mayor de los cosacos—, siéntate a comer con nosotros mientras tu ganso se cuece…

Sacó de la bota una cuchara de recambio y me la entregó. Nos tragamos aquella sopa de col y nos comimos la carne.

—¿Y qué dicen los periódicos? —preguntó el joven de los cabellos lináceos haciéndome sitio.

—Lenin escribe en el periódico —dije sacando Pravda—. Lenin escribe que nos falta de todo…

Y con voz fuerte, cual sordo triunfante, leí a los cosacos el discurso de Lenin.

La tarde me envolvió en la vivificante humedad de sus sábanas crepusculares. La tarde aplicó su mano maternal a mi ardorosa frente.

Leía y me entusiasmaba, pero en medio de mi entusiasmo seguía con atención la misteriosa curva de la recta leninista.

—La Verdad cosquillea las narices de cualquiera —dijo Surovkov cuando hube terminado—, mas es difícil sacarla del montón, mientras que él la pilla al instante, como la gallina el grano.

Esto dijo de Lenin, Surovkov, jefe de destacamento en el escuadrón del estado mayor. Luego nos fuimos a dormir al henil. Dormimos allí los seis, dándonos calor unos a otros, con las piernas entrelazadas bajo aquel techo agujereado que dejaba pasar las estrellas.

Soñé, y vi mujeres en mi sueño, pero mi corazón, manchado por el asesinato, crujía y sangraba.


*Este cuento fue publicado en Caballeria roja y otras obras, RBA Libros, 2011.

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