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Samanta Schweblin | del:español

Mis padres y mis hijos

Introducción de Valerie Miles

Asumámoslo: la materia de la que está hecha nuestra vida cotidiana es una substancia extraña. Cuando la examinamos detenidamente, cuando las cuerdas de la familia se tensan por encima del abismo nabokoviano para posarse en una cuna o acariciar a un padre envejecido cuya mente está fallando, entonces lo que es normal puede convertirse inmediatamente en bizarro. Una palabra cotidiana –por ejemplo "árbol"– repetida varias veces sucesivamente, pierde su significado y confirma el inherente extrañamiento del lenguaje cuando se lo vacía de convenciones. La prosa cincelada y la narrativa serpeante de Samanta Schweblin ponen el foco, precisamente, en imágenes que perturban lo ordinario y desplazan el significado: una hilacha del jogging del abuelo colgando como una horca de un árbol de la vida, en una escena que parece arrancada de un film de David Lynch. La abuela también está desnuda, jugando sensualmente con la manguera; niños desnudos desaparecen en el jardín con los abuelos desnudos; una cuerda se rompe, una agujero en la red de seguridad, la autoridad interviene y el sistema entra en alerta pero descubrimos que habla un idioma que no podemos entender. No todas las casas son nidos. La voz tensamente forjada de Schweblin refleja con ironía los armarios bien ordenados de esta casa de verano. La senilidad refleja la inocencia de la infancia, invocando así el misterio del ciclo vital: como arriba, también abajo; ellos bailan, corren, juegan, disfrutan. Es la vida en el medio la que colapsa, en la cual aparecen los huecos, donde el lenguaje fracasa. La verdad está escondida en estas páginas: ella corre a mayor profundidad que las imágenes sobre la superficie, desenmascara esta piel de normalidad, se esconde en el espacio vacío de un prolijo ropero. Cuando amamos también transferimos nuestros miedos, nuestra histeria primaria, la sensación de estar alienados de nuestra propia vida. Extraños se llevarán a nuestras mujeres, nosotros enloqueceremos como nuestros padres, nuestros hijos desaparecerán. Y sin embargo ellos nos miran a través de la ventana del jardín, desnudos, y se ríen y ríen y ríen.

 

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–¿Dónde está la ropa de tus padres? –pregunta Marga.

Cruza los brazos y espera mi respuesta. Sabe que no lo sé, y que necesito que ella haga una nueva pregunta. Del otro lado del ventanal, mis padres corren desnudos por el jardín trasero.

–Van a ser las seis, Javier –me dice Marga–. ¿Qué va a pasar cuando llegue Charly con los chicos del súper y vean a sus abuelos corriéndose uno al otro?

–¿Quién es Charly? –pregunto.

Creo que sé quién es Charly, es el gran-hombre-nuevo de mi exmujer, pero me gustaría que en algún momento ella me lo explicara.

–Se van a morir de vergüenza de sus abuelos, eso va a pasar.

–Están enfermos, Marga.

Suspira. Yo cuento ovejas para no amargarme, para tener paciencia, para darle a Marga el tiempo que necesita. Digo: Querías que trajera a mis padres hasta acá, porque acá, a trescientos kilómetros de mi casa, se te ocurrió que sería bueno pasar las vacaciones.

–Dijiste que estaban mejor.

Detrás de Marga mi padre riega a mi madre con la man­guera. Cuando le riega las tetas, mi madre se sostiene las tetas. Cuando le riega el culo, mi madre se sostiene el culo.

–Sabés cómo se ponen si los sacás de su ambiente –digo–, y el aire libre…

¿Es mi madre la que sostiene lo que mi padre riega o es mi padre el que riega lo que mi madre se sostiene?

–Ajá. Así que para invitarte a pasar unos días con tus hijos, a los que, además, hace tres meses que no ves, tengo que prever el nivel de excitación de tus padres.

Mi madre alza al caniche de Marga y lo sostiene arriba de su cabeza, girando sobre sí misma. Yo intento no quitar la vista de Marga para que de ninguna forma se vuelva hacia ellos.

–Quiero dejar toda esta locura atrás, Javier.

«Esta locura», pienso.

–Si eso implica que veas menos a los chicos… No puedo seguir exponiéndolos.

–Solo están desnudos, Marga.

Va hacia adelante, la sigo. Detrás de mí, el caniche con­tinúa girando en el aire. Antes de abrir Marga se arregla el pelo frente a los vidrios de la puerta, se acomoda el vestido. Charly es alto, fuerte y tosco. Parece el tipo del noticiero de las doce después de hincharse el cuerpo de ejercicios. Mi hija de cuatro y mi hijo de seis cuelgan de sus brazos como dos flotadores infantiles. Charly los ayuda a caer con delicadeza, acercando a la tierra su inmenso torso de gorila y quedando libre para darle un beso a Marga. Depués viene hacia mí y por un momento temo que no sea amable. Pero me da la mano, y sonríe.

–Javier, te presento a Charly –dice Marga.

Siento a los chicos golpear contra mis piernas y abra­zarme. Sostengo con fuerza la mano de Charly que me sacude el cuerpo. Los chicos se sueltan y salen corriendo.

–¿Qué te parece la casa, Javi? –dice Charly, levantando su vista detrás de mí, como si hubieran alquilado un ver­dadero castillo.

«Javi –pienso–. Esta locura», pienso.

El caniche aparece llorando por lo bajo con la cola entre las patas. Marga lo alza y, mientras el perro la lame, ella frunce la nariz y le dice: «michiquititingo-michiquititingo». Charly la mira con la cabeza inclinada, quizá solo intenta entender. Entonces ella se vuelve en seco hacia él, alar­mada, y dice:

–¿Dónde están los chicos?

–Estarán detrás –dice Charly–, en el jardín.

–Es que no quiero que vean así a sus abuelos.

Los tres giramos a un lado y al otro, pero no los vemos.

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–Ves, Javier, esto es justamente el tipo de cosas que quiero evitar –dice Marga alejándose unos pasos–, ¡chicos!

Va hacia el jardín de atrás bordeando la casa. Charly y yo la seguimos.

–¿Qué tal la ruta? –pregunta Charly.

Hace el gesto de girar el volante con una mano, simula pasar un cambio y acelerar con la otra. Hay estupidez y excitación en cada uno de sus movimientos.

–No manejo.

Se agacha para levantar algunos juguetes que hay en el camino y los deja a un lado, ahora tiene el ceño fruncido.

Temo llegar al jardín y encontrar juntos a mis hijos y mis padres. No, lo que temo es que sea Marga quien los encuen­tre juntos, y la gran escena recriminatoria que se avecina. Pero Marga está sola en el medio del jardín, esperándonos con los puños en la cintura. Entramos a la casa siguiéndola. Somos sus más humildes seguidores y eso es tener algo en común con Charly, algún tipo de relación. ¿Realmente habrá disfrutado de la ruta en su viaje?

–¡Chicos! –grita Marga en las escaleras, está furiosa pero se contiene, tal vez porque Charly todavía no la conoce bien. Vuelve y se sienta en una banqueta de la cocina–. Necesitamos tomar algo, ¿no?

Charly saca un refresco de la heladera y lo sirve en tres vasos. Marga toma un par de tragos y se queda un momento mirando el jardín.

–Esto está muy mal. –Se pone otra vez de pie–. Esto está muy mal. Es que podrían estar haciendo cualquier cosa. –Y ahora sí me mira a mí.

–Busquemos otra vez –digo, pero para entonces ella ya está saliendo al jardín trasero.

Regresa unos segundos después.

–No están –dice–, dios mío, Javier, no están.

–Sí que están Marga, tienen que estar en algún lugar.

Charly sale por la puerta principal, cruza el jardín delan­tero y sigue las huellas de los coches que llevan hasta el camino. Marga sube las escaleras y los llama desde la planta alta. Salgo y rodeo la casa. Paso los garajes abiertos, llenos de juguetes, baldes y palas de plástico. Entre las ramas de dos árboles veo que el delfín inflable de los chicos cuelga ahorcado de una de las ramas. La soga está echa con la ropa de jogging de mis padres. Marga se asoma desde una de las ventanas y cruzamos miradas un segundo. ¿Ella buscará también a mis padres o solo buscará a los chicos? Entro a la casa por la puerta de la cocina. Charly está entrando en ese momento por la puerta principal y me dice desde el living:

–Delante no están.

Su cara ya no es amable. Ahora tiene dos líneas entre las cejas y sobreactúa sus movimientos como si Marga estu­viera controlándolo: pasa rápidamente de la quietud a la acción, se agacha bajo la mesa, se asoma detrás del vajillero, espía tras la escalera, como si solo pudiera encontrar a los chicos tomándolos por sorpresa. Me veo obligado a seguir sus pasos y no puedo concentrarme en mi propia búsqueda.

–No están afuera –dice Marga–, ¿habrán vuelto al coche? En el coche, Charly, en el coche.

Espero pero no hay ninguna instrucción para mí. Charly vuelve a salir y Marga sube otra vez a los cuartos. La sigo, ella va al que aparentemente ocupa Simón, así que yo busco en el de Lina. Cambiamos de cuartos y volvemos a buscar. Cuando estoy mirando bajo la cama de Simón, la escucho putear.

–La puta madre que los parió –dice, así que asumo que no es porque haya encontrado a los chicos. ¿Habrá encon­trado a mis padres?

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Buscamos juntos en el baño, en el altillo y en el dormi­torio matrimonial. Marga abre los placares, corre algunas prendas que cuelgan de las perchas. Hay pocas cosas y todo está muy ordenado. Es una casa de verano, me digo, pero después pienso en la verdadera casa de mi mujer y mis hijos, la casa que antes también era mi casa, y me doy cuenta de que siempre fue así en esta familia, que todo fue poco y ordenado, que nunca sirvió de nada correr las perchas para encontrar algo más. Escuchamos a Charly entrar otra vez a la casa, nos cruzamos en el living.

–No están en el coche –le dice a mi mujer.

–Esto es culpa de tus viejos –dice Marga.

Me empuja hacia atrás golpeándome un hombro.

–Es tu culpa. ¿Dónde mierda están mis hijos? –grita y sale corriendo de nuevo al jardín.

Los llama a un lado y otro de la casa.

–¿Qué hay detrás de los arbustos? –le pregunto a Charly.

Me mira y mira otra vez a mi mujer, que sigue gritando.

–¡Simón! ¡Lina!

–¿Hay vecinos del otro lado de los arbustos? –pregunto.

–Creo que no. No sé. Hay quintas. Lotes. Las casas son muy grandes.

Puede que tenga razón en dudar, pero me parece el hom­bre más estúpido que vi en mi vida. Marga regresa.

–Voy adelante –dice, y nos separa para pasar por el medio–. ¡Simón!

–¡Papá! –grito yo caminando detrás de Marga–. ¡Mamá!

Marga va unos metros delante de mí cuando se detiene y levanta algo del piso. Es algo azul, y lo sostiene de una punta, como si se tratara de un animal muerto. Es el buzo de Lina. Se vuelve para mirarme. Va a decirme algo, va a putearme otra vez de arriba abajo pero ve que más allá hay otra prenda y va hacia ella. Siento a mis espaldas la sombra descomunal de Charly. Marga levanta la remera fucsia de Lina, y más allá una de sus zapatillas, y más allá la camiseta de Simón.

Hay más en el camino, pero Marga se detiene en seco y se vuelve hacia nosotros.

–Llamá a la policía, Charly. Llamá a la policía ahora.

–Bichi, no es para tanto… –dice Charly.

«Bichi», pienso.

–Llamá a la policía, Charly.

Charly se da media vuelta y camina apurado hacia la casa. Marga junta más ropa. La sigo. Levanta una prenda más y se para frente a la última. Es el shortcito de malla de Simón. Es amarillo y está un poco enroscado. Marga no hace nada. Quizá no puede agacharse por esa prenda, quizá no tenga las fuerzas suficientes. Está de espaldas y su cuerpo parece empezar a temblar. Me acerco despacio, intentando no sobresaltarla. Es una malla muy chiquita. Podría entrar en mis manos, cuatro dedos en un agujero, el dedo gordo en el otro.

–En un minuto están acá –dice Charly viniendo desde la casa–, mandan al patrullero de la rotonda.

–A vos y a tu familia los voy a… –dice Marga viniendo hacia mí.

–Marga…

Levanto la malla y entonces Marga me salta encima. Trato de sostenerme pero pierdo el equilibrio. Me cubro la cara de sus cachetazos. Charly ya está acá e intenta sepa­rarnos. El patrullero para en la puerta y hace sonar una vez la sirena. Dos policías bajan rápido y se apuran para ayudar a Charly.

–No están mis hijos –dice Marga–, no están mis hijos –y señala la malla que cuelga de mi mano.

–¿Quién es este hombre? –dice el policía–. ¿Usted es el marido? –le preguntan a Charly.

Intentamos explicarnos. Contra mi primera impresión ni Marga ni Charly parecen culparme. Solo reclaman por los chicos.

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–Mis hijos están perdidos con dos locos –dice Marga. Pero los policías solo quieren saber por qué estábamos peleando. El pecho de Charly empieza a hincharse y por un momento temo que se tire sobre los policías. Dejo caer resignadamente las manos, como hizo Marga conmigo hace un rato, y solo logro que los ojos del segundo policía sigan con alarma la oscilación de la malla.

–¿Qué mira? –dice Charly.

–¿Qué? –dice el policía.

–Que está mirando esa malla desde que se bajó del coche, ¿quiere avisar de una vez a alguien que hay dos chicos desaparecidos?

–Mis hijos –insiste Marga. Se planta frente a uno de los policías y lo repite muchas veces, quiere que la policía se concentre en lo importante–, mis hijos, mis hijos, mis hijos.

–¿Cuándo los vieron por última vez? –dice al fin el otro.

–No están en la casa –dice Marga– se los llevaron.

–¿Quién se los llevó, señora?

Niego e intento intervenir, pero se me adelantan.

–¿Está hablando de un secuestro?

–Podrían estar con los abuelos –digo.

–Están con dos viejos desnudos –dice Marga.

–¿Y de quién es esta ropa, señora?

–De mis hijos.

–¿Me está diciendo que hay chicos y adultos desnudos y juntos?

–Por favor –dice la voz ya quebrada de Marga.

Por primera vez me pregunto qué tan peligroso es que tus hijos anden desnudos con tus padres.

–Pueden estar escondidos –digo–, no hay que descar­tarlo todavía.

–¿Y usted quién es? –dice el policía mientras el otro ya está llamando por radio a la central.

–Soy su marido –digo.

Así que el policía mira ahora a Charly. Marga vuelve a enfrentarlo, temo que para negarle lo que acabo de decir, pero dice:

–Por favor: mis hijos, mis hijos.

El primer policía deja el radio y se acerca:

–Los padres al coche, el señor –señalando a Charly– se queda por si los chicos vuelven a la casa.

Nos quedamos mirándolo.

–Al coche, vamos, hay que moverse rápido.

–De ninguna manera –dice Marga.

–Señora por favor, hay que asegurarse de que no estén yendo hacia la ruta.

Charly empuja a Marga hacia el patrullero y yo la sigo. Subimos y cierro mi puerta con el coche ya en marcha. Charly está de pie, mirándonos, y yo me pregunto si esos trescientos kilómetros de excitante conducción los habrá hecho con mis hijos sentados atrás. El patrullero retro­cede un poco de culata y salimos del terreno hacia la ruta, a toda velocidad. En ese momento me vuelvo hacia la casa. Los veo, ahí están los cuatro: a espaldas de Charly, más allá del jardín delantero, mis padres y mis hijos, desnudos y empapados detrás del ventanal del living. Mi madre restriega sus tetas contra el vidrio y Lina la imita mirándola con fascinación. Gritan de alegría, pero no se los escucha. Simón las imita a ambas con los cachetes del culo. Alguien me arranca la malla de la mano y escucho a Marga putear al policía. El radio hace ruido. Gritan a la central dos veces las palabras «adultos y menores», una vez «secuestro», tres veces «desnudos», mientras mi exmujer golpea con los puños el asiento trasero del conductor. Así que me digo a mí mismo «no abras la boca», «no digas ni mu», porque veo a mi padre mirar hacia acá: su torso viejo y dorado por el sol, su sexo flojo entre las piernas. Sonríe triunfal y parece reconocerme. Abraza a mi madre y a mis hijos, despacio, cálidamente, sin despegar a nadie del vidrio.

 

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