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Juan Pablo Roncone | del:español

Muerte del canguro

Introducción de Salvador Cristófaro

Juan Pablo Roncone es un escritor preciso y cauteloso. Hasta ahora lleva publicado un único libro de cuentos titulado Hermano ciervo, del que “Muerte del canguro” forma parte. Relato de tres jóvenes amigos –dos de ellos pareja amorosa– que viajan juntos de vacaciones por las rutas chilenas del sur en verano, “Muerte del canguro” desarrolla una trama que empieza por lo mínimo y termina al borde de la locura emocional y física de los personajes. Como en los buenos relatos, las señales están por todos lados, pero sutiles, casi inadvertidas. Desde el comienzo percibimos que hay algo raro en el trío. Ya han pasado una semana juntos, y mientras acomodan unas cosas en la camioneta en la que viajan antes de emprender la segunda parte del viaje, ciertos gestos y miradas dan lugar a la especulación: ¿qué están haciendo realmente? Al mismo tiempo, hay una noticia reciente que circula en los medios locales que informa que un avión que transportaba animales de un zoológico se ha estrellado en un bosque del sur cerca de donde piensan ir, y el único sobreviviente ha sido un canguro. Así, los elementos de la narración se alinean para que lo tragicómico ocurra. Y el estilo certero y conciso de su autor da el tono justo a la representación. En definitiva, estamos ante un relato que bien puede compararse con una especie de road movie condensada, aunque a la chilena. “Muerte del canguro” es una muestra del enorme potencial de la literatura joven de Chile, y un excelente ejemplo de la escritura precisa de Roncone. 

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1. Claudio acomoda la carpa enrollada y los sacos de dormir en la parte trasera de mi camioneta. El día está hermoso: sol y un suave viento marino que anuncia un buen viaje. Amparo, mi polola, sube a la camioneta y enciende la radio. ¿Traes los casetes?, le pregunta a Claudio, pero él no la oye, está muy concentrado ordenando las mochilas atrás. Es domingo, nuestra segunda semana de vacaciones fuera de Santiago, y en la plaza del pueblo casi no hay gente. Amparo saca su latita con marihuana y comienza a liar un pito. Yo apoyo la mano en el capot y la veo de refilón mientras mueve los dedos como una ardilla. Todo en orden, dice Claudio, y me sonríe antes de subirse al vehículo.

2. Salió en todos los noticieros. Un avión argentino que traía canguros al zoológico de Buin se estrelló en un bosque del sur de Chile, cerca de donde nos dirigimos. El gerente de la empresa argentina que envió los animales dijo que cinco canguros habían muerto y que uno había sobrevivido.

3. Amparo se acuesta con Claudio. Eso lo descubrí hace más o menos una semana, cuando nuestras vacaciones comenzaban. Lo descubrí y preferí hacerme el desentendido.

4. Vamos en la carretera, los tres muy juntos porque mi camioneta es de una sola cabina. Claudio y Amparo son colorines, algo pecosos y delgados. Amparo va al medio, volada, riéndose por cualquier cosa; escuchamos un casete de música de los ochenta. Es temporada de patos y Claudio lleva todos sus artículos de caza dentro de un bolso. ¿Son ricos los patos?, pregunta Amparo. Nunca los he probado, dice Claudio. ¿Y qué haces después de asesinarlos? No es un asesinato, dice Claudio. La caza es un deporte. Un deporte bárbaro, dice ella. Bárbaro como matar un toro o hacer pelear a los gallos.

5. Claudio es mi amigo de toda la vida, mi amigo del colegio. Siempre fue mejor persona que yo: más generoso, más afable, muchísimo más preocupado por la vida de los demás. Son innumerables las veces en que la cautela y mesura de Claudio me atajaron de cometer acciones impulsivas, en el colegio y en reuniones de la universidad. También es mucho más guapo y tiene mejores notas que yo. Su único defecto, quizá, sea una clara tendencia a copiarme casi todo, desde los intereses intelectuales a mi forma de vestir. Tuve una polola, años atrás, en el colegio, que solía decir que Claudio era como mi guardaespaldas: siempre detrás de mí, observando, callado y meditabundo. Nuestra diferencia más notoria es su timidez. Tiene veintidós años y siempre me dijo que era virgen. Una timidez terrible con las mujeres que contrastaba con mi afán infantil por conseguir sexo. Quizá por eso me sorprendió tanto pillarlo tirando con Amparo. Claudio, siempre dulce y atento, estaba haciéndolo con mi novia, aquella noche, en el baño de la cabaña. Pensaron que yo estaba borracho y que el sueño me había derrumbado. La imagen es terrible: Amparo encima de Claudio y Claudio sentado en el water, ambos intentando no meter ruido. Apenas abrí la puerta distinguí los dos cuerpos jadeantes y no se me ocurrió otra cosa que volver a la cama. Yo había engañado a Amparo varias veces y nunca me importó mucho que ella me engañara. Mal que mal, la primera vez que lo hice con Amparo ella aún no rompía con su pololo de entonces. Mi problema, por supuesto, es con Claudio; la traición que implicó verlo salir del baño, silencioso y transpirado, a tientas en la oscuridad de la cabaña, caminando como si nada hasta su cama.

6. Paremos aquí, dice Amparo. Bajamos frente a un minimarket para comprar alcohol. Hace calor. Nosotros llevamos polera y jeans, y Amparo vestido. La camioneta de mi padre se ve pequeña y sucia desde la entrada del minimarket, como un cacharro a punto de desmantelarse. Amparo es experta en robar en supermercados de provincia, o en almacenes de carretera. La gracia está en caminar con naturalidad, dice. El señor de la caja nos saluda. Amparo avanza con lentitud. Claudio y yo vamos por las botellas. Cuando salimos del minimarket, Amparo trae dentro de su amplia cartera chocolates, ramitas, dos latas de duraznos y un turrón. La verdad es que Amparo siempre roba tonteras.

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7. La idea de irnos juntos de vacaciones fue de ella. Quizá desde el comienzo pensó en tirarse a mi amigo. Si bien no es una belleza, su atractivo es endiablado, como si cada uno de sus movimientos, incluso los más nimios, tuviese una connotación sexual. Una vez se lo dije y ella se largó a reír. Nunca he conocido a una mujer de su edad tan avezada en la cama. Cuando se trata de eso no tengo dignidad, suele decir ella, medio en serio, medio en broma. Amparo estudia sociología en una universidad privada, viene de una familia acomodada y sus padres le pagan un departamentito en Apoquindo, cerca de la Escuela Militar, para que vaya aprendiendo a independizarse. Ella dice que es de izquierda y pertenece a un grupo de estudiantes anarquistas. Una vez la vi haciendo una pequeña bomba casera. Estábamos en su pieza, desnudos, mirando por la ventana cómo se iba la tarde. Habíamos estado todo el fin de semana tirando y no podía pensar bien del sueño. El ambiente del dormitorio estaba espeso y recuerdo que esa vez, mientras la veía trabajar en la bomba artesanal, esa pequeña bomba destinada a explotar en alguna protesta de trabajadores o de estudiantes, me sentí feliz.

8. ¿Te imaginas si nos encontramos al canguro?, dice Amparo. Si estuviese vivo siempre existe la posibilidad de que lo encontremos en alguno de estos bosques, dice mientras apunta con su pequeña nariz a los árboles espesos que tupen el borde de la carretera. Ya debe estar muerto, dice Claudio, este no es su hábitat. ¿Y qué sabes tú de eso? Nada, responde Claudio, quién sabe, pero me imagino que estará muerto. Muerto bien muerto, dice ella. Nadie sobrevive solo, dice Claudio. Pero tú has vivido toda tu vida solo, le digo. Y tú estás bien vivito, dice Amparo.

9. Claudio nació en España y llegó a Chile —a mi barrio y a mi colegio— como a los nueve años. Recuerdo con cariño la primera vez que lo vi entrar en la sala de clases. El pelo colorín y fino, tal como ahora, medio tartamudo y nervioso. Nos hicimos amigos al poco tiempo. El bus escolar nos pasaba a buscar en la entrada del condominio, y luego de clases pasábamos la tarde jugando playstation o fútbol con los vecinos de nuestra edad. Sus padres y los míos terminaron haciéndose amigos también. Veraneábamos juntos y para bien o para mal Claudio me hacía caso en todo: así hay que peinarse, Claudio, así se les habla a las niñas, las películas de Rocky son las mejores, así es como te haces el enfermo para faltar al colegio… Interminables tardes pasé junto a él, ya cuando adolescentes, viendo películas porno y hablando de mujeres. A veces me molestaba que Claudio hiciese siempre lo que yo hacía, pero luego entendí que no se daba cuenta, que para él era una forma de supervivencia en un país que acababa de conocer. A los dieciocho, hace apenas cuatro años, decidí estudiar ingeniería civil en la Católica y Claudio se matriculó junto a mí, en la misma carrera y en la misma universidad.

10. La carretera es gris, un gris mucho más claro que hace algunos kilómetros. Decido estacionar un rato, al borde de un paradero. Son las dos y media de la tarde y tenemos hambre.

11. Cuando estábamos en primero medio, a Claudio lo suspendieron una semana de clases por protegerme. Yo rompí una ventana de la parroquia —solo por romperla— y Claudio, apenas supo que castigarían severamente al culpable, no dudó en echarse la culpa y decir que él había sido, que la piedra salió disparada de sus manos y no de las mías.

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12. Aquella noche, cuando los descubrí en el baño de la cabaña, luego Claudio se acostó en su cama y se durmió. Amparo, en cambio, se demoró un momento, quizá una media hora, encerrada en el baño. La imagen de Amparo junto a mi amigo me provocó una erección. Antes de que ella volviera a la cama me masturbé pensando en lo que acababa de ver. Cuando acabé sentí una sensación extraña y confusa.

13. Amparo termina sus papas fritas y comienza a picar las ramitas de Claudio. Yo como apenas y abro la cuarta lata de cerveza de la mañana. Tantas papas fritas y galletas al borde de la carretera han terminado por aburrirme un poco. Es el bajón, dice Amparo, siempre me da hambre. Ya estamos en la Novena Región, les digo. Amparo no me hace caso y Claudio comenta que no nos queda tanto para llegar a la ciudad. Solo algunas horas, dice, y vuelve a sus ramitas. La cerveza está caliente, dice Amparo. Me da lo mismo, le digo, cerveza es cerveza.

14. A partir de esa noche, no pude sino preguntarme si era la primera vez que me traicionaban.

15. Ya de vuelta a la camioneta y a la carretera, Claudio dice que hacía tiempo que no veía un sol tan redondo y un cielo tan despejado. Es como si estuviésemos viajando al norte, dice. Al sur pero al norte, dice Amparo.

16. Una noche, dos días después del incidente del baño, pensé en acabar la farsa, terminar con el viaje al sur y darle una buena golpiza a Claudio. Lo pensé seriamente, incluso estuve a punto de tomar su escopeta de caza para darle un susto. Pero me arrepentí.

17. No soy coqueta, me dijo una vez Amparo en su departamento.

18. Acelero. Casi no hay autos, y tanto a la derecha como a la izquierda de la carretera las ramas de los árboles parecen estáticas e irreales, consumiéndose bajo el sol abrasador. Bebo cerveza y cada cierto tiempo le veo las piernas a Amparo. Ese vestidito rosado es lindo.

19. Sí lo eres, le dije, eres muy coqueta. No, dijo ella, y apoyó los pies desnudos encima del televisor. Coqueta es la mina que coquetea. Yo no. Yo no hago esfuerzos para ser así. Yo soy así porque sí.

20. La cerveza me provoca cierta náusea. Siempre me sucede. La cerveza y yo no nos llevamos bien cuando bebo mucho. Pero no importa. La carretera que va al sur, pero que parece ir al norte, está ahí, servida, y yo soy el idiota que maneja, el idiota que no hace nada cuando descubre a su novia con su mejor amigo. Tomo un nuevo trago.

21. La verdad es que durante toda esta semana me he masturbado pensando en la escena del baño.

22. Yo no le pedí a Claudio que se echara la culpa por el piedrazo a la parroquia. Él solo lo hizo, precavido como siempre. Tu guardaespaldas te salvó de la suspensión, me dijo a la salida del colegio mi polola de entonces.

23. Algo —muy grande— se cruza de pronto, y lo choco de lleno. Un ruido sordo en medio de la carretera. Algo que cae, producto del impacto, y rebota hacia atrás un par de metros. La camioneta tiembla entera y yo freno de golpe. ¿Qué mierda fue eso?, exclama Amparo, moviéndose entre nosotros, asustada. El vidrio está trizado y parece como si el sol pegara más fuerte. Miro por el espejo retrovisor: una masa uniforme tiembla, pero no sé si es un ser humano. Hay que bajar, digo. No, dice Amparo, arranquemos. Abro la puerta y Claudio me sigue. La masa uniforme es de color café y parece moverse; caminamos asustados hacia ella. Amparo decide bajar y avanza detrás de nosotros. No pasan autos a esta hora de la tarde. Solo cuando estamos a uno o dos metros distingo la forma del canguro agonizante. Está temblando, y un charco de sangre rodea su figura. Me acerco con cautela: solo es un canguro, pero nunca había visto uno y le tengo temor. Gracias a Dios no es un ser humano, suspira Amparo, aliviada. El canguro tiene la cabeza chueca, como si el cuello se le hubiese roto. Le cuesta respirar y escupe borbotones de sangre. Salió del bosque, digo, no lo vi. El animal mueve la cola, esa cola enorme y sucia y toda pelada, como la mayoría de su piel. Devolvámoslo al bosque, dice Amparo. Hay que matarlo, le digo, está todo roto, no podemos dejarlo así. Amparo mira hacia el bosque. Anda a buscar tu escopeta, le digo a Claudio, y él me obedece con la cabeza gacha. Los ojos del canguro parecen los ojos de un loco: ojos desorbitados e inyectados en sangre. Claudio está de vuelta. No puedo ver un animal sufrir, les digo. Tomo la escopeta, retrocedo un par de pasos, apunto a la cabeza del canguro y presiono el gatillo. Los quejidos del animal terminan y un grupo de pájaros, espantados por el tiro, rompen la quietud de los árboles y salen disparados al cielo. ¡Idiota!, dice Amparo, grita más bien, ¡eres un idiota!, ¿qué vamos a hacer ahora? El cadáver del canguro y la cerveza me tienen aletargado. ¿Por qué lo mataste?, insiste Amparo, podríamos haberlo llevado a la ciudad. Su voz me da rabia. Puta, pienso, puta. Claudio observa al canguro con tristeza. La sangre oscura del animal ha comenzado a salir de su cabeza. Puta mentirosa. Tengo la escopeta en la mano y los traidores rodean el cadáver del animal. Quizá haya llegado el momento de acabar con la farsa. Levanto la escopeta y apunto hacia Claudio, que está a dos metros de mí. ¡¿Qué haces ahora?!, grita Amparo, horrorizada, y se aleja uno o dos pasos. Apunto a la cara de Claudio y, aunque sé que no voy a dispararle, quiero mantener la tensión un instante. Claudio me mira fijo. Disculpa, dice después de un rato. Discúlpanos. Amparo se toma la falda, nerviosa, y me mira como quien mira a un loco. Aparto el cañón, esta vez apuntando hacia abajo, y le disparo al pie izquierdo de Claudio. Estamos muy cerca y es imposible fallar. Un hoyo en su zapatilla blanca y un hilo de sangre. Claudio cae retorcido al suelo, junto al canguro, y nuevamente los pájaros sacuden los árboles. ¡Loco!, me grita Amparo, ¡estás loco! Camino hacia la camioneta. Disculpa, dice Claudio, sujetándose el pie. Tomo el bolso y la mochila de Amparo y los lanzo a la carretera. Regreso a la escena, agarro al canguro y lo arrastro hasta la parte trasera de la camioneta. La piel del animal es áspera y no suave, como la había imaginado. Me cuesta subirlo en la camioneta, pero finalmente lo logro. Amparo recoge su mochila y su bolso del suelo. Luego repito el mismo camino, esta vez cargando a Claudio. Su sangre es mucho más pálida que la del canguro. Lo subo, también, en la parte trasera, y lo recuesto, herido, al lado del animal. Disculpa, me dice. Tranquilo, le digo, y lo tapo con una frazada que llevamos. El sol aún brilla y la carretera que pareciera ir siempre al norte sigue ahí, servida para nosotros. Subo a la camioneta, acelero, veo la figura borrosa de Amparo por el espejo retrovisor y pienso que todavía es temprano, que pronto, muy pronto, mi amigo y yo estaremos en el hospital.


*Este cuento fue publicado en Hermano Siervo, Fiordo, 2012.

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