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Michael Lentz | del:alemán

Muerte materna

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Oliver Vogel

El mundo, al igual que nosotros, se encuentra englobado por la lengua, es decir ordenado, disciplinado, domesticado. La percepción y la experiencia están dominadas por la lengua, una lengua que no nos pertenece. Pero “la capacidad de expresión lingüística," dice Michael Lentz "es limitada”. ¿Existe eso: una confianza en el escepticismo respecto a la lengua? Lentz empezó con poemas y breves textos en prosa. Son escritos determinados por el esfuerzo puesto en condensar la sobreoferta de signos lingüísticos con el objetivo de acercarse de manera tentativa a lo indecible de las cosas. A eso se lo llama habitualmente “experimental”. Con el relato “Muerte materna”, Michael Lentz alcanzó en 2001 por primera vez un público amplio. “Muerte materna” es un relato que trata de hallar, con suma precisión, el orden en el caos de una pérdida, cosa que no consigue y que tampoco se puede conseguir. “Muerte materna” cuenta, de manera crudamente autobiográfica, la muerte de la madre. Pero creer en esto es hacérsela demasiado fácil. Los hallazgos lingüísticos que se componen generan una nueva realidad, que no es inventada. La realidad sirve de material, y el texto así generado no reproduce, sino que media entre los planos. Se produce una dependencia entre la literatura y la vida que termina resultando forzosa. Al poner en duda la inventiva y la imaginación, la causalidad y la cronología, la lengua y todo orden convencional, el recuerdo se transforma en experimento. Ese recuerdo no se clasifica y no se archiva, sino que permanece inaccesible, es decir, doloroso. “Muerte materna” retiene la muerte de la madre, la mantiene, por así decirlo, con vida, confiriéndole por última vez – como indicio de lo inalcanzable – una voz.

 

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Madre desapareció el veinte de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las veintitrés horas y cincuenta minutos. El veintiuno de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las ocho de la noche y treinta minutos llamó Padre y me lo comunicó: “Madre ha muerto a eso de las veintitrés horas y cincuenta minutos de anoche”. Regresé a la cama y proseguí con la lectura del comic de los patos, interrumpida la noche anterior. Desde hace tiempo que contábamos con la desaparición de Madre. A mediados de abril del año mil novecientos noventa y siete llamó Padre y dijo que a partir de ahora los órganos podían fallar en cualquier momento. El diecinueve de agosto de mil novecientos noventa y ocho Madre cayó por última vez en estado vegetativo, luego de no haber comido nada en los días anteriores y de no haber caminado es decir definitivamente ya no haber caminado más. Solo estar acostada en la cama observándose los pies de manera aparentemente ininterrumpida. Tenía vista al parque, pero ya no lo miraba. ¡Mi Madre sin ventanas! Tras recriminarle a Padre durante semanas enteras que nunca regresaba con puntualidad a casa y que los niños no se portaban bien en la mesa, pasó de pronto a decir de vez en cuando “ah, ahí estás”, o simplemente “Padre”, o “Padre” también en tono de pregunta, cuando Padre pisaba la habitación del hospital y con su entrada a la habitación la visitaba. Ahora estaba delgada y hundida en la cama. Ahora tenía manchas por todas partes. Cuando dos días antes del entierro Padre me preguntó si quería verla una vez más, le contesté por la negativa.

Enterramos a Madre el veintiocho de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las diez de la mañana. Yo arrojé una rosa amarilla en el foso. La rosa estaba dispuesta en algo así como una caja. Uno mete la mano en la caja y extrae una rosa. Luego tira la rosa en el foso, que ya está preparado. No es que uno piense en una vida lanzada allí dentro, se tira la rosa en el foso y se llora. Retengo a Madre con buenos ojos. Sentada derecha sobre la cama con una chaqueta de punto blanca contra el frío. Me pregunta si me va bien, a lo que respondo por la afirmativa. Me dice que es probable que ella ya no vuelva a casa. En líneas generales es ahora sorprendentemente clara. Es de una claridad sorprendente. De pronto se ha convertido en una mujer vieja, que nunca fue. Ahora envejece a diario. Se acuerda de que hace mucho de que ya no vivo en casa. Tampoco ella vive en casa, dice, pero no sabe bien dónde vive ahora en realidad, si es que tiene una vivienda, aún. Vive aquí y allí.

Cuando Madre desapareció y Padre llamó para decir que Madre había muerto esa noche, regresé a la cama y regresé a la lectura y a los ratones los patos el avaro Tío Rico. El Tío Rico está de nuevo ocupado en acrecentar su riqueza hasta lo inconmensurable. La logística que aplica para ello es de lo más lastimosa. También sus sobrinos forman parte de esa logística. Una y otra vez la salvan en el momento decisivo. Donald siempre está definitivamente harto cuando el Tío Rico lo hace trabajar gratis. Así es. ¿Es Donald la vida y el Tío Rico la muerte?

Ahora ya no puedes llamar y preguntar por Madre, compruebo. Y nunca has ido con Madre al cine y nunca has ido con Madre al teatro, compruebo. En general siempre has ido con ella a ninguna parte. Hay tantas últimas miradas que ya ni sé con precisión cuándo fue que la vi por última vez. En todo caso vi a Madre por última vez el dieciséis de julio de mil novecientos noventa y ocho a eso de las diez de la mañana. Me doy vuelta para saludarla con la mano una vez más y la puerta pesada y gris de picaporte acariciante se desliza despacio en la segura cerradura. En esta unidad, el pie quebrado yace junto a la muerte. Afuera todo marcha a lo largo del pasillo. Madre tiene dificultades con la lengua, pero su voz no está tomada. Traga mal y debe beber saliva de manera asistida.

La primera vez luego de su internación, en principio voluntaria y al mismo tiempo definitiva, la visitamos en el feriado de Pentecostés de mil novecientos noventa y ocho. Se encuentra en un estado tan deplorable que no estoy en condiciones de hacer otra cosa que estar sentado junto a ella horas enteras sin decir ni una palabra. Incluso mirar resulta imposible. También apoyar la mano furtivamente sobre la manta de lana azul resulta imposible. Barbara volvió a salir directo de la habitación bañada en lágrimas, no bien vio a Madre así acostada y en estado tan deplorable y acostada así casi desaparecida demacrada reseca y huesuda enseguida salió de nuevo de la habitación. ¿Qué debería haberle dicho yo a Madre? Constantemente señala con el dedo huidizo figuras curiosas ahí en la pared o aquí sobre la mesa. Al hacerlo levanta un poco la cabeza lo mejor que puede y mira intensamente con ojos pequeños al centro de su mundo sobrenatural. ¿Tenía sentido decirle que eso no era más que una flor, un suministrador de jabón un bicho color piel de madera que siempre estaba junto a ella? Ella no quería creerlo. Ella ve pájaros volando y rostros. Cuando Barbara vuelve a entrar en la habitación, Madre acababa de beber algo de té del pistero y tuvo que vomitar. Barbara limpia la mancha marrón, el té para la bilis, de su boca y de su saquito blanco. Es una grosería, se avergüenza Madre. No puede soportarlo, ella que toda su vida fue tan tiquismiquis. Y que la chaquetita blanca haya quedado inutilizable, en realidad no podía tolerar nada de todo esto, y que por la noche se celebraran encima de ella fiestas licenciosas con acosos sexuales, y así. Admira en silencio mi anillo plateado, con el que le gustaría quedarse. Pero seguro que su dedo era demasiado delgado. Entre las frases sufre momentáneas ausencias, rigidez facial, perspectiva. En Pentecostés, el estado de Madre era tan deplorable que yo sentía todo mi cuerpo sedente como vertido a su lado y con algo así como un entumecimiento de los sentidos. Madre no parecía tener miedo.

De a poco se ve que voy envejeciendo, dijo de pronto hace años. O dijo voy envejeciendo, hasta que un día dijo hemos envejecido. Está sentada en casa sobre el sillón. Hay algo que no le viene a la memoria. Se acuerda perfectamente de que hay un nombre que no le viene a la memoria. Sí, dice, siento perfectamente que he envejecido. No le viene a la memoria. En Pentecostés, Madre habló de encuentros nocturnos con su padre, de exploraciones nocturnas y de dudas sobre si todo aquí corría por vías legales, divisaba de vez en cuando una figura extraña en la habitación, contra el techo o bien cerca de la cama, de vez en cuando quería que le alcanzaran su crema preferida y que según decía le había costado un ojo de la cara para frotarse las manos que se iban resecando cada vez más pero que en contraposición aún podía mover aceptablemente sus piernas, al menos eso. Y lo que no la dejaba en paz era la pérdida de su anillo de diamantes plateado que según decía le había costado un ojo de la cara y que se le había extraviado sin dejar rastros. Eso solo podía deberse a sus dedos, es que se le habían vuelto tan delgados, ahora se le caía todo, lo que durante años no le había entrado al final se caía. Ahora al fin apoyo mi mano sin hacer presión sobre la manta, debajo están metidas sus piernas completamente escuálidas. Barruntar las piernas. Está tan flaca que los tendones del cuello crecen como ramas secas desde su cuerpo así de flacos. La nuez le sobresale como si quisiera estar a solas. Los brazos amenazan con quebrarse de repente, su cuerpo entero es una marioneta sin gobierno a la que alguien le enredó los hilos. Me muestra sus revistas, que aún sigue queriendo que le traigan, aunque ya no puede leer, solo mirar los dibujos. Esa era la moda que se venía, y me preguntó si me gustaba. A ella no, me dice. Sus pies le pican, pero no puede hacer nada contra eso, es que ya no puede levantar las piernas y hace tiempo que ya tampoco lo ha intentado. Tras algunos minutos de solo estar ahí sentada acostada abstraída la invade la sospecha de tener que cagar y vomitar al mismo tiempo, cosa que no dice de esta manera. De pronto me siento mal de una manera indefinible, le sale decir. Llamamos a la enfermera, caminamos aparatosamente de un lado al otro del pasillo, hasta que Madre vuelve a sentirse bien. Me doy cuenta de que su pelo descolorido yace ahora aún más desgajado junto a la cabeza. No se preocupen, había dicho Madre cuando volví a verla después de su primera operación. Ahora no dice ese tipo de cosas. Todo le resulta vergonzoso. Sin ayuda de un tercero no puede ir al baño. Cada vez la sientan sobre una silla. Antes todo eso era muy distinto. Ella sabe que está totalmente reacia. En su vida no se había imaginado que algo así pudiera pasar. Nos desea todo lo mejor. ¿Podríamos abrir un poco la puerta del balcón, que el aire está insoportablemente estancado? ¿No lo sentíamos nosotros también? Por un breve lapso de tiempo se hunde en el sueño o el ocaso. Tiene puestos sus grandes anteojos, a través de los cuales se le puede ver una mancha bajo su ojo izquierdo. Se ve claramente una mancha rojo oscuro. Nunca le he preguntado por qué esa mancha está ahí debajo de su ojo. Si se le pregunta directamente cómo le va, siempre dice que le va bien. A todos les dice que le va bien. Me va bien, les dice a todos los que le preguntan. Nunca le pregunté si pensaba en morirse pronto.

Una vez que la enfermedad llegó al hígado, ya no hubo más esperanza. A nadie le dijo que entonces eso había sido seguramente todo. Ningún anuncio sobre la muerte. Ni una palabra. A veces estallaba en llanto y luego hacía como que se había atragantado o tenía la boca seca o algo raro en la garganta. Padre dice que ella nunca habló sobre la muerte. Se alegraba cuando veníamos a visitarla. No se quejaba cuando debíamos irnos. Solo de Padre se quejaba, de manera interrumpida le reprochaba a él y a todos que no estuviera allí para ella, que viniera y se fuera cuándo y a dónde él quería, que la dejara allí abandonada, que siempre fuera impuntual, eso antes no era así, no se estaba ateniendo a lo acordado y simplemente estaba lejos la mayor parte del tiempo. Padre siempre aguantaba estos reproches con paciente mansedumbre. Su alegre chaqueta a cuadros, y ella enfundada en su camisón. Carrera caries. Andar del caballo, galope rápido. Destrucción de las partes óseas. Aparecer desde allí a toda carrera. Podredumbre putrefacción. Así como antes iba él a la oficina pública, iba al trabajo, así como ella desaparece tangiblemente. Una tercera cosa queda excluida. Antes lloraba en público. En público era en casa. Según mi estimación, se trataba de un llanto de amargura. Rara vez tenía gripe o “historias del corazón”, como se le decía a ese cuento de viejas, yacía de día y noches enteras durante días en la cama con las cortinas cerradas o abiertas y estaba intratable de una manera benevolente pero algo así como susceptible de darle a veces los buenos días dados antes por Padre y yacía ahí en camisón en la cama días enteros con esta fea palabra que no existía en aquel entonces, con depresiones. Madre, en cama, ya entonces hojeando revistas, tan secreta como misteriosa. Pero no había nada ahí salvo negación. Absorción de la moda. Y salió al exterior. Y volvió a entrar en otro sitio. En la habitación del hospital. En la cámara de cadáveres. En el cementerio. En la dispersión lejanía. Fue sustraída de nuestro centro. Dónde será que queda eso. Anotaciones. Lenguaje de cebos. Hablar de Madre como de algo inédito. Fragmento, glosa al margen. Allanar, desgarro y tirón. Forma y quiebre, cortafuego y raya.

Una enfermedad es siempre también una enfermedad de la consciencia. Aquello hacia lo que se encamina todo. Resumen de la vida como aviso de que ahí hay cáncer en los intestinos. Pero que ahí ya existe un avance es algo que bajo ningún concepto se le hace saber a Madre de manera directa. Hasta su muerte solo tuvo un aviso interno de lo que presentía con tanto horror cuando no pudo cagar durante semanas enteras. Tenía dolores indecibles que localizaba con precisión en la zona de los intestinos. Un día va al médico y dice, ahí hay algo. Que sentía hacía meses. El médico le toma placas. Se ubica delante de mi Madre y dice, ahí hay algo. ¿Puede que exista algo así como una consciencia de que ahí hay algo?, le pregunta mi Madre al médico. Es absolutamente no imposible que usted haya sabido antes lo que yo ahora le afirmo. Y si era malo. Que era realmente malo. Luego siempre resumen resumen resumen. Un hacer patente. Una porción diaria de despedida.

La noche del diez de enero de mil novecientos noventa y cuatro estoy invitado a comer. Pato ocho tesoros. Sobre la mesa iluminada por las velas la anfitriona se ha tendido a sí misma. De inmediato quiero alcanzarla con la lengua entre los muslos. Teléfono. Aquí Padre. Madre está gravemente enferma. Cierre de emisión. Esto fue en mil novecientos noventa y cuatro. La comida terminó ahí. Gravemente enferma suena aún hoy a final de la vida. Para no decir que ya está agonizando. Ocho fríos tesoros. No más comida. Desde mil novecientos noventa y cuatro no he vuelto a comer. “¡Incluso más que devastados!”1. El propio empático saber es un tumor maligno y ha consumido todo el sudor y el tesón y las provisiones. ¿Qué es eso que uno piensa? ¿Adónde van todos esos pensamientos, una vez borrado el sistema operativo? ¿Gira eso incesantemente en sí mismo? ¿Son reales nuestros pensamientos, carecen nuestros pensamientos realmente de ventanas? ¿Tiene el amor la solución, ahora que ya es mora y ramo ya es?2 Preguntas que no tocan a Madre. ¡No tocar a Madre! La Madre, pensar ajeno. ¡Nunca lo alcanzas! Posiblemente sea así, que todo pensar es igual: e igualmente extinguido.

Hubo bellas conversaciones en nuestra vida. Pero de qué trataban. Es importante hablar de cosas como la comida y el clima. A Madre le gustaba hablar del clima y de la comida. Tomen asiento y no hablen tanto de cosas que no se pueden comer. Podría haber sido de ella. Pero el clima era algo que estaba dentro de ella, a eso podía sentirlo, eso la desmoralizaba o la alegraba. Madre no pertenecía a esta sociedad. Creo que pertenecía a la guerra, y comparaba todo con lo de la guerra. Y ahí claro que había pocas coincidencias. No crió a sus hijos a la altura de la sociedad, me refiero a que esta sociedad siempre le resultaba un obstáculo en su educación, me refiero a que esta sociedad le resultaba siempre un obstáculo, es decir existían como prejuicios, como ángulos muertos mutuos, prometimientos invivibles, ella tomaba su fatigosa senda para bicicletas camino a la escuela, aprendió cosas farmacéuticas después, y luego aparecieron como quiebres, un presente que irrumpía de pronto tan repentinamente, una proporcionada posición en el mundo, en rigor ella continuaba yendo a la escuela por su senda para bicicletas. Me gustaría saber si llevaba una economía hogareña de pensamientos, tal como llevaba una economía hogareña de la economía hogareña, en la que todo estaba protocolado y anotado, pero seguro que no anotaba más que las cosas de la casa, los frascos de fruta, las recetas, las pocas cartas con su bella letra azul, con su hogar. Su matrimonio hogareño, la letra más bella que se pueda concebir. Riachuelo grácilmente trazado. Al final ya no podía telefonear por sí sola, aunque sí hablaba, cuando había alguien en la línea. Su voz su letra. Al final dejó de entender el alfabeto de los números, se le fue extraviando todo lo que establece una conexión hacia afuera, donde creen que todavía entiende ese lenguaje.

En su pieza ahora abandonada abro el armario de par en par y pesco una última nota con su letra temblorosa rugosa. Ahí está de nuevo ese ligero cálido trazo ese alfabeto finalmente desaprendido con huellas de ser niño en el coto conocido cuando leer aún era recolectar. Alguien le decía un nombre una calle algo que aún quedaba por hacer o ella recordaba algo y lo anotaba. Una boya una ubicación una oportunidad atrapada furtivamente. Lo que queda es una letra. Ella intenta descifrar la nota. Ya no puede leer ningún paisaje. Lo que repite una y otra vez, eso no debe ni puede ser otra cosa que no ser más que suficiente. Hace años que se olvida, como cae en la cuenta semanas antes de su muerte, de remendar un calcetín. Ahora que está sentada con comodidad o con relativa comodidad en su sillón quiere remendar ese olvidado calcetín. También la aguja que fluye resulta grosera. No lleva a nada. Puesto que nota que esto no lleva a nada más que a tiempo y nada más que a tiempo derrochado, simplemente se queda sentada ahí y si llegara alguien con la barbaluz de este patriarca3 impuntual y atemporal, ella también se avergonzaría enseguida por él. ¿No tienes nada mejor que hacer? Sangría. Ahora que está muerta es una extraña. Cómo es que, ahora que alguien está muerto, es un extraño. Ahora que alguien está muerto es un extraño. Qué ahora es ese ahora que. Será su vida un recuerdo que resulta ajeno, se pregunta ahora lo que resta. Todo brota. Hay un gran asombro en el mundo de que todo igual brote, ahora que ella está muerta. La Madre aflojada por la guerra, que se perdió en el camino. Adónde se marcha un pensamiento cuando es pensado. Si no es un museo directo cuando uno deja atrás sus armarios y sus puertas, sus escaleras y calabozos, su documento confidencial. Ella abre el cajón de su secreter y nada más que llaves y papel fotográfico. Siempre revolvió ahí adentro de ese modo. Mina de oro al tiempo que arca del tesoro cerrada. Allí el instante temporal es un rostro infantil. Allí hace rato que ya no hay ninguna cerradura para. ¿Quién por todos los cielos ha de pensar/vivir todo esto en conjunto? Una nota llena de nombres un paquete de nombres en blanco. Recetas fotos recetas. Y la foto con el abue en delantal de médico y pequeñas cosas no utilizadas que ya nadie necesita. Reserva de gomitas elásticas estiletes jamás usados. Un mundo una sala de improducción. Un pasaporte. Una palabra. Un ya no regresar. Un caerse. Fotos de Padre en todos los años. Sistemas de ordenamiento registros. Porque aquello que nunca pierdes has de llorarlo por siempre.4 Eso podría haber sido de ella. Ella no perdía nada. Todo lo archivaba. Ni siquiera podía decir, mi orden se ve siempre tan desordenado. Su orden se veía como todo orden. Un mero enumerar. Un meter ahí. Sistema de llaves. Cerraduras inhallables. Barras de metal con las que abrir la tapa del secreter. Madre una vez demostró cómo se hacía y me dejó impresionado. Habilidades manuales, abrir el piso del medio. Iluminación, a todas luces. Hace años que no lo consigo. Hace años que intuyo detrás de las cosas y en las cosas arcas cajas recámaras un tesoro una familiaridad una fotográfica anestesia total que me rapte hacia el país de mi Madre, que por un instante de respiración paralizada me deje pararme valientemente en su paisaje Düsseldorf Bitburg Nonnenwerth y Neuerburg allí estuvo una vez con nosotros, hacia allí afuera señaló alguna vez desde el auto en el que pasábamos sentados, que una vez había estado ahí, bien ella misma. De sus acentos el que más me gustaba era el que ya era luxemburgués. Lo escuchaba durante horas, sin entender ni una palabra. Podía cantarlo cuando íbamos a Geichlingen en la frontera luxemburguesa a visitar a Grete, la ama de llaves de los abuelos. Un día Grete hizo blanquear de nuevo su granja. Creí hacerle un favor aplastando las moscas de a cientos con el matamoscas contra los muros exteriores recientemente pintados a la cal. La blanqueada fachada parecía como infectada de sarampión. Luego volé de allí. Somos jóvenes y fue bonito, como dijo alguien alguna vez.5

En su última foto, Madre ya tiene puesto el vestido con el que más tarde será enterrada. Siempre le quedó bien, y porque esa es su última foto, dice Padre. Marcada por la muerte, como se dice comúnmente, así se ve Madre de manera biunívoca nueve meses antes de su muerte. Como si tuviera que tomar posición a la desprevenida mayor brevedad, cuando la mera presencia le significaba el más ingente de los esfuerzos. Todo cuaja hacia un así llamado. Parada a diario delante de mí. Si sueño, no está muerta. Lo sé en mis membranas y en mis remembranzas. No llego hasta allí. Precisamente no olvidar a Bas Jan Ader, que el nuevo de julio de mil novecientos setenta y cinco se hizo a la mar con un pequeño velero desde Cape Cod para cruzar el Atlántico con rumbo a Inglaterra. ¡Nada ahí! Un barquito medio podrido. Eso fue. Boyando con la quilla al sol. Tan al oeste de Irlanda. Él mismo, desaparecido. Sangría. “Mi cuerpo, practicando ahogarse”, anotó una vez. Y luego: “I’m too sad to tell you”, aquella maravillosa película en dieciséis milímetros de llanto desenfrenado. Eso es. Un universo de llanto. Y si después habrá un momento de tranquilidad. Si después de este universo todo queda afuera. Es que a veces pasa con el propio llanto que uno mismo no lo puede distinguir de un llanto filmado. Se aprende y se llora la vida entera.

Aceite. Una líquida luz de vela una ración de cinco días de luz eterna. Y regresar otra vez. Y pensar otra vez. La memoria es un árbol. Un ramo de flores. Un rezo asaltado y de inmediato interrumpido otra vez. Un aniversario de fallecimiento como un anillo conmemorativo. Una germinante floración primaveral con raíz. Una cáscara. Y regresar. Dar vuelta la tierra. Y de vuelta el invierno. Y quedarse al lado. Siempre acercarse hasta ahí hasta que alguien venga a ti. Haciendo contacto con el césped con rumbo turístico. Tal vez también con esta imagen indecible en los labios con esta rigidez o movimiento de cabeza ya no realizable. Ahí tal cual yace ella. Tal cual solo poco puede hacer. Darse vuelta por ejemplo una imposibilidad. Despedida imposible. Miope sin devolver el saludo. Miope y llena de espacio en el rostro. Entrar. Pararse de un lado. Del otro. La vida es un desacostumbrarse. Y una muerte como esta también ayuda en eso. Yace solita y sola sobre el catre de muerte. A Padre ya se le cierran los ojos. La muerte que se aguarda hace horas pero que hace días se demora en llegar. Comatosa con la cabeza estirada hacia atrás. Tiene puesta una camiseta. Ninguna frase postrera que haya trascendido. Ha estado se ha ido. Desnudez. Y adónde lleva eso. A Padre se le cierran los ojos. Se va a casa ahora. Un desierto solito y solo la sala en la que Madre desaparece. Ella no dice vete entonces a casa, ahora debo morir. Pasar al más allá. Estirar la pata. Dormir afuera. Hacer lugar. Haber oído mal la vida entera. Preguntarse la vida entera ¿lo entendí bien? Y un día querer dejar en claro algo. El sistema operativo de Madre chequeaba por así decirlo perpetuamente sus interfaces. Tal vez no había ninguna. Una cocina que se va a apagando a sí misma. Lo que es bello brilla bienaventurado en sí mismo.6 Lo que se extingue tan seco ahí en la sábana. Tan apolítico el veinte de agosto de mil novecientos noventa y ocho. De cómo entramos a la habitación y nos quedamos helados. De cómo todo queda repentinamente en silencio. De cómo escuchamos el escuchar en lo escuchado. Tal vez sea esto algo que no acaba nunca, este morir que no acaba nunca. Ese delgado bracito que brota desde la sábana. Esa mano sin anillos que anhela un anillo. Ese cuerpo completamente subterráneo que ni él mismo puede creerlo. Si ayer mismo estaba más completo, se vuelve a decir este cuerpo con gusto. Qué es lo grave de pronto como para que esto no pueda seguir así.

Repetidamente contabiliza algunas cosas mal. Por ejemplo el haber recibido la negativa vehemente siquiera de algún hijo. “¡Pero si mi hijo me visitó!”. Hasta lo último hubo de parte de Padre para Madre almuerzos elegidos y de hecho elegidos con una semana de anticipación, a saber en esta ocasión alguna cosa con sopa al vapor carne y pío-pío. Debido a la dieta muy tediosamente digerible y digno de marcharse. Pero qué se le va a hacer. Todo en el mundo encuentra en algún lugar del mundo una comprensión catastrófica. Cuando Padre preguntó dos días antes del entierro si yo quería verla de nuevo, respondí por la negativa. Me hubiera gustado desarrollar por una vez una comprensión sobre lo que ocurre ahí en términos del organismo, sobre lo que cae y cesa en términos del organismo. Lo cierto es que con mucho gusto habría penetrado con este teclado en las vísceras, pero lo cierto es que no era algo que hubiese podido ni lograr bien en vida. La gramática alemana emana siempre como un destacado hedor a descomposición. Este idioma alemán permanentemente bendecido por el Papa. Este idioma del ahorro. Este idioma de filósofos. Esta botella retornable. Este cristianismo mortuorio. Este ente transportado. Este orgullo: “Será injusto conmigo / aquel que llore mi muerte”.7 La muerte de ella. Una muerte un tiempo real y en derredor algo así como hermenéutica o carnaval de Karlsruhe. Leí “Será la pálida muerte con su fría mano”8, pero no me asusté.

La visitamos en Pentecostés de mil novecientos noventa y ocho. Incluso mirar era imposible. ¡ESO te expulsaba hacia el exterior como si no hubiera lugar! Pero poco antes de su muerte se había comprado en cantidades industriales ropa interior en una tienda de ropa interior y siempre quería ir de compras. Ir de compras era para Madre siempre un acto de estado. El padre director de la parte alta de la ciudad, y Madre sale ahora de compras para la familia del director de la parte alta de la ciudad. Ir de compras en este Düren cagado. Ir de compras en este Düren totalmente venido abajo en lo espiritual. ¡Con excepción del museo urge que por favor se clausure esta ciudad! Una ciudad que durante la guerra fue destruida en un noventa y ocho por ciento habría sido mejor que no fuese reconstruida. Se debería haber dejado todo como estaba o como yacía, pudriéndose. Entonces se podría haber conducido por allí a hombres y mujeres de todos los rincones del mundo incluso cincuenta años después de la guerra diciéndoles: ESTO es la guerra. Por favor todos cierren Düren. Una ciudad con pretensiones como de queso suizo. Poca forma y mucha nada. La nada resplandece al través. Siempre esta representación del ir siendo menos. Y despertarse asustado por la noche porque en el sueño Madre aún sigue sentada allí, y se habla de un milagro. Se habla de que para ella es probable que ya haya pasado lo peor. Que ahora no es mucho lo que puede sucederle. Y ahí está sentada Madre entonces, y la pasa bien. No hay quien le pueda. Abstraída ahí en su asiento. Una visita de otro mundo. Habla de pronto de una manera completamente distinta que en persona. Otra vez despertar del susto, tras notar la treta. Clarificar de inmediato que Madre ha pasado al otro lado. Tranquiliza saberlo, por así decirlo. Todo como antes. También ella le tenía miedo a las noches. En realidad ya no quería tener más noches. Solo estar acostada en la cama observándose los pies de manera aparentemente ininterrumpida. Tenía vista al parque, pero ya no lo miraba. Allí en el parque del hospital hay una escultura. Una vez mi Madre miró por la ventana hacia el parque y vio exactamente esa cosa. Que le gustó. Después de que Madre desapareció el veinte de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las veintitrés horas y cincuenta minutos, Padre le encarga al escultor que confeccione una bonita estela para la tumba. Acabó siendo un objeto de piedra gris muy firme, enroscado o retorcido alrededor del centro. Entretanto ya se ha enmohecido. No, mi Madre no me llamó personalmente para decirme “tengo cáncer”. Unas semanas después de recibir por parte de Padre la noticia de que Madre estaba gravemente enferma recibí por intermedio de ese mismo Padre un número de teléfono con el cual podía visitar a Madre, que ya había sido operada y aún estaba convaleciente en la cama del hospital. Ninguno de nosotros tenía desarrollado un buen criterio de conversación. Su voz era una fuerte debilidad. Solo llamadas cortas, había dicho Padre. Una vida es siempre un deseo de uno a otro. No, esas son frases gastadas. Esa no es ninguna salida. Mejorar el estilo significa mejorar los pensamientos, dijo alguien alguna vez.9 Uno marca este número no una sola vez no del todo, sino siempre solo hasta el tope, siempre solo hasta el anteúltimo número, siempre solo hasta a lo sumo el último número, pero que ya no pasa del todo, antes bien empieza a sonar como mucho un poco, luego rápido el tubo sobre la horquilla. Se le rehúye al primer amor como a la primera muerte. Todo está comunicado y numerado. Tomar de nuevo el tubo, puesto que se trata de la única voz que cuenta.

Existe una única carta de ella. Allí anuncia que tiene guardado el pantalón que me olvidé en mi última visita luego de la mudanza y que me podría enviar, en principio. De esto hace años. Amablemente me envió dentro de una caja el pantalón, que entretanto hace tiempo que ya está fuera de la así llamada moda. Es que yo le había escrito una carta, por favor mándame el dicho pantalón, porque se está poniendo frío y me falta ese pantalón. El pantalón entretanto se ha podrido, la caja la conservé. Adentro hay tirado todo tipo de cosas insensatas. Conservé la caja, pues, pero no volví a mirar adentro. El pantalón ya era desde el principio demasiado corto, yo igual me encajaba dentro y siempre llamaba a este pantalón “calza”. Entre que estire la pata una persona cercana y que estire la pata una persona casi idéntica solo está el acto de ponerse un pantalón. O el alfabeto. Tú te pones un pantalón y Franz Papaver habla de identidad, que solo es variada repetición.

Como sea, la cuestión es que vi a Madre por última vez el dieciséis de julio de mil novecientos noventa y ocho a eso de las diez de la mañana. Madre justo había desayunado, lo que al contrario que en días anteriores parecía haberla alegrado esta vez, dijo Padre. Para mí estaba completamente claro que era la última vez que la había visto. Con una renovada entrada a la habitación esta consciencia podría haberse convertido es una distinta. Pero no había absolutamente ninguna excusa ningún pretexto para entrar de nuevo a la habitación. Me tengo que ir, exclamé, saludándola una vez más con la mano, y la puerta pesada y gris con el picaporte acariciante se desliza despacio en la segura cerradura. Pero, ¿adónde ir? Abandonar la habitación, abandonar la unidad, abandonar el edificio. Tomar una vez más noticia de este aislamiento. De este lugar de reparación, sanación y finalización. Decir con toda firmeza, aquí no quieres volver a entrar hasta el fin de tus días. Hacer como si no hubiera pasado nada. Pensar en otra cosa, por así decirlo. ¿Pero adónde, entonces? Pasar de largo por delante de la vieja y demolida piscina pública, por delante de todos estos sobreesfuerzos como sacados de una galera llamados Düren. Por delante de este conjunto completo de la necesidad. Por delante de esta ciudad mediana. Por delante de ti mismo beber un café en esos establecimientos venidos a menos del centro de la ciudad. Esta es una pequeña ciudad digna de ser olvidada de punta a punta. Se yergue de pronto en la cama, luego de horas sin haber emitido ningún sonido. Acaso esté persiguiendo otra vez un fantasma. Preguntas que ella plantea. Si escuché lo que dice el abue. Le causa un profundo asombro que el abue diga algo aquí delante de toda la gente. El abue solo le dice cosas siempre a ella sola y por las mañanas en el baño. Por favor que me ocupe de echar a la gente. Que no es cierto lo que digo. Que no estoy solo con ella en esta habitación. Que esas otras personas traman algo malo. Que a veces ella no está del todo atenta. Ella tiene según dice en sus momentos de lucidez la sensación de realmente estar entregada al envejecimiento desde hace tiempo pero todo esto aquí y que dios la disculpase ya no tenía nada que ver con envejecer, esto era algo completamente distinto, y si yo podía facilitarle un indicio de qué era lo que podía ser esto ahora exactamente, ella por su parte tal vez había oído algo sobre el asunto, pero entretanto se lo había olvidado, o en todo caso tenía otras cosas que hacer. Además, aunque esto no era urgente, no se acordaba de esa única palabra. Que algo así fuera definitivo. Vuelve a caer sobre la cama como muerta. Así entonces se verá cuando esté muerta tal vez. Ahora hace diez minutos que está muerta. Su piel sobre las mejillas. Su frente brillante, que se frota más y más con un ungüento digamos de alta gradación. Qué es lo que ha sido de nosotros. Esta pregunta cotidiana este dolor ungido. Las venas de sus sienes que se precipitan como un riachuelo por la montaña. Su sueño, que es una montaña. Y desde la montaña alza de pronto la vista con una sonrisa ya casi conciliadora que parece abarcarlo todo. ¿Estamos aún a tiempo aquí? ¿Está todo aún en hora?

El dieciocho de agosto de dos mil, Padre me comunica que volvió a encontrar las cartas de amor de Madre. Habían estado dentro de una lata de galletas. En todo caso en una lata de metal. Madre y él habían acordado en aquel entonces destruir sus cartas de amor. A las cartas de amor de él ella las había quemado de manera impecable. Ahora encontraba como por casualidad en una caja marrón, y aunque fuera una vieja caja sin importancia, estas cartas de amor de ella, que entonces él no había quemado tal y como habían acordado hacer. Se asombraba como por sí solo. Estaban metidas aquí dentro de una lata en esta caja marrón. Madre había quemado todas las cartas de amor de él, dice Padre. Esto quedaba demostrado, dice Padre. Había sacado del armario esta canasta y en vez de la presumida decoración del árbol navideño lo que había adentro eran estas cartas. Durante todos estos años tuvo entonces que haber estado guardando y por último en este lugar las cartas de amor de ella dirigidas a él, mientras que ella según lo acordado había quemado como era debido las cartas de amor de él, supone. Encuentra entonces en esta lata de galletas las cartas de amor de Madre retira en el acto todos los sobres que quedaban con las cambiantes direcciones y señas y los arroja de inmediato al tacho de la basura, dice Padre. Me muestra un archivador con hojas de papel manuscritas pulcramente agujereadas. Las cartas de amor de Madre. No puede ser verdad, le respondo. A la pregunta de por qué agujereó las cartas y tiró los sobres en vez de conservarlas intactas dentro de la lata en la caja, Padre contesta que solo le interesaban las cartas. Ciertamente tenía ahora cada una dos agujeros, pero él había prestado especial atención a no tocar ninguna parte de texto.

  1. Verso del poema “Lágrimas de la patria” de Andreas Gryphius. La frase que sigue también alude al mismo poema. (N. del T.)
  2. El juego anagramático en el original es con “paja”, “comida” y “cojo” (halm, mahl, lahm). (N. del T.)
  3. Alusión a un verso del poema “Tübingen, Jänner” de Paul Celan. (N. del T.)
  4. Cita del Fausto (Primera Parte) de J. W. Goethe. (N. del T.)
  5. Verso de un poema homónimo de Ernst Jandl. (N. del T.)
  6. Último verso del poema “A una lámpara”, de Eduard Mörike. (N. del T.)
  7. Verso del soneto “Transitoriedad de la belleza” de Christian Hoffmann Hoffmannswaldau. (N. del T.)
  8.  Ídem. (N. del T.)
  9. Friedrich Nietzsche en Humano, demasiado humano. (N. del T.)

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