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leyendo ahora: Notas de una araña | Camilla Grudova
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Camilla Grudova | del:inglés

Notas de una araña

Traducción : virginia Higa

Introducción de Maya Feldman

The Doll’s Alphabet”, primera colección de cuentos de Camilla Grudova, fue publicada a comienzos de 2017, y es una de las colecciones más originales y provocadoras que he leído en los últimos años. Los relatos de esta colección desintegran y vuelven a construir las convenciones de género, y conducen al lector hacia un mundo tan estruendoso y espeluznante que parece un viaje en un tren fantasma de parque de diversiones: a pesar de que nos resulta evidente que se trata de una mera escenografía, nos sacudimos gozosamente en los vagones y nos apretamos el estómago. Tal como se manifiesta también en este relato –el cual clausura la colección– Grudova es extraordinariamente sensible a la situación de la mujer, y sus personajes femeninos luchan frecuentemente contra una suerte de distopía pesadillesca que intenta marcar sus respectivos destinos. En “Notas de una araña", el protagonista es precisamente un hombre, un hombre-araña con ocho patas, que reconoce que se siente “en parte alimaña". Grudova consigue implantar en esta criatura grotesca algo muy sexual; una sensación de deseo perverso y oscuro se expande sobre relato; y la autora tensa estos aspectos hasta llevarlos a un nuevo límite cuando describe un enamoramiento cosificador hasta el colmo –el protagonista se enamora de una máquina de coser: elección ingeniosa y extremadamente precisa de un objeto que también aparece, de muchas y muy variadas formas, en otros cuentos de la colección. La mujer como objeto sexual deviene una cosa –la máquina de coser–, y a ésta le es ofrendada la mujer real como víctima sacrificial. Esta es la parábola que se configura ante nosotros con una fuerza imaginativa fuera de lo común, pero en qué mundo gótico y perturbador se halla inserta! Esta es su fuerza, y es la fuerza de la escritura de Grudova, que aprieta y no suelta.

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Estas notas fueron encontradas en una carpeta de cuero, escritas en papeles sueltos de buena calidad. La carpeta estaba dentro de un viejo baúl, debajo de un tapado de piel de zorro comido por polillas, pequeños discos negros, varias agujas rotas, retazos de tela cosida hecha jirones y frascos medicinales vacíos, en un edificio declarado en ruinas, el último de varios que serían demolidos para dar lugar a viviendas modernas e higiénicas.

No pude haber nacido en ninguna otra ciudad más que en esta, una gran capital europea de arquitectura hermosa y llena de detalles: un castillo sobre el río, una extensión de cúpulas doradas y cobrizas con forma de cabezas de ajo, gárgolas, campanarios, trenes, postes de luz que parecen lunas atrapadas en vides negras, claraboyas como rocío sobre los edificios, fábricas, talleres, cabarets, un bosque de hierro, piedra, vidrio. Desde luego, no puedo imaginarme existiendo en un pueblo americano o siberiano, en un desierto, un valle. Sólo he visto lugares así en los libros, nunca he abandonado la ciudad en la que nací. Recibo muchas invitaciones para visitar casas de campo en países extranjeros, castillos, la costa, pero me asusta pensar que podría desaparecer al instante tras poner un pie fuera de esta ciudad, como una nube de smog.

Me siento en parte hierro forjado, en parte humano y, no voy a mentir, en parte alimaña.

Tengo ocho piernas, y la parte superior del cuerpo de un hombre normal. Cabello negro, nariz elegante y melancólicos ojos verdes, unos buenos dientes falsos hechos de colmillos de elefante; me hice extraer los verdaderos, como muchos caballeros de mi ciudad, para poder disfrutar de ricas comidas y bebidas sin visitas continuas al dentista. Hice que diseñaran mis dientes falsos para que fueran más afilados que los originales, más parecidos a colmillos. Muchos hombres, jóvenes y viejos, copiaron mi estilo.

Mi aspecto hace pensar en una araña, un paraguas, una marioneta.

Por cómo me muevo, parezco una mano grande con algunos dedos de más. Gracias a dios, sólo tengo un juego de genitales. La delicadeza y la sensación de tener uno entre cada pierna sería insoportable.

Los espacios entre mis otras piernas parecen axilas, pero un poco más firmes. Son peludos. Me saco el pelo con cera, para que haya menos ambigüedad al observar mi cuerpo desnudo. Cuido mucho de mis pies, cada uña está cubierta de esmalte brillante y transparente, cada planta bañada en polvo perfumado.

Mi ano está justo debajo de mí, mis nalgas son un círculo en el centro de mis piernas, como un sanitario sobre el que se sienta permanentemente mi torso. Me resulta mucho más fácil usar un orinal que un inodoro moderno, y los cafés que frecuento me proveen siempre de uno. Luego me limpio con una tela húmeda. Cuido mucho mi apariencia. Tengo trajes hechos especialmente a la medida de las proporciones de mi cuerpo, aunque algunos, incluyendo a mi doctor, han sugerido que me resultaría más cómodo usar una bata.

Nunca uso zapatos que no combinen, aunque algunos deben pensar que me gustaría, para exhibir mi vasta colección de calzado. Compro cuatro pares de cada zapato que quiero, y los uso todos a la vez.

Podría ser un arabesco de piedra que sale reptando de un edificio, o el artilugio complejo de un barbero, un fotógrafo o un matemático. Podría ser una de las tantas cosas que existen en la ciudad moderna, desempeño varios papeles en muchas fantasías.

Es imposible imaginar a mis padres, creo que simplemente surgí de la ciudad, salí de una rejilla humeante como Venus del océano. Hay muchos hombres en la ciudad, deformados por las armas y los cañones de la última guerra, a los que solo les quedan uno o dos miembros, o ninguno; de alguna manera son mis padres. Si no hay nada escandaloso en un hombre con un solo miembro, ¿qué hay de escandaloso en un hombre con ocho?

Cerca de mi departamento, en un pequeño vagón de madera afuera del metro, vive un soldado con un solo brazo y sin ningún otro miembro.  Siempre le daba monedas hasta que un día me preguntó si, en cambio, podía darle dos de mis piernas. Se rió, pero en sus ojos había tanta envidia, tanta avidez, que nunca más me detuve a darle nada. Me escapé corriendo sobre mis ocho pies, infinitamente valiosos, una abundancia de carne.

Según me contaron, me dejaron en la puerta de una iglesia, como una gárgola que se hubiera caído de la fachada. Me llevaron a un orfanato, pero yo era demasiado excepcional para estar mucho tiempo en un orfanato, pronto se corrió la voz sobre mí. Un puñado de mecenas amables y curiosos contrataron a una niñera para que me criara, tutores que me educaran, un doctor que velara por mi salud. Yo era el favorito entre las mujeres ricas. Nadie me poseía, me consideraban un hijo de la ciudad. Toda la gente importante me visitaba, me traía juguetes, libros, instrumentos musicales.

A pesar de que no estaba obligado a aprender alguna habilidad específica, o a resaltar mi diferencia con trucos extraños, como el enano de circo al que se le enseñan malabares y bailes, yo tocaba un poco el piano, tenía una bella voz y sabía aritmética. Pero sabía, desde muy temprana edad, que me dedicaría más que nada a placeres menos esforzados: comer, beber, leer, amar.

Mis piernas son algo débiles, largas pero un poco infantiles, a pesar de los ejercicios especialmente concebidos por mi doctor. Es necesario que camine con un bastón. Tengo uno con una araña plateada en el mango.

Muchas veces obligo a las mujeres a sentarse sobre mí a horcajadas, para no debilitarme demasiado. Duermo como lo hacen las flores, cerrado como un paraguas.

Tengo muchas amigas mujeres, y muchas me cortejan. Una de ellas, la esposa rica de un barón, mandó hacer para mí un tapado de piel de insectos. Hizo matar a cientos de abejas y tarántulas con la intención de seducirme, pero yo nunca había sentido tanta repulsión. Me importan profundamente las criaturas que otros desprecian: las arañas, las polillas, las ratas, los ratones, toda clase de insectos. Son mi especie.

Tengo dos ratas como mascotas, una blanca y una negra. Odilon y Claude, a quienes llevo conmigo a todas partes en una jaula de cuero y oro. Las alimento con almendras confitadas, pedazos de salchicha y naranjas. Me aprecian, les gusta trepar por mis numerosas extremidades, y yo mando hacer los trajes con algunos centímetros extra de género suelto para que puedan sentarse cómodamente entre mis piernas y la tela. La gente suele confundir sus contornos abultados con deformaciones adicionales de mi cuerpo, y se horrorizan cuando se mueven.

Soy la musa de la ciudad. Muchos artistas me han pintado, y hay una escultura de mi cuerpo –desnudo, excepto por un sombrero hongo– en un jardín público, sobre un pedestal que tiene tallado un poema escrito en mi honor.

Un arquitecto diseñó un pabellón de acero y cristal lleno de palmeras donde se puede tomar el té, que tiene una imagen en bronce de mi cabeza en la parte superior, y un teatro circular de mármol blanco y negro, donde el diseño de los arcos de mármol negro emula la forma de mis piernas.

También gano sumas considerables haciendo anuncios de absenta, loción para afeitar, obleas, agua con gas, botas, corbatas de moño, jabón, plumeros, joyas, trufas, seda, dulces de almendras, regaliz, máquinas de escribir, estudios de fotografía, pintura, hilo, té, perfume, café, aceite de bergamota, elásticos para las medias, galochas, ostras enlatadas, paraguas, cera para bigotes, medias de red, bastones, sombreros hongo y turrones.

Me niego a hacer anuncios de insecticida, aunque me lo han pedido varias veces. Cómo odio esos horribles negocios con ratas clavadas a la fachada, cajas de veneno, trampas para criaturas de todos los tamaños, algunas tan grandes que podrían atrapar a un niño desafortunado.

Cómo me gustan las cucarachas, los piojos, las pulgas, las palomas, las polillas, las ratas, los ratones, las arañas, los gorriones y, por supuesto, los cimex lectularius. Es gracias a mí que estos moradores de la ciudad tienen un lugar seguro. Usando mis amplios fondos creé un zoológico donde una selección de estas criaturas a las que llaman alimañas puede existir en fascinante proliferación, en un área cercada de la ciudad donde se construyeron túneles de vidrio para que los ciudadanos humanos puedan pasar sin molestias ni picaduras. Los visitantes les traen carne podrida, pan rancio, ropa y sábanas viejas. Para algunos es relajante, incluso adictivo, mirar a las criaturas propagarse, consumirse, morir; verlas existir en un espacio donde pueden vivir sin restricciones, sin veneno, sin escobas, trampas, felinos o perros.

Visto de lejos, mi zoológico parece una gran galería o una estación de tren. Tiene muchos techos de vidrio, y grandes frontones con frescos que muestran roedores o insectos. En la entrada hay una estatua de bronce de mí, con una rata en una mano y una polilla en la otra.

Me encanta el pabellón de las polillas, porque esas criaturas lo consumen todo. Las polillas están encerradas en una estructura que parece un invernadero. Cada mañana, un hombre con un traje como de apicultor abre uno de los paneles de vidrio y tira una bolsa de pan rancio y una pila de tapados. En esa profusión, los enjambres de polillas parecen franjas de tela marrón, o árboles tropicales extraños y siniestros, que se mecen con una brisa desconocida.

Dentro del pabellón de las ratas hay una maqueta en miniatura de nuestra ciudad, con los mismos edificios y calles, para que uno pueda mirar a las ratas, tan parecidas a los hombres, con sus manos y sus bigotes, hacer sus cosas: reproducirse, comer y digerir. Las cucarachas y los ratones se mantienen escondidos debajo de viejos colchones y sillones. Si uno golpea el vidrio de su jaula con un bastón o con el puño, se mueven de un escondite a otro, como tormentas de marrón y gris. Siempre llevo conmigo un par de prismáticos, para mirar las pulgas y las chinches.

El pabellón de las arañas es silencioso. Tiene tantas telarañas que, por su blancura, parece un paisaje ártico. Está siempre quieto, salvo por la comida de la mañana, cuando se sacrifican moscas y otras criaturas pequeñas. Para mí hay una gran diferencia entre una araña que necesita sangre, y por lo tanto debe matar, y el aplastamiento innecesario de arañas simplemente porque no nos gusta la apariencia de sus telarañas en nuestros alféizares. En el zoológico, el hilado de las telarañas es apenas perceptible para el observador, pero las arañas se comunican entre sí tocando sus telas como las cuerdas de un instrumento, una música armónica que se puede oír cuando todo lo demás está en silencio. Son arañas domésticas comunes, de los alféizares y las esquinas de mi ciudad. Algunas mujeres que creen en los augurios visitan el zoológico específicamente por las arañas, les rezan casi, les cuentan sus secretos y sus penas, como si sus palabras fueran a ser absorbidas por las telas. He oído que algunas mujeres jóvenes traen en estuches preciosos la pulpa de su menstruación para dársela a las arañas, creyendo que hacerlo les traerá amor, matrimonio, hijos, incluso la muerte. El cuidador del zoológico me ha mostrado esos estuches, parecidos a los que contienen anillos, pero manchados de sangre. Los guarda en su oficina, después de tirar los coágulos de sangre al pabellón de las arañas.

Yo también genero atenciones de ese estilo. Mujeres insatisfechas con sus maridos e incapaces de concebir vienen suplicando a mi departamento. A veces las ayudo, si los regalos que me traen son lo suficientemente exquisitos: una estola de piel, o un cajón de granadas o naranjas rojas envueltas en papel de oro, por ejemplo. Todos los niños que resultan de ello tienen mi rostro distinguido, pero ninguno tiene mis piernas múltiples. Algunas mujeres se ponían demasiado nerviosas o inquietas al verme desnudo, con mi falo extendido como una novena pierna. Las mujeres más capaces de tratar con una variedad de cuerpos diferentes eran las prostitutas. Me contaban sobre cientos de deformidades escondidas debajo de la ropa de los hombres. Nunca se sorprendían ni se escandalizaban. En público, yo pasaba la mayor parte del tiempo con actrices y cantantes de ópera. Tenía mi propio palco en todos los teatros y salas de ópera de la ciudad. Siempre usaba una capa negra y me sentaba al fondo del palco, escondido a medias en las sombras, para no desviar la atención de la obra. Era el hombre más famoso de mi ciudad, mi rostro estaba en todas partes. Era como un monumento tan grande que es visible desde cualquier lugar donde uno esté parado. Incluso habían escrito una ópera y un ballet sobre mí. El ballet se llamaba Hijo de Aracné. La ópera, La araña negra.

Me han pedido que suba al escenario, pero mi salud no me lo permite. Sería demasiado agotador, además de todas mis otras actividades.

Sin embargo, fue luego del estreno de Hijo de Aracné que caí en la desesperación. Para el pas de deux, un hombre y una mujer vestían tutús diseñados para parecer piernas múltiples (¡ah, ese equivalente femenino de mí que no existe!). ¡Cómo bailaban juntos, mientras yo afronto la vida solo! Compré una tarántula hembra en una casa de animales exóticos y la puse en una caja de cristal con forma de palacio, me acosté con cuatro prostitutas a la vez para estar inmerso en un revoltijo de piernas femeninas, y luego tomé prestado el traje de ballet e hice que una de las mujeres se lo pusiera, pero nada me satisfacía. Daba largos paseos nocturnos en mi carruaje. El carruaje mismo parecía una araña, e hice que diseñaran las cortinas de encaje para que parecieran telarañas. Yo seguía buscando; me parecía imposible que esta ciudad de fábricas, de tiendas especializadas –esta ciudad que podía producir cualquier cosa en grandes cantidades–, solo hubiera producido uno sólo de mi especie. Me detuve frente a las catedrales góticas y los balcones ornamentados, esperando que una amante parecida a mí bajara reptando de sus alturas.

Una de esas noches, conduciendo por un boulevard comercial donde las luces de las vidrieras permanecían encendidas toda la noche, divisé un muslo hermoso pero inhumano y le pedí a mi chofer que se detuviera. Era una tienda de máquinas de coser. La máquina de la vidriera tenía cuatro piernas, como plantas de hierro, un cuerpo de madera, un cuello curvado de metal como de cisne, una plataforma circular que hacía correr la tela, no muy diferente de la bandeja de un gramófono donde se coloca el disco, y una boca pequeña con un único diente de plata. Era una criatura moderna, inusual. ¡Qué hermosa música debía hacer! Su nombre era Florence, estaba escrito en la vidriera de la tienda. Florence. Me quedé ahí sentado en mi carruaje hasta que amaneció y abrió la tienda. Compré apresurado la máquina de la vidriera. Me preguntaron si quería que la desarmaran para llevar, pero hice que la colocaran así como estaba en mi carruaje. Conduje por la ciudad, mis piernas entrelazadas con las suyas, dos de mis pies apoyados en sus pedales con silueta de horma.

Los dueños de la tienda me dieron un catálogo de máquinas de coser; todos sus nombres eran cautivantes: Cleopatra, Condesa, Dolly Varden, Daisy, Elsa, Alexandra, Diamante, Gloria, Pequeña Joya, Godiva, Jennie June, Perla, Victoria, Titania, Princesa Beatrice, Penelope, Reina Mab, Emperatriz, Anita, Bernina, Pequeña Maravilla, pero ninguna lo era más que mi Florence, que iba sentada frente a mí.

De vuelta en mi departamento, intenté traerla a la vida. Puse un pañuelo de mi bolsillo debajo de su boca, le di de comer hilo de la mejor calidad, apreté el pedal, pero ella era terca. Me insultó con largas puntadas irregulares, líneas toscas sobre mi pañuelo. Lloré, la abracé con desesperación, besando el cuerpo metálico, pero ella estaba quieta y glacial.

Florence quería decirme que necesitaba una mujer que la asistiera, una dama de compañía. Le pedí a uno de mis sirvientes que llamara a una de las prostitutas que yo solía frecuentar y que la trajera en mi carruaje lo antes posible. Se llamaba Polina y su cabello negro y enrulado me recordaba a las piernas de Florence.

Luego de desnudarse, le dije que se sentara a la máquina y cosiera.

Ella apretó el pedal y se rió, tirándome un beso. Se levantó y trató de venir a sentarse conmigo en la otomana, pero le exigí que volviera a sentarse junto a Florence. Hizo una mueca de enojo y se quejó: qué utilidad tenía que supiera cómo usar una máquina de coser. Su Madama le arreglaba la ropa interior cuando esta se rasgaba. ¡No servía! Necesitaba una profesional, una costurera. Le dije a Polina que se fuera. Inmediatamente escribí un aviso para el diario y lo envié por telégrafo para que se publicara la mañana siguiente.

SE BUSCA

COSTURERA

Ay, aquellas pobres criaturas con gafas, que vivían en sótanos y áticos, alimentándose de sopas aguadas y latas abolladas de pescado, con las espaldas jorobadas, los dedos flacos y callosos. Sí, había algo de insecto en ellas. Entrevisté a muchas, y me decidí por una joven criatura, aún no deformada por su profesión. Su cabello era del mismo color castaño que el torso de madera de Florence. Hice que la midieran, y le encargué un vestido de encaje negro que tenía el mismo estampado que las piernas de Florence. Compré rollos de seda blanca, negra y dorada, para que Florence me hablara a través de ellos.

La chica se ruborizó cuando se puso el vestido, se veían sus pechos y su trasero a través de la tela. Me senté cerca y le pedí que se sentara con Florence y comenzara.

Ah, esas puntadas como marcas de lápiz labial sobre servilletas de papel, dulces poemas. La chica trabajó y trabajó, acariciando a Florence en una hermosa danza. Apreté las telas terminadas sobre mi pecho. No quería que la chica se detuviera, cerré las cortinas. Ambos nos hipnotizamos; no sé cuánto tiempo pasó, pero miré y miré, mientras le decía a la chica, respirando rápido, “¡No pares, no te detengas!”, hasta que ella colapsó, la tela se enredó y la boca de Florence se fue deteniendo hasta quedar inmóvil.

Florence, mi amante, había matado a la costurera. Mi estufa era más decorativa que utilitaria, una caja verde y negra con tantas figuras ornamentales y rostros como una sala de ópera. Yo comía en restaurantes, y no usaba la estufa más que para calentar azúcar, así que me llevó todo el día quemar los restos de la costurera, a la que corté en pequeños pedazos del tamaño de un mejillón, no sin antes quitarle el vestido, por supuesto, y colocarlo con cuidado sobre Florence, que era su verdadera dueña.

Muchas veces estuve tentado de llevar el cuerpo de la costurera a mi zoológico. ¡Ah, cómo la consumirían en un instante las ratas, las polillas y las pulgas!

Había pasado días, noches, en compañía de Florence y la costurera, sin noción del tiempo. Cuando el cuerpo de la costurera se quemó por completo, yo estaba hambriento, enormemente debilitado. Besé a Florence y fui a un restaurante. Comí mi comida rápido, estaba impaciente por volver junto a Florence, pero necesitaba otra costurera. No podía usar el mismo diario.

Esperé en mi carruaje cerca de una fábrica de ropa y cuando las chicas salieron para volver a casa, me acerqué y hablé con una que me atrajo; el mismo pelo castaño, el mismo tamaño que mi primera costurera, para poder reutilizar el vestido. Antes de empezar, le di a la chica una comida traída desde el restaurante, para que durara más tiempo, pero no tan pesada como para ponerla letárgica.

Leí los listones de tela, sus puntadas finas, rectas, un lenguaje misterioso y vigorizante, una gran novela de amor para mí. Me envolví en ella, sólo dejaba el departamento para comer, para buscar más costureras, para comprar más tela.

En honor a Florence, abrí un museo de máquinas de coser que, además, me proveería de un flujo constante de costureras. Lo llamé Museo Florentina, y era un edificio de hierro y cristal que parecía una magnífica telaraña. A mis mecenas les encantó la idea, aunque nunca habían cosido. Sería un reconocimiento al trabajo de las mujeres, y me dieron el dinero que necesitaba. El museo se planificó bajo mi dirección, y los fabricantes de máquinas de coser donaron modelos y aportaron más fondos.

Las costureras venían al museo los fines de semana de a montones, por la extraña curiosidad de ver máquinas diferentes de las que ellas usaban o porque tenían miedo de estar lejos de ellas. Nadie las amaba, de modo que dirigían su afecto hacia las mismas máquinas que las destruían. No tenían máquinas de coser en casa, no podían pagarlas. El simple hilo y aguja no les bastaba, así que venían a mi museo en sus horas libres, con sus corazones solitarios deseosos de ver un pedal, una rueda. Las máquinas habían desfigurado a las costureras, estas ponían toda su juventud y belleza en vestidos, cortinas y trajes. Era fácil reconocerlas: la piel pálida; los ojos cansados sobre semicírculos violeta, como anteojos de un color violento; la bizquera; los dedos consumidos, casi como agujas, escondidos en guantes baratos; las piernas temblorosas que habrían sido musculosas de tanto pedalear si hubieran tenido más carne para comer.

El museo tenía un café al que yo iba todos los fines de semana para tomar anís y pasteles de crema de pistacho y café en pequeñas tazas negras y doradas. Las costureras se sentaban a las mesas de hierro forjado con arabescos, balanceando las piernas. Usaban sombreros y zapatos hechos de cartón negro, y llevaban bolsitos llenos de pastillas de hierro y tónicos, que solían darles en la fábrica para mantenerlas con vida, y que ellas tomaban con el café.

–Si pudieras hacerme un corto trabajo de costura, tengo una máquina, unos pijamas de seda que se rasgaron, qué dedos tan finos tienes, te pagaré, por supuesto, y también te daré la cena, un buen filete, un pollo asado.

Perdían la noción del tiempo, no había relojes en mi departamento con este fin, las cortinas estaban cerradas, el aire era denso a causa de la estufa y las lámparas de gas. Las hacía trabajar durante días, y se hipnotizaban, al igual que yo, mirando cómo se movían las hermosas extremidades de hierro de Florence.

Pero llegó un punto en que mirar a las chicas languidecer de cansancio, ver cómo la máquina las consumía, sentir la tela cubierta de puntadas doradas, negras, verdes y rojas ya no fue suficiente. Quería estar involucrado en el proceso, ser tocado por Florence.

Me abrí la pierna con una navaja y le dije a la costurera que estaba sentada frente a Florence, una criatura débil con una fina trenza negra:

–Cóselo, querida. No, no hay necesidad de llamar a un médico, sólo cóselo, querida, en la máquina.

Sin limpiarme la sangre, coloqué una de mis piernas debajo, pálida y cubierta de vello negro, como un rollo de tela aplastado por el peso de alguien dormido, y le ordené a la costurera que cosiera, con la carne fría y metálica de Florence suspendida sobre mí. ¡Qué alivio, qué dicha, qué dolor con esa primera puntada!

Para mí, eran pinchazos de amor. No eran tan legibles ni tan parejas como las puntadas sobre la tela, pero eran igual de hermosas.

Enseguida mis ocho piernas estaban cubiertas de puntadas y cicatrices, como un muñeco de trapo. Los besos de Florence. La pérdida de sangre me debilitó en extremo.  Empecé a caminar con dos bastones en lugar de uno y empecé a tomar pastillas de hierro y tónicos, igual que las costureras. Casi no tenía apetito por la comida, estaba demasiado enamorado. Para mis visitas al zoológico compré una silla de ruedas que empujaba uno de mis sirvientes, pero más allá de eso, no salía de mi departamento, rechazaba invitaciones, ya no modelaba. Sólo mis criaturas del zoológico, pensé, entendían mi deseo ardiente de Florence, mi hambre interminable de la tela cubierta de sus puntadas, de sus puntadas sobre mi piel. Compré una bolsa de pelucas para las polillas, salchichas para las ratas y una jaula llena de gatitos para las pulgas. Las miré comer, y luego volví a casa.

Las pocas veces que recibía visitas entre medio de las costureras –para no levantar demasiadas sospechas, ya que antes había sido tan sociable– cubría a Florence con una tela. No quería que vieran algo que para mí era tan íntimo.

Deshacerme de las costureras usadas era agotador, compré una estufa más grande, con el argumento de que sufría el frío cada vez más. Ni siquiera podía pedir ayuda a mis sirvientes. Despedí a todos menos a uno, el que conducía mi carruaje. Cuando fui a ver al doctor, me rehusé a que me mirara las piernas; le dije que me había atacado el perro de una amiga. El doctor me respondió que tenía que dejar de verla de inmediato y mantenerme alejado de los perros. No podía permitirme perder más sangre, necesitaba más que el común de las personas a causa de mis miembros extra; mi corazón estaba sobreexigido.

Ay, sí que lo estaba, pero él no sabía hasta cuánto. Le dieron asco mis puntadas. ¿A qué horrible cirujano clandestino había acudido, y por qué? ¿Por qué no había ido a verlo a él, mi doctor de cabecera desde la infancia? Me dio un frasco de líquido antiséptico para ponerme en las heridas. Me juré no volver a visitarlo.

Tenía pilas de telegramas, invitaciones, cartas, diarios, pero lo único que leía era la tela de Florence, sí, y sus pinchazos de amor, creo que está empezando a amarme; yo la alimento, ella escribe y escribe

La última página termina con una mancha borrosa, es demasiado vieja para que el ojo desnudo pueda determinar si se trata de sangre, tinta o alcohol.

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