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Perro muerto a medianoche

Kostas Katsoularis | del: griego

Traducción : Antonio Vallejo Andújar

Introducción de Amir Tzukerman

En muchos sentidos, tal como ha señalado un crítico griego, Kostas Katsoularis puede ser considerado un "Atenógrafo": las respectivas tramas de muchos de sus libros y cuentos tienen lugar en Atenas, y sus protagonistas son habitantes del centro de esta ciudad. Pareciera, sin embargo, que el tema central de la escritura de Katsoularis es la confusión y la desorientación que caracterizan tanto a la conciencia de los personajes como a las relaciones entre las personas –incluso entre parientes– en la realidad actual, y que muchos de sus protagonistas acaban metiéndose en situaciones que alteran, y a veces ponen patas arriba, la imagen que tienen de sí mismos, ya de por sí bastante frágil. Hay algo paradójico en "Perro muerto a medianoche": la narración es simple y directa, aun cuando los sorpresivos quiebres de la trama y la dispersión de los detalles construyen gradualmente una especie de tensión calculada; los dos amigos de infancia que se hallan en el centro del relato son descriptos con claridad y meticulosidad; la realidad es la conocida y mundana realidad ateniense; y el argumento del relato, que une el volátil presente de Atenas con el gran incendio del Monte Parnés [Parnitha] ocurrido cinco años atrás, suena completamente lógico e increíblemente poético… Y sin embargo, lo principal sigue siendo muy vago, el contorno de las cosas es difuso, y las motivaciones permanecen indefinidas. Nada se vuelve verdaderamente claro o comprensible; todo es ambiguo. Pareciera, no obstante, que el narrador, en el curso de esta extraña y premonitoria noche ateniense, adquiere la capacidad de aceptar la ambigüedad y la ambivalencia esenciales y encontrar una suerte de calma, aun cuando nada ha sido resuelto: como en la vida, hay cosas que quizás no se terminan, pero tampoco pueden seguir más allá de cierto punto.      

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Era una de esas noches en las que Atenas nos cuece en su jugo, mezcla de tubos de escape, plástico quemado, gas lacrimógeno, desesperación. Nos afanábamos en atrancar puertas y ventanas, el aire se colaba por los aparatos de aire acondicionado y nos quemaba la nariz. Estábamos llorosos y asustados, pero lo peor de todo era que no sabíamos qué hacer con el bebé. Estuvo tres días con los padres de Ioana, en el barrio de Calicea, pero no pasó mucho tiempo hasta que la situación dio en duro. El domingo al mediodía volvimos a nuestra base en la zona de Mets con la esperanza de que en el centro las cosas se calmaran. Pocas horas más tarde, veíamos —a ratos por la tele, a ratos por la ventana— cómo las llamas devoraban el Aticón y el Apolon, los cines en los que habíamos pasado los últimos meses del embarazo y unas cuantas tardes desde que había nacido la niña. Pese a todas las adversidades, nos negábamos a aceptar que nuestra ciudad podía irse al garete de entre nuestras manos. Tampoco teníamos intención de desbandarnos por los suburbios como pajarillos asustados. Nos poníamos ropa cómoda y zapatillas de deporte, echábamos máscaras quirúrjicas y Maalox a la bolsa y salíamos cuesta abajo hacia Síndagma. Nos entreteníamos en la plaza, en las discusiones y en los corrillos, nos entregábamos a la excitación general. Y cuando llegaba la hora, o cuando empezaba a oler a pólvora, nos metíamos por la calle Carayoryi Servías, girábamos por Vulís hacia Colocotroni y luego salíamos a Jristu Ladá, desde donde nos asomábamos unos metros a Stadíu, lo justo para enseñarle las acreditaciones de lejos al taquillero y refugiarnos en las salas. Con frecuencia, adulteraban la banda sonora ruidos de explosiones, cristales rotos o alaridos; los escasos espectadores intercambiábamos miradas de preocupación, sopesábamos los mensajes que llegaban del mundo exterior. Pero hasta aquella noche, al ver la ciudad envuelta en llamas, no entendimos cuánto habíamos subestimado la realidad que invadía las pantallas diluyendo la ilusión de que, a pesar de todo, nuestra vida podía seguir con normalidad.

Ioana se había retirado con la niña en brazos, y yo me esforzaba por espantar el sueño y terminar un texto sobre The Grey, la película que había visto el día anterior. El periódico en el que trabajaba hasta entonces había cerrado, pero había empezado una colaboración no remunerada con un sitio web, solo por mantenerme en la palestra. Seguía disfrutando del privilegio de las invitaciones a preestrenos y proyecciones para periodistas y conservaba la exención que me brindaba el carné de miembro de la Unión. Aunque en realidad nada era igual: en esencia estaba en el paro, dentro de poco me iba a quedar sin seguridad social y mis ingresos se reducían a los 45 euros semanales que sacaba por dar tres horas de Historia del cine en una escuela de diseño. La historia de Ioana era parecida (revista de temática variada que cierra tras la quiebra del grupo empresarial y vuelve a abrir bajo una nueva dirección, pero con la mitad de colaboradores), con una diferencia: acababa de renovar un contrato de dos años como traductora para la Comisión Europea.

Estaba atascado. Liam Neeson y sus compañeros llegaban a sus límites físicos y psicológicos, perseguidos por una manada de lobos. El argumento era algo pobre, pero por el guionista y el director que no se dijera. Solo que, cómo decirlo, la película era completamente ajena a la atmósfera al rojo de aquellos días. ¿Qué crítica podía a escribir cuando las salas de cine se convertían en pasto de las llamas? Estuve pensando si mandarle un mensaje al redactor jefe explicándole que no quería escribir una crítica convencional, sino algo relacionado con los acontecimientos. Pero, una vez más, algo en mi interior se revolvía. Lo que de verdad quería en aquel momento no era escribir, era salir a la calle; dejar a Ioana y al bebé durmiendo e ir a ver los hechos con mis propios ojos. Estar ahí, joder. Por el contrario, lo que debía hacer era levantar a Ioana, coger al bebé, meterlo con todos sus bártulos en el coche y, mientras todavía se pudiera circular por el centro, agachar la cabeza y volver a Calicea a casa de sus padres. «No se quema todas las noches el Aticón», dije entre dientes sin tener muy clara la opción por la que abogaba el extraordinario acontecimiento. ¿Involucrarse o huir? Me levanté del ordenador y me acerqué a la puerta del balcón. Sobre la ciudad, el cielo estaba negro por la humareda, en varios sitios todavía ardían fogatas monstruosas. Detonaciones y sirenas de bomberos y ambulancias, mezcladas con alaridos y ruidos de cristales rotos, llegaban a mis oídos a través del doble cristal como si estuvieran muy lejos. Me encontraba en el purgatorio y mi pecado era no saber dónde estaba el paraíso y dónde el infierno.

El estridente ruido me sobresaltó tanto que brinqué del sofá y me puse a buscar un viejo teléfono inexistente. Pronto me acordé de que no teníamos fijo, así que el segundo timbrazo, más largo, me cogió dando vueltas como un pollo mareado. ¡Pero qué leches! Un año entero en aquel piso y era la primera vez que escuchaba aquel ruido infernal que sonaba como un taladro. Los escasos amigos que nos visitaban estaban adiestrados ya: no se llama al timbre en los dominios del bebé. Para eso está el móvil. La tercera llamada fue tan insistente que me sacó de mis casillas. Sin pensarlo, abrí la puerta del balcón, salté afuera y me asomé por la barandilla que da al garaje. Hacía fresco, pero el aire asfixiante me quemaba la garganta. Αlguien había aparcado un coche largo justo delante de la puerta del bloque. No me dio tiempo a quejarme cuando una silueta masculina se acercó al sensor que hay a la entrada del garaje y la luz cayó sobre ella. Era Isídoros. Miraba hacia el balcón enseñando las manos. En vista de que no reaccionaba, me hizo una seña con la cabeza de que bajara. «Espera —susurré—, espera». Al fondo, Atenas se había hundido en su plomicie. Seguía saliendo humo de varios tejados, aunque hasta donde llegaban mis sentidos reinaba una tranquilidad sobrenatural. Por la avenida, bajo nuestra casa, los coches pasaban muy de vez en cuando.

¿Cuánto llevaba dormido en el sofá?

Después de entrar, sellé tras de mí la puerta. El salón olía a quemado, aunque podía ser que tuviera el olor metido en la nariz. La nena se había despertado, era su hora, los susurros de Ioana sonaban suaves, tranquilizadores. Dentro de unos segundos estaría colgando de su pecho; se enchufaría al «cargador», como decíamos en broma. Por lo menos, ella sí que sabía lo que quería.

Bajé las escaleras de dos en dos, empujé la puerta del portal y me quedé parado delante de Isídoros. Sentía que el cuerpo se me retorcía, se estiraba, se volvía todo él un enorme signo de interrogación. Ninguna de las preguntas habituales me salía de manera natural. ¿Qué había de natural en todo lo que estaba pasando aquella noche?

Si me hubiera dejado llevar por mi ánimo, me habría puesto a gruñir, a bramar, a dar voces. Isídoros tendió las manos otra vez, como pidiéndome salir a bailar.

—¿Qué quieres? ¿Qué pasa?

En vez de responder, dio otro paso hacia mí. El sensor se volvió a activar, la luz de la puerta del garaje lo bañó entero. Me volvió a mostrar las manos. Estaban llenas de sangre.

—Tienes que ayudarme —me dijo.

Me acerqué a él. El corazón me latía a martillazos.

Murmuró algo ininteligible y se dirigió a la parte de atrás del coche. Lo seguí con paso vacilante. Era una noche extraña, no cabía duda. Pulsó el botón del maletero y alejó la mano de modo un poco teatral, dejando que la puerta se levantara sola. Había algo grande dentro, pero no veía con claridad. De manera institiva, retrocedí. En un movimiento rápido, agarró una linterna y lanzó un haz de luz al interior del maletero. Me quedé helado. Un perro inmenso, un gran danés, yacía allí, ocupando el hueco de punta a punta. Tenía el fino pelaje blanco alrededor del cuello cubierto de sangre oscura; la larga y gruesa lengua le colgaba de la boca medio abierta. Sentí que me subían con violencia lágrimas a los ojos. Respiré profundamente, pero antes de que pudiera decir nada Isídoros cerró el maletero de un portazo. Me miró, sus ojos relucían en medio de la oscuridad.

—Vamos, te cuento por el camino.

—¿Qué camino?

¿Así lo vamos a dejar?

Me encogí de hombros. Tenía a Ioana esperándome arriba con el bebé. El Aticón se había quemado. Estaba que me caía de sueño. Y por si fuera poco… ¿Qué hostias quería de mí?

Al abrir los ojos, fue como estar dentro de un sueño; o de una película de David Lynch. Y a juzgar por la primera imagen que percibí —una línea discontinua fosforescente bañada por la luz de los faros en medio de la oscuridad más absoluta—, bien podía haberme despertado dentro de la atmósfera de pesadilla de Lost Highway. A derecha e izquierda, reliquias de altos árboles formaban volúmenes atravesados por la luz de la luna, por detrás se alzaban las laderas como inmensas ondulaciones pintadas al carbón. A mi lado, Isídoros conducía con la mirada clavada en la carretera ascendente, cambiando de marchas con tanta suavidad que casi ni me enteraba. ¿Cuánto llevaba durmiendo? Teniendo en cuenta el punto en el que nos encontrábamos, al menos media hora. La noche anterior la habíamos pasado en blanco en el cuarto de invitados de Calicea, una habitación sin ventanas con un sofá‑cama para los tres. La niña tenía un hambre endemoniada, se despertaba cada dos horas. Sobre las cuatro tuvimos que esterilizar el biberón para darle una dosis doble de leche en polvo por ver si dormíamos algo hasta las siete y media, que se levantarían los padres de Ioana. Vanas esperanzas…

—Hace ya casi cinco años y todavía no se ha recuperado.

La voz de Isídoros sonaba tranquila y profunda. Asocié sus palabras con el contenido del maletero. Se me revolvió el estómago.

—¿Quién? —dije.

—El monte.

Se refería al Parnés; al gran incendio que hacía cinco años había acabado con medio bosque. Los ciervos carbonizados que aparecieron en las portadas de los periódicos se convirtieron en símbolo de la catástrofe. Isídoros, claro, no pensaba que plantas y árboles se encontraran por debajo de los animales en la escala de las formas de vida, lo que en parte se podía atribuir a su trabajo. A los dieciséis, después de que su padre se hubiera precipitado por el patio de luces desde el cuarto piso en el que vivían, había heredado una pequeña floristería en el barrio ateniense de Nea Smirni. Su madre quedó moralmente destrozada y él, hijo único, se vio obligado a cargar con responsabilidades impropias de su edad. Así fue como Isídoros Conidaris —«cerebro elevado al cubo», como decía Sacáloglu, un profesor del instituto que lo preparaba para las olimpiadas matemáticas— no llegó a presentarse siquiera a la selectividad. A lo que se dedicó, por el contrario, fue a correr detrás de las deudas que su padre había dejado a diestra y siniestra, incluso a usureros. Pese a todo, en pocos años, con trabajo y buen juicio, las cuentas empezaron a salir y, a un par de cuadras, Isídoros y su madre, que entretanto había salido del bache, abrieron un pequeño vivero con especies raras de plantas y flores. Isídoros se convirtió en una personalidad respetable entre los apasionados de la floricultura y a su tienda llegaban, para pedir consejo y aprender sus técnicas, gente de todos los rincones de Grecia. Entre otras cosas, te podía instruir sobre las preferencias musicales de las azaleas, y si te ganabas su simpatía, podía hasta grabarte un cedé con una selección especial para bonsáis.

Con el tiempo, empezó a relacionarse con grupos de ecologistas y activistas que desarrollaban actividades de protección y enriquecimiento de los montes del Ática. Muchos de ellos eran vegetarianos, algunos radicales; una vez me había presentado a una pareja de frugivoristas. La mayoría eran al mismo tiempo clientes, así que, a partir de cierto momento, trabajo y búsquedas filosóficas se habían vuelto una misma cosa. Para todos ellos, y para Isídoros en particular, el incendio del Parnés, había sido un momento de inflexión; un punto de no retorno, como decimos en cine.

—¿Dónde has dicho que lo has atropellado?

—No he dicho nada.

No me había pasado desapercibido lo vaga que había sido su alusión al atropello. Isídoros hablaba con precisión; ninguno de los posibles vacíos u omisiones en sus relatos eran casuales. Su discurso, espejo de su pensamiento, era como un Lego; un universo de correspondencias lógicas sólidas.

Los hechos, tal y como me los había narrado, se habían producido como sigue: poco antes de la medianoche había decidido coger el coche para darse una vuelta cerca del mar. En algún momento, aquella bestia se le cruzó, no le dio tiempo a frenar y la arrolló.

Metió el perro en el maletero y acudió, cómo no, a mí. Por supuesto, no esperaba ninguna aclaración más. Sabía igual que él que de todo aquel relato lo único seguro era el desenlace, es decir, que tuvo que acudir, cómo no, a mí. No había forma de que me quedara impasible ante un perro atropellado. Hijo único, yo también, desde pequeño había encontrado en la compañía de los perros al hermano o hermana que nunca tuve. Con los años, y a medida que los problemas entre mis padres se acentuaban, mi perro empezó a convertirse en algo más que una compañía, era una especie de familia alternativa. La muerte de Tales, cuando tenía quince, me conmocionó, pero no me frustró. Su sustituto, un revoltoso golden, no tardó en aparecer. Junto a Menas, viví tres años felices hasta que una insuficiencia hepática fulminante se lo llevó para siempre. Sin embargo, con Polinices (Poli, en idioma perruno), un perro lobo mestizo que ocupó tres meses después el sitio de Menas, viví dieciséis años, de los cuales, tres junto a Ioana. Lo perdimos hace apenas dos años, cuando decidí, —decidimos, para ser exacto— aceptar definitivamente el luto. Nuestro embarazo, pocos meses después, dio un final simbólico a mis relaciones perrunas y me metió de lleno en una etapa de mi vida en la que debía confiar más en los bípedos.

Isídoros, una vez más, consideraba mi amor por los perros como la expresión de una sensibilidad exasperantemente selectiva ante los seres no humanos. No le faltaba razón. Con los gatos, por ejemplo, tenía mis reservas, mientras que a otras especies como las ratas, si estuviera en mi mano, las exterminaría todas.

El coche iba dando quiebros por la serpenteante carretera. Habíamos atravesado el primer collado. A nuestras espaldas, la ciudad se había apagado; la oscuridad se hacía más profunda y se extendía. Después de cruzar una gran ladera de bosque de pinos que se había salvado del fuego, hacía varios minutos que avanzábamos en medio de la zona incendiada. A la luz de la luna, los negros troncos sobre las colinas desmatadas parecían la barba rala de un rostro envejecido. Cada ciertos metros, pilas de troncos formaban diques contra los corrimientos de tierra; varios de ellos habían sido arrastrados por los aguaceros y estaban desparramados por la ladera.

Sentía que me encontraba ante un enigma. El gran danés del maletero era la única certeza. Todo lo demás estaba en el aire. Empezando por la vuelta nocturna con el coche cerca del mar. Isídoros creía que los tres grandes montes del Ática formaban un campo de energía unitario e inalterable cuyo centro se encontraba en el Pentélico y que vertía a la cuenca del Ática y de ahí al mar a través de ríos y arroyos. Por tanto, si uno quería concentrar su energía o limpiar su mente, no tenía más que subir a alguno de los montes, preferiblemente al Himeto o al Parnés; el Pentélico estaba ya debilitado, la primera brecha en el equilibrio energético de la región. Ir al mar era un puro despilfarro, una estúpida costumbre de los griegos modernos. «¿A que no te imaginas a los atenienses antiguos despatarrados todo el día en la playa?». En segundo lugar, se había cruzado en su camino un perro al que había herido de muerte porque, se suponía, no le había dado tiempo a frenar. Dudoso también. Isídoros conducía el Toyota Carina de su padre desde muy joven. Se le cruzara un perro o lo que fuera, era imposible que hubiera reaccionado tan tarde. Tercera evidencia: los grandes daneses no son perros callejeros. ¿Quién abandona un gran danés, el apolo de los perros? Por último, hasta la elección de la hora a la que se suponía que había sucedido el accidente —a las doce en punto de la medianoche, para que media hora después pudiera estar llamando a mi puerta— resultaba demasiado planeada, calculada.

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¿Qué tal, cariño?

¿Qué quería decir todo aquello?

La melodía de Para Elisa me sacó de mis pensamientos y me devolvió a la realidad que había dejado detrás de mí. Antes de que me diera tiempo a hacer o decir nada, Isídoros paró en seco en medio de la carretera. Abrí la puerta del copiloto y salté afuera mientras cortaba los trinos de Beethoven acariciando la pantalla del móvil. Aquel frío que pelaba, en combinación con la voz temblorosa de Ioana, me provocaron un escalofrío. Mientras salmodiaba explicaciones mezcladas con excusas —la situación, bastante insólita de por sí, sonaba absolutamente descabellada al contarla, en especial después de todo lo que había pasado hacía poco con Isídoros—, iba pensando en analizar otra evidencia. La colisión con un can de semejantes dimensiones tendría que haber provocado un daño considerable en el morro del coche. Además, el animal estaba ensangrentado, así que también debería haber restos de sangre en el lugar del impacto. Elemental, mi querido Watson. Mientras hablaba por el móvil, había avanzado unos metros por delante del coche. Los faros me cegaban y tuve que hacerme a la derecha, en medio de la carretera. Mientras le aseguraba a Ioana que la aventura nocturna iba a llegar pronto a su fin, empecé a aproximarme al coche, con cuidado de guardar el mismo ángulo con los faros de manera que, no solo no me cegaran, sino que pudiera ver iluminado el morro del coche a su alrededor. A los diez metros más o menos y después de haberme quitado el aparato del oído, Isídoros apagó las luces, dejando el motor encendido. Todo a mi alrededor se volvió oscuridad. Me estremecí. ¿A qué jugaba conmigo? Me fui acercando al coche con la mirada clavada en el asiento del conductor. Nos conocíamos desde niños, y si alguien me hubiera preguntado dos horas antes quién era mi mejor amigo, habría respondido con espontaneidad que Isídoros; aunque no nos habláramos últimamente, aunque entre nosotros se hubiera levantado un muro invisible. Así y todo, en aquel momento, en medio de la noche, con las ruinas del bosque proyectando su sombra sobre nosotros, y mientras que los delgados troncos crujían empujados por el viento, me embargó el temor. No solo al monte y su oscuridad, a lo desconocido que acechaba a nuestro alrededor; le temía a él, a mi amigo. ¿Qué nos había traído hasta allí arriba? ¿Qué le había ocurrido a la pobre criatura que yacía en el maletero? ¿Por qué sucedía todo justo aquella noche en la que pocas horas antes Atenas había echado a arder? Casi había llegado al coche cuando, de repente, como si hubiera adivinado mis pensamientos, las luces cortas se encendieron en el morro del viejo carina. Miré a Isídoros. Su rostro seguía inexpresivo, los ojos en el volante. Los míos se escurrieron sin pensar hacia el morro, que ahora, gracias a las luces de posición, quedaba bien alumbrado. Justo en el centro había un pronunciado socavón. Me acerqué y pasé la mano por la chapa helada. Un líquido oscuro me la pintó. Esta vez, el escalofrío vino acompañado de una fuerte punzada en el estómago. ¿Qué hostias estaba pasando?

Me dejé caer con fuerza en el asiento del copiloto. Isídoros volvió a encender las luces de cruce y fue a meter primera.

—Para —grité, agarrando la palanca de cambios—. Hasta que no aclaremos las cosas no vamos a ningún lado.

Soltó la palanca y volvió a poner la mano en el volante. Resopló.

—No me esperaba que este momento fuera a llegar tan pronto —dijo, y con la mano izquierda empezó a rebuscar en la guantera de su puerta.

Sacó una petaca metálica, desenroscó el tapón, se la llevó a la boca y dio un trago largo. Un olor a ron llenó todo el coche. Tendió la petaca hacia mi lado.

—¿Qué es eso? ¿Desde cuándo bebes?

—Llevo una botella entera detrás. Con eso basta para los dos.

—No te hagas el listo. ¿Qué ha pasado? ¿Qué le has hecho al perro?

Se volvió a llevar la petaca a la boca. La cerró y la devolvió a su sitio en la guantera de la puerta.

—¿Le importa si conduzco mientras seguimos con el interrogatorio, señor agente? Ya sabe usted que conducir me relaja. Y todavía nos queda un rato, ¿verdad?

Así era. Desde que habíamos acordado sin decir una palabra que aquel perro también iba a ser enterrado con honores de perro nuestro, el sitio al que nos dirigíamos estaba claro. Daba cobijo ya en su suelo a cuatro perros: tres míos y el único que había tenido Isídoros, Gandalf. Había muerto más o menos un año después que su padre. Pese a mi insistencia, nunca quiso buscarle un sustituto.

Metió primera, las ruedas del carina chirriaron ligeramente y echamos a andar. Habíamos llegado a un punto en el que la carretera empezaba a empinarse, la luna se perdía por detrás de la cima; nos hundíamos en las cavidades del monte.

—¿Te acuerdas de lo que te dije el año pasado en el entierro de mi madre? Cuando nos quedamos los dos solos en casa, tarde por la noche,.

Asentí con la cabeza. Me acordaba. Que ya era libre. Y que ningún ser humano puede cumplir su propósito en esta vida antes de perder a ambos progenitores. Mientras nuestros padres viven, había dicho, estamos atrapados en su mirada. Somos presos de su amor, con independencia del modo en que este amor se exprese.

Se volvió hacia mí.

—Tú conoces ese sentimiento de libertad, lo conociste primero.

Mis padres habían muerto los dos de cáncer, con una diferencia de un año el uno del otro, dejándome solo con Poli. Lo que había sentido, después de la muerte de mi padre no lo calificaría de liberación, sino de preámbulo al Gran Miedo. Mientras vivían, me sentía invulnerable. Cuando dejaron este mundo, sentí que el siguiente iba a ser yo. Para mí, además, que no tenía a nadie aparte de unas cuantas tías lejanas, el dolor de la pérdida vino acompañado de un fuerte sentimiento de soledad. Como si el mundo se hubiera vaciado de gente. Hasta que entró en mi vida Ioana y todo volvió a iluminarse.

—Tu propósito en esta vida tiene nombre y rostro —dijo como si me leyera la mente—. Dos nombres y dos rostros para ser más exactos.

Al referirse a Ioana y a la pequeña, caí en la cuenta de lo lejos que me encontraba de ellas; de cuánto me había alejado de mi propósito.

—Si lo piensas, toda tu vida no ha sido más que un aprendizaje para aquello en lo que habías de convertirte. Un esposo fiel, un padre entregado.

Sentí la ironía que había en sus palabras. Mi amor a los perros no era más que el síntoma; mi necesidad de compromiso y compañía, la gran enfermedad. No era la primera vez que escuchaba todo aquello, con palabras más duras. Pero si no fuera quien soy, nuestra amistad no habría durado tantos años.

—Aprovecho para disculparme por el otro día. Me excedí.

¿Que se excedió, sin más? ¡Se había portado como un imbécil redomado, era un impresentable se mirara por donde se mirara! A Ioana la había sacado de sus casillas, no quería verlo ni en pintura. Y yo, prácticamente lo mismo. En resumidas cuentas, cuando se suponía que había venido de visita a ver por fin a nuestra niña (¡que ya tenía seis meses!) nos soltó en todas las narices que tener hijos era un acto claramente maquinal, egoísta y que no tenía en cuenta ninguno de los graves problemas de la humanidad. Había prevenido a Ioana de que a lo mejor escuchábamos alguna chaladura de Isídoros, pero para las barbaridades que soltó no estaba preparado ni yo. Siguió diciendo que el planeta ya estaba a rebosar de niños puestos en el mundo por personas que no los querían o que estaban muertas, en la cárcel o lo que sea, así que, si de verdad sentíamos tanta necesidad de criar un niño, no teníamos más que decidirnos por una de aquellas pobres criaturas. Así, aliviaríamos la infelicidad del mundo y no pondríamos una pulga más (tuvo el valor de referirse así a nuestra niña) en la joroba del planeta. Aunque, concluyó, tampoco se puede esperar coherencia ética de todo el mundo…

Habían pasado dos meses desde aquella noche catastrófica. Ninguna de las dos veces que llamó desde entonces lo cogí. Dentro de mí, also se había congelado. Sentía que había cuestionado mis elecciones más esenciales, lo que soy. Nos había ofendido. Nos había humillado. ¿Cómo seguir siendo amigos?

—Y ¿cuál es tu propósito en esta vida? —pregunté, queriendo encarrilar la conversación de nuevo.

Sentía que la respuesta a aquel interrogante, de algún modo, desharía de una vez todos los nudos que se habían acumulado. Sin quitar la vista de la carretera, Isídoros pronunció despacio y con claridad:

—Resolver el enigma.

Pensaba que aquel propósito era el mío aquella noche…

—¿Qué enigma? —murmuré.

—El del suicidio de mi padre. Todo suicida se va del mundo dejando una maldición y un deseo.

La conversación engendraba nuevos enigmas en lugar de resolverlos. Siguió el silencio. Tras unos pesados segundos, prosiguió:

—El resto de tu existencia estás condenado a preguntarte por qué la persona a la que querías le puso fin a su vida. Por qué no fuiste suficiente motivo para que no lo hiciera.

Hacía dieciocho años de la muerte de su padre y era la primera vez que Isídoros me hablaba de aquello. ¿Por qué ahora? ¿Por qué aquella noche?

—¿Y el deseo?

—Tener la suerte de que haya una respuesta. Si la hay, tarde o temprano la encuentras. Y cuando la encuentres, el propio acto cambia de signo. Su resultado deja de ser de signo negativo…

Sabía que tenía que llegar aquel momento. El momento en que él hablara y yo no entendiera nada. Pero aquella vez no pensaba callarme.

—¿Entonces? ¿Cuál es la respuesta que has encontrado a tu enigma? ¿Otro enigma? ¿El truco de la Pitia?

—No te precipites.

Levanté la voz:

—Son las dos de la madrugada, llevamos más de una hora metidos en el coche por un bosque quemado, con un gran danés muerto en el maletero y todavía no has dicho ni una palabra que tenga sentido. ¡Pues claro que me precipito!

Isídoros suspiró. Con la mano izquierda volvió a coger la petaca, desenroscó el tapón y se la llevó a la boca.

—¿Seguro que no quieres? —dijo ofreciéndomela.

Se la quité de un tirón. Di un trago largo.

—Di.

Redujo marcha. Por primera vez desde hacía un buen rato nos cruzamos con otro coche.

Nos echamos las largas a modo de saludo.

—Las historias descubren su sentido solo al narrarlas en un orden concreto. En mi historia, todo empieza con la muerte de mi padre. De la cual estoy seguro de que fue deliberada.

Aquello era la primera vez que me lo decía con tanta certeza. En vida de su madre, siempre habían alimentado la versión del accidente. Era lo más apropiado socialmente, y lo más fácil de gestionar desde un punto de vista emocional.

—Y ¿por qué no dejó ninguna nota, algo que demostrara que no fue un accidente? ¿Le daba igual?

—A lo mejor no la dejó precisamente porque no le daba igual. Las notas de suicidio, como todas las respuestas fáciles, te alejan del misterio, no te ayudan a resolverlo. Son como poner la respuesta en el lugar de la pregunta.

Di otro trago al ron. La petaca se había quedado en mi mano. Seguía sin entender.

—Como sabes, mi padre se había metido en un callejón sin salida. La tienda no era el problema. El problema lo llevaba dentro. Era adicto al juego. Cada paso que daba le conducía a la destrucción. Íbamos a perder la tienda, íbamos a tener que vender la casa, mi madre, que ya estaba delicada de salud, quedaría hecha polvo, y yo, quién sabe cómo podía acabar yo…

Ahora le tocaba a él quitarme la petaca de la mano y dar un trago. Me aproveché de la pausa para mirar el móvil. Por suerte, no había cobertura en el punto en el que nos encontrábamos.

—¿Te acuerdas de la película aquella que me llevaste a ver hace unos años? La historia solo se entendía si veías las escenas en el orden inverso. Del presente al pasado.

¿Memento?

—Sí. Memento.

—Recordatorio.

—Exacto. Recordatorio. Así es como queda resuelto mi enigma. Proyectando la película de mi vida en orden inverso. Desde hoy hasta el momento del suicidio de mi padre. Me di cuenta de que lo que a los ojos de los demás parecía un final era en realidad un nuevo comienzo.

—¿Y?

—Pues que si ves las cosas desde esa óptica, si juzgas el acto, no teniendo en cuenta estereotipos sociales y opiniones arraigadas, sino las consecuencias que tuvo en nuestras vidas, su sentido cambia.

Su voz, que antes era clara y firme, sonó rota en aquel momento.

—Se descubre como lo que fue: un acto de sacrificio. Un sacrificio en el sentido religioso, primitivo, del término. Solo que quien oficia, el sacrificador, es al mismo tiempo lo sacrificado, la ofrenda a los dioses.

Escogía sus palabras escrupulosamente, parecía como si lo tuviera ensayado. Frases sólidas, una detrás de otra.

—¿Lo que sostienes, entonces, es que todo fue premeditado? ¿Que sabía que, poniendo fin a su vida, iba a liberar, no sé cómo decirlo, toda esa energía positiva?

—No puedo estar seguro. Pero te hago una pregunta: ¿qué define el significado de un acto? —se volvió y me miró como esperando contestación. Me encogí de hombros—. Las respuestas no son infinitas. En realidad, solo hay tres. O lo define quien lo realiza o lo definen los destinatarios del acto, es decir, los demás, o lo definen los resultados del acto, el efecto que este tiene en la realidad.

¿Era como él decía? No estaba seguro. Otra persona lo habría formulado de manera distinta. Mi fe en las palabras seguía siendo reducida. Una trama de ideas imprecisas que vamos urdiendo a nuestro alrededor con los años. Sin embargo, para Isídoros, las palabras eran una moneda estable.

—La filosofía no es mi fuerte —dije—. Pero me puedo imaginar un montón de combinaciones más. ¿Qué es la realidad, no es justamente lo que la mayoría acuerda que sucede?

Titubeó un momento. No más de dos segundos.

—Todo acto trae consigo una carga. Incluso cuando no se trata de un acto consciente.

Me imaginé los actos como pequeños Sísifos, cada uno de ellos cargando con su propio sentido, una especie de piedrecita redonda. Poco antes de llegar a la cima, poco antes de entregarnos a nosotros, los humanos, su preciada carga, tropezaban, el significado caía rodando hasta el principio de la pendiente. Y vuelta a empezar.

—Por otra parte —prosiguió Isídoros—, si quien actúa posee él mismo el significado de sus actos, los dota desde un principio de una energía múltiple y el efecto que estos tienen en la realidad funciona de modo multiplicador. En casos así, se puede hablar hasta de milagros.

Nuestro aliento había empañado los cristales, no veía más que el haz de luz que proyectaban los faros sobre la calzada. El fragmento de realidad que nos mantenía con vida.

—Aquí viene al caso el lugar común que le debemos a la teoría del caos sobre el aleteo de la mariposa en Japón que puede desatar un tifón en Estados Unidos. Solo que en mi ejemplo ayudaría más imaginar una mariposa que decide conscientemente colarse en un reactor nuclear.

Me costaba entender a qué o quién beneficiaría otro accidente nuclear, independientemente de lo que creyera la mariposa de Isídoros. No me resultaba clara la relación entre aquellos pensamientos oscuros sobre el sacrificio y la situación en la que nos encontrábamos. Pero cuando traje a la mente la imagen del gran danés lleno de sangre, el estómago, que con el paso del tiempo había demostrado ser un indicador más sensible que la cabeza, se me empezó a revolver de nuevo, los nudos que había en mi interior a apretarse. Había algo aciago en aquellas palabras, el fantasma de una amenaza.

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—¿Y el perro? —dije, tratando de pillarlo por sorpresa—. ¿Por qué lo has atropellado?

Sonrió con amargura.

—Lo único que te importa es el perro, ¿eh?

—No es verdad.

—Eres capaz hasta de hacer campaña por la salvación de los seres vivos, con tal de que tengan hocicos simpáticos y vayan a por la pelota.

—Sabes perfectamente que estás simplificando las cosas.

—El ingenio y la destreza del mirlo o de la termita o de una simple tortuga de tierra no te causan compasión ninguna. Porque no tienen nada que ver contigo. Y no tienen nada que ver contigo porque no se te parecen.

—Joder, Isídoros, ¡que no es momento!

Golpeó el volante con las manos para subrayar sus palabras:

—Ahora es el momento. Justo ahora.

Pero si ya lo habíamos hablado. Lo habíamos hablado mil veces. No soy capaz de sentir pena por las hormigas que piso ni por los microbios que respiro ni pienso denunciar como genocio la fumigación masiva de los mosquitos. Eso no significa que no me importe ningún otro ser.

—Me importa, Isídoros. Si no me importara, no estaría a estas horas aquí arriba, contigo.

—Los perros para ti son una idea.

—No. Esa es la diferencia entre nosotros dos. La idea de perro me es indiferente. Pero el perro concreto, ese que por una u otra razón se ha cruzado en mi camino, ese sí que me importa.

Volvió a hacerse el silencio. Hacía unos minutos que una lluvia fina acompañada de ráfagas de viento salpicaba los cristales, la luna había desaparecido detrás de las nubes, el paisaje a nuestro alrededor, hasta donde podía ver, se había oscurecido. Pero era otra cosa lo que yo quería decir. Algo se me estaba quedando en el tintero en aquella conversación. El problema no eran ni el perro ni el gato ni las ratas. No tenía que ver con los derechos o las cualidades que reconocía en las distintas formas de vida. Esa discusión me la conocía ya. Después de tantos años con Isídoros y sus amigos, estaba acostumbrado. Sabía que desembocaba con precisión matemática en si las coles y los rábanos sentían dolor cuando los cortaban. Si tenían sentimientos o memoria. Pero no era aquello…

—A lo mejor —añadí—, nuestras diferencias son más grandes. A lo mejor son una cuestión de fe. A lo mejor es que no creo tanto como tú en la vida —titubeé—. Respeto la vida, pero para mí no es sagrada. No daría mi vida por la vida.

¿Por la vida de nadie? Algo me aguijoneaba por dentro, una especie de avispa de la que me hubiera olvidado. ¿Ni por Ioana? ¿Ni por la niña? ¿Acaso era mi vida lo más preciado que tenía en el mundo?

Isídoros, que a veces me daba la impresión de que podía seguir la cadena secreta de mis pensamientos, sonrió ampliamente. En aquella sonrisa pude distinguir una mezcla de amargura y satisfacción. Me había dejado conducir hasta donde él quería. Había reconocido lo que me pedía, aquello que resaltaba la distancia entre los dos. Ahora esperaba que en cualquier momento dijera las palabras para las que llevaba preparándose toda la noche; las frases que resumirían mi existencia. Tu vida, amigo mío… Tu insignificante vidilla vale lo mismo que la de una tortuga de tierra, ni más ni menos. ¿Qué vale una vida si no hay nada en el mundo por lo que sacrificarla?

Redujo marcha, empezamos a subir otra vez. Hacía dos años que no iba al refugio, desde que nos despedimos de Poli; no deberían de haber cambiado muchas cosas. Quedaba poco para llegar.

Cuando por fin habló, su voz no tenía nada de lapidario ni amenazante. Tampoco respondía a todas las palabras altisonantes que había soltado yo. En un tono más bajo, tenía ahora la ronquera de la confesión:

—Pensaba que podía tener una vida tranquila y provechosa viviendo alejado de todo lo que me causaba desasosiego. Viviendo dentro de pequeños mundos. Construyendo, por decirlo de algún modo, pequeños mundos a mi gusto. Vidas-bonsái. Ese era el sentido de montar el vivero. Ese era el sentido de mi amor por el monte. Pensaba: si todo el mundo se consagra a algo bueno, si todos hacemos algo útil y hermoso a pequeña escala, toda esa energía positiva, junta, puede cambiar el mundo. O por lo menos, hacerlo más soportable.

Hablaba con calma, pero no paraba de golpear nerviosamente la palanca de cambios con la mano derecha.

—Habíamos formado grupos con ingenieros agrónomos y plantábamos especies desconocidas para este bosque, en puntos inaccesibles. Sabíamos que iban a tener un efecto positivo en el resto del ecosistema. Plantas aromáticas que en grandes concentraciones pueden impedir el desarrollo de enfermedades que afectan a los abetos y los sauces. Las abejas, que en una dispersión adecuada pueden multiplicar la riqueza de floración del bosque en pocos años. En dos décadas, con el esfuerzo de mucha gente, el Parnés se había convertido en un experimento bioquímico gigantesco, un ejemplo admirable de lo que podía resultar de la perfecta armonía entre ser humano y naturaleza.

Señalaba afuera, a la negrura del bosque de abetos quemado, como si todas las cosas de las que hablaba estuvieran delante de nuestros ojos justo en aquel momento.

—En esta zona, vivían más animales, insectos y plantas por kilómetro cuadrado que en cualquier otro bosque de Europa. Solo en el Parnés había más especies vegetales que en toda la península escandinava. Cien de ellas eran endémicas, no existían en ninguna otra parte del mundo. Treinta especies de mamíferos, martas, chacales, ardillas, zorros, y ciento veinte especies de aves. Más de quinientos ciervos rojos vivían y se reproducían a unos pocos kilómetros de la ciudad; y la mayoría de los atenienses no tenían ni idea.

Se volvió hacia mí. Se le habían puesto los ojos rojos.

—No tenían ni idea, lo cual no quiere decir que no lo sintieran. Porque así es como funciona el bien, Ilías. Emite pequeñas ondas imperceptibles, vibraciones de dulzura y compasión. ¿Te has parado alguna vez cerca de un abeto? Simplemente estar quieto y en silencio cerca de un abeto mientras que el sol cae por detrás del monte.

Cerró los ojos unos segundos como si volviera a vivir aquel momento. Me dio miedo de que se fuera a quedar dormido al volante. Los abrió y siguió con voz fúnebre, pero clara.

—Hasta que se produjo el incendio y entendí algo que ya sabía, pero que me negaba a aceptar. Que la fuerza del mal es ilimitadamente superior a la del bien. Bastaba la mecha encendida de un psicópata para echar por tierra años de esfuerzos; bastaba el descuido de un agricultor para destruir incontables actos buenos de miles de personas. Por lo que respecta a los árboles, las plantas y los animales que se perdieron esos días, todavía no he conseguido sacarme de la cabeza sus alaridos.

Traté de imaginar cómo podía sonar el grito de unos organismos tan heteróclitos al morir. El clamor limpio.

—¿Qué pensabas, que todo lo que ha venido después no tiene nada que ver con el desastre precedente? ¿Te creías que acontecimientos de semejante magnitud, que sacuden un ecosistema entero desde los cimientos, no iban a afectar al alma de las personas? ¿Y más todavía al alma de los niños y de la gente joven?

Nunca había pensado que hubiera relación entre una cosa y otra. Ciertamente, se habían producido protestas y expresiones de duelo después del gran incendio, mucha gente había quedado afectada, queriendo reaccionar. Fue mucho lo que se escribió, más aún lo que se dijo. Pero sobre el alma de las personas, no sé. La palabra alma siempre me había producido cierta incomodidad.

Lo miré. Sus ojos seguían absortos en la carretera.

—Ηemos depositado en la ciencia la responsabilidad de interpretar nuestro mundo. Hemos vendido nuestro derecho a juzgar con el corazón. Nuestra verdad es ahora competencia de unos cuantos laboratorios; la han puesto bajo el microscopio, la han troceado y nos la sirven en pequeñas dosis. Pero ninguna de esas pequeñas verdades hace más comprensible nuestro mundo.

Quizá nos la sirvan en pequeñas dosis porque no existe una verdad al completo. El precio a pagar, en efecto, es un mundo frío, extraño. Pero el beneficio, amigo mío, es concreto, medible.

—Y aun así —seguía él—, por dentro, en el fondo de nuestra alma, el material del que estamos hechos sigue inmutable. El primitivo sobrevive dentro del civilizado de la misma manera que el niño sobrevive dentro del adulto. En los momentos decisivos, sale a la superficie para reclamar su parte de verdad. Y le duele cuando el bosque se quema al lado de su casa. Igual que le duele al niño que llevamos dentro cuando ve el animal masacrado en la carnicería o el cadáver atropellado en el arcén de la autopista; abandonado, profanado. Solo que ese dolor, ese grito, no sale a la superficie por la vía habitual, por la boca. Hace falta un grado de concienciación y sensibilidad muy alto para arrastrarlo desde las profundidades de la mente hasta la lengua y hacerlo palabras y lágrimas. Más fácil es que se vuelva puñetazo o patada en la cara del otro.

¿Estaba de acuerdo con todo lo que oía? Seguramente no. Al día siguiente, cuando lo pensara todo con más calma, me sonaría impreciso, no vería más que obsesiones de gente que no está en sus cabales. Entonces, ¿por qué me había emocionado?

—Aquel mes de julio —continuó—, mucha gente joven se reunió en la plaza del parlamento para velar por el Parnés. Estaban todos de duelo. Y con ellos, había bastantes mayores que también eran conscientes del desastre que se nos había venido encima. Pero la mayoría de los atenienses simplemente apretaron los dientes y se guardaron la ira para sí mismos. Sabían que pese a todo lo que les decían día a día por la tele, sobre el gran infortunio y sobre la fuerza del viento, la verdad era que los habían engañado. Los mayores les estaban privando de su mundo. Pedazo a pedazo. Aquello que les pertenecía por derecho a ellos, a las generaciones futuras. Lo que vino después fue la estela de aquel hundimiento. Las lágrimas que no se derramaron entonces se derraman más tarde en forma de sangre, por otros motivos.

Hizo una breve pausa, como si vacilara.

—Los incendios de hoy en Atenas eran algo que llevaba tiempo esperando. Una señal…

De pronto, aquella última frase destelló en mi interior como una supernova. O sea, ¿que aquel algo que nos había llevado allí arriba aquella noche estaba relacionado con lo que había sucedido hacía unas horas? Habían pasado casi cinco años del incendio del Parnés. Entre tanto, el centro de la ciudad había sido destrozado una y otra vez, sangre joven había bañado las aceras, la ira se encendía y se apagaba por temporadas. ¿Por qué aquella noche? ¿Por qué no había llegado antes la «señal»? ¿No sería que la tardanza en la reacción tenía que ver con la pérdida de su madre un año antes, momento en el que se sintió libre por fin para «cumplir su propósito»? Por otra parte, en Atenas ya se habían producido destrozos en los años anteriores, pero la ciudad nunca se había visto envuelta en llamas con la intensidad y la extensión de aquella noche. La analogía —para quienes van buscando analogías— era evidente.

Al tomar la última curva, las débiles luces del refugio aparecieron tras los abetos. Por suerte, la zona había salido indemne del incendio.

Salimos al llano y nos acercamos a la gran construcción. Había otro coche aparcado a la puerta. Paramos junto a él.

¿Y el gran danés? ¿Qué tenía que ver con todo aquello?

—¿Por qué no lo hacemos ya? —pregunté en cuanto apagó el motor—. La tierra está blanda, vamos a acabar en un momento.

—Vamos adentro primero —dijo él y abrió la puerta del conductor.

Dejamos el coche a nuestras espaldas y avanzamos hacia la entrada. Me debería haber extrañado la mochila que llevaba al hombro, pero Isídoros acostumbraba a llevar cosas consigo, hasta en los momentos más insospechados. Como si estuviera siempre listo para el reclutamiento.

Miré el teléfono, tenía tres notificaciones de llamadas perdidas, todas de Ioana. Le hice una señal de que me iba a quedar fuera hablando y lo dejé adelantarse. Hacía un frío que pelaba. Chispeaba y había una fina niebla. El monte se extendía a mi alrededor, inaccesible, oscuro. El mundo del pasado, pensé. El mundo del animal. Todas las emociones profundas provienen de él, pero la mayoría de nosotros no dudaríamos en sacrificarlas con tal de poder arrancarlo de nuestro interior.

Dejé que el teléfono diera tres tonos y luego colgué. Seguramente se hubiera vuelto a quedar dormida, agotada como debía de estar de dar el pecho. Mejor. No habría sido capaz de transmitirle nada aparte de intranquilidad. Escribí un mensaje corriendo y lo mandé. «Estoy bien. No tardo». Apagué el móvil y entré en el refugio.

Isídoros estaba en cuclillas delante de la chimenea mirando la lumbre medio apagada. Un poco más allá, había soltado la mochila, delante de él, había dejado la botella de ron y dos vasos medio llenos. En cuanto entré, cogió uno. Me senté a su lado. Habíamos dicho muchas cosas aquella noche. Más de las que creíamos. Entre ellas, confesiones e insinuaciones sobre cosas que habían pasado y que iban a pasar. Su vida y la mía, sin que nos diéramos cuenta del todo, habían tomado caminos separados. Nos quedaba, con desencanto e incomodidad, mirar el hueco que se abría entre los dos. Y aun así… Lo único que sentía por aquella persona era ternura. Amor y ternura. Miraba su pelo fuerte y ondulado y sus rasgos duros y veía en ellos al muchacho que conocí hacía muchos años. Los niños que un día fuimos estaban allí sentados, junto al fuego, delante de una llama a punto de apagarse. Aunque su calor seguía coloreándonos las mejillas.

—Bueno —dijo Isídoros levantando el vaso—. Por los milagros…

¿Por los milagros? Qué rara sonaba, allí, en medio del monte, bebiendo ron negro junto a una lumbre a punto de apagarse, aquella palabra tan antigua.

Alcé el vaso bien alto y brindé con él.

—Por los milagros —repetí.

La oscura bebida me quemó primero la garganta y luego el estómago. Isídoros empujó hacia mí un paquete de galletas saladas; me llevé una a la boca y la mastiqué mecánicamente, me supo a corcho. Me puse de costado y apoyé la cabeza en el codo. Los párpados me pesaban. La lumbre crujía, los ruidos que hacía me resultaban complejos, pero en cierto modo coordinados, como si escuchara tocar a toda una orquesta. Había sido una tarde extraña y lo que había seguido había sido una noche aún más extraña. «El Aticón se ha quemado», murmuré probando la verosimilitud de la frase por la comisura de los labios. «El Ática se ha quemado», se escuchó como respuesta en mi interior.

La lengua estaba del lado de Isídoros.

«No lo hagas, amigo», dije y justo después pensé que no estaba seguro de si de verdad había pronunciado aquellas palabras o simplemente las había murmurado para mis adentros. Sentía que los miembros se me entumecían y todo a mi alrededor se convertía en un mar denso y cálido que me iba absorbiendo. Delante de mí apareció la imagen de Liam Neeson. Con una cicatriz en la mejilla y los ojos claros, como los de los lobos. Sus compañeros habían desaparecido uno tras otro. Solo, rodeado, se prepara para dar la última batalla, la batalla que se da no para ganar, sino porque la lucha por la vida o la muerte es el único combate noble. Mira a los ojos al lobo negro, el más grande de todos, el jefe de la manada. Y se abalanza sobre él. Oscuridad.

Cuando abrí los ojos, los rayos del sol entraban por la ventana. Hice por levantarme, pero un dolor agudo me volvió a tirar al suelo. Sentí como si mi cerebro chocara con violencia contra las paredes del cráneo. Me puse en pie con dificultad, me arrastré hasta la pequeña cocina y bebí un par de vasos de agua. Empecé a volver en mí. Faltaban Isídoros y su mochila. Miré encima de la mesa, donde todavía se encontraban nuestros vasos y la botella de ron medio vacía, por si hubiera dejado alguna nota. Nada. Por el contrario, encima de mi móvil vi las llaves del carina. Las agarré y salí afuera.

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El coche seguía donde lo habíamos dejado. Isídoros, por el contrario, no estaba por ninguna parte. El sol de la mañana iluminaba el bosque de abetos, el mundo parecía nuevo flamante. Los rayos de luz atravesaban el follaje y dibujaban temblorosos motivos en las laderas del monte. Me metí en el coche y arranqué. Si andaba por allí cerca, sabía bien dónde encontrarlo.

Conduje unos doscientos metros por la pequeña meseta que iba del refugio hasta una suave ladera. El terreno estaba húmedo y las ruedas resbalaban a cada tanto, pero la fina capa de musgo impedía que se atascaran en el barro. Paré al final, poco antes de que empezara la pendiente, y me bajé. Atravesé varios arbolados de abetos, unos cien metros de denso bosque. Poco después salí a un pequeño claro. En medio de él, había plantadas cuatro grandes piedras, de distinto tamaño cada una. Era nuestro pequeño cementerio de perros. Lo había inaugurado con mi padre hacía diecinueve años y pensaba que me había despedido de él definitivamente hacía dos, con Ioana. La piedra más grande era la de Poli, y seguía, con poca diferencia, la de Gandalf. Debajo de la más menuda, estaba el pobre Menas, quien nos había dejado antes de tiempo. En letras pequeñas que solo podía leer quien lo sabía, estaban grabadas en las piedras los nombres de los perros y la fecha de su muerte. Las cuatro juntas formaban un cuadrado de unos tres metros de lado. En la esquina superior derecha del cuadrado desde donde yo miraba, estaba la piedra de Tales; seguía habiendo bastante distancia entre ella y el árbol más cercano. Habían pasado casi veinte años, no debía de quedar mucho del otrora robusto animal. Allí era donde íbamos a cavar. Me acerqué, rayé la tierra con los dedos: estaba blanda como la mantequilla, a los dos juntos no nos iba a resultar un trabajo demasiado difícil. Bastaba con que Isídoros se hubiera acordado de echar una pala al coche. ¿Adónde habría ido? Porque, incluso abriendo yo solo la fosa, cosa de por sí bastante trabajosa ya que debía tener como mínimo metro y medio de profundidad, me iba a ser imposible cargar con el enorme animal.

Seguí la vereda y volví a salir al espacio abierto, esperando ver a Isídoros acercándose después de un paseo matutino por las colinas cercanas. No había un alma. Me acercaba al coche cuando un ruido extraño llegó a mis oídos, algo que sonaba como el llanto de un perro. Miré a mi alrededor, no se veía nada, humano o animal.

El único coche que había aparcado a la puerta del refugio la noche anterior seguía en su sitio. Entonces, se escuchó un ruido sordo, y al momento otro más, venían del lado del carina. Me acerqué con cautela, como si el coche que conocía de toda la vida se hubiera convertido de pronto en un ser indescifrable cuyas reacciones no podía prever. Se escuchó otro quejido, pero esta vez no había duda del lugar del que provenía. El corazón me empezó a latir con tanta fuerza que pensaba que me quedaba en el sitio. Metí la llave en la cerradura del maletero, la giré y pulsé el botón para que se abriera. Mientras la puerta salía disparada hacia arriba, me coloqué de un brinco a unos dos metros de distancia. Apoyando un par de patas pesadas en el borde del maletero, el gran danés se escurrió afuera del coche con dificultad, emitiendo un chirrido que encerraba queja y alegría al mismo tiempo. Dio unos cuantos pasos inseguros, como si aún no fuera capaz de encontrar el equilibrio y luego empezó a trotar de forma torpe hacia el otro extremo de la pequeña meseta. Aquellas enormes patas no lograban coordinarse, cada ciertos metros una de ellas se vencía haciéndole perder el equilibrio. Era el perro más grande que había visto en mi vida. La imagen de aquel ser inmenso y al mismo tiempo esbelto corriendo a ritmo pausado por medio de la naturaleza, mientras parecía ir recuperando la armonía y la gracia de sus movimientos tras tantas horas de inconsciencia, poseía una belleza de ensueño. El sol partía en dos la meseta; en su correr, el perro iba pasando de la parte en sombra a la parte al sol, como si jugara. Y después de trazar varias vueltas elípticas, rompió en un último galope y paró agotado delante de mí, azotando el aire con la cola, la gruesa lengua colgando por un lado de la boca, lloriqueando. De vez en cuando, olía el suelo, daba un par de vueltas pequeñas sobre sí mismo y se volvía a quedar parado frente a mí, dando unos gemidos no muy acordes a su tamaño. Tenía hambre. Me acerqué al maletero abierto y miré en su interior. Estaba completamente vacío. Abrí el coche y miré a los pies de los asientos de atrás. En efecto, alguien había imaginado que podía llegar aquel momento y había dejado allí un par de latas grandes de comida para perros.

Las abrí y las coloqué delante de él. La emoción seguía apoderándose de mí por oleadas ante la imagen de aquel perro hambriento que estaba disfrutando con toda su alma de la comida que le ofrecía.

El hecho de que se tratara de aquel perro en concreto, distinguido ejemplar de su especie, hacía más intenso el sentimiento. Me fijé con atención alrededor de la cabeza y el cuello, en busca de algo que indicara un golpe o una herida, pero no pude distinguir nada serio en el cuerpo del admirable animal. Por el contrario, a la luz del día las manchas rojas que había visto en el pelaje blanco moteado de negro habían desteñido y daban mucha menor impresión de ser sangre de lo que la noche anterior. Por más sorprendido, confuso, asustado, que me encontrara, el hecho de que el perro estuviera vivo me llenaba de alegría, como si lo hubiera salvado yo mismo de las garras de la muerte.

Me volví a acordar de Isídoros. Saqué el móvil, lo encendí y llamé a su número. No tenía cobertura. O estaba apagado. Esperé a que el perro se terminara la comida, me subí de nuevo al cohe y volví al refugio. El gran danés me seguía corriendo a derecha e izquierda.

Entré con la esperanza de encontrarlo en la amplia sala o, al menos, de encontrar alguna señal de su presencia. No había cambiado nada desde el momento en que me desperté. Metí la botella de ron en una bolsa, puse un poco de orden y me bebí otro vaso de agua helada. No sabía qué hacer. ¿Llamar pidiendo ayuda? Isídoros no me perdonaría nunca la humillación. Que lo buscaran en su propia montaña. Pero ¿y si le había pasado algo? ¿Cuánto debía esperar antes de actuar? Quizá lo mejor fuera ir al puesto de bomberos más cercano y comentarlo con ellos. Seguramente lo conocieran y puede que me tranquilizaran. Aunque ellos no sabían lo que había pasado la noche anterior, así que quitarle importancia quizá no fuera lo que más falta nos hacía. ¡Maldito Isídoros!

Salí con paso decidido, solté la botella en el coche y busqué al perro con la mirada. No lo encontré. Di un par de pasos en dirección a la meseta para tener visión de toda su amplitud. El perro no estaba por ninguna parte. Entonces, de mi derecha, desde la ladera en pendiente, llegó a mis oídos un hondo ladrido, luego otro más. Justo después, vi al gran danés acercándose, haciendo pequeñas paradas a cada tanto para mirar a sus espaldas. Corrí hacia el perro y fue entonces cuando distinguí a Isídoros asomando entre los abetos con paso lento y cansado. Traía la ropa sucia, como si hubiera estado arrastrándose por el suelo; el abrigo se le había desgarrado por varios sitios, la mochila había desaparecido y en el espeso pelo llevaba enganchadas hojas y espinas. Pero lo peor era la cara: era como si en pocas horas hubieran pasado por él diez años; parecía agotado, envejecido antes de tiempo. Entornó los ojos al salir de golpe a la luz —a saber si habría dormido algo en toda la noche—, dos rendijas oscuras en medio de una máscara.

Pasó a mi lado sin mirarme y se dirigió al coche. Hizo una pausa junto al carina. El gran danés dibujó una gran elipse a zancadas amplias y se detuvo a su lado. Extendió la mano y la pasó con suavidad por la cabeza del perro, como un abuelo que acaricia al travieso de su nieto. Abrió la puerta del copiloto, se sentó y cerró de nuevo. Fui hacia el coche yo también, abrí y le silbé al gran danés. Como si lleváramos una vida entera juntos, dio un brinco y se acomodó en el asiento de atrás, cubriéndolo entero con su enorme cuerpo. Me senté al volante, arranqué y salimos cuesta abajo. Lo que sea que hubiera sucedido aquella noche, no era momento de hablarlo.

Había amanecido del todo, pero el sol seguía oculto tras las espesas nubes. A la luz del día, veía ahora con claridad las dimensiones de la catástrofe que había dejado tras de sí el incendio. Aunque también distinguía la vegetación que había empezado a brotar entre las cenizas. Quizá el viejo bosque no volviera nunca a ser el mismo, pero parecía que la vida empezaba a encontrar su camino; más allá de las que pudieran ser nuestras expectativas y superándolas.

Mientras bajábamos el monte, el Ática se nos apareció enfrente como envuelta en un velo blanco; el aguanieve rociaba el parabrisas. A mi lado, Isídoros iba con los ojos cerrados. Puede que durmiera, puede que estuviera pensando o, simplemente, puede que evitara conversar. Tenía el rostro inmóvil, como petrificado, difícilmente se podía decir que respirara.

Le di un ligero codazo al llegar a la puerta de mi casa.

—Yo me quedo aquí, amigo —dije e hice ademán de bajarme. Abrió los ojos y me miró—. ¿Estás bien? —añadí.

Asintió con la cabeza. Se apeó, le dio la vuelta al coche y se sentó en el asiento del conductor. En el asiento de atrás, el gran danés abrió por un segundo uno de sus ojos y al momento lo cerró abandonándose a su sueño perruno. Con todo lo que había sucedido, no podía sino entender aquel guiño como un signo de complicidad masculina. El gran danés y yo teníamos un pasado en común ya, habíamos compartido una mañana tan extraña como única.

Hace ya seis meses de aquella noche de febrero. Le escribí un mensaje, pero no recibí respuesta. Decidí no insistir. Puede que nuestros caminos se vuelvan a cruzar más adelante. Esas cosas no se fuerzan. Aun así, muy de cuando en cuando, las veces que vuelvo solo de Calicea, doy un rodeo con el coche y cojo la calle que pasa por delante del vivero. La cantidad de plantas en exposición ha disminuido, al igual que la clientela, imagino. Alguna vez lo veo. Se ha dejado barba y parece más delgado todavía. Un día, hará un mes, tuve un encuentro inesperado. Vi a nuestro gran danés paseándose orgulloso por la plaza del barrio de Nea Smirni. Sus dimensiones, en medio de la civilización, me parecieron todavía más imponentes que en el monte. Detrás de él, iba sujetándolo de una gruesa correa una muchacha menuda que vestía pantalón de chándal gris y zapatillas de deporte naranjas. Debía de ser la hora del paseo vespertino. Aparqué en doble fila de cualquier manera y salí corriendo hacia ella. El perro, aunque era imposible que me reconociera, se me acercó moviendo la cola, que casi rozaba la cara de la chica.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

Clavó su mirada sonriente en mí. Con semejante perro, estaría acostumbrada a que se le acercaran muchos listillos.

—Se llama Ben.

Su voz sonaba melódica y alegre.

—¿Ben? —dije, pero la voz se me quebró, como si me estuviera ahogando.

La miré extrañado. Me resultaba imposible calcular su edad. Podría tener de veinticinco a treintaicinco.

—¿Ben? —repetí con voz profunda—. ¿De qué viene? ¿De Benjamin?

—Ben a secas —dijo y de pronto me miró con cara de sorpresa, como sopesándome—. Eres la segunda persona que me lo pregunta.

Preferí no preguntar quién había sido la primera.

—Buen perro —dije y me fui hacia el coche—. Llévatelo al monte alguna vez —grité—. Les gusta mucho.

Algunas noches en las que no puedo pegar ojo, me dejo atrapar por la agonía de la oscuridad e intento meterme en su piel, entender lo que pudo ver y sentir aquella noche. Fuera lo que fuera, estoy seguro de que el mejor momento para acercarse a ello es poco antes de caer dormido. Me imagino a mí mismo, completamente solo, en medio del espeso bosque, en pleno febrero, arrastrándome sobre las hojas húmedas. A mi alrededor, la oscuridad es tan oscura que por más que el ojo se acostumbre a ella no distingo más que siluetas y sombras. El mundo llega a mí a través del resto de sentidos, el olfato, el oído, el tacto. Las ramas me arañan las mejillas, me sangran los codos de gatear por el suelo rocoso. Siento cómo la humedad me penetra, cómo se me congelan los miembros: tengo que moverme, mantenerme caliente. Se oye el graznido de un ave nocturna, algo se arrastra a pocos metros de mí. Sigue un pequeño alboroto, un reptar brusco y otra vez silencio. Dos ojos amarillos se clavan en mí en medio de la oscuridad, dos metros, veinte, me es imposible calcular la distancia. Algo salvaje está pasando aquí, algo que no cabe dentro de mí y dentro de lo cual no quepo. Quizá haya sido el fin de alguna persecución.

Abro los ojos. No soy capaz de ver qué pasa después. En algún momento, mientras pienso precisamente en mi debilidad, me vence el sueño.

¿Qué habría pasado? Puede que no me entere nunca. Puede que no lo sepa ni él.

Cuando le conté en detalle lo sucedido a Ioana, se pasó dos días sin hablarme. Al tercero vino y me dio su versión. Isídoros quería ponerle fin a su vida, repetir el acto de su padre. Los hijos de los suicidas, dicen las estadísticas, tienen muchas probabilidades de suicidarse. Solo que cuando se vio las caras con el Gran Miedo («la realidad desnuda», fueron sus palabras), se echó para atrás. Despertó del delirio de grandeza y vio las cosas tal y como eran en realidad. Quizá, añadió Ioana, la aventura le fuera de provecho.

—¿Y el gran danés? —pregunté—. ¿Cómo es posible que un perro esté muerto a medianoche y como una rosa por la mañana?

—¿Y cómo sabes que estaba muerto? ¿Lo examinaste acaso?

—Lo vi.

—Vale, aquí termina la discusión para mí. Lo que te diga tu sentido común.

¿Qué me decía mi sentido común? No lo sé. Pero fuera lo que fuera aquello que había experimentado Isídoros, fuera lo que fuera aquello que había sucedido, no nos había dejado intactos. Algo en mi interior se mueve sin parar desde entonces, busca su sitio. Ya he dejado de preguntarme. Cuando me paro a mirarlas, a Ioana con la niña en brazos, enchufada al «cargador», ojos cerrados y dedos exprimiendo la carne del pecho, sus respiraciones acompasadas, sé que estoy justo donde tengo que estar; sé que para mí este es el lugar correcto. Alguna vez me dejo llevar, me embeleso, siento esa sensación de plenitud inundándome, desbordándose y extendiéndose por todas partes; escapándose por las rendijas de las ventanas atrancadas al aire amargo de nuestra ciudad y más allá, cubriendo el planeta como una segunda atmósfera. Y pienso que a lo mejor no haría falta mucho, a lo mejor bastaba con un puñado de almas en buena armonía y el mundo se nos podría descubrir tal y como lo anhelaba Isídoros: un universo coherente bañado en sentido, como en los mitos épicos y en los cuentos; un mundo que rebosara amor y en el que el amor circulara como la sangre entre los seres vivos, animales y plantas, de tal manera que hasta el menor rasguño en la corteza del árbol más insignificante emitiera vibraciones de dulzura y compasión, como las que había sentido él al pararse aquella vez, en absoluto silencio, junto a los abetos del Parnés.

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