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Karen Köhler | del:alemán

Pescábamos cohetes

Traducción : Ana Guelbenzu

Introducción de Jo Lendle

“Pescábamos cohetes” es una historia sobre los sueños. Sobre el miedo. Sobre el abandono y las caídas. Sobre la insistencia. Dos que – contra todos los pronósticos – la pasan bien juntos, hasta donde eso es posible. Se quieren de una forma crepitante y ruidosa, en la que cuando el amor es demasiado cae una cachetada. ¿Qué sería la felicidad? Un alivio, en todo caso nada que dure épocas enteras. El romanticismo es un compilado de canciones en casete. Una particularidad en el modo de contar de Karen Köhler es que llega desconcertantemente lejos en el desafío incesante e irresoluble de alcanzar con la escritura ese punto en que la vida va al meollo del asunto. Porque lo real de la vida está metido en los huecos. De Karen Köhler podemos aprender que la belleza surge del escaseo. Frente a la belleza por escasez se dice con gusto “me estoy quedando sin aire”, aunque el aire no sea el problema. La otra particularidad son sus frases especiales. Sigue siendo una pregunta incesante e irresoluble si la literatura vive de la gran totalidad de la historia o, antes bien, de la explosión de giros en particular. En la editorial nos permitimos a veces imprimir frases destacadas de nuestros libros en pequeñas tabletas de chocolate, a fin de dárselas a los agentes de difusión dentro de la industria de los libros para que las repartan. Cuando uno empieza a imprimir las frases más bonitas de Karen Köhler en la tablitas de chocolate, muy rápido aumenta de peso. Y al final, “Pescábamos cohetes” es nada más que una historia. Con un giro que al principio uno tal vez no se lo crea, de tan bello que es. Aun cuando ese giro (una vez más) no nos sirva. Cosa que de nuevo vuelve a no molestarnos en absoluto.

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1

Me pusiste en la mano el anillo con un sello de tu abuelo nazi y me pediste que lo lanzara al mar. O a algunas aguas. Porque no podías con él. Entonces te dije: «No lo voy a hacer, no es mi pariente cabrón, yo también tengo basura bajo la alfombra, está llena, ya no caben los tuyos».

Puse el anillo en mi caja de los horrores con arañas de plástico y otras atrocidades y lo guardé para ti. Ahí sigue hoy en día. Ahora hay uno más.

2

Pese a tener nombres, incluso muy normales, nada de nombres ultraestúpidos como Babsi, Horst o esas cosas, no los utilizamos entre nosotros. Tenemos apelativos cariñosos. Tú dices «Krasívaya». Yo «Líbero». Líbero porque te imagino libre. Y no en el fútbol y algunas excusas, como siempre dices. Te imagino italiano, aunque seas medio rumano. Italiano y libre, un partisano en la montaña o algo así. De vez en cuando compartimos pan y queso en la cresta de la montaña, sin usar cuchillos, y nos tiramos delante de las nubes con el abrigo. Detrás se oyen explosiones. No nos atraparán. Ni en mil años.

«Krasívaya», ni idea de por qué. Porque tengo la cabeza en el espacio y los pies apenas rozando el suelo. Mi mirada siempre es ingrávida.

Quería ser cosmonauta y conozco bien los paracaídas, pues en algún momento se me rompieron las alas por el camino. Por entonces debía de tener entre once y doce años.

3

Cuando mientras caminábamos, empapados por la lluvia, encontramos una cueva en medio del bosque, a punto de anochecer, teníamos frío y el siguiente alojamiento estaba recién a quince kilómetros, propuse pasar la noche en esa cueva. Y tú dijiste: «No», porque te daba miedo encontrar un oso durmiendo dentro. Entonces deseaba que fueras más valiente, como un guerrero, un vaquero, un indio que destruyera a flechazos mi propio miedo. Así que tuve que pasar delante y luchar con los osos hasta que tú te quedaste dormido entre estalagmitas y estalactitas en el cenagoso suelo de la cueva.

4

Todos los viernes de verano entre las cinco y las ocho y media de la tarde bombardeamos el parque con bolas de petanca.

5

Cuando pasamos con nuestras bicicletas de hombre por delante de Sugar, la fulana más guapa de Straßenstrich, nos paramos haciendo chirriar los frenos y le preguntamos por sus callos. Los tiene por las plataformas rojas y hace semanas que la atormentaban. Sugar es maravillosa. En realidad se llama Satwan y antes era un hombre. Hoy en día tiene un clítoris de diseño de un cirujano estrella de Bangkok y hace las mejores mamadas de la ciudad. Eso dice ella. Nosotros le creemos y no queremos pruebas.

6

«Gitanillo», decía tu abuelo sin anillo de sello, y se refería a ti. Tejemos las guirnaldas heroicas de ganchillo más bonitas para la fotografía de tu padre, del que nadie habla. Pensamos que navega por el mar desde que dejó a tu madre. Y no que se ha colgado de un árbol de bosque, como dice ella. «Una tumba, una tumba, qué es una tumba. Un nombre en una piedra, nada más». Bebemos a su salud y por tus raíces y lanzamos las copas contra la pared hasta que el compañero de piso grita que somos imbéciles. «Fulanas de mierda», decía el abuelo nazi a sus propias hijas. Entonces cogiste impulso, apuntaste, le diste y al día siguiente abandonaste el pueblo. Por ello te hice un documento de honor a toro pasado y te pegué un nadador en la camiseta roja.

7

El primer día ya te dije que no debías enamorarte de mí. Y cuando tú lo hiciste de todas formas, te di una bofetada.

8

Habíamos calculado que con tu Vespa tardaríamos 21,3 días en llegar al Mar Negro. Si íbamos despacio. Al final necesitamos 43 días y acabamos durmiendo boca abajo. En Hungría había conflicto, y yo habría dado media vuelta. Pero entonces llegó la luna llena y el Danubio, y tú con los músicos: «Mesečina, Mesečina» y ya no pude más y me lancé a tus brazos.

9

Cinta de varios

Cara A (tu cara)

Francoise Hardy / «Oh, Oh Cheri»

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Afuera delante de la puerta

Ernst Busch / «Heimlicher Aufmarsch»

Bregović / «Mesečina» y «Edelezi»

Jacques Brel / «Ne me quitte pas»

Danzig / «Mother»

D. A. D. / «Sleeping my day away»

The The / «Love is stronger than Death»

Tu coreografía en zig zag me mareaba.

Cara B (mi cara)

Nouvelle Vague / «This is not a Lovesong»

Kim Wilde / «Cambodia»

Dead Kennedys / «Holiday in Cambodia»

Lard / «They’re coming to take me away (haha)»

Fugazi / «Waiting Room»

Pixies / «Debaser»

The Notwist / «Moron»

Nouvelle Vague / «Too drunk to Fuck»

10

«¿Cuándo os casaréis por fin?»

Preguntan unos.

«¿Por qué no os casáis?»

Preguntan otros.

11

Nos bebimos una botella de Jameson entre los dos y echamos pestes del mundo. Luego te sentaste en la cabecera, yo tomé el micrófono y canté con peluca y gafas de sol para ti y a tu ritmo, y luego a la videocámara, hasta que me enredé con el cable del micro y acabé en el suelo junto con la cámara, de donde ya no me levanté de la risa. Cuando al día siguiente vi las imágenes vi que nos habíamos besado, antes de quedarme dormida y de que tú apretaras el Stop.

12

El teléfono:

Ring. Ring. Ring. Ring. Ring. Ring.

Tú, muy cabreado:

—¿Sí?

Yo:

—Soy yo.

—Mmmm.

—¿Aún estás en la cama?

Cinco segundos después vuelves a hablar:

—Mierda. ¿Qué hora es?

—No me digas que aún estás en la cama.

—¿Por qué no?

—Porque son otra vez las tres y media de la tarde, joder. Por eso.

—Joder. ¿En serio?

—Sí.

—Mierda.

Oigo cómo te enciendes un cigarrillo.

—¿Se me ha pasado una cita?

—Sí.

—¿Algo importante?

—¿Cuándo te largaste esta noche?

—No lo sé, en algún momento esta mañana.

Fumas, te oigo, luego digo:

—¿Me prestas tu bicicleta? Me han robado la mía.

—Pasa por aquí.

—Ayer nos besamos.

—Sí.

—¿Estuvo bien? En realidad no me acuerdo.

—Estuviste genial, baby.

—Imbécil.

—Hasta ahora.

13

Mi cumpleaños siempre cae en invierno. Todos los años. No me gusta. Siempre había querido celebrar una gran fiesta con todos mis amigos en el parque o en un lago con una hoguera y dormir al aire libre y todas esas cosas. El año pasado me llamaste en verano, me convenciste para ir a bañarnos y me llevaste en la Vespa. Desde el aparcamiento hasta el lago me tuviste por encima de tu hombro, mientras yo cantaba una canción infantil. Cuando vi una mesa junto al lago con nuestros amigos sentados y todos me cantaron Cumpleaños feliz, supe que estabas loco y salí corriendo. Qué suerte que seas más rápido que yo.

14

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Sólo discutimos mediante nuestra máquina de discutir, una vieja Olympia, y las reglas funcionan así:

Sólo puede haber una persona cada vez en el teclado.

Sólo se puede escribir, no hablar.

Sólo se puede escribir una frase, luego le toca al otro.

Las actas de las discusiones estaban archivadas en carpetas, marcadas con los años.

15

«¡Manos arriba!», grité cuando atraqué la cafetería donde trabajabas detrás del mostrador. Tenía la pistola de agua apuntándote con firmeza. Miraste a tu jefe, que hacía tiempo que tenía todos los dedos en el aire, luego sonreíste, dejaste el pañuelo y despacio, muy despacio, levantaste las manos.

—¡Esto es un secuestro! —le dije a tu jefe y te guiñé el ojo, vi tu mirada confusa, apreté el gatillo, te di en la frente y te ordené que salieras de detrás del mostrador. Afuera te vendé los ojos, te puse un walkman y te di un par de vueltas delante de la cafetería para que te desorientaras. Te llevé en zigzag hasta la estación, luego fuimos en tren al mar, donde llegamos por la tarde.

16

Navidad con tu madre. Tu abuelo ya estaba muerto y tu madre sola, así que la invitamos a celebrarlo con nosotros. Nochebuena en tu casa con pava y col lombarda, y bolas de patata y abeto y vino y canciones. El primer día de Navidad en mi casa en el sofá con restos del día anterior con galletas y El padrino I-III. Al día siguiente os dejé y me sentí sola.

17

Estábamos de pie medio congelados en el puente sobre los andenes del tranvía. Tú con tu viejo equipo de pescador en las manos. Cada uno con una caña. Hacía tiempo que el cielo se había calmado de los grandes estruendos, entonces pusimos unos cohetes en botellas vacías y atamos nuestras cuerdas de pescar al borde de madera de los misiles. «Commencing countdown, engines on.» Sujetamos los fuegos artificiales por la mecha a la vez. En seguida agarramos las cañas. Tres. Dos. Uno. Los cohetes salieron zumbando hacia el cielo, atados por las cuerdas, y estallaron encima de nuestras cabezas. Pescábamos cohetes. Fue el último fin de año.

18

Los «top 10» de «por qué no puedo estar contigo»:

  1. Sólo tienes un libro
  2. El título del libro es Excel para tontos
  3. Siempre bebes
  4. Hueles como mi padre
  5. No tienes objetivos
  6. Todos tus calcetines tienen agujeros
  7. Siempre dejas las cerraduras abiertas
  8. No vas a votar
  9. Tus besos saben a ceniza
  10. Me dejarás

19

Ayer llamó tu madre. Desde el hospital. Con tu móvil. Pensé que eras tú y contesté con un: «¿Dónde te has metido, idiota?», y tu madre rompió a llorar.

Me dijo que tenía una carta para mí y que estabas en el hospital con el estómago hecho polvo, en cuidados intensivos, y que te encontró tu compañero de piso. Entonces supe por qué no habías ido por la mañana al sitio donde habíamos quedado y fui a verte.

20

Miles de tubos en el cuerpo. Monitores. Pitidos. Hidráulicos. Tú en coma. El médico jefe de turno me ha dicho que te habías intoxicado con pastillas. Se interrumpió la respiración, tu cerebro estuvo varios minutos sin oxígeno, por eso ahora estás en coma, con respiración y alimentación artificial. La pregunta era si volverías a estar normal. Había pocas probabilidades. Me dio las siguientes indicaciones:

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– Hable con él en un tono calmado de confianza.

– Explique cosas bonitas.

– Anímele.

– Acaríciele la piel con suavidad.

– Mencione nombres y situaciones conocidas.

Eso puede influir, según el médico, en que tú te inclines por la vida y tal vez vuelvas, no como eras antes, pero podría ser que, tras una rehabilitación intensiva, si bien con una discapacidad mental y en silla de ruedas, podrías vivir unos cuantos años bonitos. Te acaricié la mano y el brazo. En el punto donde llegaba a la piel, entre cánulas y vendas. Te puse recuerdos sobre la mesa, te hablé en un tono calmado, te canté, me inventé un cuento para ti y luego te insulté durante una hora más o menos. Me llevé a casa la carta sin leer.

21

Tu carta de despedida:

«Krasívaya,

lo siento.

Líbero»

22

Gilipollas cobarde.

Ya basta.

23

Hoy es viernes.

¿Quién bombardea el parque conmigo hoy?

¿Y la semana que viene?

¿Y luego?

Ya sé los nombres de todas las enfermeras.

24

Ahora sé qué es el reflejo vestíbulo-ocular. Y dónde está el tallo del cerebro. No has vuelto. Tu madre quería una tumba cerca. Le dije: «¡Un entierro en el mar, él pertenece al mar!» y le dio igual. Han dado tu corazón porque tenías un carnet que lo decía. No soporto la idea de que ahora haya alguien por ahí con un corazón de Líbero.

25

Tu entierro en el mar fue un desastre. Juntos nos habríamos reído a carcajadas de tu madre vomitando y el cura recitando a bordo. Pero yo estaba ahí sola pensando en lo banal que es todo. Me sentía fatal porque pensaba que tenía que ser algo festivo. La urna hizo «plaf» y yo torcí el gesto.

Me siento amputada. ¿No podrías ser como Jesús y resucitar? Un viernes, sí, me parece correcto.

26

El tiempo es como un chicle que va perdiendo el sabor.

27

Lo he vendido todo, también la batería, perdona. Tu Vespa va perfecta, me la quedo. Aún están tus guantes bajo el asiento. Mañana viene el camión de mudanzas. Todos preguntan: «¿Por qué Flensburgo?». Yo me encojo de hombros y me quedo callada.

28

Se llama Simone Michalski. No fue fácil averiguarlo.

Mi piso está en el mismo barrio. Suele ir a una tienda biológica a comprar. Imagínate: el próximo día uno empiezo, de dependienta. Media jornada.

29

Voy todos los días a pasear junto al mar. Se ve Dinamarca. A veces voy con la Vespa, compro regaliz salado y me como un perrito caliente con una salchicha de color rosa dentro. Te encantaría Røde Pølser. El día de tu muerte encendí una luz en el agua y le grité al mar.

30

La veo y busco una pista. Una chispa. Lo peor es que Simone no te gustaría, estoy segura. Hace unos meses que nos vemos una vez por semana. Es una pésima jugadora de petanca. Tampoco sabe jugar al ajedrez. Hace poco que practica macha nórdica, con palos y todo. De hecho es un milagro que no haya tenido un rechazo.

31

Estoy sentada en la máquina de discutir, rompiendo todas las normas.


*Copyright © Carl Hanser Verlag München 2014.

*Este cuento fue traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

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