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Andreas Stichmann | del:alemán

¿Por qué de nuevo a lo de Watan?

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Katja Sämann

Andreas Stichmann fue elegido entre los “20 under 40” cuando no había llegado ni siquiera a los treinta. Lo llamaron “el mago” y un “caballero del relato”, su prosa fue calificada como “fulminante” y “cautivadora”, “caprichosa y genial”, y todo eso, según mi parecer, con absoluta razón. Andreas Stichmann muestra que el humor puede doler y al mismo tiempo estar lleno de una gran filantropía. Su simpatía por los perdedores y por los perdidos es insuperable, igual que su sensibilidad para el idioma y su fuerza expresiva. No recurre al patetismo, sino que simplemente encuentra las palabras justas. Esto puede verse en sus cuentos y en sus dos grandiosas novelas. Y lo mismo en las menos de seis páginas de “¿Por qué de nuevo a lo de Watan?”. Seis páginas: ahí está todo.

 

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¿Por qué no comprarles a Mike, Robert o Knosi? Pero los muchachos dicen que Mike, Robert y Knosi no tienen tiempo y que no hay otra opción, así que tenemos que volver a subir, de nuevo tenemos que ir al cuarto apestoso de Watan en el décimo piso, que huele a perro aunque no tiene ninguno, y donde las persianas están siempre bajas, cosa nada agradable. Sentado a la mesa, Watan pesa la hierba con su ridícula romana, agrega un poco y vuelve a pesar, y lo único que uno puede esperar es que no empiece de nuevo a recitar poemas persas, aunque por otro lado da lo mismo porque igual se pone a hablar. Y sabemos perfectamente lo que se viene, me refiero a la cuestión con las astillas de madera que le clavaron a su tío debajo de las uñas, y la cuestión con el huevo caliente que le introdujeron a su tío por atrás. Y después asiente de pronto, como si ahora viniera un chiste, pero solo nos cuenta que su padre era muy valiente, igual de valiente que él, Watan, pesando y pesando y contándonos sobre los panfletos que tenía que repartir en la escuela, pero también eso es algo que ya contó mil veces. Mil veces nos dibujó el símbolo con el alambre de púa y el clavel, y ahora nos pregunta si queremos que nos dibuje el símbolo del partido comunista. Le repreguntamos si no se acuerda del dibujo de ayer, pero él ni nos escucha. Ahora describe la película que estaba viendo en el cine cuando le dispararon a su padre, y eso es algo que conocemos en detalle, así como conocemos la repentina sensación que lo empujó a salir del cine, sabemos que su padre luego se desangró y que era un hombre valiente, esto es algo que mencionó por última vez hace dos minutos. Le decimos: queremos ir a una fiesta, Watan, no tenemos tanto tiempo.

Pregunta si queremos tomar un té.

Y nos hace un té y habla de mujeres, y uno casi podría pensar: ahora se va a poner bueno, pero enseguida notamos adónde lleva esto, y es rumbo a sus tías del Mar Caspio, en donde se alojó junto a su padre muerto, esas eran mujeres de verdad, como ya sabíamos, diez mujeres gordas que se golpeaban la cabeza de la tristeza.

Y Watan se ríe.

Watan se ríe solo, mientras trae el té y otra vez describe a su padre tendido en el sótano ya lavado y maquillado, y cómo lo enterraron luego en el jardín, es algo que sabemos de memoria. Le decimos: Watan, has enterrado a tu padre, y luego anduviste dando vueltas por el Mar Caspio, donde las mujeres se meten cubiertas al agua, y conociste a la pequeña Asfael, que era completamente distinta con su pelo corto. La seguiste por los campos, pasando los árboles de granadas y las chatarras de heladeras, y ella era casi como un muchacho y se sentaba sobre los muros, y cuando besaba, mordía. Pero ¿queremos escuchar todo eso de nuevo, Watan? ¿Queremos escuchar de nuevo cómo de pronto Asfael se fue y vinieron los policías y te pegaron en el estómago porque los habían visto juntos? ¿Y que pensaste que te iban a colgar de una grúa en el depósito de chatarra, y que los policías luego se fueron y al final no te colgaron de una grúa, y que Asfael salió de una heladera y se rio como si no hubiera tenido miedo? Más bien no, Watan, más bien no queremos oír eso de nuevo, no al menos por enésima vez, y por qué traes entonces hojas de parra rellenas y vuelves a hacer el viejo chiste llamando a las hojas de parra las bombachas de Eva. Mejor pesa la hierba, Watan, pesa la hierba.

Y Watan pesa y calla y luego dice: la guerra, y nosotros decimos: no, Watan, ahora menos guerra y más hierba, pues ¿qué es lo que nos falta saber? ¿Es que no sabemos que fuiste llamado a filas y te escapaste y tuviste que esperar tres días en una cueva a los traficantes de personas? ¿No sabemos que vino Asfael, que también quería huir, aun cuando los traficantes estaban en contra, y que al final estuvieron de acuerdo porque ella sacó dinero de su bolsillo? Y que los traficantes se presentaron todos como “Ali”, ¿no lo sabemos? ¿No sabemos que atravesaron las montañas nevadas a caballo y que de tanta nieve que había ya no podías ver nada? Le decimos: sí, Watan, lo sabemos bien, ya cabalgamos mil veces contigo a través de esas montañas, y mil veces nos preguntamos contigo si el caballo está yendo para adelante o para atrás, y si ya estaremos en el más allá. Hemos visto la nieve azulada y las grúas y el alambre de espino, que en realidad no eran eso, y sabemos que el más fuerte de los Ali te pegó, Watan, porque tenías tan poca fuerza. Hemos visto los helicópteros sobre los pueblitos montañeses, y cómo tuvieron que esconderse ustedes entre las cabras, y que tocaste tres veces el mojón de la frontera con Turquía para convencerte de que existía de verdad. Lo podemos recitar dormidos, Watan: eran veinte iraníes y se escondieron en un camión, detrás de unas alfombras, y a tu muchacha le sangró el pulgar y tuviste que besárselo, y ella quería oír todo el tiempo cuánto la amabas, pero tú ya no tenías fuerza para eso. Y alguien volcó el bidón en el que habían orinado y había sido el levantador de pesas de Zahedán, al que ya de todos modos no soportabas, pues siempre andaba mostrando el artículo de periódico con su foto y hablaba en voz muy alta de los premios que había ganado, incluso cuando se detenían en los restaurantes de la ruta, donde no tenían permitido hablar bajo ninguna circunstancia, ¿lo sabías? ¡Déjanos contártelo, Watan, porque lo sabemos muy bien! Asfael se acurrucó contra ti, dejándote sin aliento, y luego había un agujero en la lona y por primera vez volviste a ver casas, Watan, nosotros mismos las vemos.

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Aahh, dice Watan, está bien, está bien, entiendo, pero ¿no quieren quizá un huevo caliente? ¿Quieren que les introduzcan un huevo caliente por atrás, como hicieron con mi tío? Y se pone de pie y hace como si fuera a hervir un huevo, pero después arquea una ceja, lo decía en broma, a lo que todos nosotros sonreímos al mismo tiempo, sí, ahora sonreímos casi un poco, pero en realidad no sonreímos, le decimos: por favor, Watan, pesa la hierba. Y él pesa la hierba, pero la charla le brota de adentro, viene desde su labio inferior. Hay una cosa que aún no nos ha contado, que es cómo se pescó sarna, tenía que rascarse el pecho con una cuchara hasta hacerse sangrar, ahí ya estaban en Estambul, Asfael y él, el invierno entero en una pieza diminuta esperando los pasaportes. Y se había tenido que dejar crecer la barba, para solo volver a afeitársela cuando llegara el momento de la foto, porque entonces la piel de abajo quedaba muy blanca y lisa y servía para simular que era más joven, pero a él le picaba también la barba y todo era un solo picor. Y además estaba Asfael, que calentaba el armario, aun cuando Ali había dicho que no había que calentar el armario, y que se habían peleado y que él quería dormir con ella pero ella solo dormiría con él si él la amaba, y que él no podía decir que la amaba. Y que le dijéramos cómo se podía amar a alguien de verdad cuando las persianas están siempre cerradas y el Ali del pan viene solo de vez en cuando, y cuando la única distracción es la televisión turca que solo emite de seis a nueve y principalmente películas de amor de las que uno no entiende nada, solo rababababab, que probablemente significaba te amo. Cómo amar a alguien ahí, que se lo dijéramos. Cómo amarla cuando al fin aparece el Ali mayor con el fotógrafo y dos mujeres dándoselas de rey en su tapado de piel, y aunque le toca a Asfael sus pechos casi inexistentes ella le sonríe amable porque quiere tener sus leños para la calefacción. Y ahí el Ali mayor dice que no usaban suficiente alcohol de quemar y que los iraníes no saben manejar el fuego, y quiere demostrar cómo se usa la estufa. Lo cual era en realidad gracioso, dice Watan, ¿no nos parecía gracioso? El Ali mayor salpicó la estufa con alcohol y tiró dentro un fósforo, se oyó una explosión y una nube gigantesca de hollín tiñó de negro el cuarto entero. Aunque lo que no fue muy gracioso es que el Ali mayor volvió a desaparecer, como castigo por su propia estupidez, y solo apareció con los pasaportes seis semanas más tarde, pero eso no quería contárnoslo, su intención no era ponerse pesado. Tampoco quería contar cómo ese Ali mayor lo siguió jodiendo y le dijo que en el aeropuerto debía decir que tenía un daño cerebral y que se quería hacer operar en Alemania. Y que de hecho dijo eso en el aeropuerto y que voló como turco a Alemania y que ahora se llamaba Amir Huschang Rahbarsare, lo cual sí era gracioso. Pero no quería contarnos eso, tampoco que el funcionario en la ventanilla frotó la fotografía de Asfael y comprobó que la habían cambiado, y que él, Watan, no pudo ayudarla y se quedó mirando el pulgar del funcionario y trató de decir alguna cosa sobre el clima, pero ella ya se había escapado y desapareció para siempre. Y lo que tampoco quería contarnos era que de pronto la amó de verdad, a no ser que quisiéramos escucharlo.

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Y nosotros decimos: en el fondo, sinceramente, no, sobre todo no, porque ya nos da pesadillas, Watan, ¡pesa de una vez esa hierba! Y él pesa la hierba y dice: Uf, esta balanza está loca, se las doy así. Ahora sí nos entendemos, y le damos las gracias. Nos levantamos y por fin nos ponemos en marcha hacia la fiesta, aunque claro que antes Watan pregunta si puede venir con nosotros. Pero le decimos que desgraciadamente no, Watan, es una fiesta privada, lo lamentamos, pero seguro que lo entiendes, ¿no es cierto? Y él dice que lo entiende, y sin embargo se viene con nosotros, tiene que ir al quiosco y queda en la misma dirección, pero luego de habernos despedido en el quiosco notamos que no sigue atrás. Siempre que nos damos vuelta, se mueve en alguna sombra, y es muy rara la sensación que tenemos cuando finalmente llegamos a la fiesta. Delante de la puerta están las chicas a las que debíamos traerle la hierba, nos miran pero no parecen interesarse por nosotros, solo alzan la cabeza y preguntan: ¿qué es lo que viene ahí detrás de ustedes?

Y nosotros decimos: es Watan, le compramos su hierba.


*© Andreas Stichmann, 2013. 

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