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leyendo ahora: ¿Qué tal, cariño? | Matías Candeira
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Matías Candeira | del:español

¿Qué tal, cariño?

Fue durante una excursión por la selva cuando ocurrió lo de mi mujer. Caía un atardecer verde, poderoso, de esos con los que uno alardea delante de las visitas. («Cómo nos cubría el sol aquella tarde, ¿verdad? Lo pasamos de miedo»). Por lo demás, nuestra barca se deslizaba silenciosamente río arriba. Yo controlaba a cada minuto mi reloj de carillón. Es una costumbre.

—Niños, ¿veis a esas hormigas comiéndose a un nativo, allí, en la otra orilla?

—Sí, papá, las vemos bien —me respondieron mis criaturas.

Hacia dónde íbamos, en realidad no lo sé, pero me prometía para mí mismo una tarde feliz en compañía de Loretta y mis dos hijos gordos. Juntos, los cuatro, escuchando el chillido de los mandriles en la espesura; quizás permitiéndonos sentir algo de miedo (ese nudo pequeño y gobernable en la boca del estómago) cuando se hiciera de noche y aún no hubiéramos establecido un campamento base. Entonces, en hora, justo como mí me gusta, probablemente seríamos capaces de descubrir dos pupilas sinuosas, de fuego, que nos acechan en la oscuridad tras una línea de árboles. Podríamos hacer una hoguera. Disfrutar de las cosas en familia.

—¿Te gustan las bestias, cielo? ¿Lo estás pasando bien? —le pregunté con inocencia a mi mujer, mientras le acariciaba en círculos lascivos el hueso de la rodilla.

Pero Loretta no me contestó. Sentada en el extremo de la barca, miraba el río con admiración, con deseo, con sus pensamientos muy lejos de allí. A mí esto me parecía muy bien, porque incluso a la mujer de uno hay que dejarla en paz de vez en cuando.

Me olvidé del asunto sin esfuerzo, y más tarde dije:

—Mirad. Una tribu que reduce cabezas nos saluda allá a lo lejos. Sed educados, chicos. Juntad las manos, a la de tres.

Eso era todo más o menos. Lo normal. Aunque recuerdo que, mientras la barca avanzaba pegada a la orilla, oímos varias veces agitarse masas enteras de árboles, como si algo gigante estuviera acechando en la trocha y la selva lo encerrara por poco tiempo. Mis hijos se quejaban bastante del esmoquin que les había obligado a ponerse. Pero he de decir que con esa apostura, erguidos como embajadores, sudando copiosamente y espantando los mosquitos que trataban de picarles en la nuca, yo veía en ellos una dignidad propia de quien está en el mundo con los dos pies, bebe dry martinis y deja su oliva limpia y reluciente. Ahora sé que hice bien. Recuerdo que un poco antes de que Loretta se levantara para anunciarnos aquello, mi hijo más gordo me preguntó si podían tirarse al agua y acercarse a los caimanes. Mis dos hijos, aunque son obesos, tienen ideas peligrosas.

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—Papá, ¿nos dejas tirarnos al agua para que nos dé un beso uno de esos cocodrilos tan chulos? —dijo, poniendo cara de reptil abandonado.

—No. No os dejo.

—Por favor, papá. ¡Por favor! —gritaron a la vez.

—He dicho que no. Mirad la selva, que es magnífica.

Vi entonces, fugazmente, el movimiento elegante de Loretta. Vi cómo se levantaba en equilibrio sobre la barca y se mesaba la cabellera pelirroja, se colocaba bien el escote del vestido blanco y nos miraba en su abandono y su locura.

—No os soporto —anunció.

—¿Cómo dices, cielo? —respondí.

—Que no os soporto. No lo aguanto más. Quiero una vida.

Y entonces Loretta se zambulló con limpieza en el agua y comenzó a nadar río adelante. Es verdad que a uno le puede vencer el pánico en esas ocasiones. Resulta fácil que te entren ganas de, por ejemplo, ponerte a golpear un muro con la cabeza hasta machacarte el cráneo. Pero a mí no. En aquel instante, lo que realmente pensé fue en todos esos secretos que no conocía de ella. La verdad es sencilla: siempre había creído que no sabía nadar. En otras salidas, no sé, al mar o a la piscina fantasmal de nuestros vecinos de Baltimore, Loretta nunca expresaba ganas de bañarse. Comía aceitunas negras, hacía recortables de lavadoras para entretenerse, pero lo de meterse en el agua ni se sugería. Incrédulo, en aquel momento pude ver cómo atravesaba el río a toda velocidad, igual que una campeona de competición, y se sumergía y se elevaba, y se perdía más allá de donde podíamos verla con una libertad indómita.

—Te vas a enfriar, cielo —grité absurdamente, creyendo que volvería.

Aquella tarde de excursión sólo ocurrieron un par de cosas más dignas de ser mencionadas. Lo confieso, me sentía confuso y deprimido. El reloj de carillón se había parado sin que tuviera explicación (eso es bastante terrible), y los árboles seguían agitándose de manera extraña a nuestro paso. Fuimos encontrando los restos de la ropa de Loretta abandonados en la corriente. Trozos del vestido blanco que no tardamos en amontonar en la cabecera de la barca. Últimos mensajes a su familia. Imaginé que en cualquier momento nos toparíamos con un charco de sangre flotando en la superficie del río, signo de que Loretta había sido devorada, o ella misma había mordido en el cuello a algún animal. Pienso que así, mis dos hijos y yo podríamos meter las manos en el agua, tocar un poco de la sangre dulce de Loretta y olerla por última vez. Eso sería bueno. Sería una señal de aceptación. En cambio, no pasó nada de eso, y poco después topé con la roca de la realidad. Otra masa de árboles amarillos se agitó violentamente, como hacía un rato. Contuve la respiración cuando un primate de quince metros arrancó un peñasco, derribó con el pie un par de troncos podridos y avanzó al horizonte, con mi mujer —estoy casi seguro, porque estaba desnuda— recogida con ternura en el puño. Loretta le daba órdenes y señalaba con el brazo un lugar fuera de la vista.  En fin: el mono gigante, si no asentía, al menos parecía conforme.

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—¡Un mono, un mono! —gritaron mis dos hijos, sin comprender absolutamente nada—. Mamá tiene que verlo. ¡Un mono!

Tuve que mandarles callar. Me acerqué a ellos, les miré a los ojos fijamente (con la seriedad con la que a mí alguien me miró una vez) y entonces les ajusté las pajaritas. Después hice lo mismo con la mía. Sentí que era mi obligación hablarles con voz clara.       

—Dignidad, hijos míos. Ante todo, hay que tener dignidad —Pude notar cómo me envolvía un desamparo desconocido al decir estas palabras—. A mi señal, los tres vamos a elevar la mano al horizonte. Vamos a pensar, muy entregados, que estamos sujetando una copa de dry martini. El sol y la selva tienen que reflejarse el cristal. Es lo único que nos queda.

Adentramos la barca en la orilla una hora más tarde; por primera vez solos en la selva y en todo el mundo. Me preguntaba cuándo podría explicarles la realidad a mis dos chicos. También si Loretta estaría en alguna cueva milenaria, en la oscuridad, sentada a horcajadas en la palma del primate, estableciendo ciertas reglas de convivencia. No recuerdo cuándo llegó el momento de hacer una hoguera, pero les dije a mis pequeños que se comportaran a su gusto.

—Anda, id a cazar algo grande. Así os entretenéis un rato y dejáis a papá tranquilo.

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—¡Bien! —gritaron ellos— ¿Podemos destriparlo?

—Podéis —consentí—. Pero no hagáis demasiado ruido.

Ellos se aflojaron las pajaritas con alivio, se les encendieron los ojos (por un momento me recordaron a los peores animales) y se arrastraron selva adentro sin más preámbulos. Cuando estuvieron lejos, fabriqué una hoguera con una provisión de ramas secas que guardábamos en la barca. En unos minutos, las llamas verdes y esqueléticas ya se alzaban ante mí, y me encontré mirando el fuego con una tristeza que hasta ahora no había conocido. Pensé incluso en saltar hacia las llamas y desaparecer. Aún las admiraba cuando, de pronto, percibí una agitación en la espesura.

—Niños —susurré—. Ya vale de jugar con bestias carnívoras. Venid aquí.

El rugido sonó a lo lejos; suave, cristalino, atravesando como una epidemia las ramas y la trocha y las rocas azuladas de los peñascos. Un rugido tan enorme y a la vez tan familiar que durante un segundo me asustó y me hizo coger un palo afilado y ponerme en guardia. Las piernas apenas me sostenían. Pronto me di cuenta de que no era el mono. De eso nada. Era Loretta la que acababa de rugir a la noche azul, desde algún lugar desconocido.

Y aquel rugido aterrador crecía.

Unas horas después, antes de que mis hijos volvieran junto a mí y nos durmiéramos abrazados, decidí firmar estúpidamente en uno de los árboles. Con mi navaja, temblando, grabé mi nombre y el de mi mujer. Después los encerré en un corazón, muy juntos, y bajo ellos, simplemente agachando la cabeza para que nadie pudiera ver cómo se me humedecían los ojos, escribí una fecha que ya era y sería siempre como cualquier otra.


 

*Este cuento fue publicado en Antes de las jirafas, Páginas de espuma, 2011.

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