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Dos Hombres

Alex Bowler sobre:

Dos Hombres por Denis Johnson

“Dos hombres” se publicó por primera vez en septiembre de 1988, en las páginas de la revista The New Yorker. Cuatro años más tardes apareció como el segundo cuento de la colección de Johnson Hijo de Jesús, un libro que, según buena parte de los literatos del mundo, es el volumen de relatos más sobresaliente del último cuarto de siglo. Narrado por un hombre anónimo que se debate con su adicción a la heroína y el alcohol, se trata, según la crítica, de un libro que le da vida a la “sensibilidad embotada” y el “enorme sentimentalismo” del adicto, creando algo vital y nuevo aun a riesgo de caer en la frialdad. “Dos hombres” tiene solo una docena de páginas. Avanza a la velocidad de una bala.
En las primeras cincuenta líneas, nos presenta un misterio y un problema: “el primero de los hombres” –un drogadicto que no quiere, o no puede, hablar— aparece en el asiento trasero del pequeño Volkswagen del narrador. No hay razón para que esté ahí. ¿Quién es? ¿Y cómo nos vamos a deshacer de él?
Y se presenta una amenaza: un novio celoso –“un malvado, raquítico, inteligente hombre ante el cual yo siempre me sentía poca cosa”— anda detrás del narrador y seguramente va a hacerle “algo doloroso y degradante”.Y entonces vemos la pistola del narrador. Se trata de un pistola barata, “tan barata que estaba seguro de que acabaría estallando en mi mano con solo apretar una vez el gatillo”. Pero sospechamos que es como el rifle de Chéjov: se va a disparar en las próximas doce páginas.
Para cuando volvemos a ver la pistola, si no me equivoco, ha habido al menos tres vueltas de tuerca en el argumento. Hemos encontrado mil misterios y apenas visto tragedias. Hemos visitado las casas de heroinómanos, hemos descubierto a unas “mujeres de aspecto fantasmal”, nos hemos paseado por la ciudad en compañía de unos amigos esbozados con un trazo tan rápido que parecen las siluetas de tiza que se delinean alrededor de los muertos. Nos hemos instalado dentro de una conciencia que ya no parece considerar en absoluto a los demás: una conciencia avasallada por los sentidos, que preferiría no prestar demasiada atención a lo que la rodea, porque cuando lo hace el mundo la supera: puede oír que “las semillas gemían en los jardines”. Pero a través de las grietas de esta conciencia vemos destellos de un pasado vivido a pleno, que se ha degradado hasta la incoherencia. Es una visión desgarradora. El narrador mira a una mujer con graves problemas, una muchacha en sujetador y con el maquillaje corrido, anquilosada en su juventud. “Al mirarla pensé en cómo era ir por los campos junto a mi mujer –dice el narrador— cuando estábamos tan enamorados que no sabíamos qué era lo que nos pasaba.” La acción se precipita porque la conciencia del drogadicto no necesita, o ya no puede ver, una línea coherente de causa y efecto. Es algo liberador para el lector; incluso se disfruta; sentimos una novedad culposa al explorar el mundo de este modo. No tenemos que pararnos a pensar en cómo A lleva a B, cómo B afecta a C. Pero el efecto no puede mantenerse a raya: el catalizador de todo es la enfermedad, y esa enfermedad, esa lógica trastocada, conducirá al angustioso desenlace, y de vuelta a la pistola.
Después, cuando uno termina “Dos hombres”, queda una pregunta muy simple e incontestable: ¿Quién es el segundo hombre del título?. ¿El novio “malvado, raquítico, inteligente”? ¿El “primer hombre”, de cuya segunda impostura nos enteramos conforme avanza el cuento? ¿O se refiere el título al narrador, que está dividido? Y sin embargo, no está dividido en dos, ¿no?
Está hecho pedazos; el todo es irrecuperable. Así pues, “Dos hombres” no es Jekyll y Hyde. Es algo mucho más complicado, intangible e inalcanzable. Y en cierto modo, según sospechamos, un poco más verdadero.

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