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La fuerza de la sangre

Ruth Fine sobre:

La fuerza de la sangre por Miguel de Cervantes

¿Cómo es posible imaginar que en pleno auge de la Contrarreforma española y de universal aceptación e imposición del dogma católico, ya entrado el siglo XVII, un autor español fuera capaz de referirse a un tema tan sensible como la violación de mujeres, sugiriendo que se trataba de un fenómeno cuya incuestionable injusticia se hallaba apañada por el sistema social y religioso imperante? Este escritor existió y no fue otro sino Miguel de Cervantes Saavedra, el autor de la obra maestra Don Quijote de la Mancha, quien en 1613 publicó una colección de doce novelas cortas que constituyeron una total innovación para la narrativa de su tiempo como también resultaron precursoras de los rasgos que conformarán el género en los siglos subsiguientes. Ciertamente, Cervantes, tal como él mismo se ocupó de señalar, fue el primero en escribir novelas cortas en el sentido moderno de la noción y en lengua española, novelas que también representaron una renovación en el contexto europeo en general. No obstante, esta asombrosa innovación no se circunscribió al nivel estilístico y estructural. En efecto, las novelas que se declaran “ejemplares”, es decir que supuestamente deberían vehiculizar una moraleja explícita, no sólo no exponen un ejemplo de conducta social y moral adecuada, sino que tampoco señalan de modo explícito los principios morales que deberían guiar el comportamiento de sus lectores como enseñanza dejada por la lectura de estas novelas. Cervantes pide que el lector sea activo, participativo, y que “bien lo mire”, tal como lo indica en el prólogo de la colección, a fin de que pueda llegar a sus propias conclusiones. En tal sentido, La fuerza de la sangre es tal vez la más inquietante y problemática de las doce novelas. En ella se narra de modo expreso la violación de una joven que pertenece al estrato más bajo de la nobleza (los hidalgos) y a su impotencia, en tanto mujer, y a la de su familia, para lograr que el violador -quien pertenecía a la clase de los caballeros, es decir, la alta aristocracia-, sea castigado y el crimen encuentre reparación por parte de la justicia. Dicha posibilidad era inexistente en el período. La única salida para ellos consistía en guardar silencio: enterrar el secreto y seguir comportándose según las convenciones que dictaba la sociedad y la Iglesia. Cervantes no sólo introduce al lector en el mismo sitio en el que se comete la violación, convirtiéndolo en testigo de la misma, como también de la indiferencia y crueldad del agresor, sino que elige concluir la novela de un modo que sorprende y hasta causa el repudio del lector. No obstante, aquel lector que sepa responder a lo que Cervantes lo conmina, decodificando la pronunciada ironía del texto, será capaz de percibir la pronunciada crítica respecto de una sociedad hipócrita y cruel que no deja otra alternativa a la víctima sino el matrimonio con el violador, desde ya, insinuando la imposibilidad de que dicho matrimonio llegue a ser feliz. Es por ello que lo que en una primera lectura puede parecer un happy end, estará muy lejos de serlo si “sabemos mirar bien”, tal como Cervantes nos solicita.

 

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