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Mis padres y mis hijos

Valerie Miles sobre:

Mis padres y mis hijos por Samanta Schweblin

Asumámoslo: la materia de la que está hecha nuestra vida cotidiana es una substancia extraña. Cuando la examinamos detenidamente, cuando las cuerdas de la familia se tensan por encima del abismo nabokoviano para posarse en una cuna o acariciar a un padre envejecido cuya mente está fallando, entonces lo que es normal puede convertirse inmediatamente en bizarro. Una palabra cotidiana –por ejemplo “árbol”– repetida varias veces sucesivamente, pierde su significado y confirma el inherente extrañamiento del lenguaje cuando se lo vacía de convenciones. La prosa cincelada y la narrativa serpeante de Samanta Schweblin ponen el foco, precisamente, en imágenes que perturban lo ordinario y desplazan el significado: una hilacha del jogging del abuelo colgando como una horca de un árbol de la vida, en una escena que parece arrancada de un film de David Lynch. La abuela también está desnuda, jugando sensualmente con la manguera; niños desnudos desaparecen en el jardín con los abuelos desnudos; una cuerda se rompe, una agujero en la red de seguridad, la autoridad interviene y el sistema entra en alerta pero descubrimos que habla un idioma que no podemos entender. No todas las casas son nidos. La voz tensamente forjada de Schweblin refleja con ironía los armarios bien ordenados de esta casa de verano. La senilidad refleja la inocencia de la infancia, invocando así el misterio del ciclo vital: como arriba, también abajo; ellos bailan, corren, juegan, disfrutan. Es la vida en el medio la que colapsa, en la cual aparecen los huecos, donde el lenguaje fracasa. La verdad está escondida en estas páginas: ella corre a mayor profundidad que las imágenes sobre la superficie, desenmascara esta piel de normalidad, se esconde en el espacio vacío de un prolijo ropero. Cuando amamos también transferimos nuestros miedos, nuestra histeria primaria, la sensación de estar alienados de nuestra propia vida. Extraños se llevarán a nuestras mujeres, nosotros enloqueceremos como nuestros padres, nuestros hijos desaparecerán. Y sin embargo ellos nos miran a través de la ventana del jardín, desnudos, y se ríen y ríen y ríen.

 

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