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leyendo ahora: Saludos desde Dalmacia | Želimir Periš
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Želimir Periš | del:Croata

Saludos desde Dalmacia

Traducción : Miguel Rodríguez Andreu

Introducción de Maya Feldman

Qué genial es cuando te inivitan a una fiesta de gente rica– es decir, de hijos de gente rica, ya que el dinero, obviamente, no lo hicieron ellos. Qué promisorio será codearse con la riqueza; “Es un planazo, hombre”, se dice a sí mismo el protagonista del relato. Sin embargo, en este cuento cómico y angustiante de Želimir Periš, todas las promesas se quiebran: los trucos aprendidos en películas de sobrevivientes –que prometían salvarte la vida– no funcionan en las colinas de Dalmacia; los paisajes de tarjeta postal y el folklore que prometían ciertos folletos, no sólo son una trampa para turistas sino una trampa mortal; y las fiestas de los chicos ricos ponen al descubierto, únicamente, el lado oscuro de tanta joyería ostentosa. Al principio parece que estamos leyendo una alegoría sobre el desierto existencial, pero prontamente será evidente que este relato es un thriller criminal que culmina como un ingenioso cuento de horror. Chicos, ¡cuidado con las fiestas en los castillos de los bosques! No todo lo que brilla es oro.

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Cuando estás sediento el mundo como que traza curvas. El suelo se vuelve una esfera convexa y, cada paso que das, es como si escalaras. Los árboles se elevan sobre ti y sus ramas te acuchillan los ojos. Los ojos te arden, los labios te sangran. Sientes como si fueras un bolsa de sangre que gotea en alguna parte del camino, y la cabeza no deja de dolerte.

Pisoteaba el olivar de alguien, miraba los círculos de color marrón que había en la tierra alrededor del tronco de cada uno de los olivos. Alguien estuvo aquí hace poco, arrancó las malas hierbas y colocó las piedras alrededor del árbol. Todo fue ordenado de forma meticulosa: aceitunas apiladas, piedra blanca, cielo azul, como si estuviera en una postal. “Saludos desde Dalmacia”, lo llevaba escrito en la frente ¿Dónde está ahora ese aceitunero tan cuidadoso? Ahora cualquiera le podría salvar, cualquier alma humana, porque la gente siempre tiene agua. Es un distintivo de la civilización: tener agua. Y es que deambulaba por esa postal, en el karst dálmata, en la durisilva, todo era un montón de olivos, encinas y enebro, todo era como en la imagen. Todo en su sitio, excepto una: se moría de sed.

Miles de veces vio documentales sobre supervivencia en condiciones extremas. Se las arreglaría en el desierto. El Sahara, comparado con esto, parecería la salvación. Sabía cómo hacer incisiones en un cactus y exprimir el jugo del mismo. Sabía que la piel de la serpiente debe ser pelada, que debía mear dentro, y beberlo para hidratarse un poco; pero no había desierto, no había cactus ni serpiente, y no tenía ganas de mear. ¿Por qué no emitir un documental sobre cómo sobrevivir en medio de la nada, en Primošten? Había más arena en sus riñones que en el jodido paisaje pedregoso que llevaba rastreando durante horas.

La piedra, y eso lo sabe cualquier dálmata, se puede utilizar de muchas maneras. Con la piedra se construye una casa, se puede rodear una parcela modesta de tierra fértil, de la que no sobra en esta zona, y una pared, elevada un metro sobre el suelo, para que a uno le quede claro cuánta distancia hay hasta el vecino. Una piedra también se puede romper en la cabeza del vecino cuando sobrepasa vuestra parcela de terreno. Entonces, la sangre cae sobre la piedra, y hay una diferencia importante entre la sangre y la piedra, y es que la sangre se puede beber, y la piedra no.

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En un momento de desesperación, trató de masticar hojas. Olivos, encina o enebro, el orgullo del karst, ese es el menú para hoy. La encina parece más jugosa, pero ¿cómo masticar agujas? Apretujando un puñado de hojas de olivo en la boca y masticándolo todo con los dientes. Al menos, si deja algo de líquido esto le salvará ¿Es que no fluye el néctar del aceite de oliva del árbol? Se bebería un litro de esta asquerosidad si alguien se la pusiera delante, pero masticando hojas solo conseguía tener más sed. El agave, recordó, el agave es como un cactus. Pero en ninguna parte había agave. Jodida Dalmacia, todo dragado limpiamente y sin agaves.

Odiaba Dalmacia, las aceitunas y el aceite de oliva, la lavanda, las cigarras, la piedra, la sal y la klapa, que todo el mundo canta. El mar siempre le pareció una gigantesca pared translúcida, unas rejas, la prisión, la dirección hacia donde no se puede ir. Quería tener la oportunidad de poder escapar a cualquier rincón del mundo. Entre el mar y las montañas no podía respirar. El humo era su viento bora. Por encima de él quería farolas, no estrellas. Hay una fiesta, le dijeron. Una pandilla de Zagreb pero en plan Žirje, buen grupo, todos hijos de médicos y arquitectos. Es un planazo, hombre. Vamos, respondió.

Según la posición del sol, sería algún momento del mediodía. El sol le abrasaba directamente la coronilla y los pensamientos se le quemaban bajo la piel. Cada paso que daba, sentía golpes en la cabeza, como si su cerebro impactara en las paredes del cráneo: un recipiente seco sin líquido. Anduvo al menos desde la madrugada, a las dos, tal vez eran las tres. Hasta el amanecer recorrió, al menos, diez kilómetros a través de la oscuridad, primero, en dirección al mar, hacia el sur, con la idea de ir a la carretera principal, donde le recogerían, pero luego renunció asustado a la carretera principal, ¿Qué pasaría si le encuentra un tipo en traje gris? Es por eso que se fue en dirección opuesta, lejos del mar, y no se detuvo hasta el amanecer, luego se detuvo y no sabía dónde estaba. Intentó orientarse, adivinar dónde había una aldea, donde un teléfono, pero las colinas sólo se extendían: eran verdes y pedregosas y desnudas y no había ni una iglesia ni un hombre ni un teléfono.

¿Qué les diría al llamarlos? Diría que había sido un tipo en traje gris. Veinte, treinta años, ¿cómo lo sabría? Camisa blanca y traje gris, se supone que conocería la marca, Armani, Gucci, la hostia en vinagre ¿Qué es lo que tiene que describir un fotorrobot? Traje gris, eso es seguro, pero ¿qué más? Su cara, ¿Qué cara? ¿Qué forma? Ni siquiera sabe la forma de su propia cara. Su cara y él se miran todos los días ¿No son todas las caras de la misma forma? Todas tienen los mismos ojos y oídos, toda la gente es jodidamente igual. Sólo algunos tienen dinero, otros no. Algunos tienen armas, otros no. No miró, sino que huyó, señor inspector, sólo los tontos se quedan parados y miran. El resto intenta salvar la cabeza.

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¿Ha consumido usted? Le preguntaría el inspector. Este es el problema con nuestra policía, siempre eres el puto culpable. Nunca estás limpio, siempre te miran por encima del hombro, siempre eres tú el que incumples la ley. O viajas en tranvía sin billete, o eres un estudiante que no hace las cosas como debe, o has consumido alcohol en una fiesta. No importa que hacen otros, no importa que el del traje gris sacó un arma, no importa a quien estaba apuntando, y que escuchara en sus oídos a la chica gritar. Vio sus rostros desconcertados, los vio cuando la disparó. Pero todo esto no importa porque él había consumido, ¿Qué estaba haciendo en Primošten?, así preguntan nuestros inspectores. Tiene dos multas sin pagar por aparcamiento indebido señor ¿Cree que somos ingenuos y no sabemos que condujo el coche de su padre? ¿Qué otro se sentaría en este cacharro del noventa y uno?

¿A qué distancia está Primošten? ¿Cuánto caminó? Si puede ir a cinco kilómetros por hora, y camina desde la mitad de la noche por lo menos diez horas, cincuenta kilómetros. Es imposible que sean cincuenta. Llegaría ya a algún pueblo o vería alguna carretera a lo lejos, a menos que ande en círculos, a menos que tenga alucinaciones. Y otra vez esa puta postal. No importa cuánto caminara, pero siempre entre olivos. El dolor de cabeza persiste, la garganta le apretaba cada vez más ¿alguien se ha muerto aquí alguna vez de sed? Tragaría con un charco marrón y maloliente, repleto de gusanos y mosquitos, venga va. Adelante. Sirve. Los criterios son un reflejo de la situación.

Como la noche anterior. Adelante. Sirve. Una, la segunda, la séptima. Los cócteles a cincuenta, los coños a cincuenta mil, un Audi de quinientos mil. Por todo había un precio tasado. Las cifras saltaban por los aires. Una villa dorada con vistas a Žirje. Piscina con trampolín. Un hombre joven con una camisa blanca suelta un discurso sobre el agua. Otros brindan por él, alternándose en frases y en importancia. Luego bailan. Con la muerte. Las mujeres de la playa, encima de ellos. Es otro mundo. En el aire se sentía la carga de energía. Cegado por su arrogancia, el traje planchado y el pelo peinado hacia atrás. La soberbia con la que escupen desde la terraza mientras la luna se inclina sobre Zlarin. Divina juventud de oro, semilla de empresarios y jueces croatas, y él, un buscador de oro, un lechón ingenuo. Pero no sabía el lechón que a los potentados les aburre este fulgor, después de tanto dinero y cocaína sólo la sangre apaga la sed.

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Se cayó. Se resbaló con una roca y se despeñó. Los árboles giraban a su alrededor, el cielo se estiraba en espiral, y se fundió con la piedra, el orgullo dálmata, dura y blanca. Se golpeó la rodilla, el codo se rompió, un dolor agudo en la cadera, su garganta se aceraba. No se podía levantar. La carne del codo se deshizo y desde el abismo un chorro de sangre goteaba en la piedra. En la ranura de una roca se creó un charco rojo. Lloraría pero no tiene lágrimas, ni saliva, ninguna gota líquida, y su lengua es gruesa como una patata. Tragaba el aire como si tomara pastillas, y la sangre sale de él, como una cascada que rompe sobre la piedra. Olivos, enebros y encinas giraban a su alrededor. El borde de la postal, quemado. Le pitaban los oídos ¿De verdad se puede morir en el medio de la nada? ¿Dónde están los jodidos cactus?

Con un esfuerzo, se dio la vuelta, movió la piedra roja y hundió el rostro en un charco de su propia sangre. Insaciablemente lamió el líquido dulce. Las sinapsis fueron una explosión de satisfacción después de tanto tiempo sin probar algo húmedo. Se echó a reír. Cuando no tienes nada, necesitas muy poco para alcanzar la felicidad. Cuando te estás muriendo de sed, dos gotas lo son todo. Qué pensaría el hombre sobre ello, comprende que finalmente somos autosuficientes.

Se tumbó sobre su espalda y una sonrisa sangrienta señaló al cielo. El sol le cegó y no podía abrir completamente los ojos por el resplandor. Y, sin embargo, encima suyo, en letras adornadas, podía leer claramente: “Saludos desde Dalmacia”, estaba escrito.

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