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Margarita Leoz | del:español

Segunda Residencia

Miriam les cuenta que la casa la construyó él con sus propias manos. Les cuenta que apilaba las piedras los días de lluvia, para que se empapasen bien antes de soldarlas al cemento. Les cuenta que está en el límite entre dos regiones, un lugar mágico, habitado de espíritus, de meigas. Les explica lo que son las meigas, usando la palabra original, ellos la repiten frenando en cada sílaba, con el respeto con el que se pronuncia una plegaria.

Miriam se inventa toda esa historia, va saltando de una frase a otra de puntillas, como se posarían unos pies ingrávidos sobre las piedras de un río, y modula la voz suave, de tal manera que hasta él acabaría creyéndoselo todo, toda esa desorientación de la verdad. Miriam hace un silencio, la pausa suficiente como para que Rafael mire sus manos, libres ahora de la aspereza de entonces. Luego arquea su espalda, menos flexible, y piensa que ahora todo se acaba, esa casa, todo envuelto por la cháchara despreocupada de Miriam, que no ha callado desde su llegada.

—Salgo a tomar el aire.

Para cuando Rafael dice eso, ella ya está gesticulando ante los ingleses. Se pone a fumar un cigarrillo invisible y saca un humo que nadie percibe. Se da aires de cabaretera. Rafael espera a estar fuera para encenderlo. En el recibidor, se distrae mirando el papel pintado, que puso de cualquier manera una mañana de domingo, solo para ver cómo quedaba, solo para probar. Una esquina quiere despegarse. Pasa las yemas de los dedos por encima, lo acaricia. El papel se desprende como virutas de la corteza de un haya.

Le sorprende el frío. Se enciende el cigarrillo andando en círculos, observa el ascua anaranjada en su punta. Se gira y mira a su espalda. Toma perspectiva. La finca está en una ladera. Hay una parte en la que la loma se corta. Los días de lluvia intensa, el agua cae por ese costado, como perseguida por una rapaz. En el interior, alguien descorcha otra botella y enseguida se oyen unas risas. Piensa que son de Miriam. Después piensa que pueden pertenecer a cualquier otra mujer.

—Dentro de un año, tal vez dos, ni siquiera te acordarás de este sitio —le había dicho ella.

Habían quedado con los ingleses para cerrar la venta. Por la mañana ha ido solo. La autopista se le antoja más vacía de coches, más hueca. Los campos segados se difuminan deprisa en el espejo retrovisor.

—Voy a echar un vistazo —había dicho cogiendo las llaves del coche—. Seguro que nos hemos dejado algo sin recoger.

Cierra la puerta. No espera respuesta.

Cuando llega, sube al piso de arriba. El fluorescente del baño tiembla. Se mira en el espejo, abre más las hojas laterales y observa su rostro triplicado. Es la última vez que me afeito en este lavabo, piensa, y no sabe muy bien si esa es la razón para hacerlo con parsimonia, deslizando la cuchilla varias veces sobre los mismos surcos. Antes de quitar el tapón cromado, busca la desconchadura detrás del grifo del agua caliente. Solo tiene que tantear unos segundos. Allí está. Un cuarto de vuelta de llave inglesa hizo saltar el esmalte al instalarlo. Se acerca un poco más, alza la barbilla para afeitarse un hueco en la mandíbula, a continuación se aclara. Recoge todos los enseres con la minuciosidad de un asesino y sale al exterior.

Necesita la escalera del garaje para descolgar el columpio. Recuerda cuando las niñas se subían a él, una foto en la que Miriam se mecía, con la más pequeña en brazos. Se pregunta dónde estará aquella foto, si se habrá extraviado también en la última de las mudanzas. Ahora no tiene sentido. Las niñas han crecido, se preocupan por otras cosas. Intenta sacar los clavos, pero llevan tanto tiempo incrustados en el árbol que la rama los ha hecho suyos. Busca las tenazas de podar y corta las cuerdas. El tablón golpea el suelo haciendo un ruido sordo.

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Tras el esfuerzo se siente cansado. El pecho le late con fuerza, ahora con una pulsión distinta de la de entonces, un sonido más lejano, como salido del fondo de un pozo.

La tumbona de playa está en el jardín. Se sienta a horcajadas y mira al bosque, enfrente. Alguien se ha dejado olvidado un cuaderno de autodefinidos, abierto por la mitad. Será de Miriam. Nunca acaba lo que una vez empezó con desaforado entusiasmo, se dice. Lo coge por el borde, del mismo modo en que se agarra del pescuezo a un cachorro, e intenta completar las tres casillas horizontales que faltan. Río de Mesopotamia, seis letras. Emperador romano, siete. C-L-A-U-D-I-O. Claudio cabe, pero no tiene bolígrafo. Sería preciso entrar en la casa y revolver los cajones hasta encontrar uno. Arruga el cuaderno y lo lanza contra el árbol. El viento revuelve con perversidad las páginas más superficiales.

—Lo meteré todo en el coche y fuera —dice en voz alta.

Permanece unos segundos en esa posición. Acaricia la tela a rayas de la tumbona, los agujeros que el tiempo y el uso han dejado sobre su superficie. Sería necesario plegarla, pero tal vez no se acuerde de cómo. La meterá de cualquier manera, aunque tenga que dejar la puerta del maletero semiabierta, y la lanzará a la escombrera. Acabará en ese lugar, junto con los tresillos raídos, sobre los chasis de lavadoras. Para sellar la despedida, saca las llaves del bolsillo del vaquero y deja que la más alargada se hunda en la espuma. Un agujero más, nuevo, reciente, provocado, separa una franja azul de otra blanca. Ya nadie se molestará en coserlo.

Se levanta arrastrando el cuerpo y sale del terreno acotado del jardín, la mirada fija en el río. Lo puede ver detrás de los árboles que el verano ha vuelto más tupidos. Le da la impresión de estar acechando los pasos de alguien, un guía, hasta más allá de la verja de la propiedad. A sus pies, la tierra está húmeda. En la copa del árbol más alto se oye un pájaro cantando sin descanso. Presta atención. Se pregunta si seguirá allí posado cuando ese lugar no le pertenezca y le parece que así será, por mucho tiempo, al menos hasta la próxima estación fría. Más tarde se vuelve, contempla el agreste césped alcanzando los pies de la casa, el leve tono amarillento, la pared de piedra gris. Sigue avanzando. Aparta algunas ramas que no existían los años pasados, ni tampoco los anteriores. Es como ir descorriendo un frondoso telón. Entonces puede ver, de lejos, sin necesidad de aproximarse a la orilla, la silueta de Ruth saliendo del agua, sus piernas, sus hombros redondeados, su melena empapada de bañista, con el tambaleo inseguro de quien pisa sobre cantos rodados.

—Quítate esa americana anticuada —le gritaba desde el agua, los brazos en cruz.

Miriam los ha recibido hoy con los brazos extendidos.

Welcome to your home —ha dicho de un tirón, pero la pronunciación era mejor durante los ensayos.

Miriam tiene un inglés rudimentario y los ingleses no hablan nada de español. No importa, el albariño que Rafael guarda en la despensa les gusta mucho.

—Bueno, muy bueno —dicen a coro. Eso sí saben decirlo.

Rafael entra precedido por la bocanada de humo que no se molesta en ocultar. Frente a él, Miriam ha cogido otra botella por el gollete. La limpia con un paño antes de quitarle el corcho. Los ingleses comienzan a estar algo borrachos, hablan entre ellos muy deprisa y Miriam no los puede seguir. Se han sentado en el sillón con las copas en la mano. Se diría que llevan viviendo allí toda la vida. Miriam ha encendido la televisión e intenta explicarles el funcionamiento de un concurso transmitido por el segundo canal. Se muestran interesados, pero quizás es pura cortesía y no están entendiendo nada.

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—Ven, siéntate con nosotros —dice Miriam.

Pero él se queda de pie junto a la ventana, deseando que acaben con todas las botellas que quedan, no llevarse nada de aquel lugar.

Más allá de los cristales, al otro lado del jardín, la ladera ondula suavemente, como una inmensa alfombra que alguien estuviese sacudiendo y que, durante un instante, hubiera detenido el viento.

Ruth trabajaba en la empresa, lo cual hacía bastante fáciles sus encuentros. Salían a la misma hora, quedaban en el segundo piso del subterráneo. Nadie aparcaba en ese lugar si podía hacerlo en la planta baja y ahorrarse así un par de tramos de escalera. Ruth tenía veinticinco años, los ojos turbios y una nariz regia. Siempre la precedía el retumbar de sus tacones sobre el asfalto parcelado del aparcamiento.

No la había llevado a la casa la primera vez. Para entonces, habían pasado por unos cuantos hostales de las afueras, intentando no repetir demasiado. Era la propia Ruth la que se encargaba de reservar la habitación. La recordaba intrépida, estaba siempre dispuesta a jugar. En una ocasión, habían acabado incluso en uno de los hoteles del aeropuerto. Los aviones rugían como elefantes furiosos y luego ya no se oía nada más. Un aterrador silencio. Al mirar por la ventana, como en ese instante pero en otro lugar, se podía divisar el extremo acristalado de una terminal.

Mientras conducía, Ruth iba a su lado, su cuello esbelto de bailarina, sus mejillas, su perfume mezclado con el sudor de despacho, acumulado detrás de la nuca.

—Me gusta tu coche —decía—. ¿Te he dicho alguna vez que me gusta tu coche?

Se sentaban a tomar café en la mesa de forja del jardín. Ruth dejaba que la blusa se humedeciese bajo la melena. Se echaba a veces en la tumbona a rayas, por entonces recién comprada, y cerraba los ojos, pero no llegaba a dormirse. Sin maquillar o con los restos de sombra desdibujados bajo sus párpados era todavía más atractiva. Rafael iba descalzo y no pensaba en ella, pensaba en los días venideros, en todos los viernes de su vida que serían minuciosos, por completo iguales que aquel.

—¿Queda queso en la nevera? —preguntaba Ruth.

En una ocasión comieron tarta los dos, él de pie, ella aupada sobre la encimera. Ni siquiera utilizaban platos. Rafael no quiere recordar si se trataba de las sobras de alguna fiesta infantil, del cumpleaños de alguna de las niñas.

—¿Queda vino en la cocina? —pregunta Miriam—.Creo que esta gente ha acabado con todo.

—Si no hay más en la despensa, no queda nada.

Mira a Miriam a los ojos. Su cara le recuerda a todas las fotografías que han ido guardando en los álbumes.

Los ingleses entienden el funcionamiento del concurso y los invade una especie de euforia. Consiste en adivinar los lugares cuyas imágenes aparecen por unos segundos en pantalla. Aseguran que hay un programa similar en la televisión de su país. Se quedan mudos ante la imagen de una torre altísima en forma de hongo.

—Toronto, Canada —dice el inglés acentuando la primera de las aes.

La presentadora confirma la respuesta. Miriam da palmaditas al aire.

—Muy bien, muy bueno.

Lo dice en español. Eso lo entienden y el inglés responde levantando los pulgares en señal de triunfo.

Rafael se sienta en una de las sillas de la mesa donde han cenado, a una distancia prudencial de los demás. Sobre el mantel quedan aún unas servilletas de papel arrugadas, migas de pan y restos de paté reseco sobre los platos de postre. Se toca la barbilla, afeitada esa mañana. El vidrio de la ventana le devuelve una imagen traslúcida y deforme, su pelo canoso y demasiado largo, el abdomen abultado que ahora le molesta en determinadas posturas, como al atarse los zapatos o al abonar las hortensias.

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—Seremos buenos amigos mucho tiempo —había prometido Ruth.

De repente, le sobreviene una sensación de alivio, de profundo alivio y tristeza. Trata de acordarse del nombre del chico rubio, Julián o Jaime, por el que Ruth no volvió a meterse en el río. Cuando la empresa lo prejubiló, pasó muchas veces por delante de las nuevas oficinas. En ocasiones estuvo tentado de bajar al aparcamiento, buscar el Golf rojo de ella. Nunca se atrevió. Probablemente se había comprado uno nuevo, uno descapotable. Incluso podría ser que tuviera un hijo.

Los ingleses duermen en lo que ahora ya es su antiguo dormitorio. A Rafael le cuesta conciliar el sueño. Oye ruidos lejanos durante la noche, un aleteo intermitente. El desvelo lo lleva con el pensamiento a la cisterna del váter de la planta baja, al lado de la cocina. Se imagina el reguero de agua, la cal solidificándose con morosidad en las paredes del inodoro. Miriam ha bebido más de la cuenta y su respiración es cadenciosa, en una cama de ochenta centímetros. Se abraza con fuerza a la almohada.

Ambos pasan la noche en el cuarto que ocupaban las niñas. Hay un cielo de estrellas fluorescentes encima de sus cabezas, en el que los planetas más pesados se despegaron con el deterioro del pegamento. Rafael se duerme en algún punto incierto entre la Luna y Orión.

Por la mañana entra una luz percuciente por las rendijas verticales de las contraventanas. Nota cómo alguien le zarandea el hombro.

—Vamos, hombre, levanta.

Le pesa la cabeza. Ha dormido poco, a trompicones, despertándose a ratos y preguntándose dónde se encuentra. Lo recuerda todo de forma súbita. Las últimas horas de luz, unas tejas sueltas del cobertizo que ha arreglado aquella mañana, las manos del inglés aferradas al volante a la derecha, la punta del bolígrafo firmando el cheque. Nota un imperceptible vuelco en el corazón, que desaparece casi al instante.

—Vamos, a qué esperas, larguémonos de aquí.

Es la primera vez que escucha esa palabra en la boca de Miriam. Se incorpora aturdido, se pone la chaqueta. Ha dormido vestido. Su cuerpo deja una hendidura profunda sobre la colcha. Pasa la mano por la superficie, pero los pliegues no desaparecen. Es Miriam quien cierra la puerta de la entrada, pero antes coloca el manojo de llaves encima de la cómoda del recibidor.

—¿Tú crees que las verán? —pregunta cuando ya están fuera.

Rafael se encoge de hombros. Mira hacia el seto con expresión de aburrimiento, suspira. Recuerda por un instante el rostro desdibujado de Ruth y solo puede asegurar que una ventana de su nariz era más pequeña que la otra.

—Verán las llaves, ¿verdad? —insiste Miriam. Miriam alza la vista hacia las ventanas del piso superior. En el cielo, de un azul intenso, unas nubes ligeras se persiguen. Rafael tiene la clara impresión de que Miriam le va a decir algo, de que va a pedirle que fuerce la puerta para escribirles una nota y pegarla en el frigorífico o algo así, pero entonces ella se mete en el coche y dice con voz de niña:

—¿Me llevas a la ciudad?

La gravilla cruje por la presión de los neumáticos. Rafael da marcha atrás. Siempre teme atropellar al perro en esa maniobra y abre la puerta para ver mejor, pero el perro murió de viejo y está enterrado junto al roble. Le vienen a la cabeza las lágrimas calientes de las niñas mientras él echaba paladas de tierra sobre el animal.

Bajo las ruedas traseras no hay más que una suave pendiente y las piedras blancas marcando el camino de salida.


*Este cuento fue publicado en: Segunda residencia, Tropo Editores S. L., 2011, © Margarita Leoz.

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