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Margarita Iov | del:alemán

Sendas posibles

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Jan Brandt

Vacaciones en Ødland: dos personas, un perro. Vera y la narradora o el narrador, eso no se aclara, como tantas otras cosas que no se aclaran en este relato breve. Dicho sea en el mejor de los sentidos. Un relato escrito con extrema precisión, y simultánea nebulosidad. Cabras, gansos, gallinas, un pastor con su familia, el posadero de una posada, y sobre todas esas cosas un paisaje árido. Una áspera prosa natural, sin por cargarse de significado. La historia de un alejamiento y de un reacercamiento a la vida, un silencioso y lento tanteo de las cosas y de la gente. El intento, a través de la escritura, de poner orden en el caos que nos rodea, a sabiendas de que eso es algo imposible, porque cada senda lleva a un nuevo caos. Todo queda protocolado, en parte vuelve a tacharse y a ser reformulado, pero solo para ser tachado de nuevo. Una y otra vez se ponen a prueba y se descartan nuevos intentos del narrador o narradora. Aquello que ocurre también podría volverse algo totalmente distinto de un momento para el otro. Un aguzamiento de la percepción. Un cuestionamiento constante de la propia posición. Escribir como reaseguramiento de uno mismo, como truco existencialista.

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Escribo: al tapado de Vera le falta un botón; se lo llevó el perro. Ella mira por sobre mi hombro. Un día me va a llevar también a mí, dice Vera, ya lo verás. Yo digo: no seas tonta.

El perro corre adelante. Seguimos su huella en la grava húmeda. Por la noche ha llovido. El camino está hendido por las pezuñas de las cabras. No hay verdaderas calles en Ødland. Paseamos por entre las casas, como si aquí hubiera algo para ver. Escribo: nunca hay luz encendida en ningún sitio. Tacho y escribo: en las casas no hay ninguna luz encendida cuando pasamos por delante. Me pica el pulmón. Se supone que el aire aquí es bueno para mí. Basta con que salga de la casa una vez por día y ya me voy a sentir mejor; así lo formularon. Incluso me lo he anotado.

Escribo: solo de a poco nos acostumbramos al hedor. No nos habían dicho nada sobre los animales. Vera tampoco quería traer al perro, pero ¿dónde dejarlo? Lo cepillo a diario, conteniendo la respiración, para que pierda menos pelo. Además de las cabras hay gansos, gallinas y algunos otros perros que no vemos nunca, solo escuchamos a veces a la distancia. Lo que más odio son los gansos, andan sueltos y hacen un ruido infernal. Vera se les pone bien cerca. Y mientras Vera habla con los gansos, yo busco con la mirada al perro. Está parado en la curva y espera. Por primera vez se ve como un animal, grande y resplandeciente, con ojos completamente distintos.

De regreso en la habitación, pongo todo por escrito. El paisaje, el aire. No puedo dejar de pensar en que mi padre decía que a medida que iba envejeciendo soportaba cada vez menos la imbecilidad. Exactamente así fue como lo dijo. Aquí queda.

Mientras clasifico mis pastillas, Vera clasifica su ropa para los próximos días.

Camino contra la cuesta de la montaña. Es fatigoso. La vibración familiar en el pulmón. Escribo: aquí y allí florecen amapolas al borde del camino. También Vera ha notado las amapolas, dice: es como si señalaran el camino. Pero eso no es cierto. No tenemos ninguna relación con las amapolas, todas las cosas que crecen aquí unas al lado de las otras lo hacen en completa indiferencia.

En el camino de regreso damos con una manada, la corriente se parte en dos al llegar a donde estamos y solo podemos esperar a que haya pasado. Estamos de pie cuerpo contra cuerpo, la mano fría de Vera en la izquierda mía. Ella acaricia los cuerpos huesudos: dice que la piel es bien dura y lisa. Yo me angosto lo máximo posible. Saludo al pastor, no me devuelve el saludo, con un balido nos dice que nos apartemos del camino. Vive justo al lado, nos lo encontramos en cada paseo, pero así son las cosas aquí. Su mujer no sale prácticamente nunca de la casa. Los hijos tampoco saludan, se ven tan parecidos entre sí que no podemos calcular cuántos son. El mismo pelo rubio platinado. Vera observa a los niños en la granja por la ventana de nuestra habitación.

Escribo: los postigos golpean suavemente contra la moldura. Delante de la puerta de nuestra casa, el dueño clasifica leños. No es mucho, pero es verdadero. Le grito desde la ventana si le puedo dar una mano con algo, no levanta la vista, sacude la cabeza. En la granja de enfrente está el hijo del pastor junto a la cerca. Es uno de los muchachos más grandes, está apoyado en una pala y mira para este lado. Le hago una señal con la cabeza, el muchacho vuelve a su casa. No somos de aquí.

Las noches son como si se hubieran caído al agua. El único ruido en todo Ødland proviene por las noches de mi pulmón. Lo escribo, lo tacho. Escribo: una vez escuchamos afuera un llanto. Podía provenir de una persona, pero lo mismo también de un animal, o bien era el viento en un caño. ¡O bien, o bien! Tacho todo. El perro levanta despacio la cabeza. Su contorno se desdibuja en la oscuridad del pasillo, solo sus ojos brillan azulados y opacos. Pienso involuntariamente en el interior de un caracol. Vera pregunta si no deberíamos ir a ver lo que está pasando. Pero yo no quiero. No quiero saberlo. Quiero quedarme en la cama, no hablar con nadie. No pensar en nada.

Las cosas aquí funcionan de esta manera, dice Vera a la mañana siguiente: los hombres les pegan a sus mujeres, las mujeres a sus hijos, los hijos a los perros y los perros persiguen a las cabras, cuando el pastor no los mira. Y nadie va a ver qué pasa, nadie hace preguntas. ¿Y las cabras?, pregunto yo, pero Vera ha desaparecido en el baño y no me escucha. Escribo: bueno, las cabras arrancan el pasto con sus raíces de la tierra, devoran las pendientes hasta dejarlas peladas y pisotean las flores.

Allí donde termina Ødland empieza la así llamada zona agreste. Es lo que figura en el cartel, debajo hay una flecha apuntando hacia la cumbre. En la meseta hay una última posada. Anudamos la correa del perro al cartel, quiere seguirnos, le aprieto los flancos contra el suelo y digo: quédate. Adentro me siento de manera de tenerlo a la vista. El posadero no se levanta cuando entramos. No se ve a nadie más. Hojea un periódico. Lo saludo, no devuelve el saludo. Le pregunto si tiene algo para recomendar, dice que no hay nada para recomendar. Le pregunto si no tiene una sopa del día, responde que no hay sopa del día ni en general ninguna sopa.

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El perro afuera está de espaldas a la posada, parece mirar a la lejanía, como si reconociera a alguien, el cuerpo tenso hasta las orejas, la cola detenida en medio del movimiento. Cuando salimos y vamos hacia él, ladra un hola como si no hubiera pasado nada, y probablemente tampoco haya pasado nada.

Estoy en el escritorio e intento escribir, pero nada hace sentido y tal vez sea exactamente así. Corro la mesa enclenque de un rincón al otro. O bien las piernas de la mesa tienen distinto tamaño, o bien el suelo está desparejo. El té sabe a cal y está un poco salado. Escribo: solo escribir lo que hay. Si no hay nada, no escribir. Y luego me invade un gran agotamiento, como si hubiera hecho sabe Dios qué. Verá está parada detrás de mí, no la he oído llegar. Sus manos me acarician la nuca. Los ojos del perro debajo de la cama. Me inclino hacia adelante, ella dice: quédate, y vuelve a llevar mi cuerpo otra vez contra el respaldo. Y yo no me muevo. Los dedos de ella están calientes. Vera está hoy severa conmigo. Yo no me resisto, ella me tira del pulóver, ordena: quítate esto. Y yo obedezco.

En el camino de regreso nos encontramos con la mujer del pastor, en cada brazo carga un tacho de plástico con granos. Está sola. Escribo: no dejar que la sensación de impotencia nos saque de combate. Le pregunto si la puedo ayudar. Me ladra que no sea idiota. Su voz es bonita. Escribo: soy idiota. Más tarde en la habitación, Vera desaparece por un largo rato en el baño. Yo espero, luego voy hasta la ventana, donde por momentos hay señal, e intento dos veces seguidas comunicarme con mi padre, pero él no atiende. Quizá salió a caminar o se fue a la ciudad o ha desaparecido de la faz de la Tierra. Apago el teléfono y lo escondo en lo profundo de la mochila. Me siento al escritorio, todas las patas de la silla estorban. Lo escribo, tacho todo. Vera sale del baño y pregunta si está todo en orden, pero ¿qué orden sería ese?

La nariz del perro choca húmeda contra mi mano, yo lo aparto, pero él no desiste. Vera duerme casi sin hacer ruido, un pie roza la pared, el otro está enterrado debajo de la frazada. Siento mi tórax como un cuerpo hueco, y uno de los pulmones como madera podrida. No sé siquiera a qué le temo. Escribo: el corazón ya no es más un corazón. Hay que atarlo como a un bote, de lo contrario se va a la deriva. Lo tacho, escribo: como a un perro. Entre otros: el miedo al teléfono. El temor a que pueda sonar a cada momento. Y a no poder hacer nada. A que Vera me pregunte por qué no atiendo y no saber por qué no atiendo.

Me levanto y enseguida aparece el perro. Aprieto sus flancos de nuevo contra el suelo, se resiste, aplico cierta rudeza. Debe quedarse acostado. Gruñe, se queda acostado. Escribo: no permitir ninguna autocompasión. Y: más paciencia. La escalera cruje con cada paso, el piso de abajo solo está habitado por el dueño de casa, pero no se despierta, al menos no se oye nada.

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Los pies descalzos sobre el frío piso de piedra. En la casa de enfrente hay alguien sentado en la galería, no puedo reconocer quién. Por un momento pienso en mi padre. De cuando en cuando arde en la oscuridad la brasa de un cigarrillo. Toso, digo: hola. Pero nadie me contesta.

Abro la puerta haciendo la menor cantidad posible de ruido, desde la habitación llega un gruñido contenido. Mi perro no me reconoce. Me meto por el angosto resquicio: soy yo, pero si soy yo.

Estoy sobre la cama, panza abajo, la cara vuelta hacia el costado. Cuando lo escriba más tarde, escribo: embotamiento absoluto. Escucho a Vera dando vueltas en puntas de pie. Vera piensa que duermo, pero yo la escucho. Cómo va al baño y se viste despacio. El ruido del cepillo en su pelo. Cómo se repantiga en el antepecho de la ventana y lee un rato, el ruido de las hojas que pasan. Me quedo aún en la cama. Escucho cómo termina de avanzar a hurtadillas, cómo empieza a hacer café, a lavar la vajilla. ¿Cuánta vajilla puede haber que tarda tanto tiempo? Entierro la frente hondo en las sábanas.

Vera está vestida con descuido: se abotonó mal la camisa, lleva el pelo hecho una bola en la nuca. Está sentada sobre el antepecho de la ventana, bamboleando las piernas desnudas. No puedo soportar cuando hace como si tuviera cinco años. A propósito no la miro. El perro ha recostado su pesada cabeza sobre las patas delanteras, las orejas están atentas. Vera alza las piernas hasta el antepecho, dice: el perro acecha. Yo digo: es un perro, lo que hace es andar tirado por ahí, ¿qué debería hacer, en tu opinión?

Escribo: caminamos hacia la montaña. Más allá de la posada. El posadero nos mira pasar. O si no: subimos la montaña, más allá de la posada. En la ventana está el posadero. O bien: está la montaña, el posadero y nosotros. O también: está la montaña, el posadero y el perro. Y Vera. Y yo. En la habitación tacho todo, escribo todo lo que veo, pero siempre hay más. Y todo lo que está ahí está ahí para siempre. Lo que no está ahí desaparece. Escribo: está el paisaje y la mentira. La convivencia de las cosas y el intento de crear un orden. En un mundo que yo al menos no entiendo.

Es casi mediodía. Estoy en la cama y escribo: ya al despertarme, esta sensación. Un querer, de naturaleza imprecisa. Un querer arrancarse. Algo que suelte al corazón. Intento comunicarme con mi padre, pero no atiende. Pienso en la vez que dijo que para él había una sola cosa realmente importante: que cuando muriera, eso no fuera una molestia para nadie. Si era por él, que se lo comieran las gallinas y que nadie se enterara. Exactamente así fue como lo dijo. Aquí queda.

Vera ha ido a buscar leche a la tienda. Se fue con la mayor naturalidad. Si la leche se termina, se compra nueva. Como si no fuera nada. Escribo: conmigo todo está puesto en duda, las cosas más simples. Respirar es un problema.

Camino contra la cuesta de la montaña, a la posada ya no se la ve. El perro tira y tira, como si supiera hacia dónde. Mi mirada sigue la línea curva de caminos posibles, espacios pelados en el pasto, que podrían convertirse en un sendero. Hay que escribirlo todo rápidamente, antes de que desaparezca. Tras un rato, caminar se siente como si no me moviera en absoluto. Como si la tierra se deslizara bajo mis pies, sin mi intervención. Escribo: no saber adónde llegarás, al marcharte. Soltar el bote. Suelto al perro y el perro corre. El aire es completamente claro.

Escribo: tal vez los niños de los vecinos no nos evitan todos juntos. Sino que cada uno nos evita para sí, cada uno por un motivo distinto. Tal vez el pastor persigue a las cabras, cuando los perros no lo miran. ¿Y las cabras? Devoran el pasto. ¿Y el pasto? Crece y crece, como si no hubiera pasado nada. Hoy y mañana y también todos los otros días, lo miremos o no.


*Copyright © Margarita Iov, 2015. 

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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