search
leyendo ahora: Si tiene que ser | Dorian Steinhoff
search

Dorian Steinhoff | del:alemán

Si tiene que ser

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Peter Reichenbach

Me gustan los relatos cuyo contenido se puede resumir en una única oración y "Si tiene que ser", de Dorian Steinhoff, es de ese tipo de relatos. Si a uno le preguntan sobre qué trata, puede responder fácil y rápido: "Sobre el aborto". Y más me gusta cuando uno se da cuenta, ya al hablar, que si bien no está mal lo que está diciendo, en realidad se trata de mucho más. Tal vez de tanto más, que el tema esbozado de manera tan burda va pasando, a medida que uno reflexiona, cada vez más a un segundo plano, al punto de que el tema aborto no parece en el fondo ni digno ni de ser mencionado. La receta de Dorian Steinhoff: observar y escuchar con precisión. Por eso es que a menudo son las frases más simples las que quedan resonando: "Expresado en porcentaje, ¿cuánto deseo tiene de no tener al bebé" pregunta por ejemplo la empleada de la oficina de asesoramiento a la pareja que tiene sentada delante de ella. Una pregunta que probablemente se plantea de manera parecida todos los días, pero que en el relato de Dorian produce un efecto perturbador. Oraciones como esta son las que Dorian Steinhoff logra colocar en el lugar justo y así decir más que todo un artículo de periódico o un ensayo sobre el mismo tema.

 

Leer más

Está decidido que hay que hacerlo y que se hará hoy mismo. Anne tiene el turno, lo tiene hoy y no mañana, y va a ir allí y entonces le extraerán el embrión. Irá sola.

– Max – dijo ella –, es algo que tengo que hacer sola, no quiero que vengas conmigo.

Yo le dije:

– ¿Estás segura? ¿Tampoco quieres que vaya a buscarte? Te pido por favor que lo pienses de nuevo. ¿Realmente quieres estar sola cuando despiertes?

Pero Anne inclinó levemente la cabeza hacia un lado y me miró severa, como queriendo decirme: Este es mi cuerpo y tu pregunta sugerente te la puedes meter ya sabes dónde, así que ahora por favor simplemente acéptalo. Y eso fue todo. La esclarecida Anne. Ante esa mirada solo vale cerrar el pico, de lo contrario rápidamente terminamos gritándonos, ya lo conozco. Son valores empíricos. Hace más de dos años que estamos juntos.

Anne se prepara en grande. Hace tres cuartos de hora que está en el baño, antes pude escuchar el secador de pelo, y antes de eso se había duchado. Cuando salimos no necesita ni la mitad de tiempo y grita por lo menos dos veces a través de todo el apartamento que no tiene nada para ponerse. Después viene a mi habitación, se planta delante de mí, siempre algo de lado, con una pierna doblada ligeramente, bastante nerviosa, resuella fuerte y pregunta si puede ir así. A mí siempre me enamora esa postura y ese resuello y digo:

– Te ves bien. Te ves fantástica.

Lo digo con cualquier cosa que se ponga, es un ritual.

Sale del baño, va en ropa interior directo a su pieza y cierra la puerta, sin decir palabra. Yo no tengo la menor idea de qué hacer. Me siento en el sillón de la cocina y me miro las uñas de las manos, de vez en cuando muerdo un pedazo de cutícula. Espero, espero a que simplemente haya pasado. Presto oídos al apartamento, para escuchar qué hace Anne. Lo que más me gustaría sería beber, el día entero. Anne se viste.

Hace tres meses nada de esto podría haber ocurrido. Anne apenas si estaba con ganas de tener sexo. Era algo frustrante, para ella y para mí, semana a semana, cada vez un poquito más. Primero solo cuando intentábamos dormir juntos, y cada vez era más frecuente que no funcionara, y entonces nos quedábamos acostados espalda contra espalda en la cama, hasta que alguno le tocaba suavemente el brazo al otro. Más tarde me rechazaba antes de que pudiéramos llegar a tanto. Supongo que lo hacía porque quería evitar mi abierta decepción y su bronca con el propio cuerpo. Pero no por eso la cosa mejoró.

En algún momento, toda nuestra relación empezó a sufrir las consecuencias. El trato entre los dos se hizo más distante, rara vez Anne se sentaba ahora sobre mi regazo después del desayuno del domingo. Dejamos de darnos un beso cuando alguno de los dos volvía a casa. Nos irritábamos con el otro con mucha mayor frecuencia y nos hacíamos reproches por cualquier nimiedad. Esas cosas se fueron metiendo a hurtadillas en la relación, nos dimos cuenta cuando era casi demasiado tarde y nos preguntamos, tras una fuerte pelea, si realmente nos seguíamos queriendo.

El ginecólogo dijo que la pastilla podía provocar una disminución del deseo. Entonces Anne dejó de tomarla. Y efectivamente ayudó, volvimos a dormir juntos más a menudo. Nuestras relaciones sexuales se modificaron, se hicieron mejores en esa época. Creo que ante todo Anne disfrutaba más. Solo que no nos gustaban los preservativos. Tampoco nos cuidábamos de otra manera. Simplemente ignorábamos el peligro de un embarazo, tampoco hablábamos sobre el asunto, era más un acontecer que un hacer. Diez días atrás volví a casa y Anne dijo:

– Estoy embarazada.

Fue la primera y última vez que pronunció esa palabra.

Son las cuatro de la tarde, el turno es en media hora, más temprano no se podía, a Anne la metieron entre dos turnos. Desde el desayuno que está sobria.

Todavía tiene que cruzar toda la ciudad. Pero se toma tiempo para vestirse. Golpeo la puerta de su habitación.

– ¿Qué pasa? – dice.

– ¿Puedo entrar? – pregunto.

– Si tiene que ser.

Tiene puesta una blusa blanca, un traje negro de chaqueta y pantalón y zapatos de taco. Está muy pintada. Lápiz labial rojo, polvos, maquillaje, sombra, rímel, delineador oscuro, rouge, todo el set, y sobre todo en cantidad. Se ven pequeñas imperfecciones de la piel debajo del maquillaje y un borde en el cuello. A los pelos se los sujetó fuerte hacia atrás con una cola de caballo. Anne no se ve para nada como Anne. Se ve como una versión de sí misma que va a venderle por encima de su valor un auto con el cuentakilómetros adulterado a un vendedor de autos usados.

– Ahora al menos di algo – dice – Dime al menos cómo me veo.

– Te ves bien. Te ves fantástica – digo – En la sala de espera todos se van a enamorar de ti.

– Es un ginecólogo, Max. Solo habrá mujeres. Mujeres que esperan un turno médico, en el que un extraño les mira el coño.

Se observa en el espejo. Se tira de su cola de caballo y de su escote, arruga la frente.

Psst, you might also like:
Rezo por vos

– Ahí nadie se enamora de nadie – dice.

– ¿Qué es lo que pasa? Solo quería decir que me parece que te ves bien.

– Está bien, Max, está bien.

Hasta ahora el día había transcurrido con toda normalidad. Los acontecimientos habituales por la mañana. Anne fue primera al baño, yo me quedé acostado en la cama y le dije lo bella que era cuando volvió de nuevo a la habitación en ropa interior y con la toalla sobre la cabeza y se paró como siempre delante del ropero. Usamos la mañana para hacer una limpieza profunda. Fregar los armarios de la cocina, quitarle la cal al calentador eléctrico de agua, destapar las cañerías. Casi no hablamos. Cuando decíamos algo, tenía que ver con la sorpresa que nos daba que los armarios cerrados pudieran ensuciarse tanto por dentro.

Uno de nuestros grandes platos para pastas se rompió, era el último que teníamos. Alguna vez habían sido cuatro, todos rotos. Fui yo el que lo dejé caer cuando Anne me lo alcanzó. Los pedazos saltaron por el suelo en todas las direcciones, Anne maldijo en voz alta y me recriminó que fuera tan terriblemente torpe. Más tarde me hice fideos y los comí en un plato plano. Anne me miró comer en silencio, luego se fue al baño.

Gira hacia mí.

– Tengo que sacarme la cosa de adentro. ¿Realmente entiendes lo que eso hace conmigo?

Vuelve a girar hacia el espejo y se pasa la mano por el pelo. Se saca con un pañuelo lo que sobra de lápiz labial. Toma su cartera y sale de la pieza, pasando a mi lado. La sigo al pasillo y hasta la puerta de entrada.

– Si todo transcurre sin problemas, después me va a busca Marie – dice – Nos iremos a comer o algo por el estilo. Te llamo cuando haya terminado. En todo caso, no me esperes, todavía no sé cuándo voy a volver.          

– ¿Tiene que ser? – digo – ¿Tiene que ser esto ahora?

– En un rato me van a extraer algo a mí, Max, ¡a mí! Pero no te preocupes, me las voy a arreglar.

Supe de inmediato que yo no quería tenerlo. Reaccioné con claridad desde el principio. Dije:

– Sencillamente no me lo puedo imaginar.

Anne lloraba.   Yo dije:

– O sea, en general sí, también contigo, pero no ahora.

Hacía solo medio año que nos habíamos mudado juntos. Anne acababa de hacerse cargo de su propio grupo en el jardín de infantes. Yo tenía que escribir mi tesina y preparar los exámenes finales. Para el verano teníamos planificado un gran viaje por Estados Unidos. Esa era la situación. Estábamos sentados sobre la cama, nos tomábamos de la mano y no podíamos creer lo estúpidos que habíamos sido. Golpeábamos el colchón y tirábamos las almohadas al suelo. Estábamos de acuerdo en que un embarazo debía ser una noticia alegre. No hablamos sobre lo que eso significaba, solo decidimos no contarle a nuestros padres. Anne dijo que ya el olor del café y del cigarrillo le daba náuseas.

Baja las escaleras sin antes besarme o abrazarme una vez más. Yo me quedo parado en la puerta del apartamento.

– ¿Tienes el certificado contigo? – le hablo a sus espaldas.

Anne se queda parada en el descanso de la escalera. Se toma de la baranda, mira por sobre su hombro hacia arriba. Justo encima de ella cuelga una lámpara de techo, la luz arroja sombras en su rostro, bajo sus ojos y sobre las mejillas. Su aspecto es duro. Mi querida pequeña Anne, la niña que después de nuestra primera noche juntos se paró ante el ropero y no sabía qué medias debía ponerse, la misma Anne está parada ahora, tensa en su blusa planchada y sobre tacos, medio piso debajo de mí; y su mirada también es dura y ella dice:

– Sí, tengo el certificado.

– ¿Estás segura? Fíjate de nuevo. Necesitas el certificado.

Pero Anne deja de contestarme y sigue bajando los escalones. Sus tacos retumban con un ruido sordo por el pasillo del edificio. Yo estoy parado delante de la puerta abierta del apartamento y me rasco una irregularidad de la piel en mi cuello. Luego se cierra la puerta de entrada del edificio. Durante los últimos diez días nunca pude imaginarme cómo se hubiera visto Anne con un embarazo avanzado.

La última vez que volvió del ginecólogo, Anne lloró camino a casa. Desde su primer regla que se atendía con él. Atravesamos el barrio de su juventud, Anne miraba todo el tiempo por la ventanilla, llorando en silencio. Ya teníamos la certeza, la médica había señalado el monitor del ultrasonido y dicho:

– Sí, ahí, ¿ve eso? Usted está embarazada.

Con mucha fantasía se podía reconocer un gusanito del tamaño de una falange. Nos dio un folleto con la dirección de lugares que ofrecían asesoramiento para embarazos en conflicto y volvimos a casa y Anne lloraba.

Me vuelvo al apartamento y miro hacia la calle desde la ventana. A Anne ya no se la ve. En la cocina tomo una cerveza del refrigerador. Me doy cuenta de que me tiembla la mano. Dejo el abridor al lado de la botella, me apoyo sobre la mesada y respiro hondo. Luego extiendo ambas manos. Estoy temblando. Miro mis manos temblorosas y me acuerdo de la vez en que mi padre me dijo que desde mi nacimiento había perdido el control de su vida: solo reaccionaba, no accionaba, era un constante andar con cuidado. No había reproche en su voz, más bien asombro por haber llegado a esta conclusión. Estábamos sentados bajo un cerezo en flor en el jardín de mis abuelos, bebiendo una cerveza fresca. Se puso de pie y volvió a la terraza, en la que estaban sentadas tres generaciones juntas. Mi padre tenía 26 cuando yo nací, la misma edad que yo tengo ahora.

No se lo contamos a nadie. El fin de semana nos fuimos al campo, lejos de todo, a una pequeña pensión con muebles de roble en la sala de desayuno. Conocimos el pueblo, hicimos asado en la terraza de la posada y paseamos por senderos vecinales.

Psst, you might also like:
Papá Noel duerme en casa

Por la noche nos imaginamos qué pasaría si lo tuviéramos. Hablamos solo de problemas de organización. Dinero, licencia para padres, situación habitacional. Cada uno eligió un amigo con el que quería hablar del asunto. Ni una sola vez hicimos el ejercicio de imaginarnos juntos cómo se vería el niño acostado en la mesa para cambiar pañales. Cómo nos sonreiría mientras se tiraba un pedo, cómo se recostaría sobre el pecho de Anne para tomar la leche, cómo gatearía por el apartamento o diría sus primeras palabras.

Tampoco hablamos sobre los costados fatigosos de los primeros años de ser padres, las noches sin dormir, las limitaciones en general. Sobre nada de eso.

– Deberíamos mudarnos – así hablábamos.

Solo durante nuestros paseos, o cuando estaba acostado en la cama aún despierto, yo pensaba en cómo sería arrastrar ahora un carrito de bebé o escuchar otra respiración junto a la de Anne en la pieza. Pero no hablé con ella de estos pensamientos. La última noche, Anne volvió a fumar y a beber. La palabra aborto no se pronunció.

Estoy sentado a la mesa de la cocina, delante de mí hay entretanto tres botellas de cerveza vacías. Tengo la frente apoyada en mi mano y sigo esperando. Me doy cuenta de que deberíamos volver a aceitar la placa de la mesa, la madera está reseca y descolorida. En un sitio se puede ver una muesca profunda y circular. Resto de una de nuestras peleas. Yo estaba tan furioso que golpee un vaso contra la mesa.

Tomo una nueva cerveza del refrigerador y vuelvo a sentarme. El temblor ha mejorado un poco. Todo está silencioso, increíblemente silencioso. Solo oigo el tic-tac del reloj de pared. Me pone nervioso, lo tomo de la pared y le saco la batería. Queda parado en las 18:12 horas. Lo pongo dado vuelta sobre la mesa, junto a las botellas vacías. Pienso en Anne y en que varios médicos y asistentes dan vueltas delante de sus piernas abiertas. La veo acostada ahí, con el tubo del respirador en la boca. El anestesista se sienta junto a su cabeza y observa el electrocardiograma, cuida el pulso de mi Anne, mientras que por delante le introducen instrumentos esterilizados. Empiezo a sudar, en la nuca, en la frente, en los sobacos. Me pregunto si todo habrá salido bien, si ha vuelto a despertarse. Si ya se resolvió. Me termino la cuarta cerveza.

Creo que fuimos un caso fácil para la asesora pro familia. Ya habíamos tomado nuestra decisión. Necesitábamos el certificado de asesoramiento y sabíamos que lo recibían todos los que asistían a una charla de asesoramiento. En un papel debíamos anotar nuestras razones para estar en conflicto con el embarazo. En primer y segundo lugar figuraban los problemas familiares y de pareja y el padre del niño no apoya el embarazo / a la mujer. Yo puse mis crucecitas en el número trece, situación financiera / económica y en el dieciséis, situación profesional / laboral y empujé mi papel sobre la mesa. Anne pudo ver lo que yo había anotado. Luego colocó su papel con la parte de adelante hacia abajo sobre la mesa y se lo pasó a la consejera.

La consejera observó nuestros papeles y luego preguntó:

– Expresado en porcentaje, ¿cuánto deseo tiene de no tener al bebé?

– Noventa por ciento – dije.

Anne me miró de costado, luego dijo:

– Noventa por ciento.

Después de treinta minutos, nuestro certificado estuvo sellado. Anne se metió en la cartera varios folletos informativos que tomó de un folletero. Estaba estipulado que la charla durara una hora.

Ya son pasadas las nueve. Anne sigue sin llamar. Yo bebo cerveza, y la bebo cada vez más rápido. Entretanto me he emborrachado, camino de un lado al otro de la cocina y por el pasillo. Camino como un poseso por todo el apartamento. Ya no me preocupo, estoy furioso, con Anne, con nosotros, con todo. Me tambaleo un poco y me doy contra el marco de una puerta. Deberías serenarte, maldita sea, pienso. Enciendo el televisor, pero no soporto ni un solo programa por más de cinco minutos. En cada canal, algo desata alguna asociación desagradable dentro de mí. No puedo ver ni un programa de cocina. Sigo con el zapping porque me muestran cómo le sacan las pepitas a un melón. Vuelvo a apagar la televisión y cierro los ojos, entonces suena mi móvil.

– Quería llamarte – dice Anne.

Psst, you might also like:
Las últimas palabras de Benito Picone

Escucho música de fondo, voces.

– ¿Cómo te va? – le digo – ¿Ya terminó? ¿Dónde estás?

– Ni idea, en alguna parte. Marie está conmigo. Estamos por comer algo.

Suena exhausta, habla despacio y con lengua pesada.

– Ven a casa – le digo – por favor. Ven a casa.

– Vamos a comer algo aquí, ya te lo dije. No me esperes. Ahora tengo que cortar.

– Espera – digo –, maldición, ahora espera un momento. ¿Está todo en orden?

– Sí, sí, tengo que ir al baño – dice.

Luego la comunicación se corta.

La llamo de inmediato de nuevo, una vez, dos veces, a la tercera vez ella rechaza el llamado. Cuando llamo por cuarta vez, me comunico directo con su casilla de mensajes. Arrojo mi móvil al suelo, la batería sale disparada. Me cuesta respirar y me tengo que sentar en el suelo. Lloro por primera vez desde que Anne me dijo que estaba embarazada. Lloro histéricamente y hasta lanzo un grito fuerte. Luego vuelvo a pararme, me limpio la cara con la mano y rearmo mi móvil. Empiezo a registrar el apartamento en busca de pistas de dónde podría haber ido Anne con Marie.

Leo los papeles con anotaciones en su escritorio. Enciendo su ordenador y miro el historial de su browser. Estoy firmemente decidido a descubrir dónde está, ir hasta allí y traerla a casa. En los últimos tres días no buscó ningún restaurante ni bar. A cambio, parece haberse leído todos los foros del mundo en idioma alemán sobre interrupción de embarazo. Entradas con los títulos memoria eterna o se cumple un año de la fecha calculada para el parto. Mis ojos se topan con el montículo de folletos informativos que Anne se había llevado de pro familia. En las tapas están retratados padres de aspecto feliz con sus bebés: Asignación para padres y licencias para padres; Estudiar con un hijo; Embarazada en Berlín. Borro el historial del browser. Tomo los folletos, los llevo directo al sótano y los tiro en el contenedor para papeles. De regreso al apartamento, escucho sonar mi móvil. Subo la escalera a los saltos.

– ¿Dónde estás? – pregunto.

– Soy Marie – dice Marie – Me manda decirte Anne que está todo en orden. Estamos en un restaurante, más tarde la llevo a casa.

– ¿En qué restaurante? Paso a buscarlas.

– Max – dice Marie – Anne no quiere que vengas. Más tarde la llevo a casa, no te preocupes. Por favor no vuelvas a llamar.

Y corta.          

Un par de minutos más tarde vuelvo a llamar a Anne, me atiende el contestador. El mensaje de Anne es alegre, suena de buen humor y feliz, a uno le dan ganas de dejarle un mensaje a esa voz en el contestador.

Después de la señal, digo con voz entrecortada:

– Anne, soy Max. Si hice alguna cosa mal, lo lamento. Pero por favor ven ahora a casa. Ven a casa, ¿vale? No aguanto más… Te amo.

Parado junto a la ventana, vigilo ansioso. Cada auto que se acerca espero que sea un taxi ocupado, en el que venga Anne. Ahora bebo sobras de aguardiente barata con cubitos de hielos. El móvil está a mi lado sobre el vano de la ventana. En el edificio de enfrente hay una pareja enfrente del televisor, tomados del brazo. Un enjambre de insectos revolotea alrededor de la luz encendida de un farol de calle. De nuevo llega un auto despacio, pero no se detiene. Me pregunto cuándo he perdido a Anne por el camino. Busco un momento, algún gesto, una frase que debiera señalarme que en los últimos diez días ella estuvo viviendo un rollo completamente distinto al mío. Se me hace evidente que no sé cómo seguirá lo nuestro.

Me despierto al escuchar que abren la puerta de entrada al apartamento. El televisor brilla mudo y arroja al ritmo de los cortes en la película una luz débil en la habitación. Me levanto y voy rápido al pasillo. Al entrar, Anne se golpea contra la pared. Su maquillaje está corrido, su cara tiene un torcimiento extraño, ha estado llorando.

– Anne… – le digo y voy hacia ella.

Ella retrocede medio paso y levanta las manos hasta la altura del pecho en gesto de repulsa, con la mirada perdida en el vacío. Parece un cartel de stop.

– Anne… – digo de nuevo – Ahora ya ha pasado, quedó atrás.

No contesta, se desliza por mi costado con las manos aún alzadas, prestando atención a no tocarme. Cuando la tengo al lado, procuro tomarla suavemente del mentón, de modo que levante la cabeza y al menos lograr que me mire, así sé qué es lo que está pasando. Me toma de la muñeca, me mira y vuelve a bajarme bien despacio la mano. Se siente como una amenaza. Desde sus ojos me grita un desprecio que me eriza la piel de la nuca. Luego se va a su cuarto.

Escucho cómo saca algo de abajo de su cama. Voy tras ella y me quedo parado en el umbral de la puerta. Anne está haciendo una maleta, dice:

– Hoy duermo en lo de Marie.


*This story is taken from: “Das Licht der Flammen auf unseren Gesichtern” by Dorian Steinhoff © mairisch Verlag 2013.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty

Send this to a friend

Hi, this may be interesting you: Si tiene que ser! This is the link: http://www.shortstoryproject.com/es/si-tiene-que-ser/