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Ray Bradbury | del:inglés

Sin novedades O, ¿Qué mato al perro?

Traducción : Martín Schifino

Introducción de Oded Wolkstein

Tras la muerte de Ray Bradbury, Stephen King sostuvo que oía el estruendo de las pisadas de un gigante que se aleja. Esta impresión pareciera adecuarse también a algunas de las mejores obras del escritor, especialmente a sus cuentos cortos: besos furtivos en la penumbra que equivalen, en muchos casos, a una relación entera. Generalmente no vemos a aquel gigante andando en estos cuentos, y no nos enteramos de su total dimensión. Pero al finalizar la lectura oímos el eco de sus pisadas, y comprendemos que algo muy grande y perturbador ha pasado a nuestro lado. El siguiente relato teje círculos que van ensanchándose de significado, memoria y recuerdo en torno a la muerte de un perro: el perro querido por la familia. En muy pocas páginas, Bradbury logra codificar una parábola sobre la muerte y la posibilidad imaginaria de vencerla de una vez y para siempre; sobre la vida como un relato de ciencia ficción, y, no menos importante, sobre el modo profundo con que la ciencia ficción "toca" la vida y las diversas maneras que tenemos de narrarla. Esa vida es configurada, en este relato, como una rara mezcla entre una concatenación casual de tragedias y algunos milagros fortuitos; y la fe –bastante ingenua– en el progreso suscitará (gracias a dios) su misterioso contrario. Resulta claro que todo esto es una alegoría de algo, pero ¿de qué? Walter Benjamin distingue entre dos tipos de alegorías. El primer tipo de alegorías se abre como un bote de papel – tú enderezas el último de los pliegues y el bote desaparece bajo tus dedos, como si se desintegrara luego de haberle extraído su significado. El segundo tipo de alegorías se abre como una flor. Hela aquí.

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Era un día de holocaustos, cataclismos, tornados, terremotos, apagones, matanzas, erupciones y desgracias diversas, en cuyo apogeo el sol se tragó la tierra y desaparecieron las estrellas.

Pero para decirlo sencillamente, el miembro más respetado de la familia Bentley había muerto.

Perro se llamaba y perro era.

 Los Bentley, al levantarse tarde un sábado por la mañana, encontraron a Perro estirado en el suelo de la cocina, la cabeza hacia la Meca, las patas perfectamente dobladas y sin mover la cola; era la primera vez en veinte años que no la movía.

¡Veinte años! Dios mío, pensaron todos, ¿de veras pasó tanto tiempo? Y ahora, sin pedir permiso, Perro estaba frío y muerto.

Susan, la hija menor, despertó a todo el mundo gritando:

–A Perro le pasa algo. ¡Venid rápido!

Sin molestarse en ponerse la bata de baño, Roger Bentley salió corriendo en ropa interior a mirar aquel animal inmóvil en las baldosas de la cocina. Su mujer, Ruth, llegó detrás de él, y luego su hijo Skip, de doce años. El resto de la familia, Rodney y Sal, que se habían casado y habían volado, llegarían más tarde. Todos dirían lo mismo:

–¡No! Perro era eterno.

Perro no decía nada; seguía allí tendido como la segunda guerra mundial apenas concluida, pura devastación.

Las lágrimas corrieron por las mejillas de Susan, luego por las de Ruth Bentley, y a continuación por las del padre,y al fin, cuando entendió qué pasaba, por las de Skip.

Instintivamente se ordenaron en círculo alrededor de Perro, y se arrodillaron en el suelo para tocarlo, como si eso pudiese de repente obligarlo a sentarse, a sonreír como hacía siempre a la hora de la comida, a ladrar y a llegar antes que todos a la puerta. Pero el hecho de tocarlo no hizo más que aumentar las lágrimas.

Finalmente se levantaron, se abrazaron y fueron como ciegos en busca del desayuno, en medio de todo lo cual Ruth Bentley dijo, aturdida: –No lo podemos dejar ahí.

Roger Bentley levantó a Perro con suavidad, lo sacó al patio y lo puso a la sombra, junto a la piscina.

–¿Ahora qué hacemos?

–No lo sé –dijo Roger Bentley–. Ésta es la primera muerte en la familia en varios años y… –Se interrumpió, resopló y sacudió la cabeza. – Queiro decir…

–Lo dijiste muy bien –interrumpió Ruth Bentley–. Si Perro no era de la familia, ¿qué era? Dios mío, cómo lo quería.

Las lágrimas volvieron a correr por todas las caras, mientras Roger Bentley traía una manta para tapar a Perro, pero Susan lo detuvo.

–No, no. Queiro verlo. No podré verlo nunca más. Es tan bonito… Es tan… viejo.

Todos llevaron el desayuno al patio para sentarse alrededor de Perro; de algún modo sentían que no podían desatenderlo quedándose a comer dentro de la casa.

Roger Bentley telefoneó a los otros hijos, cuya reacción, después de las primeras lágrimas, fue la misma: vendrían enseguida. En un minuto.

Cuando llegaron los hijos que faltaban, primero Rodney, de veintiún años, y después la hija mayor, Sal, de veinticuatro, una nueva ola de dolor invadió a todos, y entonces se sentaron en silencio un rato, mirando a Perro a ver si ocurría un milagro.

–¿Qué planes tenéis? –preguntó al fin Rodney.

–Sé que esto es absurdo –dijo Roger tras una pausa embarrazosa–. Al fin y al cabo, sólo es un perro…

–¿¡Sólo!? –gritaron todos instantáneamente.

Roger tuvo que dar marcha atrás. –Bueno, se merece el Taj Mahal. Pero terminará en el Cementerio de Animales Orion, en Burbank.

–¿¡El Cementerio de Animales!? –gritaron todos, pero cada uno de una manera diferente.

–Dios mío –dijo Rodney–, ¡eso es una estupidez!

–¿Qué tiene de estúpido? –A Skip se le encendió la cara y le tembló el labio. – Nadie puede negar que Perro era una perla… inapreciable.

–¡Sí! –agregó Susan.

–Bueno, perdón. –Roger Bentley se volvió a mirar la piscina, los arbustos, el cielo. – Supongo que podría llamar a esos basureros que recogen cadáveres

–¿Basureros? –exclamó Ruth Bentley.

–¿Cadáveres? –dijo Susan–. ¡Perro no es un cadáver!

–Y ¿qué es? –preguntó Skip con voz sombría.

Todos miraron a Perro allí tendido, inmóvil, junto a la piscina.

–Lo… lo… –soltó finalmente Susan– ¡lo amo!

Antes de que pudiese reiniciarse el llanto, Roger Bentley levantó el teléfono del patio, marcó el número del Cementerio de Animales, habló y colgó.

–Doscientos dólares –informó a todos–. No está nada mal.

–¿Para Perro? –dijo Skip–. ¡Es poco!

–¿Lo dices realmente en serio? –preguntó Ruth Bentley.

–Sí –dijo Roger–. Toda la vida me he burlado de esos sitios. Pero ahora, viendo que nunca más podremos visitar a Perro… –Dejó pasar un momento. – Vendrán buscar a Perro al mediodía. Mañana será el funeral.

–¡Funeral! –Rodney resopló y caminó a pasos largos hasta el borde de la piscina agitando los brazos. – ¡No me meterías en eso!

Todos lo miraron. Finalmente dio media vuelta y dejó caer los hombros. –Maldita sea, allí estaré.

–Si no lo hicieras, Perro jamás te perdonaría. –Susan, lloriqueando, se limpió la nariz.

Pero Roger Bentley no había oído nada. Miró a Perro, luego a su familia, y levantando la mirada al cielo, cerró los ojos y exhaló un fuerte susurro:

–¡Ay, Dios mío! –dijo, con los ojos cerrados–. ¿Te das cuenta de que ésta es la primera cosa terrible que ha sucedido a nuestra familia? ¿Alguna vez hemos estado enfermos, alguna vez hemos ido al hospital? ¿Alguna vez hemos tenido un accidente?

Esperó.

–No –dijeron todos.

–Caramba –dijo Skip.

–¡Sí! ¡Caramba! Y bien que vemos accidentes, enfermedades, hospitales.

–Quizá –dijo Susan, que tuvo que interrumpirse y esperar porque se le quebró la voz–. Quizá Perro murió para que tuviésemos que darnos cuenta de lo afortunados que somos.

–¡¿Afortunados?! –Roger Bentley abrió los ojos y dio media vuelta. – ¡Sí! Vosotros sabéis lo que somos…

–La generación de la ciencia ficción –sugirió Rodney, encendiendo miu tranquilo un cigarrillo.

-¿Qué?

–Siempre hablas de eso con entusiasmo, en las clases universitarias o durante la cena. ¿Abretalas? Ciencia ficción. Automóviles. Radio, televisión, películas. ¡Todo! ¡Eso es ciencia ficción!

–¡Sí, maldita sea, claro que sí! –gritó Roger Bentley y fue a mirar a Perro, como si las respuestas estuvieran allí, entre las últimas pulgas–. Demonios, no hace tanto tiempo no había coches, ni abrelatas, ni televisión. Alguien tuvo que soñarlos. Comienzo del discurso. Alguien tuvo que fabricarlos. Mitad del discurso. Así que los sueños de la ciencia ficción se convirtieron en hechos científicos concretos. ¡Fin del discurso!

–¡Ya lo creo! –Rodney aplaudió cortésmente.

Roger Bentley no pudo evitar hundirse bajo el peso de la ironía de su hijo, y se puso a acariciar la cabez del animal muerto.

–Lo siento mucho. Perro me mordió. No lo puedo evitar. Durante miles de años no hicimos otra cosa que morir. Ahora ese tiempo ha terminado. En resumen: pura ciencie ficción.

–Tonterías. –Rodney soltó una carcajada. – Deja de leer esa basura, papá.

–¿Basura? –Roger tocó el hocico de Perro. – Por supuesto. Pero ¿qué me dices de Lister, Pasteur, Salk? Odiaban la muerte. Saltaron para detenerla. De eso se ocupó siempre la ciencia ficción. De odiar las cosas tal como son y de querer transformarlas. ¡¿Basura?!

–Historia antigua, papá.

–¿Antigua? –Roger Bentley clavó en su hijo una mirada terrible. – Dios mío. Cuando nací, en mil novecientos veinte, si querías visitar a tu familia los domingos…

–¿Ibas al cementerio? –dijo Rodney.

–Sí. Mi hermano y mi hermana murieron cuando yo tenía siete años. ¡Perdí a la mitad de la familia! A ver, hijos queridos, ¿cu´´antos amigos vuestros murieron a lo largo de vuestra vida? Durante la escuela primaria. Durante la escuela secundaria.

Roger abarcó a la familia con la mirada y esperó.

–Ninguno –dijo Rodney al fin.

–¡Ninguno! ¿Estáis oyendo? ¡Ninguno! Santo Dios. ¡Seis de mis mejores amigos murieron antes de que yo cumpliese diez años! ¡Espera! ¡Acabo de recordar!

Roger Bentley corrió a hurgar en un armario de la sala y trajo un viejo disco de 78 rpm a la luz del sol, y le sopló el polvo. Bizqueó mientras leía la etiqueta:

–«Sin novedades, o ¿qué mató al perro?»

Todos se acercaron a mirar el viejo disco.

–Eh, ¿cuántos años tiene eso?

–Cuando yo era niño, en los años veinte, lo escuché un centenar de veces –dijo Roger.

–«Sin novedades, o ¿qué mató al perro?» –Sal miró la cara del padre.– Esto se toca en el funeral de Perro –dijo.

–¿Estás bromeando? –dijo Ruth Bentley.

En ese momento sonó el timbre.

–¿Serán los hombres del Cementerio de Animales, que vienen a llevarse a Perro…?

–¡No! –gritó Susan–. ¡No tan pronto!

De manera instintiva, la familia levantó una pared entre Perro y el sonido del timbre, resistiéndose a la eternidad.

Enseguida gritaron, una vez más.

Lo extraño y maravilloso del funeral fue la cantidad de gente que asistió.

–No sabía que Perro tuviese tantos amigos –lloriqueó Susan.

–Vivía a costa de todo el pueblo –dijo Rodney.

–No hables mal de los muertos.

–Bueno, maldita sea, eso es lo que hacía. Si no, ¿por qué están aquí Bill Johnson, o Gert Skall, o Jim, el de enfrente?

 –Perro –dijo Roger Bentley–, ojalá vieras todo esto.

 –Lo ve. –Los ojos de Susan se llenaron de lágrimas. – Esté donde esté.

 –La buena de Sue –susurró Rodney–, que llora leyendo la guía telefónica…

–¡Cállate! –gritó Susan.

–Silencio, los dos.

Y Roger Bentley, con la mirada clavada en el suelo, fue hacia la parte delantera de la pequeña funeraria donde estaba expuesto Perro con la cabeza echada sobre las patas, en una caja que no era ni muy lujosa ni muy sencilla sino lo justo.

Roger Bentley puso una aguja de acero en el disco negro que giraba en la parte superior de un descascarado aparato portátil. Lag aguja rascó y silbó. Todos los vecinos se inclinaron hacia adelante.

–Nada de oraciones fúnebres –dijo Roger rápidamente–. Sólo esto

Y una voz que hablaba en un día muy lejano contó una historia de un hombre que volvía de las vacaciones y preguntaba a los amigos qué había pasado mientras él no estaba.

Parecía que no había pasado nada.

En realidad, sólo una cosa. Todos se preguntaban qué habría matado al perro.

¿El perro?, preguntaba el turista. ¿Murió mi perro?

Sí, y quizás a causa de la carne de caballo quemada.

¿¡Carne de caballo quemada!?, gritaba el turista.

Bueno, decía el informador, cuando se incendió el establo, la carne de caballo se quemó, así que el perro comió la carne de caballo quemada y se murió.

¿¡El establo!?, gritaba el turista. ¿Cómo se incendió?

Bueno, el viento llevó algunas chispas desde la casa, que prendieron fuego al establo, quemaron la carne de caballo, el perro comió esa carne, murió.

¿¡Chispas desde la casa!?, gritaba el turista. ¿Cómo…?

Fueron las cortinas de la casa, que se incendiaron.

¿Las cortinas? ¿Se incendiaron?

A causa de las velas que rodeaban el ataúd.

¿!Ataúd!?

El ataúd funerario de tu tía, las velas prendieron fuego a las cortinas, la casa se incendió, las chispas que salían de la casa volaron, quemaron el establo, el perro comió la carne de caballo quemada…

Resumiendo: ¡sin novedades, o qué mató al perro!

El disco siseó y se detuvo.

En el silencio, se oyó una risita, aunque la grabación había hablado de la muerto de perros y de personas.

–Ahora, ¿vamos a tener la conferencia? –dijo Rodney.

–No, un sermón.

Roger Bentley apoyó las manos en el púlpito y miró un largo rato las notas que no había tomado.

–No sé si estamos aquí por Perro o por nosotros mismos. Supongo que por las dos cosas. Somo las personas «a las que nunca les pasó nada». Hoy pasa algo por primera vez. No es que quiera una racha de muerte o enfermedades. Dios nos libre. Muerte, tómate tu tiempo, por favor.

Hizo girar el disco entre las manos, una y otra vez, tratando de leer las palabras que había debajo de los surcos.

–Sin novedades. Salvo que las velas funerarias de la tía prenden fuego a las cortinas, las chispas vuelan y el perro se va al otro mundo. En nuestras vidas pasa lo contrario. Durante años no hemos tenido novedades. Hígados sanos, corazones saludables, buena vida. Entonces… ¿qué es todo esto?

Roger Bentley echó una mirada a Rodney, que estaba consultando el reloj pulsera.

–Algún día también nosotros tendremos que morir –prosiguió Roger Bentley–. Cuesta creerlo. Estamos mal acostumbrados. Pero Susan tenía razón. Perro murió para decirnos esto, con dulzura, y tenemos que creerle. Y al mismo tiempo celebrar. ¿Qué? El hecho de que somos el comienzo de una asombrosa y pasmosa historia de supervivencia que no hará más que mejorar con el paso de los siglos. Podéis argumentar que la próxima guerra acabará con todos nosotros. Tal vez.

»Yo sólo puedo decir que pienso que todos llegaréis a viejos, a muy viejos. Dentro de noventa años, la mayoría de la gente se habrá curado el corazón, habrá puesto remedio al cáncer y se habrá saltado los ciclos vitales. Mucha tristeza habrá desaparecido del mundo, gracias a Dios. ¿Será fácil hacer todo eso? No. ¿Lo haremos? Sí. No en todos los países, por el momento. Pero finalmente lo haremos en la mayoría.

»Como dije ayer, hace cincuenta años, si querías visitar a tus tías, tíos, abuelos, hermanos, hermanas, tenías que ir al cementerio. No se hablaba de otra cosa que de la muerte. Era inevitable. ¿Se me acabó el tiempo, Rodney?

Rodney indicó por señas a su padre que le quedaba un minuto.

Roger Bentley resumió su pensamiento:

–Claro que morirán niños. Pero no por millones. ¿Y los viejos? En vez de ir a parar al huerto de mármol, estarán en la Ciudad del Sol.

El padre contempló a su familia, que observaba con ojos vivos desde los bancos.

–Dios mío, ¡miraos en el espejo! Después mirad hacia atrás. Mil siglos de terror, de dolor absoluto. Que me lleve el diablo si sé cómo hacían los padres para no perder la cordura y criar a los hijos cuando se les moría la mitad. Destrozadosm lograban hacerlo. Mientras millones morían a causa de la gripe o de la Peste.

»De modo que aquí estamos, en un nuevo tiempo que no podemos ver porque estamos en el ojo de huracán, donde todo está en calma.

»Ahora, después de decir unas palabras sobre Perro, me callaré. Porque lo queríamos hemos hecho esta cosa casi estúpida, esta ceremonia fúnebre, pero de repente no nos sentimos avergonzados ni arrepentidos de haberle comprado un lugar en el cementerio ni de que yo diga unas palabras. Quién sabe si volveremos alguna vez a visitarlo. Pero tiene un lugar. Perro, bendito seas. Ahora, que todo el mundo se suene la nariz.

Todo el mundo se sonó la nariz.

–Papá –dijo Rodney de repente–, ¿podemos… volver a escuchar el disco?

Todos miraron a Rodney, sorprendidos.

 –Era lo que iba a sugerir –dijo Roger Bentley.

Puso la aguja en el disco. Brotó un silbido.

Cerca de un minuto más tarde, cuando las chispas de la casa saltaron para incendiar el establo y quemar la carne de caballo y matar el perro, hubo un ruido en la entrada trasera de la pequeña funeraria.

 Todo el mundo volvió la cabeza.

En la puerta había un hombre extraño que tenía en la mano una canasta de mimbre de la que salían unos pequeños ladridos.

Y mientras las llamas de las velas que rodeaban el ataúd preendían fuego a las cortinas y las últimas chispas volaban en el viento…

Toda la familia, arrastrada a la luz del sol, se reunió alrededor del desconocido de la canasta de mimbre, esperando a que llegase papá y levantase la cubierta de la pequeña cesta para poder meter todos la mano.

Ese momento, dijo más tarde Susan, fue como leer una vez más la guía telefónica.

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