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Kristina Schilke | del:alemán

Soy yo

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Felicitas von Lovenberg

Un hombre de cuarenta y pocos años, una estadía en una clínica, el momento de detenerse y de conocer a alguien en una fiesta con parrillada. Kristina Schilke se destaca en “Soy yo” por lograr capturar, y por trasladar al lector, una situación precaria que se encuentra entre el estado de excepción y la normalidad, entre la opresión paralizadora y el seguir para adelante. Pero nada de esto resulta en absoluto anormal para esta autora que nació en 1986 en la ciudad rusa de Cheliábinsk y emigró a Alemania con ocho años. Cada uno de las trece relatos de su primer libro Elefanten treffen (2016, “Encuentros con elefantes”) es un testimonio de la intensidad lingüística y al mismo tiempo de la agilidad de Kristina Schilke, que en 2011 se recibió en el Instituto de literatura alemana de Leipzig. Se muestra como una observadora tan intrépida como precisa de las zonas de dolor, tanto internas como externas.

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La clínica psiquiátrica diurna Sankt Johannesweide abarca un amplio terreno. Los pacientes de esta joya entre los sanatorios de la Baja Baviera son acogidos durante los días hábiles de la semana de las siete de la mañana hasta las seis de la tarde. Desde hace tres semanas esta clínica es mi vida. Tres semanas. En ese tiempo no puede haber hecho efecto ningún antidepresivo todavía, y a nadie puede irle realmente mejor. Es algo que oigo a menudo, y con lo que básicamente estoy de acuerdo. Conservo la paciencia y solo compruebo que los antidepresivos no muestran hasta ahora ningún efecto sobre mi psique, aunque sí un efecto muy claro sobre mi función eréctil.

Cada día realizo extensos paseos por el predio de la clínica. No por autodisciplina o voluntad de curarme, sino porque no sé qué podría hacer si no después de las seis. Paseo horas enteras por las colinas, al costado de los árboles y pasando el estanque con ranas. Solo vuelvo a casa cuando se ha hecho de noche. Pero como el verano avanza de manera irrefrenable, ese momento se demora día a día un poco más. En casa duermo como un asesinado, me aseo mínimamente tras despertarme, no toco bocado, ni siquiera tomo café y vuelvo a la clínica.

Paso los fines de semana durmiendo, lamentablemente no de corrido, sino con interrupciones, inquieto y sin sueños. Cuando me despierto estoy tan agotado como antes de irme a dormir. Durante las horas de vigilia enciendo el televisor. En algún momento pienso en comer algo. Para eso voy al turco de al lado, el único turco en Waldesreuth, vende döner. No bien entro al local, empieza a preparar mi plato en silencio, siempre pido lo mismo, selección de ensaladas y un vaso de té negro. En un rincón del local cuelga un televisor, sintonizado en un canal de noticias. Miro las noticias con indiferencia, porque solo estoy esperando. Espero que llegue el lunes, siete de la mañana.

En el estanque crecen lentamente los renacuajos. Los más fuertes y gordos de entre ellos solo pueden sobrevivir si se vuelven caníbales. Sé de la población de renacuajos y ranas en el agua del estanque porque yo mismo descubrí el conglomerado durante mis paseos. Los médicos habían mencionado más bien al pasar que en el predio seguramente había muchas cosas para descubrir.

A pesar de que pasó un mes, no logro aprender mi plan semanal en la clínica, por eso está colgado sobre mi cama, anotado sobre un papel cuadriculado. El lunes, por ejemplo, lo primero es la preparación conjunta del desayuno, después viene la reunión grupal, después la terapia de movimiento y así. No puedo aprenderme mi plan semanal porque sufro de pérdida de memoria debido a la depresión. Eso es algo que según los médicos debe mejorar con los medicamentos, las charlas y las otras actividades en la clínica.

Para distraerme de la pregunta de si me estoy volviendo loco, presto atención a las singularidades de la naturaleza mientras recorro los terrenos de la clínica: una lombriz resecada; escarabajos apareándose y pegados uno al otro; viento; sol; pedazos de papel que quedan colgados en el césped. ¿Me parecen ridículas mis observaciones? Tal vez. Nunca las habría hecho de haber conservado la salud, pero los médicos me habían dado la tarea de estar atento, de tomar conciencia de mi entorno. De modo que no tenía opción.

En el último tiempo he tenido que discutir mucho el dibujo que hice en terapia artística. Torpemente pinté un caballo al galope, del que se precipita un hombre, pero que en vez de caer contra el suelo duro lo hace sobre un prado de flores. Tuve que hablar, como si lo supiera, sobre qué significaba ese dibujo o por qué lo había pintado.

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Entretanto las noches se han hecho tan cortas que voy a mi casa solo para dormir cuatro, cinco horas. Todo el tiempo me olvido de cambiar las sábanas sudadas. Cuando abro la ventana, los mosquitos se reúnen conspirativamente sobre mi cama. Luego me pican. Mi cuerpo está repleto de los testimonios de sus asambleas secretas.

En el estanque, el croar se intensifica. Los renacuajos que pudieron sobrevivir se han hecho adultos y buscan con quién aparearse. El ciclo de su vida está establecido, siempre saben lo que tienen que hacer.

O sea que a todas luces el tiempo pasa. Pero yo no percibo ese tiempo que supuestamente transcurre. Nunca sé con exactitud lo que hice la semana anterior. En algún momento habrán pasado meses y años.

Hace poco anunciaron una fiesta con asado en la clínica. Habrá ponches sin alcohol, y para la comida cada cual tiene que contribuir con algo, de eso se trata en última instancia, de controlar el estrés en el día a día. En mi grupo de terapia hay colgada una lista en la que debemos anotar qué es lo que uno traerá al asado. Yo simplemente voy a buscar una gran porción de ensalada en lo del turco. A otros pacientes la fiesta les genera más preocupaciones que a mí: ¿qué debo aportar de comida? ¿Cómo voy a hacer para preparar lo que elija? ¿De dónde voy a sacar la fuerza para soportar esta presión? En cambio yo me tiro a dormir –los mosquitos giran alrededor de la cama, y yo sé que mañana es el día–, sin pensar en nada.

A la salida del sol me despierto por el ruido de la dentadura de juguete desplegable que con tanta frecuencia les enseñaba a los niños en mi consultorio. Hace tiempo que ya no se encuentra en mi casa, lo que significa que se trata de un ruido fantasma. El día del asado, un viernes, transcurre como cualquier viernes en la clínica. Solo después del mediodía se nota que algo ha cambiado. Los pacientes están dispersos en grupos por el parque. Junto al estanque hay dos hombres que se hicieron amigos en la terapia de movimiento, a la que también asisto yo. Para la fiesta se pusieron ropa fina. Yo llevo la camisa polo amarilla que también solía ponerme para el trabajo. Los dos hombres tienen la vista fija en el estanque y conversan sobre algo. Puedo imaginar perfectamente que sea sobre las ranas. Cuánto más fácil sería todo si uno hubiera nacido siendo una de ellas. Existe por ejemplo un tipo de rana, la rana de bosque norteamericana, que posee una habilidad inconcebible: en invierno, estos animales se congelan. Apagan todas las funciones vitales y su cuerpo produce un medio contra el congelamiento que protege los órganos internos. En primavera, las ranas se descongelan desde adentro para afuera, y sus corazones empiezan lentamente a latir otra vez. Tienen la suerte de poder sobrevivir al duro invierno sin tener que vivirlo. Los dos hombres se ríen, yo me doy vuelta y sigo deambulando.

En el edificio de la clínica reina el ajetreo. Se disponen mesas y se las cubre con los alimentos que trajo cada uno, entre otros también mi ensalada de lo del turco. Muchos pacientes se han disfrazado y se ven ahora como felices invitados a una fiesta. En el ponche sin alcohol que prometieron los asistentes sociales, y que se sirve de una fuente de vidrio con dos cucharones de vidrio, flotan frutas reblandecidas. Reconozco pasas de uvas, guindas, ananás, todas de lata, y cada vez que uno moja uno de los cucharones en la fuente para servirse las frutas de adentro se arremolinan.

Mientras me echo algo del ponche, pongo mi esfuerzo en que ninguna gota se vaya por el costado. Con cuidado bebo un sorbo tras otro. A diferencia de los hombres en el estanque, yo no he hecho amistad con nadie aquí. La mayor parte del tiempo casi no reparo en los demás. Son apenas siluetas en la niebla. De todos modos, saludo a algunos al caminar por el hall y por la terraza, asistimos a las mismas reuniones, o ellos juegan al ping-pong mientras yo miro.

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Pronto, el despliegue serio y rápido de los elementos del asado señaliza que el bufet está abierto. No tengo apetito, pero igual como, para mantenerme ocupado. Entonces se me acerca un joven. Tiene unos quince años y lleva puesta una remera negra con un triángulo blanco estampado.

–¿No es usted el dentista?

–Solo tengo cuarenta y dos años.

–¿Y entonces?

–Significa que no tienes que tratarme de usted.

–¿Eres un dentista de verdad?

–Estudié once semestres de odontología. Luego ejercí durante trece años. ¿Alcanza?

–Es que tengo un problema.

–¿Por qué no vas a tu dentista?

Como si eso ya fuera una respuesta, el joven me lleva a un costado y abre su boca. Arriba a la derecha en el once se ha partido un pedazo oblongo y de ningún modo pequeño.

–¿Cómo te pasó eso?

–Salidas. Baile. Soy de festejar fuerte.

El joven repasa una y otra vez con su lengua el sitio cortado y pregunta ceceando si se puede arreglar. Cuando quiero saber por qué querría arreglarlo, me dice que porque se ve horrible y para que nada le siga recordando ese diente roto. Le explico brevemente los procedimientos posibles en este caso: el primero sería pulir el borde del sitio en que se rompió el diente y sellarlo; el segundo, colocarle una especie de media corona sobre el diente averiado, un método más costoso que el primero. Aunque resulte improbable, igual le pregunto si guardó el pedazo de diente partido. El joven lo niega, a lo que tampoco tengo nada más para decir. Miramos a nuestro alrededor con algún desconcierto. Poco antes de desear que el joven se vaya, me extiende la mano y me dice su nombre, Kristan. Yo le digo mi nombre, Jost Uhlich.

Luego nos quedamos parados uno junto al otro. En nuestras manos sostenemos las delicadas copas de ponche como si fueran algo valioso, pero tal vez no es más que una idea nuestra, porque en la clínica son raras las cosas bellas.

–¿Quieres beber algo de verdad? –pregunta Kristan.

–Eso no va con los antidepresivos.

–Pero ¿quieres?

Tras responder por la afirmativa, todo sucede bastante rápido. Kristan mezcla nuestro ponche con vodka barato de una petaca que traía apretada entre sus bóxer a cuadros azules y blancos y sus pantalones. Bebo el primer trago y me derrito.

–Dios, cómo extraño esto.

Kristan sonríe, seguro que cree que soy demasiado viejo para beber y para festejar, y tiene razón.

–Antes de todo este asunto yo mezclaba cócteles. Y me salía bastante bien.

–¿Era tu hobby?

–Sí, hobby.

Miramos a nuestro alrededor. Se asa de manera ininterrumpida, alguien se ocupa del equipo de música, del que salen hace horas variaciones de jazz, y la gente engulle sus alimentos. ¿Sospechará alguien lo que estamos bebiendo? ¿Habrá tenido alguno la misma idea hace ya mucho rato?

–Mi novia de entonces me regaló un set de barman para mi cumpleaños –le digo–. Tenía todo lo necesario para un barman de entrecasa. Dos cocteleras Boston, colador, exprimidor de limones, picahielos y otras cosas.

–¿De dónde conocías las recetas?

–Tenía varios libros en casa.

–¿Cuál era tu cóctel favorito?

Eso es algo que nadie me había vuelto a preguntar desde mi época en la clínica, no, desde hace más tiempo todavía. Observo durante un rato bastante extenso el ponche artificialmente rojizo en mi copa, saboreo de manera pormenorizada su exagerado dulzor. Luego contesto.

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–El Daiquiri Hemingway.

Kristan asiente con aprobación, mientras vuelve a extraer la botellita.

–Me gusta su concepto –dice.

–Y a mí su mezcla. Ron blanco, jugo de lima, jugo de pomelo, los dos recién exprimidos, y licor de marrasquino. Todos los ingredientes ya son buenos por sí solos, pero juntos dan como resultado algo mucho mejor.

Kristan asiente sin parar y me sigue sirviendo.

–¿Te lo preparabas seguido?

–De vez en cuando, después de días largos, días difíciles.

–Primero perforarle los dientes a las personas y luego prepararte cócteles.

–¿Tú qué hacías?

Kristan bebe rápido varios sorbos.

–En la escuela era mediocre en todas las materias, pero en fútbol era uno de los mejores.

–Nunca fui bueno jugando al fútbol.

–En fin, te empapas de sudor. Corres hasta caerte detrás de una cosa que carece de importancia en el mundo normal. Es de vida o muerte. Por así decirlo.

–¿Y cuándo volverás a jugar?

–La última vez me lastimé bastante. –Kristan hace una pausa, a fin de vaciar su copa–. Y no fue culpa de otros.

Mientras habla, ocurre algo: tengo una idea. Y me doy cuenta de que ya ni sabía cómo se sentía tener una idea.

Poco tiempo después nos escabullimos del hall y subimos por la escalera trasera al primer piso. Queremos ir al cuarto de los trastos, donde se guardan las obras de la terapia artística. Kristan pregunta si estoy seguro de que aquí está guardado mi dibujo, y yo estoy seguro, porque rechacé la posibilidad de llevármelo a casa. Por eso se queda aquí, junto al arte de los otros melancólicos.

Luego de zarandear el picaporte durante varios minutos en vano, entendemos que se nos tiene que ocurrir alguna otra cosa para poder entrar. Kristan saca exaltado su tarjeta del banco.

–¿Apostamos a que lo consigo?

Introduce la tarjeta en vertical entre la puerta y el marco, justo arriba de la cerradura. Yo estoy parado a su lado y lo observo.

–Cuanto menos te preocupe que la tarjeta se rompa, más rápido logras que la puerta se abra.

Kristan grafica esta afirmación doblando fuerte la tarjeta hacia el lado de la cerradura a la izquierda. Poco después la puerta se abre y echamos una mirada en la pequeña habitación. Las paredes están revestidas de estanterías de aluminio, y en cada estante hay cajas de cartón, con su fecha inscripta. Adentro hay telas y hojas de bloc pegadas sobre cartulinas. Rápidamente encuentro mi dibujo. Lo extraigo y se lo muestro a Kristan.

–¿Es este?

–Ya dije que no sé por qué tengo que hablar todo el tiempo sobre él.

–¿Qué animal es? ¿Un dinosaurio?

–No, un caballo, por supuesto.

–¿Quieres decir un caballo que se ha disfrazado de dinosaurio?

No puedo contener la risa, Kristan tampoco, nos reímos demasiado fuerte. Nuestra estadía en la clínica, el asado, los dibujos de los enfermos, nuestro ponche que sabe horrible, el hecho de que ya no tengamos vida, todo eso es gracioso.

Al fin siento el alcohol. Apenas si logro reconocer al tambaleante Kristan, que observa mi dibujo y dice:

–Mañana la vamos a pasar mal. La resaca es peor con las pastillas.

–¿Cuánto hay que tomar de ambos para no volver a despertar?

–No lo sé, eso lo tienes que averiguar por ti mismo.

Observamos mi dibujo con mayor atención, y Kristan apoya su mano sobre mi hombro.

–La verdad es que no parece un caballo.

Me cuesta unir las palabras individuales para que formen una oración, pero finalmente lo logro.

–Puede ser, pero el prado de flores salió bien. Y eso era lo único que me importaba.


*Este cuento fue publicado en: “Elefanten treffen“ de Kristina Schilke © Piper Verlag GmbH, München/Berlin 2016.

*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

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