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leyendo ahora: Tamagotchi | Adam Marek
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Tamagotchi

Adam Marek | del: inglés

Traducción : Andrés Kusminsky

Introducción de Ra Page

Originalmente yo había encargado el cuento de Adam –"Tamagotchi"– para una antología de relatos que exploraba la noción freudiana de 'lo ominoso' o 'lo siniestro' (Das Unheimlich). Para dicha antología, yo le había solicitado a varios autores que intentaran poner al día la lista de 'motivadores siniestros' que Freud había postulado –cosas que nos perturban e incomodan de manera irracional – y que escribieran cuentos que los situaran dentro de un contexto moderno. En su ensayo de 1919, Freud había destacado las siguientes causas como típicas productoras de la sensación de lo ominoso: muñecas, hermanos gemelos, robots, coincidencias, etc. Los escritores se entusiasmaron con mi encargo; sin embargo, todas las 'actualizaciones' trajeron lo ominoso directamente hasta el siglo 21. Lo peculiar del relato de Adam fue que él, contrariamente, pensó qué es lo que la modernidad podía aportar a lo ominoso, y se sumergió en lo más hondo de sus materiales personales.
En el núcleo de la idea de Freud se hallaba el siguiente interrogante: qué ocurre cuando el modo que nos permite distinguir entre 'vive' y 'no-vive' se apaga. Los hermanos gemelos perturban nuestro esquema de percepción ya que en el mundo vivo estamos acostumbrados a ver únicamente "diferencias"; lo idéntico pertenece al mundo de las cosas manufacturadas, replicadas, artificiales. Similarmente, los robots nos perturban porque sabemos que no están vivos, y sin embargo imitan la apariencia y la conducta de los seres vivos. Freud también incluyó en su lista la experiencia de observar a una persona en estado de trance o con un ataque epiléptico. En este caso, el cuerpo de alguien que sabemos que está vivo se comporta repentinamente como una máquina, aparentemente sin una conciencia viva que la controle. Esto nos provoca miedo puesto que nos hace tomar conciencia de que también nosotros, al menos en parte, somos máquinas.
Adam se dio cuenta de que él tenía un vínculo muy personal con este último ejemplo. El hijo de Adam, Max, nació con un extraño síndrome que combina autismo con epilepsia. Las necesidades de Max y los temores e incertidumbres propios de esta condición definieron la vida de Adam en tanto padre. Hasta "Tamagotchi" Adam no había escrito nunca acerca de la condición de Max, pero este cuento le permitió forjarse un camino interior y fue el disparador de su segunda colección de cuentos, "El arrojador de piedras", que trata en su totalidad acerca de ser padre de un niño vulnerable. Como en muchos otros relatos de Adam, un componente surrealista o tecnológico-futurista funciona como metáfora de situaciones humanas cotidianas y domésticas. Aquí el componente mágico de Adam es la idea de que el Tamagotchi posee una enfermedad contagiosa, un virus que puede atacar a otros Tamagotchis.
Adam crea, con un golpe maestro, un recurso que le permite explorar un tema de su vida cotidiana: de qué modo reaccionan otros padres ante la situación de su propio hijo. En el relato, los otros padres están preocupados de que los Tamagotchis de sus hijos se contagien del Tamagotchi de su hijo. A través de la creación de un portador de la enfermedad que no es propiamente el hijo, este simple 'aparato' le ha permitido a los personajes del relato confesar algunas cosas que muy probablemente no se habrían animado a confesar si hubiesen tenido que referirse a la enfermedad de un niño real (aunque seguramente sentían esas cosas). De igual modo, la relación entre el padre y el hijo se refleja en, y se desplaza a la relación del niño con su mascota electrónica, lo cual nos permite observar al padre en el hijo, y viceversa. Es una impresionante obra metafórica. Por supuesto, yo no debería estar analizando el relato de este modo, reduciendo la magia de la historia a sus partes constitutivas, asesinando al fantasma que hay en su máquina… aunque quizás, en este caso, sabrán disculparme.

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El Tamagotchi de mi hijo tenía sida. La mascota virtual aparecía reproducida en la pequeña pantalla LCD en no más de treinta píxeles, pero su enfermedad era evidente. Tenía ese aspecto de los enfermos de sida. Estaba más flaco que antes. Algunos de sus píxeles se habían apagado y las pupilas de sus ojos enormes eran más pequeñas, lo que le daba una mirada vacía.

Le había comprado a Luke el Tamagotchi, que se llamaba Meemoo, solo unas pocas semanas atrás. En realidad él había pedido un gatito, pero Gabby no quería un gato en la casa. “Un gato traerá pájaros muertos y toxoplasmosis”, dijo, apoyando protectoramente sus manos abiertas en su panza hinchada.

Un Tamagotchi parecía la mejor salida: algo que despertara empatía en Luke y que él pudiese cuidar, que le enseñara los rudimentos del cuidado de una mascota para cuando el bebé hubiera nacido. El libro decía que la empatía es una de las cosas que a Luke le resultarían difíciles. Le daría trabajo leer expresiones faciales. El Tamagotchi solo tenía tres caras distintas, así que sería una buena manera de practicar.

Juntos, Luke y yo miramos a Meemoo enroscado en un rincón de su pantalla. A veces Meemoo se levantaba, rengueaba hasta el rincón opuesto y dejaba un montoncito de algo. Ignoro qué era ese algo, o de qué orificio salía; la resolución no era tan buena como para distinguirlo.

—Lo estás alimentando demasiado —le dije a Luke. Él lo negó, aunque se había pasado horas sentado en el sillón apretando botones, así que estoy seguro de que lo había hecho.

No hay mucho más que hacer con un Tamagotchi.

Leí el manual de instrucciones que venía con Meemoo. Sus necesidades eran simples: comida, agua, sueño, juego. Se suponía que Meemoo daba señales cuando requería cualquiera de estas cosas. El trabajo de Luke como cuidador de Meemoo consistía en apretar el botón apropiado en el momento apropiado. El manual decía que la sobrealimentación, la subalimentación, la falta de ejercicio y la tristeza podían enfermar a un Tamagotchi. Una pequeña calavera negra con huesos cruzados aparecería en la pantalla cuando esto ocurriese, y apretando el botón A dos veces, luego B, se podría administrar un remedio. Las instrucciones advertían que a menudo sería necesario darle dos o tres dosis del remedio, dependiendo de cuán enfermo estuviese el Tamagotchi.

Volví a revisar la pantalla de Meemoo y no había ninguna calavera con huesos cruzados.

En las instrucciones se leía que si el Tamagotchi muere, uno puede resetearlo insertando un lápiz por el agujero que hay en el dorso. Una nueva criatura nacería.

Cuando por fin Luke se fue a dormir y ya no podía verme acosando a su mascota virtual, encontré el agujero en el dorso de Meemoo y le clavé la punta del lápiz. Pero cuando lo di vuelta Meemoo seguía ahí, tan enfermo como antes. Se lo clavé algunas veces más y después probé con un alfiler, por si no estaba llegando bien al fondo. Pero no se reseteaba.

Me pregunté qué pasaría si Meemoo se muriera, ahora que el botón de reseteo no funcionaba. ¿Una falla había despojado al Tamagotchi de Luke de su inmortalidad? ¿Tenía solo una oportunidad en la vida? Creo que eso lo hacía mucho más especial y en cierta manera me volvió más tenaz en la busca de una cura para Meemoo.

Conecté a Meemoo a mi computadora, una nueva característica que viene con esta generación de Tamagotchis. Esperaba que apareciera en pantalla un asistente que ayudara a hacer un diagnóstico y lo resolviera todo.

Una ventana de Tamagotchi surgió de pronto en mi computadora. Había muchas criaturas mutantes de grandes ojos y que se sacudían llamándome la atención, incluyendo a otro Meemoo, que aparecía como en el dibujo de la caja, antes de enfermarse. Una de las opciones en la pantalla era “sincronizar tu Tamagotchi”.

Cuando lo hice, el limitado mundo de Meemoo, con sus píxeles grises y cuadrados, se convirtió en mi pantalla en una animación tridimensional a todo color. El espacio vacío en el cual vivía Meemoo se reveló como un jardín de invierno lleno de plantas improbables que crecían bajo un sol Tamagotchi rosa pálido. En el medio de este mundo, recostado en la alfombra, estaba Meemoo.

Lucía terriblemente mal. En esta versión cabal de la habitación de Tamagotchi, Meemoo parecía una cosa arrugada. Tenía los pies resecos y despellejados. Sus ojos, antes de un blanco brillante y con nítidos reflejos, estaban amarillentos y opacos. Había costras alrededor de la nariz. Me pregunté qué clase de mente desquiciada podía haber creado un juguete para niños que fuese capaz de llegar a un deterioro tan abyecto.

Hice clic en cada botón disponible hasta encontrar el botiquín medico. Desde allí se podía arrastrar y soltar pastillas en el Tamagotchi. Supongo que Meemoo debía comerlas o absorberlas, pero simplemente se quedaban alrededor de él, como si Meemoo se negase a tomar el remedio.

Probé con Meemoo el mismo truco que hago con Luke para que tome el remedio. Lo mezclé con comida. Arrastré una pata de pollo de la tienda de alimentos y la coloqué encima del remedio, con la esperanza de que Meemoo se levantara y comiera las dos cosas. Pero se quedó echado allí, mirándome con la boca un poco abierta. Su aspecto de enfermo era tan convincente que me pareció sentir su mal aliento saliendo de la pantalla.

Envié un sarcástico correo electrónico a los creadores de Meemoo en el que describía su estado y preguntaba qué debía hacer para que recuperase la salud.

Una semana más tarde no había recibido respuesta y Meemoo estaba aún peor que antes. Le habían aparecido unas manchitas de un gris pálido en el cuerpo. Cuando lo conecté otra vez a mi computadora, esas manchitas se revelaron como profundas llagas rojas. Y por el modo en que el sol Tamagotchi se reflejaba en ellas, uno podía deducir que estaban húmedas.

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Fui a una juguetería y les mostré el Tamagotchi.

—Nunca vi a uno que hiciera algo así —me dijo una muchacha desde el otro lado del mostrador—. Debe ser algo que hacen los nuevos.

Un día, al regresar del trabajo, me sorprendió que Luke hubiera invitado a una amiga a jugar. La amiga se llamaba Becky y también tenía un Tamagotchi. Gabby intentaba que Luke invitase a alguien al menos una vez por semana para ayudarlo a socializar.

El Tamagotchi de Becky me dio una idea.

Esta generación de Tamagotchis tenía la capacidad de conectarse con otros Tamagotchis. Si uno ponía su Tamagotchi a menos de un metro del de su amigo, las mascotas virtuales podían jugar o bailar juntas. A lo mejor, si yo conectaba los dos Tamagotchis, el botón de remedios en el de Becky podía curar a Meemoo.

Al principio Luke se resistió violentamente a darme a Meemoo, aunque yo insistía en que solo quería ayudarlo. Pero cuando soborné a Luke y a Becky con galletitas de chocolate y un paquete de papas fritas, ambos accedieron.

Cuando Gabby volvió de colgar la ropa limpia estaba furiosa.

—¿Por qué les diste a los niños papas fritas y chocolate? —me dijo, tirando al suelo la canasta vacía—. Estoy a punto de servir la cena.

—Déjame tranquilo un segundo —le dije. No había tiempo para explicaciones. Solo tenía unos minutos antes de que los niños reclamaran sus juguetes y me estaba dando trabajo hacer que los Tamagotchis se encontraran; quizás el virus había afectado la conexión Bluetooth de Meemoo.

Finalmente, cuando puse los conectores uno junto al otro, hicieron un sonido agudo al mismo tiempo y los dos personajes aparecieron en ambas pantallas. Me maravilla cuán gratificante fue eso.

Meemoo parecía enfermo también en la pantalla de Becky. Apreté A dos veces y después B para suministrar el remedio. No pasó nada.

Probé de nuevo. Pero los dos Tamagotchis seguían ahí parados. Uno sano, el otro enfermo. Sin hacer nada.

Luke y Becky volvieron con los dedos aceitosos y las caras marrones de chocolate. Les dije que se limpiaran las manos en los pantalones antes de jugar con los Tamagotchis. Estaba a punto de desconectarlos, pero cuando advirtieron que tenían el personaje del otro en su pantalla se entusiasmaron y fueron a la mesa de la cocina para jugar juntos.

Serví un vaso de cerveza para mí y media copa de vino para Gabby (su límite diario), y después, al descubrir a un costado las papas fritas, me agarré la bolsa.

Más tarde, cuando había terminado la cerveza y era hora de que la madre de Becky la pasara a buscar, Becky me extendió su Tamagotchi.

—¿Puedes arreglarme a Weebee? —preguntó.

El Tamagotchi rosa de Becky ya presentaba los primeros síntomas de la enfermedad de Meemoo: los rasgos macilentos y grisáceos, la postura encorvada, el letargo.

Mientras oía que la mamá de Becky estacionaba el auto, comencé a apretar los botones de remedio, sabiendo que no iban a funcionar.

—Solo necesita descansar un poco —le dije—. Déjalo tranquilo hasta mañana y todo estará bien.

Habían invitado a Luke a una fiesta de cumpleaños. Normalmente era Gabby quien lo llevaba a las fiestas, pero ella se sentía mal; estaba teniendo un primer trimestre particularmente malo esta vez. Entonces me convenció de que fuera yo, aunque odio las fiestas de niños.

Advertí que muchos otros niños de la fiesta tenían Tamagotchis abrochados a la trabilla de sus faldas y pantalones. A cada rato interrumpían el juego para levantar sus Tamagotchis y controlar que estuvieran bien, y de vez en cuando apretaban un botón para satisfacer alguna de sus necesidades.

—Estos Tamagotchis están locos, ¿no? —le comenté a otro papá que estaba parado al borde del jardín, de brazos cruzados.

—Sí —sonrió.

—El de mi hijo se enfermó —le dije—. Esta mañana se le cayó uno de los brazos. ¿Puedes creerlo?

El papá se me acercó, súbitamente serio.

—No serás el papá de Luke, ¿no?

—Sí, lo soy —le dije.

—Tuve que comprar un nuevo Tamagotchi gracias a ti.

Arrugué el ceño y sonreí, pensando que no podía estar diciéndomelo en serio, pero mi gesto pareció molestarle.

—Becky Willis estuvo en tu casa, ¿no es cierto? —continuó—. Su mascota contagió a la mascota de Matty porque se sientan juntos en clase. La mascota de mi hijo se murió. No sé si pedirte que me pagues el nuevo.

Lo miré fijo a los ojos buscando alguna señal de que estuviera bromeando, pero no la había.

—No sé qué decir —le dije. La verdad es que no lo sabía. Pensé que estaba loco, especialmente por la manera en que se refería a los Tamagotchis como “mascotas”, como si fueran mascotas reales, no solo treinta píxeles en una pantalla LCD con pocas más funciones que mi reloj de alarma—. A lo mejor, el tuyo tenía otra cosa. El de Luke no se murió.

El otro papá sacudió la cabeza y resopló, y después se volvió para mirarme de costado, formando un pliegue en su cuello regordete.

—No lo habrás traído, ¿no? —dijo.

—Bueno, Luke lo lleva a todos lados —dije.

—¡Por dios! —dijo y después literalmente pasó corriendo por encima de una partida de Twister para agarrar el Tamagotchi de su hijo y asegurarse de que estuviera a salvo. Tuvo una discusión con su hijo cuando se lo desprendió de la trabilla del pantalón, mientras le decía que lo iba a guardar en el auto por seguridad. Hacían tanto ruido que la madre del niño que cumplía años fue a calmarlos. El papá se acercó para hablarle en voz baja y, mientras él hablaba, ella dirigió la mirada al suelo, luego a mí, luego a Luke.

Ella atravesó el jardín hacia mí.

—Hola. No nos conocemos —dijo, mientras me ofrecía la mano con una sonrisa agradable—. Soy Lillian, la mamá de Jake. —Nos dimos la mano y le dije que era un gusto conocerla—. Estamos por hacer el juego del paquete —dijo.

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—Ah, qué bien.

—Sí, y me preocupa que los otros niños se contagien de… —Abrió la boca, para mostrar sus dientes apretados, y asintió buscando mi comprensión, para evitar la vergüenza de decirlo en voz alta.

—Es un juguete nada más —le dije.

—De todos modos, preferiría…

—Haces que parezca…

 —Si no te molesta…

Sacudí la cabeza ante la locura de la situación, pero accedí a ocuparme del tema.

Cuando le dije a Luke que debía llevarme a Meemoo por un minuto, se puso como loco. Dio un pisotón y puso la mano en forma de garra y gritó: “¡Supertejón!”.

Cuando Luke se convierte en Supertejón, cualquiera en un radio de dos metros sale lastimado. Supertejón es feroz. Sus afiladas uñas rasgan antebrazos. Su pasión es sacarte los ojos.

—Bueno, bueno —dije, retrocediendo y levantando las manos para defenderme—. Puedes quedarte con Meemoo, pero entonces tendré que llevarte a casa.

Luke arrugó tanto la nariz y el ceño que apenas conseguía verle los ojos oscuros.

—Te vas a perder la torta de cumpleaños —agregué.

Luke relajó sus garras y me entregó a Meemoo con un gruñido. Meemoo estaba caliente y me pregunté si se debía a las manos transpiradas de Luke o a que el Tamagotchi había levantado fiebre.

Tomé a Luke de la mano y lo llevé hasta la ronda que algunas mamás preparaban para el juego del paquete, mientras hacía desaparecer a Meemoo en el bolsillo. Senté a Luke y le expliqué qué iba a ocurrir y qué debía hacer. Un niño delgado al que se le habían caído los dos dientes delanteros nos miró a mí y a Luke, preguntándose qué tramábamos.

Tuve que esperar hasta el lunes para revisar los correos electrónicos en el trabajo. No había noticias de los creadores de Tamagotchi. Durante el almuerzo, mientras salpicaba salsa boloñesa sobre el teclado, puse en el buscador de Google “Tamagotchi” junto con cada sinónimo de “virus”. No pude encontrar nada que no fuese las habituales indicaciones de darle los remedios cuando aparecía la calavera con los huesos cruzados.

A media tarde, cuando estaba en la penúltima reunión del día, un anuncio por altavoz me pidió que me comunicara con recepción. Cuando se oye un anuncio por altavoz todos saben que se trata de una emergencia, y cuando es para mí, todos saben que tiene que ver con Luke. Me fui del salón de reuniones y corrí hasta mi escritorio, esforzándome para no mirar todas las cabezas que se volvían hacia mí.

Gabby estaba en espera. Cuando recepción la comunicó, ella estaba llorando. Luke había tenido uno de sus episodios. Corto esta vez, para él, solo ocho minutos, pero desde que había recobrado el sentido el lado derecho de su cuerpo estaba paralizado. Esto era algo nuevo. Me aterraba que sus episodios estuvieran cambiando, que estuvieran evolucionando de algún modo. Le dije a Gabby que se calmara y que me iba para ahí enseguida.

Cuando llegué a casa la ambulancia seguía estacionada fuera, pero el equipo estaba guardando los instrumentos.

—Está bien —me dijo uno de los hombres de la ambulancia mientras yo corría por el camino de entrada.

La parálisis de Luke había durado quince minutos una vez terminado el episodio, pero ahora podía moverse de nuevo con normalidad, salvo por una flojera en el borde de la boca que le hacía arrastrar las palabras. El hombre de la ambulancia dijo que esto ocurre a veces y que no teníamos de qué preocuparnos.

Abracé a Luke, enterré mis labios en su cabello abundante y le di un beso en un costado de la cabeza, deseando que viviéramos en un mundo en que los besos arreglaran cerebros. Acaricié su espalda, esperando encontrar tal vez un pequeño botón de reseteo, hundido en un agujero, algo que pudiese apretar para empezar de nuevo, que borrase todos los garabatos de la pizarra y la dejara en blanco otra vez.

Gabby estaba sentada al borde de un sillón tomándose la panza.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Ella asintió, sacó un pañuelo de la manga del cárdigan y se limpió la nariz. El mayor temor de Gabby era que los problemas de Luke no fueran solo de él, sino más bien de la fábrica que lo había hecho. ¿Y si todos los hijos que teníamos juntos venían con el mismo defecto de diseño?

Todos los médicos nos habían dicho que la probabilidad de que ocurriera dos veces era mínima, aunque imagino que nunca podríamos relajarnos por completo. Sabía que mucho después de que hubiera nacido nuestro segundo hijo, los dos seguiríamos buscando las señales del diagnóstico que al comienzo habían parecido tan inocentes en Luke.

Llegó a casa una carta del colegio en la que se prohibían los Tamagotchis. Se habían muerto los Tamagotchis de otros tres niños y no podían ser resucitados.

—La gente me señala cuando a la mañana dejo a Luke en el colegio —me dijo Gabby. Se frotaba las sienes con los dedos.

La situación había ido demasiado lejos. Meemoo se tenía que ir.

Cuando fui a decirle a Luke que tenía que despedirse de Meemoo, estaba sentado al borde del arenero dando inyecciones a la arena con una pajita amarilla.

—¡No! —me ladró y puso su cara disgusto. Aferró a Meemoo con el puño y se cruzó de brazos.

Gabby salió con su libro.

—¿Me puedes ayudar, por favor? —le pregunté.

—Te podrías ocupar tú esta vez, para variar —me dijo.

Traté de sobornar a Luke con una galletita pero se enojó todavía más. Traté de mentirle, le dije que necesitaba llevar a Meemoo al hospital para que lo curasen, pero había perdido su confianza. Al final solo me quedaba una opción. Le dije a Luke que tenía que ordenar los juguetes en el jardín o le iba a confiscar a Meemoo por dos días enteros. Sabía que Luke nunca iba a ordenar los juguetes. La parte del cerebro a cargo de ordenar debía de estar en la zona dañada. Pero cumplí mi papel y se lo volví a pedir un par de veces y, cuando se enfureció todavía más, dando pisotones y pateando cosas, comencé a contar.

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—¡No cuentes! —dijo, reconociendo lo definitivo de una cuenta regresiva.

—Vamos —le dije—. Te quedan dos segundos. Recoge los juguetes y te puedes quedar con Meemoo.

Si hubiese ordenado los juguetes, me habría maravillado tanto como para permitirle conservar a Meemoo, con sida y todo.

—Tres… dos…

—¡Para de contar! —gritó Luke, y luego el temido—: ¡Supertejón!

Los dedos de Luke se curvaron hasta adoptar esa forma familiar y terrible y vino por mí. Yo logré esquivarlo, pero tropecé con un balde.

—Uno y medio… Uno… Vamos, te queda solo un segundo. —Una parte de mí debía de estar disfrutándolo, porque no podía contener la risa.

—Basta —dijo Gabby—. Eres cruel.

—Tiene que aprender —le dije—. Vamos, Luke, tienes todavía una fracción de segundo. Comienza a ordenar los juguetes ahora y podrás quedarte con Meemoo.

Luke rugió y arremetió con el Supertejón contra mí, contra mis brazos y mi cara. Lo agarré por la cintura y lo di vuelta como para tenerlo de espaldas. Supertejón me hundió las garras en los nudillos mientras yo luchaba por arrebatarle a Meemoo de su otra mano.

Para cuando conseguí sacarle a Meemoo, ya tenía tres cortes con forma de media luna en los nudillos y dolían una barbaridad.

—¡TE ODIO! —gritó Luke llorando. Entró corriendo en la casa como una tromba y cerró de un portazo.

—Te lo mereces —dijo Gabby, mirándome por encima de sus anteojos de sol.

No podía tirar a Meemoo sin más. Luke nunca me lo perdonaría. Podría convertirse en uno de esos momentos formativos, algo que podría torcerlo para siempre y ocasionarle toda clase de problemas de confianza en el futuro. En cambio, me propuse practicarle a Meemoo una eutanasia.

Si encerraba a Meemoo en el gabinete de medicinas del baño y le retiraba las cosas que lo ayudaban a sobrevivir (comida, juego, cariño y aseo), el sida se iría fortaleciendo cuanto más él se debilitara envuelto en sus emanaciones. El sida lo iba a derrotar. Y cuando Meemoo estuviera muerto, o bien se resetearía como un Tamagotchi saludable o bien moriría definitivamente. Si volvía a ser saludable, Luke podría conservarlo; si moría, Luke aprendería una lección valiosa sobre la mortalidad y yo le compraría otro para alegrarlo.

Era tentador espiar a Meemoo mientras estaba en el gabinete del baño, mirar sus momentos finales, pero el Tamagotchi tenía sensores que detectaban el movimiento. Podía interpretar mi atención como cuidado y ganar así un poder extra para resistir al virus que lo destruía. No, tenía que dejarlo solo, a pesar de las tentaciones.

La presencia de Meemoo dentro del gabinete del baño parecía transformar su apariencia externa. Pasó de ser un gabinete de medicinas a ser algo distinto… a ser otra cosa.

Después de dos días enteros, ya no pude resistir más. Estaba seguro de que Meemoo había sucumbido. Luke estaba determinado a presenciar el momento en que yo abriera el gabinete del baño y no tuve fuerzas para discutírselo.

—Está bien —le dije—. ¿Pero aprendiste que tienes que ordenar tus cosas?

—Devuélvemelo —dijo, malhumorado.

Abrí el gabinete y extraje el Tamagotchi. Meemoo estaba vivo.

Había perdido tres de sus miembros; solo le quedaba un brazo, que estaba extendido debajo de su cabeza. Un ojo se le había convertido en un puntito apenas visible. Su circunferencia pixelada estaba rota en algunos lugares, poros amplios a través de los cuales sin duda entraban y salían cosas invisibles.

—Esto es ridículo —dije—. Luke, lo lamento, pero vamos a tener que tirarlo.

Luke me arrebató el Tamagotchi y corrió gritando hacia Gabby. Estaba temblando, con la cara roja y transpirada.

—¿Qué hiciste ahora? —me reprochó Gabby.

Me sostuve la frente con las manos.

—Me rindo —dije y subí pesadamente las escaleras hasta el dormitorio.

Encendí el televisor y me puse a mirar un programa de cocina. Había algo tranquilizador en el modo en que el chef sellaba el atún sobre la sartén que permitió a mis pulsaciones aquietarse de a poco.

Gabby me llamó desde abajo.

—¿Puedes venir y traer a Luke? La cena está casi lista.

Bajé las escaleras rozando el borde de cada escalón, disfrutando de la presión en las plantas de mis pies. Salí de la casa en medias. Luke estaba enterrando una pelota de futbol en el arenero.

—Es hora de entrar, enanito —le dije—. La cena está lista. —Me ignoró.

—Vamos, entra, Luke —dijo Gabby a través de la ventana abierta. Y al oír  la voz de su madre, Luke se levantó, se sacudió la arena de los jeans y entró, evitándome cuidadosamente mientras pasaba.

Una gota de lluvia cayó en la punta de mi nariz. Las nubes estaban bajas y pesadas. Eran de esas nubes irregulares que tardan días en vaciarse. Cuando me di vuelta para entrar, advertí que Luke había dejado a Meemoo junto al arenero. Hice ademán de agacharme para buscarlo, pero me detuve, me paré, entré, y cerré la puerta.

Después de la cena, le tocaba a Gabby llevar a Luke a la cama. Preparé un té y me apoyé en la parte posterior del sillón, descansé los codos en el alféizar de la ventana e inhalé el vapor caliente de la taza. Afuera, la lluvia golpeaba el césped, hacía cráteres en el arenero y sacudía al Tamagotchi. Pensé cuán ridícula era la culpa que estaba sintiendo, pero por algún extraño sentido del deber seguí mirando, hasta que la lluvia lavó toda la luz del cielo.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

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