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leyendo ahora: Timbre | Cristian Crusat
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Timbre

Cristian Crusat | del: español

Cuando llegué a Bruselas empezaba a oírse en algunos medios de comunicación aquella idea del fin del sueño europeo. En general, la desconfianza había aumentado, así como la violencia en los transportes públicos, que siempre comenzaba cuando un pasajero le exigía a otro que bajara la música de su mp3 o su teléfono móvil. Un día, mientras volvía de visitar un estudio que se alquilaba en el barrio de Ixelles, dos grupos de más de treinta jóvenes se zurraban con botellas de cerveza Jupiler en las escaleras del edificio de la Bolsa. Rodaban hasta un puesto de patatas fritas y allí, en un angosto limbo de mayonesa, crudités y fricandela, empezaban a sangrar. Los dueños de los apartamentos a los que llamaba no dejaban de hacerme las preguntas más rebuscadas; un anciano llegó incluso a inquirirme por la frecuencia de mi vida sexual, y (susurró) si las chicas que solía llevar a mi casa eran «sensatas, lo que se dice sigilosas». Hacía años que andaba encadenado, igual que cualquier presidiario de tebeo, a una desagradable bola de inquilinato y mezquindad sin límites. Por suerte, durante una cena a la que fui invitado conocí a Elin. Era sueca. La acompañé a casa tras la reunión. Aunque el anfitrión nos había sentado juntos por ser ambos traductores, habíamos congeniado gracias a nuestro colosal desinterés hacia el resto de personas. Elin se había encargado de la edición de una de las obras de juventud de un candidato al Premio Nobel, un poeta egipcio o turco; la traté de usted, pues no estaba seguro de si ella había cumplido ya los cuarenta. Me dijo que tenía pensado trasladarse a algún lugar de Oriente Medio una temporada, así que me ofreció quedarme en su apartamento durante su ausencia. «Lo ocurrido», me dijo el día siguiente, mientras yo buscaba mis zapatos y ella se cerraba el albornoz, con un pecho todavía al aire, «no le da derecho a tutearme, por descontado». Bélgica era un país vagamente caótico y sin gobierno.

A cambio, yo me encargaría de la gata —Elin me tendió una especie de cartilla sanitaria del veterinario— y de las facturas de la luz y el agua. Además, me comprometía a asumir los gastos de limpieza, lo que significaba pagar las dos visitas al mes de Teresita, una señora filipina. «Carece de permiso de residencia. No quisiera privarla de uno de sus pocos trabajos. Es muy simpática y muy católica», dijo Elin abriendo mucho los ojos, como si la idea le resultara inconcebible, «y todo lo que gana lo manda a su familia en… ¿Manila, es realmente la capital de Filipinas? Tiene una llave de la casa».

Consagrado a mis trabajos de traducción, me las apañaba para no estar presente los días en que Teresita venía a limpiar, unas tres o cuatro horas a partir del mediodía. Por alguna razón aquello me hacía sentir incómodo, igual que cuando uno le da limosna a un tullido y se cuida de mirarle las pústulas. Nunca había tenido servicio doméstico, ni mi situación económica me lo hubiera permitido. Dejaba un par de billetes en la mesa de la cocina y salía a dar una vuelta, a ver la programación de la sala Ancienne Belgique o hasta una biblioteca pública en la que un grupo de holandeses vendía cocaína adulterada tras la sección de poesía extranjera.

De vez en cuando recibía un email de Elin preguntándome por la gata. El animal comía bien y dormía a todas horas, aunque seguía sin cobrarme ningún afecto. Le informé de las cartas del Ayuntamiento de Bruselas que estaban llegando a su nombre y que yo había abierto con su permiso. Aunque habíamos firmado un contrato reglamentario (yo necesitaba un domicilio para mis actividades profesionales; también comprobé la edad de Elin en la fotocopia de su pasaporte, tenía exactamente treinta y nueve años, diez más que yo), el ayuntamiento quería comprobar que la casa estaba habitada por las personas que rubricaban el contrato.

«De momento, no les abras», respondió escuetamente Elin en su siguiente correo electrónico.

(Ella sí había decidido tutearme).

«¿Quiere que no salga a la calle y que permanezca encerrado todo el día?», le escribí yo.

«La casa está también a nombre de mi marido», me explicó en el siguiente mail. (No me sorprendió). «En teoría, él vive allí con nosotros. Se llama Kees. Haz, por favor, lo que te digo».

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No contesté. Me imaginé a su marido como uno de esos hombres trajeados que cada viernes llenaban las terrazas de los bares pijos junto a otros empleados de cualquier oficina ministerial (luego, los domingos, Kees cocinaría macarrones enfundado en un pantalón de pana. Ella seguiría amándolo, allá donde él estuviese.) 

Tampoco me encerré en casa de Elin, por supuesto, pero me preocupé cuando empezaron a tocar al timbre. Decidí alejar la mesa de trabajo de las ventanas del salón. En aquella época, yo estaba traduciendo a un autor polaco del siglo xix, fundamentalmente por las noches, entre las diez y las cuatro de la mañana. Antes de dormir, me asomaba al patio interior y, con el corazón en un puño, veía a la gata caminar alegremente por la barandilla del tercer piso. Desafiándome a cinco metros de altura.

Pero aquello continuó. Al principio llamaban a mediodía. Pasaron varios días hasta la siguiente ocasión, a media tarde, aunque ya no podía saber con certeza quién llamaba, si los funcionarios del ayuntamiento, algún conocido o —por qué no— el cartero. Al poco, empezaron a tocar el timbre cada mañana entre las ocho y las nueve, mientras yo estaba todavía en la cama. Me quejé por email a Elin; prometió que iba a ponerse en contacto con el ayuntamiento. Entretanto decidí trabajar en la cocina, en la parte trasera de la casa, cuyas ventanas daban a aquel oscuro patio interior de ladrillos.

Un día, aparté el ordenador y comencé a prepararme la comida. Le estaba dando vueltas a la extraña propensión del autor polaco a que sus personajes mantuvieran agotadoras, interminables cópulas cuando, de repente, mientras almorzaba, oí un crujido proveniente del pasillo de la entrada. Pensé que eran los funcionarios que forzaban la puerta. Me recompuse y carraspeé un par de veces (¿para infundirme valor?). Al asomarme a la escalera vi un par de piececitos descalzos que precedían a un cuerpo diminuto y femenino. Había olvidado por completo qué día era. Se detuvo junto al cajón de arena de la gata y me señaló con la misma mano en la que sostenía un par de bailarinas sin cordones. Empezó a reírse, se cubrió la boca con la otra mano y dijo:

—Me llamo Teresita —apoyó las zapatillas en el suelo, tendiéndome la mano. Hablaba en inglés—. ¿No es divertido? Sí, me llamo Teresita.

Le dije quién era yo. Sin inmutarse, se dirigió a la cocina y rebuscó algo en un barreño en el que yo nunca había reparado, lleno de productos de limpieza. Compuso una mueca insondable y se quedó mirando un reloj de Coca-Cola que había sobre el microondas. Eran las dos menos cuarto. Desde la mesa, yo la observaba con interés mientras terminaba mi sándwich de pollo. Lanzó un gritito:

—Quince minutos.

A continuación extrajo una servilleta de su bolso, un plátano y una botella de agua a medias. De un salto se aupó a una silla al otro lado de la mesa. Lo más probable es que le colgaran las piernas.

—Puede coger lo que quiera del frigorífico —le ofrecí—. Un refresco, cerveza, yogur… También tengo té —nada de aquello era cierto.

Se rió, negando con la cabeza.

—Un plátano está bien. Me gusta comer cada tarde un plátano —me dijo.

Cogí del armario un tenedor y un cuchillo y corté en trozos lo que quedaba de sándwich:

—¿Mucho trabajo? —pregunté.

Mucho trabajo, poco trabajo… Mucho trabajo, poco trabajo —contestó con una sonrisa y su particular entonación musical.

Me levanté por una manzana y comencé a pelarla.

—La semana que viene tal vez venga Elin —dije.

—Cariñosa. Oh, es tan cariñosa la señora Elin… —echó un trago y se quedó mirando a la gata, que acababa de entrar en la cocina atraída por aquel alboroto. El animal arqueó el lomo y agitó el rabo con sacudidas frenéticas, como si únicamente lo electrocutaran a la altura del ano. De manera inesperada tomó impulso y saltó a mi regazo. Pensé que la gata me atacaba; sin embargo, se quedó allí, estática. Apoyó la mandíbula inferior en el borde de la mesa. Teresita terminó su plátano y empezó a aplaudir.

—Es la primera vez —intenté explicarle—. Hasta ahora, nunca antes…

—¿Le gustan los gatos? —me preguntó, limpiándose las lágrimas de júbilo.

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—Son una compañía muy buena. Pero también son independientes– ahí acababan todos mis conocimientos sobre esos animales.

—¿Le importa que fume?

Encendió un cigarro y se quedó mirándome, mientras me rodeaba una densa nube de humo de hachís.

—Tabaco aliñado —dije sonriéndole.

—¿Cómo dice?

—¿Le gustan los gatos?

—No, no, no —me respondió, con una mueca de repulsión—. Son sucios y hacen pipí por todas partes —al ilustrar con su brazo aquel «por todas partes» desparramó las cenizas del porro en la mesa.

Saltó de la silla para agarrar un vaso de cerveza Chouffe, que utilizó como cenicero. Sus pies eran los más pequeños que yo había visto nunca.

—¿Come siempre solo? —me preguntó.

—¿Solo?

—Usted solo. O usted solo y la gata, o usted solo y él —afirmó, señalando el ordenador sin tocarlo, como si se tratara de un artefacto explosivo.

—Sí.

Le sacó la lengua a la gata y me sonrió:

—No es bueno que un hombre coma solo. No es sano.

—A mí me gusta —repuse mecánicamente—, me gusta la tranquilidad.

—Pero la gente que come sola se vuelve hosca y dura —dio una larga bocanada y apagó el porro en el fondo del vaso de Chouffe—. Hay que hacerle justicia a la comida.

—¿Quién dice eso? —pregunté.

Permaneció callada y luego exclamó:

—¡Las dos en punto! ¡A trabajar!

Se calzó las bailarinas y empezó a corretear por todas partes. Llenó un par de cubos de agua caliente en la pila de la cocina y desapareció en el baño y luego al otro lado de las puertas del salón. Tras los cristales opacos, los movimientos de Teresita parecían hechos de una sustancia semejante al éter. Seguí trabajando en mi traducción: me hallaba encallado en la descripción de una suerte de Casa del Sueño que aparecía en la obra de aquel autor polaco. En una ciudad de la frontera, donde la nieve se extiende en febrero como una mortaja, se instala una dama rusa llamada Natalia, de soltera Golanova. Recluta a algunos hombres sin trabajo y los pone a limpiar un local en alquiler; son los únicos habitantes desempleados: tullidos, un grupo de finlandeses —que nadie sabe de dónde han salido— y varios enfermos de cáncer de pulmón. El resto de la población se pasa el día en la mina. Una tarde, dos mineros borrachos ayudan a colocar el letrero sobre una pared limpia y renovada: Casa del Sueño de Natalia Golanova. Chiflidos, aplausos, desconcierto. Se rumorea que la tal Natalia tiene la voz ronca y que domina la medicina y modifica el clima en su provecho. Bastan esos rumores para que algunos mineros rebusquen entre la pernera con las manos, pensando ya dónde derramar su goce. Sin embargo, en las habitaciones de la «Casa del Sueño de Natalia Golanova» (todas individuales) no se admiten mujeres. Sus camas son el último grito en descanso en San Petersburgo, reza un cartel colgado en la puerta. Y es cierto, es un descanso muy particular, en el que los trabajadores se deslizan como sobre una mullida cataplasma. No han transcurrido aún dos meses y los hombres ya se reúnen cada domingo en la Casa del Sueño de Natalia Golanova. Bajo el pórtico delantero se relatan sus sueños, la mayoría de los cuales no son más que extensos coitos donde el flexible cuerpo de Natalia sirve para que el autor interprete los destinos del Imperio ruso y de Polonia según las teorías psicofisiológicas en boga.

Eso me hizo recordar que había soñado con Elin, cuyas formas no podía recordar con exactitud. Y eso es siempre un motivo de insatisfacción.

Entonces Teresita irrumpió en la cocina. Llevaba la mano izquierda envuelta en un guante de plástico rosa, lo que provocaba que sus dedos rechonchos semejaran penes de seres minusválidos. Me observaba como quien supervisa a un niño enfermo que manipula un proyectil:

—¿Necesita algo? —pregunté.

—La puerta —dijo—. Están llamando.

Mis pensamientos quedaron en suspenso durante unos segundos. «La gente que come sola se vuelve hosca y dura», volví a repetirme.

—No vamos a abrir —sin darme cuenta la había incluido a ella.

—¿Quiere que abra yo?

—Si lo hace, usted y yo tendríamos un serio problema.

Le expliqué el asunto de las cartas, de los funcionarios y de los controles del ayuntamiento. Instintivamente dio un par de pasos atrás y se situó bajo el hueco del calentador. Se pasó el pulgar por los labios, meditando qué hacer o cómo reaccionar ante aquello. Seguía descalza.

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Llené un vaso de agua y se lo tendí. Se lo bebió mirando al frente, como si tuviera las córneas resecas o sufriera hipertiroidismo. Dijo: «No me gusta», pero no aclaró el qué.

Hubo una segunda tanda de timbrazos.

—¿Me daría uno de esos cigarrillos, Teresita?

Lo encendí. Cuando le hube dado un par de caladas, me lo arrancó de entre los dedos y aspiró con los brazos en jarras.

—Puede quedarse todo el tiempo que quiera, si se queda más tranquila.

—¿Elin lo permite? —preguntó indignada, apagando el cigarrillo recién encendido y acumulando todo el rencor posible contra mí—. ¿Por qué está usted en esta casa?

Me acerqué a tranquilizarla. Le pasé un brazo por los hombros e intenté transmitirle afecto y confianza. Parecerle digno de aquella vivienda. ¿Cuántos años tendría Teresita: treinta y cinco, cincuenta y cinco? ¿Tendría hijos? Estaba empezando a odiar a Elin y a imaginar el encabezamiento del correo electrónico en el que le comunicaría que me negaba a pagar las labores de limpieza.

—El señor Kees es tan cariñoso… —dijo algo así como kitsch—. ¿Lo conoce? A veces me llama y tenemos largas conversaciones.

Tomé una decisión, harto de aquello:

—Déjelo por hoy, y no se preocupe por el dinero —saqué dos billetes de mi cartera—. Puede quedarse todo el tiempo que quiera, aquí no van a molestarla.

Se escurrió y encerró en el baño con su bolso. Pasaron varios minutos sin que se oyera nada. Durante ese intervalo, procedí a llenar un cuenco con pienso para la gata. Luego, aterrado, llamé a la puerta del baño. Abrió sin dirigirme la mirada, ataviada con su ropa de calle, con las zapatillas puestas y una diadema de brillantes en el pelo. Tenía la cara sonrosada, como si hubiera emergido de los vestuarios de un reputado club de tenis. Cogió el dinero que yo había dejado en la mesa de la cocina y se lo guardó en algún lugar bajo la blusa.

—Acompáñeme —me dijo de un modo autoritario.

Fui con ella hasta la puerta de entrada. Con un gesto de la mano, me indicó que abriera. Tras obedecer, me instó a que fuera hasta la esquina y controlase la presencia de algún funcionario del ayuntamiento en las inmediaciones. Salí, recorrí la calle hasta la estación de metro y volví sobre mis pasos. Frente a la casa, en la plazuela donde se hallaba el consulado de un país asiático desconocido y recién independizado, un sacerdote se estaba encarando con un mendigo negro que daba vueltas sobre sí mismo encima de unos patines. Hubo un amago de pelea hasta que el sacerdote nos vio a Teresita y a mí.

Teresita me dijo si podía preguntarme algo. La había encontrado sentada en el cordón de la acera.

—¿No siente vergüenza?

Quise preguntarle de qué hablaban Kees y ella. No hubo tiempo. Cuando me disponía a interrogarla sobre el contenido de sus conversaciones con el marido de Elin —si le leía el tarot, su carta astral o algún tipo de homilía—, se agarró a su bolso de imitación, dio la espalda a la plazuela y, con pasos muy veloces, recorrió la calle pegada a la pared. Cuando fue devorada por las escaleras mecánicas del metro de Bruselas, miré al otro lado de la plaza y vi cómo se me acercaban el cura y el negro. Al aproximarse, advertí que el sacerdote era en realidad otro indigente cubierto con una casulla andrajosa, como en una parodia post-punk. Comenzaron a correr, así que me precipité atropelladamente hacia la puerta y, nervioso, cerré con llave. Era cuestión de segundos que empezaran a tocar el timbre. Descolgué el telefonillo, concentrándome en la afonía metálica procedente de la calle: uno de ellos dijo «Buh» (como si quisiera asustar a un niño desvalido) y eructó. Tras unos pocos segundos el estallido de unas risotadas indicó que los mendigos parecían alejarse, igual que todo cuanto me importaba durante aquella época de hosca y dura soledad.


*Este cuento fue publicado en: Solitario empeño © Cristian Crusat, 2015, Pre-Textos.

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