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Rudyard Kipling | del:inglés

A través del fuego

Traducción : Ariel Dilon

Imagen via colossal

Introducción de Alon Marcus

Rudyard Kipling nació en la India en 1865. Recibió educación en Inglaterra, la patria de sus padres, tras la cual retornó a la India. Durante muchos años trabajó como periodista, un oficio que lo puso en contacto con una gran cantidad de historias y de personas, y que contribuyó a darle forma a su estilo literario. Su lenguaje es sucinto y preciso, incluso en aquellos momentos en los que se permitió ser más lírico, y en numerosas oportunidades le cedió la palabra a sus hablantes, quienes entablaron diálogos con él y con los lectores. En el cuento “A través del fuego”, Kipling se basa en un informe policial para narrar una emotiva historia de amor llena de pathos.

Durante muchos años Kipling fue visto como un poeta que glorificaba al Imperio Británico y la superioridad del hombre blanco, como alguien cuyos poemas convocaban a los jóvenes a alistarse en el ejército. Sus protagonistas suelen consagrarse a cierta ley u orden superior, por la cual están dispuestos a sacrificarse. Su devoción por esta clase de principios hizo que declinara su popularidad después de la Primera Guerra Mundial. El propio Kipling tuvo una tragedia personal cuando perdió a su hijo en dicha guerra.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Kipling se ha revelado como un escritor sensible y que ha tratado respestuosamente al “otro”. Su tono periodístico-informativo es una máscara. Sus poemas de guerra son amargos e irónicos (por ejemplo, “The Widow at Windsor”); su poema más famoso, titulado “If” [“Si…”], es un extraordinario breviario de principios cuasi zen-budistas.

La capacidad de Kipling en tanto narrador (incluso en sus poemas, de índole mayormente narrativa) ha hecho que continuemos leyendo su obra e interesándonos por su vida. Escritores como T. S. Eliot y Borges han manifestado gran admiracion por él, e incluso George Orwell –que políticamente se posicionó en las antípodas de Kipling– ha escrito sobre él con fervor y calidez. Segun Orwell, Kipling se vendió a la clase dirigente británica no económicamente, sino afectivamente: él creía profunda y sinceramente en los valores sobre los cuales escribió. La responsabilidad, la modestia y la dedicación, son rasgos característicos de sus personajes, y también lo fueron de su escritura.

Conocemos a Kipling principalmente como autor de literatura infantil (“El libro de la jungla”, “Just so stories”), y también como autor de libros más serios (“Kim”) y de narrativa breve. He aquí uno de sus cuentos cortos, en el que Kipling emerge en todo su esplendor incursionando en este género.

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El policía cabalgaba a través de la selva del Himalaya, bajo los robles cubiertos de musgo, y su ordenanza trotaba a su lado.

–Feo asunto, Bhere Singh –dijo el policía–. ¿Dónde están?

–Muy feo asunto –dijo Bhere Singh–; y en cuanto a ellos, sin duda se están friendo ahora mismo en un fuego más caliente que el que jamás se ha encendido con ramas de picea.

–Esperemos que no –dijo el policía–, ya que, si obviamos la diferencia entre las razas, es la historia de Francesca da Rimini, Bhere Singh.

Bhere Singh no sabía nada de Francesca da Rimini, así que se mantuvo callado hasta que llegaron al claro donde los carboneros quemaban carbón vegetal. Las llamas susurraban: shuí, shuí, a medida que ondeaban sobre las blancas cenizas. Debía de haber sido un gran fuego mientras ardía en toda su altura. Unos hombres lo habían visto desde el Donga Pa, al otro lado del valle, parpadeando y brillando a través de la noche, y dijeron que los carboneros de Kodru estaban borrachos. Pero eran solamente Suket Singh, un cipayo del regimiento local de la Infantería de Línea de Punjab, y Athira, una mujer, los que ardían, ardían, ardían…

Así es como sucedieron las cosas, y el diario del policía confirmará mis palabras.

Athira era la mujer de Madu, un carbonero tuerto y de disposición maligna. Una semana después de su boda, le pegó a Athira con un grueso palo. Un mes después, Suket Singh, el cipayo, que gozaba de unos días de permiso de su regimiento, llegó por aquel camino rumbo a los frescos montes y electrizó a los pobladores de Kodru con sus cuentos sobre la gloria de servir al Gobierno y el respeto que el coronel Sahib Bahadur tenía por él, Suket Singh. Y Desdémona escuchaba a Otelo como lo han hecho todas las Desdémonas del mundo, y a medida que escuchaba, se enamoraba.

–Ya tengo mi propia esposa –dijo Suket Singh–, aunque eso no es problema si uno se pone a pensarlo. Además debo regresar a mi regimiento después de cierto tiempo, y no puedo ser un desertor, yo que aspiro a ser ascendido a havildar.

No existe una versión himalaya de “No podría amarte más, querida, si al honor no amara más”; pero Suket Singh por poco no compuso una.

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–No importa –decía Athira–, quédate conmigo, y si Madu trata de pegarme, tú lo golpeas.

–Muy bien –dijo Suket Singh; y golpeó severamente a Madu, para deleite de todos los carboneros de Kodru.

–Con esto basta –dijo Suket Singh, mientras hacía rodar a Madu colina abajo–. Ahora tendremos paz.

Pero Madu volvió a trepar la pendiente cubierta de hierbas y se puso a merodear su choza con ojos furiosos.

–Me va a matar –le dijo Athira a Suket Singh–. Tienes que llevarme contigo.

–Habrá problemas en la Línea. Mi mujer me arrancará la barba; pero no importa –dijo Suket Singh–, te llevaré conmigo.

Hubo un gran lío allá en la Línea, y la barba de Suket Singh fue en efecto arrancada, y la esposa de Suket Singh se fue a vivir con su madre y se llevó a sus hijos.

–Está muy bien –dijo Athira, y Suket Singh dijo:

–Sí, está muy bien.

Así que Madu se quedó solo en la choza que domina el valle de Donga Pa; y desde el comienzo de los tiempos, nadie ha tenido nunca simpatía por los maridos que son tan infortunados como Madu.

Este acudió a Juseen Daze, el mago que custodia la Cabeza del Mono Parlante.

–Devuélveme a mi esposa –dijo Madu.

–No puedo –dijo Juseen Daze– hasta que consigas que el Sutlej que corre en lo hondo del valle ascienda a lo alto del Donga Pa.

–Nada de acertijos –dijo Madu, y agitó su hacha por encima de la blanca cabeza de Juseen Daze.

–Dales todo tu dinero a los ancianos del pueblo –dijo Juseen Daze–; y ellos sostendrán un Consejo comunal, y el Consejo enviará un mensaje para que tu esposa regrese.

De modo que Madu entregó al Consejo de Kodru todos sus bienes terrenales, que ascendían a veintisiete rupias, ocho annas, tres paisas y una cadena de plata. Y sucedió lo que Juseen Daze le había anunciado.

Enviaron al hermano de Athira al regimiento de Suket Singh para que la hiciese volver a casa. Una vez Suket Singh lo sacó de la Línea a las patadas; la segunda vez lo entregó al havildar, quien le pegó con un cinturón.

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–¡Vuelve! –gritó el hermano de Athira.

–¿Adónde? –dijo Athira.

–Con Madu –dijo él.

–Nunca –dijo ella.

–Entonces Juseen Daze enviará una maldición, y te marchitarás como un árbol sin corteza en la primavera –dijo el hermano de Athira. Athira se durmió pensando en estas cosas.

A la mañana siguiente tenía reumatismo.

–Me estoy empezando a marchitar como un árbol sin corteza en la primavera –dijo–. Es la maldición de Juseen Daze.

Y realmente empezó a marchitarse, porque su corazón estaba seco de miedo, y los que creen en maldiciones mueren de maldiciones. Suket Singh también tenía miedo, porque amaba más a Athira que a su mismísima esposa. Pasaron dos meses, y el hermano de Athira vino a pararse otra vez fuera del regimiento de Línea, y se desgañitó:

–¡Ajá! Te estás marchitando. Vuelve.

–Voy a volver –dijo Athira.

–Di más bien que vamos a volver –dijo Suket Singh.

–Sí; ¿pero cuándo? –dijo el hermano de Athira.

–Un día muy temprano en la mañana –dijo Suket Singh; y salió con pasos pesados a solicitar al coronel Sahib Bahadur una semana de permiso.

–Me estoy marchitando como un árbol sin corteza en la primavera –gimió Athira.

–Pronto estarás mejor –dijo Suket Singh; y le dijo lo que tenía en mente, y los dos rieron juntos con dulzura, porque se amaban. Pero Athira mejoró a partir de ese momento.

Se fueron juntos, viajaron en tren, en tercera clase como estipulaban las normas, y luego en una carreta hacia las colinas bajas, y a pie hasta los montes más altos. Athira olió el aroma de los pinos de sus montes, los montes húmedos del Himalaya.

–Qué bueno es estar viva –dijo.

–¡Ja! –dijo Suket Singh–. ¿Dónde queda la carretera de Kodru y dónde está la casa del guardabosques?

–Me costó cuarenta rupias hace veinte años –dijo el guardabosques, tendiéndole el fusil.

–Aquí tienes veinte –dijo Suket Singh–, y debes darme las mejores balas.

–Es tan bueno estar viva –dijo Athira melancólicamente, mientras olía la fragancia del moho de los pinos; y esperaron hasta que cayó la noche sobre Kodru y el Donga Pa. Madu había apilado madera seca para la quema de carbón del día siguiente, un poco más arriba que su casa sobre la ladera.

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–Qué cortés de parte de Madu ahorrarnos este trabajo –dijo Suket Singh, al tropezar con la pila, que tenía dos metros cuadrados y uno de alto–. Debemos esperar hasta que salga la luna.

Cuando la luna salió, Athira se arrodilló sobre la pila.

–Si al menos fuese un Snider como los del Gobierno –dijo Suket Singh con pesar, mirando bizcamente el cañón de alambre enrollado del fusil del guardabosques.

–Sé veloz –dijo Athira; y Suket Singh fue veloz; pero Athira ya no fue veloz nunca más. Luego encendió la pila en los cuatro ángulos y se trepó a ella, recargando el fusil.

Las pequeñas llamas comenzaron a asomarse entre los troncos por encima de la leña menuda.

–El Gobierno debería enseñarnos a tirar del gatillo con nuestros pulgares –le dijo tristemente Suket Singh a la luna. Esa fue la última observación pública del cipayo Suket Singh.

Un día, temprano en la mañana, Madu se acercó a la pira y aulló de pena, y se fue corriendo a buscar al policía que estaba de guardia en el distrito.

–Ese hombre de casta inferior arruinó cuatro rupias de carbón de leña –resolló Madu–. Además mató a mi esposa, y dejó una carta, que yo no puedo leer, atada a la rama de un pino.

Con la letra firme y formal que se enseña en la escuela del regimiento, el cipayo Suket Singh había escrito:

“Que nos incineren juntos, si algo queda de nosotros, pues ya hemos hecho las plegarias necesarias. También hemos maldecido a Madu, y a Malik, el hermano de Athira, hombres malignos los dos. Participen de mi lealtad al coronel Sahib Bahadur”.

El policía miró largamente y con curiosidad aquel lecho nupcial de cenizas rojas y blancas, sobre el cual yacía, negro y sin brillo, el cañón del fusil del guardabosques. Pisó distraídamente con su talón con espuelas un leño medio carbonizado y las chispas se alzaron repiqueteando.

–Gente de lo más peculiar –dijo el policía.

–Shiuu, shui, uish –dijeron las pequeñas llamas.

El policía consignó el caso en su diario escuetamente, pues el gobierno del Punjab desaprueba que sus funcionarios se pongan a novelar los hechos.

–¿Pero quién va a pagarme esas cuatro rupias? –dijo Madu.

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