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Alonso Cueto | del:español

Un arcángel llamado Gabriel

Introducción de Editorial

Un niño desconocido irrumpe en un automóvil Volvo –"un rectángulo macizo tapiado de planchas lumínicas, que parecía estar siempre flotando sobre la pista" – y luego en la vida del señor Montes, el protagonista del relato. El niño logra derribar la coraza que ha construido el presidente de la exitosa corporación, y ponerle en contacto –aunque sea por un breve lapso– consigo mismo y con la realidad exterior al espacio esterilizado y protector que él se ha creado en la Lima de los años ochenta, azotada por el terror y la pobreza. Con su prosa breve y precisa, y con un delicado toque de ángel, Alonso Cueto ha logrado destilar un comentario emocionante sobre la franqueza y la compasión.

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El señor F.R. Montes llegaba a su casa a las nueve todas las noches. Vivía en un edificio del malecón Armendáriz, un departamento ancho, de grandes ventanales, con vista infinita al mar. Por lo general, luego de trasponer la puerta del ascensor, el señor Montes dejaba el maletín en un sofá, entraba en su sala como un general y se acercaba a la barra. De pie, gozando del momento, dejaba caer tres hielos redondos en un vaso y derramaba un chorro largo de whisky. En ese reflejo de cristal líquido se detenía apenas a mirarse. Ese era él: un rostro plano, los ojos encogidos, el vapor del aliento tiñendo el vidrio.

Luego con los labios aún humedecidos, iba a la máquina para prender la cinta. Sabía que era probable que una voz femenina lo recibiría en la grabadora: «Aló…, te habla Mayra. Te he extrañado. El sábado tengo tiempo. Llámame, amor».

Mensajes como este espolvoreaban la repetida serie de voces nocturnas. Había otros: consultas de la oficina, confirmaciones de citas y, con frecuencia, peticiones de empleo. Montes era el presidente de la corporación de Micro World. Sus dos principales ocupaciones eran rechazar aplicaciones de trabajo y expandir la red de tiendas. A pesar de que era 1989 y el terrorismo arreciaba en Lima, la empresa iba bien. Él era el principal beneficiado. Grandes ventanales, muebles de cuero reluciente, esculturas de mármol, la alacena repleta de botellas.

Le divertía vagamente pasear por su sala con un vaso en la mano. Se sentía reconfortado por el perfume del aire, la solidez multicolor de la alfombra, los cuadros altos. Lima estaba asolada por los ataques de Sendero Luminoso. Sin embargo, él aún podía tomar de ese vaso y mirar el cielo. Ya se iría algún día de allí.

***

El señor Montes se sentía a gusto. Muebles color violeta, armarios barnizados, el bosque de las estatuas de cristal, mesas largas y luminosas. Una oscura niebla que fundía el cielo con el mar ocupaba el enorme marco de la ventana y dejaba ver las cintas de las olas al fondo. La cortina semiabierta flotaba en un baile ondulado. Las luces minúsculas de algunas barcas y las oscilaciones de una estrella vibraban a veces en sus pupilas.

Conservaba un sillón frente al vidrio. Allí se sentaba a veces para mirar el vacío del aire y el agua.

***

Montes era incapaz de vivir sin varios metros de espacio a su alrededor. Se sentía a gusto en una sala gigantesca, de preferencia solo. Las conversaciones le producían por lo general una automática indiferencia y, en el mejor de los casos, fastidio. La elegante compañía de su gato Theo aplacaba su escasa necesidad de afecto. Theo era un delicado animal gris, de bigotes largos, patas finas y ojos hechizados, que fluía por entre los muebles cuando él estaba allí solo o con alguna mujer.

A los cincuenta años se sentía –y algunos viejos conocidos dicen que se veía– igual que a los cuarenta o a los treinta. Los principales hechos de su vida habían ocurrido demasiado pronto y para siempre. Se había casado con Leticia, una heredera millonaria y dipsómana. Se había deshecho de ella en un divorcio rápido y había reinvertido el dinero de su ex mujer en importación y ventas de computadoras. Luego había sido contratado por Micro World. Controlaba tiendas de servicio en Lima y provincias. Manejaba la publicidad, los sueldos y la administración sin salir de su escritorio, citando con frecuencia a los gerentes de cada área. La dureza de su piel se había fraguado al calor de una infancia accidentada, en el recuerdo de la mano violenta y la voz ronca de su padre, el ruido de su cuerpo bajo los golpes. Pero ahora, la elaborada venganza de su posición lo amparaba de esos recuerdos.

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***

Montes usaba un Volvo que no cedía a ningún chofer de la oficina. Era un lujoso castillo rodante, un rectángulo macizo tapiado de planchas lumínicas, que parecía estar siempre flotando sobre la pista.

Esa noche iba de regreso a su casa después de un día normal de trabajo. Los cuerpos de las personas en el paradero pasaron por la luna del auto como una galería de objetos.

Su guardaespaldas celebraba el santo de su hijo y Montes gozaba por anticipado de la discreta soledad que lo esperaba en su departamento.

Avanzó por la alameda y vio la hilera de carros en la avenida Larco.

De pronto, los números de la consola se quedaron iluminados. Se sintió repentinamente solo, en el aire negro.

Era un apagón.

La calle se había disuelto como en un masivo y desolado acto de prestidigitación. Estaba en un túnel, pero seguía al aire libre. En la oscuridad había algunos movimientos. Montes vio algunas personas corriendo por la vereda. Se detuvo junto a un ómnibus que le rozó los faros.

Oyó las detonaciones. Dio un salto en el asiento.

Vio una corriente de pasos y sombras.

Entonces sintió el ruido. Era el de alguien que entraba en su auto.

***

Vio una sombra pequeña y delgada.

Montes sacó la pistola de la guantera y volteó.

Le estaba apuntando a un par de ojos iluminados en una piel sucia, coronada por una mata de pelo. Le acercó el cañón a la cara.

–Bájate –le dijo.

Los faros de un ómnibus atravesaron el asiento. Montes lo vio mejor: era un niño. La cara estaba hecha de una arcilla de facciones delgadas. Los ojos enormes no dejaban de mirarlo. Tenían un miedo y a la vez una determinación que lo sorprendió.

En ese momento, Montes vio un carro policía cerca, rodando lentamente. Quizá los policías lo estaban vigilando. El carro podía detenerse en cualquier momento. Montes dudó sobre lo que debía hacer.

Ese niño acurrucado en su asiento trasero podía ser un terrorista que sus compañeros habían dejado atrás. Sus compinches acababan de poner un explosivo en algún banco y estaban huyendo. El chico probablemente se había rezagado. ¿Debía obligarlo a salir? No. No debía dejarlo salir de su auto. Si los tombos veían a alguien sospechoso en su carro, lo podían implicar. Quizá ese niño era un miembro de Sendero. Quizá. Lo más razonable en ese momento era seguir manejando.

–Quieto –ordenó sacando la pistola–. Quieto. No te muevas. Ven adelante donde pueda verte.

El niño le obedeció.

Montes dobló a la izquierda y entró por La Paz.

***

Otro carro policía avanzaba en el espejo como siguiéndolo.

–Maldición– dijo.

Manejó varias cuadras y dobló. Estaba en Alcanfores. Algunas sombras corrían en sentido contrario. Fue hacia Larco, pensando que era mejor estar en una avenida poblada. Otros carros lo rozaron. El patrullero entró en una calle lateral. Un vacío negro lo reemplazó en el espejo.

Montes llegó a la esquina con San Martín. Paró en seco. De pronto, la calle parecía desierta.

Dio un largo suspiro. ¿Estaba llevando un miembro de la banda terrorista más sanguinaria del mundo junto a él?

–Bájate ahora –volteó.

Le seguía apuntando.

El niño lo miraba.

Montes vio el espejo. Un carro avanzaba hacia él, y luego otro. Tocaban la bocina. Era noche de apagón y todos querían llegar a su casa.

***

Lo mejor era ir a su edificio, a pocas cuadras. Estaría a salvo allí.

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Sin quitarle los ojos de encima, manejó. Por fin cuadró frente a la puerta del edificio. Era mejor que seguir dando vueltas. Allí estaba el guardián.

Montes pensó que podía sacar al chico a golpes del auto pero quizá llamaría demasiado la atención. ¿No había otros senderistas escondidos en algún lugar, tras un árbol, en un arbusto, pegados a una pared? ¿No lo habían seguido?

Iba a deshacerse de él, pero tal vez era más prudente no usar la fuerza.

Lo miró de frente y se detuvo. Vio sus ojos húmedos e inmensos.

¿Era de verdad un terruco? Tenía sus dudas ahora. Parecía un chiquillo indefenso.

Abrió la puerta.

–Oye, ¿por qué no te vas a tu casa?

El niño lo seguía observando.

De pronto hubo otra detonación a lo lejos.

El niño saltó y miró hacia atrás. La silueta negra de los edificios se sostenía, impasible. Habrían volado otro banco o una comisaría.

Montes, con la puerta del carro abierta, inclinado sobre el asiento, insistía en voz baja.

–Mira, te doy algo –le dijo, sacando un billete–. Con esto cómprate ropa. Ándate ahora.

El niño no se movió.

¿Cómo te llamas? –dijo Montes, por fin.

–Gabriel –le dijo el hilo de voz.

Acercó el billete y lo puso en la mano del chico.

–Mira, Gabriel. Yo no sé de dónde vienes. Te doy esta plata, te vas a tu casa y se acabó. No quiero hacerte daño; sólo quiero que te largues, ¿me entiendes?

–Sí –murmuró por fin el niño.

De pronto sintió el resplandor. Un carro policía había iluminado el aire alrededor y dos guardias se estaban bajando.

–Buenas noches –dijo Montes, elevándose frente a una linterna.

–Buenas –dijo el guardia.

El guardia tenía bigotes densos, ojos fijos y nariz de garfio.

–Su documento, señor.

Montes sacó su libreta electoral.

–¿Y el niño? –dijo el otro–. ¿Quién es?

Montes dudó. Si les decía que le cuidaba el carro, ¿qué hacía sentado en el asiento? Por otro lado no podía permitir que se lo llevaran. Era demasiado peligroso. Quizá no era un senderista. Pero si lo era y la policía lo implicaba a él, no quería pensar en las consecuencias. Un senderista en su carro, y adiós a su nombre, a su puesto y a su empresa.

–Él trabaja limpiando en la casa, jefe. Yo vivo aquí. Iba a llevarlo al paradero. Como vino el apagón… No pasan micros por aquí cerca.

–Suba a su casa, señor –dijo el guardia–. Puede haber más explosiones, hay peligro.

–Muy bien.

El policía se puso frente al timón, dijo algo en el micrófono y arrancó.

Montes se quedó parado, viéndolo. Una ira maligna le recorría el cuerpo. ¿Por qué tenía que hacerse cargo de ese niño que había entrado a su auto? Abrió la puerta trasera y se inclinó hacia él. Ya le había dado el dinero. Ahora iba a dejarlo allí en la calle y guardaría el carro en el garaje. Lo tomó de los brazos.

Pesaba más de lo esperado. De pronto, dio un paso atrás.

***

El pequeño se había abrazado a su pecho. Montes sintió la tibieza de sus manos. Otro carro doblaba la esquina.

Los brazos del niño cayeron sobre su espalda, como rendidos. Con horror, Montes se dio cuenta de que su pantalón se había humedecido.

–Mierda –gritó.

Soltó a Gabriel que cayó sobre el cemento. Montes se miró la pierna. Tenía una mancha de sangre que dejaba caer una, dos, tres gotas sobre el zapato. Los ojos temerosos y grandes de Gabriel seguían suavemente clavados en los suyos.

Un nuevo carro policía pasaba cerca y lo iluminó. Montes cogió a Gabriel de la mano. Se sentía un extraño, no por la sangre en su ropa ni por temor a la policía, sino por la lenta explosión de lástima que le ardía en el pecho. No atinaba a explicarse por qué la expresión de esa cara lo lastimaba también a él. ¿Quién era ese niño? Montes había creído reconocerlo aunque sabía que nunca lo había visto.

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Entró en el edificio. Gabriel caminaba cojeando a su lado. José, el portero, lo esperaba.

–Buenas noches, señor Montes

El portero miraba a Gabriel.

–Lo encontré –dijo Montes–. Se ha caído, parece. Voy a curarlo. –Después de una pausa, agregó:– Es un chico del barrio.

–Muy bien, señor.

El portero apretó el botón del ascensor.

–voy a subir por las escaleras. Tiene un poco de sangre.

Montes lo cargó como si fuera parte de él.

***

Con el cuerpo entibiado en su pecho, Montes vio con alivio la puerta.

–Ya falta poco –le dijo.

En el baño, ayudó a Gabriel a quitarse el pantalón. La marca de carne roja, a la altura del muslo, aún goteaba sangre.

Montes atinó a buscar una botella de agua oxigenada. La bala había rozado la piel. Parecía superficial pero seguramente necesitaba un médico.

Levantó el teléfono.

 ***

Al día siguiente, muy temprano, entró en la sala de estar. Allí, en un sofá que parecía un diván, Gabriel había pasado la noche. Tenía un piyama enorme, que le quedaba como una túnica. Estaba durmiendo.

La cara limpia y el pelo revuelto, pensó Montes mientras sonreía, se parecen en algo. Claro que se parecen…, miró una foto suya.

El amigo de Montes –Pepe– era un médico con una sonrisa astuta que hacía pocas preguntas y llevaba siempre salvoconducto. La noche anterior había hecho una limpieza con sulfa y un vendaje. Le había dado una pastilla para el dolor.

Theo caminaba junto al diván, mostrando su curiosidad hacia el visitante. A su lado, Gabriel parecía como eternizado por el sueño.

Había alcanzado a decirle que vendía sus caramelos y galletas en una esquina. La explosión había sonado muy cerca y él había echado a correr. Las balas silbaban en el aire y de pronto sintió que una pierna se le iba al suelo. Los policías corrían detrás de él. Fue entonces cuando vio su carro. No quería ir a la comisaría, donde ya le habían pegado otras veces. Disculpe, señor. Mis disculpas. Usted me ha salvado.

Eran las nueve. Montes pensó en despertarlo. ¿Podría caminar, irse a su casa? Quizá lo dejaría dormir un rato más. Por un instante lo asaltó el temor de que estuviera muerto.

Pero de pronto, como en un milagro, el niño abrió los ojos.

–¿Cómo te sientes?

Tardó en contestar.

–Me duele…, pero menos.

Gabriel se incorporó. Montes se sentó junto a él.

–Ven a tomar desayuno.

Mientras veía al niño emerger de la cama improvisada, Montes pensó que podía comprarle un poco de ropa. La suya estaba sucia y rota.

Con esa ropa podía irse, pensó. El niño podría irse. ¿Cómo? Entrar de nuevo a la calle. Seguir vendiendo chocolates, sosteniendo su cuerpo flaco, en el ruidoso silencio de la pista.

Sentó a Gabriel en la mesa y ordenó a la señora Rosa que les sirviera a los dos. Tomarían desayuno juntos. Luego él tendría que volver a trabajar. El niño se iría. Iban a intercambiar unas palabras hasta que ambos volvieran a sus lugares. La piedad lo había tocado unas horas pero el mundo continuaba su marcha.

–Sírvete un poco más de leche –le dijo.

Lo vio tomando la leche, lentamente. Se quedó mirándolo. Afuera, el cielo blanco avanzaba.

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