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Un par de medias de seda

Kate Chopin | del: inglés

Traducción : Olga Drennen

Introducción de

La pequeña Mrs. Sommers cobra vida en “Un par de medias de seda”, exactamente como Edna Pontellier, la protagonista de "El despertar", la famosa y transgresora novela de Kate Chopin. La pequeña Mrs. Sommers se despierta, quizás intencionalmente, de un breve momento de cansancio y debilidad, de una falta de atención; un momento en el que “las necesidades del presente la llenaban por completo”, alterando el orden de lo que se conocía, se acostumbraba y se esperaba de ella como mujer y madre en 1897. En este breve relato, y en su obra en general, Chopin se ocupa del estatus de las mujeres y de su libertad. Con un lenguaje delicado y poético, ella explora las vísceras de la vida cotidiana femenina y maternal, y legitima –anticipándose a su tiempo– el rechazo a aceptar las convenciones sociales y a vivir de acuerdo a ellas.

 

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Un día, la pequeña señora de Sommers se convirtió de manera inesperada en la poseedora de cincuenta dólares. Le pareció que se trataba de una gran fortuna, y los bille­tes que abultaban su viejo monedero hicie­ron que se sintiera tan importante como no se había sentido durante años.

La cuestión de cómo invertirlos ocupó gran parte de sus pensamientos y, durante uno o dos días, anduvo de aquí para allá en un aparente estado de ensoñación, pero en realidad, estaba perdida entre cálculos y especulaciones. No quería actuar de forma apresurada ni hacer nada que después tu­viera que lamentar.

Pero fue durante las quietas horas de la noche cuando su mente encontró la mane­ra de utilizar de un modo apropiado y ra­zonable aquel dinero.

Debía agregar un par de dólares al precio que solía pagar por los zapatos de Janie; con este incremento, se aseguraría de que le sirvieran mucho tiempo más de lo que le duraban por lo general.

Conseguiría, en cualquier parte, muchos metros de género para hacer camisas cortas nuevas para los varones y, también, para Janie y para Mag. Había intentado remendar las viejas con retazos de seda. A Mag, le hacía falta otro vestido. Ella había visto algunos modelos tan bonitos, verdaderas gangas que ofrecían los escaparates de las tiendas.

¡Y todavía le quedaría lo suficiente para comprar medias nuevas —dos pares para cada uno— que después, con un buen zurcido, se salvarían durante una temporada!

También podía conseguir abrigos para los varones y sombreros marineros para las chicas.

La visión de su hija menor tan fresca y delicada con ropa nueva por una vez en su vida la animó e inquietó por anticipado.

A veces, los vecinos hablaban de ciertas “épocas mejores” que la pequeña señora de Sommers había conocido antes de pensar en convertirse en la señora de Sommers. Ella, en cambio, no solía complacerse con tales retrospecciones. No tenía tiempo, ni siquiera un segundo, para perder pensando en el pasado. Las necesidades del presente la absorbían por completo. Una visión del porvenir que parecía un monstruo oscuro y escuálido la espantó, pero por suerte, el futuro tardaría en llegar.

La señora de Sommers era alguien que conocía el valor de las gangas, era alguien que podía permanecer horas mientras pugnaba por el objeto deseado que se vendía a bajo costo, alguien que podía abrirse paso a codazos si fuera necesario. Ella había aprendido a tomar un pedazo de género, sostenerlo y aferrarse a él con persistencia y determinación hasta que su turno de ser atendida llegara, sin importar cuánto tardara.

Pero ese día, se sentía cansada y a punto de desfallecer. Había almorzado muy poco… ¡Pero no! Cuando pensó en la comida, se dio cuenta de que mientras había hecho lo necesario para dejar a los niños bien alimentados y en el lugar adecuado, y se preparaba para ir de compras, ¡se había olvidado de comer!

En la tienda, se había sentado en un asiento giratorio que antes había sido de una oficina, mientras intentaba juntar fuerza y valor para circular a través de una multitud ávida que parecía una muralla acosadora, cargada con telas para camisas y césped artificial.

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De pronto, la acometió un sentimiento de decaimiento y descansó su mano sin propósito fijo en un mostrador. No usaba guantes. Poco a poco, creció en ella la sensación de que su mano había encontrado algo muy liviano, muy agradable al tacto. Así que miró hacia abajo y comprobó que estaba acariciando una pila de medias de seda.

A un costado, un letrero informaba que el precio de las medias había rebajado de dos dólares con cincuenta a un dólar con noventa y ocho centavos. En ese momento, una chica joven ubicada detrás del mostrador le preguntó si le interesaba ver su línea de calcetería de seda. La señora de Sommers sonrió como si le hubieran pedido que inspeccionara una tiara de diamantes con la idea de comprarla. Pero mientras tanto, continuó sintiendo la suavidad en su piel, sostuvo una media, que tenía el brillo de las cosas lujosas, con ambas manos y después la sintió deslizarse por entre sus dedos como si fuera una serpiente.

De repente, dos manchas de inquietud asomaron en sus mejillas pálidas. Buscó a la empleada.

—¿Puede ser que haya una medida para mí entre estas? –preguntó.

Había muchos tamaños. De hecho, la medida que más abundaba era como para ella. También tenían variedad de colores. Había un par celeste, algunos lavanda, otros negros por completo y varios tostados y grises. La señora de Sommers seleccionó un par negro y lo miró con atención. Fingió estar examinando la textura, de la cual la empleada aseguró que era excelente.

—Un dólar con noventa y ocho centavos —meditó en voz alta—. Bueno, me llevo este par.

Dio un billete de cinco dólares a la chica, recibió la factura y esperó por su cambio y su paquete. ¡Qué envoltorio más diminuto! Parecía perdido en las profundidades de su viejo bolso de compras.

Después, la señora de Sommers se apartó de la mesa de las ofertas y tomó el ascensor, que la condujo a un piso superior en el sector de los baños para señoras. Allí, en una esquina apartada, cambió sus medias de algodón por las nuevas de seda que había comprado. No razonó, no pasó por ningún proceso mental ni se esforzó por explicarse el motivo de su proceder. No pensó en absoluto. Por un momento, pareció estar tomando un descanso de sus laboriosas y agotadoras tareas para abandonarse un poco a ese impulso mecánico que dirigió sus acciones y la liberó de responsabilidades.

¡Qué agradable era el contacto de la seda con su piel! Se sintió como reclinada en un sillón mullido y disfrutó durante algún tiempo de ese lujo. Se quedó quieta para disfrutarlo. Después, se puso los zapatos, enrolló juntas las dos medias de algodón y las metió en su bolso. Luego, se dirigió en línea recta a la zapatería y tomó asiento para ser atendida.

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Sintió fastidio. El empleado no podría satisfacerla; no podría armonizar sus zapatos con sus medias, y ella no era demasiado fácil de complacer. Levantó su pollera y colocó sus pies de una manera y su cabeza de otra, para poder ver con detenimiento hacia abajo, hacia las tan lustradas botas puntiagudas. Su pie y su tobillo parecían muy bonitos. No podía creer que le pertenecieran y que fueran una parte de ella.

Dijo, a la joven vendedora que la atendió, que quería un calzado excelente y elegante, y no se molestó por la diferencia de un dólar o dos más en el precio cuando consiguió lo que deseaba. Hacía un largo tiempo que la señora de Sommers no sentía la tentación de comprar guantes. En las raras ocasiones en que había comprado un par, siempre habían sido gangas, prendas tan baratas que habría sido irrazonable esperar que le entraran a la perfección en la mano.

La mujer apoyó su codo en el mostrador del sector de guantes, y una empleada joven y bonita colocó un guante en la mano de la señora de Sommers con un ágil movimiento. Se lo acomodó desde los dedos hasta la muñeca para abrocharlo pulcramente, y enseguida, las dos se perdieron durante un segundo o dos en la contemplación admirativa de la mano enguantada que se veía simétrica y pequeña. Pero había otros lugares donde el dinero podía gastarse.

Había libros y revistas amontonados calle abajo, en la ventana de un comercio, a unos pasos del centro de compras. La señora de Sommers compró dos revistas caras como las que tenía por hábito leer en los días en los que acostumbraba hacer cosas más agradables. Las llevó sin envolver.

Al cruzar las calles, levantaba su pollera. Sus medias, sus botas y los guantes dignos operaban a las mil maravillas. Le daban un sentimiento de seguridad, un sentido de pertenencia a la multitud bien vestida.

Sintió mucho apetito. En otra ocasión, habría aquietado los deseos de comida hasta poder saciarlos en su propia casa, donde se habría preparado una taza de té y habría tomado un bocado de algo que encontrara disponible. Pero el impulso que la guiaba no le permitía entretenerse en ninguna clase de especulación.

Había un restaurante en la esquina. Ella nunca había atravesado sus puertas; a veces, desde afuera, había vislumbrado cortinas de damasco limpias, cristales brillantes y el suave andar de los mozos que servían a los personajes de moda.

Cuando entró, su apariencia no creó ninguna sorpresa, ninguna consternación tal como ella había temido. Se sentó sola a una mesa pequeña, y un mozo atento se acercó para tomar su orden al momento. No quiso exagerar en su pedido; se conformó con un plato sabroso: un buen corte de carne con berro, algo dulce, por ejemplo, una crema helada; un vaso de vino del Rhin, y después, una taza pequeña de café negro.

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Mientras esperaba que le trajeran la comida, se quitó los guantes con lentitud y los colocó a un costado. Después, tomó una revista y la hojeó mientras cortaba las páginas con un pequeño cortapapeles. Todo era muy agradable. Las cortinas de damasco estaban más limpias de lo que le había parecido a través de la ventana; y el cristal, más chispeante. Había señoras calladas y señores que no la notaron mientras almorzaban sentados a las mesas tan pequeñas como la suya. Podía oírse una agradable música mientras una brisa suave entraba a través de la ventana. Le trajeron su pedido y disfrutó del primer bocado, leyó una palabra o dos y bebió a sorbos el vino ambarino mientras movía los dedos de sus pies dentro de las medias de seda.

El precio de la comida le dio lo mismo. Para pagar la cuenta, contó el dinero fuera de la vista del mozo y dejó caer una moneda extra en su bandeja; al ver la propina, el hombre arqueó su espalda frente a ella como si hubiera estado ante una verdadera princesa de sangre real.

Todavía había dinero en su bolso, y su próxima tentación se presentó en forma de cartel de teatro.

Cuando entró, era un poco tarde; la obra había empezado, y la sala parecía bastante llena. Pero había asientos libres aquí y allá; se ubicó en uno de ellos, entre mujeres brillantemente vestidas que habían ido a matar el tiempo y a comer dulces allí. Había muchos otros que estaban en el lugar con el único propósito de presenciar la obra. Está de más decir que ninguno de los presentes pareció molesto por la actitud de la señora de Sommers. Ella prestó atención a todo: al escenario, a los actores y a las personas que disfrutaban del espectáculo, se deleitó con todo. Rió con las alternativas de la comedia y lloró; ella y la mujer ostentosa que estaba a su lado lloraron por el conflicto de la tragedia. Comentaron brevemente la trama. La mujer ostentosa limpió sus ojos, limpió su nariz con un pañuelo diminuto y perfumado, y le pasó su caja de dulces a la pequeña señora de Sommers.

La obra terminó, la música cesó, y la muchedumbre desfiló hacia la calle. Era como un sueño que finalizaba. Las personas se diseminaron en todas las direcciones.

La señora de Sommers fue a la esquina y esperó el tranvía.

Un hombre con ojos perspicaces que estaba sentado enfrente de ella pareció disfrutar estudiando la cara pequeña y pálida. Lo confundió descifrar lo que vio allí. Pero en verdad, no pudo haber descubierto nada, a menos que él fuera un mago suficientemente perspicaz para descubrir un deseo profundo, un anhelo portentoso de que el tranvía nunca se detuviera, de que siguiese su marcha y de que ella, ahí arriba, continuara su viaje para siempre.


Este cuento fue publicado en Cuentos de mujeres por mujeres II, editoril Longseller, 2005. 

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