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Daniil Kharms | del:ruso

Una borrachera inesperada | La cajera

Traducción : Amelia Serraller Calvo

Imagen: mgfoto, Shutterstock.com

Introducción de Olga Sonkin

Kharms, quien ha tenido la suficiente desdicha (o, quizás, la suficiente dicha) de haber vivido en una época de cambios de regímenes, cambios ideológicos y guerras mundiales, ve detrás de todos estos acontecimientos una sola y única cosa: el absurdo. Y quizás no haya otra manera de observar la realidad –especialmente en un tiempo en el que decir lo que uno pensaba podía conducir a la prisión, al exilio o a la muerte– más que a través de los ojos de alguien que fue encarcelado y cuyas obras casi no fueron publicadas, sólo por atreverse a ser diferente. Kharms escribió abundantemente acerca de la vida cotidiana en la Rusia soviética durante los años 30, y seguramente no hay mejor modo de describir aquella vida que a través de su escritura grotesca. Los dos relatos que aparecen aquí se centran en el sexo y en la muerte pero no incluyen discernimientos psicológicos, ni profundos ni superficiales; el sexo y la muerte son tan absurdos como los otros componentes de la vida. La cajera, que en realidad no es una cajera, se muere, y la gente a su alrededor está ocupada tratando de ocultar su muerte; pero, ¿acaso no es esto algo que hacemos todos los días en nuestra vida: intentar apartar el hecho de la muerte de nuestros ojos? El segundo relato describe una orgía, pero no hay nada sexual en esa orgía: es una orgía involuntaria, la cual resulta de una desafortunada secuencia de eventos que conduce al contacto sexual entre tres personas que accidentalmente coincidieron en un mismo lugar y a la misma hora. La violencia es una violencia mundana que carece de todo heroísmo, personas diminutas que discuten por asuntos diminutos. ¿Y qué otra cosa podría esperarse de ellos? ¿Cómo podrían interpretar, ellos mismos, su realidad cotidiana, y cómo podrían explicar aquello que no tiene explicación? Lo único que les queda por hacer es seguir negando la muerte y beber, si surge la ocasión, alguna botella de vodka.

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Una borrachera inesperada

Un buen día Antonina Alekséyevna atizó a su marido con un sello administrativo y le embadurnó la frente con tinta de estampar.   

Un íntimamente ultrajado Piotr Leonídovich, marido de Antonina Alekséyevna, se atrincheró en el baño y no dejó entrar a nadie.  

No obstante, los inquilinos del piso comunal, que tenían una acusada necesidad de pasar allí donde se había instalado Piotr Leonídovich, decidieron forzar la cerradura de la puerta.

Viendo que la suya era una empresa destinada al fracaso, Piotr Leonídovich salió del baño y, de vuelta a sus dominios, se tumbó en  la cama.

Pero Antonina Alekséyevna decidió perseguir a su marido hasta el final. Así que agarró unos trocitos de papel y roció con ellos a Piotr Leonídovich, que seguía tumbado sobre la cama. 

Un furibundo Piotr Leonídovich salió despedido al pasillo y allí mismo se puso a arrancar el empapelado. 

En ese momento salieron corriendo los inquilinos y, al ver lo que estaba haciendo el infeliz Piotr Leonídovich, se abalanzaron sobre él y le arrancaron el chaleco que llevaba puesto. 

Así las cosas, Piotr Leonídovich se dirigió a toda prisa al comité de la vivienda. Mientras tanto, Antonina Alekséyevna se desnudó y se escondió en un arcón. Diez minutos después volvió Piotr Leonídovich, que traía consigo al administrador del piso. Como no veía a su mujer en la habitación, el administrador y Piotr Leonídovich decidieron aprovechar el campo libre y echar un traguito de vodka. Así que Piotr Leonídovich se dispuso a salir a la vuelta de la esquina a por dicho brebaje.

En cuanto Piotr Leonídovich se fue, Antonina Alekséyevna salió reptando del arcón y compareció ante el administrador en cueros. 

Un noqueado administrador pegó un bote en la silla y corrió hacia la ventana pero, al ver la imponente constitución de la joven de veintiséis años, entró de repente en un éxtasis salvaje.

En ese mismo momento volvió Piotr Leonídovich con un litro de vodka.                                      

Al ver lo que se estaba fraguando en su habitación, Piotr Leonídovich frunció el ceño.

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No obstante, su cónyuge Antonina Alekséyevna le enseñó su sello administrativo, y Piotr Leonídovich recobró la calma. 

Antonina Alekséyevna manifestó su deseo de tomar parte en la ingesta, aunque obligatoriamente desnuda y, para más inri, sentada sobre la mesa sobre la que planeaban servir el aperitivo con el vodka. 

Los hombres se sentaron en las sillas, Antonina Alekséyevna sobre la mesa, y comenzó la ingesta.

No se puede calificar de higiénico el hecho de que una joven desnuda esté sentada sobre una mesa donde hay comensales. Para colmo, Antonina Alekséyevna era una mujer con curvas y no precisamente escrupulosa… así que sólo el diablo sabe lo que pudo pasar allí.

Muy pronto, sin embargo, se emborracharon todos y se quedaron traspuestos: los hombres sobre el suelo y Antonina Alekséyevna sobre la mesa.Y en el piso comunal se restableció el silencio. 

22 de enero de 1935

La cajera

Encontró Masha una seta, la arrancó y se la llevó al mercado. En el mercado, a  Masha le dieron en la cabeza, y encima le prometieron que le darían una buena tunda por todas las piernas. Masha se asustó y dio marcha atrás. Corrió Masha hacia una cooperativa y quiso allí esconderse tras la caja registradora. Pero el encargado la vio y dijo: ¿qué es eso que llevas en las manos? Y Masha le dijo: “una seta”. El encargado le dijo: ¡menuda listilla! ¿Quieres que te enderece y te ponga a trabajar aquí mismo? Masha repuso: Tú a mí no me mandas. Y el encargado: ¡Ya verás si mando! —y le puso a Masha a hacer girar la caja registradora.

Masha giró y giró la manivela…hasta que se murió de repente. Vino la policía, elaboró un informe y  le ordenó al encargado que pagase una multa de 15 rublos.

El encargado dijo: ¿Pero por qué me multan? Y la policía le respondió: “por asesinato”. El encargado se amedrentó, pagó corriendo la multa y dijo: “pero entonces os lleváis ya mismo a esta cajera difunta”. Intervino entonces el responsable de la frutería: “No, no es cierto, ella no era cajera. Tan sólo hacía girar la manivela de la caja. La cajera está sentada allí mismo”. Así que la policía dijo:

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 —A nosotros nos da todo igual: si la orden es llevarse a la cajera, nos la llevamos.

Y la policía empezó a rodear a la cajera.

La cajera estaba tumbada en el suelo, tras la caja, diciendo “yo no me voy”. La policía le dijo: ¿Por qué no vienes, estúpida? A lo cual la cajera repuso: “porque me vais a enterrar viva”.   

Entonces la policía intentó levantarla del suelo, pero no había forma humana de incorporarla, porque la cajera era muy oronda.

—Agarradla por las piernas —exclamó el frutero.

—No —le dice el encargado— esta cajera me sirve como esposa. Así pues, os pido que no la desnudéis por las partes bajas. Y la cajera añade: ¿le estáis oyendo? No os atreváis a desnudarme por las partes bajas.

La policía agarró a la cajera de los sobacos y la echó a rastras de la cooperativa.

El encargado ordenó a los vendedores limpiar las tiendas y abrir el mercadillo.

¿Y ahora qué hacemos con la muerta? —dijo el frutero, señalando a Masha.

 -¡Ay Señor, —dijo el encargado— sí que la hemos fastidiado! Eso es, ¿qué hacemos con la muerta?

—¿Y quién se hará cargo de la caja? —pregunta el frutero.    

El encargado se echó las manos a la cabeza.   

Involuntariamente, le dio un rodillazo a las manzanas y las esparció por el mostrador diciendo:

—¡Pues sí que estamos buenos! ¡Menudo desastre!

—Menudo desastre —repetía el coro de vendedores.  

De repente el encargado se peinó el bigote y dijo:

 —¡Je je! No es tan fácil dejarme fuera de juego.  Colocaremos a la muerta detrás de la caja, y probablemente los visitantes no sabrán ni quién es.  

Así que parapetaron a la difunta tras la registradora, y le metieron un cigarrillo entre los dientes para que pareciese una persona viva. Para mayor verosimilitud, le dejaron la seta como si la sostuviese con las manos. La finada estaba sentaba tras la caja, como si estuviese viva, sólo que con la tez muy verde, un ojo abierto y otro completamente cerrado.

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—No pasa nada —dice el gerente— colará.

Y ya los visitantes, alarmados, llamaban a la puerta. “¿Por qué no abren la cooperativa?” Destacaba especialmente una señora enfundada en un abrigo de seda, que gritaba a pleno pulmón: blandía su bolsa y  amenazaba con sus tacones los goznes de la puerta. Y tras la señora, una viejecita con una pañoleta sobre la cabeza gritaba enojada, llamándole tacaño al encargado de la cooperativa.

El encargado abrió la puerta y dejó entrar a los visitantes. Éstos corrieron inmediatamente a la carnicería, y después a por azúcar y pimienta. Por su parte, una vieja se fue directamente a la pescadería, pero de camino vio a la cajera y se paró en seco.

  —¡Señor, —exclamó— que Dios nos asista!

Y la señora del abrigo de seda ya había recorrido todos las secciones y se dirigía directamente a la caja. No había acabado de ojear a la cajera, cuando se paró en seco, y le clavó la mirada sin decir palabra. Pero las vendedoras también se callaron y miraron al encargado. Y el encargado, apostado tras el mostrador, devolvía las miradas, esperando a ver qué sucedía.

 La señora del abrigo de seda se volvió hacia los vendedores y preguntó.

—¿Quién es ésta que tenéis de cajera?

Pero los vendedores callaban, porque no sabían qué responder. Callaba hasta el mismísimo encargado.

Y he aquí que se congregó gente de todas partes. Y que la muchedumbre copaba ya la calle. Aparecieron los porteros y repartieron silbatos. En una palabra: un auténtico escándalo.

La multitud estaba lista para no alejarse de la cooperativa como mínimo hasta la noche, pero alguien dijo que en el callejón Ózernaya caían viejecitas por la ventana. Entonces la multitud que rodeaba la cooperativa remitió, tantos  fueron los que se desplazaron a la Travesía Ózernaya…

31 de agosto de 1936 

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