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Charlotte Riddell | del:inglés

Una extraña partida de Navidad

Traducción : Martín Schifino

Imagen: Eugenio Recuenco

Introducción de Editorial

La escritora Charlotte Riddell fue una de las autoras más prolíficas y populares de la Inglaterra victoriana. Muchos de sus escritos fueron publicados con seudónimos, generalmente masculinos, como el siguiente relato que se publicó con el nombre de J. H. Riddell – el nombre de su marido. En este cuento se deja sentir – siguiendo la tradición inglesa de los cuentos navideños de fantasmas – el talento latente de las mujeres. El narrador, por cierto, es un hombre, pero se revela como un total incompetente en comparación a su hermana Clare, mujer despierta e independiente que es, en definitiva, quien resolverá el enigma. Frente a la ceguera y la impotencia de los hombres fuertes que aparecen en el relato, entre ellos el investigador y  el honorable señor Cronson, quien afirma: “obviamente, no hay nada más que hacer”, Clare emerge como una mujer sensible e inteligente (quien por cierto sufre un ataque de “histeria” y se desmaya ante las "apariciones", según las convenciones del género), una mujer que no solo logra abrirles los ojos a los violentos hombres que la rodean, sino que también encauza el destino de su hermano, el narrador: ella es la que identifica anticipadamente a quien se convertirá en esposa y madre de los hijos de su hermano.

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Llegamos a Martingdale a mediados de noviembre, y el lugar nos pareció de todo menos romántico o agradable. Los senderos estaban húmedos y enlodados, los árboles carecían de hojas y no había flores salvo unas rosas que florecían tarde en el jardín. Había llovido mucho en los últimos meses, y la propiedad daba pena. Clare no quiso invitar a Alice para que le hiciese compañía durante los meses de invierno, como había sido su intención; y en cuanto a mí, los Cronson seguían sin aparecer por New Norfolk, donde se suponía que pasarían Navidad con la vieja señora Cronson, por fin recuperada.

En general, Martingdale presentaba un aspecto bastante inhóspito, y los cuentos de fantasmas con los que nos habíamos entretenido mientras el sol bañaba las salas se volvían cada vez menos irreales cuando lo único con lo que contábamos, para disipar la oscuridad, eran chimeneas encendidas y velas de sebo. Cobraron más realidad cuando un criado tras otros nos abandonó para buscar empleo en otros sitios, los ruidos se hicieron más frecuentes en la casa y Clare y yo empezamos a oír con nuestros propios oídos los pasos, los golpes y la cháchara que se nos habían descrito.

Estimado lector, sin duda usted está libre de supersticiones. Niega la existencia de fantasmas y “solo desea hallar una casa encantada donde pasar la noche”, lo cual es muy valiente y loable de su parte; pero ya quisiera verlo en una vieja mansión de campo desolada e inhóspita, donde resuenan los sonidos más inexplicables, sin un solo criado a excepción de un viejo conserje y su mujer que, al vivir en un extremo de la residencia, no oyen los pasos y el pum, pum, pum que tiene lugar a todas horas de la noche.

En un principio creí que los ruidos eran producto de gente malintencionada que buscaba, por motivos personales, mantener la casa deshabitada; pero poco a poco Clare y yo llegamos a la conclusión de que las visitas debían ser sobrenaturales y que, en consecuencia, Martingdale era imposible de alquilar. No obstante, dado que éramos personas prácticas y que, a diferencia de nuestros predecesores, no teníamos dinero para vivir dónde y cómo nos pluguiera, decidimos esperar a ver si era posible determinar una influencia humana en el asunto. Si no, convenimos que derribaríamos el ala derecha de la casa, así como la escalera principal.

Durante unas cuantas noches nos quedamos despiertos hasta las dos o las tres de la madrugada, Clare ocupada con sus labores y yo leyendo, con un revólver en la mesa que se hallaba a mi lado; pero nada, ni un sonido ni una aparición, recompensó el esfuerzo de la vigilia. Aquello confirmó mis primeras sospechas de que los sonidos no eran sobrenaturales; pero a fin de asegurarme decidí que, en nochebuena, en el aniversario de la desaparición del señor Jeremy Lester, haría guardia yo mismo en la habitación roja. Ni siquiera comuniqué mis intenciones a Clare.

A eso de las 10.00, cansados de las noches que habíamos pasado en vela, los dos nos retiramos a descansar. Con cierta ostentación, quizá, cerré sonoramente la puerta de mi habitación y, cuando la abrí media hora más tarde, salí por el pasillo en mayor silencio y con mayor cautela de lo que habría podido hacerlo un ratón. Me senté a oscuras en la habitación roja. Durante más de una hora no vi en ella más de lo que habría podido ver en mi tumba; pero al final de ese periodo salió la luna y proyectó un extraño relumbre en el suelo y en la pared de la habitación encantada.

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Hasta entonces había hecho guardia frente a la ventana, pero en ese momento me situé en un rincón cercano a la puerta, donde me ocultaban las pesadas colgaduras de la cama y un antiguo guardarropas. Continué allí sentado, pero siguió sin oírse nada. Me pesaba la fatiga de tantas noches y, cansado de hacer guardia solo, al cabo me quedé dormido, para despertar al oír la puerta que se abría con delicadeza.

—John —dijo mi hermana, casi en un susurro—. John, ¿estás aquí?

—Sí, Clare —contesté—. ¿Qué haces levantadas a estas horas?

—Ven abajo —contestó—. Están en el salón revestido de encina.

No tuvo que explicarme a quién se refería; la seguí escaleras abajo, avisado por su mano alzada de que era necesario hacer silencio y andar con cautela. Junto a la puerta abierta del salón, Clare se detuvo y los dos miramos dentro.

En esa habitación que por la noche dejábamos a oscuras, había un fuego de leña chispeante encendido en el hogar, velas sobre el estante de la chimenea, una mesita movida de su rincón habitual y dos hombres sentados ante ella, jugando a las cartas. Logramos ver la cara del jugador más joven: era de un hombre de unos 25 años, que había llevado una vida dura y disipada, que había echado a perder su sustancia y su salud, que en vida había sido Jeremy Lester.

Me costaría decir cómo lo supe, cómo en un momento identifiqué los rasgos del jugador con los de un hombre que llevaba 41 años desaparecido: 41 años esa misma noche.

Iba vestido con un traje de otra época; tenía el pelo empolvado y, alrededor de las muñecas, llevaba unos puños de puntillas. Parecía una persona que, de regreso de una gran fiesta, se hubiera sentado en su casa con un amigo íntimo a jugar a las cartas. En el dedo meñique brillaba un anillo, en la pechera de la camisa destellaba un valioso diamante. Tenía hebillas con diamantes en sus zapatos y, de acuerdo con la moda de su época, vestía unas calzas que le llegaban hasta las rodillas y medias de seda, que dejaban al descubierto la forma de una pierna y un tobillo notablemente bien proporcionados. Estaba sentado enfrente de la puerta, pero no levantó la vista para mirarnos. Su atención parecía concentrada en las cartas.

Por un momento la habitación permaneció en completo silencio, interrumpido por los puntos importantes de la partida. Nos quedamos en la puerta, aguantando la respiración, aterrados y al mismo tiempo fascinados por la escena que se desarrollaba ante nosotros. Las cenizas caían en el hogar suavemente, como nieve; oíamos el roce de las cartas que se repartían y golpeaban en la mesa; oímos la cuenta de los puntos —15-2, 15-4 y así sucesivamente—, pero no se pronunció palabra alguna hasta que el jugador cuya cara no veíamos exclamó: «Yo gano; el juego es mío».

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A continuación, su oponente tomó las cartas, las mezcló con incuria, las juntó en la mano y se las arrojó a su invitado a la cara, exclamado: «Tramposo, mentiroso, ahí tienes».

Sobrevino el alboroto y la confusión: cayeron las sillas, hubo gestos de furia y el ruido de las voces agitadas se mezcló hasta tal punto que no entendimos una sola frase de lo que decían. De inmediato, sin embargo, Jeremy Lester salió del salón con tanta prisa que por poco no nos llevó por delante; se alejó dando pasos ruidosos escaleras arriba, para entrar en la habitación roja, de donde bajó al cabo de pocos minutos con un par de estoques bajo el brazo. Cuando entró en el salón, nos dio la impresión, le dio al otro hombre a elegir entre distintas armas, luego abrió la ventana de un golpe, dejó pasar a su adversario con ceremonia y salió al aire nocturno. Clare y yo los seguimos.  

Atravesamos el jardín y recorrimos un sendero sinuoso hasta llegar a un llano, protegido en el norte por una plantación de abetos jóvenes. Para entonces la luna brillaba en el cielo, y vimos claramente cómo Jeremy Lester calculaba las distancias.

«A la cuenta de tres», le dijo por fin al hombre que seguía dándonos la espalda.

Habían echado la cuenta a la suerte, y el señor Lester había perdido. Se quedó quieto iluminado por la luz de la luna, y no quisiera contemplar a un hombre más apuesto.

«Uno», empezó el otro, «dos», y, antes de que nuestro antepasado sospechara siquiera de sus intenciones, se abalanzó y atravesó el pecho de Jeremy Lester con el estoque.

Al ver aquella cobarde traición, Clare dejó escapar un grito. Al instante los combatientes desaparecieron, la luna se ocultó tras una nube y nos quedamos de pie en la plantación de abetos, temblando de frío y de terror. Pero por fin sabíamos qué le había ocurrido al difunto propietario de Martingdale: no había caído muerto en un duelo justo, sino que lo había asesinado vilmente un falso amigo.

Cuando desperté entrada la mañana de Navidad, me encontré con un mundo blanco, cuya tierra, árboles y arbustos estaban cubiertos de nieve. Había nieve por doquier, como nadie recordaba haber visto en 41 años.

—En una Navidad como esta desapareció el señor Jeremy —comentó el viejo sacristán a mi hermana, que había insistido en que fuéramos a la iglesia a través de la nieve, y al oírlo ella perdió el conocimiento y tuvo que ser llevada a la sacristía, donde le confesé al párroco todo lo que habíamos visto la noche anterior.

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Al principio aquel noble individuo quiso tomarse la cuestión a la ligera, pero dos semanas más tarde, cuando la nieve se hubo derretido y pudo examinarse la plantación de abetos, debió aceptar que sin duda había más cosas en el cielo y en la tierra de las que su limitada filosofía había soñado. En un pequeño espacio a la entrada de la plantación se halló el cuerpo de Jeremy Lester. Lo reconocimos por el anillo, las hebillas de diamante y el reluciente prendedor que llevaba en el pecho; y el señor Cronson, que vino a examinar los vestigios en calidad de magistrado, quedó visiblemente perturbado por la narración.

—Por favor, señor Lester, ¿vio usted en su sueño la cara del… del caballero… del oponente de su antepasado?

—No —contesté—, en la casa y en el campo, nos dio la espalda todo el tiempo.

—Pues, obviamente, no hay nada más que hacer —comentó el señor Cronson.

—Nada —contesté.

Y sin duda en ese punto habría acabado el asunto, si no fuera porque unos días más tarde, mientras cenábamos en Cronson Park, de repente Clare dejó caer la copa de agua que se estaba llevando a los labios, y exclamó:

—¡Mira, John, ahí está! —para luego alzarse de su asiento y, con la cara más blanca que el mantel, señalar un retrato que colgaba de la pared—: Lo vi un segundo cuando volvió la cabeza hacia la puerta mientras salía Jeremy Lester —explicó—. Es él.

De lo que ocurrió a continuación del reconocimiento tengo un recuerdo sumamente vago. Los criados empezaron a correr de acá para allá; la señora Cronson se cayó de su silla, presa de un ataque de histeria; las señoritas acudieron al lado de su madre; el señor Cronson, temblando como si lo consumiera la fiebre, intentó dar alguna explicación, mientras Clare rogaba sin parar que la sacaran de allí, como de hecho se hizo. Me la llevé no solo de Cronson Park, sino de Martingdale.

Antes de marcharnos de este sitio, sin embargo, me entrevisté con el señor Cronson, según el cual el retrato que había identificado Clare era el del padre de su esposa, el último hombre que había visto a Jeremy Lester con vida.

—Ahora es un anciano —concluyó el señor Cronson—, un hombre de más de 80 años, que me ha confesado todo. ¿Sería mucho pedir que nos ahorrara más tristeza y vergüenza cuidando de no hacer público este asunto?

Le prometí que guardaría silencio, pero la historia acabó saliendo a la luz, y los Cronson abandonaron la comarca. Mi hermana nunca regresó a Martingdale; se casó y en la actualidad vive en Londres. Aunque le aseguro que en casa no hay ruidos raros, se niega a visitarme en Bedforshire, donde la «muchachita» que otrora me recomendaba «tomar en serio» es ahora mi esposa y la madre de mis hijos.

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