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leyendo ahora: Una tarde de larga duración. Sobre el arte del escritor japonés Yasushi Inoue | Volker Zastrow
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Volker Zastrow | del:alemán

Una tarde de larga duración. Sobre el arte del escritor japonés Yasushi Inoue

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de David Wagner

Desde que leí “Una tarde larga duración” en la revista Merkur, la historia se ha quedado conmigo. Todos los años he vuelto a pensar en ella. Ahora, al seleccionarla, quedé muy sorprendido de que hayan pasado ya diecinueve años desde la primera vez que se publicó. En aquel entonces, febrero de 1998, yo tenía más o menos la edad de la joven mujer que en el relato logra presionar, con ayuda de unas lágrimas, para que le impriman un artículo. Hoy ya soy más viejo que el narrador de casi cuarenta, y conozco la problemática de la vida privada con una mujer y una ex mujer y un hijo. Por eso en la relectura no pude no darme cuenta: con los años, me terminé pasando al otro lado de la historia. ¿Es “Una tarde larga duración” un cuento? ¿O es más bien un ensayo, como se sostiene en el texto mismo, un ensayo que, como revela el subtítulo, pretende ser un aporte "Sobre el arte del escritor japonés Yasushi Inoue"? En fin, decida usted mismo, querido lector. Simplemente léalo. Y luego a Inoue. Vale la pena.

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Agradezco haber conocido las obras del escritor japonés Yasushi Inoue a una joven colega con la que en el último invierno pasé una tarde larga y ardua. Por aquella época vivía separado de mi mujer y de mi hijo desde hacía unos meses y había alquilado una pieza de hotel en una zona alta de la cordillera del Taunus. La culpa de la separación había sido toda de mi mujer, que me rezongaba constantemente desde que guardo memoria de nuestra relación. Y aparte mi amante tenía pechos más grandes. Solo que vivía a cientos de kilómetros, en Bremen. De modo que tenía suficiente tiempo y razones para reflexionar sobre todas las cosas posibles, por ejemplo también sobre las mujeres.

El día mencionado, la joven colega que me llamaría la atención sobre Inoue había aparecido por la mañana en mi oficina de la redacción. Conversamos sobre un texto que ella había escrito para el periódico. Había puesto especial empeño en componer la primera oración, sonaba magnífica, pero al analizarla con mayor detalle mostraba ser hueca. En líneas generales el manuscrito había salido mal, por razones que no solo se observan en gente que acaba de recibirse en la universidad, aunque en estos casos se den con marcada frecuencia. La autora no sabía lo que quería decir, aunque sabía muy bien cómo quería aparecer ella misma en el texto, cosa que había terminado decidiendo el vocabulario, la sintaxis y el contenido de su manuscrito. Tal vez solo había buscado no mostrar ningún punto débil, pero el resultado era el mismo. Mi tarea se refería de todos modos no a las causas, sino a las consecuencias.

Después de mostrarle a la joven colega que el texto no perdía nada si simplemente se tachaba la oración inicial, en cuya concepción era evidente que había invertido semanas de trabajo; después de señalarle esa y otras carencias y al final le recomendarle que considerase todo el asunto como un intento fracasado y empezara de nuevo, ella estalló en llanto. Algo parecido me había sucedido hacía años con una colaboradora a la que le resultaba difícil asumir que yo, siendo el más joven de ambos, sería a partir de ese momento el que impartiera las instrucciones, y probablemente movida por este sentimiento le había opuesto persistente resistencia a todos mis proyectos. Aquel llanto me había dejado mudo. En rigor, solo se trataba de la estructuración adecuada de determinados apuntes en los expedientes, pero de cara a los hombros delgados y temblorosos de la sollozante mujer, que me había dado la espalda como para ocultar sus lágrimas, me sentí de pronto un descorazonado y un rudo y en mi susto intenté consolarla. Más tarde entendí que con este truco ella solo había conseguido lo que quería.

Por eso esta vez las lágrimas de la joven colega no me impresionan mayormente. Supuse que lloraba para inducirme a publicar su manuscrito. Y de hecho sus lágrimas se secaron al instante cuando le prometí mandar su texto a componer, mientras que en su rostro asomó una sonrisa de liberación, aunque también un poco avergonzada. Si bien me enojaba el malicioso ataque a la tranquilidad de mi corazón, me consolé pensando que la publicación de ese texto intrascendente en un importante periódico ya garantizaba un castigo suficiente.

De este modo quedó restablecida la satisfacción de ambos lados y pasamos a entablar una charla inofensiva, durante cuyo desarrollo se me ocurrió la idea de proseguirla por la tarde. No me seducía regresar a mi habitación detrás de la montaña, e igual de poco me atraía la perspectiva de volver una vez más a pasarme las últimas horas de la tarde en la oficina de la editorial desierta, dejándome afligir por angustioso pensamientos sobre mi hogar tan cercano como inalcanzablemente lejano, donde sabía que estaban mi atónita mujer y mi entristecido hijo.

Así que invité a la joven colega a comer. Hacía tiempo que no conversaba con una mujer de veinticinco años. Creía aún recordar hasta cierto punto qué había sentido y pensado yo y cómo me había visto a mí mismo a esa edad, pero no tan bien como para poder imaginar lo que ahora, con casi cuarenta, encontraría en mi otro yo trece años más joven, si tan solo hubiera podido toparme con él. Esa posibilidad no existía, pero tal vez lograba a cambio mirar en el interior de esta joven mujer, y a través de este rodeo también un poco en mi propio pasado.

Este objetivo no se concretó, y en las largas horas de la tarde me reproché repetidas veces haberlo sabido desde el principio. Por ejemplo tenía muy en claro que ni siquiera con veinticinco años habría sido yo tan obstinado como para querer imponer la publicación de un manuscrito de cuya calidad no podía estar seguro y en contra el consejo de una persona más experimentada, al que si no hubiera acatado por ser inteligente, al menos por mostrarme recatado. Y por supuesto que sabía que una persona que por la mañana se me presenta como engreída y despótica, difícilmente se revele por la tarde como atenta y humilde.

Por otro lado, era una mujer. Aunque el fin de semana anterior yo había resuelto por casualidad el enigma de las mujeres, pensé que no podía perjudicarme recolectar más pruebas para mis nociones aún frescas, en caso de que mi otro propósito – la mirada retrospectiva sobre el pasado – no se dejase llevar a la práctica.

Por lo demás, querido lector, este texto debe ser un ensayo, cuyo objeto es un tema que a mí me ocupa desde hace tiempo y a usted desde hace alrededor de cinco minutos: cómo los autores se representan a sí mismos en sus textos. En caso de que usted crea que mi encuentro con la joven dama perseguía otro objetivo que yo le estoy ocultando, quiero decirle con toda claridad que en este punto se equivoca. En primer lugar, yo tenía ya una amante fija (aquella de los pechos inmensos) y, en segundo, dormía, cuando no estaba en Bremen, casi todos los días con mi mujer. A mí mismo todo esto no me parecía lo correcto, pero así eran las cosas a fin de cuentas, y sabe Dios que con eso me alcanzaba. Solo por seguridad hacía que en mi pieza de hotel tendieran la otra parte de la cama, pues ocupaba una pieza doble. Pero no, qué estoy diciendo: para nada hacía tender la otra parte de la cama, solo pensaba en si por las dudas no debía hacer que la tendieran, para luego tomar distancia de esa idea absurda. En efecto, así era.

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De modo que bajo ninguna circunstancia tenía yo asociadas expectativas exorbitantes con el encuentro. Tuvo lugar en un pequeño sushi bar con cuatro mesas, que funcionaba como salita aledaña de un restaurante japonés, en cuyo espacioso comedor los teatrales cocineros preparaban la comida caliente en las mismas mesas en las que estaban sentados los comensales. Todo este restaurante japonés constituía a su vez una pequeña parte de un complejo cuya parte mayor estaba ocupada por un restaurante chino, aun cuando las relaciones entre japoneses y chinos sean en general desde hace algún tiempo poco amistosas. Pegado a los dos restaurantes estaba el hall de entrada de doble altura de un hotel, y a todo esto lo cubría la bóveda de una vidriada galería de compras en medio del centro de la ciudad de Frankfurt. A causa de este intrincado entorno, el pequeño bar siempre parecía estar de alguna forma apartado. Cuando entramos en él, afuera habían empezado a caer los copos de nieve, y el agua derretida de las botas de la gente enturbiaba el reflejo de las luces eléctricas sobre el suelo de mosaicos del pasaje.

Fue una tarde de larga duración. En secreto, me estuve preguntando todo el tiempo por qué no le ponía fin de una buena vez, y encontraba también diversas razones, que no eran en ningún caso especialmente halagüeñas ni para mí ni para la colega. Pero al igual que la joven mujer a la mañana, tampoco yo lograba decidirme ahora a permitir que quedase como malogrado lo que estaba malogrado. En su lugar, una vez que terminó la comida proseguimos nuestra insípida conversación, con fuerzas menguantes, en un rincón del lobby del hotel, bebiendo vino blanco y picando almendras saladas, mientras que una cantante aburrida, embutida en pantalones de polyester color rosa, despachaba melodías clásicas sobre un podio con el acompañamiento de un teclado electrónico. La noche terminaba como esos ríos que se secan en medio del desierto sin nunca llegar al mar.

Afuera la ciudad se había cubierto de una gruesa capa de nieve. Consideré esa nieve como una nieve que me hubiera hecho imposible, y si no completamente imposible al menos desmesuradamente difícil, llegar con neumáticos de verano a mi hotel pasando la montaña Feldberg. Aunque ya había tomado ese rumbo, tras algunas dudas hice girar el auto y lo dirigí, bajo enigmáticos pruritos de consciencia, hacia el este, a través de calles despobladas y sordas, hacia mi ex hogar, adentro de mi ex garage. De allí me dirigí a mi ex cama en el ex dormitorio de mi ex vivienda junto a mi ex mujer. Mirándolo desde una perspectiva actual, admito que en el final provisorio de esa noche agotadora había llegado de alguna manera a la meta (a diferencia de aquellos ríos que se secan en medio del desierto sin nunca llegar al mar), aun cuando conocía esta meta tan poco como conoce un río cualquiera el mar, o igual de mucho. Lo único que me parecía seguro era que mi ex mujer no iba a rezongar si yo me metía inesperadamente a la una y media de la madrugada con pies fríos bajo su frazada.

Más allá de eso, esa noche señaló no solo el principio de mi relación con las obras del escritor Inoue, sino también el tardío comienzo del duradero clima invernal en Alemania. Y cuando el sábado siguiente crucé junto a mi hijo a la isla de Föhr, podíamos estar contentos de que aún circulara algún ferry. Sobre el mar gris flotaban innumerables témpanos de hielo, los copos de nieve se precipitaban insistentemente contra las ventanillas del salón, y allí donde el barco se abría paso a través de la cerrada capa de hielo, era como si a la proa le pegara un puño gigantesco. El hombre que me alquilaba la casa no había exagerado al decir en verano que febrero era el mejor momento para ir a la isla.

Durante el día emprendíamos con mi hijo largos paseos, envueltos en gruesos abrigos. Cuando a la noche me sentaba frente al hogar y me peleaba por teléfono con mi ex mujer y con la lejana amante o escuchaba a la Luna, el niño se acostaba a mi lado y hacía rechinar los dientes mientras dormía. En una de nuestras excursiones por la playa, entre montañas de témpanos altos hasta las caderas (desde mi perspectiva, altos hasta el cráneo desde la de mi hijo) habíamos descubierto en un nicho el cadáver, en su mayor parte descompuesto, de un pato que había quedado cautivado por la helada. Una de las patas del animal seguía aún enredada en los restos de una red verde, y en su resquebrajada caja torácica se veía, como un guijarro solitario, su corazón negro y reseco.

Mi niño no podía dejar de mirar a la criatura muerta, y cuando al fin logró arrancarse del lugar, a los pocos pasos dio media vuelta y regresó allí otra vez. Estuvimos largo tiempo parados los dos juntos al lado del cadáver, rodeados por rugosos témpanos teñidos de marrón por el lodo, bajo un cielo amplio y abierto. Mi hijo me preguntó por la vida y por la muerte, como si yo estuviera informado sobre estas cosas, tanto como lo estaba sobre todas las otras. En sus mejillas había dos pequeñas lágrimas. La imagen de mi turbado hijo, cavilando junto a la helada tumba del pájaro, penetró en lo profundo de mi alma.

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Todos los días le leía de los libros sobre ballenas que había elegido en la librería Wyker. Yo me había llevado una pila de literatura, incluido un pequeño volumen de Inoue: La escopeta de caza. Ese libro había llegado a mi oficina como un obsequio inesperado al día siguiente de mi larga tarde con la joven colega. En la primera página ella había escrito una dedicatoria, en la que para mi sorpresa calificaba la tarde anterior como “muy interesante”. Preferí ver en eso una confirmación de mi propia opinión al respecto más que su puesta en duda.

En aquel momento había terminado de leer la novela Musashi de Eiji Yoshikawa. También en ese libro había una dedicatoria: escrita por la mano de mi ex mujer, que me lo había regalado para Navidad, once años atrás. En cierto modo, la novela me había facilitado, al recorrerla por segunda vez después de tanto tiempo, la deseada mirada retrospectiva sobre el pasado. Si bien se me habían grabado varios pormenores de la acción ya en la primera lectura, ahora leí el libro como con otros ojos. Con el correr de los años había adquirido conocimientos que se parecían en algunos casos a los del autor, por lo que ahora descubrí en la novela cosas que antes me habían permanecido ocultas o inexplicables, a la vez que también podía en paralelo traer a la memoria mi mirada anterior. Pero al igual que una década atrás, me sentí tocado por las conclusiones de Yoshikawa, en las que compara la voluntad y las opiniones de las personas con el rumor de las olas: “… pero ¿quién conoce el alma del mar, cien pies abajo? ¿Quién conoce su profundidad?”.

Para los días en Föhr me había propuesto leer Shogun de James Clavell, pues ese libro trata sobre la misma época japonesa y se dirige, lo mismo que la obra de Yoshikawa y con el mismo éxito, a un público amplio, aunque de gusto occidental. Me habían estimulado a establecer la comparación, entre otras cosas, los comentarios realizados por un experto en Japón acerca de las historias de amor – muy distintas – en ambas novelas. Pero al mismo tiempo tenía sed de más literatura japonesa, así que resultaba apropiado tener en mi maleta el librito de Inoue. Es una novela corta, no llega a cien páginas. Reproduce fundamentalmente tres cartas, todas dirigidas al mismo hombre: una de su esposa, una de su amante y la tercera de la hija de esta última. Después de La escopeta de caza leí todos los libros de Inoue que pude conseguir, aunque lamentablemente solo un puñado ha sido traducido hasta ahora al alemán.

Siento la inclinación por decir que en los escritos de Inoue encontré las respuestas a muchas preguntas que me preocupaban por entonces. Pero lo que en verdad ocurrió es que los textos de Inoue me ayudaron a encarar mejor esas preguntas, ejerciendo un silencioso influjo sobre mi visión de las cosas, entre las cuales también se encuentra aquel tema que como usted, mi cortejado lector, ya sabe, es el objeto de este ensayo: la autorepresentación del autor en sus propios textos. Objetará usted que todo lo que hasta aquí he escrito sobre el asunto no puede ser tomado como un ensayo, sino en el mejor de los casos como algo distinto. Y no lo discuto. Pues hablando con sinceridad, yo no sé escribir ensayos. Una sola vez me torturé redactando uno, apareció en 1989 en el suplemento cultural de los sábados del Frankfurter Allgemeinen Zeitung y me valió, como bien puedo decir, un cierto reconocimiento, tal vez usted lo haya leído. En aquel momento, nadie negó que se tratara de un ensayo. Pero yo como su autor lo sé: solo me hice pasar por ensayista, acercando mi texto lo mejor que pude a un ensayo. Pero no lo era.

En lo que concierne a Inoue, la lectura de sus libros me insumió más tiempo que los doce días que pasé con mi hijo en la nevada isla del Mar del Norte. Entretanto había llegado la primavera, y yo había dejado de pensar en la larga tarde con la joven colega, a quien hacía tiempo que había perdido de vista y cuya vida se había cruzado con la mía únicamente aquel día de invierno. No se me hubiera ocurrido que era ella a quien yo debía agradecerle haber conocido a un autor que para mí significaba tanto como ningún otro en muchos años. Pero cuando un día volví a tomar La escopeta del cazador, mi mirada se topó con su dedicatoria.

Me acordaba de la tarde en el sushi bar precisamente como la he relatado; pero ahora todo eso me pareció sumamente extraño. ¿Cómo una persona que no compartía mis opiniones, que ni parecía siquiera haberlas entendido, había podido llevarme justamente a un autor que había calmado tantas de mis ansiedades? Aún recordaba por ejemplo que la colega había intentado darme lecciones sobre mi padre de manera realmente ridícula. También en las otras cosas su manera de pensar me había parecido de todo punto arrogante. Ahora que conocía a Inoue, no me podía explicar qué era lo que esa mujer podía haber aprendido de un autor como ese. Por supuesto que, como resulta obvio, durante la comida también habíamos hablado sobre Japón, y fue probablemente en ese contexto que ella mencionó La escopeta de caza. Pero luego volví a acordarme: el libro debía ser una prueba.

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Se trataba del enigma de las mujeres. Que yo lo tenía resuelto es algo que con buen tino me guardé para mí. Mi silenciado pensamiento de base era: las mujeres son distintas. Admito que, así escrito, no suena excesivamente novedoso. Para los profanos puede incluso dar la impresión de que no he mencionado aquí la solución, sino otra vez solo el enigma. Pero a mi criterio, mi conclusión contiene algo revolucionario. Luego de haberlo pensado por una vez a fondo, me encontré en ese estado de ánimo en el que uno no usa sus conclusiones para echarlas como cebo a otras personas, sino que se ocupa de buscarles alimento a las conclusiones mismas. Y lo cierto es que lo encontraba en todas partes, por ejemplo en el viejo poema chino, de casi tres mil años de antigüedad, que dice: “El hombre listo construye el muro / La mujer lista destruye el muro”.

Habría sido absurdo recitarle justo a una mujer la sabiduría que ponía de manifiesto este verso del Shijing, mucho más si esa mujer era aquella joven colega, que estaba convencida de que toda la diferencia entre los géneros se limitaba a que las mujeres eran “sensibles” y los hombres no. No fue en última instancia alrededor de esta teoría de ella que dio vueltas nuestra lenta conversación. Entremedio, mi colega me había hecho desviar la mirada hacia los acontecimientos que tenían lugar en la mesa de al lado, donde cenaba un grupo de japoneses. Uno de ellos, un hombre pequeño que debía estar promediando los sesenta, parecía ser una personalidad importante, pues toda la atención de los más jóvenes se dirigía a él, mientras que él mismo se ocupaba casi exclusivamente de los alimentos que le iban trayendo uno después del otro. De las conversaciones que se entablaban a su alrededor, solo de vez en cuando pescaba una oración que lograba despertar su interés; entonces – y solo entonces – giraba la cabeza ligeramente en la dirección desde la que había llegado la frase. Pero su atención nunca duraba mucho, y enseguida bajaba la mirada hacia su plato.

No sé cómo ocurrió, si es que mi acompañante y yo de pronto entendíamos japonés o si, como resulta aún menos probable, los japoneses de la mesa de al lado empezaron a hablar en alemán, o si, como me parece lo más evidente, la situación tenía una cualidad supracultural, de modo que cualquiera debía poder entender lo que sucedía allí. Durante la comida, la mujer del hombre pequeño, que estaba sentada al lado, lo estuvo agobiando con consejos del tipo “¡De eso solo come la mitad!” o “Eso es ácido, ¿no prefieres dejarlo de lado?”. “Tienes razón, solo voy a comer la mitad; mejor no como nada de eso”, murmuraba sumisamente su marido en voz baja, como llamándose a razón, para luego volver a anunciar de cuando en cuando, como en un soliloquio: “¡Qué delicado! ¡Me lo como igual!”; y al final siempre terminaba comiendo todo lo que tenía en el plato.

Mi acompañante descubrió en el comportamiento del señor Tanizaki – pues tal era su nombre, como me enteré después – una inaudita piel de elefante, una falta de “sensibilidad” típicamente masculina, frente al amoroso esfuerzo de su esposa, que se desvivía de preocupación por la salud del señor Tanizaki. ¿Realmente debo exponer que la misma cuestión se me presentaba a mí bajo una luz completamente distinta? No, porque lo único que me interesa aquí es que en el transcurso de esta discusión, la joven colega mencionó la novela corta de Inoue: ese libro trataba según ella exactamente nuestro tema, describiendo de la manera más impresionante e irrefutable cómo las mujeres se hacían trizas contra la inaccesibilidad de los hombres.

Por supuesto que la novela describe en todo caso la ilusión de determinadas mujeres de hacerse más o menos trizas contra el carácter inaccesible de un hombre determinado. Muy poco se cuenta sobre el hombre, y ese poco casi exclusivamente desde la perspectiva de aquellas mujeres. Como las tres también opinan sobre las otras en sus cartas y cada una de ellas se engaña de manera dramática, al leerlo me pareció improbable que justo las mujeres hayan podido aprehender de verdad la esencia de aquel hombre. Ya por eso solo, cuando volví a recordar que el libro debía servir como prueba de una suposición, no pude considerarlo como una prueba válida, por ni hablar de que la joven colega había olvidado la circunstancia de que el autor del libro, y con él también las cartas de las mujeres que contenían sus páginas, era un hombre. Visto desde esta perspectiva, al que le debía agradecer haber conocido a la novela y a su autor era en última instancia a un simpático malentendido. Y sin embargo, hay una cosa en que le di a la joven colega toda la razón: se trataba de una obra de un maestro extraordinariamente sensible y, como me permito agregar, bondadoso.

A menudo he intentado en los meses siguientes rastrear en los libros de Inoue su personalidad como si fuera un espectro. Y al final también se me resolvió este enigma, ya lo habrá notado usted. En aquella época, mientras que los témpanos de hielo se derretían, también mi vida volvió a sufrir una extraña restructuración. De manera inexplicable, la costumbre de rezongar desapareció de mi mujer y pasó a mi lejana amante. Y en algún momento del verano siguiente, cuando ya vivía hacía tiempo de nuevo en mi casa, también mi hijo dejó de rechinar los dientes mientras dormía. ¿Fue todo nada más que un sueño? Ay, querido lector, seguro que usted no puede decírmelo.


*Copyright © Volker Zastrow, 1998.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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