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leyendo ahora: Verano en Samarcanda | Elif Batuman
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Verano en Samarcanda

Elif Batuman | del: inglés

Traducción : Marta Rebón

Introducción de Yonatan Raz Portugali

La lectura de "Verano en Samarcanda" hace ya cuatro años ha sido para mí una auténtica revelación. Inmediatamente me gustaron muchas cosas del relato: su tono refrescante, irónico pero simultáneamente lleno de amor por el tema; su maravilloso ritmo; el humor. Pero lo que especialmente me cautivó fue el modo en que Batuman se relaciona con el saber y su conexión con la escritura y la vida en general. En uno de los primeros párrafos, Batuman escribe que la cadena de eventos que describirá en el relato fue motivada por su decisión de estudiar literatura rusa. Así, en el inicio mismo del texto, la narradora sitúa su relato en contradicción con la instrucción reductora "escribe sobre lo que sabes", la cual debe ser internalizada por todo aquel que haya pasado alguna vez por un taller de escritura o haya leído una lista de recomendaciones para escritores principiantes. El cuento de Batuman describe un trayecto entretenido y extraño, lleno de encuentros excéntricos y discernimientos sensibles, en busca de algo que la escritora aún no sabe. Y este trayecto tras el saber, tras la lengua y la literatura rusas, también dicta la estructura del relato – tres breves excursiones, de la academia al territorio de los idiomas ruso y uzbeco, y de regreso a la academia.

No menos excitante, en mi opinión, es el modo "nonchalant", cómico y atractivo con el cual Batuman describe el rico saber literario que ella sí posee, en tanto aplicada doctorando de literatura rusa en la Universidad de Stanford. En mi condición de escritor y estudiante de doctorado, conozco perfectamente el presupuesto romántico según el cual la universidad y "el exceso" de conocimientos "arruinan" la escritura. La lectura de "Verano en Samarcanda" acaba con dicha premisa de un plumazo. Ella ha reforzado una sensación que yo tenía pero que nunca supe cómo enunciar: que toda realidad en la que vive una persona sensible e interesante, es una realidad sobre la que vale la pena escribir literatura, aun si esa persona ama leer. El amor a la lectura constituye para Batuman un potencial inagotable de interacciones con personas y lugares de todo el mundo, en clara contraposición a ese otro ideal romántico: el del lector (o el escritor) que se aísla entre los estantes de libros. Quizás la sensación más potente que me ha dejado la lectura de "Verano en Samarcanda", y de todo el brillante primer libro de Batuman, "Los poseídos" (del cual ha sido extraído el relato que aquí presentamos), sea la siguiente: la alegría de descubrir una literatura contemporánea tan relevante y tan próxima a mi vida.

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Cada vez que trato de recordar cómo acabé pasando todo un verano en Samarcanda, me viene a la cabeza una anécdota del personaje del folclore turco, Nasreddin Hoca. Mientras andaba de noche por un camino solitario, Nasreddin Hoca, según cuenta la historia, se percató de que un grupo de jinetes se aproximaba a él. Preso del pánico, su-poniendo que iban a robarle o bien a reclutarlo para el ejército, saltó por encima de un muro cercano y fue a parar a un cementerio. Los jinetes, que en realidad eran viajeros corrientes, se sintieron atraídos por su conducta, así que se acercaron sobre sus cabalgaduras al muro para mirar por encima de él y vieron a Hoca, sin mover un músculo, tendido en el suelo.

—¿Podemos ayudarle? —le preguntaron los viajeros—. ¿Qué hace ahí?

—Veamos —respondió Nasreddin Hoca—. Es más complicado de lo que imaginan. Resulta que yo estoy aquí por ustedes, y ustedes están aquí por mí.

Resulta fácil imaginar la escena: el camino al anoche-cer, sin duda un perro ladrando en alguna parte, el olor a tierra húmeda, el sonido de los jinetes al aproximarse y, por último, sus rostros mirando por encima del muro, entre preocupados y ligeramente sorprendidos. Esta historia narra sintéticamente el enigma del libre albedrío en la his-toria del hombre: una esfera en la que, como observó Friedrich Engels, el libre albedrío de unos choca constante-mente con el de otros, así que, de manera inevitable, «lo que acaba resultando es algo que ni unos ni otros desearon». Nadie deseó que Nasreddin Hoca acabara tendido en el cementerio aquella noche, y el protagonista mucho me-nos. Tampoco lo había llevado nadie a la fuerza hasta allí. Y sin embargo, allí estaba.

La cadena de acontecimientos que acabó por llevarme a Samarcanda se puso en funcionamiento por mi decisión de estudiar literatura rusa: fue una decisión impulsiva en sí misma, no diferente a saltar por encima de un muro y aca-bar en un cementerio, aunque las cosas, en conjunto, fue-ron bien para mí. No obstante, aprender ruso requiere mucho tiempo, y el tiempo en la universidad pasa tan lento. Después de dos años que me parecieron un periodo de es-tudio interminable, no era capaz aún de coger un libro en ruso y leerlo. No entendía las películas rusas sin ayuda de subtítulos. Si trataba de entablar conversación con un ruso, se me quedaba mirando como si fuera retrasada. Decidí que, en realidad, la única solución era ir a Rusia.

En la primavera de mi segundo año de carrera, opté a una beca para un programa de estudios en Moscú y a dos puestos de trabajo: uno como secretaria personal en una compañía exportadora peruana de alimentos congelados que andaba en negociaciones con una cadena de supermercados con sede en Moscú y otro como investigadora para las guías de viaje Let’s Go en Rusia. El resultado de mis solicitudes no fue del todo malo, pero tampoco cumplió mis expectativas. Conseguí una beca de desplazamiento por valor de la mitad de lo solicitado, así que no me alcanzaba para la matrícula del curso. El empresario peruano me dijo que podía aspirar al puesto de secretaria a condición de que le enviara una «fotografía reciente de cuerpo entero». Let’s Go me ofreció un empleo, pero en Turquía, pues decían que mi ruso no era lo bastante bueno. Mi turco, en cambio, sí que me permitía moverme por Turquía. El año anterior, Let’s Go había enviado a un joven que no sabía una palabra de turco y que, como resultado de un «malentendido» nunca explicado del todo, acabó recibiendo una paliza de un proxeneta en Konya, tras la cual sufrió una crisis ner-viosa que fue minuciosamente documentada en la revista Rolling Stone como parte de un reportaje.

Traté de hacer lo mejor. Respondí educadamente al peruano declinando el trabajo, empleé el dinero de la beca en realizar una estancia de dos semanas en Moscú junto con unos académicos desamparados y, para el resto del verano, acepté el trabajo en Turquía.

Las rutas turcas más lujosas, Estambul y la costa del mar Egeo, las cubrió un arqueólogo turco llamado Erhan a quien secuestraron en alguna parte cerca de Efesos, si bien más tarde se supo que no se trataba de un secuestro sino que se había casado; no obstante, nunca volvió a Boston ni envió el material a la editorial de viajes. Mi familia puso el grito en el cielo, no por lo de Erhan, pues entonces no sabíamos lo que le había ocurrido, sino porque me habían asignado un itinerario muy peligroso: el territorio en disputa del norte de Chipre; la costa mediterránea, donde las discotecas de postín a la europea iban escaseando a medida que te acercabas a la frontera siria y tenías que andar con cuidado con los terroristas del PKK; y lugares apartados en la Anatolia central. Mi madre afirmaba que nunca había oído hablar de la mitad de las ciudades de la lista.

Una ciudad se llamaba Tokat, que significa literalmente «bofetada en la cara». Es también el título del famoso manifiesto de los futuristas rusos: Una bofetada en la cara del gusto público o, como se conoce en turco, Toplumsal zevke bir tokat. La «bofetada turca» —una técnica desarrollada en el ejército otomano, donde los puñetazos estaban mal vistos— se conoce como Osmanli tokat (o, de un modo más gramatical, Osmanlı Tokadı), y si buscas el término en YouTube aparecerán centenares de vídeos de turcos arreándose bofetadas, la mayoría propinadas por otro turco, si bien, en un caso, el que da la bofetada es un mono. Mi madre albergaba malos presentimientos en relación con mi viaje a Tokat.

Cuando llegué a Ankara, donde me alojé en el piso de mi abuela, me fui dando cuenta poco a poco de que mi madre había tomado medidas para garantizar mi seguridad. De alguna manera logró convencer a mi tío Arzu, un oficial de los servicios de inteligencia turcos, para que alguien me siguiera después del anochecer: no un oficial de inteligencia sino uno de sus chóferes. Una noche me en-contré con mi perseguidor en Gaziosmanpas¸a, la zona don-de se encuentran las embajadas y los hoteles de cinco estre-llas. Deambulaba por un club nocturno enorme y deprimente llamado No Parking, tratando de determinar el precio de una Efes Pilner, cuando un hombre trajeado me dio unas palmaditas en el hombro y me informó de que había llegado mi coche.

—Pero si no he pedido un coche —repliqué.

Con todo, explicó el hombre trajeado, el coche estaba allí. Quizá lo hubiese enviado una distinguida señora, pro-bablemente algún familiar.

—Me dio una descripción muy detallada de usted —y, tras haberme repasado de arriba abajo, repitió—: Sí, una descripción muy detallada.

Le seguí afuera. Otro hombre trajeado esperaba junto a un coche aparcado. Cuando entendí quién era y por qué estaba allí, me sentí tan acosada que rompí a llorar.

—Por favor, no se disguste, señorita —dijo el chófer al tiempo que abría la puerta trasera.

Me monté. Atravesamos Gaziosmanpas¸a, dejamos atrás los cubículos de cristal a prueba de balas en cuyo interior los soldados leían el periódico y fumaban cigarrillos, de vuelta hacia Kavaklıdere, donde vivía mi abuela. El chófer me di-rigió la palabra sólo una vez, en el cruce principal a las afueras de Swan Park. Allí, los vendedores ofrecían bolsas con galletitas de almendra, que servían para consumo propio o bien para alimentar a los cisnes. De niña, me fascinaban esas galletitas, que en realidad no contenían almendras, aún teniendo su forma. Ésa fue mi primera lección sobre metáfora versus metonimia. Allí, parados en un semáforo en rojo, el chófer se volvió hacia mí.

—¿Le apetece una manzana? —preguntó. —No, gracias —le respondí.

—Las cogí yo mismo —dijo—. Con mis propias manos, en mi jardín.

De una bolsa de plástico que descansaba sobre el asiento del copiloto, hizo aparecer una manzana pequeña.

La manzana era dura, verde y deforme, como si se tratara de la respuesta a algunos enigmas inútiles.

Me fui de Ankara por la mañana temprano, antes de que mi abuela se levantara. Le dejé una nota pidiéndole que no se preocupara, que no tardaría en llamarla. No especificaba cuál sería mi próximo destino. No obstante, cuando bajé del autobús en Tokat, me recibió el inspector de aguas mu-nicipal en persona. Un burócrata melancólico bigotudo que habló de mi tía Arzu con gran respeto y me llevó a visitar las plantas de tratamiento de agua.

Como descubrí durante las semanas siguientes, mi tía Arzu había movilizado a un grupo variopinto de contactos para que velasen por mi bienestar. Una tarde, en Kayseri, la capital turca del pastrami, pasó a buscarme por mi hostal un sargento del ejército. Me llevó a un restaurante de ke-bab para militares, en la cima de un volcán extinguido llamado monte Erciyes. Los esquiadores turcos, que juraría que no son muchos, van allí en invierno. En esa época del año no había nieve en el Erciyes. Al otro lado de las ventanas del restaurante, el sol se ponía sobre unas ovejas pastando y las teñía de rosa, como nubes espesas hechas de algodón de azúcar. Resultaba extraño estar comiendo cordero y, al mismo tiempo, ver esas ovejas rosas y mullidas.

El sargento me preguntó qué estaba estudiando. Cuando le dije que literatura, me preguntó si estaba leyendo las obras de Yas¸ar Kemal (un famoso novelista turco que escribió su primer relato durante su servicio militar en Kayseri). Pero no, yo no estaba leyendo las obras de Yas¸ar Kemal.

—¿Qué autor estás leyendo? ¿En cuál estás centrada? —preguntó.

—Todavía no lo sé —le dije—. Tal vez Pushkin. —¿Pushkin? ¿Y quién es ése, un americano? —Bueno, en realidad es más bien ruso.

Ese dato claramente no tenía ni pies ni cabeza para el sargento. Pestañeó una o dos veces y me dijo lo afortunada que era por estudiar en una famosa universidad americana, que muchos chicos y chicas turcos —y no sólo chicos y chicas— darían las orejas por que se les presentase una oportunidad así.

—¿Una oportunidad para qué? —preguntó retóricamente, inclinándose hacia mí por encima de la mesa.

—¿Una oportunidad para qué? —repetí.

—¡Una oportunidad para hacer oír sus voces! ¡Para contar al mundo la verdad sobre Turquía y no las absurdidades que difunden los europeos!

Era oscuro cuando volvimos en coche a la ciudad, pasamos por delante del tercer reclamo de Kayseri, después del pastrami y el esquí: una gigantesca ciudadela de quinientos años de antigüedad labrada en piedra basáltica. Alumbrada por los faros, parecía un caldero diabólico.

Al echar la vista atrás, me sorprende hasta qué punto me tomaba a pecho las palabras de personas como el sar-gento. Si bien no creía que tenía la responsabilidad de contar a los americanos la verdad sobre Turquía, sí que sentía, no obstante, que estudiar literatura rusa en lugar de literatura turca era, de alguna manera, una pérdida de tiempo. En las clases de lingüística me habían dicho repetidas veces que todas las lenguas son universalmente complejas hasta determinado grado biológico. ¿No quería eso decir que todas las lenguas eran, en términos objetivos, interesantes por igual? Y yo ya sabía turco; era un hecho consumado, como un don, y ahí estaba yo, desaprovechándolo y rom-piéndome la cabeza con un puñado de declinaciones que cualquiera que hubiese crecido en Rusia sabría de forma natural.

Visto con los ojos de hoy, este razonamiento me parece terrible. Ahora comprendo que el amor es algo excepcional y valioso y que uno no puede escoger el objeto de ese amor. Vamos por ahí obsesionados por las cosas menos conve-nientes… y si el único obstáculo en el camino es un poco de trabajo adicional, entonces ése es el maravilloso regalo que nos aguarda.

Pero entonces yo era más joven y boba y me desmoralizaba la situación de la novela turca. Lo más sorprendente de la novela turca era que no contaba con lectores, ni si-quiera entre los propios turcos. Me percataba de ello a me-nudo cuando estaba en Turquía. La mayoría de gente no se apasionaba por las novelas. Preferían cuentos entretenidos, fábulas divertidas, fábulas serias, ensayos, cartas, poemas cortos, poemas largos, periódicos, crucigramas… cualquier cosa impresa antes que novelas. Incluso en 1997, por su-puesto, ya existía todo un Orhan Pamuk escribiendo novelas… y ni que decir tiene lo desventurado que era. Ese verano compré El libro negro. Va de un hombre que perdió a una mujer llamada Sueño. El tipo caminaba por las calles de Estambul gritando: «¡Sueño! ¡Sueño!». Recuerdo haber-lo leído en un autobús turco y sentir un aburrimiento profundo, visceral. Pasé el resto del viaje mirando por la ventanilla. Me entusiasmaban los nombres de los pueblos. Recuerdo el cartel de una población llamada S¸ereflikoçhisar, literalmente, «Fortaleza de la honorable Ram».

Haciendo una concesión menos ardua a la idea del «color local», empecé a leer las impresiones turcas de Push­kin, El viaje a Arzrum. Lo encontré mucho más ameno que El libro negro. La premisa misma de que Pushkin hubiese puesto un pie en Turquía ya me divertía. Me resultaba tan divertida como era para los ingleses la premisa de que Jesucristo hubiese puesto un pie en Inglaterra, por ejemplo, para William Blake: «¿Y hollaron esos pies, antaño, los verdes montes de Inglaterra?» Curiosamente, unos de los versos más famosos de Pushkin es una elegía a los pies: «¡Ay, piececitos, piececitos! ¿Dónde estáis ahora…? Acostumbrados a la delicadeza de Oriente, no habéis dejado huellas en la triste nieve del Norte 1 Pushkin no se refiere aquí, por su-puesto, a sus pies. Sin embargo, una vez vi en un museo un par de botas de Pushkin y doy fe de que eran muy pequeñas.

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A medida que iba transcurriendo el verano, iba toman-do autobuses nocturnos de una ciudad desconocida a otra, visitaba cuevas donde los cristianos se escondieron de los romanos y anfiteatros griegos que los seljuks convirtieron en caravanserais; entre cabezada y cabezada, miraba por la ventanilla del autobús en busca de las huellas de Pushkin. ¡Podían estar en cualquier parte! De hecho, la omnipresencia caricaturesca de Pushkin es uno de los aspectos más maravillosos de la cultura literaria rusa. Daniil Jarms escribió una obra sobre ello titulada Pushkin y Gógol, en la que ambos literatos tropiezan todo el rato entre sí:

Gógol, levantándose: ¡Esto es un auténtico pitorreo!

(camina, tropieza con Pushkin y cae) ¡Otra vez Pushkin!

Así es: te encuentras a Pushkin en todas partes. A fecha de hoy, «Pushkin» y «mengano» se usan indistintamente en expresiones rusas como: «Y quién pagará la cuenta, ¿Pushkin?».

Mi parte favorita de El viaje a Arzrum es cuando Pushkin tropieza una y otra vez con un noble llamado… Conde Pushkin. Pushkin y el conde Pushkin deciden viajar juntos, pero discuten y cada uno sigue por su lado. Pushkin no participará en el plan del conde de cruzar por un paso montañoso nevado sobre una britska, tirada por dieciocho toros osetios muy demacrados. Sus caminos se separan… pero vuelven a encontrarse en Tiflis. No pueden escapar el uno del otro. En Turquía, me acordaba del conde Pushkin cada vez que se cruzaba en mi camino otra Elif, algo a lo que no estaba acostumbrada en los Estados Unidos. Fui a todas las tiendas que se llamaban «Confecciones Elif». Compré algo en cada «Ultramarinos Elif». Una vez le di algo de dinero a una gitana que me preguntó mi nombre y se ofreció a leerme la buenaventura.

—¡Mi hija se llama Elif! —exclamó—. ¿No es cierto? Me sobresalté al darme cuenta de que, a su lado, estaba

su hija, una niña esmirriada de cinco o seis años. La gitana observó la palma de mi mano y me advirtió que andara con ojo con una mujer de nombre Mary.

Cuanto más avanzaba en la lectura de El viaje a Arzrum de Pushkin, más paralelismos encontraba con mis experiencias. Si Pushkin se escondía de la policía secreta, yo me ocultaba de mi tía Arzu. Si a Pushkin lo confundían en sus viajes con un francés y un derviche, a mí me tomaban por española o bien una peregrina. Si Pushkin se encontró en su viaje con un maltrecho ejemplar de sus primeros poemas caucásicos, El prisionero del Cáucaso —el texto que se suponía que estaba actualizando con sus nuevas impresiones orientales—, yo también topaba constantemente, en casas de té y jardines, con ediciones anteriores de Let’s Go. Y por último, al igual que Pushkin, que como ruso que era tenía un pie en «Oriente» y otro en la tradición anglo-fran-cesa de literatura de viajes del siglo XVII, yo también me posicionaba ambiguamente entre Turquía y el exasperante discurso de mochilero del siglo XX: la búsqueda de un idilio en el que, por tres dólares, Mustafa te sirviera una comida casera y te hablara de su colección de cabello. La peor parte de este discurso era su engañosa retórica de izquierdas, como si existiera una especie de «querer romper las nor-mas» para rechazar un motel de una cadena por una pensión sin agua caliente llena de lechuzas.

Estuve en todos los hoteles novedosos —tres casas ho-tel construidas sobre pilotes, hoteles trogloditas labrados en dolomitas— y en todas partes encontré la misma atmós-fera de desconfianza. Los viajeros vivían con el temor de que los timaran o bien de perderse una experiencia «autén-tica». Los lugareños estaban aterrorizados por desaprovechar una «oportunidad» que les pudiesen brindar los visitantes extranjeros. Como es natural, me encontré con gente cordial y razonable en ambos grupos pero, por definición, eran los asediadores los que te andaban a la caza: los turistas mendigando consejos profesionales, los locales pidiéndote que atrajeras a los extranjeros ricos a sus establecimientos. Un profesor de escuela metido a hotelero me entregó un informe mecanografiado en el que desacreditaba el genocidio armenio para que se lo hiciese llegar al gobierno norteamericano. Un conductor de autobús turístico quería que ayudase a su tío a trasplantarse un riñón «en Houston».

—¿Y quién pagará la factura? —le hice notar, lúgubre—, ¿Pushkin?

Pasé las dos últimas semanas del verano en Moscú, viviendo con dos profesores universitarios rusos muy amables pero deprimentes: un matemático de la Academia de las Ciencias, y su mujer, una bióloga a la que habían despedi-do recientemente de la Academia y que se pasaba toda la noche en la cocina jugando a Super Mario Bros con una Game Boy de Nintendo. Me alquilaron la habitación de su hija, desterrada en la dacha de su abuela.

Ese año, de vuelta en la facultad, me las arreglé para conseguir una beca algo más cuantiosa y matricularme en un programa de estudios en el extranjero para el semestre de primavera. Dos hombres de negocios rusos, ambos llamados Ígor, dirigían el programa, que tenía un remoto vínculo con una academia liberal de artes en Kansas.

El Moscú de 1998 era como el París de la Restauración. Los oleoductos del Caspio habían atraído las inversiones extranjeras más importantes de la historia de Rusia. Los especuladores invadían la ciudad. El alcalde Luzhkov resucitó la Tabla de rangos de Pedro el Grande y planeó la construcción de una ciudad subterránea en los suburbios. El Estado dejó de financiar el mantenimiento del cadáver de Lenin en la Plaza Roja, y las inmensas reservas de embalsamadores que quedaron en paro eran contratadas para restaurar a las víctimas de atentados de la mafia con coche bomba y para momificar a los nuevos ricos en sus mausoleos de mármol.

En Moscú, por primera y última vez en mi vida, tuve citas con banqueros. Con el primero no fue muy bien, pero todavía recuerdo con cariño al segundo. Se llamaba Rustem, tenía unos ojos extraordinarios color ámbar y había trabajado hasta hacía poco como ingeniero en una fábrica de explosivos de Yekaterinburgo, diseñando bombas que bautizaban con nombres de flores. Cuando lo conocí trabajaba para el banco MENATEP, que el oligarca Mijaíl Jo-dorkovski utilizaba para administrar los fondos estatales para las víctimas de Chernóbil y también para cometer supuestamente los delitos de apropiación indebida y fraude fiscal, por lo cual, en el momento en que se escribe este li-bro, cumple condena en la cárcel. Rustem ahorraba dinero para costearse un curso de paracaidismo.

Rustem viajaba con regularidad a Uzbekistán: su hermana vivía en Taskent, se había casado con un ejecutivo uzbeko de quien Rustem decía que se parecía a un vaquero del oeste americano. Sabía contar hasta diez en uzbeko, y me quedé asombrada al descubrir que los números eran casi iguales que en turco. Me habían dicho, pero sin que yo le diera ningún crédito, que el uzbeko estaba relacionado con el turco. No me habían presentado el dato de un modo convincente. Un tío lejano mío se había casado con una belleza uzbeka de nombre Lola, que nunca hablaba con nadie y ni siquiera abría la boca (aunque sonreía a menudo, mostrando unos hoyuelos preciosos). No fue hasta dos años después de que se celebrara su matrimonio cuando todo el mundo supo que Lola tenía tres dientes de oro. Mi tío siempre tenía que aguantar la misma pregunta:

—¿Cómo puedes vivir con una mujer con la que no te puedes comunicar?

Y él siempre contestaba a voz en grito:

—¡El turco uzbeko es muy parecido a nuestro turco! No creí a mi tío, entre otras cosas porque estaba loco —¿acaso no se había pasado los últimos años metido en una caseta de jardín, en New Jersey, escribiendo un libro sobre teoría de cuerdas y sobre arañas?— y también, en parte, porque, por mi experiencia, los turcos creen que todas las lenguas tuvieron algún parentesco con la nuestra. Muchas veces me habían dicho que el húngaro estaba relacionado con el turco, que los húngaros y los turcos descendían de los mis-mos pueblos altaicos, que Atila, el rey de los hunos, era turco, y cosas por el estilo. Cuando fui a Hungría, no obstante, descubrí que los húngaros no son de la misma opinión. «Claro que adoptamos algunas palabras turcas en nuestra lengua», decían. «Por ejemplo, handcuffs. Pero eso se debe a que ocupasteis nuestro país durante cuatrocientos años.» Pero Rustem tenía un poco de dinero uzbeko en su apartamento, billetes de colores brillantes en que palabras familiares en turco estaban escritas en cirílico, sobre retratos de bardos y geógrafos centroasiáticos de aspecto adusto y ojos almendrados. Parecía dinero de juguete, la moneda de una tierra fantástica donde lo turco y lo ruso se superponían generando otra cosa.

Varios años más tarde, mientras escribía mi tesis (sobre la novelística europea), formulé una teoría sobre la novela: la forma de la novela trata de la lucha del protagonista por transformar su experiencia fragmentada y arbitraria, que le ha sido dada, en una narración tan significativa como sus libros favoritos. Echando la vista atrás, entiendo así mi in-terés en Asia Central: existía un lugar que podía visitar, con un idioma que podía aprender, que asociaba mis libros favoritos con uno de los aspectos de mi vida más arbitrarios y que me había sido «dado»: ser turca.

Una vez supe de la existencia de Taskent, se cruzó no pocas veces en mi camino. Durante el sitio de Leningrado, Anna Ajmátova fue evacuada a esta ciudad. También la viuda de Bulgákov: allí escondió el manuscrito de El maestro y Margarita. El tumor estomacal de Solzhenitsin se curó de forma milagrosa en un hospital de Taskent, marco en el que se desarrolla la historia de El pabellón del cáncer. En Anna Karénina, Vronski da al traste con su brillante carrera militar al rechazar una «halagadora y arriesgada misión en Taskent» y, en cambio, escapa a Italia con Anna.

Decidí visitar Taskent durante las vacaciones de primavera. Rustem quería acompañarme, pero no podía ausen-tarse del banco. Los banqueros de la nación hacían largas jornadas de trabajo durante aquellos días. No estaba al día del malestar financiero, cada vez mayor, al que Rustem rara vez hacía referencia; y por lo que respecta a Raísa, la anciana jubilada con quien vivía, sólo ponía las noticias cuando hablaban del escándalo Lewinsky.

—No veo nuestras noticias, son tan lúgubres. Te dejan una mala sensación.

—A mí Monica Lewinsky también me deja una mala sensación —le respondí.

Raísa se encogió de hombros.

—Para vosotros, en los Estados Unidos, supone un gran drama, pero, para nosotros, es divertido. ¡Vuestro Clinton es un hombre joven, lozano y bien parecido! ¿Dónde está la desgracia? Mire a nuestro Yeltsin, moribundo… Si descubriéramos que Borís Nikoláievich se acostaba con una jovencita, declararíamos una fiesta nacional.

Entretanto, en la universidad, el menor de los dos Ígor resultó ser amigo de Anatoli Chubáis, el zar de la privatización, responsable entonces de toda la economía, que se encontraba al borde del colapso, y le convenció para que fuera a dar una charla a los alumnos del curso de ruso avanzado.

—¿Sabes quién debe de tener mucho tiempo libre? —le comenté a Rustem más tarde—. Pues el tal Chubáis. Va por las universidades dando charlas a los estudiantes extranjeros.

Tardé varios minutos en convencer a Rustem de que no estaba bromeando.

—¡Has visto a Chubáis! —se quedó maravillado—. ¿Y qué os ha explicado?

Por desgracia, no recordaba nada de lo que había dicho, salvo que había empleado muchos participios.

Acabé yendo a Asia Central en compañía de uno de mis compañeros de la universidad, un matemático taiwanés llamado Alex. Llegamos a Taskent bajo una lluvia torrencial y empezamos a caminar desde la estación de autobús hasta nuestro hostal, avanzando por un laberinto de patios, haciendo caso omiso a los perros que nos ladraban desde detrás de las vallas de tela metálica, cruzando un charco enorme por un puente improvisado con un tablón podrido.

—Taskent es la Venecia del Este —anunció Alex con su peculiar voz monótona.

Mis recuerdos de ese viaje son dispersos, pero vívidos. Subsistíamos a base de una crema de chocolate para untar que comíamos directamente del tarro con ayuda de una cimitarra uzbeka que vendían como suvenir. Teníamos que sobornar sin cesar a la gente. En un momento dado, pasa-mos veinte minutos vagando por un salón de billar cerca de una estación de autobuses, tratando de identificar al tipo que, se suponía, debíamos untar. Además, yo tenía que llevar la voz cantante porque nadie entendía lo que decía Alex. Y para mi consternación, también tenía que en-cargarme de hacer todos los cálculos financieros.

—¿Acaso no eres tú el especialista en matemáticas? —le pregunté una vez a Alex, en plena pesquisa de a quién había que pagar para un visado kirguís.

—Sólo manejo números a nivel teórico —me soltó Alex. Pasamos tres días en Uzbekistán, Kirguistán y Kazajistán, a razón de lugar por día. Pasamos mucho tiempo en las estaciones de autobuses donde Alex me obligaba a hacer con él una tabla de gimnasia, «como los alemanes».

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—Estamos desperdiciando minutos —gritaba esforzándose en poner acento alemán.

A veces, resultaba que los soldados habían requisado los autobuses —había una guerra en Kirguistán— y, en esos casos, aunque hubiera asientos libres, teníamos que esperar al siguiente.

—¿No podemos coger también nosotros este autobús? —pregunté una vez.

—¿Cómo…? ¿Con los soldados? —exclamó el encargado de la estación—. ¡Ja, ja, ja!

En Bujara visitamos el palacio del emir, plagado de pa-vos reales. Algunas habitaciones se habían recubierto de cemento. «Esto era antes el conservatorio, pero los soviéticos se opusieron a los pianos de cola.» En las montañas de Kirguistán visitamos unos baños termales donde, metidos en unos cubículos de madera, nos sumergimos en aguas sulfurosas. El sulfuro se mezclaba con el olor dulzón y empalagoso de la carne de caballo, que alguien cocinaba en una hoguera. En Bishkek nos montamos en una noria que marcaba el lugar donde Tamerlán, supuestamente, había expresado su deseo de ser enterrado. La noria estaba en una plaza que, de no ser por ella, habría estado desierta, donde un niño con varios dientes de oro describía círculos con una bicicleta; otro chico, vestido con un traje gris, disparaba contra un arbusto solitario con una ametralladora de juguete.

Pero la ciudad que más me impresionó fue Samarcanda, con su almacén soviético abandonado y el observatorio astronómico donde, en el siglo XV, Ulughbek marcó las coor-denadas de 1.018 estrellas, y la universidad medieval desierta. Los leones del mosaico de la Madraza del León —mitad tigre y mitad reloj— eran, a todas luces, obra de un artesano que nunca había visto un león. Samarcanda es el lugar donde está enterrado Tamerlán, bajo una losa de jade de casi dos metros de largo traída de un templo de China. Por mi mente cruzó el pensamiento de que tal vez, algún día, volvería, cuando estuviera menos cansada, sucia y desconcertada.

Aquel verano, poco después de volver a los Estados Unidos, el rublo se desplomó. Muchos bancos, incluido el Menatep, quebraron de la noche a la mañana. Rustem liquidó sus rublos comprando máquinas de fax; de vez en cuando me enviaba faxes a mi trabajo de verano, en el departamento de corrección de una gran editorial de Nueva York. Con el tiempo los faxes dejaron de llegar; el verano tocó a su fin.

Al volver a las clases aquel otoño, empecé a estudiar el «Oriente ruso»: leí relatos del realismo soviético de escritores uzbekos y kirguises, tratados paneslávicos de lingüistas soviéticos, tratados pantúrquicos de turcos kemalistas, poemas «caucásicos» de poetas rusos. Me matriculé en un curso de uzbeko para principiantes que impartía un estudiante de posgrado, natural de Samarcanda, llamado Gulnora. Estaba fascinada por aquella lengua, que me parecía una versión del turco más áspera, más ingenua, más rusa. Para esas palabras que los turcos kemalistas habían tomado prestadas del francés (del tipo «tren» o «jamón»), los uzbekos soviéticos recurrieron al ruso. En aquel entonces di con un libro sobre Pushkin cuya autora era Monika Greenleaf, profesora de Stanford. Según la investigadora, el viaje que Pushkin realizó a Arzrum fue en realidad en sustitución de un viaje que tenía planeado a París, una ciudad con la que Pushkin había soñado toda su vida —«¡Dentro de una semana estaré definitivamente en París!», así empieza una obra suya inacabada—, pero nunca llegó a visitarla.

Pushkin empezó a viajar a los veintiún años cuando, por unos versos políticos radicales, fue desterrado de Pe-tersburgo para cumplir un encargo de la administración pública en la actual Dniepropetrovsk. Allí hizo amistad con un héroe de la campaña de 1812, el general Raevski, con quien viajó durante tres meses por el Cáucaso y Crimea, recopilando material para El prisionero del Cáucaso y La fuente de Bajchisarái. Después lo trasladaron cerca de Moldavia y luego a Odesa, donde se enamoró locamente de la mujer del gobernador general, se batió en varios duelos y lo obligaron a dejar el servicio civil. Entretanto, la policía secreta había interceptado una carta en la que Pushkin mencionaba estar «estudiando el ateísmo puro» de un inglés sordo en Odesa, que había desmentido de forma concluyente la inmortalidad del alma. So pretexto de esas líneas heréticas, Pushkin fue exiliado a Pskov.

En 1826, el nuevo zar Nikolái I permitió a Pushkin vol-ver a Moscú e incluso asumió la tarea de supervisar y censurar sus trabajos. Por desgracia, el zar se reveló como el censor más molesto que tuvo Pushkin. Peor aún, lo puso bajo custodia del conde Benckendorff, el jefe de la policía secreta, quien tenía que aprobar todas sus peticiones de viaje. (En este punto, apunta Greenleaf, «el exilio tan la-mentado de principios de la década de 1820» ya había em-pezado a «representar la libertad itinerante de su juventud».) Cuando Benckendorff deniega la petición de Pushkin de viajar a París, en 1829, Pushkin decide atravesar la frontera hacia Turquía. Y así el Oriente, que debía de re-presentar «los espacios abiertos para la aventura y para una mirada al pasado personal», representó en realidad lo contrario a la libertad: el destierro de París, el centro del mundo, a la periferia más absurda.

Cuando volví a Stanford como estudiante de posgrado de segundo año, tuve que empezar a tomar un curso de aptitud pedagógica en lengua rusa para preparar mi año obligatorio de enseñanza de ruso a universitarios. Las clases las impartía, en ruso, una lingüista de formación soviética llamada Alla que nos recomendaba, entre otras cosas, tratar a nuestros alumnos más estúpidos con compasión, «como si tuvieran cáncer».

Mientras hacía las prácticas de pedagogía, estalló un escándalo en torno a una de mis compañeras de clase, Janine, una chica rusohablante no nativa que en aquel momento enseñaba ruso a los estudiantes de primer año. Alla se dejó caer por una de las clases de Janine y vio que en la pizarra había escrito la frase vasba imia («su nombre») —que habría estado bien si imia («nombre») fuera un nombre femenino, pero en realidad se trata de un neutro irregular, así que la forma correcta es vashe imia. Los alumnos de Janine fueron reasignados de inmediato a otro estudiante de posgrado (que ahora tenía doble carga lectiva); durante el resto del año, todo lo que se le permitió hacer a Janine fue corregir los deberes de los alumnos utilizando una cla-ve de respuestas.

La situación de Janine me dio mucho que pensar. De acuerdo, «nombre» es una palabra muy común en una clase de primer curso en cualquier lengua, y sí, la maestra debería saber con toda seguridad su género. Por otra parte, de lo que estábamos hablando era de un error de ortografía en una letra de una palabra irregular. ¿Quién de nosotros estaba a salvo de cometer un error parecido?

Mientras reflexionaba sobre todo esto, la Universidad de Berkeley anunció un puesto vacante de profesor de uzbeko, un claro gesto de la «mano invisible». Sólo había cursado un año de uzbeko, pero el profesor que se encargaba del proceso de selección —autor de un famoso estudio semiótico sobre el suicidio— me dijo que si tomaba un curso intensivo de verano en Uzbekistán el puesto sería mío. En Stanford, la directora del programa de lenguas especiales me dijo que también podría enseñar uzbeko allí: las clases de uzbeko tanto en Berkeley como en Stanford computarían para mis prácticas pedagógicas. Me parecía una idea estupenda porque ¿quién iba a rebatir mi ortografía uzbeka en la pizarra? Nadie.

El único curso intensivo de inmersión en lengua uzbeka reconocido por los Estados Unidos estaba dirigido por el Consejo americano de profesores de ruso y tenía un coste de siete mil dólares.

—Me pregunto por qué es tan caro —recuerdo haberle comentado al profesor de Berkeley—. El billete de avión cuesta mil dólares… y, al fin y al cabo, se supone que los gastos fijos en Uzbekistán son muy bajos.

El semiótico, al tiempo que contaba con tres dedos de la mano, calculó:

—Mil dólares por las clases, mil dólares por alojamiento y dietas y cuatro mil para la bolsa de cadáveres con que te enviarán de vuelta a casa.

Conseguí los siete mil dólares, la mayor parte de Stan-ford y el resto del Departamento de Estado de los Estados Unidos, pero entonces la cuestión fue por otro derrotero. Resultó que el salario del puesto en Berkeley se retribuía con cargo a una beca gubernamental que estipulaba que su destinatario debía ser uzbeko nativo. De modo extraño, también sucedió que la directora del programa de lenguas especiales de Stanford afirmó al comité de becas que yo había «inventado toda la conversación y el intercambio de correos electrónicos» en los que ella me decía que cabía la posibilidad de que yo pudiera impartir clases de uzbeko en Stanford. Todavía conservo su correo electrónico. Dice así: «Estaría encantada de tenerla como profesora de uzbeko en el Programa de Lenguas Especiales.» «Nunca le dije nada a esa mujer», aseguró la directora del programa, al parecer, al comité de subvenciones.

No me tomé las noticias demasiado mal. Tal vez, pensé, lo mejor era que nadie me animara a largarme a Uzbekistán con una bolsa para cadáveres de cuatro mil dólares sólo porque temía que Alla me pillara cometiendo una falta de ortografía. Me cité con la administradora responsable de las becas regionales para los Nuevos Estados Indepen-dientes a fin de explicarle que quería devolver el dinero. Mientras le relataba mi historia, la expresión de la administradora se hacía cada vez más distante.

—Esto no tiene buena pinta —dijo al final—. ¿Te estás echando atrás en tu propuesta de investigación sólo porque no puedes optar a un puesto específico en Berkeley este año en concreto? —sacudió la cabeza—. No, no tiene buena pinta. Me caes bien, Elif, y quiero que te vaya bien. Por eso te digo que, si retiras ahora tu proyecto de investigación, la probabilidad de que este comité te vuelva a conceder una beca en el futuro es muy reducida.

De entre todas las circunstancias que contribuyeron a que yo acabara en Samarcanda, este ultimátum fue el más inesperado. ¿Que me fuera a Uzbekistán… o nunca volvería a conseguir financiación del departamento? Mi primer instinto fue decirles lo que podían hacer con su financiación. Pero tres cosas me hicieron cambiar de opinión. Primero, la financiación departamental y las buenas relaciones con el departamento, a la fría luz de la razón, no eran algo que se pudiera desdeñar. Segundo, por entonces yo estaba muy influenciada por Retrato de una dama, libro en el que se puede leer la siguiente frase: «Por lo demás, tenía siempre presente que una no debe jamás lamentar el haber cometido un error generoso.» En consecuencia, estaba reconside-rando a cada instante todas mis decisiones conservadoras y corrigiéndolas en favor de los «errores generosos», una categoría que seguramente incluía ir a Samarcanda a aprender la gran lengua uzbeka. Tercero, mi vida amorosa era un desastre y quería poner tierra de por medio.

En cierto sentido, el tiro me salió por la culata porque una de las personas de las que me quería distanciar, mi novio de la universidad, Eric, insistió en acompañarme por su propia batería de razones (preocupación por mi seguridad; su convicción —y en eso resultó que no andaba equi-vocado— de que la experiencia nos daría temas de conversación en un futuro; y algunas oscuras ambiciones geopo-líticas que conllevaban la búsqueda del conocimiento total del mundo). A mi pesar, me tocó la fibra sensible. Le dije que preguntaría qué gastos le acarrearía acompañarme. Re-sultó que apenas ninguno. Sólo cabía añadir doscientos dólares para la estancia e incluso gozaría de la póliza de muerte accidental y del seguro por pérdida de un miembro del cuerpo, que recibí por correo a las pocas semanas:

Vida: 25.000 $

Dos o más miembros: 25.000 $ Un miembro: 25.000 $

Pulgar e índice: 6.250 $

Un valor máximo de 50.000 $ para emergencias, repatriación por razones médicas o repatriación de restos mortales.

Repatriación de restos mortales: las prestaciones incluyen, entre otras cosas, los costos de embalsama-miento, cremación, caja mínima necesaria para su envío y transporte.

La «orientación» tuvo lugar en Washington, D.C., en un hotel de categoría media cuya decoración era por completo de color malva. Había treinta y cinco estudiantes en el Programa de estudios de lengua rusa y de área, treinta y tres de los cuales iban a Rusia.

En la cena de la primera noche —«pasta primavera» servida en mesas de color malva en un comedor asimismo malva— tuvimos que escuchar un discurso de un profesor de lingüística que había inventado un sistema para evaluar las competencias en una segunda lengua. La genialidad del sistema se basaba en un concepto de calificación según una escala del uno al cuatro.

En realidad nadie me obligaba a quedarme en aquella sala. Seguramente sería más constructivo ir a comprar un sombrero para protegerme del sol. (Tengo el cabello oscuro y en Uzbekistán hace mucho sol; por cierto, Uzbekistán y Liechtenstein son los dos únicos casos de países en el mundo que están doblemente aislados, pues, además de no tener salida al mar, limitan con países sin salida al mar.) Cuando salí del salón malva, el orador hizo ver que no se daba cuenta, o bien realmente no se dio cuenta. En la recepción pregunté al conserje, en cuya identificación se leía ALBRECHT, dónde podía comprar un sombrero. Albrecht me sugirió que tal vez podría buscarlo en las inmediaciones de Georgetown.

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—Así que nosotros estamos aquí… —dijo tratando de posar el bolígrafo del hotel sobre el mapa. Pero el bolígrafo se quedó suspendido, como un helicóptero. Albrecht no era capaz de ubicarlo en el mapa—. Esta situación es de lo más violenta —confesó—. Su sinceridad me dejó muy impresionada.

En aquella tarde húmeda, las luciérnagas revoloteaban a la altura de los ojos sobre las calles de casas de ladrillo. Por alguna razón, acabé metida en un Urban Outfitters. Me vi rodeada por chicas que compraban ropa imposible de llevar: vestidos transparentes con cuello de pico hasta el ombligo; tejanos que medían literalmente cinco centímetros de la cintura a la entrepierna; tangas con incrustaciones de diamantes falsos sin elasticidad alguna. Encontré un sombrero blanco horrendo que no me quedaba nada bien, lo compré y salí corriendo a un Barnes & Noble.

En el curso había otro estudiante que iba a Uzbekistán: Dan, un especialista en ciencias políticas con vínculos en Taskent, indescriptiblemente mediocre, tanto en su aspecto como en su modo de comportarse, una especie de retrato robot. En el avión, Dan se las ingenió para hacerse amigo de un grupo de doce estudiantes uzbekos y ucranianos, beneficiarios de un programa de intercambio. Durante la escala en Frankfurt, nos sentamos todos en dos filas de asientos de una sala de espera y miramos un álbum de fotos de un joven uzbeko llamado Muratbek. Muratbek tenía la tez bronceada, el pelo decolorado y una sonrisa perenne en los labios. Cada vez que expresaba algo en cualquier idioma, añadía la coletilla: «¡Impresionante!»

Turkcha gapirasizmi? —me preguntó—. ¿Hablas turco? ¡Impresionante!

Después de extinguir dos horas de mi juventud de esta manera, me fui a buscar a Eric, que se había saltado la orientación y volaba a Frankfurt directamente desde San Francisco. Su avión llegó a otra terminal, más grande. Un coche BMW, el gran premio de algún concurso, estaba aparcado en el centro de un inmenso atrio. Al otro lado de un panel de cristal, se deslizaba por la pista de aterrizaje un carro abierto con una montaña de maletas, el cual se recortaba sobre el cielo pálido de primera hora matutina. En una pantalla de televisión enorme se retransmitía un partido del Mundial, Turquía contra Japón. Un pequeño grupo de empleados de la limpieza turcos se arracimaba frente a la pantalla. En los momentos de tensión, dejaban caer los mangos de la fregona y se arrojaban a los brazos unos de otros mientras gritaban a los jugadores en alemán.

Eric salió del avión con una camiseta blanca y una mochila. Con sus tiernos ojos achinados y parpadeantes parecía tan filosófico y de buen humor como Snoopy. Como Eric era oficial de inteligencia de la Reserva Naval de los Estados Unidos (de ahí, parte de sus ambiciones geopolíticas), acabamos en una sala de espera para militares con conexión gratuita a internet y pastelitos de salvado, además de una pequeña televisión en que se podía ver el partido Japón-Turquía. Ganó Turquía, 1-0. Incluso en la sala para militares oímos los vítores de los empleados turcos.

Llegamos a Taskent bien entrada la noche. La zona de recogida de equipaje se asemejaba a una habitación aparecida en un sueño, la habitación de la casa de alguien. Una brisa se colaba a través de una ventana abierta. Pasamos por el con-trol de aduana y nos dirigimos a un aparcamiento donde a Dan había ido a buscarlo su familia de acogida en Taskent, compuesta por tres adolescentes con caras avergonzadas y su madre, de nombre Marjuda, una mujer con sobrepeso, dientes de oro y un vestido de color rojo intenso. Marjuda nos dispensó a todos una calurosa bienvenida; escribió en un trozo de papel su número de teléfono y nos dijo a Eric y a mí que la visitáramos en Taskent. Luego hizo un gesto a Dan para que se dirigiese a su coche. Dan se volvió hacia mí:

—Así que esta noche os quedaréis con nosotros, ¿verdad? —dijo con apremio, como si yo fuera íntima amiga suya.

—Ah, no, nos quedaremos en un hotel —le dije. Al día siguiente nos enviarían a un conductor que nos llevaría a Sa­ marcanda.

—Pero ¡si acaba de invitaros!

Hundidos en la neblina del sueño, Eric y yo entramos en el coche de un empleado del Consejo americano de profesores de ruso, que nos conduciría a nuestro hotel. Los eslóganes propagandísticos estaban impresos sobre las paredes y las vallas en letras enormes —pude reconocer HAL-QIM, «mi pueblo», y VATANIM, «mi país»— y los firmaba Islom Karímov, el que era presidente de Uzbekistán desde la caída del Telón de Acero. La última vez en salir reelegido como líder de la nación fue en 2000, con el 91,9 % de los votos, contra un único adversario, un profesor de filosofía marxista, que más tarde admitió que él también había votado a Karímov.

Por la mañana, un diminuto coche coreano que brincaba con las vibraciones de un estéreo de mala calidad nos recogió en una esquina. Su chófer, un tayiko inescrutable, apagó la radio en cuanto entramos en el coche. Una vez llegamos a la calle principal, el sol empezó a apretar y el calor se hizo insoportable. Cada cierto tiempo, el conductor hacía pequeños ajustes en la temperatura. Ponía el aire acondicionado entre «Máx» y «Mín»; abría y cerraba la rejilla de ventilación; bajaba un poco la ventanilla y luego la volvía a subir. No importaba lo que hiciera, el calor seguía siendo inaguantable.

Después de una hora en silencio absoluto, el conductor se volvió hacia mí y me dijo en ruso:

—¿Así que no trajeron ningún casete?

—No, ninguno —le dije—, pero tal vez podríamos escuchar alguno de los suyos.

El conductor se quedó callado un momento.

—¿Y qué pasa si no les gusta mi música? —preguntó al final.

—Oh, estoy segura de que nos gustará —respondí. El conductor parecía de veras confundido.

—Ni siquiera sabe qué clase de música tengo.

Treinta kilómetros de la autopista entre Taskent y Samarcanda pasaban por Kazajistán. Justo al dejar atrás el punto de control policial, el paisaje cambió por completo. Campos desiguales y parduscos se extendían hasta donde alcanzaba la vista. No había ni árboles ni figuras humanas. Aquí y allá, se veían unos cuantos caballos melancólicos y esqueléticos con sus cabezas prehistóricas inclinadas.

Veinte minutos más tarde volvieron a surgir árboles, árboles frondosos con los troncos pintados de blanco a ambos márgenes de la carretera; la policía uzbeka había montado un puesto de control.

—¿Volvemos a estar en Uzbekistán? —pregunté al conductor.

—Sí, esto ya es Uzbekistán. ¿No ve los árboles? —Esto… ¿no hay árboles en Kazajistán? Sacudió la cabeza y frunció el ceño.

—No les gustan.

—¿A los kazajos no les gustan… los árboles?

El chófer sacudió la cabeza con mayor convicción si cabe.

—Para nada.

Nos detuvimos frente a la casa a última hora de la tarde. Dos puertas de madera maciza estaban encajadas en una pared de yeso de color rosa; una de ellas se abrió lentamente, y Gulchekhra, nuestra «hospedadora» —realmente la llamaban así, como si fuéramos lombrices intestinales— salió a recibirnos. Curiosamente, una música familiar llegó hasta nosotros. Gulchekhra nos dedicó una sonrisa amable a Eric y a mí, y otra menos cortés al conductor a quien se dirigió en tayiko: a todas luces trataba de despacharlo, mientras él caminaba arrastrando los pies y miraba al suelo, con el aspecto de alguien que espera la paga. No se trataba, como supimos luego, de una triquiñuela. El conductor era algo así como un pariente, en el sentido más amplio de la palabra, por lo que Gulchekhra intentaba ser amable con él, según nos explicó, pero eran los norteamericanos de Taskent quienes tenían su dinero; a ella no se lo habían dado.

Pasamos a través de un pasaje cubierto hasta un patio de piedra con una piscina cuadrada cuya agua verde y turbia estaba poblada de vida vegetal. El aire, caliente y trémulo, vibraba con lo que más tarde reconocería como una balada de Enrique Iglesias. Junto a un equipo de sonido de grandes dimensiones, un muchacho que lucía un mostacho de foca lavaba un sedán Daewoo con una manguera de jardín.

A Eric y a mí nos cedieron un ala entera de la casa, que constaba de tres habitaciones: un dormitorio, una pequeña sala de estar con televisión y un comedor donde destacaba una gran mesa con cabida para una veintena de personas. (El lavabo, de funcionamiento defectuoso, estaba ubicado en un ala diferente.) Gulchekhra nos pidió que la llamáramos Gul-ya y me anunció su intención de llamarme «Emma», porque mi verdadero nombre era muy complicado de pronunciar. Vieja apparátchitsa2 comunista, en aquel momento trabajaba como agente de viajes y había estado «en todos los países del mundo, excepto América, África y Japón». Tenía dos hijos: Inom, el adolescente que lavaba el coche, y Lila, una niña de cuatro años. El padre de Inom y Lila, nos explicó, «se había hecho yogui» y marchado a California dos años atrás.

Esa tarde Inom me llevó en coche a la universidad, donde conocí al vicerrector Safárov, un personaje de constituciónsimilar a la de un frigorífico, de rostro elástico y de párpados pesados, que me trajo a la memoria cierto mueble antropomórfico de una película de Disney. Recostado en el sillón de piel de su despacho, hablando en un ruso con marcado acento, el vicerrector Safárov me dio un discurso sobre la importancia de la literatura comparada y de los estudios culturales.

—Podemos estudiar los símbolos y la forma en que se utilizan en diferentes culturas —declaró—, o los sistemas folclóricos, o las percepciones del mundo mediante las di-ferentes estructuras lingüísticas. —Se reclinó en su silla, con los brazos cruzados—. ¿Qué clase de lengua desea estudiar aquí, como elemento principal?

—El uzbeko —me aventuré a decir con cautela. ¿Estaba al corriente de que yo debía impartir clases de ruso al año siguiente?

Safárov sacó un cuaderno y empezó a esbozar mi programa de estudios. Cada día tendría cuatro horas lectivas: dos horas de «expresión oral» y dos de «expresión escrita», o lo que es lo mismo, de la grandiosa lengua literaria uzbeka. Yo era la única estudiante que asistiría a esas clases. Tras levantarse de detrás del escritorio, Safárov abrió la puerta del despacho con gesto teatral y apareció un joven larguirucho con una camisa de vestir.

—Aquí está su profesor de lengua —dijo Safárov—. Se llama Muzaffar.

Muzaffar, un licenciado en filosofía, tenía la piel pálida, ojos claros y rasgados, pómulos salientes y una manera de moverse blanda y triste, como un muñeco. Inclinó la cabeza, al tiempo que se llevaba una mano al pecho. Pese a su aspecto exótico y sus gestos foráneos, el aura de malestar que emanaba me resultaba familiar por observaciones previas de estudiantes de filosofía.

Muzaffar había recibido instrucciones de acompañarme a casa de Gulya. Su presencia me pareció opresiva. En un momento dado de nuestro paseo, pasamos junto a unas chicas rusas que fumaban un cigarrillo.

—Debo pedirte disculpas, Elif —dijo Muzaffar en inglés, en voz baja y en un tono que se me antojó insinuante—. Nuestras chicas, las uzbekas, no fuman en la calle, faltaría más, pero las rusas sí que lo hacen.

—Está bien —le dije y traté de invitarle en dos ocasiones a que se fuera a su casa y me dejara hacer sola el resto del camino, pero no sirvió de nada. Ya fuera por gracia del hombre o de Dios, el sentido de responsabilidad por mi seguridad había arraigado en él de manera firme.

Doblamos hacia la calle de Gulya.

—Te veré mañana —dijo Muzaffar—. Trabajaremos muy duro.

—Estupendo —contesté.

—A nuestra edad —observó—, tenemos que trabajar y estudiar mucho, mientras aún tenemos fuerzas.

Esta observación me hizo sentir, por primera vez, buena disposición para con Muzaffar. Me eché a reír y vi en sus ojos claros un destello divertido.

—Mientras aún tengamos tiempo —aclaró—. El tiempo se agota, pero además pronto tampoco nos quedarán fuerzas.

En aquel momento ya nos encontrábamos a pocos metros de las puertas de madera maciza; se oía ya a Enrique Iglesias. Muzaffar dijo que era hora de despedirse y que él se quedaría detrás de un árbol hasta que yo me encontrara sana y salva dentro de casa.

—Ah, muy bien —dije—. Adiós.

—Adiós. Entra en casa. No te preocupes. Yo me quedaré aquí —señaló un árbol esmirriado.

Llamé a la puerta mientras miré por encima del hombro hacia el lugar donde Muzaffar, fielmente apostado trasel árbol, levantó su brazo flácido. Le devolví el gesto. En el interior del patio, la música estaba muy fuerte. Inom estaba lavando otra vez el coche.

—¿Había un hombre escondido detrás de ese árbol? —preguntó Gulya con desconfianza.

—Yo no he visto a nadie —respondí.


 

*© Elif Batuman, 2010,
*© Editorial Seix Barral, S.A., 2009, 2010,
*© Traducción: Marta Rebón, 2011.
  1. De Eugenio Oneguin. (N. de la t.)
  2. Forma femenina de apparátchik, término soviético empleado para designar a los miembros del Partido Comunista que ocupaban cargos importantes en      el seno de la organización. (N. de la t.)

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