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Philipp Schönthaler | del:alemán

Vuestro microondas

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Andreas Rötzer

Para Philipp Schönthaler, nacido en 1976 en Stuttgart, la escritura literaria es un medio de entender el mundo. Lo utiliza como un instrumento de investigación, que domina con virtuosismo, tanto las técnicas de la literatura moderna, que deletrea nuevamente, como la narración pura. Sus textos hacen que el mundo se vuelva transparente, al mismo tiempo que lo iluminan. Y siempre está lleno de humor, tanto en las escenas como en los medios que elige. "Su microondas" pone esto de manifiesto de manera especialmente radical, pero no es más que una de las muchas formas en que se expresa. Schönthaler es un autor que con toda perseverancia crea un cosmos bien propio y sumamente diverso.

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Fecha: Lun, 19 de agosto 20:41:42-0700 (PDT)

De: Henning

A: Servicio al cliente

Asunto: Vuestro microondas

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Estimadas damas y caballeros:

Escribo por un asunto que acaso parezca trivial, a primera vista brilla realmente por su intrascendencia, sobre todo porque yo sería el último que quisiera llamar la atención sobre su persona debido a un donut Krispy Cream natur congelado con relleno de vainilla y avellana libre de lactosa, o sea ese donut de Universalfood que el 6 de junio a las 18:34 horas descongelé según mi costumbre en solo treinta y cinco segundos para mi total satisfacción en vuestro microondas (Modelo: MagicWant single). Lo que con esto quiero decir de antemano es: soy consciente de que están ustedes ante tareas que no solo parecen más urgentes para los profanos, sino que, teniendo en cuenta la totalidad de los factores, efectivamente también lo son. Déjenme por lo tanto adelantarme a disipar cualquier malentendido: no anuncio aquí ninguna falla de funcionamiento en el mencionado microondas ni en ninguno de vuestros numerosos aparatos o aplicaciones en mi unidad residencial, todos los cuales cumplen con sus funciones de manera intachable, al menos yo parto de esa base (?). De ocurrir algún desperfecto técnico, la cosa estaría clara y se dejaría denominar con facilidad (¿y no habrían sido ustedes informados hace tiempo del defecto en cuestión, me refiero a que he sabido que los aparatos les envían a ustedes sus fallas de funcionamiento por sí solos, fallas que ustedes incluso pueden tal vez reparar a distancia, sin necesidad expresa de enviar a un especialista o un montador (?) en persona al lugar?). Me veo por lo tanto obligado a retrotraerme, intentaré ser lo más conciso posible, soy consciente (o al menos lo supongo, sin por eso querer poner en duda el alto grado de autonomía de vuestros aparatos) que el tiempo que le pueden dedicar a cada usuario individual es limitado (y a quién le digo que el tiempo es un recurso valioso si a fin de cuentas ustedes mismos lo dicen ya al principio de su mission statements, en tanto empresa con muchos años de experiencia, alternativamente hablan ustedes de datos que les garantizan a vuestros clientes, entre innumerables facilidades, sobre todo ahorros de tiempo, cada uno de los cuales puede que por separado sea escaso, pero que al sumarse se vuelve considerable –¿y no utilizan en este contexto incluso la palabra “revolución” y, seguramente queriendo hacer referencia con el compuesto al carácter pacífico del conjunto (?), “revolución hogareña”?–). (Si alguien se dirigiera a mí de manera directa sobre este asunto y me preguntara acerca de mis asociaciones –parto de la base de que en este asunto ya han examinado ustedes lo suficiente las costumbres y las preferencias de sus usuarios, al menos en esa dirección interpreto yo una publicidad reciente de su empresa–, pienso aquí en primera línea en vuestro sistema de cierre biométrico, en el refrigerador inteligente YourMaid con sus exclusivas aplicaciones para solicitar productos Universalfood, en la aspiradora robot DustDeath II, incluida su hermana gemela, la aspiradora de ventanas AlwaysOntheBrightSide, y sobre todo en el sillón inteligente de mirar televisión Belaqua, fácil sería continuar la lista, vuestra tostadora e-Sunbeam, que graba alternativamente sobre las tostadas el curso actual del día del DAX 30 o la presión arterial personal de la sístole y la diástole (o ambos superpuestos entre sí), sin dudas un juego de niños que raya en lo pueril pero que por la mañana siempre me confiere una silenciosa satisfacción).

Déjenme, pues, arribar al incidente, o digamos, mejor, describir las circunstancias, pues incidente sería en este contexto un concepto demasiado grande que podría despertar falsas expectativas, lo mismo que acontecimiento y aun suceso, tal vez podamos hablar simplemente de acaecimientos o de procesos (en los que participan varios factores, cuya precisa función y modo de funcionamiento permanecen para mí a menudo en las sombras, siendo por supuesto que yo como persona y actor encarno por fuerza uno de esos factores), sin que yo supiera distinguir entre causas y efectos con la nitidez que se requería en cada ocasión, cuando en la dicha tarde del 6 de junio regresé como de costumbre del trabajo a mi casa entre las seis y las seis y media. En la unidad residencial me instalé hace exactamente un año, el 1 de agosto, cosa que seguramente pueden deducir del perfil que han hecho de mí (al que, si no constituye un esfuerzo demasiado grande, me gustaría, dada la ocasión, poder echarle un vistazo, cosa que digo sin segundas intenciones, por pura curiosidad, que se refiere de manera exclusiva al formato de dicho perfil (¿se encuentra en forma de un protocolo, un acta o más bien un dosier?; ¿y debo imaginarlo como elaborado cronológicamente, tipológicamente o sinópticamente, como una historia de usuario o más bien como una biografía? Creo incluso haber leído hace poco un artículo cuyo autor afirmaba que el manejo de grandes montañas de datos convertía a los usuarios en verdaderos personajes de novela a lo Oliver Twist, solo que ahora a los lectores o recolectores de estos datos ya no les resultaba tan fácil diferenciar entre protagonistas ficticios y reales), tal vez influyen también motivos relacionados con la vanidad en esta solicitud de mi perfil, de ninguna manera quiero descartarlo, pero quizá hay allí conocimientos reveladores también para mí, cosa que solo menciono ahora y pienso en este momento por primera vez merced a estar dirigiéndome de todos modos a usted con este escrito), con gran expectativa y hasta el momento para mi total satisfacción. Como seguramente saben, entro a mi residencia al menos dos días por semana con una cierta impaciencia (pulso ligeramente elevado, respiración poco profunda, etc.) (y es realmente un gran alivio no tener que sacar del bolsillo el manojo de llaves. Yo era una de esas personas que cada vez debía buscar sus llaves en los innumerables bolsillos disponibles, en no pocas ocasiones la posibilidad de haberlas perdido me provocaba un repentino pánico, que a su vez derivaba en una producción más alta de sudor, primero en la zona baja de la espalda, luego en la nuca detrás de las orejas (el sudor no provenía por lo tanto de un agotamiento físico, sino –al menos en parte– de la idea de que mis vecinos, parados tras sus persianas, pudieran una vez más verme entregado, delante de mi propia puerta, a esta acción vergonzosa, por ser en última instancia torpe, y en esa torpeza involuntariamente infantil), aunque nunca he perdido las llaves en ya treinta y cinco años y a último momento siempre las he vuelto a encontrar en cada ocasión, para mi gran alivio, y sin dejar que se me notara nada). Cuando entro a mi unidad en estos días en un estado que sigue siendo de tensión interior (a veces me pregunto si los de afuera deducen de mi mirada un difuso sufrimiento) (aunque me resultaría desagradable la posibilidad de favorecer la sospecha de que padezco de incontinencia urinaria, podrá ser inofensiva y pese a todo es una maldición, pero no me puedo deshacer de esta proyección pese a las diferentes medidas de tipo meditativas que he tomado contra ella), las cosas se ven distintas que en los tiempos del manojo de llaves de metal. Ahora no hay, detrás de la impaciencia, nada más que la necesidad tan simple como instintiva de cerrar con traba tras de mí la puerta de mi unidad lo más rápido posible (lo que naturalmente ocurre en forma automática, solo que en el procedimiento de quitar la traba mi apuro lleva a veces a que se interrumpa el proceso de verificación, por lo que debo volver a dar un paso para atrás y avanzar de nuevo, siempre al ir para atrás cuento hasta cinco porque avanzar demasiado rápido lleva a demoras aún más grandes), a fin de excluir ese mundo al que ahora le doy la espalda al entrar en mi unidad y finalmente poder entregarme, tras un largo día, a la tranquilidad que para este momento ansío con tanta fuerza. Desde el principio, mi nueva unidad me ha proporcionado, también precisamente en este estado de ánimo, un importante sentimiento de felicidad, tal vez debido al gesto, al entrar en ella, de apoyar mi mano alrededor del picaporte biométrico, la cabeza ligeramente volcada hacia la nuca, a fin de mirar en el pequeño ojo de la cámara (que para mi gusto está colocada un poquito demasiado alta, pero ¿no ocurre en las películas futuristas, que yo miraba en mi juventud con gran devoción, que los protagonistas deben alzar la vista con un ligero giro de su cabeza hacia la izquierda o hacia la derecha? A veces también se me aparece intempestivamente la imagen de una mujer vieja que, con las manos juntas y la cabeza erguida como una actriz de cine, alza la mirada hacia la estatua de una santa en una de las iglesias católicas que visité de niño durante las vacaciones familiares junto a mis padres; de las visitas a las iglesia impulsadas por mi madre me ha quedado en el recuerdo, en vez de representaciones del cielo, solo la imagen de la mujer enana, aunque es seguro que hemos visto importantes frescos de techo (Miguel Ángel, etc.)). En definitiva, es sin dudas la suma y la constelación de los numerosos pequeños gestos e impresiones sensoriales las que generan una simple liberación de dopamina que me confiere la tonta pero feliz sensación de estar abordando una nave especial (¿y qué podría conllevar una promesa de libertad más grande que la fantasía, al final del día, con el trabajo realizado, de entrar a una nave espacial para deslizarse hacia las silenciosas vastedades del universo exterior y verse suavemente eximido de todas las míseras preocupaciones del día a día?) (Si la información que manejo es correcta, ¿no tiene vuestra empresa una participación como inversora en una empresa que busca, con visionario ahínco, concretar en un futuro cercano el viaje privado a la luna y a marte?) (Las películas documentales, así como también las novelas –no sé si también en esto están ustedes enterados de mis preferencias, en cuyo caso no necesito mencionarlo especialmente– que se ocupan del tema de los viajes a marte y a otros planetas con todas sus facetas, aún son una de mis grandes pasiones). En una palabra, entro a mi unidad con gusto y con grandes expectativas, además siento claramente su potencial, así como la liberación, que se funda en una concentración en lo esencial (como se dice de vuestros productos) que me proporciona la vida (¿y no le tiene que pasar algo parecido a otras personas?) con la nueva unidad residencial. Si sigo entrando a la unidad residencial en un estado de tensión interna, eso no se debe a vuestros aparatos automáticos, al contrario, soy yo quien trae el peso y la exaltación del mundo exterior hacia adentro de mi unidad, resumiendo: hablo de mi hambre voraz (que se restringe a los alimentos dulces, tal vez mejor hablar por eso de apetito más que de hambre, porque hablar de un así llamado trastorno por atracón (TA), tal como está enlistado entre otros en el DSM y en el ICD-10, sería ir decididamente demasiado lejos en este caso, que no es, para decirlo con toda claridad, ninguno de tipo clínico), que probablemente se relaciona de manera subyacente con la necesidad de aislamiento mencionada más arriba, aun cuando yo no posea, acerca de la conexión entre ambas sensaciones, aquí el apetito, allí la reclusión, ningún saber técnico (hasta ahora no he sabido de ningún estudio especializado que se aboque a este fenómeno, y los únicos detalles que se me ocurren en este sentido, y que podrían aportar a un entendimiento más profundo, conciernen a mi época escolar. Ya por aquel entonces me contaba yo entre los primeros en abandonar el edificio de la escuela no bien finalizaba la clase y apuraba el paso en mi camino directo hacia el hogar, en lo que de hecho era más bien una precipitación, a fin de replegarme otra vez entre las cuatro paredes propias tras haberme visto incorporado, como resulta inevitable, a una estructura social, todo esto en lugar de por ejemplo permanecer con los compañeros de clases en los peldaños de las escaleras, ir a comprar en los kioscos figuritas autoadhesivas o golosinas pegajosas tomadas de grandes recipientes bien surtidos o incluso dar vueltas junto a ellos por la ciudad).

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Lo cierto entonces es que en esos por lo general dos, a veces tres y solo muy raramente (sí, se trata siempre de semanas en las que las situaciones sociales me provocan un difuso agotamiento que va más allá de lo normal y al sobrepasar toda medida repercuten sobre mis humores) cuatro días a la semana me precipito hacia la cocina no bien ingreso en mi unidad, aun cuando se oponga a mi costumbre y más aun a mi sentir higiénico esto de ingresar a mi residencia, y sobre todo a la cocinita, en zapatos de calle y con la chaqueta puesta. Sin demoras abro el cajón del congelador (a menudo da la impresión de que lo arranco, pero esto solo es provocado por los rebordes de goma de la puerta del congelador que muy de mala gana se separan del metal ligero de la estructura de la nevera y que por lo tanto obligan a un uso adecuado de la fuerza), retiro una bolsa de congelados del cajón del congelador y de la bolsa tomo dos donuts, uno de los cuales pongo a descongelar de inmediato en vuestro microondas. En los treinta y cinco segundos en los que vuestro microondas descongela mi donut (y lo calienta levemente, es solo un poquito, pero que resulta perfecto, la simulación de que podría tratarse de un donut que acaba de salir del horno me provocaría en ese momento un fuerte rechazo) (¿no descongelaba ya mi madre los donut de mi infancia en el microondas en vez de calentarlos en el horno, aunque sin que yo pudiera acercarme al aparato mientras estuviera en funcionamiento ni apretar la frente o la nariz contra su puerta transparente?), me sirvo un vaso de leche de vaca (1,5 % de grasa con suplemento de vitamina D, 225 ml), para luego sacar el donut del microondas (primero le doy un mordisco al donut, luego bebo un sorbo de leche, con el que trago el último resto del donut). A mi donut con leche lo consumo siempre de parado en la cocinita, menciono esto para subrayar el alto valor y el carácter de umbral que ocupa para mí este primer donut cuando ingreso en mi unidad y paso de una intranquilidad interior, que además es física, pues en última instancia se trata de algo psicosomático, hacia una relajación que se va difundiendo mordisco a mordisco por mi cuerpo (comparable tal vez a la neblina acuosa que rodea lentamente el cuerpo durante la ducha de la mañana gracias a la flor inteligente de la ducha de vuestra competencia (modelo e3250 X) y que solo de a poco va formando gotas y pequeños arroyitos de agua que luego, automáticamente mezclados con la dosis justa de jabón, ruedan primero por el torso (el ligero cosquilleo alrededor de las caderas), bajando por las piernas hasta que alcanzan, en pequeñas anguilas de espuma, mis tobillos y mis pies). En consecuencia, solo después respiro hondo y me paso ambas manos por el pelo. Acto seguido abro el cierre relámpago de mi chaqueta y me deshago de mis zapatos. Me estiro. Después me pongo mis pantuflas sensitivas, que regulan perfectamente la temperatura ambiente retroalimentándose de mi propio pulso y presión arterial. Solo ahora meto el segundo donut en el microondas, del que disfrutaré sentado en mi sillón de la zona de confort, delante de la pantalla que ocupa la totalidad de la pared. En resumidas cuentas, puede que se trate de un sentimiento de felicidad modesto, sumamente susceptible y también de tiempo limitado, este con el cual ingreso ahora a la bien templada zona de confort, con el regusto del primer donut y de la leche aún fresco en el paladar, un regusto que al mismo tiempo atiza la alegría preliminar por el segundo donut, al que a veces llevo envuelto en una servilleta y a veces sobre un platito. De fondo se oye mi música preferida, que empieza a sonar de manera automática no bien la puerta de casa se cierra por sí sola tras mi ingreso en la unidad, al tiempo que se activa la iluminación LED indirecta, así como la luz reconcentrada en la sala de estar, las persianas están a media altura, como más me gusta tenerlas, tal vez zumba aún por el vidrio el robot aspirador de ventanas, imagino que con no poca frecuencia descubre sobre el cristal una sombra que solo se hace visible con el brillo de los rayos solares cuando el sol está bien bajo, del mismo modo que una mirada posterior que cae por casualidad desde un ángulo inesperado del revestimiento cromado de la estantería de cocina que acabamos de limpiar meticulosamente hace pocos minutos descubre una estría que antes había pasado por alto (aun cuando por supuesto soy consciente de que el BrightSight no ve las sombras ni las estrías tal como las veo yo, en rigor no ve nada en absoluto, sino que sigue de manera insondable caminos calculados con anterioridad, pero que así y todo nunca son exactamente iguales, lo cual constituye a mi gusto un auténtico misterio). Todo es pacífico al máximo, silencioso al máximo. Como queda dicho, tengo en claro que el equilibrio que experimento en este instante dentro de mi unidad sea probablemente frágil, a fin de cuentas vivimos, como puede leerse y escucharse casi a diario, en tiempos inseguros. Cuando me paro en la zona de confort (justo a punto de acomodarme en el sillón inteligente de mirar televisión Belaqua –las nalgas aún no han rozado la superficie del asiento y ya se extingue la música de los parlantes, la luz se atenúa y sobre la pared que está frente al sillón, que se revela como monitor en el sitio correspondiente, aparece una imagen de video, ya volveré a ello, se trata de tomas del universo capturadas por una sonda, a veces incluso por una nave espacial, enviadas en tiempo real, es decir a la velocidad de la luz), siento un mareo al pensar que probablemente se necesite poco, apenas un miembro que se salga de esta cadena ajustada de manera delicadamente consecutiva, para desordenar toda una estructura o hacer fracasar una misión. (¿Han tomado conocimiento del reciente informe sobre las crecientes masas de basura en el espacio sideral? El motivo del artículo fue una tripulación que tuvo que evacuar su cohete por los pedazos de chatarra que les volaban encima. ¿Tienen tomada ustedes una posición clara en lo que concierne a la chatarra del espacio sideral? ¿O piensan incluso en tomar medidas propias o hacer que las tomen terceros?).

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Pero quiero finalmente hablar de los dichos acaecimientos o procesos (siempre y cuando se trate de eso y no en definitiva de nada). Una vez que tras mi mudanza puse en funcionamiento el horno microondas arriba mencionado, empecé con el tiempo a prestar atención a las relaciones de tipo comunicativo y, según creo, causal, en todo caso se afianzó en mí la sospecha de que existe una relación discreta, que en última instancia debía ser conducida a través de mi persona o de mi comportamiento, entre el dicho microondas, los dichos donut de Universalfood y las dichas imágenes del canal del espacio sideral. No les presté al principio mayor atención a los mensajes de texto que me llegaban a diversos aparatos informándome por ejemplo sobre los valores nutricionales más ventajosos o menos ventajosos, añadiendo a las tablas de valores nutricionales otros estímulos u ofertas, con frecuencia en forma de cupones electrónicos justamente para esos donut con relleno de avellana y vainilla que son los que más me gusta comer, prometiéndome por ejemplo que con la compra de la próxima bolsa congelada XL se me otorgarían gratis junto con la compra las bolitas de masa que se obtienen al hacerle los agujeros a los donut. Me sería incluso difícil precisar cuándo fue que el canal del espacio sideral mostró por primera vez, en lugar de las imágenes del universo, esos anuncios publicitarios que luego se volvieron costumbre; al principio se trataba, si mal no recuerdo, de una campaña de “One apple a day”: una formación de manzanas verdes volaba como mirlos sobre un opulento jardín, se proyectaba enseguida hacia una nube azul y se perdía de vista, solo para de inmediato ingresar en una órbita planetaria. Las imágenes, así parecía, habían sido tomadas desde la perspectiva de la cámara de mi canal del espacio sideral, el paso al stream de ese canal estaba bien logrado y el ojo no entrenado casi no podía distinguirlo, amén de que la correspondiente exhortación a sumarme al movimiento “One Apple a day”, así como las explicaciones de las rebajas asociadas a ello, me llegaban no a través de la pantalla, sino en forma de textos, sin interrumpir el flujo de imágenes. Pocos días más tarde les siguieron imágenes de donuts flotando a través del universo según el orden de galaxias enteras, una impresión que sin embargo solo se afirmaba cuando un único planeta, visto de cerca, se revelaba de pronto como un donut classic envuelto en un glaseado de azúcar blanco, y que en la siguiente vista panorámica volvía a transformarse en un sistema solar, pequeño pero independiente, al meterse en la formación junto a otros bollos. Sea como fuere: que los mensajes y las imágenes están relacionados con vuestro microondas se reforzó una tarde en que fui recibido en el canal del espacio sideral por un médico idéntico en apariencia a mi médico de cabecera (¿o habrá sido efectivamente él?). El médico subrayó la necesidad de dar una cierta cantidad de pasos, que cada individuo realizaba antes de manera automática a diario debido a numerosos recados, como por ejemplo ir al supermercado o al correo, pero que hoy esta tarea podía y debía ser estimulada de manera activa (he obtenido en reiteradas oportunidades las informaciones sobre los aparatos que ustedes tienen en oferta en lo que a esto se refiere y que le ahorran a uno tener que abandonar su unidad con fines de fortalecimiento físico) (aprovechando la oportunidad presente tal vez pueda expresar la solicitud de una cierta aplicación, pues hasta ahora solo he podido encontrar aplicaciones que registran las pérdidas de peso, pero deliberadamente ninguna que registre un aumento de peso al largo plazo). Cuando la alocución de mi médico de cabecera se acercaba a su fin, la cámara se alejó de su rostro y entró en cuadro el Hometrainer sobre el que había estado sentado durante su discurso. En un nuevo enfoque quedaba de manifiesto que el Hometrainer estaba situado dentro de una cápsula espacial, el médico sonrió por última vez (de hecho creo haber percibido en más de una ocasión ese centelleo en sus ojos que es señal de reconocimiento) y asintiendo con la cabeza alzó el dedo pulgar antes de que la cámara se moviera de lado hacia una ventana ovalada de camarote y hacia el universo exterior, superponiéndose a las imágenes del canal del espacio sideral que me resultaban tan familiares. De vez en cuando aparecía en su lugar una ayudante de médico o una asesora de mi seguro médico o el manager de una cadena de supermercados que compite con Universalfood, a veces metidos en una cápsula espacial, a veces su mensaje me llegaba desde la superficie cubierta de polvo y tornasoladamente rojiza del planeta marte.

¿Me robaban las imágenes mi ansiada tranquilidad o estimulaban mi mal humor?

No, en absoluto.

En los días en que no utilizaba el microondas, no aparecían por lo general los mensajes ni las imágenes, cosa que también se correspondía con mi humor, porque en esas tardes, libre de la tensión interior, yo estaba en paz conmigo mismo. Esos días incluso comía a veces una manzana, y esta imagen me proporcionaba de vez en cuando una satisfacción realmente colosal, pues a esta elección, que tanto debía agradarle a los miembros del movimiento “One Apple a Day” o a mi médico de cabecera, yo la había hecho en soledad (puede que se trate de una alegría egoísta, opuesta al espíritu de equipo que cultivan en la empresa, pero aquí me limito a describir lo que sentí). Pues al día siguiente registré que mientras el primer donut giraba dentro del microondas, con el segundo congelado en la congeladora, yo pensaba ya en quién y de qué lugar me recibiría hoy en el canal del espacio sideral, y con qué mensaje. Estaba completamente seguro, o mejor dicho creía saber que las imágenes y los mensajes me llegaban necesariamente una vez que colocaba un donut en el microondas, pues ambas cosas estaban incorporadas al mencionado sistema de relaciones, y lo digo sin pelos en la lengua: saber que mi conducta, si bien no controlaba las imágenes y los mensajes, eso no, pero sí tal vez los guiaba en una cierta dirección o al menos influía sobre ellos, o digamos que los impulsaba, me transmitía un modesto beneplácito. Incluso me imagino, en retrospectiva, que esas imágenes y mensajes del universo, cuyo origen respondía por supuesto a los respectivos intereses de sus emisores, de todos modos reflejaban un interés que se ajustaba al mío de manera congenial, cruzándose con él, y que al hacerlo podían desplegar un efecto vitalizante a la vez que tranquilizador. ¿No debía ser precisamente el universo lo bastante grande como para proporcionarme suficiente espacio a mí con mis necesidades, y no era tan inconmensurablemente grande que aquellas imágenes y mensajes, que se me inscribían por las tardes en mi imaginario al estar delante de mi pantalla, debían servirme como ancla y consuelo de no estar viajando allí afuera con mis necesidades en completa soledad?

Aquel 6 de junio –porque si no me engaño en mi reconstrucción de los acontecimientos, ese día marca el punto de quiebre o el brusco cambio en los procesos descriptos más arriba– regresé de mi trabajo a la unidad tal como lo hacía habitualmente. Según era mi costumbre, consumí mi primer donut de pie en la cocina, y con el segundo me trasladé en ligera tensión, pero que ya estaba decreciendo, hacia la zona de confort. Cuando me senté y la pantalla se encendió, se vieron nada más que las imágenes sin sonido del canal del espacio sideral, de pronto pareció que se podía tocar con las manos la profunda negrura del universo, solo aquí y allí el amplio espacio estaba iluminado por fuentes de luz diminutas que enviaban sus ondas, consumiéndose al hacerlo a sí mismas y no haciendo más que consumirse rumbo a su propio final, un final que ya había tenido lugar de manera irrevocable al momento en que su mensaje llegaba hasta mí. Aquella tarde no me preocupé por la ausencia de cualquier tipo de imagen o de mensaje proveniente de algún agente o soporte publicitario, el desconcierto solo creció cuando este proceso se repitió al día siguiente y se volvió norma con el correr de los días y de las semanas, sin que yo pueda recordar haber hecho aquel martes 6 algo distinto o de manera distinta que antes. Desde entonces que no hay más mensajes ni imágenes, sin que importara si yo regresaba a mi unidad exaltado o relajado, si prendía o no el microondas, si colocaba un donut o verduras nutritivas sobre el plato giratorio. Ni mi médico ni su ayudante ni ninguna otra persona me han recibido desde entonces en el canal del espacio sideral. La pregunta que me tiene inquieto es por eso simplemente si aquella discreta comunicación entre el mencionado microondas, el mencionado donut y los mencionados mensajes existió alguna vez. Y si realmente existió, me pregunto por qué entretanto se ha cortado, o si es que solo se ha desplazado en el ínterin hacia un formato que aún no logro reconocer. Lejos de mí, pues, expresar sospecha alguna de que vuestro microondas probablemente no esté en condiciones de identificar los productos que se le colocan en su interior. ¿No significa esto, por implicación, que vuestro microondas no ve de pronto más necesidad de transmitirle esta comunicación a terceros? ¿O será únicamente que se ha modificado la dirección de esos terceros? Por supuesto que estoy convencido de que las cosas terminarán acomodándose y que tal vez se aclaren por sí solas, ¿o no se dice que el paso del tiempo ejerce un efecto sanador? Sin embargo, aún percibo de vez en cuando aquel desconcierto y, sí, aquella desazón, sin que logre localizar con precisión su asiento dentro de mi cuerpo; pero así y todo relaciono estos humores con los acontecimientos del mencionado día martes, en una palabra: las imágenes del universo que antes me liberaban de las preocupaciones cotidianas, elevándome a esa vastedad silenciosa y sublime, me producen de repente una aguda inquietud, como si las mismas imágenes quisieran ahora llevarme a un vacío tan grande como oscuro, y en soledad, completamente abandonado a mí mismo. ¿No es atemorizador pensar que el universo, en un incansable impulso por expandirse cada vez más y más, no descubre con este movimiento otra cosa que nuevos espacios de absoluto vacío?

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No, no sé si puedo hacerme entender, ni si mi malestar se encuentra efectivamente relacionado con vuestro microondas, siempre y cuando este haya cultivado jamás esa discreta relación que yo le supuse con las cosas y los procesos de mi unidad. No quiero bajo ningún concepto negar aquí que un llamado telefónico sería el mejor camino para articular ante ustedes mi desasosiego. En efecto, he hecho algún esfuerzo y me he tomado algún tiempo (once llamados a lo largo de tres días, preocupándome en cada ocasión de llamar en distintos momentos de la jornada a fin de evitar posibles fases de alto tráfico y pescar posibles momentos de calma, sin dudas deben contar ustedes con datos confiables en este sentido, pero lamentablemente a mí no me fue posible encontrar la información respectiva), con el objetivo de hablar con alguna señorita de atención al público (¿es verdad que después de las diez de la noche, siempre que uno logre comunicarse, su llamada es transferida a un call center en India o Bangladesh, cosa que de todos modos sería incomprensible en caso de que sea cierta esa otra declaración que leí o escuché en cuanto a que la gran mayoría de los llamados son atendidos entretanto por sistemas de software de voz?). Cuando al fin esto ocurrió en el llamado número once (a esta altura ya no guardaba ninguna esperanza de ser atendido por nadie, por lo que mis pensamientos habían empezado a divagar, aun cuando en retrospectiva me resulta imposible decir qué pensamientos en concreto eran los que me mantenían ocupado, no sé si esto hubiera sido eventualmente de interés para vuestras investigaciones al servicio de un mejor servicio), la voz clara de mujer me hizo caer en una confusión momentánea, incluso después del tercer ¿hola? seguido de la pregunta de vuestra señorita de atención al cliente (que tal vez sea empleada de ustedes a través de una empresa subcontratada) inquiriendo si en el otro extremo de la línea había alguien, me pareció de repente imposible describir oralmente mi demanda, o mejor dicho me abandonó el coraje para hacerlo. No quiero reprocharle nada a vuestra telefonista, que lleva a cabo su trabajo bajo un fuerte estrés (¿es cierto lo que creo haber leído respecto a que los sueldos de las telefonistas de los call center se basan en su rendimiento, vale decir: según la cantidad de llamadas que realizan?), pero pudo haberse debido también a una cierta impaciencia que sentí acrecentarse sensiblemente de un ¿hola? al siguiente, el tono sin dudas casi imperceptible de una irritación en ciernes, para la cual yo soy tal vez sobremanera sensible y que de ¿hola? en ¿hola? fue corriendo el propósito de articular mi demanda de manera telefónica en lugar de postal a una distancia cada vez mayor hasta que finalmente se hizo inalcanzable. Me pareció en vano querer explicarle a una persona probablemente impaciente lo que sería difícil nombrar de manera directa, como quedó de manifiesto más arriba, y que por lo tanto depende de la paciencia y de una cierta empatía del interlocutor, sobre todo porque no me gusta ser un peso para otra gente. Rápido y sin decir palabra corté la comunicación.

No soy, como han colegido tal vez de mi escrito, una persona que rebose de autoestima; en un círculo compuesto por cuatro o cinco personas, aunque a veces alcanza con que sean una o dos, me resulta difícil, aun durante un silencio, tomar la palabra. (Y, en efecto, a veces me sume en una profunda confusión, para no decir desesperación, el hecho de que el espacio percibido, o tal vez se pueda hablar también de una especie de presencia, que ocupa físicamente mi cuerpo en una ronda compuesta por cuatro o cinco personas se halle en tal contraposición con el espacio que le concedo a mi voz). Pero nada de esto corresponde aquí, estoy empezando a divagar, de modo que, ya cerrando, solo quiero resaltar que mi escrito no cae dentro de la rúbrica de la acostumbrada queja de un cliente (hace poco releí otro artículo que describe el tono en que los clientes expresan sus quejas; la falta de tacto o incluso la abierta rabia y grosería es algo que, presumiblemente igual que a ustedes, me inquieta sobremanera y me produce tanto espanto como aflicción, aunque no veo en ello, pese a todo, razón alguna para volverse pesimistas en lo que se refiere a nuestra cultura; tanto más respeto le tributo por eso a vuestro equipo, o al equipo de colaboradores de la empresa subcontratada por ustedes, o en su defecto lo felicito a usted, en caso de que entretanto efectivamente hayan automatizado en su mayor parte el servicio telefónico de atención al cliente). Pero claro que en este contexto no me sorprendería en absoluto, sino que más o menos parto de esa base (cosa que digo sin reproche ni decepción), que a este escrito usted lo lea y evalúe primero a través de una máquina (¿lo taguea?; ¿lo provee de una sinopsis o de marcar de urgencia? Lamentablemente, mi saber en estas cuestiones es limitado) (¿Es probable que los bancos de datos y las memorias a las que deban ustedes recurrir no se encuentren del todo en vuestras manos, sino que hayan sido puestos fuera de peligro en otros países, de preferencia en regiones frías (permafrost)?), de modo que puede pasar algún tiempo antes de que uno de vuestros colaboradores tenga la oportunidad de encargarse de este asunto. O tal vez no ocurra jamás que una empleada de su firma lea efectivamente el escrito (o que lo lea solo de casualidad, como parte de las pruebas al azar que es probable que ustedes realicen regularmente, creo haber escuchado algo parecido en otro contexto respecto a un proveedor de servicios equiparable, aunque en aquel caso se trataba de borrar imágenes de contenido indecente, un trabajo que a todas luces aún no puede ser realizado por un software). Como sea, por supuesto que no puedo ni voy a juzgar si una respuesta generada por computadora resultaría mejor o peor que una redactada personalmente por vuestros expertos en atención al público (¿no es imaginable que vuestras máquinas encuentren un escrito muy parecido a este, tal vez incluso hasta en el tono o en la construcción de las frases, pero de un usuario anterior, del que las señoritas de atención al cliente estén imposibilitadas de saber nada y al que ya en aquella oportunidad se abocaron con la debida profundidad?). Además, sería presuntuoso considerarme a mí con mi inquietud como un caso aislado que merece un tratamiento especial, y aun si fuera así, sería presuntuoso exigirle a este caso aislado, precisamente porque no posee ninguna relevancia general, una mayor atención de vuestra parte; de todo ello soy consciente. Por último queda entonces solo la pregunta de si al dirigirme a ustedes lo estoy haciendo a la dirección correcta. Caso contrario, pido que ignoren mi escrito, o que me informen que este asunto no está en el área de su incumbencia y que por eso dejan mi escrito sin una respuesta. Universalfood, de cuyo portfolio de productos proviene el mencionado donut Krispy Cream natur con relleno de avellana y vainilla libre de lactosa, ha denegado su incumbencia por medio de una respuesta inequívocamente negativa (y otra cosa no se podía esperar, solo la línea de atención al cliente fácilmente accesible en la bolsa del producto, donde fui comunicado ya la primera vez con una amable empleada de la empresa, me impulsó a intentarlo pese a saber que no serviría, ¿o no se dice, más allá de eso, que a veces lo mejor para acercarse a un objetivo es a través de un procedimiento de descarte?), y lo mismo vale para la empresa constructora a la que le compré mi unidad a crédito, sin que hasta ahora me hayan podido prestar ayuda en lo que concierne a la búsqueda del interlocutor competente.

Un saludo cordial,

Henning


*This story is taken from:”Vor Anbruch der Morgenröte” by Philipp Schönthaler © 2017 Verlag Matthes & Seitz, Berlin/Germany.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

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