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Caminando, caminando y ni te acuerdas: eso es lo que le dice siempre. Bueno, no exactamente en esos términos. Generalmente se trata de un reclamo más directo: no llamaste a Pacheco, no revisaste el contrato de Supercable, no llevaste el carro al taller, se te pasó la hora de la cena, te olvidaste de nuestro aniversario de bodas o de comprar el champú que te pedí. Ella no espera respuestas y Benjamín sabe que sería inútil contestar. También sabe que tras esa letanía de pequeños olvidos se alza, liso e implacable como un tepuy, el verdadero reproche, existencial, imperdonable. El de no recordar. Hay una enorme diferencia entre olvidar y no recordar.

Un reproche que, por supuesto, nunca ha sido pronunciado directamente. El peso acusador de lo que Benjamín no recuerda –o pretende no recordar– desencadenaría tamaño terremoto en todas las capas geológicas que amontonaron con paciencia durante años hasta formar un terreno estable donde pueden soportarse mutuamente. Benjamín no se acuerda del futuro que quedó en el pasado, de ese futuro glorioso, brillante como el sol, cuyos contornos desaparecían misteriosamente a medida que se adentraban en él. Treinta y cinco años es suficiente tiempo para comprobarlo.

Lo peor es no recordar, dice ella sin decirlo, pues habla tan solo del mecánico y del champú. Se te olvida todo, dice. La vida que me prometiste (eso no lo dice). Caminar y caminar no lo resuelve, dice, y últimamente es todo lo que haces.

Como si no supiera que Benjamín se puso a caminar por orden del médico. El santo remedio para la edad que tiene, el colesterol alto, el hígado perezoso, las arterias obstruidas y el corazón tan poco activo como el dueño de esos órganos estropeados. Así que se acostumbró a caminar. Ahora su mujer sospecha que le gusta hacerlo y esto no lo puede permitir; no es justo, mientras ella vive con la desdicha de acordarse a diario de ese luminoso futuro común que se desdibujó en el presente y nada más.

–Ya basta de caminar tanto, Benjamín. ¡Abre la puerta por favor! Mauricio viene hoy a cenar con tus nietos, nunca sabe qué hacer con los chicos cuando le toca cuidarlos, hay que decir que se volvieron insoportables desde el divorcio, se les nota la educación de su madre (mejor no hablo de ella) y Sandrita está durmiendo, así que tienes que dar un salto a la panadería. Y podrías poner la mesa también, ¿qué te parece? Siempre yo sola con todo. Y tú, ¡caminando y caminando!

Los guijarros crujen bajo sus pies y el aire de primavera rebosa del trinar de invisibles pájaros. Benjamín sube el volumen; desde muy lejos le llega el relincho de un caballo. Un sonido delicioso.

Le rodea un mundo verde y vegetal, ahora como al principio, cuando se dirigió a los sitios con derecho común a la caminata: la Autopista cerrada los domingos, Los Caobos, El Parque del Este. Se compró un walkman y por un tiempo metía la panza y erguía la cabeza, como corresponde a quien forma parte de una comunidad saludable y deportiva, donde los exitosos hombres de negocios se ponen democráticamente el mismo short que los fracasados; reino de piernas largas y musculosas preparándose para un maratón, ceñidas mallas, impecables traseros, cuerpos brillantes de crema y sudor. Hasta que llegó el día inevitable en que se dio cuenta de que los demás corrían o trotaban, y aun los que caminaban como él, lo pasaban con facilidad, una y otra vez. Pisando fuerte el cemento de umbrosos senderos parecían dirigirse apurados hacia algún destino importante, desconocido para él. Benjamín, en cambio, solo daba vueltas. Se quedaba atrás, como siempre. Y eso le recordaba de alguna manera el reproche nunca pronunciado por su mujer, implacable como un tepuy. De modo que guardó el walkman en la gaveta, (siempre compras cosas y después no las usas) y optó por cederle definitivamente el carro y caminar a su trabajo, de ida y de vuelta.

–Me oíste, Benjamín, ¡basta ya! –dice ella–. ¡Ábreme esta puerta! Van a cerrar la panadería.

Benjamín aprieta el paso. Aún le queda camino por recorrer.

Su oficina se encuentra en el mismo viejo edificio donde él la instaló cuando este era nuevo, mucho antes de que la ciudad le pasara por encima y lo dejara olvidado al final de una calle peatonal, hoy invadida por buhoneros y artesanos ambulantes.

Caminar por allí implicaba perderse entre los tenderetes y bandejas, en el abigarramiento de joyas de plástico, perfumes de Taiwán, bluyines de contrabando y pantaletas de lycra con encaje. Benjamín remoloneaba hojeando libros de segunda mano y manoseadas revistas pornográficas desplegadas sobre la acera; a veces compraba dulce de leche o un kilo mal pesado de mandarinas a una joven mulata, cuyo bebé color puro chocolate dormía entre chucherías. Ella le hablaba con amabilidad, decía que están dulcitas las mandarinas, le decía “mi amor”, y el vendedor de revistas, alemán de pelo blanco y acento colombiano, compartía con él profundas reflexiones acerca de la situación del país con las cuales Benjamín no podía discrepar.

Aquí no existía pasado ni futuro alguno, mucho menos un futuro que ya pasó. Era fácil vagar sin metas ni equipaje por ese presente instantáneo, efímero y eterno a la vez, que se deshacía en gritos y revoloteo de colchas apenas se asomaban los agentes uniformados en la esquina quedando la calle súbitamente vacía con sus fachadas desconchadas, pipotes atestados de basura y remiendos de asfalto entre los adoquines; pero nada de esto era trágico ni definitivo: minutos después reaparecían los colores y se reanudaba el bullicio.

Muy pronto el camino de ida y vuelta a su oficina se convirtió en el placer de cada día. Benjamín lo mantenía en secreto, por supuesto. Sabía bien que no tenía ese derecho, mientras a Mauricio lo limpiara la arpía de su ex, y Sandrita se metiera ese polvo en la nariz que la ponía incoherente y chillona. Y ella, pobrecita, en la casa: sola y recordando.

Al fin terminaron por descubrirlo. Era inevitable. Tardaba en llegar al trabajo y le mentía a su vieja secretaria. Para colmo, atracaron a su cuñado allí mismo, en la salida de la Notaría. Le rompieron el saco, le quitaron la cartera y al parecer se enojaron bastante al abrirla, ya que fueron golpes y más golpes. De modo que su mujer y el doctor le prohibieron caminar por la calle: desde varios puntos de vista era malo para la salud.

Era un hecho indiscutible que su colesterol aumentó considerablemente y el ritmo cardíaco no se beneficiaba mucho con el inútil vagar de esas caminatas. De nada sirve, le decían, caminar con el paso tan lento. Ahora se preocupan: al parecer lo hace demasiado deprisa. A su edad, es peligroso; le puede dar un infarto.

–Benjamín, ¡abre ya la puerta! –voces de Sandra y de su mujer. Pero él se hace el loco, y camina, camina, camina, cada vez más rápido. Sus piernas se volvieron fuertes y la panza bajó de volumen; sin embargo, está sudado y jadeante, el corazón le retumba en el pecho. No importa, algún día tiene que llegar al final del recorrido. Por una vez en la vida está haciendo lo correcto: fijarse objetivos y alcanzarlos.

De hecho, todos ellos son responsables también. Le sugirieron esta solución y se mostraron complacidos cuando la Caminadora llegó a casa, aunque les extrañó un poco la inusual iniciativa que había demostrado al comprarla sin consultar a nadie. Años hacía que Benjamín, él solo, no se compraba ni una camisa. Él mismo no logra entender cómo descubrió aquel artefacto en una tienda por departamentos, ni cómo se dejó seducir de inmediato por las explicaciones del vendedor, quién –cosa rara–, ni cuenta se daba del poder de su propia mercancía. Casi sin proponérselo, Benjamín se hizo dueño de una máquina para caminar, la mejor del mercado, el último modelo. Menos mal que nunca sabrán cuánto le costó esta extravagancia.

Acto seguido convirtió al dormitorio de huéspedes (totalmente inútil, dicho sea de paso) en una especie de gimnasio privado. Allí, siguiendo penosamente las instrucciones del manual, instaló la Caminadora con su batería de altavoces y proyectores.

Comenzó a practicar con la velocidad más baja y desde el principio sintió una gran afinidad con ese ejercicio que parece haber sido diseñado especialmente para él. Hay un deje melancólicamente familiar en eso de caminar y caminar para quedarse siempre en el mismo sitio. Algo así había hecho durante toda su vida.

Con la salvedad de que ahora tiene algo más: la cinta de vídeo que vino con el paquete. Desde la primera proyección supo que algo nuevo e importante estaba irrumpiendo en su vida. La pared blanca frente a él se llenó de paisajes verdes que desfilaban de árbol en árbol entre fuentes cristalinas y parterres de flores, mientras los altavoces reproducían a la perfección el piar de los pájaros y el crujido de la grava bajo sus pasos. Estaba solo, maravillosamente solo, indiscutible rey de tanta belleza. Mandó instalar una cerradura Multilock a su improvisado gimnasio. Custodiaba la llave con recelo, hasta dormía con ella en el bolsillo de su pijama; tu padre se ha vuelto loco, dice ella, y la limpieza, ¿qué?

Él aclaraba con paciencia que encontró finalmente un sistema idóneo para caminar, y que necesitaba concentrarse para practicar. Estaba tan animado que su mujer frunció las cejas, sospechosa, pero se abstuvo de comentarios. Al fin y al cabo se trataba de una actividad saludable, aburrida y recomendada por el médico. No reconoció las señales de peligro.

Benjamín en cambio intuía que su vida adquiría una nueva dimensión, aunque tan sólo al cabo de dos o tres semanas advirtió ligeras alteraciones en el paisaje que recorría en el video. Al principio fueron ruidos inexplicables, sugiriendo apenas perceptibles presencias animales. Comenzó con aquella chicharra cuyo desagradable zumbido pertinaz lo acompañó durante un buen trecho del camino. Convencido de que ésta había encontrado una manera de escurrirse por la ventana, Benjamín interrumpió la sesión con el firme propósito de deshacerse del intruso y constató con asombro que el zumbido cesó en el mismo instante en que paró la cinta. Se trataba de una extraña coincidencia o de un insecto particularmente inteligente, pues reanudó su vuelo al reiniciarse el video. Nunca más había vuelto. Y Benjamín terminó por olvidarlo concentrándose en caminar –lo hacía cada vez más rápido y mejor– hasta el día en que se paró, pensativo, al borde del tercer estanque. Hubiese jurado que cada vez cuando pasaba por allí un imponente chorro cristalino brotaba en su centro; sin embargo, hoy la fuente estaba cerrada, el agua adquiría profundos tonos verdes y un pequeño pato silvestre jugueteaba en la orilla. Perplejo, Benjamín dejó que la cinta se rebobinara, luego la colocó desde el principio y volvió a sus propios pasos. Esta vez el chorro de agua brotaba a borbotones, no había duda sobre esto, pero el patito seguía en su sitio. Era extraño que nunca antes advirtiera su presencia.

Por primera vez se dio cuenta de que jamás había llegado más allá de aquel estanque, y sintió curiosidad. Prolongó la duración de sus caminatas, luego se empeñó en aumentar la velocidad. La cinta recompensó su esfuerzo: efectivamente, más lejos el paisaje cambiaba. Los árboles del parque comenzaron a rarificarse, y por ambos lados del camino aparecían ahora elaboradas verjas de hierro dejando entrever opulentas mansiones de dos y tres pisos en medio de sus jardines. Al tercer día llegó, jadeando de cansancio, a una casa particularmente hermosa, toda de madera recubierta de viña silvestre. Le pareció vagamente conocida. Deseó saber quien vivía allí, tocar el timbre y entrar, pero la ley de la Caminadora no permitía tales extravagancias. Sólo pudo seguir caminando lentamente, sin quitar los ojos de las ventanas que protegían su misterio con alegres cortinas amarillas y aguzaba el oído para captar la tenue risa de unos niños jugando en algún lugar del jardín. De pronto surgió el recuerdo: ella, joven y deslumbrante, recortando imágenes de revistas, el hogar soñado para su futuro común. En su fuero interno supo que no podía ser solamente una coincidencia, un azar del vídeo. Aquella casa estaba allí para él cual trampa divina.

Benjamín acusó el golpe. Tuvo que parar el ejercicio y la imagen se desvaneció, dejándolo sudado y resollando frente a la desoladora pared blanca del ex cuarto de huéspedes.

Aquella noche no pudo conciliar el sueño. Hasta los irregulares ronquidos de ella y los sonidos de parranda que se filtraban desde la habitación de Sandra aumentaban el estado de embeleso febril en el cual se encontraba sumido. No veía la hora de volver a ese lugar y a las cinco de la mañana ya estaba ataviado con su mono de gimnasia, ¿te caíste de la cama, o qué?

En un súbito impulso le propuso acompañarlo –ven conmigo, quiero mostrarte algo. Ella le dio la espalda, implacable con las extravagancias ¿A esta hora? Estás loco. De modo que Benjamín acarició brevemente los suaves rollos de goma espuma sobre la cabeza de su mujer y renunció a compartir su hallazgo con ella.

Menos mal: lo hubiera juzgado loco. De la tercera fuente brotaba con fuerza un chorro cristalino y en el estanque nadaba ahora toda una familia de patos, pero no hubo ni rastro de la casa cubierta de viña. En vano la buscó caminando rabiosamente. Atrás quedaron las verjas y las mansiones y una carretera de dos vías reemplazó al sendero en medio de un paisaje anodino y campestre. Suaves colinas azuladas ondulaban el horizonte. Sobre una de ellas estaba la ciudad, cual dibujo lejano. Al cabo de unos días desistió de buscar la casa y concentró todos sus esfuerzos en llegar allí.

Pero, ¿qué te pasa?, decía ella. Estás más distraído que nunca. Tienes la misma mirada vidriosa que Sandrita cuando estaba en esa institución. Y se te olvidó llamar al banco para mi tarjeta de crédito… Estás peor que nunca. Se te olvida todo. ¡Todo!

Esta vez era cierto: se le olvidaba todo. Pero estaba mejor que nunca. Con una secreta excitación Benjamín acariciaba la llave en el bolsillo de su pantalón y no veía la hora de reiniciar su sesión de ejercicios. Ahora caminaba varias veces al día y cada vez se encerraba más tiempo con la Caminadora. Por desgracia, la cinta de video estaba estudiada para promover un progresivo aumento del esfuerzo: no había manera de reiniciarla en cualquier punto del camino, de algún modo siempre se devolvía sola al inicio. Si quería llegar al final, donde la lejana ciudad se erguía sobre la colina o, ¿quién sabe? más lejos aún, tenía que volver cada vez al punto de partida, atravesar el parque, recorrer los estanques, el sendero, la urbanización de quintas… La carretera que seguía se le antojaba interminable.

Te has vuelto loco, decía ella. Mírate, como sales de allí. Pálido. Apenas puedes respirar del cansancio. El doctor dijo que es peligroso, no puedes hacer esto. Es peor que una prueba de esfuerzo. Nadie puede hacer pruebas de esfuerzo sin supervisión médica.

Era cierto. En algún lugar recóndito de la conciencia Benjamín sabe que debería bajar el ritmo. Sus piernas se han fortalecido pero el corazón reacciona bastante mal. Anoche sintió otro dolor en el pecho; tuvo que parar la máquina y se recostó, jadeante, al borde del camino, sin apartar la vista de las lejanas colinas hasta que estas se apagaron en la blancura del horizonte. La pared se le vino encima mientras trataba de incorporarse sobre la alfombra, en sus oídos el zumbido inexorable de la cinta que se rebobinaba otra vez hacia el inicio del trayecto.

Están aporreando la puerta ahora. Se oyen voces, la risita estúpida de Sandra, los gritos de los muchachos de Mauricio, sal papá, sal abuelo, ¡queremos comer!

–Benjamín, ¡ya basta! No importa la mesa, ya la puse yo misma, tan sólo sal. Viejo exagerado. Voy a vender esta maldita máquina, tan sólo te hace daño.

Benjamín acaba de llegar al pie de la primera colina e inicia la ansiada subida. El dolor vuelve, agudo, esta vez en el brazo izquierdo y le nubla un poco la vista, pero la ciudad no está tan lejos ya. Su última posibilidad de escape. Allí habrá otra calle donde los vendedores ambulantes desplegarán sobre la acera, sólo para él, sus efímeras maravillas. Tal vez otra oficina. Tal vez otra casa. Ojalá pase algún vehículo para darle un aventón, porque el tiempo apremia.

–Benjamín –ruega ella, ahora con voz de angustia– abre, Benjamín; Mauricio dice algo del cerrajero que ya está en camino. Benjamín anhela el asilo de la ciudad desconocida. Menuda sorpresa tendrán cuando terminen de tumbar la puerta.

Sabe que si llega a tiempo, no podrán quitarle la Caminadora. Ni nada más. Llegar al final es necesario, indispensable… Una meta, al fin. Si se ejercita lo suficiente, llegará. Es una mera cuestión de entrenamiento.

Con la vista fija en su meta, Benjamín aprieta el paso.

Seis aceitunas engordan como un bife chico. ¿Podía ser eso? Lo había leído de refilón en la revista que sostenía la señora de campera esquí desteñida, todo el viaje en subte sentada junto a ella. Una nota sobre mitos en las dietas con recuadros insólitos del tipo un vaso grande de coca engorda tanto como un helado mediano, cincuenta gramos de maní, lo que medio litro de cerveza; seis aceitunas, un bife chico, y así. ¿Podía ser eso? Nunca había entendido del todo el funcionamiento de las calorías, nunca le había hecho falta. ¿Sería una chantada? Según la china lo de las calorías no era determinante; a veces influía, pero en general dependía de cada cuerpo y tipo de alimento.

Caminaba con apuro por la explanada de la estación de Chacarita. El encuentro inminente con Espina la llevó a preguntarse, ahora sí, si no había ella aportado también lo suyo para que precipitara. ¿Qué opinaría la china de lo que estaba por hacer? ¿Qué estaba? Nada: encontrarse con Javier Espina para que le pasara una copia de su próxima película, tal vez ir a tomar un café. Espina le había escrito después de meses de no tener noticias suyas para preguntarle si podía traducir unos subtítulos. A ella le hubiera bastado con que él le mandara el texto en español por correo, a lo sumo un enlace para ver la película, pero algo la llevó a decirle que sí, que encantada, que por qué no se juntaban. Dudó si despedirse con un beso, un abrazo o saludos. Este último le parecía demasiado formal, y los anteriores implicaban una idea de contacto físico inapropiado. Remató, simplemente, con un “gracias”. Espina contestó cuatro días más tarde. Escueto, dijo que podía hacerle una copia. Ella respondió bueno, si no es molestia, y nuevamente la duda de cómo terminar: pedirle que se lo dejara en casa era cualquiera; en la recepción del colegio, frío y distante; y si le decía de ir a tomar algo, demasiado. Dijo que podían cruzarse en algún momento a la tarde durante la semana, ella salía del colegio a las tres y pasaba cerca de la estación de Chacarita. A él le pareció bien, pero apenas preguntó cuándo, a ella se le nubló la agenda mental de los días por venir. De repente esa semana estaba complicada, pero la siguiente seguro que sí. Diez días de silencio y Espina, nada. Fue ella quien reanudó la correspondencia disculpándose, diciendo que esa semana también estaba ocupadísima, pero que la siguiente seguro, seguro. A los pocos días Espina mandó un correo en blanco, sin asunto, nada, y ella contestó si el jueves a las cuatro en la estación de Chacarita estaba bien para él. El martes Espina escribió para confirmar y le dejó su nuevo número de celular por cualquier cosa. El jueves, en el recreo del mediodía, ella le escribió un mensaje diciéndole que estaba complicada, perdón, mejor lo dejamos para otro momento. En realidad no pasaba nada fuera de lo común, salvo una pelea inexplicable con Adrián a la mañana y una ansiedad que iba en aumento a medida que se acercaba la hora de encontrarse. Incluso poniendo “momento” en vez de “día”, esperaba disipar esa niebla que se había vuelto demasiado espesa. Espina se mostró paciente, interesado, o por ahí no se hacía tanto problema y se estaba fumando sola todo el enrosque. Tras algunas idas y vueltas, volvieron a quedar a la misma hora en el mismo lugar, también un jueves. Este jueves. Un mes y medio, veinte correos y catorce mensajes de texto después, ahí estaba.

Había sido un rapto proponer verse, reconocía ahora, pero tampoco un rapto de los graves. Lo grave: era tardísimo, cuatro y veinte pasadas. Se había permitido llegar con algo de retraso, y diez, y cuarto, pero se le había ido la mano y ahora, sin encontrarlo bajo la arcada principal de la estación, sentía remordimientos. ¿Y si él se había hartado y se había ido? Escaneaba la cara y el aspecto de los que iban y venían con el mismo interés maníaco e inconstante que les dedicaba a las tapas de los diarios y revistas exhibidos en el quiosco del hall. No podía evitar descubrir errores de tipeo o faltas gramaticales, así como detectaba fallas orgánicas en ciertos cuerpos: una mujer tan petisa y obesa que parecía más ancha que alta, un tipo al que le faltaba un brazo y llevaba la manga libre del abrigo enroscada alrededor del cuello, otro con la cara picada como de viruela mal curada o piel quemada por una olla de aceite hirviendo que se le había venido encima de chico. Aunque se había repetido como un mantra que lo que estaba haciendo no estaba mal, que lo que estaba haciendo no estaba mal, que lo que estaba haciendo no estaba mal, lo que estaba haciendo igualmente un poco mal hacía que se sintiera por el solo hecho de haber estado escribiéndose con Espina, de haber quedado en encontrarse, de haber vuelto sobre sus pasos en ese campo minado cuando pensaba que todo había quedado guardado a cientos de metros bajo tierra en una bóveda de hormigón armado como un residuo nuclear. Sumado a la desconsideración de estar llegando tan tarde, la culpa salía a borbotones desde una napa corporal subterránea.

¿Hasta dónde era lo más lejos que se podía huir tomando un tren en la estación de Chacarita? General Lemos. Le tocaron el hombro desde atrás. No tuvo dudas de que era él; la certeza estaba dada por el alboroto repentino de su sangre. Espina tenía o aparentaba tener esa cara de fastidio masculino de pocas pulgas por el retraso. Ella, en vez de disculparse, preguntó si estaba todo bien con un descaro que sorprendió, porque en algún punto parecía destinado a provocar discordia, a hacer que esto de encontrarse se desmoronara por su propio peso en un abrir y cerrar de ojos. Espina retrocedió hasta la línea reglamentaria. Sí, dijo entre dientes. Fue cálido y rotundo y dio por saldada la cuestión. Había algo en la disposición de su boca medio abierta y el brillo que irradiaban sus ojos, la nariz grande, desproporcionada, que no le quedaba nada mal. Había algo, sí. Después de haberlo tenido tan presente en sus pensamientos las últimas semanas, después de haber pasado tantos meses desde la última vez que se habían visto, había tenido que calibrar la imagen que se había hecho de él en la cabeza con la del hombre que tenía enfrente. Supuso que a él también le estaría pasando algo similar y tensó sus facciones, en el que creía era el gesto que mejor le sentaba. La última vez que se habían visto era verano y habían terminado tan cerca el uno del otro, tan cerca, que apenas llegaba a verle los pómulos, los ojos, partes del pelo, mientras él le daba un beso profundo que ella no supo ni quiso rechazar.

Espina la descolocó al preguntarle qué tenía que hacer, si no tenía tiempo para acompañarlo a un lugar cerca, podían ir caminando. Ella dijo que sí, que no; que sí, estaba libre y que no, no tenía nada que hacer hasta las siete. Cruzaron la avenida hasta la entrada del cementerio municipal. A esa hora, como a lo largo de todo el día, todos los días de la semana, había personas entrando y saliendo de esta ciudadela mortuoria, deambulando por sus barrios populares y aristocráticos. A ella la idea de dar un paseo por ahí la alivió; era una escenografía inocente para neutralizar un encuentro intrépido. Qué había de malo en dar un paseo con un hombre que la había besado seis meses atrás, un hombre en el que pensaba de vez en cuando, un hombre al que quería volver a ver aunque estaba dispuesta a pararlo en seco si volvía a intentar algo. No estaban yendo a acostarse, apenas a dar una vuelta, ni siquiera a tomar un trago. Y si no había nada de malo, por qué se sentía esa mezcla de culpa y excitación.

Preguntó si era al cementerio a donde tenían que ir. Espina dijo que al cementerio, sí, pero no al municipal, sino a un pequeño cementerio británico que estaba justo del otro lado del predio. Tenía que sacarle una foto a una tumba en particular, para mandársela a un director de cine amigo. Un encargo un poco fastidioso que venía posponiendo hacía semanas, porque le quedaba un poco trasmano venir hasta Chacarita. Siguieron de largo por los negocios de venta de flores y coronas, caminaron frente al portón y después por la vereda desierta que bordeaba el predio del cementerio municipal. Espina llevaba una camisa a cuadros, un saco grueso y un pantalón oscuro que había conocido tiempos mejores. Ella se había preocupado por vestirse con ropa de todos los días: ese pantalón de vestir negro algo ceñido, el saquito verde, los zapatos que Adrián le había traído de su último viaje, y su abrigo favorito de ese invierno, un sobretodo impermeable negro con capucha. Era ropa que usaba para ir a trabajar un día cualquiera, pero había algo en el modo en que la había combinado. O tal vez fuera simplemente el toque inusual de delineador en sus ojos, el pelo suelto con su nuevo flequillo medio salvaje cortado en diagonal. Había algo, sí. Lo notó esa mañana en el colegio, por la avidez con que la miraron un par de colegas y alumnos de cuarto y quinto.

Filtrado por las copas de los árboles inmensos de avenida Elcano, el sol parecía no dar nunca sobre las baldosas con la intensidad suficiente para secar la perenne humedad. El margen opuesto de la curva interminable que la avenida daba alrededor del cementerio estaba flanqueado por las vías del tren que salían de la estación hacia el oeste. Del otro lado de las vías y del alambrado se veía un barrio de casas bajas que desde ahí parecía inaccesible, aunque, más avanzado el recorrido, ella descubriría un puente peatonal de hierro. Hablaban al ritmo que caminaban bordeando el paredón del cementerio municipal. Un diálogo fluido y caudaloso que saltaba de tema en tema: determinar si estaba haciendo lo que se decía frío o si la temperatura todavía estaba dentro del límite de lo agradable, cuál de los libros que un amigo en común había publicado era el preferido de cada uno, lo agotador que se volvía el trabajo en la escuela estas semanas después de las vacaciones de invierno, un viaje a un festival en Corea del Sur que Espina había tenido que rechazar.

Espina dijo que se la veía cambiada; o sea que se acordaba de su cara en detalle. Ella preguntó si cambiada para bien o para mal y él: para bien, claro que para bien. Y sus labios se amoldaron en esa semisonrisa que dejaba apenas al descubierto un par de dientes. Sus cejas se arquearon y los ojos se clavaron en los de ella, mientras abría las manos para poner énfasis en sus palabras y alcanzar un pico inesperado de elocuencia. Como sea: todo el tiempo hablaban mientras caminaban. Diez minutos de paso sostenido junto al paredón del cementerio municipal, cada tanto una entrada secundaria, un portón con candado, nada más. En un momento ella empezó a inquietarse. ¿Dónde la estaba llevando? No es que sospechara de las intenciones de Espina –aunque, si lo pensaba bien, ¿qué sabía sobre él, en realidad? Pero si les pasaba algo, si un desconocido de la nada les salía al cruce, muy fuerte iban a tener que gritar para que alguien los escuchara. De un momento a otro tendrían que estar por llegar, dijo Espina con un aplomo despreocupado y aventurero, como si estuviera listo para agarrarla del brazo, entrar a la estación Artigas y saltar sobre el primer tren que viniera para ir lejos, bien lejos, aunque muy lejos no hubieran podido llegar; apenas, con suerte, hasta los bordes del segundo cordón.

No dejaba de ser curioso, decía ahora, que el cementerio de la Chacarita hubiera sido emplazado en lo que en una época fueron los márgenes de la ciudad y ahora estuviera en su corazón mismo. ¿Por qué había despejado el resto de la tarde hasta las siete, si solo pensaba encontrarse con él para que le pasara un devedé, a lo sumo un café rápido cerca de la estación? ¿Quién hacía las preguntas? ¿Era una parte de ella que la reprobaba, o era la voz de Adrián haciéndose eco? La culpa volvió a emanar, y esta vez llegó hasta la superficie, porque sintió un calor en el cuello y en la cara, señal de que se había sonrojado como si la hubieran descubierto robando algo. Ya no sabía bien qué pensar, qué quería, qué tenía que hacer. Miró la hora en el celular y empezó a escribirle algo cariñoso a Adrián. Se arrepintió y guardó el teléfono con el mensaje a medias en el bolsillo del abrigo.

La curvatura de la avenida reducía tanto la visibilidad que fue de improviso que se toparon con la entrada del Cementerio Alemán. Espina dijo que faltaban apenas unos metros más, y antes de llegar al final –o al principio– de Elcano, en el extremo oeste del predio gigantesco de la Chacarita, frente a la estación, primera parada del convoy a Lemos, llegaron al Cementerio Británico y entraron por una puerta enrejada. No había nadie a la vista y avanzaron hasta la altura de la capilla. Era un parque, un verdadero jardín de paz con sus callejuelas surcando las parcelas cuidadas, los monumentos austeros, y un silencio acechado por el ruido lejano de los autos y colectivos que pasaban por la avenida. Cada tanto el tren que frenaba en la estación, el arrullo intermitente de los pájaros. Era una pradera detrás del arcoíris, un oasis en la ciudad tumultuosa. Ella se dejaba llevar; Espina parecía saber a dónde iban. Tenía que sacarle una foto a una tumba que habían visitado con un amigo inglés diez años atrás, la tumba del abuelo. Se acordaba de que era entrando a la izquierda, contra el paredón, pero no mucho más. Sabía el nombre y el apellido; podrían ir directamente y averiguarlo en la oficina de administración, pero no tendría la misma gracia, dijo.

Vagabundeaban con la mirada en las lápidas, descubriendo nombres e inscripciones. Eran las únicas personas a la vista; la labor reciente de los cuidadores se materializaba en un rastrillo y una pala apoyada contra un árbol, la manguera de riego prolijamente ovillada, la canilla que goteaba indecisa, el césped cortado al ras, una carretilla vacía y, adentro, una regadera metálica. La mayoría de los árboles eran pinos, tilos y de otras especies que no hubiera sabido nombrar. ¿Sería Espina esa clase de hombre que sabe los nombres de árboles y plantas? De la noche en que la besó en el patio de la productora se acuerda sobre todo del calor de sus labios, de cómo a ella le latía desbocadamente el cuerpo y le temblaba la pierna izquierda, y del olor dulzón de las flores de verano. Jazmines, debían de ser.

La calle principal de asfalto estaba atravesada por unas callecitas de gravilla más angostas, que a su vez eran atravesadas por unos pasajes todavía más angostos, pasillos de una plaza, podría decirse. Cuando caminaban por ahí se rozaban un poco, o Espina frenaba para dejarla pasar, y ella sentía la mirada de él –mucho menos discreta que sus semisonrisas– recorriéndole la espalda, la nuca, el cuello, las manos. Se detuvieron frente al sepulcro poblado de hiedra de la familia Hermosilla. Les llamó la atención la placa de Nemesia C de Hermosilla. 19 de diciembre de 1865 – 4 de mayo de 1958 junto a la de Sara Hermosilla. 16/11/1896 – 10/5/1958. Una era mucho mayor que la otra, pero murieron con seis días de diferencia. Como si luego de la muerte de la madre, la hija, de sesenta y tres, hubiera muerto de tristeza, dijo ella. O por ahí tuvieron un accidente en la ruta y la madre murió de inmediato y la hija estuvo una semana agonizando, dijo Espina, que enseguida se dejó llevar por un tal Peter Doherty muerto el 20 de noviembre de 1938. Y después, por un tal Alejandro Rendina, muerto a los dos días de nacer, en febrero de 1968. Espina dijo que la muerte de un bebé le resultaba algo desconsoladamente triste y purísimo a la vez. 

Espina señaló un banco de madera sobre el que daba el sol de esa tarde de invierno. ¿Hacía cuánto que no se acostaba con un hombre que no fuera Adrián? ¿Estaba bien? ¿En eso consistía estar enamorada, o apenas estaba cumpliendo con las normas de lealtad de la pareja? ¿Cinco años con Adrián equivaldrían a tres o cuatro meses con un tipo como Espina, como las aceitunas y el bife chico? Un fin de semana eterno de tres meses antes de que te dejara por la protagonista de su próxima película. Y eso qué tenía que ver. Para cortar camino, cruzaron sobre una hilera de parcelas por una parte del terreno en el que no había lápidas ni inscripciones. La tierra estaba removida como si acabaran de enterrar a alguien o de retirar viejos restos. Al pisar, percibieron que el suelo tenía una consistencia distinta. No estaba asentado ni compactado y las pisadas se hundían más de lo normal.

Cementerio de Disidentes, así se los llamaba. El primero estuvo en lo que hoy sería la esquina de Juncal y Esmeralda. Lo estrenó un tal John Adams, carpintero de treinta años. Antes de eso, en estas tierras, a los que no eran católicos se los enterraba a orillas del río. Además de los británicos, también lo usaron alemanes, yanquis, franceses y judíos. Enseguida quedó colmado y se abrió un segundo, el Victoria, que se repartieron entre los británicos, los yanquis y los alemanes. El Victoria quedaba en lo que hoy es Pasco y Alsina. Ella conoce, la abuela vivía a dos cuadras. ¿Viste la plaza? Bueno, hasta hace cien años fue un cementerio. Pero la ciudad creció y los vecinos reclamaron el traslado. Entonces les cedieron estos terrenos traseros de la Chacarita: uno para los británicos y demás anglosajones, y otro para los alemanes. Mientras tanto, el Victoria quedó abandonado. Pasaron las décadas y se convirtió en un baldío. Tiempo después hicieron la plaza. Las sepulturas que no fueron reclamadas, o las de aquellas familias que no podían pagar el traslado, siempre que estuvieran a más de un metro y medio de profundidad, fueron dejadas intactas. Hace unos años, en la plaza estaban haciendo obras de renovación, y cuando levantaron el arenero, encontraron una lápida de mármol de la tumba de una niña de diez meses de familia alemana, y huesos, collares, botellas.

Se puso a revolver en la cartera rastreando cigarrillos. Era el primero del día. No pudo aguantarse contarle que la médica china a la que iba, que se llamaba Alejandra pero era china-china, le había dicho que tenía que fumar uno o dos por día, no más, ya bastante fuego en los pulmones tenía ella. Algo que, por otra parte, no era para nada malo, aclaró. Cada vez que iba a lo de la china, preguntaba, le sacaba conversación. Todo lo que decía sobre salud, sobre la vida en general, le resultaba valioso, portador de cierta sabiduría. Desde que había aprendido a manejar los vicios, Espina había descubierto que el tabaco era el peor, y a su vez el más inofensivo. Fumarse un cigarrillo, dijo añorando.

Espina preguntó cómo iban las clases. De repente, hablarle del trabajo en el colegio, o que él demostrara interés por sus cosas hizo que su rutina cobrara una tonalidad distinta, más vivaz. Le agradaba tenerlo cerca. La hacía sentir apaciguada, expandida, inspirada consigo misma, y no le parecía descabellado creer que a él le pasaba otro tanto. Le preguntó si estaba traduciendo algo y ella se apuró a inventar que sí, un libro de ensayos bastante complejo que le estaba llevando más tiempo del pensado. Tal vez estando cerca de Espina viviría con mayor intensidad, y dejaría de postergar lo verdaderamente importante. Entonces él le preguntó por los alumnos, cómo se llevaba con eso de estar al frente de un curso de adolescentes, y ella empezó a decir que bien, tenía sus momentos más o menos insufribles, pero le gustaba. Él era bastante desastre en el secundario, pero si hubiera tenido una profesora como ella, dijo, hubiera aprendido inglés nomás para complacerla, y se le escapó una de esas semisonrisas.

Justo detrás del banco en el que estaban sentados, se escondía la lápida de la familia Byrding, partida en dos por el ímpetu del tronco de un árbol que había ido creciendo, lenta, milimétricamente, a lo largo de los años. Podía contar con los dedos de la mano las veces que se habían visto cara a cara, pero en cada una de ellas había descubierto una nueva faceta de Espina. De a poco empezó a intuir que detrás de ese dandi mujeriego se escondía algo auténtico y frágil, un poco malcriado pero incandescente. Por el modo en que desenvolvía su cuerpo, se la notaba a la defensiva esperando que en algún momento él intentara un acercamiento. La vez que la besó, un observador imparcial, externo, un juez de línea o un jurado del boxeo de la seducción, no podría afirmar que ella lo rechazó. Pero tampoco que cumplió su papel en la ceremonia del beso. Más bien, que se dejó besar hasta que Espina se apartó apenas, para tomar aire, y entonces, roto el encantamiento, ella dijo que tenía que irse, que esto estaba mal, muy mal, que ella estaba de novia, que por favor la entendiera. Dijo varias veces perdón y por favor mientras él la acompañaba hasta la puerta.

Hubo un tiempo, cuando recién empezaba con el cine, en que trabajó para el festival de la ciudad. Le tocaba acompañar a los invitados extranjeros día y noche durante su estadía. Un año le tocó asistir a Keith Reitzal, un director inglés medio de culto. Muy jovial a pesar de que tenía cuarenta años más que él, era divertido y poco demandante. Salvo una mañana, la anteúltima, en que Reitzal pidió que por favor lo acompañara a un sitio de “importancia vital”. Tomamos el subte en el Abasto y nos bajamos en Estación Lacroze. Pensé que se le había antojado comer una porción en alguna de las pizzerías de la zona, o tal vez hacer una visita a la Chacarita para ver la tumba de Gardel o de Gatica. Pero cruzamos por adelante de las rejas del cementerio municipal y seguimos caminando por la misma vereda por la que vinimos hoy. Me sorprendía verlo caminar tan seguro y decidido por un recoveco de la ciudad en el que yo nunca había estado. Le recomendé que nos tomáramos un taxi, podía ser una zona peligrosa, pero Reitzal se negaba. Estaba decidido, necesitaba ir caminando, tal como había hecho la vez anterior. ¿Así que ya estuvo por acá, usted, una vez? Años antes, el mismo festival le había dedicado una retrospectiva. Esta no es mi primera visita a la ciudad, pero temo que sea la última, dijo. Caminaba más rápido que yo. Tenía que esforzarme para seguirle el ritmo. Empecé a preocuparme por el estado del viejo, que parecía a punto de quedarse sin aire en cualquier momento. Cuando finalmente llegamos al Cementerio Británico, entramos y me llevó directo hasta una parcela al fondo a la izquierda, sobre la calle que corre junto al paredón. Y ahí nos topamos con la inscripción en una lápida de un nombre idéntico al suyo. Nombre, apellido: Keith Reitzal. Su abuelo paterno. Un ingeniero inglés destinado a la filial argentina de una empresa naviera que había venido con la mujer y sus tres hijos. Mi padre era el menor, tenía dos años. Al poco tiempo el abuelo tuvo un accidente fatal en el puerto. La abuela de Keith al principio decidió seguir en el país: la empresa les dio una pensión muy generosa y la casa en la que vivían era una pequeña mansión. Pero se le hizo muy difícil sin manejar el idioma, sola y con tres hijos, y volvieron. Hubo tentativas de repatriar los restos, pero vino la guerra y después, después…, contó Reitzal agitando las manos con ese ademán usado para graficar los proyectos de “importancia vital” que se van desdibujando en el tiempo. Su padre siempre hablaba de la tumba de su propio padre en la Argentina con un dolor solo paliado por tratarse de un cementerio británico, como si estos sitios fueran embajadas extranjeras de la muerte, pequeños países neutrales que conforman una red de diplomacia fúnebre internacional.

Desde la muerte de su padre, Reitzal había tenido entre sus planes viajar al país, pero nunca había encontrado la oportunidad. No iba a venir únicamente para visitar una tumba. Hasta que lo invitaron al festival. Entonces todavía era joven y había llegado caminando solo. En cambio esta segunda vez, me confesó, aunque sonara curioso, había aceptado venir a presentar una película suya, algo que a su edad casi no hacía, únicamente para poder volver a estar parado delante de la tumba de su abuelo. ¿Y entonces?, preguntó ella. Reitzal se quedó unos minutos callado, dijo Espina. Al viejo se le ensombreció la expresión, pero transmitía paz. Me aguanté lo que pude, pero en un momento le pregunté si prefería que lo dejara solo. Lo que menos quería en ese momento, dijo, era estar solo, que le hiciera el favor de sacarlo de ahí, que ni el sol ni la muerte son algo que pueden mirarse de frente por demasiado tiempo. Antes de salir del cementerio, Reitzal levantó la vista hacia una inscripción en latín. Le pregunté qué significaba y me dijo, en inglés, algo así como: “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. Paramos un taxi y me pidió de ir a tomar un trago. Tenía antojo de una bebida alemana hecha a base de hierbas, pero lo más parecido que encontramos fue fernet, que tomó puro, con hielo, y después otro, y después un taxi para llegar a tiempo a las preguntas del público en el cine donde estaban proyectando su película. Habían pasado por lo menos diez años, se había encontrado con Keith en varios festivales por el mundo, pero él nunca había vuelto a Buenos Aires. Hace poco le había pedido si por favor podía ir a sacar una foto de la tumba de su abuelo. Lo necesitaba para la tapa de un libro autobiográfico que estaba escribiendo. Una tumba con mi nombre en la otra punta del mundo, creo que es la imagen apropiada para la autobiografía de un viejo de setenta y ocho años, dijo, pero Espina no terminaba de decidirse si le parecía genial o simplemente macabro.

Con el transcurrir de la tarde, ella sentía que estaban cada vez más cerca, pero al menos sus cuerpos permanecían en el mismo lugar que al sentarse. Espina, siempre erguido, movía los brazos cuando hablaba y se le iluminaban los ojos. Cada tanto se refregaba la nariz, se rascaba enérgicamente el pelo. Tenía algo en los gestos, en la postura, en el modo en que estaba presente, una gracia que podía doblegar cualquier resistencia. En un momento, acercó la mano para espantarle un mosquito, y ella se replegó por acto reflejo y él le dijo “tranquila”. Era lindo Espina. Al darle un sobre con el devedé copiado, ahí sí, se arrimó un poco. Un par de noches más adelante, al ver la película sola en la cama, no va a poder evitar acordarse de sus labios tibios, del galopar desbocado de su pulso, de la fuerza que tuvo que hacer mentalmente para que su pierna no empezara a golpetear contra el suelo, del aroma dulzón de los jazmines, pero también de esta tarde en el cementerio vacío, escondidos en un recoveco de la ciudad, hablando mientras el tiempo transcurría despreocupadamente, como si se hubieran tomado un tren para teletransportarse a un pueblo perdido en el norte de Europa por una hora y media.

Cada dos por tres pensaba que antes de despedirse esa tarde Espina iba a intentar besarla, y recapitulaba mentalmente una serie de reparos detrás de los que planeaba escudarse. Por favor, por favor. En realidad, solo uno: que estaba, hacía años, con un hombre. Lo tenía tan en la punta de la lengua, que aunque Espina se quedó en el molde, ella, sin poder controlarse, lo dijo en voz alta. Él quiso saber si es que vivían juntos, y ella atolondrada dijo “vivimos juntos”. Ella había querido decir que habían vivido juntos, que habían vivido, en el pasado, juntos, que no había resultado y que ahora seguían juntos pero sin vivir, pero él entendió que vivía con alguien en el presente, vivimos juntos, un malentendido gramatical que iba a llevarles mucho tiempo desenredar. Porque iban a volver a verse, una vez, y otra, pero en ese momento ninguno de los dos lo sabía. Preguntó qué tal el Cementerio Alemán. Era parecido a este pero más prolijo y cuidado. Por qué no la llevaba a conocer. Estaba por cerrar, tal vez más adelante pudieran repetir la excursión, dijo él. Supuso que ahora volver caminando con él en silencio hasta Chacarita iba a resultar incómodo. Mejor decir que estaba apurada y tomarse un taxi. ¿Lo había dicho por compromiso eso de que quería volver a verla? Ella encantada hubiera aceptado, hubiera firmado ahí mismo, aunque no le gustaba mentirle a Adrián, y contarle que iba de paseo con Espina por rincones secretos de la ciudad no estaba entre las posibilidades. ¿O sí? Algo iba a tener que hacer.

Como si tuviera en claro que un beso, en estas circunstancias, era lo único que no podían darse, esta vez Espina se había mostrado cauto y despreocupado, sin avanzar, o avanzando de una forma imperceptible, milimétrica. Eso a ella le generó una mezcla de alivio y decepción. ¿Y si ya no se sentía atraído por ella? Se puso de pie y, frotándose los brazos, dijo que le había entrado frío en los huesos, que mejor volvieran, se estaba haciendo tarde.

El otoño se parece más al verano que el verano. Era un día caluroso de otoño. Con mi vestido de seda azul y el perrito pequinés que me habían regalado para mi cumpleaños llegué a casa de mi novio. Recuerdo patente aquel día.

–Los celos rigen el mundo –decía la señora de Yapura, creyendo que yo no me casaba con Romirio por celos–. Mi hijo duerme solo con el gato.

Yo no me casaba o no me decidía a casarme con Romirio por otros motivos. A veces las palabras que las personas dicen dependen de la entonación de la voz con que las dicen. Parece que divago, pero hay una explicación. La voz de Romirio, mi novio, me repugnaba. Cualquier palabra que pronunciara, aunque tuviera mucho respeto por mí al decirla, aunque no me tocara ni un dedo del pie, me parecía obscena. No podía quererlo. Esta circunstancia me apenaba, no por él sino por su madre, que era generosa y buena. El único defecto que se le conocía eran los celos, pero ya era vieja y los habría perdido. ¿Y acaso hay que creer en las habladurías? La gente contaba que se casó muy joven con un muchacho que pronto la engañó con otra. Al sospechar la cosa, ella vivió un mes sin dormir tratando de descubrir el adulterio. Descubrirlo fue como una cuchillada que recibió en el corazón. No dijo nada, pero aquella misma noche, cuando su marido dormía a su lado, se le echó al cuello para estrangularlo. La madre de la víctima acudió para salvarlo; si no hubiera sido por ella habría muerto.

Mi noviazgo con Romirio se prolongaba demasiado. «¿Qué es una voz?», pensaba yo, «no es una mano que acaricia con insolencia, no es una boca repulsiva que intenta besarme, no es el sexo obsceno y protuberante que temo, no es material como las nalgas ni caliente como un vientre». Sin embargo, la voz de Romirio significaba algo mucho más desagradable que todo eso para mí. ¡Cómo soportaría que un hombre viviera a mi lado repartiendo esa voz a quien quisiera oírla! Esa voz visceral, impúdica, escatológica. ¿Pero quién se atreve a decir a su novio: «tu voz me desagrada, me repugna, me escandaliza, es como en el catecismo de mi infancia la palabra lujuria»?

Nuestro casamiento se postergaba indefinidamente, sin que existieran, aparentemente, verdaderos motivos para ello.

Romirio me visitaba todas las tardes. Rara vez yo iba a su oscura casa, porque su madre, que era enferma, se acostaba temprano. Asimismo, me gustaba mucho el jardincito, lleno de sombras, y Lamberti, el gato barcino de Romirio. Novios tan recatados como nosotros no existían en todo el vecindario. Si nos besamos una vez durante el verano de aquel año fue mucho. ¿Tomarnos de la mano? Ni por broma. ¿Abrazarnos? Ya no se usaba bailar abrazados. Este desusado comportamiento hacía sospechar que no nos casaríamos nunca.

Aquel día llevé a casa de Romirio el perrito pequinés que me habían regalado. Romirio lo tomó en brazos para acariciarlo. ¡Pobre Romirio, le gustaban tanto los animalitos! Estábamos sentados en la sala como de costumbre cuando el pelo de Lamberti se erizó y con un ruido de escupida huyó de nuestro lado volteando una maceta con flores. Llorando me llamó al día siguiente la señora de Yapura: aquella misma noche, como siempre, Romirio durmió con Lamberti en su cama, pero en medio de la noche el gato enfurecido le clavó las uñas a Romirio en el cuello. La madre acudió al oír los gritos. Logró arrancar el gato del cuello de su hijo y lo estranguló con una correa. Dicen que nada es tan terrible como un gato enfurecido. No me cuesta creerlo. Los detesto. Romirio quedó sin voz desde entonces y los médicos que lo vieron dijeron que no la recobraría jamás.

–No te casarás con Romirio –dijo llorando su madre–. ¡Por algo yo le decía a mi hijo que no durmiera con el gato!

–Me casaré –le respondí.

Amé a Romirio desde aquel día.  

Cuando yo era niña, mi madre tuvo un hongo en una uña del pie. En el pulgar izquierdo, más precisamente. Desde que lo descubrió, intentó cualquier cantidad de remedios para deshacerse de él. Cada mañana, al salir de la ducha vertía sobre su dedo, con ayuda de una brocha diminuta, una capa de yodo cuyo olor y tono sepia, casi rojizo, recuerdo muy bien. Visitó sin éxito a varios dermatólogos, incluidos los más prestigiosos y caros de la ciudad, que repetían sus diagnósticos y aconsejaban los mismos e inútiles tratamientos: desde las ortodoxas pomadas con clotrimazol hasta el vinagre de manzana. El más radical de ellos llegó a recetarle una dosis moderada de cortisona que tuvo como único efecto inflamar el dedo amarillento de mi madre. A pesar de sus esfuerzos por exterminarlo, el hongo permaneció ahí durante años, hasta que una medicina china, a la que nadie –ni ella– daba crédito, consiguió ahuyentarlo en pocos días. Algo tan inesperado que no pude dejar de preguntarme si no fue el parásito quien decidió marcharse a otro lugar.

Hasta ese momento, los hongos habían sido siempre –al menos para mí– objetos curiosos que aparecían en los dibujos para niños y que relacionaba con los bosques y los duendes. En todo caso, nada parecido a esa rugosidad que daba a la uña de mi madre la textura de una ostra. Sin embargo, más que el aspecto incierto y movedizo, más que su tenacidad y su aferramiento al dedo invadido, lo que recuerdo particularmente en todo ese asunto fue el asco y el rechazo que el parásito provocaba en ella. A lo largo de los años, he visto otras personas con micosis en diferentes partes del cuerpo. Micosis de todo tipo, desde las que producen una peladura áspera y seca en la planta de los pies, hasta los hongos rojos y circulares que suelen aparecer en las manos de los cocineros. La mayoría de la gente los lleva con resignación, otros con estoicismo, algunos con verdadera negligencia. Mi madre, en cambio, vivía la presencia de su hongo como si se tratara de una calamidad vergonzosa. Aterrada por la idea de que pudiera extenderse al resto del pie o, peor aún, a todo su cuerpo, separaba la uña afectada con un pedazo grueso de algodón para impedir que rozara el dedo contiguo. Nunca usaba sandalias y evitaba descalzarse frente a nadie que no fuera de mucha confianza. Si, por alguna razón, debía utilizar una ducha pública, lo hacía pisando siempre unas chancletas de plástico y, para bañarse en la piscina, se quitaba los zapatos en el borde, justo antes de zambullirse, para que los demás no miraran sus pies. Y era mejor así, pues cualquiera que hubiese descubierto ese dedo, sometido a tantos tratamientos, habría creído que, en vez de un simple hongo, lo que mi madre tenía era un comienzo de lepra.

Los niños, a diferencia de los adultos, se adaptan a todo y, poco a poco, a pesar del asco que ella le tenía, yo empecé a considerar ese hongo como una presencia cotidiana en mi vida de familia. No me inspiraba la misma aversión que le tenía mi madre, más bien todo lo contrario. Esa uña pintada de yodo que yo veía vulnerable me causaba una simpatía protectora parecida a la que habría sentido por una mascota tullida con problemas para desplazarse. El tiempo siguió pasando y mi madre dejó de formar tanta alharaca alrededor de su dolencia. Yo, por mi parte, al crecer lo olvidé por completo y no volví a pensar en los hongos hasta que conocí a Philippe Laval.

Para ese entonces, tenía treinta y cinco recién cumplidos. Estaba casada con un hombre paciente y generoso, diez años mayor que yo, director de la Escuela Nacional de Música en la que había realizado la primera parte de mis estudios como violinista. No tenía hijos. Lo había intentado durante un tiempo, sin éxito, pero, lejos de atormentarme por ello, me sentía afortunada de poder concentrarme en mi carrera. Había terminado una formación en Julliard y construido un pequeño prestigio internacional, suficiente para que dos o tres veces al año me invitaran a Europa o Estados Unidos a dar algún concierto. Acababa de grabar un disco en Dinamarca y estaba por viajar de nuevo a Copenhague para impartir un curso de seis semanas, en un palacio al que acudían cada verano los mejores estudiantes del mundo.

Recuerdo que un viernes por la tarde, poco antes de mi partida, recibí una lista con las fichas biográficas de los profesores que coincidiríamos aquel año en la residencia. Entre ellas la de Laval. No era la primera vez que leía su nombre. Se trataba de un violinista y director con mucho prestigio y, en más de una ocasión, había escuchado, en boca de mis amigos, comentarios muy elogiosos sobre su desempeño en escena y la naturalidad con la que dirigía la orquesta desde el violín. Por la ficha, me enteré de que era francés y que vivía en Bruselas, aunque con frecuencia viajaba a Vancouver, donde enseñaba en la Escuela de Artes. Ese fin de semana, Mauricio, mi marido, había salido de la ciudad para asistir a un congreso. No tenía planes para la noche y me puse a buscar en Internet qué conciertos de Laval se vendían en línea. Después de fisgonear un poco, terminé comprando el de Beethoven, grabado en vivo años atrás en el Carnegie Hall. Recuerdo la sensación de estupor que me produjo escucharlo. Hacía calor. Tenías las puertas del balcón abiertas para que entrara por la ventana el aire fresco y, aun así, la emoción me impidió respirar normalmente. Todo violinista conoce este concierto, muchos de memoria, pero la forma de interpretarlo fue un descubrimiento absoluto. Como si por fin pudiera comprenderlo en toda su profundidad. Sentí una mezcla de reverencia, de envidia y de agradecimiento. Lo escuché por lo menos tres veces y en todas se reprodujo el mismo escalofrío. Busqué después piezas interpretadas por otros músicos invitados a Copenhague y, aunque el nivel era sin duda muy alto, ninguno logró sorprenderme tanto como lo hizo Laval. Después cerré el archivo y, aunque pensé en él en varias ocasiones, no volví a escuchar el concierto durante las dos semanas siguientes.

No era la primera vez que me separaba por un par de meses de Mauricio pero la costumbre no eliminaba la tristeza de dejarlo. Como siempre que hacía un viaje largo, le insistí en que viniera conmigo. La residencia lo permitía y, aunque él se empeñaba en negarlo, estoy convencida de que su trabajo también. Al menos habría podido pasar dos de las seis semanas que duraba el curso o visitarme una vez al principio y otra al final de mi estancia. De haber aceptado, las cosas entre nosotros habrían tomado un rumbo distinto. Sin embargo, él no le veía sentido. Decía que el tiempo iba a pasar rápido para ambos y que lo más conveniente era que me concentrara en mi trabajo. Se trataba, en su opinión, de una gran oportunidad para sondear dentro de mí misma y compartir con otros músicos. No debía desaprovecharla y tampoco interrumpirla. Y lo fue, sólo que no del modo en que lo esperábamos.

El castillo en el que tuvo lugar la escuela de verano se encontraba en el barrio de Christiania, a las afueras de la ciudad. Estábamos a finales de julio y por la noche la temperatura exterior era muy agradable. No tardé casi nada en hacerme amiga de Laval. Al principio sus horarios eran más o menos similares a los míos: él era indiscutiblemente noctámbulo y yo todavía estaba acostumbrada al ritmo americano. Después de las clases, trabajábamos a la misma hora en cuartos insonorizados para no despertar a los demás y coincidíamos de cuando en cuando en la cocina o frente a la mesita del té. Éramos los primeros –y los únicos– en llegar al desayuno tan temprano, cuando el comedor comenzaba su servicio. De ser amable y en exceso cortés, la conversación se fue volviendo cada vez más personal. Muy rápido se dio entre nosotros un trato íntimo y una sensación de cercanía, distinta de la que me inspiraban los otros profesores.

Una escuela de verano es un lugar fuera de la realidad que nos deja dedicarnos a aquello que usualmente no nos permitimos. En las horas libres, uno puede otorgarse toda clase de licencias: visitar a fondo la ciudad a la que ha sido invitado, asistir a cenas o a espectáculos, socializar con sus habitantes o con otros residentes, entregarse a la pereza, a la bulimia o a algún comportamiento adictivo. Laval y yo caímos en la tentación del enamoramiento. Al parecer, todo un clásico en ese tipo de sitios. Durante las seis semanas que duró la residencia, paseamos juntos en autobús y en bicicleta por los parques de Copenhague, visitamos bares y museos, asistimos a la ópera y a varios conciertos, pero, sobre todo, nos dedicamos a conocernos, hasta donde fuera posible, en ese lapso reducido de tiempo. Cuando una relación se sabe condenada a una fecha precisa es más fácil dejar caer las barreras con las que uno suele protegerse. Somos más benignos, más indulgentes, con alguien que pronto dejará de estar ahí que frente a quienes se perfilan como parejas a largo plazo. Ningún defecto, ninguna tara resulta desalentadora, ya que no habremos de soportarla en el futuro. Cuando una relación tiene una fecha de caducidad tan clara como la nuestra, ni siquiera perdemos el tiempo en juzgar al otro. Lo único en lo que uno se concentra es en disfrutar sus cualidades a fondo, con premura, vorazmente, pues el tiempo corre en nuestra contra. Eso fue al menos lo que nos sucedió a Philippe y a mí durante aquella residencia. Sus incontables manías a la hora de trabajar, de dormir o de ordenar su habitación me parecían divertidas. Su miedo a la enfermedad y a todo tipo de contagio, su insomnio crónico, me enternecían y me llevaban a querer protegerlo. Lo mismo le pasaba a él con mis obsesiones, mis miedos, mi propio insomnio y mi frustración constante en lo que a la música se refería. Hay que decir, sin embargo, que esa fue una época de mucha creatividad. Si en el disco que había grabado meses antes en Copenhague yo misma notaba cierta rigidez, cierta precisión de relojería, ahora mi música tenía más soltura y mayor presencia. No la vigilancia estricta de quien teme equivocarse, sino la entrega y la espontaneidad de quien disfruta a fondo lo que está haciendo. Hay, por suerte, algunas evidencias de ese momento privilegiado en mi carrera. Además de las grabaciones a las que obliga la institución que nos había contratado, hice tres programas de radio que conservo entre los testimonios de mis mayores logros personales. Laval dirigió dos conciertos en el Teatro Real de Copenhague y ambos fueron sobrecogedores. El público lo ovacionó de pie durante varios minutos y, al final del evento, los músicos aseguraron que compartir la escena con él había sido un privilegio. Yo, que desde entonces he seguido de cerca todo su desarrollo, puedo decir que el mes y medio pasado en esa ciudad constituye uno de los mejores momentos –si no el mejor– de toda su carrera. Es verdad que desde entonces se ha estabilizado, pero basta escuchar las grabaciones realizadas en esas semanas para darse cuenta: hay en ellas una transparencia muy particular en cuanto a la emoción se refiere.

Como yo, Laval estaba casado. En un chalet situado en las afueras de Bruselas, lo esperaban su mujer y sus hijas, tres niñas rubias y de cara redonda, cuyas fotos atesoraba en su teléfono. De nuestras respectivas parejas preferíamos no hablar demasiado. A pesar de lo que pueda pensarse, en ese estado de alegría excepcional no había espacio para la culpa ni para el miedo de lo que sobrevendría después, cuando cada quien regresara a su mundo. No había otro tiempo salvo el presente. Era como vivir en una dimensión paralela. Quien no haya pasado por algo semejante pensará que pergeño estas malogradas metáforas para justificarme. Quien sí, sabrá exactamente de lo que estoy hablando. A finales de septiembre, la residencia terminó y volvimos a nuestros países. Al principio nos vino bien llegar a casa y recuperar la vida cotidiana, pero, al menos en lo que a mí respecta, no volví al mismo lugar del que me había ido. Para empezar, Mauricio no estaba en la ciudad. Un viaje de trabajo lo había llevado a Laredo. Esa ausencia no pudo haberme venido mejor. Me dio el tiempo perfecto para reencontrarme con el departamento y con mi vida cotidiana. Es verdad, por ejemplo, que en mi estudio las cosas estaban intactas: los libros y los discos en su lugar, mi atril y mis partituras cubiertas por una capa de polvo apenas más gruesa que antes de dejarlos. Sin embargo, la forma de estar en mi casa y en todos los espacios, incluido mi propio cuerpo, se había transformado y, aunque entonces no fuera consciente de ello, resultaba imposible dar vuelta atrás. Los primeros días, seguía llevando conmigo el olor y los sabores de Philippe. Con una frecuencia mayor de la que hubiera deseado, se me venían encima como oleadas abrumadoras. A pesar de mis esfuerzos por mantener la templanza, nada de esto me dejaba indiferente. Al acuse de las sensaciones descritas, seguía el sentimiento de pérdida, de añoranza y después la culpa por reaccionar así. Quería que mi vida siguiera siendo la misma, no porque fuera mi única alternativa, sino porque me gustaba. La elegía cada mañana al despertarme en mi habitación, en esa cama que durante más de diez años había compartido con mi esposo. Elegía eso y no los tsunamis sensoriales ni los recuerdos que, de haber podido, habría erradicado para siempre. Pero mi voluntad era un antídoto insuficiente contra la influencia de Philippe.

Mauricio volvió un sábado a mediodía, antes de que lograra poner orden en mis sentimientos. Lo recibí aliviada, como quien encuentra en medio de una tormenta el bote que lo salvará del naufragio. Pasamos juntos el fin de semana. Fuimos al cine y al supermercado. El domingo desayunamos en uno de nuestros restaurantes favoritos. Nos contamos los detalles de los viajes y los inconvenientes de nuestros respectivos vuelos. Durante esos días de reencuentro, me pregunté en varias ocasiones si debía explicarle lo sucedido con Laval. Me molestaba esconderle cosas, sobre todo tan serias como esa. Nunca lo había hecho. Me di cuenta de que necesitaba su absolución y, de ser posible, su consuelo. Sin embargo, preferí no decir nada por el momento. Mayor que mi necesidad de ser honesta, era el miedo a lastimarlo, a que algo se rompiera entre nosotros. El lunes, ambos retomamos el trabajo. Los recuerdos seguían asaltándome pero logré controlarlos con cierta destreza hasta que, dos semanas después, Laval volvió a aparecer.

Una tarde, recibí una llamada de larga distancia cuya clave no identifiqué en la pantalla. Antes de responder se aceleró mi ritmo cardiaco. Levanté el auricular y, después de un corto silencio, reconocí el Amati de Laval del otro lado del hilo. Escucharlo tocar a miles de kilómetros, estando en mi propia casa, consiguió que lo que empezaba a sanar con tanto esfuerzo, sufriera un nuevo desagarre. Esa llamada, en apariencia inofensiva, consiguió introducir a Philippe en un espacio al que no pertenecía. ¿Qué buscaba llamando de esa manera? Probablemente restablecer el contacto, mostrar que seguía pensando en mí y que el sentimiento no se había apagado. Nada en términos concretos y, al mismo tiempo, mucho más de lo que mi estabilidad emocional podía soportar. Hubo una segunda llamada, esta vez con su propia voz, hecha, según dijo, desde una cabina a dos cuadras de su casa. Me explicó lo que su música me había dicho antes: seguía pensando en nosotros y le estaba costando mucho desprenderse. Habló y habló durante varios minutos, hasta agotar el crédito que había puesto en el teléfono. Apenas tuve tiempo de aclararle dos puntos importantes. Primero: todo lo que él sentía era mutuo y, segundo, no quería que volviese a llamar a mi casa. Laval sustituyó las llamadas por correos electrónicos y mensajes al celular. Escribía por las mañanas y por las noches, contándome todo tipo de cosas, desde su estado de ánimo hasta el menú de sus comidas y cenas. Me hacía la reseña de sus salidas y de sus eventos de trabajo, las ocurrencias y las enfermedades de sus hijas y, sobre todo –esa era la parte más difícil–, la descripción detallada de su deseo. Así fue como la dimensión paralela, que creía cancelada para siempre, no sólo se abrió de nuevo sino que empezó a volverse cotidiana, robándole espacio a la realidad tangible de mi vida, en la que cada vez yo estaba menos presente. Poco a poco aprendí sus rutinas, las horas a las que llevaba a las niñas al colegio, los días en los que estaba en casa y aquellos en los que salía del pueblo. El intercambio de mensajes me daba acceso a su mundo y, a base de preguntas, Laval consiguió abrirse un espacio similar en mi propia existencia. Siempre he sido una persona con tendencias fantasiosas pero esa característica aumentó vertiginosamente por culpa suya. Si hasta entonces había vivido el setenta por ciento del tiempo en la realidad y el treinta en la imaginación, el porcentaje se invirtió por completo, al punto en que todas las personas que entraban en contacto conmigo empezaron a preocuparse, incluido Mauricio, quien, sospecho, ya albergaba alguna idea de lo que estaba pasando.

Me fui volviendo adicta a la correspondencia con Laval, a esa conversación interminable, y a considerarla como la parte más intensa e imprescindible de mi vida diaria. Cuando, por alguna razón, tardaba más de lo habitual en escribir o le era imposible responder pronto a mis mensajes, mi cuerpo daba señales claras de ansiedad: mandíbulas apretadas, sudor en las manos, movimiento involuntario de una pierna. Si antes, sobre todo en Copenhague, casi no hablábamos de nuestras respectivas parejas, en el diálogo a distancia, aquella restricción dejó de ser vigente. Nuestros matrimonios se convirtieron en objeto de voyerismo cotidiano. Primero, nos contábamos sólo las sospechas y las preocupaciones de nuestros cónyuges, luego las discusiones y los juicios que hacíamos sobre ellos pero también los gestos de ternura que tenían hacia nosotros, para justificar ante el otro, y ante nosotros mismos, la decisión de seguir casados. A diferencia de mí, que vivía en un matrimonio apacible y taciturno, Laval era infeliz con su mujer. Al menos eso me contaba. Su relación, que había durado ya más de dieciocho años, constituía la mayor parte del tiempo un verdadero infierno. Catherine, su esposa, no hacía sino exigirle atención y cuidados intensivos y descargaba sobre él su incontenible violencia. Era tristísimo pensar en Laval viviendo en semejantes condiciones. Era tristísimo imaginarlo un domingo, por ejemplo, encerrado en su casa, sometido a los gritos y a las recriminaciones, mientras en las ventanas caía la lluvia interminable de Bruselas. Pero Laval no pensaba dejar a su familia. Estaba resignado a vivir así hasta el final de sus días y debo decir que esa resignación, aunque incomprensible, me acomodaba. Tampoco yo tenía deseos de abandonar a Mauricio.

Tras más de dos meses de mensajes y eventuales llamadas al celular, se estableció por fin una rutina en la que me sentía más o menos cómoda. Aunque mi atención, o lo que quedaba de ella, estaba puesta en la presencia virtual de Laval, mi vida cotidiana empezó a resultarme llevadera, incluso disfrutable, hasta que se planteó la posibilidad de volver a vernos. Como he dicho, Laval viajaba cada trimestre a la ciudad de Vancouver y en su siguiente visita, después de Copenhague, se le ocurrió que lo alcanzara ahí. No le costó nada conseguir una invitación oficial de la escuela para que yo impartiera un taller, muy bien remunerado, en las mismas fechas en que él debía viajar aquel invierno. La idea, si bien peligrosa, no podía ser más tentadora y me fue imposible rechazarla, aun sabiendo que amenazaba el precario equilibrio que había alcanzado en ese momento.

Nos vimos, pues, en Canadá. Fue un viaje hermoso de tres días, rodeados otra vez de lagos y de bosques. Entre nosotros volvió a establecerse lo mismo que habíamos sentido durante la residencia pero de manera más urgente, más concentrada. Evitamos dentro de lo posible todos los compromisos sociales. El tiempo que no empleábamos trabajando, lo pasábamos solos en su habitación, reconociendo, de todas las maneras imaginables, el cuerpo del otro, sus reacciones y sus humores, como quien vuelve a un territorio conocido del que no quisiera salir jamás. También hablamos mucho de lo que nos estaba pasando, de la alegría y la novedad que ese encuentro había añadido a nuestras vidas. Concluimos que la felicidad podía encontrarse fuera de lo convencional, en el estrecho espacio al que nos condenaban tanto nuestra situación familiar como la distancia geográfica.

Después de Vancouver, nos vimos en los Hampton. Meses después, en el Festival de Música de Cámara de Berlín y luego en el de Música Antigua de Ambromay. Todos esos encuentros estuvieron orquestados por Philippe. Aun así, el tiempo pasado juntos nunca nos parecía suficiente. Cada regreso, al menos para mí, era más difícil que el anterior. Mi distracción era peor y mucho más evidente que al volver de Dinamarca: olvidaba las cosas con frecuencia, perdía las llaves dentro del departamento y, lo más terrible de todo, empezó a resultarme imposible convivir con mi marido. La realidad, que ya no me interesaba sostener, comenzó a derrumbarse como un edificio abandonado. Quizás no me hubiera dado cuenta nunca de no ser por una llamada de mi suegra que me sacó de mi letargo. Había hablado con Mauricio y estaba muy preocupada.

–Si estás enamorada de otro, se te está saliendo de las manos –me dijo con la actitud claridosa que siempre la ha caracterizado–. Deberías hacer todo por controlarlo.

Su comentario cayó en oídos ausentes pero no sordos. Una tarde, Mauricio llegó temprano del trabajo, mientras sonaba en casa un concierto de Chopin para piano y violín, interpretado por Laval diez años antes. Un disco que nunca habría puesto en su presencia. No sé si fue mi expresión de sorpresa al verlo llegar o si tenía la intención previa de hacerlo, pero aquel día me interrogó sobre mis sentimientos. Habría deseado dar una respuesta sincera a sus preguntas. Habría deseado explicar mis contradicciones y mis miedos. Habría deseado, sobre todo, contarle lo que estaba sufriendo. Sin embargo, lo único que pude hacer fue mentirle. ¿Por qué lo hice? Quizás porque me lastimaba traicionar a alguien a quien seguía queriendo profundamente, aunque de otra manera; quizás por miedo a su reacción o porque albergaba la esperanza de que, tarde o temprano, las cosas retomarían su curso original. La madre de Mauricio tenía razón: el asunto se me estaba saliendo de las manos. Después de darle muchas vueltas, decidí suspender el viaje siguiente y abocar toda mi energía a distanciarme de Laval. Le escribí explicándole el estado de las cosas y le pedí ayuda para recuperar esa vida que se estaba diluyendo en mis narices. Mi decisión lo afectó pero se mostró comprensivo.

Pasaron dos semanas en las que Laval y yo no mantuvimos ningún contacto. Sin embargo, cuando dos personas piensan constantemente la una en la otra, se establece entre ellas un vínculo que rebasa los medios ortodoxos de comunicación. Aunque estuviera determinada a olvidarlo, al menos a no pensar en él con la misma intensidad, mi cuerpo se reveló a ese designio y empezó a manifestar su voluntad por medio de sensaciones físicas y, por supuesto, incontrolables. Lo primero que sentí fue un ligero escozor en la entrepierna. Sin embargo, a pesar de que inspeccioné varias veces la zona, no pude encontrar nada visible y terminé por resignarme. Pasadas unas semanas, la comezón, al principio leve, casi imperceptible, se volvió intolerable. Sin importar la hora ni el lugar donde me encontrara, sentía mi sexo y hacerlo implicaba inevitablemente pensar también en el de Philippe. Fue entonces cuando llegó su primer mensaje al respecto. Un correo, escueto y alarmado, en el que aseguraba haber contraído algo grave, probablemente un herpes, una sífilis o cualquier otra enfermedad venérea, y quería advertirme de ello para que tomara mis precauciones. Ese era Philippe tout craché, como dicen en su lengua, y esa la reacción clásica de alguien propenso a la hipocondría. El mensaje cambió mi perspectiva: si los síntomas estaban presentes en ambos, lo más probable era que padeciéramos lo mismo. No una enfermedad grave, como pensaba él, pero quizás sí una micosis. Los hongos pican; si están muy arraigados, pueden incluso doler. Hacen que todo el tiempo estemos conscientes de la parte del cuerpo donde se han establecido y eso era exactamente lo que nos sucedía. Traté de tranquilizarlo con un par de mensajes cariñosos. Antes de retomar el silencio, acordamos ir al médico en nuestras respectivas ciudades.

El diagnóstico que recibí fue el que ya suponía. Según mi ginecólogo, un cambio en la acidez de mis mucosas había propiciado la aparición de los microorganismos y bastaría aplicar una crema durante cinco días para erradicarlos. Saberlo estuvo lejos de tranquilizarme. Pensar que algo vivo se había establecido en nuestros cuerpos, justo ahí donde la ausencia del otro era más evidente, me dejaba estupefacta y conmovida. Los hongos me unieron aún más a Philippe. Aunque al principio apliqué puntualmente y con diligencia la medicina prescrita, no tardé en interrumpir el tratamiento: había desarrollado apego por el hongo compartido y un sentido de pertenencia. Seguir envenenándolo era mutilar una parte importante de mí misma. La comezón llegó a resultarme, si no agradable, al menos tan tranquilizadora como un sucedáneo. Me permitía sentir a Philippe en mi propio cuerpo e imaginar con mucha exactitud lo que pasaba en el suyo. Por eso me decidí no sólo a conservarlos, sino a cuidar de ellos de la misma manera en que otras personas cultivan un pequeño huerto. Después de cierto tiempo, conforme cobraron fuerza, los hongos se fueron haciendo visibles. Lo primero que noté fueron unos puntos blancos que, alcanzada la fase de madurez, se convertían en pequeños bultos de consistencia suave y de una redondez perfecta. Llegué a tener decenas de aquellas cabecitas en mi cuerpo. Pasaba horas desnuda, mirando complacida como se habían extendido sobre la superficie de mis labios externos en su carrera hacia las ingles. Mientras tanto imaginaba a Philippe afanado sin descanso en su intento por exterminar a su propia cepa. Descubrí que me equivocaba el día en que recibí este mensaje en mi correo electrónico: «Mi hongo no desea más que una cosa: volver a verte».

El tiempo que antes dedicaba a dialogar con Laval lo invertí, durante esos días, en pensar en los hongos. Recordé el de mi madre, que había borrado casi por completo de mi memoria, y empecé a leer sobre esos seres extraños, semejantes, por su aspecto, al reino vegetal, pero con un aferramiento a la vida y al ser parasitado que no pueden sino acercarlos a nosotros. Averigüé, por ejemplo, que organismos con dinámicas vitales muy diversas pueden ser catalogados como hongos. Existen alrededor de un millón y medio de especies, de las cuales se han estudiado cien mil. Concluí que con las emociones ocurre algo semejante: muy distintos tipos de sentimientos (a menudo simbióticos) se definen con la palabra «amor». Los enamoramientos muchas veces nacen también de forma imprevista, por generación espontánea. Una tarde sospechamos de su existencia por un escozor apenas perceptible, y al día siguiente nos damos cuenta de que ya se han instalado de una manera que, si no es definitiva, al menos lo parece. Erradicar un hongo puede ser tan complicado como acabar con una relación indeseada. Mi madre sabe de ello. Su hongo amaba su cuerpo y lo necesitaba de la misma manera en que el organismo que había brotado entre Laval y yo reclamaba el territorio faltante.

Hice mal en creer que, con dejar de escribirle, me desharía de Laval. Hice mal asimismo en pensar que ese sacrificio bastaría para recuperar a mi marido. Nuestra relación nunca resucitó. Mauricio se fue de casa discretamente, sin ningún tipo de aspaviento. Empezó por ausentarse una noche de tres y luego extendió sus periodos desertores. Era tal mi falta de presencia en nuestro espacio común que, aunque no pude dejar de notarlo, tampoco logré hacer nada por impedirlo. Todavía hoy me pregunto si, de intentarlo con más ahínco, habría sido posible restablecer los lazos diluidos entre nosotros. Estoy segura de que Mauricio comentó con un número reducido de amigos las circunstancias de nuestro divorcio. Sin embargo, esas personas hablaron con otras y la información se fue extendiendo a nuestros allegados. Hubo incluso personas que se sintieron autorizadas a expresarme su aprobación o su rechazo, lo cual no dejaba de indignarme. Unos decían, para darme consuelo, que las cosas «siempre pasan por algo», que lo habían visto venir y que la separación era necesaria tanto para mi crecimiento como para el de Mauricio. Otros me aseguraron que mi esposo mantenía, desde hacía varios años, una relación con una joven musicóloga y que no debía sentirme culpable. Lo último no se comprobó jamás. Lejos de serenarme, lo único que consiguieron estos comentarios fue aumentar mi sensación de desamparo y de aislamiento. Mi vida no sólo había dejado de pertenecerme sino que se había vuelto materia de discusión de terceros. Por esa razón, no soportaba ver a nadie pero tampoco me gustaba estar sola. Si hubiese tenido hijos, probablemente habría sido diferente. Un niño hubiera representado un ancla muy poderosa al mundo tangible y cotidiano. Habría estado pendiente de su persona y de sus necesidades. Me habría alegrado la vida con ese cariño incondicional que tanto necesitaba. Pero fuera de mi madre, ocupada casi siempre en su actividad profesional, en mi vida sólo tenía el violín y el violín era Laval. Cuando por fin me decidí a buscarlo, Philippe no sólo retomó el contacto con el entusiasmo de siempre, sino que fue más solidario que nunca. Llamaba y escribía varias veces al día, escuchaba todas mis dudas, me daba aliento y consejos. Nadie se implicó tanto en mi recuperación anímica como lo hizo él durante los primeros meses. Sus llamadas y nuestras conversaciones virtuales se volvieron mi único contacto disfrutable con otro ser humano.

Al contrario de lo que hizo mi madre durante mi infancia, yo había decidido quedarme con los hongos indefinidamente. Vivir con un parásito es aceptar la ocupación. Cualquier parásito, por inofensivo que sea, tiene una necesidad incontenible de avanzar. Es imperativo ponerle límites, de lo contrario lo hará hasta invadirnos. Yo, por ejemplo, nunca he permitido que el mío llegue hasta las ingles ni a ningún otro lugar fuera de mi entrepierna. Philippe tiene conmigo una actitud similar a la mía con los hongos. No me permite jamás salir de mi territorio. Me llama a casa cuando lo necesita pero yo no puedo, bajo ninguna circunstancia, telefonear a la suya. Él es quien decide el lugar y las fechas de nuestros encuentros y quien los cancela siempre que su mujer o sus hijas interrumpen nuestros planes. En su vida, soy un fantasma que puede invocar infaliblemente. Él, en la mía, es un espectro que a veces se manifiesta sin ningún compromiso. Los parásitos –ahora lo sé– somos seres insatisfechos por naturaleza. Nunca son suficientes ni el alimento ni la atención que recibimos. La clandestinidad que asegura nuestra supervivencia también nos frustra en muchas ocasiones. Vivimos en un estado de constante tristeza. Dicen que para el cerebro el olor de la humedad y el de la depresión son muy semejantes. No dudo que sea verdad. Cada vez que la angustia se me acumula en el pecho, me refugio en Laval como uno recurre a un psicólogo o a un ansiolítico. Y aunque no siempre de inmediato, casi nunca se niega a responderme. No obstante, como es de esperar, Philippe no soporta esta demanda. A nadie le gusta vivir invadido. Ya suficiente presión tiene en su casa como para tolerar a esa mujer asustada y adolorida en la que me he convertido, tan distinta de aquella que conoció en Copenhague. Nos hemos vuelto a ver en varias ocasiones, pero los encuentros ya no son como antes. Él también está asustado. Le pesa su responsabilidad en mi nueva vida y lee, hasta en mis comentarios más inocuos, la exigencia de que deje a su esposa para vivir conmigo. Yo me doy cuenta. Por eso he disminuido, a costa de la salud, mi demanda de contacto, pero mi necesidad sigue siendo insondable.

Hace más de dos años que asumí esta condición de ser invisible, con apenas vida propia, que se alimenta de recuerdos, de encuentros fugaces en cualquier lugar del mundo, o de lo que consigo robar a un organismo ajeno que se me antoja como mío y que de ninguna manera lo es. Sigo haciendo música, pero todo lo que toco se parece a Laval, suena a él, como una copia distorsionada que a nadie interesa. No sé cuánto tiempo se pueda vivir así. Sé, en cambio, que hay personas que lo hacen durante años y que, en esa dimensión, logran fundar familias, colonias enteras de hongos sumamente extendidas que viven en la clandestinidad y, un buen día, a menudo cuando el ser parasitado fallece, asoman la cabeza durante el velorio y se dan a conocer. No será mi caso. Mi cuerpo es infértil. Laval no tendrá conmigo ninguna descendencia. A veces, me parece notar en su rostro o en el tono de su voz, cierto fastidio semejante al rechazo que mi madre sentía por su uña amarillenta. Por eso, a pesar de mi enorme necesidad de atención, hago todo lo posible para resultar discreta, para que recuerde mi presencia sólo cuando le apetece o cuando la necesita. No me quejo. Mi vida es tenue pero no me falta alimento, aunque sea a cuentagotas. El resto del tiempo vivo encerrada e inmóvil en mi departamento, en el que desde hace varios meses no levanto casi nunca las persianas. Disfruto la penumbra y la humedad de los muros. Paso muchas horas tocando la cavidad de mi sexo –esa mascota tullida que vislumbré en la infancia–, donde mis dedos despiertan las notas que Laval ha dejado en él. Permaneceré así hasta que él me lo permita, acotada siempre a un pedazo de su vida o hasta que logre dar con la medicina que por fin, y de una vez por todas, nos libere a ambos.


*Este cuento fue publicado en: El matrimonio de los peces rojos, Editorial Páginas de Espuma, 2013. © Guadalupe Nettel, 2013.

Antes andaba a menudo de a dos. Andaba de a tres. Éramos cuatro, cinco o seis. Tenía hermanos, hermanas, una araña pollito. Padres: sí, también.

Además estaba mi tío Nikolai y el vecino de los guantes con pompón. Nos reíamos, a veces llorábamos, las palomas del parque municipal se asfixiaban con las migas de nuestras galletas. Luego vino el invierno, luego de nuevo el verano y mi prima Sonja me mostró todo tipo de formas en la Playgirl. Más tarde, tiene que haber sido otoño o primavera, me subí con mi primo Arseny a la noria y estuvimos hojeando la Playboy, eso también fue bonito.

Mi hermano Jewgeni se comió el último pedazo de pizza de queso. Mi hermano Jewgeni escribió Idiota con lápiz labial en mi frente. Jewgeni patina con mis patines flamantes a lo largo de la calle. Cierro los ojos y veo a Jewgeni rodar hacia un abismo inmenso o al menos hacia un cementerio nuclear. Tal vez fuera bueno que todos estuvieran realmente muertos. O al menos ausentes.

Después empieza otra vez la escuela y yo soy bueno en matemática. Pienso en otras cosas y bebo a veces licor de un embudo. Más tarde toco a una muchacha por casualidad en el codo y viajamos juntos para un spring break a Miami. Le digo no a la heroína, le digo no a la heroína, a la heroína sí que jamás la probaría.

Luego ya es octubre, más tarde es otro año, caen las hojas y la verdad es que Halloween es algo que nunca entendí. Me disfrazo del velociraptor de Jurassic Park y beso a una chica. Beso a un chico. Beso a mi profesor de matemáticas. Me acuesto con mi profesor de matemáticas. Beso con frecuencia a una muchacha que se disfraza de Alf de la serie televisiva Alf. Juntos miramos Home Improvement y por muy breve tiempo somos muy felices.

Más tarde voy a la universidad y conozco a un bonito ingeniero en geología económica. Hacemos viajes de fin de semana a las siguientes ciudades: Atlanta, Baltimore, Jacksonville. Doy ponencias y me pongo papelitos de LSD sobre la lengua. Aunque no es nuestra intención, nos enamoramos, pero cuando yo le cuento que mi deseo siempre fue viajar por Europa, se ríe de mí y me tilda de conservador, cosa que me enoja bastante y creo que en ese momento algo entre nosotros se rompió. Una pena, podríamos haber sido tan felices.

La verdad es que el vuelo a Montreal es descaradamente barato y cuando llego al aeropuerto, decido dejar de fumar, comprarme un casco de bicicleta o al menos ser una mejor persona. Paso los primeros días navegando por internet y evito asomarme a la puerta, pero al notar que acabo de leer en theguardian.com el mismo artículo que ya he leído ayer en theguardian.com, me harto de internet y me propongo con toda firmeza fundar una banda de rock indie canadiense que se llame IntercityExperimental o Monsieur Oso Pardo. Canadá: este país me parece increíblemente liberal.

Antes aun de que llegue el otoño, termino mi licenciatura en la NYU y como recompensa me regalo un viaje por tierra a Venezuela. En Caracas no hay un sistema de salud que funcione, ni policías que estén familiarizados con los conceptos de derecho y orden, pero a cambio hay buenas fiestas y una gran ingenuidad de los sentidos, que yo estimo extremadamente simpática e inspiradora. Me compro un teclado electrónico y junto a Juan y al muy dulce de Ignacio fundamos un trío de electro jazz. Muy pronto Juan se revela como un bajista absurdamente malo y en algún momento los primos de Ignacio nos roban todos nuestros instrumentos y nuestro dinero y mi pasaporte, cosa que igual a mí me parece del todo bien. A fin de cuentas, nunca antes me habían asaltado en un país del tercer mundo y esta experiencia me hace más adulto y espiritualmente maduro, de eso no hay ninguna duda.

De manera espontánea decido agregar aun una maestría en Filosofía en Göttingen y me compro en un anticuario online una edición comentada de las obras completas del filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte. Al primer tomo me lo devoro como nada, pero en el último párrafo me salta a la vista un grosero error de pensamiento y me aparto decepcionado de la lectura de Fichte. Más tarde desarrollo verdaderos sentimientos por Susanne, con quien comparto el piso, pero su trabajo como modelo y los muchos viajes tornan imposible un auténtico amorío, al menos para mí, y cuando se lo digo, Susanne lleva adelante un intento de suicidio bastante en serio, que por supuesto igual fracasa, pero eso es algo que yo ya tenía en claro desde antes.

Voy al carnaval de Colonia y me disfrazo del triceratops de El mundo perdido: Jurassic Park 2. Beso a un monaguillo, beso a una pastora, beso a un sacerdote. Colonia: esta ciudad me parece increíblemente liberal. Cuando al final me despierto en un sillón-cama en Düsseldorf, me doy cuenta de que ha desaparecido todo mi dinero, junto con el pasaporte. Y de alguna manera me parece fantástico no poseer nada más. La vivienda en la que estoy pertenece a la muy jovencita estudiante de dirección Annika y tiene una decoración por completo minimalista. Ella dice que no lo hizo a propósito, pero no le creo.

Le pido a mi padre que me mande dinero y vuelo a las siguientes ciudades: Praga, Tokio, Barcelona y Venecia. De alguna manera me gusta viajar por ciudades. Cuando unos días más tarde cruzo con el ferry de Hong Kong a Macao, veo a un hombre que salta al agua y grita sin parar: ¡Chau, chau! ¡Pásenla bien! ¡Los amo! ¡Chau! Y de pronto guardo completo silencio y me siento tremendamente feliz y creo que lo mismo les pasa a todos los que tengo al lado, todos guardan de pronto silencio y son tremendamente felices y son de alguna manera uno solo.

Y entonces decido —siguiendo probablemente un sentimiento del todo espontáneo— visitar la casa en la que nació Bruce Willis en Idar-Oberstein. Pero por supuesto que no es una verdadera casa natal, sino un hospital común y corriente, qué otra cosa podía ser, y durante el tiempo que paso en Idar-Oberstein duermo con las siguientes personas: Malte y la doctora Inga Jansen. Eso fue todo, tampoco es que estuve tanto tiempo.

En el Tíbet hago una breve desintoxicación y mi padre se enoja porque abandoné mis estudios de filosofía. En Shenyang, una ciudad china con millones de habitantes que nadie conoce, cruzo un mercado y me doy cuenta de que tal vez Dios esté realmente muerto. Me abro paso entre las masas de gente en Delhi. En la zona peatonal de Braunschweig. En el carnaval en Río. Me he disfrazado del dinosaurio volador en Jurassic Park 3. A veces deseo que todos estén muertos. O al menos ausentes.

Hago una cura, me relajo, viajo al campo. Luego duermo con la dueña de la granja. Acto seguido de nuevos viajes por ciudades, viajes de drogas, viajes convencionales. Me imagino disparándole a la cara desde corta distancia al presidente de la junta directiva de Google Maps, pero rechazo rápido la idea porque la posibilidad de ser apresado de inmediato me parece muy alta. Hago una veloz desintoxicación en mi región en Key West y por muy poco tiempo soy muy feliz, mientras miro Who’s the Boss? en el pequeño televisor de la institución. Luego me escapo, le robo el pasaporte diplomático a mi padre y vuelvo en mí tres semanas más tarde en el carnaval de Mainz. Curiosamente, me he disfrazado de Chris Pratt en Jurassic World.

La verdad es que a veces podría estrangularte, dice mi madre al teléfono, a veces lo único que quiero es golpear tu pequeña y blanda cabeza contra la pileta de la cocina. Y es probable que tenga razón, es probable que de verdad pueda estrangularme, no lo descartaría para nada. Porque quizá sea cierto, quizá soy en el fondo una persona absurdamente mala que se merece este tipo de cosas, pero tal vez no sea cierto y mi madre tiene la culpa de todo.

Sin más vueltas, mi nuevo compañero de piso Sven y yo decidimos escribir un manifiesto y dice así: Nuestros enemigos son los ópticos y los padres, hombres y mujeres, nuestros enemigos son los hidratos de carbono y los estados nacionales, los horarios e internet y los baños de las estaciones de tren en los que hay que pagar, nuestros enemigos son los cerdos de Google Maps y los que tienen una tarjeta de 25% de descuento para el tren, nuestros enemigos son las tijeras para diestros y los ministros alemanes de relaciones exteriores, nuestros enemigos son….

Pero lamentablemente no lo seguimos porque debemos poner fin a la escritura para andar haciéndonos mimos y luego para andar enredándonos y luego para andar fornicando y todo eso dura tanto que después ya no sabemos qué era lo que queríamos escribir.

De modo que decido criar crustáceos y en líneas generales ser una buena persona. Pero da igual lo que haga, estos malditos crustáceos siempre se me mueren después de un par de días. A veces deseo que también toda la gente simplemente se muera. Abro la ventana de un golpe y bramo: ¡Por qué mejor no se mueren! Sería tan bonito si todos ustedes estuvieran lejos. O al menos muertos. Después es octubre y me despierto en un sillón-cama en Wiesbaden. Ha desaparecido todo mi dinero junto con el pasaporte, y mi compañero de piso Sven también. Una pena, podríamos haber sido tan felices.

Cuando se hace de noche y me voy a pasear a la vera del Rin, me invade una gran nostalgia o tristeza y siento el secreto deseo de ganarme mi dinero en la liga coreana Star Craft o vendiendo castañas asadas en la Rue Royale de Bruselas o de ser buscado por un asesinato o de ser buscado por secuestrar un avión o de al menos ser buscado por algo, pero al final me decido por ser sensato de una buena vez y con mi hermano Jewgeni fundamos una marca de moda islandesa.

Las leyes impositivas en Reikiavik son increíblemente liberales de verdad y con un poquito de suerte y mediante una hábil táctica volvemos a vender la marca después de nada más que seis meses, de modo que en un breve lapso nos volvemos medianamente ricos y pasamos nuestro tiempo produciendo canciones pop y financiando algunos proyectos de diversidad en Kinshasa. Y sin darnos cuenta en absoluto todos nuestros ahorros se nos van en cocaína y vuelos de larga distancia.

Completamente en la lona llego a Saarbrücken y siento el secreto deseo de hacerme detective, por la razón que sea, es algo que de verdad no puedo explicar. Pero muy rápido me doy cuenta de que este deseo se basa en expectativas del todo falsas, y que por otro lado se relaciona con que mi padre nunca estuvo presente para mí cuando alguna vez lo necesité. Durante mi breve estadía en Saabrücken pienso también mucho en las relaciones y me compro un helado soft y un paquete grande de Marlboro Menthol y me parece que de alguna manera también eso está relacionado.

En una oficina de apuestas gano 200 euros por haber acertado a tres partidos de la liga turca y con el dinero me compro un ticket Intercity a Zúrich. Como no conozco absolutamente a nadie en Zúrich y en general no tengo ni la menor idea de qué hacer aquí, me convierto de veras en un detective privado, aunque solo por dos semanas, porque todo el asunto es bastante tedioso y además de eso pagan mal. Luego me encuentro con mi ex compañero de piso Sven en una fiesta electrónica en Lucerna y él me dice que le da pena cómo terminó todo en aquel entonces pero que me agradece por mis hermosos ojos y mi fiabilidad y mi hermoso trasero, gracias.

Con una scooter viajo al sur de Francia y me tomo dos semanas de vacaciones en un hotel de lujo en Niza con el fin de olvidar todo esta mierda con Sven, y como justo es temporada baja también es descaradamente barato. Me sorprende descubrir que ya no deseo que todos estén muertos o al menos ausentes y me pregunto si entretanto me he convertido en una buena persona. Camino por las estepas de África. Camino por las estepas de Brandenburgo. Me pregunto cómo les estará yendo a mis padres y qué hará ahora mi hermano Jewgeni y dónde se habrá metido esta vez.

Y justo cuando estoy pensando en eso y le doy una pitada a mi cigarrillo electrónico, miro por la ventana de mi cuarto de hotel y hay un incendio, no importa dónde mire hay incendios durante toda la mañana y toda la tarde. También al día siguiente y al otro siguen los incendios, tienen que ser semanas y meses en que las casas están en llamas y se incendian los techos y las personas y las galaxias y ya no hay más fin ni clemencia ni oscuridad, pues todo es luminoso y ominoso y reluciente.

Y luego, algo más tarde, estoy sentado en el bus que va de Cincinnati a Indianápolis y pienso en cosas masculinas, pienso en tiendas de materiales para la construcción, en aparatos de afeitar, en infartos del corazón. Y luego un poco más tarde, tiene que ser primavera u otoño, estoy sentado en el tren que va de Memphis a Phoenix y pienso en cosas femeninas, pienso en armiños, en robots y en lóbulos de oreja. Y luego, un poco más tarde aún, estoy sentado en el tranvía en San Francisco y percibo de pronto ese gran sentimiento en mí, un sentimiento de pureza, el sentimiento de disparar con una ametralladora en medio de una multitud de gente, y de comerme la luna y de ser alguien versado en las cosas, alguien que está presente para los otros y que se anima a expresar sus sentimientos, y no ser alguien como mi padre, sino alguien que está enterado, que por ejemplo sabe que el amor es más importante que Europa, alguien así me gustaría ser, eso es lo que siento y esa es la verdad.

Michael jamás había oído hablar de aquella mujer. Fue el ama de llaves la que le habló de ella: esa tal Mandy afirmaba que no había ningún padre. Ella vivía en W., el pueblo vecino. El ama de llaves rió; Michael soltó un suspiro. Como si no bastara ya con que casi nadie acudiera a la iglesia los domingos, ni con que los viejos lo echaran cuando él los visitaba en la residencia de ancianos, o con que los niños se comportaran con atrevimiento en la instrucción religiosa. Aquello era el comunismo, dijo, sus efectos seguían haciéndose sentir. «Bah», dijo el ama de llaves, eso era así desde siempre. ¿No conocía él el gran campo de remolacha que había junto a la carretera que iba hasta W.? Allí, en medio, había una isla. Un par de árboles en medio del campo, que el campesino dueño de esos terrenos había dejado en pie. «Desde siempre», dijo el ama. Y era allí donde ese campesino se encontraba con una mujer. «¿Qué mujer?—preguntó Michael—. ¿Qué campesino?». «El de allí—dijo el ama de llaves—, y también lo hicieron su padre y su abuelo. Todos. Las cosas son así desde siempre: a fin de cuentas, sólo somos seres humanos, ellos y yo. Cada cual tiene sus necesidades».

Michael suspiró. Desde la primavera, era el guía espiritual de aquella comunidad, pero no por ello había conseguido acercarse a la gente: era oriundo de las montañas, y allí todo era distinto, las personas, el paisaje y el cielo, que aquí era tan infinitamente anchuroso y lejano.

«Ella dice que jamás lo ha hecho con un hombre—dijo el ama de llaves—. Será que el niño se lo ha hecho el bienamado Dios. Esa Mandy—dijo—, es la hija de Gregor, que trabaja para las empresas de autobuses. Es el conductor bajito y gordo. Le pegó una paliza: la chica estaba toda amoratada. Y ahora todo el pueblo se pregunta quién puede ser el padre. Muchos de los hombres que podrían serlo no viven aquí. Tal vez fuera Marco, el mesonero. O algún vagabundo. A fin de cuentas, no tiene nada de guapa. Pero uno coge lo que le dan. Esa Mandy—continuó el ama de llaves—, no es tampoco muy brillante que digamos: a lo mejor ni siquiera se enteró. Mientras recogía cerezas sobre la escalerilla».

«Sí, sí», dijo Michael.

Mandy llegó a la parroquia a la hora en que Michael estaba comiendo. El ama de llaves la hizo entrar, y el párroco le pidió que se sentara y le contara. Pero la joven se quedó allí sentada, con la mirada baja y en silencio. Olía a jabón. Mientras comía, Michael miró a Mandy repetidas veces de manera furtiva. No era guapa, pero tampoco era fea. Tal vez engordaría en un futuro. Ahora ya se veía algo llenita.

«Está en la flor de la vida», pensó Michael, al tiempo que le miraba de reojo la barriga y los grandes senos, que se dibujaban bajo el jersey de color chillón. No sabía si aquello se debía al embarazo o a la comida. Entonces la joven lo miró y volvió a bajar la vista rápidamente, al tiempo que Michael apartaba a un lado el plato medio vacío y se levantaba. «Vayamos al jardín», dijo.

Estaban en el último tercio del año. El follaje de los árboles ya se había coloreado. Por la mañana habían tenido niebla, pero ahora el sol se imponía. Michael y Mandy caminaron lado a lado por el jardín. «Reverendo», dijo ella, pero él la atajó de inmediato: «No, no. Llámeme Michael, yo la llamaré Mandy». Entonces, ¿ella no sabía quién era el padre? «No hubo ningún padre—dijo Mandy—, yo nunca he…». La joven se interrumpió. Michael suspiró. Tendría unos dieciséis, unos dieciocho años, no más, pensó Michael. «Hija mía querida—dijo él—, eso es un pecado, pero Dios te perdonará. Porque esto dice el Señor, Dios de Israel: “Todo odre puede llenarse de vino”».

Mandy arrancó una hoja del viejo tilo a cuya sombra se habían detenido, y Michael le preguntó si ella sabía cómo cohabitaba el hombre con la mujer. «Lo sé por Juan», dijo Mandy, al tiempo que se ruborizaba y bajaba la vista al suelo. Tal vez hubiera sucedido mientras dormía, pensó Michael, cosas así se habían oído. Lo habían aprendido en la escuela, dijo Mandy en voz baja; y entonces, muy rápidamente, añadió: «Erección, coito y método Knaus-Ogino».

«Sí, sí—dijo Michael—. La escuela». Eso era lo que habían logrado los comunistas, quienes seguían ocupando puestos en los consejos escolares.

—Se lo juro por la sagrada Virgen—dijo Mandy—, yo nunca he…

—Sí, sí—dijo Michael, y a continuación, con vehemencia, añadió—: ¿De dónde crees tú que ha salido ese niño?

¿Crees que viene del bienamado Dios?

—Sí—respondió Mandy.

Entonces Michael la mandó de vuelta a casa.

El domingo, Michael vio a Mandy entre las pocas personas que habían acudido a la misa. Si no recordaba mal, nunca antes había estado allí. Llevaba puesto un sencillo vestido de color verde oscuro, con el cual se le podía ver claramente el embarazo. «No tiene vergüenza», dijo el ama de llaves. Mandy no tenía la menor idea de nada. Michael se dio cuenta de cómo la joven miraba a su alrededor. Y también vio que no cantaba cuando los demás lo hacían. Y cuando se acercó al estrado para recibir la hostia, tuvo que decirle que abriera la boca.

Michael habló de la constancia en el sufrimiento. La señora Schmidt, que siempre estaba allí, leyó el pasaje bíblico en voz baja pero firme.

—«Cuidado con no escuchar al que os habla; pues algunos, por no escuchar al que promulgaba oráculos en la tierra, no escaparon al castigo. No olvidéis la hospitalidad, ya que, gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles».

Michael había cerrado los ojos durante la lectura, y sintió como si viera a aquel ángel entre los presentes, un ángel que tenía el rostro de Mandy y cuya barriga se abombaba bajo la túnica blanca como lo hacía la barriga de la joven bajo su vestido. De repente reinó el silencio en la iglesia. Michael abrió los ojos y vio que todos lo miraban expectantes. Entonces dijo:

—De suerte que podemos decir con confianza: «El Señor es mi auxilio; no temeré».

Tras la misa, Michael se apresuró hasta la entrada para despedir a las ancianas. Cuando hubo cerrado la puerta tras la última de sus fieles, vio que Mandy estaba arrodillada delante del altar. Él se dirigió hacia donde estaba la joven y le puso una mano en la cabeza. La chica lo miró, y él vio que tenía las mejillas cubiertas de lágrimas.

—Ven—le dijo, al tiempo que la conducía fuera de la iglesia y atravesaba con ella la calle en dirección al cementerio—. Mira a toda esa gente—le dijo Michael—. Todos fueron pecadores; pero Dios los acogió en su seno, y Él también perdonará tus pecados.

—Yo estoy llena de pecados—dijo Mandy—, pero no me he acostado con ningún hombre.

—Sí, sí—dijo Michael acariciando el hombro de Mandy. Pero cuando su mano entró en contacto con Mandy, sintió como si su corazón y todo su cuerpo se llenaran de una alegría que él no había sentido en toda su vida, y entonces retrocedió unos pasos como si un fuego le hubiese quemado la mano. «¿Y si fuera cierto?», pensó el cura.

«Y si fuera cierto», pensó Michael esa tarde, mientras caminaba por la carretera comarcal en dirección al pueblo vecino. El sol brillaba, y el cielo se veía vasto y despejado. Michael estaba algo soñoliento a causa de la comida, pero su corazón seguía colmado de aquel contento que había emanado del cuerpo de Mandy hacia él. ¿Y si fuera cierto? Los domingos por la tarde, el párroco solía dar caminatas hasta algún que otro pueblo de la zona, caminaba con pasos rápidos a través de las carreteras, lo mismo si llovía o brillaba el sol. Pero ese día tenía un objetivo concreto. Había telefoneado al médico de W., que se llamaba Klaus, y le había pedido tener una conversación con él. No, no podía decirle de qué se trataba, le dijo Michael.

El tal doctor Klaus era un hombre oriundo del lugar, era hijo y nieto de labradores. Conocía a todo el mundo, y se decía que, si era necesario, atendía también a los animales. Desde que su mujer había muerto, vivía solo en W., en una casa enorme. A Michael le dijo que si no le daba la lata con su Dios, era bienvenido y podía pasar. Él era ateo, le dijo el doctor, pero no, ni siquiera era ateo. Sencillamente, no creía en nada, ni siquiera en la existencia de un Dios: era un hombre de ciencias, no un hombre de fe. «Un comunista», pensó Michael, al tiempo que decía «Sí, sí», y reprimía un bostezo.

El doctor puso una botella de aguardiente encima de la mesa; y, el párroco, por su parte, sabiendo que tenía algo que preguntarle al médico, se bebió el aguardiente. Lo bebió de un trago, y luego se tomó el otro vaso que el doctor le había servido. «Se trata de Mandy—dijo Michael—, de si ella…; de su…—El sacerdote sudaba—. La chica dice que el niño no es el resultado de la unión con un hombre, que ella nunca…; que no…; que ningún hombre la ha…; Dios mío, ya sabe usted a lo que me refiero». El doctor bebió su aguardiente y le preguntó a Michael si creía que el bueno de Dios tenía las manos metidas en ese asunto o si se trataba del tal Juan. Michael lo miró fijamente, con los ojos vacíos de la desesperación. Bebió el otro vaso de aguardiente que el doctor le había servido y se levantó. «El himen—dijo el cura en voz tan baja que apenas se le escuchó—. El himen». «Eso sí que sería un milagro—dijo el doctor—, y tenía que venir a suceder aquí, precisamente». El médico soltó una carcajada. Michael se disculpó. «Yo soy un hombre de ciencias—repitió el médico—, y usted es un hombre de fe. No deberíamos mezclar las cosas. Yo sé lo que sé, crea usted lo que le venga en gana».

Durante el camino de regreso a casa, Michael sudó aún más. Sintió mareos. «Es la tensión», pensó. Entonces se sentó en la hierba, al borde del gran campo de remolachas. Ya habían sacado las remolachas, que yacían apiladas en grandes montones a lo largo de la carretera. El campo era enorme, y al fondo de todo se veía una franja de bosque. Y en medio de esa vastedad, estaba aquella pequeña isla de la que le había hablado el ama de llaves: en medio del campo crecían algunos árboles desde la oscuridad de la tierra. Michael se puso de pie y dio un paso adentrándose en el campo de cultivo. Luego dio otro. Caminó en dirección a la isla. La tierra húmeda se pegaba a sus zapatos en grandes terrones, mientras él tropezaba y se tambaleaba. Le resultaba difícil avanzar. Ánimo—pensó—, iremos a dar en alguna isla». Y continuó andando.

En una ocasión, oyó un coche que pasaba por la carretera, pero no se dio la vuelta. Caminaba a través del campo, paso a paso, y por fin los árboles estuvieron más cerca, y de repente él estaba allí, y vio que aquello era realmente como una isla: los surcos del campo se habían dividido, se habían abierto como si la isla hubiese irrumpido desde el fondo de la tierra, abriéndola como un telón. Pero la isla se elevaba quizá medio metro desde el subsuelo. Al borde crecía un poco de hierba, y detrás había unos matorrales. Michael arrancó una rama de uno de los matojos y, con su ayuda, se despegó los terrones de los zapatos. Luego caminó alrededor de la estrecha franja de hierba que rodeaba la isla. En uno de sus puntos había un claro entre los arbustos, y Michael entró a través de él y llegó a una pequeña abertura situada en medio de los árboles. La alta hierba estaba aplastada, y al borde del prado había un par de botellas de cerveza vacías.

Michael miró hacia lo alto: entre las copas de los árboles podía verse el cielo, que parecía más bajo desde aquí que si se lo miraba desde el ancho campo de cultivo. Reinaba un silencio absoluto. El aire era cálido, aunque el sol estaba muy al oeste. Michael se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la hierba. Y luego, sin que pudiera comprender muy bien lo que hacía, se desabrochó los botones de la camisa, se la quitó, y a continuación se quitó también la camiseta, los zapatos, los pantalones, los calzoncillos y, finalmente, los calcetines. Luego se quitó el reloj y lo arrojó sobre el montón de ropa, y lo mismo hizo con las gafas y el anillo que le había regalado su madre para protegerlo. Entonces se vio allí, tal como Dios lo había creado: desnudo, a la espera de una señal.

Michael miró al cielo, al que se sentía unido como nunca antes. Alzó los brazos y sintió aquel mareo que había sentido anteriormente, y cayó hacia delante, de rodillas, desnudo y con los brazos en alto. Empezó a cantar bajito y con voz ronca, pero eso no le bastó. Y entonces empezó a gritar, a gritar tan fuerte como podía, porque sabía que allí sólo podría escucharlo Dios, sabía que Dios lo estaba escuchando y que lo veía desde lo alto.

Y cuando caminó otra vez por el campo y se dirigió a su casa, pensó en Mandy, y la vio tan cercana, como si estuviera dentro de él. Entonces pensó: «Sin saberlo, he hospedado a un ángel».

De regreso en la parroquia, Michael sacó del viejo armario una botella de aguardiente que un campesino le había traído y regalado a raíz de la muerte de su mujer. Se sirvió un primer chupito; luego un segundo. A continuación se tumbó y sólo despertó cuando el ama de llaves lo llamó para la cena. Le dolía la cabeza.

¿Y si fuera cierto?, dijo cuando el ama de llaves le trajo la cena. ¿Y si fuera cierto qué?, preguntó el ama. Lo de Mandy. Si en realidad había concebido a ese niño. ¿De quién? ¿Acaso esa tierra no era también un páramo?, preguntó Michael. ¿Quién nos dice que Él no ha dirigido sus ojos hacia aquí, y que esa criatura, precisamente esa Mandy, ha encontrado la gracia a ojos del Señor? El ama de llaves sacudió, incrédula, la cabeza. El padre era un conductor de autobús, dijo la mujer. ¿Y acaso José no era carpintero?, preguntó Michael. Pero de eso hacía mucho tiempo, replicó ella. ¿No creía ella acaso que Dios todavía vivía y que Jesús regresaría? Por supuesto. Pero no iba a venir aquí. ¿Quién era Mandy? Nadie. Era camarera en un restaurante en W., una ayudante.

—Para Dios no hay nada imposible—dijo Michael—, y os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros.

El ama de llaves se puso de morros y desapareció en la cocina. Michael jamás había conseguido animarla a que comiera con él, la mujer siempre decía que no le apetecía, que luego se comentarían cosas en el pueblo. ¿Se comentarían cosas sobre qué? «No somos más que seres humanos—había dicho ella—, todos tenemos nuestras necesidades».

Después de la cena, Michael volvió a salir de la casa. Bajó por la carretera y los perros de las granjas empezaron a ladrar como locos, al punto de que Michael llegó a pensar: «Mejor confiar en Dios que en vuestros perros». Pero ésos eran los comunistas: su deber había sido enseñarles a comportarse, pero no lo había conseguido. Ya no venían a la iglesia más fieles que en primavera, y todos los días podían escucharse historias acerca de abusos sexuales y de bacanales, bastaba con que uno quisiera oírlas.

Michael fue hasta la residencia de ancianos y preguntó por la señora Schmidt, la que leía el texto de la Biblia todos los domingos. «Vamos a ver si está despierta todavía», dijo, de mala gana, la enfermera, la tal Ulla, que, a continuación, desapareció. «Una comunista—pensó Michael—, de eso no cabe duda». Él, a los comunistas, los descubría enseguida, y también sabía lo que pensaban al verlo. No obstante, cuando alguno moría, lo mandaban a buscar. «Para que ese hombre pueda tener decente sepultura», le había dicho en una ocasión la propia Ulla, cuando tuvo que enterrar a un señor que no había pertenecido a ninguna iglesia a lo largo de su vida.

La señora Schmidt estaba despierta todavía. Estaba sentada en su poltrona, mirando el programa ¿Quién quiere ser millonario? Michael le estrechó la mano. «Buenas noches, señora Schmidt». A continuación, acercó una silla y se sentó al lado de la anciana. Ella había hecho una estupenda labor leyendo los textos, y él quería darle las gracias por ello. La señora Schmidt asintió con todo el torso. Michael sacó del bolsillo su pequeña Biblia encuadernada en piel. «Hoy quisiera leerle yo en voz alta un pasaje», le dijo. Y mientras el moderador preguntaba en la televisión qué ciudad había sido sepultada por un volcán en el año 79 después del nacimiento de Cristo, si Troya, Sodoma, Pompeya o Babilonia, Michael empezó a leer en voz alta, y fue haciéndolo en voz cada vez más sonora:

—«Sabed ante todo que en los últimos días aparecerán charlatanes dominados por sus propias pasiones, que, burlándose de todo, preguntarán: “¿En qué ha venido a quedar la promesa de que Cristo volverá? Nuestros padres han muerto y nada ha cambiado, todo sigue igual desde que el mundo es mundo”. Queridos hermanos, no debéis olvidar una cosa: que un día es ante Dios como mil años, y mil años, como un día».

Y a continuación, leyó:

—«El día del Señor vendrá como un ladrón: los cielos se desintegrarán entonces con gran estrépito, los elementos del mundo quedarán hechos cenizas, y la tierra con todo cuanto hay en ella desaparecerá».

Durante todo el tiempo que Michael estuvo leyendo, la anciana no supo hacer otra cosa que asentir: su torso se mecía hacia atrás y hacia delante, como si todo su cuerpo fuera un sonoro «¡Sí!». Luego, por fin, la señora Schmidt se decidió a hablar y dijo:

—No es Sodoma, tampoco es Babilonia. ¿Será Troya?

—El día, quizá, está más cerca de lo que creemos—dijo Michael.

—Pero nadie lo sabrá. Yo no lo sé—dijo la señora Schmidt.

—Vendrá como un ladrón—dijo Michael, poniéndose de pie.

—Troya—dijo la señora Schmidt.

Michael le estrechó la mano. La anciana no dijo nada más y ni siquiera lo siguió con la vista cuando el párroco salió de la habitación.

—Pompeya—dijo el moderador.

—Pompeya—dijo la señora Schmidt.

«Nadie lo sabrá», pensó Michael mientras caminaba hacia su casa. Los perros de los comunistas ladraban, y en una ocasión el párroco llegó a recoger una piedra del suelo y la lanzó contra uno de los portones de madera. Entonces el perro que estaba detrás empezó a ladrar con mayor fuerza, y Michael aceleró el paso para que nadie lo viera. En esa ocasión, sin embargo, no fue de regreso a la casa parroquial, sino que salió del pueblo.

Se tardaba una media hora en llegar a W. En una ocasión le salió al paso un coche. El párroco vio la luz de los faros con bastante antelación y se ocultó detrás de uno de los árboles de la avenida, hasta que el vehículo hubo pasado. La isla era ahora una mancha oscura en medio del campo gris, y parecía estar más próxima que durante el día. Las estrellas brillaban. La temperatura había bajado.

En W. no había ni un alma en la calle. Había luces encendidas en las casas y una farola, situada allí donde una de las carreteras se cruzaba con la otra. Michael sabía dónde vivía Mandy. Se detuvo ante la verja del jardín y miró hacia la casa de una sola planta. Vio en la cocina sombras que se movían. Era como si alguien estuviera fregando la vajilla. Michael sintió cierto calor en el corazón. Se apoyó contra la puerta del jardín. Entonces sintió muy de cerca el ruido de una respiración y, de repente, sonó un ladrido intenso en forma de aullido. El párroco dio un paso atrás y salió corriendo de allí. Aún no se había alejado cien metros de la casa de Mandy, cuando la puerta se abrió, un haz de luz cortó la oscuridad y se oyó la voz de un hombre: «¡Calla la boca!».

Uno de aquellos días, Michael fue hasta el restaurante de W., ya que su ama de llaves le había dicho que Mandy trabajaba allí. Y así era.

El salón era un recinto de techos altos. Las paredes estaban amarillentas por el humo del tabaco; los cristales de las ventanas estaban empañados y los muebles eran anticuados, ninguna pieza hacía juego con las otras. Allí no había nadie más aparte de Mandy, que estaba detrás del mostrador, como si aquél fuera su sitio habitual, con las manos apoyadas sobre la barra de servir la cerveza. La chica sonrió y bajó la mirada, y Michael sintió como si su rostro iluminara aquel recinto sombrío. El párroco tomó asiento en una mesa cercana a la entrada. Mandy se acercó a él. Michael pidió té, y la chica desapareció. «Si no viniera nadie», pensó el sacerdote. A continuación, Mandy trajo el té. Michael removió el azúcar que había añadido a la infusión. Mandy estaba todavía de pie junto a la mesa. «Un ángel a mi lado», pensó Michael. Bebió un rápido sorbo y se quemó la boca al hacerlo. Y entonces el párroco habló, pero sin mirar a Mandy. La joven tampoco lo miraba a él.

Pero aquel día y aquella hora nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Como en los tiempos de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio comían, bebían y se casaban ellos y ellas, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los barrió a todos, así sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

Fue entonces cuando Michael miró a Mandy y vio que la joven estaba llorando.

—No temas—le dijo, y entonces se levantó y puso una mano sobre la cabeza de la chica; luego vaciló, y al cabo de un rato puso la otra mano sobre la barriga.

—¿Se llamará Jesús?—preguntó Mandy en voz baja.

Michael estaba perplejo. Jamás se había imaginado una cosa así.

—El viento sopla donde quiere—dijo—; oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y adónde va.

Entonces el párroco le regaló a Mandy la breve guía para chicas jóvenes y mujeres encintas que la Iglesia ponía a su disposición, y a través de la cual él mismo sabía todo lo que sabía. A continuación, le dijo a Mandy que debía venir a las clases de instrucción y a la misa, que eso era lo más importante, tenía muchas cosas que recuperar.

Transcurrieron los meses. El otoño cedió paso al invierno, y las primeras nieves cayeron, cubriéndolo todo: los pueblos, el bosque y los campos. El invierno se extendió por la región, y el olor ácido de la madera quemada descendía hasta las calles.

Michael hacía largas caminatas por la región. Iba de pueblo en pueblo, y caminó otra vez a través del campo de remolachas, que ahora estaba helado, hasta la isla. Y una vez más se vio allí y alzó los brazos. Pero los árboles habían perdido las hojas, y el cielo estaba muy distante. Michael esperaba alguna señal. Pero no llegó ninguna: no había en el firmamento ninguna estrella que no hubiera estado allí antes; no había en el campo ningún ángel que le hablara, ningún rey, ningún pastor, ningún rebaño. Entonces se sintió avergonzado y pensó que él no era el elegido. La señal le llegará a ella, a Mandy, a ella se le aparecerá el ángel.

Todos los miércoles, Mandy acudía a la instrucción, para lo cual viajaba desde W. en su motocicleta; también venía todos los domingos a la iglesia. Su barriga crecía, pero su rostro se hacía cada vez más pequeño y pálido. Cuando acababa la misa, se quedaba en la iglesia hasta que todos se hubieran marchado; luego se sentaba junto a Michael en uno de los bancos y ambos charlaban en voz baja. El niño, decía la joven, debía venir al mundo en febrero. En Navidad, pensó Michael, en Pascua. Pero las Navidades llegarían pronto, y Pascua no sería hasta finales de marzo. Ya se vería.

En eso el ama de llaves asomó la cabeza a través de la puerta y preguntó si el señor párroco pensaba, por casualidad, comer el miércoles. Lo mucho que ella se esforzaba y como si nada, ningún elogio, nada, y al final él terminaba dejando la mitad de la comida. Michael le dijo que Mandy se quedaría a comer, que había suficiente comida para dos. Incluso para tres, dijo el párroco, y ambos sonrieron tímidamente.

—No, si ahora mismo podríamos abrir un mesón—dijo el ama de llaves al poner el segundo cubierto. Estampó con rabia la olla en la mesa, y desapareció sin decir palabra ni desearles buen provecho.

Mandy le contó al párroco que su padre la atormentaba con preguntas acerca de quién era el padre del bebé, y se ponía furioso cuando ella le respondía que había sido el amado Dios en persona. No, él no le pegaba. Sólo le daba alguna que otra bofetada. Y a su madre también, dijo la joven. Quería marcharse de casa. Mandy y Michael comieron en silencio. El párroco no comió mucho, pero Mandy se sirvió dos veces.

—¿Te  gusta?—preguntó el sacerdote.

Ella asintió y se ruborizó. Entonces el párroco le dijo que podía venir a vivir a la casa parroquial, que había sitio suficiente. Mandy lo miró con temor.

—Eso no puede ser—dijo el ama de llaves. Michael guardó silencio—. Antes me marcho.

Michael seguía sin decir nada. Cruzó los brazos. Pensó en Belén. «Esta vez no», pensó. Y aquella idea lo hizo más fuerte.

—Yo me marcho—repitió el ama de llaves, a lo que Michael asintió lentamente.

«Tanto mejor», pensó. Michael ya sospechaba que esa ama de llaves había sido comunista o cualquier otra cosa. Siempre decía que no era más que un ser humano; además, se llamaba Karola, un nombre pagano. Él ya había oído las historias acerca de ella y de su antecesor, que había estado casado: y se comentaba que lo hacían en la sacristía, para colmo. No iba a permitir que esa mujer le hiciera ninguna recriminación. Eso, en primer lugar. Además, tampoco cocinaba bien.

El ama de llaves desapareció en la cocina, y luego desapareció también de la casa, porque aquello no era justo ni decente. Entonces Mandy se vino a vivir a la parroquia: se convirtió en la nueva ama de llaves, así lo hablaron y lo acordaron con sus padres. Hasta le pagaban. Pero Mandy ya estaba en el quinto mes de embarazo, y su barriga había crecido tanto que la joven resoplaba como una vaca cuando subía las escaleras, al punto de que Michael tuvo miedo de que pudiera pasarle algo al niño el día en que tuvo que sacar las pesadas alfombras fuera de la casa.

Un día que Michael regresaba de una de sus caminatas, vio a Mandy sacudiendo las alfombras delante de la casa parroquial. Entonces reprendió a la joven y le dijo que debería cuidarse un poco más, y el propio párroco se encargó de meter las alfombras en la casa, aun cuando apenas estaba en condiciones de hacerlo. Porque su cuerpo no era muy fuerte. «En Navidad tiene que estar todo limpio», dijo Mandy. Eso alegró a Michael, le pareció que se trataba de una buena señal. Por lo demás, no había encontrado demasiada fe en la joven, aun cuando ella juraba por la Virgen y estaba firmemente convencida de que su hijo sería un Niño Jesús, como ella misma solía decir. También dijo que ella era protestante. Pero la verdad es que no lo era demasiado. A Michael le habían entrado sus dudas. Se avergonzaba de ellas, pero esas dudas estaban ahí, y envenenaban su amor y su fe.

A partir de ese momento, Michael empezó a hacer él mismo todas las labores domésticas. Mandy, sin embargo, cocinaba para él, y ambos comían juntos en el oscuro comedor, sin hablar mucho. Por las noches, Michael trabajaba hasta muy tarde. Leía la Biblia, y cuando escuchaba que Mandy había salido del cuarto de baño, esperaba cinco minutos, pues en ese momento no podía trabajar por la alegría que sentía. Entonces tocaba a la puerta de la habitación de Mandy, y la joven le gritaba: «Entre, entre». Y allí estaba ella, tumbada en la cama, con la manta subida hasta el cuello. Él se sentaba a su lado, le colocaba la mano en la frente o sobre la manta, en el sitio donde estaba la barriga.

En una ocasión Michael le preguntó a Mandy acerca de sus sueños: a fin de cuentas, estaba esperando una señal. Pero Mandy no solía soñar, según le dijo la propia chica. Por lo tanto, le preguntó si era cierto eso de que jamás había tenido ningún novio ni algo parecido, si nunca había encontrado sangre en la ropa de cama. «No durante el período», dijo el párroco, que al instante se sintió muy extraño al verse hablándole de ese modo a la joven. «Si ésta es la nueva madre de Dios—pensaba—, ¿cuál es, entonces, mi papel?». Mandy no tenía respuesta para eso. Lloró y preguntó al párroco si no le creía. Él colocó la mano sobre la manta, y sus ojos se humedecieron. «Mirad qué gran amor nos ha dado al hacer que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos de verdad—dijo Michael—. Si el mundo no nos conoce, es porque no lo ha conocido a Él».

—¿Quién es Él?—preguntó Mandy.

En una ocasión ella retiró el cubrecama y él la vio allí, tumbada ante él, vistiendo sólo su camisón transparente. La mano de Michael estaba otra vez sobre la manta, y él la había alzado, y ahora flotaba en el aire, sobre la barriga de Mandy.

—Se mueve—dijo Mandy, al tiempo que tomaba la mano del párroco con las suyas y la colocaba sobre su barriga; la apretaba hacia abajo con tal fuerza, que Michael no podía alzarla, y su mano permaneció allí, larga y pesada como un pecado.

Pasó la Navidad. En Nochebuena, Mandy había ido hasta la casa de sus padres, pero al día siguiente ya estaba de regreso. No había mucha gente en la iglesia. En el pueblo se decían cosas sobre ella y sobre Michael, se enviaron cartas al obispo, y otras cartas regresaron. Se había producido una llamada telefónica, y un hombre de confianza del obispo había viajado hasta el pueblo un domingo, y había comido y hablado con Michael. Ese día, Mandy comió en la cocina. Estaba muy nerviosa, pero cuando el visitante se marchó, Michael le dijo que todo estaba bien: según Michael, el obispo sabía que en ese sitio había muy mala sangre, y que algunos comunistas todavía luchaban contra la Iglesia, sembrando la discordia.

A medida que pasaba el tiempo, el niño crecía, y la barriga de Mandy, por lo tanto, se hacía también cada vez más voluminosa, aun cuando Michael, desde hacía bastante tiempo, pensara que ya no podría crecer más. Era como si la barriga ya no perteneciera a aquel cuerpo. Y por eso Michael seguía poniendo su mano sobre aquel niño en gestación y se sentía dichoso.

El susto llegó cuando Michael, una tarde, salió de nuevo a una de sus habituales caminatas y se dio cuenta de que había dejado el libro en casa. Se dio la vuelta y regresó a la parroquia media hora después. Entró sigiloso, y sigiloso subió las escaleras. Mandy solía dormir a menudo durante el día, y si ahora estaba durmiendo, él no quería despertarla. Pero cuando entró en su habitación, Mandy estaba allí, desnuda: estaba de pie delante del gran espejo empotrado en la puerta del armario ropero. Y por eso la joven pudo verse de costado en el espejo y también vio que estaba delante de Michael, que podía verlo todo. Mandy, sin embargo, lo había oído llegar, y se volvió hacia él, y ambos se miraron tal cual eran.

—¿Qué estás buscando en mi habitación?—preguntó Michael, al tiempo que confiaba en que Mandy se cubriera con las manos, cosa que la chica no hizo. Sus manos colgaban a ambos lados de su cuerpo, como las hojas de un árbol. Apenas se movían. Ella dijo que en su habitación no tenía espejo, y que había querido contemplar cómo le había crecido la barriga. Michael se acercó a Mandy para no tener que mirarla, y entonces las manos del párroco tocaron las de la joven, y Michael ya no pensó en nada más, porque estaba con Mandy y ella estaba con él. Y entonces la mano de Michael se posó sobre ella como si se tratase de una recién nacida: y salió el animal de aquella herida.

A continuación, Michael se quedó dormido, y cuando despertó, pensó: «Dios mío, qué he hecho». Mientras yacía en el lecho, encogido, cubría con la mano su pecado, que era grande. La sangre de Mandy era su testimonio y su prueba, y sólo le asombraba que los elementos del mundo no quedaran hechos cenizas, o que el cielo no se desplomara y se abriera sobre él para fulminarlo y castigarlo con un rayo o con cualquier otro medio. Sin embargo, nada sucedió.

El cielo también se abrió un día en que Michael caminaba por la alameda flanqueada de árboles, a lo largo de la carretera que iba hasta W. Quería ir hasta la isla situada en medio del campo, y caminaba con paso rápido, tropezando con los surcos helados. Mandy dormía cuando él salió de la casa, esa Mandy que él había acogido.

Michael llegó y se sentó en la nieve. Sencillamente, ya no podía sostenerse en pie a causa del cansancio, la tristeza y la sensación de estar perdido. Se quedaría en aquel lugar, no se marcharía de allí jamás. Lo encontrarían ellos, el campesino y aquella mujer, cuando cometieran allí sus pecados primaverales.

Oscurecía y hacía frío. Era de noche. Y Michael seguía sentado allí, en la isla, sobre la nieve. La humedad atravesó su abrigo, y él titiritaba de frío a medida que su cuerpo se enfriaba. «No nos permitas amar con palabras—pensó—, ni con la lengua, sino con los hechos». Así lo había guiado Dios hasta Mandy, y había guiado a Mandy hasta él: para que se amasen. Porque ella no era ninguna niña, tendría unos dieciocho o diecinueve años. ¿Acaso no se decía que ningún hombre lo sabría? ¿No se decía que el día llegaría como un ladrón? Por lo tanto, Michael pensó: «No puedo saberlo. Y si ha sido voluntad de Dios que ella conciba a Su Hijo, entonces también ha sido voluntad Suya que lo concibiera de él, porque, ¿acaso no era él una obra y una criatura de Dios?».

A través de los árboles, Michael sólo veía un par de estrellas aisladas. Pero cuando se alejó de aquella parte cubierta y se adentró en el campo, vio todas las estrellas que alguien puede ver en una noche fría, y, por primera vez desde que estaba allí, no tuvo miedo de ese cielo. Se sintió feliz de que el cielo estuviera tan distante, y de que él mismo fuera tan pequeño en aquel campo infinito. Le alegró que Dios tuviera que mirar dos veces para verlo.

Pronto estuvo de regreso en el pueblo. Los perros ladraban, y Michael lanzó piedras contra los portones de entrada de las granjas y ladró él mismo, imitando a los canes, sus estúpidos ladridos y aullidos, y el párroco se rió a carcajadas cuando los perros se pusieron fuera de sí a causa de la rabia y del brío con que ladraban: el propio Michael estaba totalmente fuera de sí.

En la parroquia la luz estaba encendida, y cuando Michael entró, sintió el olor de la comida que Mandy había preparado. Y mientras él se quitaba los zapatos mojados y el pesado abrigo, ella apareció en la puerta de la cocina y lo miró con temor. Había bajado la temperatura, le dijo Michael, y ella le dijo que la cena estaba lista. Entonces Michael se acercó a Mandy y la besó en la boca. ¡Cómo sonreía él! Durante la cena, sin embargo, ambos estuvieron sopesando un nombre para el niño, y luego pensaron en un segundo. A modo de buenas noches, se tomaron de la mano y cada uno se fue a su habitación.

Dado que en enero hizo cada vez más frío y la vieja casa parroquial apenas podía caldearse, Mandy, una noche, se trasladó de la habitación de invitados a la del dueño de la casa. Llevaba su manta delante y se acostó junto a Michael, que se apartó a un lado sin decir una palabra. Y esa noche, y la siguiente, ambos yacieron en la misma cama, aprendiendo a conocerse cada vez mejor y a amarse: y Michael lo vio todo, y Mandy no se avergonzó.

Pero ¿era aquello un pecado? Quién quería saberlo. ¿Acaso Mandy no había dado fe, con su sangre, de que aquel niño que crecía en su vientre era un hijo de Dios, un hijo de la pureza? ¿Podía existir lo puro en lo impuro?

Y cuando Michael ya no creía que su palabra llegara a los hombres y a los comunistas de aquel pueblo, el milagro que se había obrado les llegó, y nadie pudo decir cómo esas mismas gentes llegaron hasta su puerta y llamaron, llegaron sin decir grandes palabras, portando en sus manos lo que tenían. La vecina trajo un pastel. Ella misma lo había horneado, dijo, y era tan fácil hacer uno como hacer dos. También preguntó si Mandy se las arreglaba bien.

Otro día vino Marco, el mesonero, y preguntó cuánto tiempo faltaba. Michael le pidió que pasara y llamó a Mandy y le preparó un té en la cocina. Entonces los tres se sentaron, en silencio, sin saber qué decir. Marco había traído una botella de coñac y la puso delante de él, sobre la mesa. Sabía, dijo, que eso no era lo correcto para un niño pequeño, pero tal vez si un día le daba tos… Entonces quiso que le explicasen, y cuando Michael lo hizo, Marco miró a Mandy, incrédulo, y miró también su barriga. Preguntó si era seguro, y Michael le dijo que ningún hombre lo sabía, ninguno podría saberlo. Porque es muy poco probable, dijo Marco. Entonces tomó de nuevo el coñac entre sus manos y contempló la botella. Parecía dudar, pero luego colocó otra vez la botella encima de la mesa y dijo que era tres estrellas, lo mejor que podía conseguirse en aquel sitio. No era el que se les servía a los clientes. Entonces Marco se cohibió un poco y se levantó, y luego se rascó la cabeza. «En el verano paseaste conmigo en la motocicleta», dijo, riendo. Vaya cosa. Se habían bañado en el lago, toda la pandilla lo hizo, fue cerca de F. Quién lo habría imaginado.

Cuando Marco se marchó, apareció en el jardín la señora Schmidt, que traía lo que había tejido para el niño. Con ella había venido, desde la residencia de ancianos, la enfermera Ulla, a la que Michael había considerado una comunista. Ella también traía algo, un juguete, y quiso que Mandy la tocara.

Y así fueron viniendo uno tras otro. La mesa del salón estaba cubierta de regalos, y en el armario había unas diez botellas de aguardiente, o tal vez más. Los niños trajeron dibujos de Mandy y del niño, y a veces también aparecía en ellos Michael, y también un asno y un buey.

Pronto vino también gente desde W. y de otros pueblos de la región, gente que quería ver a la futura madre para pedirle consejo sobre sus nimios asuntos. Y Mandy ofreció su consejo y su consuelo, y en ocasiones bastaba sólo con que posara su mano sobre el brazo o la cabeza de una de esas personas, sin decir nada. Y fue así como ella se fue volviendo silenciosa y seria, al extremo de que el propio Michael empezó a verla de una manera nueva y distinta. Y todos hicieron lo que había que hacer. En el pueblo, sin embargo, se olvidaron en esos días de algunas disputas, y hasta los perros parecían ahora menos salvajes cuando Michael caminaba por las carreteras, y en algunas casas habían colgado de nuevo, en puertas y ventanas, las guirnaldas y las coronas de la Fiesta de Cristo. Y es que había tal alegría en todo el pueblo, que parecía que se avecinaran las Navidades. Todos lo sabían, pero nadie lo dijo.

Una vez vino incluso el doctor Klaus para comprobar que las cosas iban bien. Pero cuando llamó a la puerta, Michael no le abrió. Estaba arriba, en la planta superior, sentado junto a Mandy. Y se quedaron tan quietos como niños, mirando por la ventana, hasta que vieron que el médico se marchaba.

Al día siguiente, Michael fue hasta W. para ver al médico. Éste le sirvió aguardiente y le preguntó cómo iban las cosas con la tal Mandy. Michael no bebió el aguardiente. Solamente dijo que todo estaba bien, que no necesitaban ningún médico. ¿Y aquellas historias? «El que es de la tierra es terreno y habla como terreno», dijo Michael. «Da igual como sea. Ese niño nacerá en la tierra y no en el cielo. Y si necesitáis ayuda, llamadme, y yo iré». Entonces se dieron la mano y no dijeron nada más. Pero Michael regresó al pueblo y a la residencia de ancianos, a ver a la enfermera Ulla, porque ella había dado a luz a cuatro hijos y sabía cómo era. Y Ulla le prometió que prestaría su ayuda cuando llegara la hora.

Y cuando llegó febrero, llegó la hora. Y el niño nació. Michael estuvo junto a Mandy y también estuvo la enfermera Ulla, a la que Michael había mandado llamar. Y cuando se divulgó la noticia, la gente del pueblo se reunió en la calle y esperó tranquilamente a que sucediera. Ya estaba oscuro cuando sucedió; el niño nació y la enfermera Ulla salió a la ventana y lo alzó delante de todos, para que los de fuera pudieran verlo. Pero era una niña.

Michael estaba sentado junto al lecho de Mandy, sostenía su mano y contemplaba a la niña. «No es hermosa», dijo Mandy, pero lo había dicho en tono de pregunta. Y entonces la hermana Ulla le preguntó a la madre adónde pensaba ir ahora con el niño, si ya no podía ser el ama de llaves del párroco a cambio de dinero. Entonces Michael dijo: «La esposa pertenece al esposo», y besó a Mandy de tal modo que la hermana Ulla pudiera verlo. Y ella se lo contó más tarde a todos: que la promesa había sido dada.

Y puesto que el niño ya no podría llamarse Jesús, le dieron por nombre Sandra. Y si la gente en el pueblo creía que ese niño había nacido para ellos, entonces era igualmente bueno que fuera una niña. Y todos se mostraron satisfechos y contentos.

El domingo siguiente la iglesia se llenó como hacía tiem- po no se llenaba. En el primer banco de todos estaba sentada Mandy con la niña. Sonó el órgano, y cuando hubieron acabado de tocarlo, Michael subió al púlpito y habló así:

—No sabemos ni podemos saber si es éste el niño que el mundo ha esperado tanto tiempo. Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como el ladrón en la noche. Hermanos, vosotros no vivís en la oscuridad para que ese día pueda sorprenderos, como el ladrón. Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, se emborrachan de noche. Por el contrario, nosotros, hijos del día, seamos sobrios. —Y luego dijo—: Lo que nace de la carne, es carne. Y lo que nace del espíritu, es espíritu. Pero nosotros, queridos míos, somos desde ahora hijos de Dios.


*Este cuento fue publicado en: Wir fliegen de Peter Stamm. © S. Fischer Verlag Frankfurt am Main 2008. 

*Traducción © José Aníbal Campos, 2010.

*Edición en español © Quadernos Crema, 2010, S.A. (Acantilado, Barcelona, España).

Eli se negaba a dejarme parar hasta que cruzáramos la frontera de Utah. Era un clavo en el asiento del acompañante: dura, punzante, con los ojos azules que no paraba de saltar del velocímetro a la doble línea amarilla y vuelta al velocímetro. Dos ríos de maquillaje seco conectaban sus ojos con su mentón. Leon yacía en el asiento trasero donde yo lo había dejado. Tenía el hocico apoyado en una pila de libros de Carlos Castaneda. Sobre las cubiertas naranjas corrían hilitos de baba. Le temblaban las ancas cada vez que pasábamos sobre un pozo. Su mirada vidriosa y dolorida estaba fija en el hombro desnudo de Eli. Le habíamos limpiado la mayor parte de la sangre del pelaje color pizarra del lomo, pero aún le quedaban salpicaduras en la panza pálida. 

La ruta 89 cruza el monte bajo y el polvo de Nevada a lo largo de cincuenta kilómetros antes de doblar al norte por Kanab. En el portatazas traqueteaba una botella medio vacía de Popov. Eli la levantó del cuello.

—A lo mejor nos hace falta —dije.

Se detuvo pensativa, y luego se la bebió. Contra el cielo, los cables eléctricos se perdían en el horizonte, suspendidos entre torres transformadoras. Con toda probabilidad seguirían corriendo así hasta México, como bandidos.

Kanab tenía solo una estación de servicio, una Sinclair pequeña y limpia con una entrada bien fregada y surtidores verdes relucientes. Entré y aparqué. El aire era tan fresco que apenas olía a gasolina. Justo detrás de la tienda terminaba un pinar. «Tierra de la campeona estatal Lady Rams», decía el cartel de una ventana donde deberían haber estado los anuncios de cerveza. Puse el pie en la plataforma de concreto que sostenía el surtidor, pasé la tarjeta de crédito y saqué el inyector del enganche.

Elí salió a estirar las piernas. Mientras se inclinaba a izquierda y derecha, con los brazos encima de la cabeza, los pies descalzos en el pavimento, su torso largo le daba un aspecto sinuoso y ondulante. Se dirigió con un andar rígido, haciendo girar el cuello, al baño que estaba del otro lado de la tienda. «¿Por qué no te calzas?», quería gritarle, pero sabía que no me haría caso. Era un espíritu libre en materia de gérmenes, dinero, ropa interior e indicaciones. Todo lo demás le preocupaba.

Se le había pegado una mata de pelo al ruedo de su vestido naranja. Uno de los tirantes se le había deslizado sobre hombro. Le colgaba hasta el codo. La ropa siempre se le estaba cayendo, sin poder ocultar la muchacha que había debajo. Me dolían los brazos de conducir todo el día y de cargar a Leon.

Eli volvió con un montón de toallas de papel mojadas; la cara le brillaba de preocupación. Abrió la puerta polvorienta del Sentra y empezó tocar con cuidado la piel de Leo alrededor de la herida. Se la habíamos lavado con vodka y vendado como mejor pudimos con tela adhesiva y una camiseta limpia que estaba en mi bolso de gimnasia. La bala le había atravesado la cadera. Ignoraba si ese era un mal sitio para que un coyote recibiera un tiro: si tenían algún órgano ahí detrás.

—Mañana a esta ahora va a estar como nuevo —dije—. Se pondrá bien.

Eli no contestó. Siguió limpiándolo. Sus brazos delgados eran notablemente musculosos. No hacia ejercicio, pero estaba tensa todo el tiempo. Incluso dormida apretaba los dientes. Leon no se quejaba de que lo tocara. Nunca lo hacía; nunca gruñía, o siquiera resoplaba. Eli acercó sus labios cortados contra el hocico de Leon. Se miraron.

Se levantó una ráfaga de viento del norte y temblé al colocar el surtidor en su sitio. Subíamos a latitudes más frías. «A Montana», había dicho Eli cuando yo había salido del cañón con Leon en brazos, hecho una bola ensangrentada. Conocía allí a un veterinario, amigo de su padre. Al parecer, lo había visto curar a lobo con un balazo y en peor estado, y no nos denunciaría a control de animales.

—¿Todo bien por ahí? —preguntó la cajera, cuando entré a comprar agua y manteca de cacao. Era más bonita que la mayoría de las mujeres que trabajan en las estaciones de servicio. Bronceada, con pendientes de pluma y una sonrisa preocupada de madre.

Asentí. Me di cuenta de que tenía sangre seca en la camisa.

—Me he volcado el café.

Empezaron a aparecer montañas en el desierto. Primero rojas: lomas, colinas, columnas de roca. Le conté a Eli sobre la vez que mi padre nos llevó a Zion. Nos quedamos en un Travelodge de Hurricane. La habitación tenía HBO, y mi hermano y yo solo queríamos quedarnos dentro para ver la tele. Mi papá se cabreó tanto que rompió la pantalla de un puñetazo y volvimos a casa dos días antes de lo planeado. Eli trazaba triángulos en la ventana con el dedo mientras el paisaje amarillo-marrón se borroneaba. No me escuchaba. Apretaba los labios, ahora humectados por la manteca de cacao. A través del maquillaje que se había aplicado con descuido sobre la nariz asomaban unas pecas. Era hermosa de una manera demacrada y seca a la que nunca podía sobreponerme.

Leon orinó. El pis cayó con un siseo en el suelo, mojando la alfombrilla y los vasitos vacíos de poliestireno que había debajo de mi asiento. El olor dulzón y tóxico como a vinagre hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas.

Eli se volvió y lo miró tratar de apartarse del pis. Leon tiró dos libros del asiento. Con una pata arañaba el aire. Tenía el cuarto trasero empapado, el pelaje húmedo apelmazado hasta la altura del hueso. Por la funda de plástico del asiento caían al suelo gotas amarillas.

—No pasa nada —dijo Eli—. No pasa nada.

Bajé la ventanilla y dejé que el aire seco me pegara en la cara. Nos incorporamos a la I-15: cuatro carriles anchos que iban hacia el norte directo hasta Butte. Evitaba mirar el espejo retrovisor. En un día o dos, tres como mucho, estaría de vuelta en casa, recién duchado, echado en el sofá con una cerveza fría, mirando tenis femenino. En la franja central de grava crecía una hierba marrón. Adelantábamos semirremolques que traqueteaban, escupiendo gasoil debajo de sus panzas oscuras.

Pasó una hora antes de que Eli volviera a hablar.

—Tiene que comer —dijo.

—Solo va a servir para que se cague —contesté.

Me miró como si fuera un insecto medio aplastado.

—Es una broma —dije—. En serio.

Tomé la salida y empecé a conducir de un lado a otro por las calles tranquilas de un pueblo mormón, entre hileras de casas de madera blancas con ribetes azules y adelante alfombras de césped cortado al ras como una cabeza militar. Pasamos una ferretería, una confitería. No sabía qué buscábamos. A Leon le gustaba comer gatos, y le gustaba comérselos vivos. Propuse que usáramos un poco de pienso para atraer uno al coche.

—No le veo la gracia —dijo Eli.

Encontramos un sitio con sombra donde aparcar detrás de The Country Kitchen, entre un vertedero de basura y un Mustang rojo encerado, quizá del gerente del restaurante: algún pez gordo. Me cambié la camisa, recogí los vasos empapados de pis con la que me había sacado y tiré todo en el vertedero. Eli dejó las ventanillas abiertas unos centímetros. Abrió la puerta trasera y le prometió a Leon que volveríamos enseguida. Me acerqué y me detuve al lado de ella. Me harían falta alfombrillas nuevas, quizá nuevas fundas de asientos. La cabeza de Eli me llegaba al mentón. Si alguna vez se marchaba, lo que no podría olvidar sería era el fresco olor a coral de su cuero cabelludo.

—Sé bueno —dijo, como si le hablara a su hijo—. Quieto.   

Leon levantó la cabeza de los libros, parpadeando. Sus ojos amarillos estaban más dilatados que de costumbre: le brillaban en medio del pelo blanco que los rodeaba. Tenía la boca bien cerrada. Sentía vergüenza, dolor. Cuando estaba contento, dejaba la boca abierta con los dientes al aire libre.

Maldito coyote. Tendí la mano para tocarle la cara. Sacudió las mandíbulas, tratando de morderme.

—Me cago en la leche.

Aparté la mano de un salto. Me había mordido una vez, de cachorro, y todavía conservaba dos pequeñas cicatrices bajo el pulgar. Ahora era cinco veces más grande. Tenía unos colmillos de un centímetro y medio y yo había visto lo que podían hacerle al cráneo de un gato. Me zumbaban los oídos. Quería pegarle. Me di la vuelta y me alejé caminando rápidamente hacia el restaurante.

Eli le murmuró algo, cerró la puerta con suavidad y me siguió adentro.

La camarera nos llevó a un reservado en un rincón. Cada uno de sus muslos era tan ancho como toda Eli. Llevaba un delantal sobre la ingle tan estirado como el suspensorio de un jugador de fútbol. Ojalá el Mustang fuera suyo. El recubrimiento de vinilo de los asientos crujió cuando me senté. Había manteles individuales de papel y un vasito con lápices de colores. Eli miró por la venta un campanario gris que apuñalaba el cielo. Llevaba el pelo rubio cortado todo de un mismo largo, a la altura del mentón. Tenía la cara demacrada y como grisácea, marcada por el agotamiento, físicamente exhausta, pero también encendida por ello, como si estuviera cobrando más vida.

Pidió un batido de cerezas y un filete.

—También tú necesitas comer —dije.

—Me como las patatas.

El campanario no tenía crucifijo, pero pertenecía a una iglesia, sin ninguna duda. Había oído que para entrar en una iglesia mormona había que ser mormón. Dudé de que fuera cierto, y, en tal caso, de lo que habría dentro. Sobre mi mantel dibujé a Richard Nixon en verde: bien enfadado y cachetón.

La camarera nos trajo el batido en una bandeja plateada. En el vaso flotaba una nube de nata batida. Eli puso toda su atención en la bebida. Los tendones del cuello se le tensaron mientras sorbía por la pajita. Tenía la piel del hombro derecho muy colorada a causa del sol que entraba por la ventanilla del coche.

—Despacio —dije—. Se te va a congelar el cerebro.

Cuando el vaso estuvo vacío, Eli dobló la pajita en tres, formando un triángulo. Llenó el triángulo de sal: una pirámide blanca. Tenía las uñas sucias de sangre seca.

—Trató de morderme —dije.

Eli rompió un cristal de sal con la uña del pulgar.

—Está asustado y le duele.

—Pues aquí lo van a matar. Todos esos cazadores.

Señalé con la cabeza la calle vacía.

Se oía una música country a poco volumen, y la camarera chasqueó los dedos al salir por la puerta batiente de metal que daba a la cocina. Mi hamburguesa venía servida con los ingredientes separados en el plato: lechuga, tomate, cebolla, pan, alineados junto a la carne. Eli me miró armar el sándwich y luego me miró comer. El filete que le habían puesto delante tenía la forma del estado de Nevada y era igual de árido. Me di cuenta de que Eli contaba los segundos mentalmente: tic, tic, tic. La camarera estaba apoyada en el mostrador al lado de los pasteles, mirándome también. Yo tragaba sin casi masticar.

Cuando llegó la cuenta, Eli no pidió una caja. Simplemente envolvió el filete en una servilleta de papel y se lo llevó, chorreando, en la mano. Dejé algo de propina y la seguí, con una sonrisa de disculpas.

Fuera había refrescado y flotaba el olor a cobre de los escapes. Se le puso la piel de gallina. Una gota de jugo de carne le cayó por la pantorrilla. Cuando habíamos salido de Phoenix hacía calor. Ahora el sol se ponía sobre las montañas de Wasatch. Las crestas nevadas creaban contra el cielo rosado un electrocardiograma que se extendía hacia el norte. La agarré del hombro, sintiendo los huesos.

—Fue Rod —dijo, abriendo la puerta trasera—. Sé que fue él.

Negué con la cabeza.

—Pueden haber sido un montón de personas.

—Fue Rod.

Le dio el filete a Leon. Le dije que tuviera cuidado, pero no fue necesario. Leon comió despacio, sin siquiera rozarle los dedos con los dientes. Agachaba la cabeza después de cada mordida, tragando la carne. Los bigotes se le mancharon de jugo. Me miró, satisfecho.

—Rod es un maricón —dije—. No tienen armas.

Leon terminó el filete y le limpió las manos a Eli con la lengua.

—Tienen gatos.

—Tenían.

No pude evitar reírme.

Eli exhaló de manera larga y lenta, y me imaginé en forma de cuadro dentro de su cabeza: lo bueno y lo malo, con trozos de conversación, cosas que había hecho, recuerdos incluidos de un lado y del otro. Lo malo seguía acumulándose.

—Todo esto lo hago por ti, sabes —dije—. Faltar al trabajo, conducir tanto tiempo. Es decir, Leon también me importa.

—Pues no parece —preguntó.

—Claro que me importa —El enfado me calentaba el pecho—. Pero es un animal salvaje.

Eli le acarició el cráneo, masajeándole la base de las orejas.

—¿Lo dejarías morir?

—Sabes que me refería a eso.

Pero a lo mejor sí. Nos había dado problemas desde el día en que lo habíamos llevado a casa. Nos meaba la cama, mordisqueaba los rodapiés, perdía pelo por todas partes. Siempre me encontraba pedazos de gato en el jardín: una pata al lado de la puerta, entrañas entre las plantas de tomates, un cráneo a medio comer sobre el felpudo de bienvenida. Empezaba a gruñir cada vez que le levantaba la voz a Eli.

Ahora apretó el hocico largo y peludo contra las manos de Eli y le lamió la muñeca.

—Ya casi llegamos, mi amor —susurró—. Apenas unas horitas más.

Encendí la calefacción y seguimos conduciendo hacia el norte. Clavé la aguja en ciento veinte por un rato —a saber qué diría si nos detenía un policía—, pero Eli no paraba de mirarme mal, así que subí a ciento treinta. Las enormes praderas vacías se cerraron a nuestro alrededor hasta que la única luz visible era la cuña de las luces altas. Yo estaba exhausto. Me dolía la cabeza. Tenía los muslos agarrotados por haber subido y bajado las cuestas del cañón, tropezando en la oscuridad. Leon se había escondido muy bien en un pozo entre dos rocas enormes. Yo lo había encontrado y lo había sacado de allí a cuestas. Al parecer Eli había olvidado ese detalle.

Estaba sentada con los pies subidos al asiento del pasajero, los brazos enlazados alrededor de las espinillas, los muslos contra el estómago. El mentón sobre las rodillas. Las luces del salpicadero teñían su cara de un verde borroso. Le temblaba el ojo izquierdo y la piel contraída indicaba la forma de unas arrugas futuras. Escuchamos la radio hasta que se interrumpió y se convirtió en estática. Sabía que había granjas y zonas de pastoreo a nuestro alrededor, pero daba la impresión de que el mundo podía acabar sin que nos enteráramos hasta la mañana siguiente.  

Esforzándome por mantenerme despierto, me imaginé a Eli desnuda. Allí donde estaba, en el asiento del pasajero, pero sin el vestido y la ropa interior. Los brazos delgados y musculosos en torno a las rodillas. La piel de las costillas arañada y con cardenales por andar dando tumbos en el cañón. Su cuerpo plegado sobre sí mismo, apretado contra sí mismo, del color del trigo.

Le puse una mano sobre la rodilla. La fui subiendo hasta sentir el encaje áspero de sus bragas. Se movió en señal de rechazo, apartándome la mano y bajándose el ruedo del vestido.

Vale, pensé. Vale vale vale.

Salt Lake City era un fantasma debajo de la autopista: edificios mudos que formaban los escalones desiguales de un horizonte urbano nocturno, el parpadeo lento de las luces del aeropuerto. El templo, con las torretas y la balaustrada, parecía un castillo perdido, varado en el continente erróneo. En la cima de una colina colgaba inmóvil una bandera estadounidense, iluminada desde abajo.

Al llegar a las afueras de la ciudad, las casas dieron paso a unos campos surcados por enormes regadores agazapados. Había uno encendido, que despedía arcos de bruma en la noche. El tiempo se aceleró y saltó hacia delante. Pensé en las mujeres que había conocido, los sitios a los que había ido, en bandidos, en lobos. El coche estaba tibio. Di una cabezada y me enderecé de un golpe.

—Tenemos que parar —dije—. Descansar un poco.

—Yo conduzco.

Cambiamos de lugar en una nueva estación de servicio. El dependiente nos miró a través de la ventanilla, con un mondadientes en los labios. Era negro. Negro en Utah. No podía ser fácil. El motel de al lado era una construcción baja y larga con veinte habitaciones dispuestas alrededor de un estacionamiento. «Thunderbird», decía el letrero azul de neón. Sabía que, con toda probabilidad, los colchones serían delgados, con muelles rotos y sábanas estarían manchadas, pero me hubiera dado lo mismo. Solo quería estirarme. Los ojos de Leon brillaban en el espejo retrovisor. Una parte de la lengua le colgaba entre los dientes, rosa como goma de mascar.

Eli conducía con las dos manos sobre el volante, a las dos y diez. Cada tanto se le movían sus labios. Se apretaban casi en un beso, después se estiraban sobre los dientes.

—¿Tendrá camas el veterinario? —pregunté.

—En su casa —dijo—. Duerme. Ya te despierto.

Dejé que mi cabeza cayera sobre el asiento. Olía a pelaje y meada. El motor murmuraba debajo de mí y me imaginé caballos gigantes y unos indígenas gigantes, de treinta metros de altura, atronando sobre las montañas oscuras. 

Cuando desperté el coche se había detenido. Estábamos parados en el arcén, rodeados por una pradera inmensa. Los faros estaban apagados. Pura negrura y, encima, un campo de estrellas. Parpadeé, tratando de tragar algo de humedad, aunque tenía la garganta reseca.

—Mira —susurró Eli.

Leon se había sentado, con las patas delanteras mal apoyadas en las cubiertas poco firmes de los libros. Apretaba el hocico contra la ventanilla. Su cuerpo flacucho —solo dos años, todavía un cachorro— se doblaba hacia el asiento donde reposaban sus cuartos traseros heridos. Tenía los ojos clavados en la figura menguante de la luna, como si esta supiera la respuesta de todos los sufrimientos.

Las negras colinas sureñas subían y bajaban como olas. El aliento de Leon empañaba el cristal.  

Aplastó las orejas largas contra el cráneo, abrió la boca y empezó a aullar. Fuerte y agudo, el sonido atravesó el techo y se extendió por la noche. Sostuvo la nota. Desgarradora. Desesperada. Tan fuerte que me dolieron los oídos.

—No —dije—. No ladres.

Le temblaron las ancas. Se resbaló y cayó contra la puerta.

Eli se había dado la vuelta en el asiento del conductor y se estiraba hacia él con la cara contorsionada, la piel del mismo color que la luna.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Se detuvo, mirándome fijo. En sus ojos desnudos había algo aterrador: quizá asco, o el comienzo del odio.

—Ve a dar una vuelta —dijo.

Me la quedé mirando sin decir nada. Unos mechoncitos de pelo se habían adherido al apoyacabezas, en perpendicular a ella, tensos por la electricidad.

—Por favor. Danos unos minutos solos.

Manoteé la puerta; jalé una y otra vez hasta que Eli se inclinó hacia mí, empujándome hacia atrás con el hombro, y quitó el pestillo. Abrí la puerta de un empellón. El aire frío me golpeó la cara. Me quedé de pie, aturdido, y a continuación me apoyé en el coche. Eli me miraba con los labios estirados, los tendones del cuello marcándosele contra la piel. Las uñas de Leon arañaban la funda plástica del asiento trasero.

—Se va a morir —dije, y cerré de un portazo.

Bajo mis zapatillas crujieron los guijarros. Me alejé de la carretera, bajé una zanja y subí al otro lado. Olía a nieve, árboles. Idaho, quizá. Pensé en caminar hasta encontrar un sitio donde caerme. De un lado y otro del cielo flotaban el Cinturón de Orión y El Carro. Imposible acordarme de otra constelación. Solo un amasijo de estrellas. 

«Cuán rápido la línea oscura crece, cuán

rápido aumentan las velas apagadas.»

Kavafis, “Velas”.

—Antes, las guerras servían para limpiar el mundo de gente. En tiempos de paz como ahora, esto se arregla cuando ocurre un desastre. No me mires así: es como te lo digo y punto.

La anciana señalaba la minúscula pantalla de la tele con un dedo torcido por la artrosis. Hacía tres meses que había aceptado trasladarse a la residencia y, al principio, no dejó de torturar a su hijo: necesitaba un televisor en la habitación que ocupaba ella sola, era urgente y vital, porque si se moría sin saber cómo acababa el juicio contra el torero infiel no se lo perdonaría jamás. Había días que le aseguraba que si no le satisfacía esa casi última voluntad, cuando muriese iría a buscarlo al infierno y le clavaría la dentadura en el antebrazo. «Te quedará la marca para siempre», lo amenazaba tocándolo con uno de los tres bastones que siempre tenía a su alcance, colgados de un sillón dispuesto para que, en principio, los invitados se sentaran cómodamente.

El hijo había tardado tres semanas en comprar el aparato y, desde entonces, funcionaba día y noche a un volumen muy alto porque la anciana estaba casi sorda. Se perdía el telediario del mediodía y el de la noche porque coincidían con la hora en que los residentes —ella se refería a ellos como «los carcamales»— comían y cenaban en el comedor, pero dedicaba toda la tarde y parte de la noche a los programas de cotilleo. El torero ya estaba en prisión. Su historia, que ya no tenía ningún interés, había sido sustituida por la de un cirujano que violaba a las pacientes después de anestesiarlas: cada nueva información era más truculenta que la anterior, cosa que aseguraba un inexorable incremento de la audiencia.

Esa tarde, la anciana exponía su teoría de la superpoblación mundial a Miguel, el único nieto que la visitaba. Iba una vez por semana, cuando salía de la peluquería canina y, después de encajar los comentarios de turno sobre la peste a perro que soltaba, aguantaba alguna disertación siempre relacionada con la emisión televisiva que tenían delante. Miguel sabía más cosas sobre el torero preso y el cirujano violador que de su abuelo, fallecido cuando él tenía tres años: si hubiese caído en ello alguna vez, se habría esforzado en sonreír, porque intentaba no dejarse vencer por el desánimo y la mala leche. Esa tarde el presentador explicaba que en Brasil un incendio en una discoteca había acabado con la vida de doscientas cincuenta y cinco personas. A la cifra había que sumar más de trescientos heridos, un tercio de los cuales se hallaba en estado grave o incluso crítico.

—Necesitan calamidades de este calibre, en esos países. Si no liquidan a unos cuantos de una tacada, no tienen suficiente comida para todos.

—Ya está bien, abuela. Sabes que no me gusta que digas esas cosas.

—Y a mí no me gusta que ocurran, pero tienen que ocurrir. Son imprescindibles.

Con la intención de pasar página, el nieto comenzó a hablar de su rutina. A las diez en punto ya levantaba la persiana de la peluquería canina —que se llamaba Miqui Manostijeras—, dispuesto a solucionar el primer reto capilar de la jornada.

—No sé qué le ves a eso de arreglar el pelo de los chuchos. ¿Seguro que te lavas bien antes de volver a casa?

—Sí, abuela, sí.

—Y yo que me lo creo.

Antes de abrir la tienda, Miguel había hecho la compra de la semana y había ido hasta el parque para pasear a Elvis. Miguel nunca le había hablado de su mascota a la abuela. Se había enamorado de ella poco después de que Nikki lo dejara. Era un perrito minúsculo, de mirada perspicaz y nervios a flor de piel, que veía en el escaparate de la tienda de mascotas del barrio de camino hacia la peluquería. Llevaba una semana coincidiendo con él cuando se dijo que si en tres días no se lo había llevado nadie, él se lo quedaría. «Un perro tan pequeño no puede dar muchos problemas», le dijo el dependiente la tarde en que se decidió a entrar en su establecimiento dispuesto a adoptar el animalito por un precio bastante razonable. Elvis venía de lejos. La raza se había empezado a criar en los cincuenta, basada en el «English toy terrier», uno de los animales de compañía favoritos de la nobleza rusa, y durante años sus amos habían conseguido mantener los perritos prácticamente en la clandestinidad: el comunismo no toleraba lujos de ningún tipo, y menos si estos eran de raíz occidental. El «English toy terrier» se transformó en el «pequeño perro ruso» (Русский той), que no tardó en dejar de cazar ratones —propósito inicial de la raza— y dedicarse a las monerías propias de un mamífero que apenas pesa dos kilos. Satisfacía con el mismo entusiasmo a niñas escuálidas, adolescentes que ya se habían dejado tentar por la furia del vodka, madres de mirada triste y padres de poblados bigotes, un intento de homenaje a Stalin que más bien parecía un guiño a la majestuosidad inútil de los leones marinos.

Gracias a Elvis, Miguel había ido superando el trago amargo de la ruptura con Nikki. Estaban juntos desde hacía cinco años y, si bien habían llegado a un punto de estancamiento innegable, jamás habría imaginado que ella tomaría la decisión de empezar de cero en Klagenfurt, una pequeña ciudad austriaca.

—Dame un poco de tiempo, Miguel —le había dicho cogiéndole la mano, como si fuera un niño—. Necesito saber que todavía sigo con vida.

Estaba convencido de que Nikki se marchaba a Klagenfurt con alguien. Deseaba que su estancia no fuese tan idílica como esperaba y que al cabo de un tiempo regresase a Barcelona con el rabo entre las piernas. Ella, que pensaba que tener un animal doméstico en un piso era un crimen, tampoco sabía nada de Elvis. Hablaba por teléfono con su ex una vez a la semana y a menudo Miguel y el perrito se miraban con ternura mientras la con-versación se iba volviendo más y más difícil. Nunca había ladrado: sus antepasados habían tenido que vivir al margen de la ley, siempre a punto de ser descubiertos por la policía comunista, y él, como la gran mayoría de sus congéneres, había heredado su predisposición silenciosa.

«Tener un perro y haberse quedado sin pareja es una combinación curiosa», se había dicho Miguel en alguna ocasión mientras paseaba a Elvis y notaba los ojos de alguna chica fijos en la mascota. El afecto instantáneo que podían sentir hacia el perrito podía derivar fácilmente en largos diálogos, que se iniciaban a partir de una pequeña anécdota vinculada con el animal y viraban poco después hacia aguas más personales. Miguel había apuntado algún teléfono en el móvil pero nunca se había atrevido a ponerse en contacto con las desconocidas. Las registraba precedidas por el nombre del perro, para no olvidar el vínculo que los unía. Cuando acumuló media docena, los borró, avergonzado: si alguna vez volvía con Nikki, esa lista podía acabar dándole problemas.

Hasta entonces, Elvis había resultado una compañía constante e inmejorable. Miguel se había acostumbrado a dormir con él y lo último que veía antes de acostarse era aquel par de ojos brillantes y solícitos, que seguían contemplándolo con devoción hasta que se dormía y que a menudo ya estaban abiertos cuando se levantaba.

—Buenos días, Elvis —le decía él.

El perro le prodigaba un áspero lametón en la mejilla y empezaba a mover el rabo.

Si hubiese logrado superar el asco hacia los animales, su abuela habría estado muy bien acompañada por un Elvis que quizá habría retrasado su ingreso en la residencia. Miguel lo imaginaba corriendo excitado por el piso, animando la lobreguez mórbida de las habitaciones, comiendo de un platito en el que habría mandado grabar su nombre —que sería Chispas o Petit, una elección poco creativa— o hasta sentado en su regazo, abrigado con una manta, mientras ella se distraía con cualquiera de los programas de televisión de baja exigencia que miraba piadosamente.

—Se ve que el rey ha ido a cazar elefantes a África y se ha lastimado. Estaba con la fulana —le habría dicho rascándole la cabeza con una de sus uñas largas e indestructibles—. Si yo fuera la reina, acabaría rápido con tanta desfachatez.

Cuando Miguel iba a la residencia y pasaba un rato con su abuela inventaba finales menos terribles para su vida. Desde que tenía a Elvis, le imaginaba una vejez plácida junto a una mascota servicial. Antes, cuando aún estaba con Nikki, la había embarcado mentalmente en un crucero por el Mediterráneo y allí le había hecho conocer a un anciano viudo como ella, a quien le iba como anillo al dedo un poco de compañía. Se habían enamorado durante el viaje y, ya en Barcelona, habían continuado viéndose, hasta que el hombre —un antiguo corredor de seguros esforzado y cumplidor— le proponía vivir juntos. Su abuela abandonaba el pisito de extrarradio y se instalaba en la torre del Maresme que el hombre tenía medio abandonada desde la muerte de su señora.

La residencia deprimía a Miguel y las historias que crecían en su interior le ayudaban a aislarse mientras su abuela se dejaba abducir por la tele. Era verdad que la tenían muy bien atendida y allí estaba bien, quizá incluso mejor que en casa, pero tres o cuatro años atrás le habría resultado imposible adaptarse. La percepción y la exigencia se le habían ablandado. Eso es lo que se decía su nieto, que no habría podido aguantar mucho rato en el salón comunitario, acompañado de ancianos que habían perdido la memoria y pasaban el rato mirando a un punto fijo y a la vez indeterminado de la pared. Tampoco se veía con fuerzas de jugar una partida de dominó con alguien a quien, de sopetón, le caía la dentadura sobre la mesa, y menos aún de comer al lado de un residente afectado por una extraña enfermedad mental que le hacía chillar palabras imprevisibles cada vez que una enfermera le acercaba una cucharada de comida a la boca. «¡Domingo!» «¡Tortuga!» «¡Nenúfar! «

Por un lado, las visitas a su abuela angustiaban a Miguel. Por otro, hacían que saliese de allí con más ganas de vivir que nunca: tenía que superar como fuese que Nikki le hubiera dejado y lo intentaba saliendo a cenar con amigos y amigas o haciendo horas extra en la peluquería canina con la intención de ahorrar dinero suficiente para disfrutar de unas vacaciones en Australia. Un lunes que había decidido ir al cine solo se encontró con una antigua compañera de instituto. Después de la película se fueron juntos a tomar una cerveza. Laura había trabajado hasta hacía poco en un laboratorio farmacéutico. La empresa acababa de ser fagocitada por una multinacional francesa que había decidido cerrar la sucursal española.

—Podría ir a trabajar cerca de París, pero no sé si fiarme de mis jefes: quizá dentro de unos meses cierren la otra fábrica —se lamentó al cabo de un rato, con un vodka con tónica en la mesa.

—Seguro que no —dijo Miguel: desconocía el estado del sector farmacéutico, pero se creía en la obligación de murmurar comentarios reconfortantes.

—¿Te imaginas que el año que viene, ya instalada en París, me dicen que si quiero conservar mi lugar de trabajo tengo que irme a Chequia? ¿Y si al cabo de otro año me acaban enviando a Pekín? Vaya favorcillo me harían.

Laura no se imaginaba formando una familia en la capital china, pero, para tener hijos, primero tenía que encontrar a alguien. Después de este último comentario, Miguel se quedó mirando fijamente su whisky con cola unos segundos, hasta que le explicó brevemente su historia con Nikki. Se habían conocido hacía cinco años en uno de los puestos de fruta del mercado. Habían empezado a hablar poco después, un día que hacían cola en la farmacia. Miguel ya tenía la peluquería de perros y no le ocultó su ocupación, aunque otras chicas habían puesto cara de circunstancias cuando les había contado a qué se dedicaba. Nikki y él se enrollaron enseguida y habían empezado a vivir juntos seis meses después de haberse conocido. Ella cambiaba a menudo de trabajo. Él esquilaba perros: abundaban los caniches y los fox terriers.

—Quizá no era una vida muy ambiciosa, lo reconozco, pero éramos felices.

El verano anterior habían viajado a Múnich. Nikki quedó prendada de un anillo de compromiso y así se lo hizo saber, primero con miradas dulces, más tarde con palabras elogiosas, arropadas con un romanticismo sincero. La tienda quedaba muy cerca de la pensión donde se hospedaban. Cada vez que pasaban por delante, ella miraba la joya, que resplandecía con moderna elegancia entre el resto de anillos, gargantillas y pendientes. Miguel comprendió que era el momento de tomar una decisión y una tarde que Nikki se había quedado dormida después de una visita agotadora al castillo del rey Luis II de Baviera, salió de puntillas de la habitación, bajó hasta la tienda y compró el anillo. Se lo entregaría al final de una cena de lujo. Ese tenía que ser el preludio de la boda.

—No sucedió como yo imaginaba.

—¿Qué pasó?

Laura agarró su vodka con tónica y no volvió a dejarlo sobre la mesa, sin haberlo probado, hasta que Miguel no contestó.

—Qué más da. Ahora vive en una pequeña ciudad austriaca. ¿Has oído a hablar de Klagenfurt? Necesita un poco de tiempo.

Aquella noche acabaron tarde. Tomaron otro combinado mientras agotaban todas las virtudes de la película que habían visto. Embravecidos por el alcohol y por el recuerdo de la historia de adulterio que se contaba en Tabú, ambientada en una casa perdida de la selva mozambiqueña, Miguel y Laura acabaron durmiendo en la misma cama después de siete minutos de sexo, observados por los comprensivos ojos de Elvis. Ni en los momentos más fogosos había soltado un solo ladrido.

A las cuatro de la madrugada, los gritos de Laura despertaron a Miguel.

—Hace tiempo, en otra pesadilla, también maté a alguien —le dijo ella.

Miguel, que acababa de ser consciente de su desnudez, aprovechó que Laura fue al baño para vestirse. No encontraba sus calzoncillos por ninguna parte y tuvo que coger otros del cajón y ponérselos apresuradamente, antes de que su antigua compañera de instituto volviese a la habitación.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Todavía sin una sola pieza de ropa encima —tenía un cuerpo más atlético que el de Nikki—, Laura le dijo que sí y trató de explicarle la pesadilla: salía un testigo de Jehová, una vecina cotilla y dos policías, que la atosigaban primero en la entrada del edificio donde vivía y después, sin transición, apretujados en el salón de casa, señalaban la gran mancha de sangre que ensuciaba casi toda la alfombra.

—Había escondido al muerto de la pesadilla anterior, pero ni yo misma sabía dónde. Para encontrarlo debía esperar a que los policías, el testigo de Jehová y la vecina se fuesen, pero resultaba imposible convencerlos y uno de los agentes me agarraba del pelo y me decía que al día siguiente empezaría mi juicio.

Miguel escuchó la historia en silencio, sentado en la cama, iluminado por la luz blanquecina de la mesilla. Cuando hubo acabado, Laura le pidió un pijama y Miguel le dejó uno suyo. Elvis entró en la habitación y empezó a menear la cola.

Elvis, hoy tienes que irte —le dijo cuando se acercó a la cama.

—Es un perro precioso.

—Normalmente duerme conmigo, pero hoy no se puede quedar.

—Si quieres, me voy yo —le dijo Laura guiñándole un ojo.

Lo echaron y se desnudaron otra vez mientras se besaban con un punto de agresividad. A la mañana siguiente, Miguel se volvió loco intentando localizar los calzoncillos que había perdido por la noche, pero no hubo manera de encontrarlos. Hasta llegó a hurgar en el bolso de su antigua compañera de instituto, por unos segundos convencido de que tenía a una maniaca sexual en la ducha. Allí tampoco los encontró.

Tan pronto como ella se hubo marchado, puso patas arriba la habitación sin resolver el problema. Solo escuchó el resuello del minúsculo Elvis, que lo observaba desde un rincón del dormitorio con las orejas en punta y el hocico hacia el techo.

Al cabo de un par de semanas, Nikki anunció por teléfono a su expareja que a final de mes regresaría a casa. La noticia lo dejó pasmado: solo quedaban diez días. De repente, el paréntesis de Nikki en el extranjero le pareció corto. Si se marchaba de Klagenfurt significaba que se rendía, que la otra vida no era posible y, lo más importante, que había aceptado que Miguel era su camino. Así se lo expresó a Laura esa noche, desnudos en el sofá.

—Lo tendremos que dejar, ¿no? —preguntó ella. Y a continuación suspiró y hundió la cabeza entre los cojines.

Miguel estuvo a punto de disculparse, pero se frenó antes de decir nada. Intentó tragarse el silencio indescifrable del salón con los ojos cerrados. Si los abría, no podría evitar coincidir con las lágrimas de Laura o con la mirada expectante de Elvis.

Cuando ya se hubo ido, Miguel miró con lástima a su mascota. Había tomado una decisión: tenía que deshacerse de él antes del regreso de Nikki.

El dueño de la tienda de animales se lo puso fácil. Le encontró un nuevo amo en tres días. Aquella fue una de las semanas más complicadas en la vida de Miguel: no habría imaginado jamás que separarse de Elvis fuera a resultarle tan terrible. Había estado a punto de levantar el teléfono y cancelar todo media docena de veces, pero en el último momento desistió, convencido de que si era capaz de aquel sacrificio por Nikki (aunque ella no supiera nada del perro), jamás tendrían problemas.

El día que se despidió de su mascota, Miguel llamó a la peluquería canina y le dijo a su socio que tenía fiebre y debía guardar cama. Necesitó llorar un día entero. Cuando volvió al trabajo, todos los perros le recordaban al suyo. Estuvo a punto de perder los papeles cuando le tocó arreglar al pequinés de la señora Roig. Canijo y solícito, el animalito le lamió las manos cuando lo cogió para subirlo a la mesa donde lo esquilaría con pulso temblón y reprimiendo las lágrimas.

Esa misma noche, Miguel soñó que Elvis volvía a estar en casa. Ladraba para que saliera de la cama y él le hacía caso, todavía medio dormido, arreglándose el pijama. Después de besuquearle los pies, el perro metía el hocico en el espacio entre el cabecero y el suelo y sacaba los calzoncillos que había perdido la primera noche que había estado con Laura.

—!Muy bien, Elvis! —chillaba Miguel mientras los recogía.

Después de lamerle un dedo, el animal volvía a hurgar en el mismo sitio y sacaba un calcetín que Miguel no recordaba haber perdido. Todavía rescató otro antes de ofrecerle un papel arrugado y lleno de babas donde se podían leer los primeros tres o cuatro componentes de una lista de la compra.

—Cuántas cosas hay aquí debajo, ¿eh? ¡Estás hecho un detective! —le decía acariciándole la cabeza, mientras el pequeño forcejeaba con algo más.

Elvis sacaba una cajita azul y la dejaba a los pies de su amo, que la miraba boquiabierto. Allí dentro estaba el anillo de compromiso que Miguel había perdido poco después de volver de Múnich, mientras todavía buscaba una fecha propicia para la cena de lujo que precedería la entrega ceremoniosa y, si todo marchaba bien, el noviazgo. Había pasado dos semanas de infarto, intentando localizar la cajita sin que Nikki se diese cuenta. No la había encontrado. Había terminado rindiéndose, convencido de que un lunes o un martes se tomaría el día libre para subirse a un avión, comprar el anillo y volver a casa con el botín. Gracias a ese detalle, habría boda: él estaba convencido de ello. Nikki se había ido a Klagenfurt antes de que pusiese en práctica su redención.

En el sueño, Miguel no abría la cajita azul hasta que Elvis hacía un gesto afirmativo con el hocico, como dándole permiso para continuar. Cuando lo hacía, el anillo resplandecía con la elegancia moderna de Nikki.

—¿Quieres casarte conmigo? —decía.

Se levantó repitiendo la frase. Miguel encendió la luz apresuradamente e, incluso antes de levantar la persiana, antes incluso de ir al baño, desmontó la cama pieza por pieza. En un rincón, camuflados por el polvo, estaban los calzoncillos y la cajita azul. El vecino de arriba no dio ninguna importancia al grito de victoria, fresco e hiperbólico, que le llegó atenuado por las entrañas de su apartamento.

Lo primero que vio Nikki el día que llegó a casa fue la cajita azul encima de la mesa del salón, acompañada de un ramo de rosas rojas y de una nota en la que se leía «Te quiero». Salió del piso corriendo después de haber espiado el contenido. Miguel no esperaba una reacción tan eufórica. Mientras esquilaba un afgano amuermado en la peluquería, oyó el revuelo en la entrada. No pudo ni dejar las tijeras en la bandeja. Nikki se le echó encima y, mientras le besaba la cara —el gesto tenía algo de canino—, le dijo que ella también lo amaba y que quería casarse con él.

Celebraron una pequeña fiesta después de la ceremonia en el ayuntamiento. Allí estaban los padres de ambos, el hermano de Nikki, seis amigas de ella y cinco amigos de él —acompañados de las respectivas parejas, si las había—, el socio de la peluquería —Alejandro— y su abuela, que había podido salir de la residencia con la condición de que la acompañase una auxiliar que se emborrachó antes del postre bajo la mirada desdeñosa de la anciana. En una visita al baño, Miguel vio que tenía un mensaje por abrir en el móvil. Decía: «Felicidades. Laura». Lo borró inmediatamente después de leerlo, pero luego lo lamentó, porque no tenía el número de la antigua compañera de instituto guardado en la agenda. Quedaría como un imbécil, pero no podía dar marcha atrás: el mal ya estaba hecho. Se lavó las manos y regresó al gran comedor del restaurante navarro donde celebraban el convite.

Como no había tenido tiempo suficiente de ahorrar para ir a Australia, Miguel le propuso a Nikki una alternativa de viaje de novios menos espectacular. La generosa aportación de los padres de ambos les permitió replantearse su sueño. Finalmente, consiguieron billetes para Adelaida, con la intención de ir en coche hasta Brisbane. Desde allí bajarían hasta Sidney y pasarían por Canberra y Melbourne antes de coger un barco hasta Tasmania. Una vez hubieran recorrido la isla, volverían a Sidney, desde donde volarían a Yakarta, donde pasarían una noche antes de subirse a un avión con dirección a Estambul y, de allí, volverían a Barcelona.

Después de cortar el pastel y darse el último beso fotografiable, la anciana hizo un gesto a su nieto para que se le acercara y le pidió que no se marchara de viaje.

—Tengo un presentimiento —dijo—. Me parece que sucederá un desastre. Una calamidad.

Miguel le estampó un beso en la frente y le prometió que al cabo de un mes le llevaría un pequeño canguro de plástico que podría poner encima de la tele y que la vigilaría hasta cuando durmiese.

—Ya no necesito nada, hijo.

Cogió una de las manos de la abuela y le dio otro beso en la frente. El último.

De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es allí de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Recintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles toca eternamente música sagrada y entona himnos de alabanza al Buda Tathagata. Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. Éstos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa.)

Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.

Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen.

De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir.

Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia.

En el capítulo de «El Portal de Inspección» se nos enseña que, visto y considerado que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de «imaginación exterior» y, luego, en engrandecerlos continuamente. El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes.

A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. Presumiendo que el yojana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes.

Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro.

La concentración en tales imágenes es conocida como «Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda»; y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala.

El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón.

A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual, era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía sentir una gran seguridad respecto a su futuro.

Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal.

Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo; estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud.

En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres.

Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente.

Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venía de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente.

Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua.

En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña, una dama de la Corte del distrito Kyögoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago.

El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato, se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse.

Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes.

La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar.

En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas.

Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporal compuesto de carne perecedera. Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu.

El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda.

Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse.

Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía.

Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia.

Aun leyendo las sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza serviría para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían.

Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón.

La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama.

Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jödo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los Últimos Días de la Ley y su degeneración.

Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible.

El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. Tanto más sorprendente era entonces el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda.

La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo.

Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro.

Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser correspondido.

La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. La dama recordó frases tales como «mi amor perdido y sin esperanzas» que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento.

A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchas sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos.

Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos, que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera que sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen.

El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro.

La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude las plantas sagradas.

Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación.

El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable.

La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido, quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza. En saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano.

El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso.

En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago.

Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial.

El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. Esto le producía una alegría especial, seguramente porque lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente, era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades.

Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial una criatura de carne y hueso, ni tampoco una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. La Gran Concubina Imperial de Kyögoku se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la cortesana se volvía tan grande como el Monte Sumeru.

Cuanto más convertía su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues a imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.

Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia.

El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor.

Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas.

Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del Lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado.

Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada.

Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos.

La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenía una extraña fascinación.

¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta.

Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente.

Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida.

Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyögoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos.

Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura.

Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad.

Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín.

La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuanto veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella «desilusión profundamente arraigada» de la que hablan las sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno.

Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano.

Sin embargo, esta noble dama de Kyögoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad.

«El Gran Sacerdote», se dijo, «tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo.» Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil.

Gayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos.

La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote.

Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente.

El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla.

El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso.

La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto?

En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo.

Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada. Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo.

El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano.

La doncella transmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros.

La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde fuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones.

Entonces, en la semipenumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llevó a la frente y a las mejillas.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas.

Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda.

Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las kalavinkas. Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte —y en aquel momento no dudaba de que así sería—, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote?

Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar.

La Gran Concubina Imperial esperó.

Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada.

Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial.

Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyögoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de las sutras.


*Este cuento fue publicado en: La perla y otros cuentos, Siruela, 2008.

Alguien más le dijo, probablemente el revisor: la suya es la única maleta, nadie quiere ir hoy a Alquila, no hay manera en que se pierda. Pero Hernández insistió en llevarla arriba: me gusta ver mis cosas.

En el andén, Hernández se comió unas galletas, compró una botella de agua y se fumó, ansioso, dos o tres cigarros. Luego abrieron las puertas del autobús y entró desbocado, como si hubiera más gente esperando.

Necesito traerla junto, le explicó al chofer en la pequeña escalera, alzando su maleta: traigo aquí mis medicinas. Sin voltearlo a ver, el chofer del autobús asintió con la cabeza pero apretó el volante entre sus manos.

Hombre de supersticiones, Padilla temía que algo le pasara a su camión si hablaba antes de marcharse, igual que temía que algo le pasara a su pasaje. Por eso nunca decía nada hasta llegar a las montañas.

Para entonces, Hernández se había adueñado de una línea de asientos, empotrando su maleta en el pasillo. Le emocionaba ser el único viajero que aquel día hubiera tomado el autobús rumbo a Alquila.

No entorpezca el pasillo, solicitó Padilla saliendo de una curva. Sorprendido, Hernández irguió el cuerpo, buscó los ojos del chofer en el espejo que comunicaba ambas cabinas y sonriendo preguntó: ¿está diciéndomelo en serio?

Es peligroso para el resto del pasaje, respondió Padilla, observando él también a Hernández. Las reglas son las reglas, añadió callándose el motivo de su orden: si dejaba que invadieran el pasillo sufrirían un accidente; en el mejor caso, un retraso.

Señalando los asientos que había en torno suyo, Hernández se dispuso a defenderse pero el chofer, experto en estas discusiones, encendió la radio, subió el volumen y retiró sus ojos del espejo. Meneando la cabeza, Hernández decidió no hacerle caso y recostarse nuevamente.

Minutos después, con el chofer vuelto una furia, Hernández sacó el mapa que guardaba en un bolsillo de su saco: se lo había mandado ella por correo. Emocionado, lo desdobló con cuidado y lo estuvo contemplando un largo rato. Finalmente estaba yendo a verla.

Hernández conoció a Romina tres semanas antes, en una fiesta de la facultad de arquitectura que por poco termina con ellos dos metidos en la cama. Me encantaría verte en Alquila, le dijo ella, sin embargo, ante el portal de su edificio: cuando tú quieras, por supuesto.

Desde entonces, Hernández no había pensado en otra cosa. A sus veinte años, era el único de sus amigos que seguía siendo virgen. Y Romina la única opción real que él tenía para olvidar esa palabra que lo había martirizado tanto tiempo.

Por eso los nervios amenazaban con no dejarlo descansar durante el viaje, un viaje que, para colmo, duraría la noche entera. ¿Y si me vengo antes de tiempo?, se torturaba Hernández en silencio: ¿si no aguanto ni un minuto, si me vengo apenas ver cómo se encuera?

Doblando el mapa y guardándolo de nuevo, Hernández alcanzó su maleta, sacó de ésta una bolsita y revisó que no faltara ni una compra: cuatro paquetes de condones: a ver cuántos echan a perder mis putos nervios; una caja de viagra: por si tengo que imponerme al ridículo, y las pastillas que le habían recomendado, otro cliente en la farmacia, para dormir durante el viaje.

Aunque la caja de somníferos decía que dos bastaban, Hernández, que para entonces ya no era capaz de echar de su cabeza la forma de Romina ni el miedo a que su propio cuerpo le fallara, decidió tomar cuatro tabletas. Al fin que quedan muchas horas, murmuró y dándole un trago a su botella volvió a recostarse, suplicando que el efecto fuera inmediato.

En ese mismo instante, el chofer hizo bajar las diez pantallas que habían permanecido escondidas y la voz de una azafata sonó a todo volumen. Me estás buscando, soltó Hernández dando un brinco y subiendo el tono añadió: ¡no quiero verla! Pero Padilla fingió no escuchar nada y apenas terminar el comercial de la línea que pagaba su salario subió al máximo el volumen que emergía de las bocinas.

Tapándose los oídos y apretando la quijada, Hernández admitió lo absurdo de aquella situación en la que estaba, se levantó dando un salto, apresuró su andar por el pasillo y llegó hasta Padilla: ¿por favor, podría quitarla? Le prometo que no hay nadie que esté viendo la película, sumó instantes después, esbozando una sonrisa que de honesta no tenía ni medio pliegue.

No se puede, respondió Padilla tras dejar pasar, él también, un breve instante: son las reglas. Y ya vi que usted no las respeta, pero yo las sigo a rajatabla, agregó el chofer volviendo el rostro y observando a Hernández fijamente, cuya sonrisa se había erosionado, remató: regrésese a su asiento, aquí no puede estar parado. Está prohibido.

Aguantándose las ganas de insultarlo, Hernández se tragó su frustración, dio media vuelta, empezó a desandar el pasillo que recién había cruzado y en voz baja preguntó: ¿podría aunque sea bajarle un poquitito? No se puede, repitió Padilla acelerando, convencido de que así igual y caería su pasajero sobre el suelo: ni un poquito más ni un poquito menos, nos obliga el reglamento.

Manteniendo el equilibrio, apurando su avanzar y sonriendo nuevamente, esta vez más de impotencia que de burla, Hernández sacudió la cabeza con coraje, masticó un par de palabras que ni él mismo entendió y humillado alcanzó sus cuatro asientos. Por fortuna, pensó, empezaba a sentir la somnolencia que las pastillas dispersaban por su cuerpo.

Así que muy pronto ni el ruido ni aún menos la luz que vomitaban las pantallas ni tampoco los frenazos y arrancones que siguió dando Padilla parecieron importarle a la consciencia de Hernández, quien apenas recostarse se entregó a la nada negra.

Tan profundo durmió Hernández, tan desconectado, que no volvió a saber de sí ni del planeta hasta no estar en Alquila. Cuando Padilla, que se había esforzado por hacer de su trayecto un calvario, lo sacudió del brazo aseverando: ándale, cabrón, que ya llegamos.

Párate, que no me toca estarte despertando, insistió Padilla empujando las piernas de Hernández con la suela del zapato: tampoco tengo que esperarte. O te bajas o te bajo, amenazó el chofer pateando a Hernández nuevamente, quien, tras sentir el golpe de sus talones contra el suelo terminó de espabilarse: órale pues, que ya te oí. Ahorita bajo.

Secándose la baba que escurría por su barbilla y sobándose el rostro con las palmas de las manos, Hernández irguió el cuerpo, se puso en pie aceptando que seguía un tanto mareado, desempotró su maleta como pudo y echó a andar tras el chofer, que en voz baja iba diciendo: ojalá y te trate este lugar como mereces.

En la calle, combatiendo el mareo que las pastillas olvidaran en su cuerpo, Hernández volvió a tallarse el rostro, sacudió de nuevo la cabeza y contempló el sitio al que recién había llegado. Justo estaba amaneciendo y no podía creer que Alquila fuera aún más feo que en las fotos de Romina.

Instantes después alguien le dijo, quizás el chofer que tomaría el autobús que había traído Padilla, hacia dónde dirigirse para llegar hasta la plaza: pero a qué va a ese sitio, no hay nada que ver en esa parte. Sin atender las últimas palabras del extraño, Hernández echó a andar y pronto dejó atrás las seis o siete cuadras que mediaban entre él y su destino. En torno suyo, la luz se fue adueñando del espacio.

No son horas de llamarla, se dijo Hernández en la plaza, y en voz baja, dejándose caer sobre una banca y abrazando su mochila, insistió: es muy temprano y vaya a ser que la despierte. Peor aún, que los despierte ahora a sus padres, murmuró engañándose a sí mismo: lo que en verdad le estaba sucediendo era que habían vuelto los nervios a agarrarle todo el cuerpo: ¿qué chingados le diré cuando conteste?

Mejor no voy a llamarla. Qué si ya ni quiere… si ya se ha arrepentido, soltó observando el ajetreo que empezó de pronto en la plaza, donde la gente apresuraba sus andares de un lado a otro. Alzando el rostro y observando el sol aparecer tras la torre de la iglesia color verde, Hernández añadió, elevando el tono y permitiendo que su propia ambivalencia se mostrara: ¿qué chingados estoy pensando… cómo no voy a llamarla?

¿Por qué iba a arrepentirse?, exclamó elevando aún más el tono y levantándose de un salto: me lo habría dicho desde antes. Pero antes me como algo, que se haga un poco más tarde, añadió echando a andar sobre la plaza, en busca de un lugar donde poder desayunar, sin darse cuenta de que aquello no era más que otro pretexto y sin tampoco darse cuenta de lo extraña que era aquella prisa con que andaban las personas a su lado.

Alguien le dijo entonces, tal vez el señor del puesto de revistas, que no existía mejor lugar que el restorán de doña Eumelia: ése que está del otro lado, donde también está la papelera. Pero apúrese que no le va a dar tiempo. No creo que vaya a estar abierto mucho rato, sumó el periodiquero pero Hernández había echado a andar y no escuchó esta advertencia.

Apenas entrar al sitio que le habían recomendado, Hernández sonrió pensando que habría, sin planearlo, de resolver allí un par de problemas: comer algo, ganando así un poco de tiempo, y comprar de a una el papel con el que habría de envolverle a Romina su regalo. Si al final se arrepiente, con el regalo igual y cede, pensó ordenando unos huevos. Luego se sentó observando, en la vitrina que ocupaba el otro lado del local, los rollos de papel para envoltorio.

Fue uno azul el que al final hizo que Hernández se parara, se acercara al mostrador y le hablara a la encargada, cuya atención yacía petrificada en una tele: ¿me vendería un metro de éste? No se puede, respondió la dependienta, prima hermana y sobrina de doña Eumelia al mismo tiempo, sin mirar apenas a Hernández: estos papeles son para los niños.

Además estoy mirando las noticias. Y usted no es de estas partes, no me gusta comerciar con los de fuera, se entercó la vendedora, sin dejar de ver la tele un solo instante. Para los niños, qué cagada, soltó Hernández sonriendo: los de fuera… deme pues un metro de éste. No se puede, ya le dije, repitió molesta la encargada, volviendo por primera vez a Hernández su semblante.

¿Y si traigo un niño a que lo compre?, preguntó Hernández entonces, volviendo el rostro hacia la plaza, sonriendo incrédulo y buscando el sentido oculto de aquella situación en la que estaba. ¿Lo usaría usted o el niño?, inquirió la dependienta acercándose al mostrador pero regresando la mirada hacia la tele, donde el conductor del noticiero local advertía: será otro día complicado. Es para mí, no para un niño, se lo decía nomás de broma, explicó Hernández: necesito envolver.

Pues no me esté insistiendo entonces, mentiroso, interrumpió la papelera a Hernández: llegan de fuera y traen sus malos modos, añadió la mujer dándose la vuelta y regresando a su asiento remató: no le voy a vender nada. Incapaz de molestarse a pesar de la incredulidad, Hernández pensó en insistir pero la dependienta volvió a pararse de su silla, regresó apurada al mostrador, lo ahuyentó con un leve movimiento de las manos, asomó la cabeza y dirigiéndose a la parte del local que era restaurante exclamó: otra vez están viniendo.

Derrotado, Hernández echó a andar hacia su mesa, donde doña Eumelia servía justo los huevos que ya no habrían de ser comidos. Están diciendo que ahora mismo, lanzó la papelera a espaldas de Hernández, quien justo entonces observó cómo doña Eumelia avanzaba un par de pasos, se paraba bajo el marco de la puerta y paseaba su mirada por la calle: más bien ya otra vez llegaron.

En un par de segundos, la dependienta y doña Eumelia bajaron la cortina del local que compartían, apagaron las luces interiores, se acercaron apuradas a Hernández, lo tomaron de los brazos, le dijeron, con sus voces vueltas coro: lo sentimos pero no puedes quedarte, lo arrastraron sin violencia a la trastienda y lo lanzaron a la calle.

Alguien le dijo a Hernández, quizás uno de los hombres que corría en sentido opuesto al de la plaza: ¿qué estás haciendo ahí parado? Y alguien más sumó después: córrele que están ellos viniendo… se bajaron y andan revisando en todas partes.

Incapaz de comprender qué estaba sucediendo, Hernández echó a correr tras los hombres que recién le habían hablado y que apuraban a unos metros sus escapes. Un par de cuadras después escuchó las primeras explosiones y el estallar de las metrallas. El miedo encogió sus entrañas, amenazó paralizarlo e hizo crujir sus juntas ateridas de repente.

Romina, pensó Hernández, sin dejar de apresurar el ritmo de su marcha: tengo que llamarla, añadió para sí mismo, sacando su teléfono en medio de la calle y escondiéndose después en un portal se dispuso a marcar pero alguien, quizás una mujer que iba corriendo con dos niños en los brazos, le dijo: no te canses… ellos cortan el servicio.

Completamente extraviado, Hernández guardó su teléfono, sacó el mapa en el que Romina también le había escrito su dirección y echó a correr enfebrecido, escuchando, aun así, los disparos y estallidos cada vez más cerca. Un par de pasos por delante de su cuerpo, la mujer tropezó con una grieta, cayó al suelo de boca y sus dos hijos rodaron por el suelo.

Ayudándola a pararse, echándose a uno de los niños a los brazos y corriendo como nunca había corrido antes, Hernández preguntó a la mujer si no sabía cómo llegar de ahí a Arteaga 17. Tienes suerte… estamos cerca… da la vuelta aquí nomás y síguete derecho… cinco… no… deben ser como unas cuatro cuadras. O acompáñame y me ayudas con mi niño… en mi casa puedes esconderte.

Lo siento… de verdad, soltó Hernández deteniéndose un segundo, observando a la mujer y dejando al pequeño sobre el suelo: era incapaz de imaginar que esa decisión que estaba tomando justo ahí, sin dudarlo ni siquiera demasiado, podría terminar siendo la decisión más importante de su vida. Pero él quería llegar a casa de Romina. Y en la distancia se seguían acercando las metrallas y explosiones.

Doblando en la calle que la mujer le había indicado, Hernández apuró sus piernas más allá de lo posible y a pesar de que su pecho amenazaba con partirse encontró fuerzas donde no había ni siquiera sospechado que tuviera. Así fue como llegó a la casa que buscaba, cuya puerta aporreó desesperado, gritando una y otra vez el nombre de Romina.

Pero del otro lado de la puerta no se oyó ninguna voz que preguntara, dijera algo o tan siquiera murmurara. La familia de Romina yacía escondida en el baño de su casa. Y aunque escuchaban el escándalo de Hernández, antes habían oído también las advertencias del jefe de familia: no quiero escucharlos… ni siquiera quiero oírlos que respiran.

No sabemos quiénes son los que hoy vinieron, los que andan en la calle, había añadido el padre de Romina, observando fijamente a su hija, quien se echó a llorar en silencio y quien al oír a Hernández a lo lejos fue sumiendo de a poco la cabeza entre los brazos. Si supiéramos al menos si son ellos, susurró entonces el jefe de familia: pero esta vez no lo sabemos, no podemos arriesgarnos.

Cuando finalmente aceptó que no abrirían la puerta que pateaba y que aporreaba con los puños apretados, Hernández recordó a la mujer y a los dos niños que dejara abandonados. Tan perdido como ansioso, echó a correr encima de sus pasos pero alguien le gritó, tal vez la mujer que había subido hasta su techo: al otro lado… mejor corre al otro lado… por allá están viniendo.

Antes de que Hernández procesara esta advertencia, estalló en algún lugar el llanto de otro hombre y en la esquina aparecieron los que hacían correr a todo el pueblo. Dándose la vuelta, Hernández puso a andar sus pies en sentido contrario pero de golpe se detuvo: también en esa esquina estaban ellos.

Paralizado, sintiendo cómo su vejiga amenazaba su aguante, Hernández esperó a que aquellos hombres se acercaran al lugar donde él estaba. Cuando finalmente llegaron, quiso decir algo pero alguien más volvió a adelantarse a sus palabras: quizás el hombre que después partió su boca en dos con la culata de su arma.

Antes de que sus ojos se cerraran y su consciencia se entregara a la nada nuevamente, Hernández vio alejarse a ese hombre que recién lo había castigado y luego oyó las risotadas de dos niños pequeños, quienes también venían armados.

Aferrándose al mundo con un delgado hilo de asombro, Hernández alcanzó a escuchar la voz de una mujer que ordenaba: súbanlo con todo y esas cosas… no debe ser de aquí del pueblo.

Hernández ya no supo cómo lo arrastraron, cómo lo amarraron de los pies y de las manos ni cómo lo aventaron dentro de una camioneta.

Volvió en sí dos horas más tarde, cuando alguien, quizás alguno de los niños que se habían reído antes, le echó encima un cubetazo. Pero cuando por fin abrió los ojos no había nadie enfrente suyo.

Ante Hernández había sólo un tiradero: habían vaciado su maleta en el solar donde él estaba. Alzando la mirada, contempló el sol un breve instante y sintió que el cuerpo entero le escocía. Así descubrió que no traía su camiseta, que le habían quitado los zapatos y que le ardían las muñecas y los tobillos.

Un par de minutos más tarde, la mujer que había ordenado traerlo apareció en el solar. Escupiendo las semillas de una mandarina, brincó la ropa, se inclinó ante Hernández y en voz baja murmuró: tú no eres de estas partes. Luego se colocó tras él y utilizando una navaja cortó las cuerdas que lo ataban.

Párate y sígueme allá dentro, ordenó y fue así, escuchando otra vez aquella voz, que Hernández comprendió que aquel hablar le recordaba a otra persona o que ese hablar lo había escuchado antes. Quizá sea esa mujer que, pensó Hernández: no… más bien habla idéntico a Romina. O a su madre.

Antes de que pudiera dar más vueltas a esa tontería, ese absurdo al que intentaba aferrarse para no pensar en otra cosa, para no estar donde estaba, Hernández se encontró dentro de un cuarto. Además de él y la mujer a quien seguía, allí lo estaban esperando una docena de adultos y unos tres o cuatro niños.

Un nuevo golpe impactó a Hernández en la boca del estómago y doblando las rodillas cayó al suelo. Arañando la tierra, intentó recuperar el aire que recién había perdido, tragarse luego la saliva que escurría entre sus labios y secar después sus ojos empapados. En torno a él revoloteaban varias risas.

Alguien dijo, quizás el hombre que hacía de jefe en aquel oscuro cuarto: así que vienes a cogerte a nuestras viejas.

Sorprendido y aterrado, Hernández pensó, sin saber por qué lo hacía ni tratar tampoco de explicárselo a sí mismo, que esa voz que ahora le hablaba ya también la conocía, ya también la había escuchado.

Quizá sea la de ese hombre que me dio antes en la calle, se dijo Hernández escuchando cómo iban callándose, una detrás de otra, aquellas carcajadas que en torno a él revoloteaban: no… es el chofer… el que me trajo… o no… es el padre de Romina, insistió en su mutismo: lo he escuchado en el teléfono.

¡Te estoy hablando, hijo de puta!, gritó la voz y esta vez, en lugar de golpear a Hernández, el hombre alzó su rostro y blandiendo ante sus ojos varios paquetes de condones y una caja de viagra repitió: ¿vienes o no vienes a cogerte a nuestras niñas?

Antes de que Hernández atinara a decir algo, el hombre le dio un par de cachetadas: ¡pues cómo ves que no se puede! ¡Aquí tenemos otras reglas!, añadió repitiendo su castigo, esta vez con las dos manos vueltas puños: ¡aquí somos nosotros los que todo lo mandamos!

¿Y sabes qué mando ahora?, preguntó el hombre alejando al fin el rostro de Hernández y observando al resto de presentes: que alguien pida ser primero.

Alguien, entonces, quizás el que había amarrado a Hernández, se adelantó al resto de las voces.

Y los que estaban ahí sobrando fueron dejando de a una el cuarto.


*Este cuento fue publicado en: La superficie más honda © 2016, Emiliano Monge, Penguin Random House Grupo Editorial.

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